Disclaimer: Yu-Gi-Oh! no me pertenece y no gano nada con esta historia, salvo divertirme imaginando escenarios diversos para mis personajes favoritos.


Nota:

Este fue uno de los escenarios sugeridos shadowdark7. Por ahora esto es sólo una introducción de esta línea del tiempo. También, creo que con esto dejaré este «spin off» por un rato, ya que solamente estaba haciendo tiempo para ordenar ideas antes de seguir con la historia principal.


Respuesta a Reviews Anónimos:

Roxas Strife

Hay muchas cosas de Lovecraft esperando para aparecer. Kenichi no le teme a esos dioses sólo porque leyó unos cuentos sobre ellos.

Sobre la ship, tal vez en ese mundo pudo pasar algo. Kenichi y Muzuchi (poseída) estuvieron juntos por diez años. Se puede decir que fue una especie de matrimonio político. Claro, eran muy jóvenes y centrados en sus planes para hacer cosas «divertidas».

Sobre el personaje en general (y sobre todo para la línea «canon»), siempre he pensado que hubo alguien en su pasado (en otra vida) y en cierto sentido Kenichi todavía no olvida a ese alguien. Algo para después.

Invitado

No exactamente ese mundo, sólo otro mundo. Y no es que intentara destruirlo, más bien solamente los ayudó a ensamblar al demonio y luego se alejó (todavía es humano, y, por tanto, todavía podía ser destruido por ese demonio). De todas formas, sabía que la heroína iba a vencer al demonio.

(La escena como pista por si alguien quiere adivinar de que mundo hablo:

*Heroína le dispara una flecha al demonio*

Demonio: Niña tonta. Ningún arma forjada puede matarme.

*Heroína saca un lanzacohetes*

Heroína: Eso era antes, esto es ahora.

*Le dispara y lo vuela en pedazos*)

En todo caso, Kenichi siempre es consciente que como villano es muy raro que pueda ganar. Por eso los diálogos en ese escenario, haciendo referencias constantes a la dinámica de Héroe y Villano. Y tampoco es que quisiera que la Luz ganara, sólo que aliarse con ella (desde su punto de vista) era más efectivo para él. E igual por eso es que le dijo a Judai que todavía tenía tiempo. Podía cargar con unos cientos de millones de muertes, pero no con un universo entero.

Gracias a ambos por comentar.


Escenario 4

Reencarnación Oscura Revestida

(Parte I: Infancia temprana)

En el que la influencia de la Oscuridad fue más grande de lo esperado. O más bien, Horakhty decidió adoptar de forma muy literal al alma «robada» de otro mundo y lo arregló todo para que naciera como hermano del Heraldo de la Oscuridad.


Cuando el matrimonio Yuki decidió que era momento de tener un hijo, no esperaban un embarazo múltiple, mucho menos trillizos. Por tal motivo, tomaron la decisión de volver a la casa ancestral de la familia Yuki.

Yoshino Yuki no estaba muy contenta con esa resolución. La casa familiar, ubicada en lo que treinta años atrás, cuando creció allí, estaba a las afueras de la ciudad, ahora se encontraba en lo que algunos denominaban el «barrio tradicional» de Ciudad Domino. Era una casa vieja, de al menos cuatrocientos años de antigüedad. Ese era uno de los motivos por los que siempre le había resultado intimidante.

Para ella, la casa estaba llena de malos recuerdos. Su padre siempre estaba fuera manteniendo los negocios familiares. Su madre, Chieko Yuki, era una mujer criada estrictamente en la tradición, dura y fría quien intentó educar a su hija de la misma forma. Por ese motivo, su infancia en esa casa fue solitaria y llena de reglas, al grado de que (y no era algo que fuera a admitir en voz alta) sintió alivio cuando su madre murió mientras aún estaba en la preparatoria. Su padre, siempre distante, no protestó mucho cuando decidió abandonar las viejas tradiciones.

