-Esta historia esta inspirada en el manga y anime "Inuyasha" de Rumiko Takahashi, así como en mitología griega, persa, americana e indu. Los personajes pertenecen por completo a Masashi Kishimoto, más los personajes de carácter secundario, las modificaciones a las personalidad, los hechos y la trama corren por mi cuenta y entera responsabilidad para darle sentido a la historia. Les sugiero oír "Wars Of Faith" de Audiomachine y "Tears of an Angel" de Amy Guess para el contexto de la historia, "Centuries" de Fall Out Boy para Itachi, "Paper Love" de Allie X para Izumi, y "Upwards to the Moon" de Sa Ding Ding para el primer encuentro entre el semidiós y la humana que ha viajado en el tiempo.
Prologo
No había noche más pesada que aquella, no era similar a ninguna otra, con las olas del mar chocando entre si y los fríos vientos del cielo recorriendo furiosamente la costa, agitando los cabellos y las ropas de ambos individuos presentes, ambos de pie sobre el suelo blanquecino cubierto de nieve y pintado por la sangre que caía de las profundas heridas de uno de los dos, padre e hijo enemistados. El hijo observaba la espalda de su padre, mientras este parecía perdido observando el horizonte, ambos de cortos cabellos oscuros; castaño y azabache respectivamente, guardando un silencio sepulcral, únicamente roto por el ruido de las olas o el eco del viento. El padre era Fugaku, el dios líder del gran clan perro, temido en cada frontera de los territorios controlados por otros dioses a los que él consideraba inferiores, de corto cabello castaño por encima de los hombros, orbes ónix y mirada fría, lucía un casi impecable ropaje blanco, compuesto en la zona inferior por un holgado pantalón y largas botas de cuero negro, con una especie de fajín superior hecho de los restos de la tela blanca de su camisa y chaqueta en un elaborado y elegante nudo, ambas casi cubiertas en su totalidad por una poderosa coraza de metal que cubría su pecho, dos placas hacían lo mismo desde sus hombros a sus codos y dos más actuaban como muñequeras. Una larga estola de piel blanca colgaba sobre su espalda y se dividía en tres partes, además portaba tres espadas, una conocida como Celik colgaba del costado izquierdo de su cintura, a su diestra colgaba otra conocida como Desi, y en su espalda se encontraba Bulu, entre la parte trasera de su coraza.
De pie un par de metros tras su padre se encontraba Sasuke, el hasta entonces mayor orgullo del gran dios perro y que sin embargo no se parecía en nada a él sino a su legitima esposa y compañera, Mikoto, tal vez una de las mayores bellezas que él mundo podría haber presenciado. El joven dios poseía corto y rebelde cabello azabache con reflejos azulados, con un fino flequillo enmarcando su rostro, de piel blanca como el alabastro e intensos orbes ónix que eran dos témpanos de hielo impenetrable, no se veía emoción alguna en ellos, aquel joven temerario llevaba una tormenta en su interior, pero no dejaba que nadie la viera. Era un hombre particularmente hermoso, su rostro era delicado, cincelado, suave y definido, con rasgos casi femeninos e idénticos a los de su madre, nadie podría haber pensado que era una mala persona, pero su reputación era la del asesino perfecto, frio y calculador. Vestía elegantes ropajes azul oscuro compuestos por una larga chaqueta que era menormente cubierta por una armadura de placa central purpura en su pecho, así como hombreras y muñequeras doradas, al igual que el largo fajín que se mantenía asido a su cintura, las mangas eran ligeramente largas y casi cubrían sus manos; bajo la larga chaqueta portaba holgados pantalones azul claro, botas de cuero negro, y una holgada camisa negra, con una infaltable estola de piel blanca que colgaba sobre su hombro derecho. Probablemente, Sasuke debería preocuparse por su padre, herido y sangrando a varios pasos de él, y estaba preocupado, pero su padre era un guerrero y no podía existir cosa más honorable que morir tras ganar una batalla como él lo había hecho.
—¿Insistes en ir, padre?— más bien afirmó Sasuke, viendo como el brazo, hombro y pecho de su padre continuaba sangrando después de la batalla contra el mítico dios dragón, y si no curaba sus heridas pronto moriría.
—¿Me detendrás, Sasuke?— preguntó Fugaku únicamente, sin voltear a verlo, ¿acaso su hijo se preocupaba por él?, ¿o acaso...no quería que salvara a su propio hermano?
—No lo haré— replicó el azabache con voz pétrea. —Pero antes de que algo te suceda, entrégame tus espadas; Bulu y Celik— demandó con idéntica indiferencia.
—Y si me niego, ¿me matarás?, ¿a tu propio padre?— cuestionó él con mofa e ironía. —¿Hasta tal punto deseas el poder?— inquirió con interior decepción para sí, a lo que su hijo solo guardo silencio. Sasuke se consideraba un adulto desde hace ya varios siglos y no tenía motivos por los que rendirle cuentas a su padre. —¿Por qué deseas tanto el poder?— preguntó esta vez, esperando una respuesta de su hijo.
—Mi sendero, es el de la conquista— obvió Sasuke, aunque su padre ya debía de tener claras sus ambiciones, —el poder, es el único medio que me permite seguirlo— era poderoso, pero necesitaba serlo más para no ser superado por nadie.
—Conquista ¿eh?— suspiró Fugaku con decepción, aún sin voltear a verlo. —Sasuke, ¿tienes a alguien a quien proteger?— preguntó en espera de encontrar compasión en su corazón.
—¿A quién proteger?— repitió el Uchiha sin encontrarle sentido a la pregunta. —No tengo necesidad de algo tan absurdo— contestó finalmente con su característica arrogancia.
