Aroma de café

Anna recuerda que el aroma del café le agradaba bastante, pero ahora casi ni lo percibe. Desde que llegó a trabajar a ese lugar, el olor del café, el chocolate y la vainilla son parte de su día a día, así que dejaron de ser especiales.

Como todas las mañanas, se pone el delantal y arregla su cabello en una coleta. Sus mechones rubios y largos son una molestia, y ha pensado en cortarlos en varias ocasiones. Claro que no quiere gastar el poco dinero que gana en un peluquero, y teme dejar un desastre si se corta el cabello sola. Le ha pedido a Tamao que la ayude, pero se ha negado aludiendo a su mal pulso. Anna no puede culparla, ya la vio derramando café recién preparado un par de veces, por eso es Tamao quien se encarga de tomar los pedidos y atender la caja registradora, mientras que la rubia prepara las bebidas con la "ayuda" de Horo Horo.

"Ayuda" porque él llegó hace poco y no deja de confundir las preparaciones y de escribir mal los nombres de los clientes en los vasos reciclables. También intenta robar muffins cuando nadie lo está mirando y le da regalos a las clientas que pasan por el local. Horo Horo ha comentado varias veces acerca de su necesidad por obtener una novia, pero Anna suele responder que no está interesada en su vida personal, y le ordena que se ponga a trabajar de una buena vez.

Lo ha escuchado susurrarle "bruja" a sus espaldas, pero basta con mirarlo para ponerlo en su lugar.

Con la llegada de ese nuevo compañero de trabajo, aparecieron nuevos clientes. Una visita habitual es Tamiko, pero Horo Horo se esconde cada vez que la ve cruzar la puerta. Anna se ha fijado que ella jamás se queda a comer en la tienda, sino que pide para llevar, usualmente para dos personas. Tamao le comentó que ella y Horo se conocen, pero ninguna de las dos sabe por qué desaparece cuando la muchacha se aproxima.

Otro nuevo comprador es Ren, y a Anna no puede agradarle. No es su altanería, ni su actitud presumida. Es la forma en la que sus ojos examinan la tienda con desprecio, como si fuese un depósito de basura. Curiosamente, cada vez que hace un pedido pareciera que elige su café o su comida al azar. Nunca se muestra interesado en su orden, sino en Horo Horo. Suele acercarse al mesón y ambos conversan, bueno, en realidad discuten. Es una dinámica bastante extraña, sin embargo, ella y Tamao ya se han acostumbrado a su nuevo cliente.

Luego está Hao, pero ninguna se ha acostumbrado a él. No parece ser amigo de Horo, no por el modo en que él actúa cuando el castaño se avecina para hacer su pedido. Siempre tiene los labios ligeramente curvados, y su rostro suele reflejar una tranquilidad que contrasta muchísimo con el brillo en sus ojos. Da la impresión de que está tramando algo, y definitivamente, nada bueno. Suele ordenar bebidas amargas, y Anna no entiende muy bien qué hay entre él y Horo, pero siempre obtiene descuentos. Tamao le ha comentado que cada vez que va, tiene un cupón. Es sospechoso, y muy inusual, aún así, Anna no tiene el tiempo ni el interés suficiente para indagar al respecto.

Fue en una tarde cualquiera cuando apareció otro de los clientes nuevos, pero él es un misterio para Anna. Llegó un día como el acompañante de Hao. Si bien, Horo no pareció entusiasmado cuando el castaño se acercó al mesón, su expresión cambió y su sonrisa de oreja a oreja demostró que el segundo castaño sí era bienvenido. Anna arqueó una ceja cuando notó que Hao tenía un clon, una versión menos cínica, más relajada y alegre. "Un Hao bueno" susurró Tamao, riendo nerviosa al darse cuenta de que había pensado en voz alta.

—Quiero un espresso —comentó Hao, mirando a su gemelo— Tú necesitas uno, para que despiertes.

—¿Es muy amargo? —preguntó el chico, entrecerrando los ojos.