Siempre había tenido la impresión de que su padre no se habría casado con su madre de haber tenido la opción. En ese sentido, él era como ella: un rebelde que no entendía por qué las viejas familias de la ciudad hacían lo que hacían. Quizá por eso decidió darle más libertad a su hija en cuanto su esposa murió. Tampoco le resultó extraño que su padre no pareciera lamentar mucho la muerte de su esposa. Yoshino estaba segura de que nunca hubo amor en ese matrimonio. Sus padres sólo estuvieron juntos por la política y la tradición, ya que, de hecho, su matrimonio fue concertado por sus familias.

Así pues, si por ella hubiera sido, jamás habría vuelto a la vieja casa familiar. Habría preferido comprar una casa nueva. Sin embargo, tuvo que ceder ante Raiko, su esposo. La casa estaba bien ubicada, sobre todo ahora que la ciudad había crecido tanto, gracias en gran parte al auge económico que Corporación Kaiba le había traído en las últimas dos décadas. Además, como todas las casas tradicionales de Japón, era una construcción amplía con un enorme jardín en el cual tres niños podrían crecer mejor que en un pequeño (aunque costoso) departamento de la Zona Oeste de Ciudad Domino.

Le habría gustado esperar lo más posible antes de mudarse, incluso le sugirió a su esposo que debían revisar que la casa fuera segura (llevaba casi diez años sin estar habitada después de todo). Lo que fuera con tal de aplazar su regreso a esa casa, la cual todavía se sentía demasiado grande, con demasiados secretos. La casa incluso tenía habitaciones que nunca se habían abierto mientras ella vivió allí en su infancia y hasta los dieciocho años, cuando se mudó a un dormitorio de estudiantes y nunca regresó.

Tomó solo un mes adecuar la casa para volverla a hacer habitable. Lo que se redujo principalmente a reemplazar las maderas más viejas, modernizar la instalación eléctrica que era la misma el final de la guerra, cambiar las tuberías y algunas adecuaciones para la habitación de los niños y para que fuera segura para albergar bebés.

No pasó una semana luego de que se hubieran instalado en la casa, cuando sucedió lo que Yoshino temía que pasaría: las otras viejas familias de Ciudad Domino volvieron a entrometerse en su vida.

La última vez que pasó eso, fue cuando iba a casarse, cuando presionaron para que su esposo tomara el apellido Yuki. A decir verdad, una de las razones por las que aplazaron el tener un hijo por una década, fue por temor a que se entrometieran. Por ese motivo, se esforzaron por ocultar lo más posible el hecho de Yoshino que estaba embarazada (un poco difícil, cuando muchos de sus familiares tenían puestos importantes en la empresa familiar).

El primero en aparecer fue el viejo Kagemaru, el Anciano de la Familia Oshita. Se presentó en su casa sin previo aviso para tomar el té de forma «amistosa». La conversación fue de lo más casual, aunque eso era solo una apariencia. En realidad, el anciano estaba recolectando información sobre el bebé. Habiendo crecido entre esas personas, Yoshino sabía leerlas. Notó el breve instante de conmoción cuando le anunciaron que no esperaban a un hijo sino a tres.

—Pensamos que serían gemelos —dijo Raiko cuando Kagemaru preguntó al respecto—. Sin embargo, en el último chequeo médico se descubrió que una de las placentas contiene dos fetos.

Según les explicó el médico, era algo que pasaba poco, pero no imposible: que dos óvulos fueran fecundados y luego uno se dividiera, dando como resultado un embarazo de trillizos en el que un par serían gemelos idénticos.

Como Yoshino temía, las viejas familias (en especial las más cercanas a los Yuki) tomaron el que volviera a la casa familiar como una señal para insistirle en que quizá era hora de que aprendiera las tradiciones familiares, esas que dejó de lado cuando su madre murió. A causa de eso, el embarazo que debió ser feliz se convirtió en un pequeño infierno para ella.

Si bien los nacimientos siempre habían sido algo importante para las viejas familias, parecía que los Ancianos esperaban el nacimiento de los hijos de Yoshino con un interés poco usual, en especial desde que Kagemaru aprendió sobre el sexo de los bebés. A regañadientes, y aprovechando que estaba en la casa ancestral de su familia, decidió abrir los viejos registros históricos de los Yuki. Su lectura fue complicada, ya que estaban escritos con caracteres que no eran Kanjis (mucho menos hiragana o katakana), y los cuales se vio obligada a aprender bajo la estricta vigilancia de su madre durante su infancia.