Solo se trataba de eso...su hijo lo había seguido con el único propósito de pedirle, no, de exigirle algo, por un lado no le sorprendía y por otro, no tenía idea de cómo se atrevía a hacerlo si sabía que esa noche iba a morir, pero no perdería el tiempo en eso, su mente estaba ocupada pensando en su amada Eshima y en su hijo por nacer, ambos corrían peligro, por lo que no podía darle ninguna de sus espadas a Sasuke, y él no podía poseer ninguna, salvo una, pero aún no era momento de entregársela. Fugaku bajó la mirada, suspirando sonoramente; Mikoto era una mujer excelente, había sido su compañera leal durante siglos, ella no era culpable de las ambiciones de su hijo, y tendrían que pasar siglos antes de que Sasuke aprendiera el sendero correcto que debía seguir, pero él ya no estaría ahí para verlo. Justo en ese momento, cuando Sasuke se preparó para atacar a su padre y quedarse con sus espadas, él tomó su verdadera forma y se marchó saltando del acantilado, en busca de su hijo por nacer y su amada humana, lo que hizo que Sasuke maldijera para sí, furioso, ¿por qué su padre valoraba a esa humana más que a su propia madre?, ¿qué tenía de especial? No, se reprendió él, esforzándose por mantenerse tan estoico como siempre, porque le gustara o no, su padre había elegido su destino, había partido de su seguridad inmortal para morir. ¿Tienes alguien a quién proteger?, esa pregunta resonó en su cabeza, jamás se había enamorado, tenía la edad suficiente para ser considerado un adulto y aún no tenía descendencia, pero no tenía prisa; la guerra seguiría siendo su única amante por los próximos siglos.
—¿Alguien a quien proteger?— volvió a preguntarse Sasuke en voz alta al encontrarse solo. —No, en absoluto— contestó con idéntica indiferencia que antes.
Sin nada más que hacer, sin razón alguna por la que permanecer ahí, dio media vuelta y se marchó del lugar.
A cientos de kilómetros de distancia, se hallaba un enorme palacio de lujos sin par y que era cubierto por la nieve que continuaba cayendo de las nubes, el hogar de una familia aristocrática de gran renombre e importancia, o al menos lo había sido antes ya que en el último tiempo era una prisión para la noble mujer que lo habitaba. Las murallas externas e internas, que separaban los territorios del castillo del bosque, estaban custodiadas por soldados armados de la cabeza a los pies, pues para nadie era un secreto que el ataque de un dios podía ocurrir en cualquier momento, y todos querían estar preparados para ello; los días de veneración habían quedado en el pasado, los humanos ya no idolatraban ni veneraban a los dioses, lo que querían era exterminarlos. Al interior del palacio, un soldado en particular avanzaba por los pasillos hacia los aposentos de la princesa, con las placas de su armadura sonando mientras atravesaba los pasillos, vistiendo bajo su armadura negra y dorado una tela levemente visible pero de un característico rojo escarlata, sosteniendo una lanza en su mano derecha. Ya había alertado a los demás soldados de la inminente llegada de ese maldito dios, y ahora a paso lento se dirigía a los aposentos de la princesa que había traicionado su corazón por entregarse a un dios, mas en su camino apareció una de las sirvientas de la princesa, inclinándose respetuosamente ante él que era el soldado más valiente y de mayor rango en todos aquellos dominios.
—Lord Hiroshi, espere, por favor, la princesa está a punto de dar a luz— comunicó la doncella, mas él siguió caminando a pesar de todo.
—La princesa dará a luz al vástago de un dios, todo decoro es innecesario— diferenció Hiroshi al pasar a su lado.
—Lo lamento, señor, pero tiene prohibida la entrada a esa estancia— insistió la mujer, armándose de valor pese a estar cabizbaja, ante lo cual él volteó a verla como la insolente que era. ¿Quién era ella para darle ordenes?, —lord Hiroshi…— murmuró con temor cuando él se acercó a ella, levantando su lanza en su mano derecha…
Ajena a los que estaba pasando en los pasillos, la habitación de la princesa Eshima se encontraba completamente desolada, las cortinas ligeramente traslucidas cubrían la cama para brindarle privacidad mientras la bella mujer de orbes ónix y cabellos oscuros se arqueaba de dolor a cada instante. Portaba un sencillo camisón que ante el clima frio fácilmente podría ser comparado con un vestido, de seda color crema con ligeros bordados rosa pálido en las mangas ceñidas, en los costados y los laterales de la falda, con escote redondo ligeramente adornado en encaje y holgado bajo su busto ante su vientre de embarazo, con su largo cabello azabache cayendo sobre sus hombros, escasamente recogidos para no molestarle. Gemido tras gemido de dolor se esparcían en toda la habitación, mientras la joven princesa se encontraba sola en el proceso de dar a luz, estaba sufriendo mucho y sin embargo ni sus propias doncellas querían asistirla a menos de que fuera necesario, porque alumbraría a un semidiós, no había nadie con ella para brindarle el apoyo que tanto necesitaba, ni para limpiar el sudor de su frente, o hacer algo para consolarla y mitigar el dolor, mas nada de eso le importaba. Quería ver a su señor, sabía que él vendría pronto, le había prometido que lo haría y ella creía ciegamente en su palabra, solo tenía que esperarlo y aguantar el dolor, esforzándose por traer a su hijo al mundo, pronto todo el dolor que estaba viviendo valdría la pena, eso lo sabía bien.
—Mi señor...— murmuró Eshima con añoranza, apretando fuertemente las sabanas bajo sus manos.
Aunque no lo manifestara, tenía miedo de que su señor dañara a los soldados que estaban tan comprometidos con protegerla, porque estaba segura que ellos lo atacarían y él se defendería, estaría en su derecho, pero también confiaba en que él no intentaría herirlos gravemente, de ser posible, además, sabía que sus hombres jamás podrían dañarlo; no, él era fuerte, de eso no había duda.
Solo esperaba que nada malo ocurriera y que su hijo naciera pronto.