—No importa si es amargo, le pones más azúcar y ya está —respondió el mayor, caminando hacia la caja registradora— Buenas tardes, Tamao. Dos espresso, por favor. Oh, y tres muffin estarían bien.

—¿Trajiste algún cupón de descuento?

Hao miró al mesón, descubriendo de Horo había desaparecido. Anna vio este acto con sospecha, negando con la cabeza cuando vio al castaño empujar a su hermano hacia adelante.

—No, así que él paga.

Vio la sorpresa en el rostro del castaño, la traición evidente en sus ojos. Resopló, haciendo obvio que no era la primera vez que su hermano hacía eso. Tamao le sonrió con lástima, encogiendo ligeramente los hombros. Él le sonrió de vuelta y pagó con dificultad, buscando en su billetera monedas sueltas, dejando claro que no tenía ese gasto presupuestado.

Anna recogió la orden. Dos espresso, tres muffin. Yoh Asakura.

Miró a su alrededor, pero Horo no estaba por ningún lugar. Suspiró, supuso que ella tomaría el pedido, entonces. Vio que Hao se fue a sentar, dejando a su hermano esperando sus bebidas y dulces.

El tal Yoh parecía perdido, y Anna confirmó que era la primera vez que lo veía por ahí. Él se aproximó a su estación con pasos dubitativos, mirando en búsqueda de algo que jamás encontró.

—Disculpa…—le dijo él, rascándose detrás del cuello.

Anna esperó la pregunta que jamás llegó, porque cuando los ojos marrones dejaron de explorar la tienda y se fijaron en los suyos, pareció que al chico se le olvidó hablar. Lo vio parpadear varias veces, mientras sus mejillas se tornaban ligeramente rosadas. Sí, se le había olvidado hablar, y moría de vergüenza.

—¿Sí? —preguntó ella, algo impaciente, sin dejar de moverse mientras preparaba los cafés.

Lo vio tragar saliva, y, cuando comprobó que aún no recuperaba el habla, intentó ayudarlo.

—¿Buscas a Horokeu?

—¿Lo conoces? —preguntó él por fin, aliviado al no titubear.

Ella frunció levemente el ceño. No quería sonar condescendiente, pero la respuesta era obvia.

—Trabajamos juntos, claro.

—Oh, claro —repitió él, riendo incómodo.

Y no le interesaba, para nada, pero igual quiso indagar al respecto.

—Tu hermano tiene muchos cupones de descuento, supongo que Horo tiene algo que ver.

—¿Cómo sabes que es mi hermano? —preguntó Yoh, sorprendido.

Anna sabía que juzgaba rápido a la gente, pero se sintió culpable al cuestionarse si el chico era tonto o qué.

—Además de que comparten el apellido, y un rostro, no tenía más pistas.

—Jeje, es verdad —respondió él, su vergüenza evidente— Qué tonto.

Sí, podría ser tonto. Aunque, increíblemente, no era terrible hablar con él. Eso decía mucho, siendo que Anna odiaba hablar con los clientes. Era el momento de poner el nombre en los vasos desechables, y, lastimosamente, Horo no estaba ahí para arruinarlo, por lo que sería su labor elegir algo acorde. Miró de reojo al castaño frente a ella y sonrió sutilmente.

—Descuida —contestó la rubia, poniendo las bebidas calientes en una bandeja— El espresso va a ayudar a que despiertes.

—Eso espero —rio él, recibiendo la bandeja cuando Anna terminó de acomodar los muffin también— Muchas gracias.

Ella asintió con la cabeza, despidiéndose sin palabras. Vio al chico alejarse con la bandeja, y observó en silencio cuando se reencontró con su gemelo.

—No sabía que habían dos de ellos —comentó Tamao, imitando a Anna, contemplando a los chicos a la distancia.

—Tampoco yo.

Rieron con disimulo cuando Hao sacudió la cabeza. "Aho" había sido el nombre cuidadosamente seleccionado para él.

—¿Y para su hermano? —preguntó la chica de cabello rosado.

—El apodo que le diste.

Ambas vieron al menor de los gemelos riendo cuando leyó el suyo; "Hao bueno".