Así fue como descubrió que el suyo era el primer embarazo múltiple registrado en la historia de la familia Yuki. Eso parecía ser motivo suficiente, aunque no lo justificaba, para que todos sus familiares y «aliados» quisieran saber cómo terminaría aquello.

Al final, debido al estrés que le estaban causando, Raiko tuvo que ponerse enérgico con ellos respecto a no entrometerse en sus vidas. Incluso se planteó en hacer caso a la idea de comprar otra casa o de volver a su departamento, aunque tuviera menos espacio para criar a sus tres hijos. Los Ancianos aceptaron alejarse, solicitando una única cosa: que su hijo mayor fuera llamado Judai.

Yoshino aceptó a regañadientes. Habiendo revisado los registros, se enteró de que ese era un nombre el cual solamente se empleaba cuando la Heredera actual esperaba a un hijo barón. Esto se debía a que, extrañamente, en la familia Yuki no solían nacer niños. Esto convertía a su familia en una especie de matriarcado (ya que quien se casara con la Heredera actual siempre debía adoptar el apellido Yuki), con el consecuente respeto que ser la Anciana de la Familia implicaba. Su madre, a pesar de no ser tan vieja, había heredado dicho título a la muerte de su abuela, y siempre le echó en cara a su hija rebelde la suerte que tenía de que su abuela no estuviera allí: ella no habría tolerado ni la mitad de sus cuestionamientos a las tradiciones antiguas. Todavía se estremecía de sólo imaginar de cómo pudo ser su vida si su abuela no hubiera muerto cuando ella tenía apenas seis meses de edad.

Cuando nacieron sus bebés, Yoshino decidió obtener una pequeña venganza en contra de las viejas familias tradicionalistas que pensaban tenían el derecho de meterse en la vida de su familia. Según los registros, de nacer un barón en la familia Yuki se le llamaría Judai y se le otorgaría el título de Haou. Esto le llamó la atención a Yoshino: era casi como si fuera alguna especie de título de la nobleza, el cual no tenía un verdadero reconocimiento legal en Japón y parecía ser simplemente una cosa de las familias vejas de esa zona de la isla de Kyushu. Quizá fue un acto de mera rebeldía, pero decidió dar el título como nombre a su primogénito, Judai a su segundo hijo, siendo ellos los gemelos idénticos. Respecto al tercer niño, su esposo decidió el nombre de Kenichi, con el kanji de «sabiduría» (賢一).

Haou y Judai eran como dos gotas de agua: un par de bebés con ojos cafés y dos matas de pelo castaño en dos tonos (más claro en las raíces, y más oscuro en las puntas). Kenichi, en cambio, heredó el cabello azul oscuro, casi negro, de Raiko, además de sus ojos verdes muy expresivos.

No es necesario decir que los Ancianos no estaban contentos con su pequeña trastada. No es que a Yoshino le importara lo que pensaran. Suficiente se habían metido en su vida, era hora de que tuviera una pequeña satisfacción sobre de ellos (por más que fuera en algo que podía considerarse una mera trastada infantil).

Si bien originalmente Yoshino planeó volver al trabajo una vez terminada su excepción por maternidad, al final decidió quedarse en casa con los niños. Por algún motivo, en cuanto nacieron mucha de la atmosfera siniestra de la casa pareció disiparse, casi como si la misma construcción diera la bienvenida a los niños, lo cual alivió mucha de la incomodidad que sentía respecto a vivir allí. Aunque también lo hizo para evitar que los Ancianos fueran a intentar influenciarlos. Quizá era un poco paranoico de su parte, pero prefería cuidar ella misma de sus niños a permitir que algún desconocido enviado por ellos lo hiciera (algo no tan descabellado, ya que tuvo que lidiar con sus constantes «sugerencias» de contratar a cuál o tal niñera).

A pesar de eso, por insistencia de Raiko, aceptó la ayuda de Chiyo, la esposa de uno de sus empleados y quien tenía un hijo de ocho años, Osamu. El niño estaba feliz de tener un espacio amplio en el cual jugar mientras su madre cuidaba a esos niños.