En lo alto del firmamento nocturno, la luna empezaba a ocultarse en un fenómeno que los humanos llamaban eclipse, pero que para un dios como Fugaku eran la oportunidad de fortalecer sus poderes para al menos sobrevivir a la inevitable batalla que sabía estaba por venir. Una figura surco el cielo, flotando entre las nubles y descendiendo de golpe a la tierra, corriendo entre la espesura del bosque, entre decenas de árboles y pinos tan blancos como la inmaculada nieve que cubría la tierra, la figura poseía un pelaje blanco que perfectamente rivalizaba con el color de la nieve, se trataba de un enorme perro que corría con suma desesperación, manchando el suelo y la nieve con un rastro de sangre que brotaba de la herida en el centro de su pecho, muy cerca de su corazón pero cuyo dolor ignoraba a propósito para no ralentizar su carrera. La cuenca de los ojos del gran dios perro estaba pintada de rojo, con un iris ónix en el centro, consiente de todo a pesar de encontrarse en su verdadera forma, teniendo mil y un pensamientos revoloteando en su mente, aunque sintiera su sangre caer sobre la nieve, tenía que llegar a tiempo junto a su amada, ella lo necesitaba, lo sabía. Luchando contra la fuerza del viento y esforzándose por no soltarse del cálido pelaje de su señor y amo, una pequeña figura emergió entre la blanca piel de aquel imponente dios perro, se trataba de una pulga o al menos eso parecía, aunque con rasgos relativamente humanos; era el sirviente más leal de lord Fugaku, Yahiko, su presencia le habría causado una sonrisa ladina al dios perro, pero en ese momento no estaba en la mejor situación para reír por la cobardía del dios menor.
—¡No lo haga, amo, es muy arriesgado!, ¡le ruego que lo reconsidere, aún no está recuperado de las heridas que sufrió en la batalla contra Shimura!— protestó su leal sirviente Yahiko, aferrándose a su pelaje para no caer.
—¡¿Acaso crees que no lo sé?!— protestó Fugaku sin cambiar de rumbo ni detenerse. Si, estaba perdiendo mucha sangre, no había concluido esa batalla de la mejor forma, pero algo le decía que su hijo menor por nacer, algún día acabaría con ese dios dragón. —No puedo dejar que los maten— prefería perder la vida que permitir aquello.
—Pero...— intentó protestar Yahiko pese a entender sus razones, no queriendo que su señor corriera semejante riesgo.
—Además, no me queda mucho tiempo— añadió el Uchiha para sí, mentalizándose de antemano para su inevitable muerte.
—¡Amo!— el pelinaranja se asustó mucho al oír esas palabras, ¿realmente no volvería a ver a su amo?
No quería pensar en la muerte, era un ser inmortal, se suponía que algo así era cuando menos absurdo, pero desde que conocía a Eshima estaba considerando cosas que jamás había creído posible, ¿por qué no considerar la muerte? No abandonaría a Eshima ni a su hijo por nacer, sus heridas no importaban, y estaba más que dispuesto a dar su vida por ellos.
Solo y cruzando aquel largo pasillo, Hiroshi alzó la mirada hacia una de las ventanas al sentir la luz iluminar su rostro, estudiando como el astro lunar se alzaba en el cielo plagado de estrellas y nubes de las que caía nieve, pero algo le sucedía a la luna, parecía estar siendo tragada por la oscuridad a tal grado que apenas y era visible una parte de ella, se trataba de un eclipse, un fenómeno al que aún hoy la humanidad no estaba acostumbrada, pero que ya no veían con tanto misticismo. Un eclipse lunar, la noche perfecta para darle muerte a un dios, reflexionó antes de apartar la mirada del cielo nocturno, avanzando los pasos que lo separaban de las puertas que cerraban la habitación de la princesa Eshima. El interior de la habitación estaba oscuro y la noble princesa que era dueña de aquel basto palacio se encontraba sola en un momento en que debería de gozar de más apoyo y cuidado que nadie, pero lo que estaba experimentando era una consecuencia de los sentimientos profanos que había tenido por un dios. Recostada sobre la cama, cubierta por una sabana y con una fina capa de sudor impregnando su piel, Eshima respiró pausada y profundamente, las contracciones parecían haber mermado un poco, confiriéndole un breve descanso mientras era protegida de los ojos de cualquiera por las opacas cortinas que caían desde el techo para cubrir por completo su cama, y lo agradeció al escuchar a alguien entrar en su habitación, segundos antes de que una sombra se situase de pie a su lado.
—¿Quién es?— preguntó Eshima en un cansado jadeo, llevándose una mano al centro del pecho para recobrar el aliento.
—Lord Hiroshi, princesa— contestó el soldado con la mirada baja por su inconmensurable respeto.
—Hiroshi...me alegra que estés aquí— reconoció ella con una tenue sonrisa. —Por favor lleva a todos los hombres lejos del palacio y márchense, no hay nadie capaz de hacerle frente y creo que se dirige hacia aquí— encomendó ya que no quería que sus hombres perecieran por atacar a su amado señor, además, Hiroshi le había servido desde hace mucho, mucho tiempo, y estaba segura de que no le fallaría.
—Princesa Eshima, yo siempre estuve pendiente de usted— contestó él, confundiendo a la bella dama. —Sin embargo, su frágil corazón cayó en las garras de un dios— pronunció con recelo, pesar y rencor.
Aunque tuviera un ápice de duda en su corazón en ese momento, Hiroshi no lo pensó dos veces y atravesó el vientre de la noble princesa con la lanza que había mantenido en su mano derecha, en ese vientre que resguardaba al hijo de un sucio dios que se había atrevido a tocar a su amada, a su princesa quien profirió un ahogado jadeo de dolor, y prefiriendo quedarse con ese recuerdo como prueba de que su amor había muerto, Hiroshi suspiró y finalmente abandonó la habitación, cerrando las puertas tras de sí. Ya estaba hecho, en cualquier momento la mujer que amaba moriría desangrada, junto con el vástago en su vientre, y él solo debía acabar con la vida de ese maldito dios que llegaría en cualquier momento, todo terminaría muy pronto. Mis sentimientos hacia usted, jamás cambiarían, prometió Hiroshi mentalmente, iniciando su marcha hasta la entrada del palacio, donde estaban los demás soldados. Recostada sobre la cama, herida de muerte pero aún viva, Eshima se mordió el labio inferior ante el punzante dolor que sentía en su vientre, sintiendo la sangre brotar de la herida, no podía creer que Hiroshi hubiese sido capaz de hacer algo tan cruel, él que había sido su amigo y protector más leal, ¿por qué? No tenía una respuesta mientras se desangraba lentamente, desviando el rostro hacia la ventana que iluminaba su habitación con el brillo de la luna devorada por el eclipse, pero en ese momento un largo aullido lleno el ambiente, recorriendo el palacio: se trataba de su señor, era Fugaku.