—¿Es bueno? —cuestionó nuevamente Tamao, que había notado el breve intercambio entre Anna y él.

—Supongo —respondió Anna, riendo con su compañera cuando lo vieron hacer una mueca de asco al beber su espresso.

Así, Yoh se convirtió en un misterio. No por su personalidad hermética y aspecto enigmático, ya que, por el contrario, parecía ser un chico cálido y muy abierto, que comenzó a frecuentar el local casi tanto como su hermano.

Es un misterio porque, cada vez que va a la tienda, solo o acompañado, siempre es lo mismo. Un espresso. Una mueca de aversión. Tamao lo saluda, luego pasa a charlar muy brevemente con Anna y conversa con Horo hasta que reprochan al último por perder el tiempo en horario laboral.

Anna lo observa de soslayo mientras continúa con su trabajo, y la historia se repite. Él consume su café de mala gana, vertiendo varios sobres de azúcar hasta que logra tolerar la amargura. Anna frunce el ceño. Jamás ha recibido una queja por su espresso, por lo que no puede saber mal. Entonces, ¿por qué Yoh continúa pidiendo café si no le gusta? De hecho, parece odiarlo.

La rubia se toma el mentón, intrigada. Le preguntaría a Yoh, pero sabría que ella lo ha estado observando, y no es la impresión que desea dar. O sea, tampoco es como que le interese la opinión de los demás.

Pero, por alguna razón, esta vez sí le importa. Aunque tampoco sabe bien cómo abordarlo sin sonar muy interesada.

Pasan los días, la dinámica parece no cambiar demasiado, hasta los primeros días de verano.

—¿Kyoyama?

Anna voltea, extrañada, de que alguien ajeno a los bobos de siempre reconozca su apellido sin mirar la placa metálica en el pecho.

—¿No me recuerdas?

Quisiera hacerlo, pero no le parece tan familiar. Incluso Tamao que está cobrando las bebidas trata de analizar la cara del sujeto en cuestión. Claro que también con la gorra y los lentes oscuros que obstruyen la visión entera de su rostro es difícil saber quién habla; una vez que los remueve, el corazón le salta y bombea con fuerza.

—Silver.

Él sonríe con la madurez que le han dado los años. Es como si una ráfaga de recuerdos llegara con fuerza para hacerla recordar a quien alguna vez fue un primer amor.

—Es bueno encontrarme con una de mis mejores alumnas.

La leche resbala por su mano como si fuera mantequilla y Tamao no tiene los reflejos del hombre araña, así que el desastre fue inevitable. Anna reacciona tarde, sólo mirando con un gran sonrojo a quien del otro lado la mira con ternura.

—Qué tonta—comenta, todavía en el tren de emociones pasadas.

—Descuida….

Tamao y Silver lo dicen en forma simultánea que hasta ellos se sonríen por la torpeza del momento, lo que le brinda un segundo de tregua a esa respiración acelerada en el pecho. Tiene que calmarse antes de que arruine otro cartón más de leche.

—¡Horo Horo, ven a limpiar esto!

Por supuesto que eso no le quitaba lo mandona.

—Todo yo, no soy tu esclavo.

—Soy la encargada, así que a trabajar. —menciona, tan firme como puede, mientras Tamao le indica que Silver ha pedido también un espresso.

Sólo espera que la mano no le tiemble de nuevo.

—¿Llevas mucho trabajando aquí?

Selecciona un vaso de cartón y escribe su nombre, él se para tan cerca como puede para seguir la charla. Tiene cinco años que no lo ve, pero parece el mismo hombre de siempre. Gracioso, pero con chistes malos. Atractivo y con una sonrisa amable por ofrecer.

—Dos años, ahora soy la gerente.

—Siempre al mando.

Sonríe, aludiendo que es algo muy cierto.

—Es mi naturaleza.

Es una plática corta, incluso la rubia plantea arruinar el café para alargar más el momento. Pero las cosas no funcionan así, aunado a que también ese breve intercambio llamaría más la atención de sus compañeros de trabajo y sí, de algunos clientes habituales también.

—Un espresso arábigo y un paquete de galletas, cortesía de la casa.