- GX -

Cuando los trillizos eran recién nacidos, Haou era un poco más serio y rara vez lloraba, siendo Judai mucho más enérgico que su hermano y quien, al parecer, expresaba las necesidades de ambos. Kenichi, por otro lado, tenía una mirada curiosa y la mayoría del tiempo hacía coro a Judai cuando comenzaba a llorar, al parecer más por miedo al ruido inesperado que otra cosa. Judai en general era el más risueño, Haou rara vez reía y Kenichi parecía ser un poco tímido.

Judai fue el primero en aprender a gatear, algo que la señora Chiyo había predicho, puesto que tenía demasiada energía. Esa era la razón por la que lloraba tanto: Judai no tenía la paciencia para quedarse quieto en un solo lugar por demasiado tiempo. Y así lo demostró en cuanto pudo gatear (y más tarde cuando pudo ponerse de pie y dar algunos pasos ayudado por los muebles y las paredes), yendo y viniendo de un lado a otro como si no hubiera obstáculos en su camino a «la libertad». Yoshino pensaba que, de haber podido, Judai habría trepado por las paredes de la casa.

Haou fue el siguiente en aprender a moverse. Daba la impresión de que lo había hecho únicamente para vigilar a su gemelo, ya que lo normal era que lo seguía a todas partes como si fuera una sombra que lo estuviera cuidando para que no se metiera en problemas.

Este pensamiento le sacó una sonrisa a Yoshino. No pudo evitar levantarlo y mirarlo con cariño.

—Eres un buen hermano mayor, ¿no es así? Siempre cuidando de Judai.

Haou la miró con esos dos enormes ojos color avellana los cuales, aunque no eran tan expresivos como los de Judai, tenían un brillo único, casi como si Haou entendiera todo lo que pasaba a su alrededor a pesar de su edad.

Kenichi era diferente a ellos. No gateó, sino que se contentaba con quedarse sentado en la alfombra de la habitación que acondicionaron como sala de juegos. Se entretenía mirando por la ventana y pasando las páginas de los libros 3D infantiles. A veces se quedaba un largo tiempo viendo una sola página, con el ceño fruncido en una expresión concentrada. Osamu, quien solía pasar mucho tiempo observando a los bebés (a quienes llamaba «hermanitos») juraba que era porque Kenichi quería leer el libro. Por supuesto, las mujeres rieron divertidas ante la sugerencia del niño. Al final, ante el enfado de su hijo, la señora Chiyo le explicó que a Kenichi simplemente le llamaban la atención las imágenes y los colores. Todavía era muy pequeño para reconocer cualquier clase de escritura.

Un día, Judai pareció darse cuenta por fin de que tenía otro hermano. A diferencia de lo que hacía normalmente, que era buscar la forma de escapar de la habitación de juegos para vagar por toda la casa, se quedó sentado frente a Kenichi y lo observó durante un largo rato. Kenichi no pareció reparar en la presencia de su hermano, más ocupado viendo las imágenes de su libro. En cierto punto, Judai perdió la paciencia y cerró el libro con fuerza. Kenichi alzó la cabeza y por un momento pareció fulminar a Judai con la mirada. Judai parecía sospechosamente satisfecho con ese logro: llamar la atención de su hermano.

Al final, Kenichi simplemente agachó la mirada y volvió a abrir el libro, pasando las páginas tan rápido como pudo hasta la misma en la que tenía abierto el libro antes de la intromisión de Judai. Era un libro de cuentos de hadas occidentales, y Kenichi parecía especialmente interesado en la imagen de un castillo medieval europeo.

Judai resopló y volvió a cerrar el libro. Kenichi lo abrió una vez más. Judai gritó «NO», tomó el libro y lo arrojó hacia un lado.

Kenichi pareció conmocionado por un rato, al grado en que Osamu (el único que estaba contemplando el intercambio, además de Haou, quien estaba de pie en la puerta sosteniéndose del marco de la misma) pensó que comenzaría a llorar en cualquier momento.

En lugar de lo anterior, Kenichi gateó hasta dónde estaba su libro. Lo recogió e incluso lo sacudió como si estuviera limpiándolo del polvo, antes de sentarse y volver a contemplar las imágenes.

Judai, nada contento, volvió a moverse en dirección a su hermano y le quitó el libro de las manos.

