El estar con Emma nunca estuvo prohibido. Porque Emma no era de nadie en realidad más que de ella misma.
(Emma no era la fruta prohibida del Edén, en realidad).
Pensar que Emma le pertenecía a alguien que no fuese ella misma, era estúpido. Porque, Emma (que ya no es Emma) era libre.
Libre de decidir quién sí y quién no quería a su lado. Era libre que decidir quién sería la persona que amaría y caminaría a su lado.
Forzar los hechos, sería ir en contra de la voluntad de ella. Sería ser egoísta e insensible.
Y Ray, se mantuvo firme a su promesa que aunque ella la hubiese olvidado, la cumplía. Porque a pesar de que ella no fuese la persona que estuvo a su lado en antaño, él todavía seguía confiando en ella y en su juicio.
Y no mentiría que, sintió su determinación titubear cuando ella lo eligió a él; porque pese a que sus sentimientos por ella empezaron a tomar una forma más definida con el paso del tiempo para convertirse finalmente en amor —más allá de una amistad, pero más allá de algo romántico, inexplicable pero genuino—, Ray creyó que Emma iba a escoger a Norman.
(Ingenuamente. Pero no podemos culparlo, ¿Cierto?)
Sinceramente, la decisión final de Emma lo aterró. No supo cómo reaccionar, por un instante pensó que Emma probó el fruto prohibido y que ahora le estaba tentando.
(A comer del fruto, a qué peque con ella y fuesen exiliados del Edén).
Ray tenía miedo, tenía dudas sobre si tomar el fruto-sentimientos y probar de este. Porque se veía tentador, irresistible pero degustarlo traía consigo un gran peso.
El posiblemente, perder su amistad con Norman.
Se tomó su tiempo para pensarlo —habiendo de paso también, pedido tiempo a Emma—.
Llegando a la conclusión de que...
Nunca estuvo prohibido, simplemente fue él quien se negó a aceptarlo. (Pero es de sabios cambiar de opinión, dice la frase).
Y fue así como Ray, le dio el mordisco a la fruta prohibida (los labios de Emma).
Y...
Vaya, sabe a dulce de naranja.