Con eso termina por cementar las burlas futuras, pero la satisfacción de él vale la pena cualquier reproche futuro. Además deja una buena propina antes de marcharse. Ahora ha quedado a merced de las miradas curiosas que no han esperado que la campanilla de la puerta sonara para acercarse y hacer un comentario sobre el hombre apuesto que fue su maestro.

—Alumna favorita, ya me imagino lo que te enseñó—dijo Horo Horo.

Anna resopla y pone los ojos en blanco, sujetando firmemente el pañuelo que cuelga con su delantal, resistiéndose a golpear a su risueño compañero con él. Continúa con sus labores, y espera que nadie note que aún se encuentra conmocionada por ese encuentro, distrayendo su mente lo más rápido que puede con alguna tarea básica. Se pone a ordenar los dulces junto a la caja registradora, ante la mirada atenta de Tamao, y sabe que está haciendo un pésimo trabajo fingiendo. Se reprocha a sí misma en su mente, "Compórtate, ridícula" porque ella jamás actúa así, aunque, para ser honesta, tampoco se ve involucrada en estas situaciones a menudo.

Para colmo, golpea accidentalmente unas galletas envasadas sobre el mesón, y caen del otro lado directo al piso. Anna escucha la risa sonora de Horo Horo, que se silencia súbitamente cuando voltea a verlo con furia. Él traga saliva, como si con eso se tragara el payaso que se comió, y desaparece en el almacén para evitar represalias. Ella niega con la cabeza y camina hacia los paquetes que quedaron regados frente al mesón, agachándose con cuidado para recogerlos y darle fin al pequeño desastre.

—Qué tonta —susurra para sí, sorprendida cuando alcanza uno de los objetos en el piso y otra mano roza la suya.

Alza la mirada, y ahí está Yoh, casi tan sorprendido como ella por ese roce insignificante, recogiendo otro paquete para ayudarla.

—Un espresso ayudará a que despiertes —ríe él e, inevitablemente, ella también sonríe.

Recuerda bien que ella le hizo la misma sugerencia hace algún tiempo, y desde ese día él pide insistentemente la misma bebida. La misma bebida que él detesta, pero solicita sin falta cada día.

Ambos recogen el desorden en silencio, y acomodan las galletas en el mostrador en conjunto, pese a la reticencia de Anna.

—Gracias —responde ella, cuando el último paquete está en perfecto orden— No tenías que hacerlo, pero gracias.

—De nada, es que noté que estabas teniendo un día de esos, ya sabes…

Ella ladea ligeramente su cabeza y frunce el ceño, esperando a que el castaño explique a qué se refiere con eso. Él se rasca la mejilla, inseguro, sin embargo, continúa hablando.

—Hace un rato vi cómo derramaste la leche, y luego tuviste el accidente con los paquetes de galleta.

—¿Me estabas observando? —pregunta ella, arqueando una ceja.

—N...no —miente él, siendo delatado por el titubeo en su voz y sus mejillas que gradualmente se tornaban más carmín.

Ella asiente, sin creerle nada. Cruza los brazos, y examina el rostro avergonzado de Yoh por algunos segundos, con la impresión de que él desea decirle algo más, pero no se anima a hacerlo. Bien, no puede seguir perdiendo el tiempo con él.

—Gracias por la ayuda —repite, dándole la espalda—, debo seguir trabajando.

—¿Y para mí no habrá espresso arábigo cortesía de la casa?

Ella gira rápidamente hacia él, y lo contempla sonriendo con suficiencia, la gracia alcanzando sus ojos. Los nervios y la timidez se fueron, y ahora es él quien espera que ella responda algo al respecto. La audacia. Acaba de admitir que sí la estaba escuchando, y no sólo eso, sino que también se está burlando.

¿Quién se cree que es? Ella no le debe explicaciones. Él es sólo un cliente, y ella es la encargada del lugar.

Anna sabe que no vale la pena, aún así, suelta una risa de incredulidad, y le dice:

—Qué descarado. Además, ni siquiera te gusta el espresso.