Anticipándose a que Kenichi pudiera ir a por su libro de nuevo, Judai lo tomó por el brazo derecho y tiró de él hasta que lo convenció de seguirlo para otra de sus aventuras buscando escapar de la habitación de juegos.

A partir de ese día, Judai pareció tomar como misión personal el asegurarse de que Kenichi no estuviera solo de nuevo.

- GX -

Como siempre pasaba, Kenichi (o la persona que en ese mundo eventualmente sería Kenichi), comenzó a ser consciente de su entorno poco a poco. Así es como se dio cuenta de que estaba atrapado en una especie de jaula para pájaros, sobre la cual alguien puso una gruesa manta para evitar que viera hacia el exterior.

Eventualmente, la manta comenzó a rasgarse y empezó a ser consciente de las cosas que había afuera. Sin embargo, todo lo que pudo hacer fue acurrucarse en un rincón temeroso de lo que fuera a encontrar más allá de los límites de la jaula. Por supuesto, llegó un momento en el cual —como siempre pasaba— tuvo que salir.

Su mente infantil aún era muy pequeña para la carga emocional que conllevaba tener recuerdos de otras vidas. De modo que se contentó con enviar pequeñas señales: «busca libros». No importa en dónde nazcas, siempre habrá libros, y son una fuente de información aceptable, incluso si no puedes leerlos. Dada la orden, pudo retirarse de nuevo al fondo de la jaula y esperar. Quizá podría dormir un poco más antes de tener que hacerse cargo. Si es que alguna vez podía hacerlo. La jaula que lo encerraba parecía estar diseñada para evitar que fuera enviar más información de la necesaria a su yo de esa vida.

Un día, recibió el mensaje de pánico de la otra parte de sí mismo: alguien no quería que siguiera viendo los libros. Así que se asomó de nuevo a través de los barrotes de su jaula. ¿Otro bebé? Recurrió a los instintos primitivos de su nuevo cuerpo, esos que ayudan a los bebés a identificar a sus padres. Tenía al menos un hermano. No era inesperado, aunque sí molesto. Los hermanos normalmente complicaban todo: un lazo ineludible que podía hacer que todo terminara de la peor forma posible. No necesitaba eso.

«Mantén distancia». Eso siempre era lo mejor: alejarse para evitar la creación de una conexión afectiva. Los lazos dolían demasiado y eran algo que otros (que él) podían usar para lastimarlo y evitar que cumpliera la misión.

Sin embargo, el niño fue insistente a pesar de ser un bebé, tal vez de un año y pocos meses de edad, cerrando el libro una y otra vez, e incluso arrojándolo lejos.

Sintió los deseos de llorar de su versión joven, así que se concentró todo lo que pudo para contenerlo. «No importa, los niños son así. Sólo tienes que ir y recoger el libro de nuevo. Eventualmente, va a cansarse».

Pronto se dio cuenta de que subestimó a su nuevo hermano. Sintió de nuevo la ansiedad de su versión joven al no saber qué hacer. Al parecer, su nuevo hermano era muy insistente, para ser tan joven, respecto a que debía de dejar lo que hacía y en su lugar jugar con él.

Iba a enviar una nueva orden, cuando sintió que otra presencia invadía su jaula. Una presencia que sin duda era la responsable de que estuviera allí en primer lugar.

—Pobre niño cansado —susurró—. Deberías relajarte. Has luchado mucho y por tanto tiempo. ¿Por qué no disfrutas del juego?

Negó con la cabeza. Se relajaría cuando obtuviera su muerte definitiva (si es que alguna vez se ganaba algo similar al descanso eterno).

—Eres como él

—Me confundes. Mi nombre es Horakhty y soy un Dios Arquetípico.

—¿El Dios Creador de Luz?

—Así me llaman algunos. ¿Ves? Soy uno de los buenos.

—No existe el bien y el mal en el mundo de los dioses.

—Claro que sí… solamente que son conceptos diferentes a los que tienen los mortales.

Cerró los ojos y se dejó caer en el suelo de su jaula.

—Disfrutaste mucho de mi juego en otras vidas. ¿Por qué no hacerlo de nuevo? Podrás relajarte un poco y, eventualmente, tal vez puedas salir de nuevo y continuar con tu «misión».