Había venido por ella, tal y como lo había prometido, pero era demasiado tarde, porque en ese momento la hermosa princesa cerró sus ojos y dejo de respirar.
Eshima, espérame, rogó Fugaku contra el aire, divisando desde la cima de una montaña el palacio donde se encontraba su amada, aguardando a que la luna se ocultara completamente por el eclipse para saltar y regresar a su forma humana para penetrar las defensas de aquel castillo. Paralelamente, Hiroshi quien había dejado atrás la habitación de la princesa Eshima, se sorprendió cuando escuchó el llanto de un recién nacido, deteniendo de golpe su caminar, volteando la mirada hacia el pasillo que daba con los aposentos de la princesa. ¿Realmente había nacido?, ¿esa aberración no había muerto en el vientre de la princesa? Justo cuando Hiroshi pensó en regresar y terminar lo que había empezado, un gran estruendo resonó en la entrada del palacio, anunciando la llegada de aquel dios. Había dado un salto de lo más brusco cerca de las puertas del palacio, mas no era nada que no estuviera dispuesto a hacer, ignorando la nube de polvo que se levantó a su alrededor, corriendo hacia las puertas del palacio a pesar de ver a muchos humanos apuntándole con arcos y flechas que no tardaron en impactar contra su cuerpo. En respuesta ante aquella insolencia, desenvainó a su fiel espada Celik, y solo basto que la moviera una vez para que la descarga eléctrica de la hoja repeliera a cualquiera que estuviera cerca, mientras corría lo más rápido posible, elevándose para saltar las murallas y caer en el jardín interior, volviendo a utilizar a Celik para alejar a todos los humanos que intentaban atacarlo, derribando parte de las murallas en el proceso.
—¡Eshima!, ¡Eshima!— llamó con desesperación al ingresar en el palacio, rogando que ella debía estuviera a salvo o de lo contrario no se lo perdonaría jamás.
—Finalmente has aparecido— recibió Hiroshi desde el umbral del pasillo. —Sin embargo, ya es demasiado tarde— comunicó con odio y cinismo entremezclados.
—¿Qué?— el subconsciente de Fugaku quería convencerlo de que aquello no era posible.
—He llevado a la princesa Eshima a un lugar donde jamás podrás alcanzarla, lo he hecho con mis propias manos— declaró él con abrumadora certeza.
—¡Maldito seas!— masculló el dios, furioso, corriendo hacia él para matarlo lo más rápido posible por haber lastimado a Eshima.
Como un soldado, curtido en innumerables batallas, Hiroshi naturalmente desenfundó la espada que reposaba en la funda en el costado de su cintura, un arma de acero con una hoja larga y curva, con empuñadura dorada y altamente maniobrable para él, confiando en su arrogancia a pesar de la desconocida espada que portaba aquel dios, muy diferente a la suya, con una hoja larga y filosa que encima de todo destilaba como si fuera un relámpago, con una reluciente empuñadura bermellón que parecía estar hecha de acero; Hiroshi se abalanzó contra el ser inmortal, creyendo que podría vencerlo, solo para que Fugaku terminara con su ingenuidad, cortándole el brazo derecho con gran velocidad, pasando a su lado sin detenerse. Deseaba matar a ese humano, quería verlo muerto por atreverse a tocar a Eshima, pero no tenía tiempo que perder con él, por lo que en ese momento se conformó con cortarle el brazo y seguir con su camino hacia la habitación de la princesa, sabiendo que ese hombre no tardaría en desangrarse y morir. Arrodillándose en el suelo y haciendo presión en su brazo derecho ahora cortado, Hiroshi debía reconocer que había subestimado a su contrincante, había creído que las flechas en los hombros y brazos de aquel dios lo debilitarían, pero se había equivocado, sin embargo nada de eso menguaría su furia ni su odio, ahora tenía aún mayores razones para querer muerto a ese dios, y nada lo detendría para tomar venganza por todo el mal que le había causado.
—¡Quemen todo!— ordenó Hiroshi a sus soldados. —¡Ese dios debe arder junto con el palacio!, ¡quémenlo todo!— iba a morir pero no lo haría solo, era una promesa.
Sin protestar ni tardar, los soldados cumplieron la orden y lanzaron por todo el palacio flechas ardientes al techo y el interior del palacio para que este se consumiera por el fuego, iniciando un poderoso incendio que pronto se propagó incontrolablemente, mas nada de eso le importo a Fugaku mientras recorría los pasillos hacia la habitación de la princesa, había deseado despedazar a ese humano con sus propias manos por haber matado a Eshima, pero sabía que tal vez aún estaba a tiempo de impedir la muerte absoluta de su amada, y eso lo motivo a seguir corriendo. Finalmente llegó a su habitación, guiándose únicamente por el llanto de su hijo recién nacido que increíblemente aún estaba con vida, y eso lo hizo apartar sin miramientos las cortinas de la cama para ver a Eshima, cuyos largos y sedosos rizos ébano estaban esparcidos sobre la cama, con los ojos cerrados y su cuerpo inerte y frio semi oculto por las sabanas. Ahogando un suspiro, Fugaku apartó las sabanas, rebelando al infante aún unido a su madre por el cordón umbilical que no dudo en cortar con una pequeña daga que siempre traía consigo, antes de desenvainar otra de sus espadas, Desi, y apuntarla directamente hacia Eshima, aguardando a blandirla hasta ver a los mensajeros del otro mundo tratando de tomar el alma de su amada, cortándolos en el proceso. En el fondo y aunque no lo demostrara, estaba aliviado, había llegado a tiempo para proteger a su hijo y salvar a Eshima, quien lentamente abrió los ojos cuando la sangre de su ropa desapareció, respirando profundamente.