Deseó no haber dicho eso, pero ya es muy tarde. Ve el rostro de Yoh confundido frente a esa respuesta, pero los engranajes en su cabeza no tardan en hacer que todo calce, y él presiona sus labios, frenando esa amplia sonrisa que está por esbozar.

Porque ella acaba de delatarse, y acaba de demostrar que ella es quien lo ha estado observando.

—Anna, la máquina se volvió loca de nuevo—solicita Tamao desde el fondo.—¡No para de sacar agua!

Mentalmente agradece que le dé esa pauta.

—Como sea, debo seguir en el trabajo.

Y aunque quisiera extender esa charla, tampoco la desesperación de su amiga le ayuda mucho. Da media vuelta dispuesta a resolver los problemas, a tranquilizarse y volver todo en orden antes de que alguien más quiera revolverle las entrañas.

Es fácil retomar la rutina, pero dos días después Silver vuelve a la cafetería. Esta vez pone una flor en el mostrador, lo que hace que el ticket salga erróneo en continuas ocasiones.

—Es para que tengas un buen día.

Es un regalo tan minúsculo que quizá es una reacción algo exagerada de su parte.

—¿Trabajas todo el día? —cuestiona Silver, al verla tratar de imprimir el recibo.

—Casi todo el día, más en periodo de vacaciones—consigue decir, no de forma tan tranquila como quisiera. Lo peor es que la máquina tampoco quiere colaborar con ella —Bien, el café corre por mi cuenta hoy. ¿Quieres algo en especial?

—Estoy abierto a sugerencias.

—Te haré un espresso con chocolate, es de mis mejores combinaciones.

Silver sonríe, tomando un banco para sentarse en la barra. Puede percibir su mirada atenta a cada movimiento, lo que le resta concentración en la ejecución. Sólo espera que él no lo note, porque no quiere hacer más escenas ridículas. Al final, luego de dos intentos, obtiene una bebida prolija.

—Huele bien—comenta el hombre.

—Y sabe bien, con estas galletas recién horneadas, tendrá mejor sabor.

Anna voltea buscando la charola repleta de galletas y coloca dos en un plato blanco, al ver que su cliente estaba bien acomodado y sin prisa por irse. Suspira, tratando de ahuyentar la mala fortuna, pero al volver la vista hacia la barra, encuentra que Silver no es el único habitante y que Yoh también se encuentra en el sitio.

—¿Necesitas algo más, Yoh?—pregunta Anna confundida, recordando que ya completó la orden habitual que suele pedir cada vez que visita la cafetería.

—Sí, creo que el café quedó más amargo de lo habitual —contestó él, acomodándose en su sitio— ¿Tendrás algo de crema?

La sospecha en Anna aumenta, pero simplemente asiente, buscando el recipiente con el espeso líquido dulce. Es raro ver a Yoh sentado en la barra, porque suele elegir las mesas que se encuentran al fondo. Las únicas veces que toma su lugar ahí es para aprovechar de conversar con Horo, no obstante, el chico está enfermo y lleva dos días ausente.

—Las galletas están deliciosas —dice Silver, al probar la primera.

Anna se muestra complacida con la respuesta, y vierte un poco de crema en el café de Yoh, quien parece excesivamente interesando en Silver.

—Claro que están deliciosas —responde Anna, volviendo su atención al joven hombre— Es una receta especial que yo misma...—

—Anna —interrumpe Yoh, levantando sutilmente su mano— ¿Podrías ponerle un poco más de crema? Sigue siendo muy amargo.

La rubia une el entrecejo, mirando de soslayo a Silver que luce entretenido ante el comentario.

—Está bien —contesta ella, casi entre dientes.

Vierte el líquido en el café de Yoh, que adquire un color cada vez más claro, distinto al espresso que siempre bebe. Él lo prueba, y recoge los hombros, estremeciéndose ante el sabor de la bebida. Anna separa los labios, insegura si debería cuestionar al castaño al respecto, porque no sabe si ahora el espresso está demasiado dulce, o si él sólo está fingiendo.

Silver ríe para sí mismo, contemplando a Anna con algo de lástima.