Se dio cuenta de que replicar era absurdo e inútil, cuando una Luz Dorada envolvió su jaula. Una vez más era el juguete de los dioses.

Su consciencia se apagó por un momento.

Fuera de ese «paisaje mental», el bebé Kenichi siguió a Judai, quien parecía muy satisfecho con su logro.

- GX -

Yoshino Yuki era genuinamente feliz. Cuando decidió embarazarse, había pensado que tener al bebé y darle una buena vida sería suficiente para sentirse realizada como una madre. Su plan, después de todo, era no abandonar su trabajo. Ahora se daba cuenta de que prefería ver crecer a sus hijos. Eventualmente, cuando fueran mayores y les tocara ir a la escuela, podría retomar su carrera, o tal vez abrir una tienda de postres como soñó cuando era adolescente, antes de decidirse por una carrera más «adecuada» (palabras de los Ancianos de la Ciudad).

A sus tres años, Judai era el más enérgico, prueba de ello eran sus rodillas y codos raspados por todas las veces que tropezó mientras corría en el jardín. También era quien, cada vez que Kenichi intentaba escabullirse para estar solo, lo buscaba para arrastrarlo a uno de sus juegos. Kenichi suspiraría con resignación, antes de dejar de lado lo que había estado intentando hacer y seguir a su hermano mayor.

Haou, por su parte, solía sentarse en las cercanías para vigilar a sus hermanos, eventualmente interfiriendo cuando Judai se lastimaba en alguno de sus juegos.

Yoshino se preocupó un poco cuando notó que Haou parecía mirar con cierta desconfianza a Kenichi, casi como si lo culpara por todas las veces en que Judai se había caído corriendo por allí. Esto hacía que su hijo menor se retrajera en sí mismo.

—Deberías cuidar de Kenichi de la misma forma en que cuidas de Judai —le comentó una vez.

Era la hora de la siesta, y como de costumbre Haou fue el último en quedarse dormido, siempre vigilando a Judai.

—Tengo que cuidar de Judai. Es mi otra mitad.

Yoshino se sorprendió un poco ante esas palabras. Si bien sabía que sus niños eran especiales y parecían desarrollarse a un ritmo más rápido que los otros niños, declaraciones como esa de parte de Haou todavía la hacían sentir como si el niño de tres años frente a ella no fuera exactamente un niño.

—Judai siempre se lastima cuando juega con Kenichi —insistió Haou.

—Eso no significa que Kenichi tenga la culpa. No me gusta que mi hijo se lastime, pero sé que no puede evitarse. Judai tiene mucha energía: le gusta saltar, correr y tratar de treparse a los árboles. Además, siempre es él quien arrastra a Kenichi a esos juegos. Sé que eres un niño listo, así que debes entender que estas cosas pasan y, por más que no nos guste, no podemos evitarlas.

Yoshino besó a Haou en la frente, quien la miraba con el ceño fruncido.

—Eres el hermano mayor. Tienes que cuidarlos a ambos. Incluso si Kenichi no es «tu otra mitad» todavía es tu hermano.

Yoshino salió de la habitación dejando a los tres niños recostados en el futón,

Haou contempló a los otros dos niños por un rato. En algún momento, Judai había decidido que Kenichi era una almohada más cómoda y ahora estaba acostado sobre su estómago.

—Tengo dos hermanos —repitió Haou.

Por un momento pareció dudar, luego, se acostó junto a Judai, usando una de las piernas de Kenichi como almohada.

- GX -

Los trillizos acababan de cumplir cuatro años y entrado a la guardería, cuando Ciudad Domino se convirtió en un campo de batalla para monstruos. No había canal local que no estuviera transmitiendo uno de los duelos del torneo de Ciudad Batallas. Los niños que veían eso desde casa (o desde las multitudes que se concentraban alrededor de los participantes en el torneo organizado por Corporación Kaiba) de pronto querían ser duelistas y las ventas de cartas se dispararon.

Judai fue insistente en que quería sus propias cartas. Yoshino no estaba segura de si eso era buena idea. Las cartas de Duelo de Monstruos eran costosas y sus hijos todavía no dominaban las habilidades básicas de lectura y matemáticas suficientes para jugar con ellas.