Confundida, Eshima lentamente se sentó sobre la cama, alzando el rostro con una inmediata sonrisa al ver a su señor de pie frente a ella, volviendo a enfundar su espada, Desi. Podía sentir el calor del fuego cerca, escuchaba el crepitar de las llamas tal y como él, sin embargo nada fue más importante en ese momento para Eshima que cargar en brazos a su pequeño hijo que sollozo desesperadamente hasta que ella lo tuvo en sus brazos, vivo a pesar de todo, un hermoso bebé de corto cabello azabache que envolvió con la sabana que anteriormente había cubierto su cuerpo, y Fugaku pronto extrajo de entre su coraza una larga tela azul claro que deposito sobre los hombros de la princesa, para protegerla del fuego. Eshima prefirió no pensar demasiado en lo que estaba pasando, levantándose de la cama con algo de malestar por el trabajo de parto, caminando junto a su señor para abandonar la habitación, transitando lo más rápido posible los pasillos que el fuego aún no había afectado, solo para encontrar en su camino a un hombre que les bloqueaba el paso, se trataba de Hiroshi quien seguía con vida. Frunciendo el ceño y sin proferir palabra laguna, Fugaku se situó delante de Eshima como un escudo para protegerla, desenvainando una espada diferente y aún más poderosa que las demás, Bulu, observando al humano que parecía hacer presión en el brazo derecho que él le había cortado instantes atrás por su imprudencia, pero a pesar de todo aún no se rendía, era un insensato a quien Fugaku sabía que no podía dejar con vida.
—Si puedo arrastrarte conmigo, me sentiré satisfecho, aún si debo llevarte conmigo al más halla- desafío Hiroshi sin ceder en su empeño por tomar la vida de aquel dios.
—Huye— ordenó Fugaku a Eshima, porque ese sujeto no descasaría hasta matarlo a pesar de que el palacio se estaba cayendo a pedazos, y tenía que sacar a Eshima y su hijo de ahí.
—Mi señor…—intentó protestar ella, negándose a dejarlo atrás, no podría hacerlo nunca.
—Itachi— pronunció él en voz baja, volviendo la mirada por encima del hombro.
—¿Qué? —Hiroshi no había entendido porque había dicho eso.
—Es el nombre de mi hijo, su nombre es ¡Itachi!— espetó con furia a ese humano para que lo tuviera claro.
—Itachi...— murmuró Eshima, descendiendo la mirada y observando dulcemente a su hijo.
—Ahora márchate— ordeno el dios perro a Eshima, sin aceptar reproches ni réplicas de ninguna clase.
—Sí— asintió ella sin otro remedio, aunque su corazón se rompiera en el proceso.
No deseaba huir ni salir corriendo, pero tampoco podía quedarse, su señor deseaba que se salvara y protegiera a su hijo, y lo haría, por lo que sin voltear a ver la pelea que se desató tras su partida, Eshima corrió tan rápido como le fue posible por los pasillos, sin soltar a su preciada carga a pesar de ver como su antiguo hogar se estaba cayendo a pedazos, profundamente esperanzada por volver a ver pronto a su amado, aunque una voz en su cabeza le decía que eso no sucedería…
Sintiendo la nieve fría bajo sus pies, sin importarle otra cosa que internarse en el bosque y alejarse del palacio que hasta apenas unos momentos había llamado hogar, como su señor le había indicado, cargando en sus brazos a su pequeño Itachi, había sido la última voluntad de su amado escoger el nombre de su hijo, y ella lo aceptaba gustosamente. No quería ser pesimista, pero en su mente y al detenerse en lo alto de la colina que conectaba el bosque con su palacio que ardía ante sus ojos, Eshima tuvo un arranque de pesimismo, inmortal o no, era probable que su señor muriera en la batalla contra Hiroshi, y a costa de ello los había salvado a ambos, a Itachi y a ella que de ahora en más habría de vivir en un mundo sin él, sin el hombre que tanto amaba, y pensar en eso hizo que sintiera nostalgia de su hogar consumido por el fuego, del pasado y de su amado señor. Eshima, tienes que vivir, sigue viviendo junto a su nuestro pequeño Itachi, escuchando la voz de su señor y sus últimas palabras resonando en su cabeza, en un momento de inevitable y humana debilidad, Eshima sintió un nudo en la garganta y las lágrimas formándose en sus ojos, lágrimas de dolor y duelo anticipado, su señor se había despedido de ella, sabía que no sobreviviría, era consciente de lo graves que eran sus heridas y de todas formas había decido morir por ella, había perdido al hombre que amaba…sin embargo, el llanto de su hijo en sus brazos le recordó que no estaba sola, aún tenía a su hijo y no podía abandonarlo.
—Oh, Itachi...— murmuró Eshima, acunando con delicadeza a su pequeño en sus brazos.
Ese pequeño había estado llorando desde que ella había vuelto de la muerte, y ahora que ambos estaban solos, no podía descuidarlo, menos ahora que estaban a salvo, por lo que apoyando su espalda contra el tronco del enorme árbol tras su espalda, Eshima esbozó una triste sonrisa mientras mecía a su pequeño entre sus brazos. Puede que hubiera perdido al hombre que amaba, pero no estaba sola, Fugaku había protegido a su hijo y ella también lo haría, hasta su último aliento. Itachi, repitió Eshima en silencio, atenta a su pequeño hijo que finalmente dejo de llorar y comenzó a dormitar en sus brazos.
Su hijo se convertiría en un gran hombre, sería tan grande como su padre.
20 años después/año 1520
—¡Es Itachi!
Realmente resultaba increíble, y puede que hasta divertido el hecho de como cambiaban las cosas en unos cuantos años, el niño inocente que había nacido de la unión entre un dios y una humana hoy era todo menos un niño inocente, escabulléndose a una velocidad asombrosa en medio de la gente de aquella villa, resultando únicamente visible como una mancha de color azul. Ventajosamente y gracias a su sangre divina, el joven saltó a uno de los tejados, continuando con su avance, sin encontrar oposición ni contratiempos que pudieran frenarlo lo suficiente, con la suela de sus botas resonando contra las baldosas del techo, sentía la adrenalina máxima recorrer su cuerpo como un torrente en llamas, había esperado demasiado como para detenerse ahora, iba a cumplir su mayor ambición y nadie iba a detenerlo, dijeran lo que dijeran, al fin y al cabo era un semidiós, no podían detenerlo tan fácilmente. A lo lejos, divisó el recinto sagrado a varios metros, y cruzó el techo con un único impulso, ingresando en la estancia al aterrizar ágilmente de pie, sonriendo con confianza. Su cabello ébano recogido en una coleta oscilo tras de sí a causa de la suave brisa que ingresaba por el hueco del techo, con dos finos mechos actuando de flequillo, mientras sus orbes ónix estaban enfocados en tan valioso tesoro presente en la estancia y que él había aguardado demasiado tiempo por poseer, pero la espera había probado merecer la pena mientras lentamente avanzaba hacia el altar de aquel santuario, sin apartar sus ojos de tan preciada joya.