—Veo que te excediste con el amargor esta vez.

Ella está segura de que se refiere al café, y no a su actitud, ya que era una queja recurrente que su antiguo profesor solía hacerle. Frunce los labios, y apoya sus manos en el mostrador.

—Mis cafés son excelentes, jamás he recibido un recla...—

—Anna.

—¿Qué? —pregunta ella, exasperada al oír la voz de Yoh nuevamente.

Silver se muerde el labio, evitando reír, y bebe un sorbo de su espresso de chocolate en silencio.

—¿Si me das de esas galletas? —preguntó el castaño, señalando los dulces recién horneados— Podrían ayudar a quitarme el mal sabor.

Ella presiona sus puños, no puede creer que Yoh esté siendo tan molesto, cuando rara vez ha causado problemas. Que Silver se ría no ayuda a aligerar su indignación, mucho menos cuando le ofrece una de sus propias galletas.

—Ten —le dice a Yoh— Pruébalas, están muy ricas.

El menor parece sorprendido, parpadeando perplejo. Aún así, acepta el gesto, sonriendo agradecido.

—Mejor me voy —comenta Silver, bebiendo el último sorbo de su bebida— Se me hace tarde.

—Hasta pronto —se despide Anna, forzándose a sonar lo más tranquila posible, porque está a punto de gritarle a Yoh por irritante.

Encima, el desgraciado mantiene una expresión de satisfacción, y la rubia espera que sea por las exquisitas galletas y no porque haya logrado algún plan siniestro en secreto. Silver desaparece detrás de la puerta, la campanilla suena y Anna golpea la mesa con las palmas.

—¿Qué diablos fue eso? —pregunta ella, mirando con enfado al sonriente Yoh.

—Yo pensé lo mismo cuando probé el café de hoy, pero no quise ser maleducado.

Abre su boca, indignada. Inhala profundamente, debe tranquilizarse. Está mal gritarle a un cliente, y es mucho peor asfixiarlo.

—Jamás has hecho ningún reclamo, pese a que te retuerces cada vez que pruebas un espresso, ¿y ahora, de la nada, se te ocurre hacer un berrinche?

—No hice un berrinche —responde él, con una naturalidad que le hierve los nervios a Anna— Y por cierto, tu amigo Silver tiene razón, las galletas están muy ricas. ¿Me darías más, por favor?

En su cabeza, Anna ya le dio más galletas, porque le aventó la bandeja en la cabeza al idiota ese, como bien merecido se lo tiene. En la realidad, se controla, con una gran fuerza de voluntad, y mira fijamente a Yoh, que le devuelve el gesto con los labios ligeramente curvados. Está harta de él, porque no entiende qué trae entre manos. Por muy loco que parezca, ella sabe, sabe, que él oculta algo. Podrá sonar paranoica, eso también lo sabe, pero siempre ha sido muy intuitiva, y siente que hay algo más en Yoh.

Inspira por la nariz, intentando de normalizar su respiración, y, el lugar de darle las galletas a Yoh, toma una de la bandeja y la lleva a su boca, degustando el dulce sabor mientras lo mira.

—Si odias tanto mi café, ¿por qué justo hoy se te ocurrió decir algo al respecto?

La sonrisa del castaño desaparece, y se atraganta con las migajas remanentes de la galleta en su garganta. Bebe de su espresso para tratar de quitar la sensación desagradable pero, tal y como Anna supuso, hace una mueca de asco. Yoh no responde a su pregunta, por lo que ella se inclina hacia adelante, para verlo más de cerca, y vuelve a interrogarlo.

—Si odias tanto mi café, ¿por qué vienes todos los días aquí?

Él se levanta de la silla, y cruza los brazos al hablar, irradiando una energía de seguridad inusual.

—Pues tal vez no vengo por el café.