En todo caso, durante ese mes, cada tarde después de que los recogía en la guardería, los niños se sentaban a disfrutar de los duelos televisados, acompañados de Osamu; mientras su madre y la señora Chiyo preparaban la merienda.

Una noche, luego de que las luces se apagaran y cuando los tres niños ya estaban acostados, la voz de Kenichi rompió el silencio.

—No es solamente un juego, ¿verdad?

—¿Qué cosa? —le preguntó Judai.

—El duelo. Creo que los monstruos son reales…

—¿De verdad? —preguntó Judai, con más emoción que miedo.

—Lo son —les confirmó Haou.

Eso únicamente emocionó más a Judai.

—¡Ahora de verdad quiero mis propias cartas!

—Tal vez si insistes mucho papá te las regale en navidad.

Los ojos de Judai brillaron con determinación en cuanto Kenichi le sugirió eso.

Al final, eso fue lo que sucedió. Esa navidad, cada uno de ellos recibió un mazo de cartas para principiantes. Lanzadores de Conjuros para Haou, Guerreros para Judai y Dragones para Kenichi.

Eventualmente, Judai y Haou comenzaron a crear sus mazos de Héroes Elementales, tras ganarlas en duelos de apuestas «ante» en la escuela (incluso venciendo a varios de primaria en el parque, o al menos Haou). Kenichi tomó las cartas que sus hermanos dejaron de lado y creó un nuevo mazo combinando esos tres tipos.

—Necesito un Extra Deck —suspiró un día.

—¿Otro? —le preguntó Judai.

—No otro Deck, un Extra Deck… Con fusiones y… más cosas.

Judai frunció el ceño.

—Las fusiones son geniales —dijo—. Pero, ¿qué quieres decir con más cosas?

Kenichi se encogió de hombros.

—No sé. Sólo… más cosas

Haou lo miró desde lejos, con los ojos entrecerrados. Kenichi se había acostumbrado muy rápido a como jugar, como si ya lo supiera. Eso era entendible para él y Judai, pero Kenichi no era como ellos. Podían compartir la sangre de sus padres actuales, sin embargo, él no era parte del Heraldo, no debería ser un natural en el duelo.

Decidió que debía vigilarlo de cerca. ¿Y si su presencia allí era una trampa de la Luz?

- GX -

El día en que los trillizos cumplieron seis años, su padre llegó a casa con un sobre. Según explicó acababa de ganar una carta muy rara en un concurso. Ese fue el día en que Yubel llegó a la casa de la Familia Yuki.

Esa noche, cuando sus padres ya se habían ido a dormir, Haou se levantó. Yubel apareció frente a él. Haou miro al espíritu por un largo rato, casi como si no supiera qué hacer a continuación.

—Te extrañé —dijo al final en voz baja, afectada.

Yubel le hizo un espacio entre sus brazos para envolverlo entre ellos.

—También te extrañé, mi amor.

Los ojos del espíritu se dirigieron hacia los otros dos niños. Uno idéntico a su amor que miraba la escena con un claro gesto de confusión. El otro, por su expresión entre abrumada y atemorizada, claramente no era capaz de verlo, o al menos no con claridad.

—¿Qué salió mal? —preguntó con extrañeza.

Haou no tenía respuestas para él. Aunque, ahora que estaban juntos de nuevo, podían comenzar a averiguarlo. En especial, descifrar todo lo referente a su hermano menor: quién era Kenichi Yuki y por qué estaba allí.


Notas finales:

Un pequeño detalle sobre los dioses según Lovecraft: el que los Arquetípicos se consideren dioses buenos, no significa que lo sean (según el punto de vista humano de lo que es el bien y el mal). Un dios Arquetípico normalmente ignorará a los humanos, si intervienen para ayudarlos, es porque les conviene o porque eso molestaría a algún otro dios que sea su rival. En este caso, Horakhty ve el mundo sólo como su tablero de juego y en realidad no le importa quien gane o pierda en la guerra de Luz vs Oscuridad.

Kenichi, como le dijo a Judai en otro mundo, lleva demasiado en esto como para no saber esas cosas.