La famosa Joya del Paraíso era una gema milenaria, ambicionada por cada dios, humano o semidiós sobre la tierra, ya que tenía la facultad de conceder un deseo, fuera cual fuera, y desaparecía o se consumía como consecuencia de las intenciones tras el deseo en sí, pero sin temor ni duda, Itachi tomó del altar tan valiosa joya, estudiándola entre sus manos. El atuendo del semi-dios se dividía en dos partes: primero una especie de chaqueta abierta color celeste, de cuello alto, mangas largas semi ceñidas hasta las muñecas y decoradas por hebillas de cuero en los bordes, con las manos cubiertas por guantes sin dedos color negro, y bajo la chaqueta llevaba una camiseta negra sin mangas. Un cinturón de tela azul oscuro mantenía atado el resto de la tela celeste, creando una largo fajín trasero y delantero hasta la altura de las rodillas, llevando bajo estos unos pantalones negros, y largas botas marrón oscuro. Con un sonrisa ladina, Itachi se deleitó con sentir el poder del futuro en sus manos antes de que las puertas a su espalda de abrieran y reiniciara el ataque, con un par de lanzas que cayeron sobre él que las evadió sin dificultades así como el fuego que se había desbordado de las antorchas en las paredes debido al impacto de las lanzas, y no le tomo siquiera un segundo salir de allí, evadiendo a los humanos que intentaban darle alcance, en tanto él retomaba el sendero que había seguido hacia allí, internándose en el bosque, así en paz podría pedir su tan ansiado deseo.
—Ahora que tengo esta joya podre ser un verdadero dios— proclamó con evidente satisfacción mientras corría lo más rápido posible.
—¡Itachi!- gritó furiosa una elegante y estoica voz femenina que él ignoro por completo.
Tan concentrado como estaba en sus propios deseos, no se había percatado de la presencia de alguien más que lo seguía, alguien que le estaba apuntando cuidadosamente, y no sintió el ruido de un arco tensándose para finalmente liberar una flecha que silbó contra el aire tras ser soltada, atravesando la barrera del sonido e impactando dolorosamente contra su pecho, clavándolo contra un árbol detrás de él, que vio con sorpresa y horror como la hermosa joya se deslizaba entre sus dedos y caía al suelo sin llegar a sufrir daño alguno. Abrumado por la interrupción y el dolor contra su pecho, Itachi alzó la mirada y se encontró con aquella mujer que era amada y odiada por él…le había asegurado que deseaba pasar su vida con él, había dicho que lo amaba y ahora lo estaba clavando a un árbol, ¡lo estaba sellando! Se encontraba ataviada en un sencillo y femenino vestido blanco que se estallaba a su esbelta figura—bajo una chaqueta sin mangas de encaje gris claro decorada por finos bordados azul claro, rosa y dorado, de escote en V cerrada bajo el busto y abierta bajo el vientre—, de escote corazón cerrado por finos botones de diamante, falda de velo y mangas ceñidas que se abrían como lienzos a la altura de los codos, flotando contra sus brazos a causa de la suave brisa, así como su larga melena de lisos cabellos castaños peinados en un ligero recogido, adornado por una diadema de perlas y diamantes en forma de cintillo a juego con unos pendientes de plata en forma de argolla. Sus ojos oscuros, resplandecían de odio y frialdad hacia él, y sus labios formaban una línea recta, aumentando la seriedad de su hermosa apariencia.
—Toka...—llamó él esperando que eso fuera mentira, ella había terminado con todo lo que había existido entre ambos y nunca podría perdonarla por eso. —¿Por qué lo hiciste…?— preguntó, necesitando desesperadamente una respuesta de su parte.
Deseaba protestar, decirle a esa mujer traicionera todo lo que pensaba de lo falsa que era, de lo fácil que era para ella cambiar de opinión y volverle la espalda a él a quien había dicho amar, pero prefirió callar al sentí el efecto adormecedor del conjuro recorrer su cuerpo, iba a dormir, quien sabe por cuánto tiempo, años, décadas, puede que siglos o la eternidad, y todo a causa de ella que lo había traicionado, pero prefirió resignarse a ello en cuanto sintió el sueño más profundo caer sobre él, cerrando sus ojos en cuestión de segundos y cayendo en la inconsciencia. A varios metros de él, su agresora relajó su agarre alrededor de su arco y avanzó hacia el árbol, sin quitarle los ojos de encima a su víctima antes de tomar del suelo la joya del paraíso, estudiándola en silencio; había sido sincera con él, se había enamorado de su corazón, había estado dispuesta a compartir el futuro con él sin importarle nada, pero él la había traicionado, él había terminado con todo lo hermoso entre ambos. La joven mujer llamada Toka, de belleza elegante y estoica, no era una mujer normal como cualquier otra, era una wiccan, una guardiana y protectora de las fuerzas naturales, que había cometido el gran error de enamorarse de un semidiós, pero hoy ponía remedio a su error, hoy había sellado a ese ser para que desapareciera con el pasar de los siglos, sosteniendo en su mano derecha su arco, temblando por un millar de emociones que bailaban dentro de ella mientras escuchaba como los aldeanos no tardaban en llegar, observando con temor e incertidumbre al semidiós sellado en el árbol.
—¿Está muerto?— preguntó uno de los aldeanos, acercándose con evidente desconfianza.
—No lo sé— contestó otro a su lado, aproximándose con idéntico recelo.
—No está muerto— habló Toka sin apartar sus ojos del semidiós. —La fecha que use fue para sellarlo, y permanecerá así hasta que su cuerpo desaparezca— añadió antes de emitir un quejido y caer de rodillas para preocupación y sorpresa de los aldeanos
—¡Hermana!— su pequeña hermana Tsunade se situó velozmente a su lado, sin quitarle los ojos de encima, —¿quién te lastimo?— preguntó con clara preocupación por la grave herida en su hombro.