Esta respuesta va acompañada de ojos marrones que la observan con una intensidad que ella no esperaba. De hecho, es la primera vez que alguien la mira así. No obstante, mantiene sus ojos fijos en los de Yoh, sin desviar la vista de él. Comprende que le ha hecho una confesión, y así el misterio de Hao bueno se revela. Tan simple como eso; Yoh no va todos los días con el propósito de beber ese estúpido espresso. Va por algo más, o, mejor dicho, por alguien más. Por eso va tan seguido. Por eso se acerca a Anna y pide específicamente que sea ella la que prepare su bebida. Por eso intervino cuando vio que había cierta complicidad con Silver.

Anna queda muda, sin saber qué decir.

En pocos segundos, esa expresión confiada se deshace, y parece muy arrepentido de su respuesta. Avergonzado, incluso, porque es Yoh quien mira hacia abajo, su rostro con un sutil rubor. Tiene algo dulce, que Anna no logra señalar ni definir con precisión, pero la conmueve, y la hace suspirar antes de pronunciar las siguientes palabras:

—Tal vez… podrías probar con el frapuccino —dice ella, intentando no sonreír cuando él parpadea con incredulidad— Es más dulce, así no pides el mismo café cuando vuelvas.

Entonces le pide el plato vacío con una señal de la mano, él lo acerca, aturdido aún por una respuesta que no alcanza a procesar.

—¿No es amargo?

—No todo el café es amargo—responde Anna, devolviendo las galletas a la barra.— Algunas bebidas ni siquiera llevan cafeína, sólo… es cuestión de preguntar.

Existe una distancia equivalente entre los dos, él se atreve a tomar una galleta y sonríe al morderla.

—En verdad saben ricas—comenta, sentándose de nuevo en el banco, esta vez más relajado.—Entonces…. ¿Existen más bebidas?

Anna no sabe si sentirse halagada o reclamar su falta de atención al menú que escribe todas las mañanas con esmero sobre la pizarra negra. Decide tomar una iniciativa diferente.

—¿Quieres probar una?

—No traigo más dinero.—confiesa apenado.

Lo que comprueba una de sus teorías, gasta exactamente el dinero que lleva y por eso también acostumbra pedir los mismos panecillos. Anna toma un vaso transparente coloca en el fondo jarabe de chocolate, después va por un cartón de leche y vierte un saborizante de vainilla con una medida acorde de hielos.

El sonido de la licuadora invade el lugar unos minutos, mientras Yoh mira con curiosidad cada movimiento. Al final sirve el batido y termina la preparación con crema batida y trozos de chocolate.

—Un frappe de vainilla con chocolate, cortesía de la casa.

Las sonrisas de Yoh son chispa genuina de energía, la que le brinda en esta ocasión eclipsa cualquiera en el historial con facilidad y Anna se sienta a su lado de la barra, viéndolo disfrutar en los primeros sorbos de su bebida.

Es tan diferente a la amargura en su rostro cada vez que bebe el espresso.

—¡Esto es delicioso!—exclama incrédulo—No sabía que vendían cosas así aquí.

—Te sorprenderías de las cosas que venden en las cafeterías de estos días.

Ambos se miran, cómplices de ese particular momento de descubrimiento. Anna intenta no emular su sonrisa, pero incluso para alguien tan seria como ella es difícil. No lo conoce, ni tiene un trato mayor que el recoger su orden cada día, pero algo en él le hace sentir que puede implementar algunas preguntas, más allá del tipo de café que desea esa tarde.

—¿Quieres probar, Anna?

Asiente e inclina su cuerpo para alcanzar la bebida, coloca una pajilla en el interior del vaso y comienza a sorber. Rara vez se da la oportunidad de probar lo que prepara.

—Sabe bien.

—Mejor que el espresso—dice sincero él, bebiendo en forma simultánea que ella.—Sin ofender a quien lo preparó.

Esboza una tímida sonrisa, mientras continúa bebiendo del frappé, tan cerca de él, pero aún sin siquiera rozarse.

—No se ofende —asegura ella.

La música es tranquila, hay pocos clientes en el local, la mayoría prefirieron salir a la terraza, y Tamao sigue preparando los pasteles en la parte de atrás. Si la bebida lo permite, seguirá bebiendo con él unos minutos más de la dulzura de la leche con hielo.