—Esto me ocurrió por no...tener cuidado, durante mi ataque— explicó la pelicastaña con voz débil al sentir las fuerzas abandonarla. —Hice este sacrificio por ti— dijo a la hermosa gema que sostenía entre sus manos.
—Hermana, hay que curarte pronto— apremió su pequeña hermana por preocupación.
Toka analizó a su inocente hermana arrodillada a su lado, una inocente y tierna niña de diez años, rostro alegre que en ese momento lucía una expresión preocupada, ojos miel y largo cabello rubio peinado en una larga coleta anudada por una cinta verde oscuro al igual que su sencillo vestido de escote cuadrado y mangas ceñidas hasta los codos para abrirse en lienzos bajo una chaqueta levemente más oscura. No quería hacerlo, pero tendría que abandonarla pese a ser tan pequeña, porque no tenía la fuerza suficiente para aferrarse a la vida ahora que sentía que lo había perdido todo, apretando entre sus manos la joya del paraíso, sintiéndola pura e incorrupta ya que nadie había tenido oportunidad de pedir un deseo, ni bueno ni malo, pero solo había una salida para que nadie jamás pudiera hacerse con ella. Una ligera sonrisa apareció en los labios de Toka ante la ingenua posibilidad de sobrevivir, podía sentir las olas de dolor provenir de la profunda herida en su hombro y espalda que no dejaba de sangrar sin importar cuanta presión hiciera, no era tonta para creer que podía salvarse, ya había perdido demasiada sangre, era un auténtico milagro que hubiera podido regresar a la villa y perseguir a Itachi hasta sellarlo, pero su vida no iría más allá, había sellado a su amor y a ella misma no le quedaba mucho tiempo, solo tenía veinte años pero sabía que iba a morir, pero si eso es lo que le deparaba el destino a ella, a ambos, lo aceptaría a pesar de la ira que aún latía en su corazón, sabía que no podría descansar en paz, pero nada le importaba.
—No...ya es tarde para salvarme—Toka observó a su hermana y le señalo la joya entre sus manos. -Quiero que quemes esta joya con mi cadáver al momento de mi muerte, para que nadie pueda usarla con propósitos oscuros...— esa gema había sido la causa de todos su males y nadie podía tenerla o seria el fin de todo, —recuerda, que te amo, hermanita— se despidió, besándole la frente a su hermana con las escasas fuerzas que le quedaban.
Sin fuerzas, débil y sin motivos por los que vivir, todo se volvió oscuro en los ojos de Toka, la luz desapareció y lo último que pudo oír fue el desgarrador grito de su hermana Tsunade llamándola al desplomarse contra el suelo, completamente inerte. Siguiendo su voluntad, ese mismo día, su cadáver fue lavado, perfumado y ataviado en un impecable vestido blanco antes de ser quemado junto con la hermosa y peligrosa joya del paraíso, para que nadie pudiera hacerse con ella en el futuro…
500 años después, año 2020/Seattle, Estados Unidos
Sentada sobre el sofá de la sala, Izumi escuchaba atentamente las viejas leyendas que le contaba su abuelo, un hombre de mucha experiencia y su único apoyo moral después de su madre, como regalo de cumpleaños su abuelo le había entregado un fino collar de plata con un dije purpura claro, casi malva que le resultaba realmente hermoso y fascinante. Según le contaba su abuelo, esa joya era una réplica falsa, claro, ya que la verdadera había poseído un valor incalculable durante su existencia en los siglos pasados, en aquella época de caballeros y doncellas; el medievo, finales del siglo XV para ser más exactos. La bella adolescente potaba una sencilla blusa blanca de escote redondo decorado con encaje, sin mangas y que cubría holgadamente su figura, jeans azul claro rasgados a lo largo de las piernas y cómodas zapatillas converse negras, con su largo cabello castaño peinado en elegantes ondas que caían sobre sus hombros y tras su espalda, pese a tener dieciséis años ya se hacía una idea de cómo seguiría el resto de su vida; pasaría la secundaria y de allí derecho a la universidad, donde estudiaría literatura o historia, algo que mantuviera su mente despierta y que no tuviera nada que ver con las matemáticas. Las palabras del abuelo de Izumi quedaron en el aire mientras Denka, el pequeño gato de su nieta, intentaba jugar con el dije del collar, dueño de un ánimo divertido y afable, llamando desde lejos el dije con sus patitas, haciendo reír a Izumi quien lo cargó en sus brazos, escuchándolo ronronear afectuosamente mientras se frotaba contra ella.
—¿En verdad una joya así existió en el pasado?— preguntó Izumi con incredulidad, volviendo a analizar la brillante gema entre sus manos
—Solía ser un tesoro del que cientos de seres intentaban apoderarse, ya que se creía que podía conceder deseos— garantizó su abuelo, tan superstición y apegado a las antiguas tradiciones de su gente como de costumbre.
—¿Y era cierto?— cuestionó ella con genuino interés, acomodando a Denka sobre su regazo.
—Se piensa que sí, ya que esta joya oculta el origen de este mundo...— procedió a explicar el anciano con voz paciente como siempre, más con su nieta favorita.
El origen, medito Izumi mentalmente, sabía que su fallecido padre Kiyoshi descendía de griegos que habían emigrado a Estados Unidos durante la Gran Guerra, antes de que la Segunda Guerra Mundial azotara lugares como Etiopia u otros territorios griegos, pero también se suponía que la familia de su madre descendía de colonos griegos que se habían asentado a América antes del descubrimiento de las tierras atlánticas, por ello su familia tenía tradiciones muy antiguas a las cuales se apegaba. Su nombre era Izumi Uchiwa, su padre había sido Kiyoshi y su madre era Hazuki, eso es lo que sabía y era suficiente para ella, había vivido una vida perfectamente normal hasta los cinco años, cuando su padre había muerto en un accidente de auto, y luego su madre, su hermano recién nacido y ella se habían mudado junto a su abuelo, quien gozaba de una situación económica muy estable. Había una antigua zona de su casa, en el sótano, donde se hallaba un pozo cuidadosamente cerrado y sellado por una toza de mármol, no tenía idea desde cuanto estaba allí, pero según su abuelo el pozo estaba ahí ya que una vez su hogar había sido un santuario griego, normalmente nadie bajaba a esa parte de la casa, ni ella ni su hermano Inabi que era cuatro años menor. Además, había millones de leyendas en torno a su hogar, y había un antiguo árbol en el jardín que era considerado sagrado, ya que tenía más de un milenio de antigüedad, Izumi siempre se había sentido fascinada por ese árbol, pero desconocía la razón porque se le consideraba sagrado.