—Anna….—dice él, apenas separando la pajilla de su boca—¿Te gustaría salir conmigo a tomar un café?

Ella sube la mirada y ve que en realidad hay muy pocos centímetros de distancia entre ambos, que el sonrojo en su rostro permanece y que el brillo de su mirada ahora irradia un calor de esperanza.

—No.

Que se pierde al instante en que la negativa llega. No se esperaba otra cosa; acaba de rechazarlo y él parece ser más que obvio con sus emociones. Se ve ligeramente desanimado, pero no completamente destruido, aún así, parece estar esperando la razón detrás de su respuesta.

Anna se reincorpora, alejándose de él, sin quitarle la vista de encima.

—Me gustaría algo más que café.

Quizá buscando un nuevo aroma que le traiga nuevas y vibrantes emociones, tal como hacía el café antes de prepararlo todos los días. Ve su rostro iluminarse, y su alegría es contagiosa.

—Entiendo —dice él, asintiendo, la emoción obvia en sus ojos felices— ¿Un café y algo para comer? ¿Unas donas?

Y Anna casi se cae de la silla. Ese chico sí que es lento, pero no puede ser cruel con él.

—Tonto, me refiero a que si quiero salir contigo, pero hagamos cualquier cosa que no sea beber café.

Él cubre su boca, conteniendo la risa ante su propia estupidez. Ella desea rodar los ojos, pero hay algo en la actitud infantil y cálida de Yoh que simplemente le impide estar de mal humor.

—Pudiste haberme dicho eso primero —dice él, apoyando su cabeza con una mano mientras sonríe.

—Pudiste haberme invitado a salir en lugar de beber cien espressos amargos.

Él se encoge, susurrando un "Auch". Anna suspira y niega con la cabeza. El chico es un caso perdido, pero ella también. Él parece querer decir algo, pero no logra hablar porque el sonido de la campanilla de la puerta los hace voltear. Es un cliente, y Anna recuerda que se encuentra en horario laboral, y no en medio de una cita. Se levanta de la silla, y ajusta el nudo de su delantal detrás de la espalda.

—Una película —sugiere Yoh, viéndola caminar detrás del mesón —y nada de café, ¿suena bien?

—Nada de café, suena excelente —contestó ella, tomando su lugar en la caja registradora— Buenas tardes, ¿qué se le ofrece?

El cliente comienza a leer el menú en la pizarra, indeciso. Anna mira de soslayo a Yoh, quien le sonríe divertido cuando nota que su paciencia se está agotando.

—Disculpe —dice Yoh, llamando la atención del nuevo cliente— Sugiero el frappé de vainilla y chocolate —y en lugar de observar al tipo, sus ojos miran a Anna— Es lo mejor que he probado.

Tonta y ridícula, siente su corazón revolotear estúpidamente, pero se muestra serena en todo momento, sonriendo con sutileza para el castaño.

Yoh parecía tener la chispa, tal vez también encontraría en él ese efecto.

FIN


N/a: ¡Hola a todos! Este es el primer prompt de la semana de Anna, esperemos que disfruten de lo que habrá preparado para estos días.

Annasak2: ¡Gracias a todos por leer, también un profundo agradecimiento a Allie Mcclure por empezar conmigo la semana de Anna! En realidad la idea de este prompt es de ella y la lluvia de ideas fue muy divertida. Personalmente, me gustan los temas de cafetería, porque es interesante todo lo que ocurre con el ir y venir de las personas. Anna, como jefa, andaba más ocupada en otras cuestiones que en ver a su cliente frecuente. Nos pasamos de las palabras proyectadas por un poquito, pero salió, esperamo sea de su agrado.

Allie: Hello! Muchas gracias a todos por leer, y sobretodo a Annasak por haberme incluido en la Week de Anna! Fue muy divertido participar, y trabajar en equipo lo hace incluso mejor! Adoro los Coffee Shop AU, espero que también les haya gustado! Yoh gastó la mitad de su dinero en cafés que no le gustaban, pero al menos obtuvo una cita con Anna jejejeje Espero que estén todos muy bien, saludos a todos!