O al menos hasta ahora.
Ya a la mañana siguiente, Izumi se preparó para ir a la secundaría, últimamente había mucha incertidumbre sobre si ir a la escuela era correcto o no con respecto a la pandemia, las clases no se habían cancelado aún, pero hasta entonces no podía ausentarse, rió mentalmente al pensar en Ayame, Naomi y Pakura, sus tres mejores amigas, tan distintas y buenas al mismo tiempo, al menos las tres podían seguir pasando tiempo juntas y eso era motivo suficiente para sentir alegría en este nuevo día. Vestía jeans azul oscuro apegados a sus piernas, zapatos ballerinas color violeta, y camiseta de tirantes blanca bajo una blusa violeta con franjas intermitentes rosas, lilas y blancas, de mangas holgadas que se ceñían a las muñecas, y cerrada bajo el busto, con su largo cabello castaño recogido en una coleta que caía sobre su hombro derecho, Bueno, suspiró Izumi mientras se observaba ante el espejo, como siempre esto es lo mejor que puedo lograr, intentó consolarse o más bien resignarse ante su aspecto físico. A lo largo de los años, podía contar las oportunidades en que le habían dicho que era linda, bonita o moderadamente bonita, ¿cómo creerlo? Plana, bajita y simple, con cabello castaño y ojos oscuros, había chicas más lindas, era imposible para Izumi sentirse bonita, pero por ahora no necesitaba de belleza para estudiar y se lo recordó al negar en silencio para sí, tomar su mochila de su cama, colgándola sobre su hombro y abandonar la habitación. Con una sonrisa y dispuesta a despedirse de su madre al llegar al final de la escalera, Izumi se encontró con su hermano Inabi de cortos cabellos castaños y ojos oscuros, en el pasillo.
—Es Denka, de nuevo— mencionó su él, pidiendo su ayuda con esa sola alusión.
Suspirando en respuesta, Izumi no necesito escuchar más, dejando la mochila al pie de la escalera y dirigirse hacia la puerta que daba con el sótano, con su hermano menor detrás de ella en todo momento, ese gatito gordo siempre se escondía en el sótano, ingresando por la pequeña ventana del jardín, y hasta ella lo entendería si tuvieran ratones, pero ese no era el caso, más prefirió no pensar en eso al abrir la puerta. El pozo era ligeramente circular, pero cuadrado al mismo tiempo, hecho de roca solida gris oscuro ligeramente desgastada por el paso del tiempo, reposando sobre el suelo de madera color barniz, y cerrado en su superficie por una loza de mármol reluciente, sobre la cual yacía un sello con un nombre escrito que según su abuelo, jamás había sido traducido, no estaba escrito en griego sino en un idioma indescifrable. Todo se veía oscuro, había una luz que podía iluminar la habitación, pero Izumi prefirió no encenderla, la pequeña ventana que daba con parte del jardín ya de por si iluminaba la estancia lo suficiente como para dejarla ver, sin embargo, lentamente descendió los escalones con su hermano menor pegado a sus piernas, abrazándola por la espalda y siguiendo sus pasos como una sombra; ella jamás había sentido miedo en ese lugar, era desconocido, pero al igual que con el árbol sagrado en el jardín frontal, sentía fascinación por ellos cada vez que los veía, como si desde pequeña tuviera una conexión especial con ambos y que aún hoy no alcanzaba a comprender, pero Inabi por otro lado tenía miedo.
—¿Por qué no bajas?— preguntó Izumi a su hermano, volviendo el rostro por sobre su hombro, aún en el último peldaño.
—Este lugar me da miedo— negó Inabi detrás de ella, demasiado asustado como para bajar.
—¿Y eso porque?, ¿no eres hombrecito?— desafió ella con un deje mofa y una ligera sonrisa.
Izumi creía o esperaba que ambos ya hubieran superado esa parte, de la vida, ninguno de los dos necesitaba ser más valiente o más sensible que el otro, por lo que Izumi sonrió ladinamente al sujetar las manos de su hermano entre las suyas para soltarse y descender ese último peldaño para adentrarse en la estancia, sin apartar sus ojos del pozo pese a saber que debería estar mirando el suelo para encontrar a su gato, podía escuchar sus arañazos sobre algo, pero estaba tan distraída que simplemente no sabía que estaba haciendo, solo que estaba cerca, lo sentía al ser guiada por su oído. Deteniéndose ante el pozo, la pelicastaña apoyó ambas manos sobre la loza de mármol que contenía aquel sello, viendo desde ese lugar a su gordo gatito arañando o intentando arañar los bordes de roca del pozo, jugando inocentemente como siempre, antes de detenerse al saberse descubierto, subir a la loza de mármol y restregarse contra los brazos de su dueña que lo tomó en brazos. Pero en ese momento, en el breve lapsus de tiempo en que dio la espalda al pozo, algo ocurrió, la loza de mármol a su espalda sonó como si se hubiera resquebrajado y Denka saltó de sus brazos, subiendo presurosamente las escaleras, en tanto ella volvía el rostro sobre su hombro, cuando de pronto unos brazos la sujetaron por la espalda, retrocedió por inercia a causa de la sorpresa, pero pronto recobró el equilibrio y forcejeó desesperadamente por zafarse, siendo auxiliada por su hermano que corrió y la abrazó por la cintura en un intento por ayudarla.
—¡Hermana!— jadeó Inabi, sin soltarla para que lo que sea que fuera eso no se la llevara.
—¡No!— protestó Izumi, sobresaltando a su hermano. —Suéltame o te arrastrara conmigo— indicó con preocupación y no deseando involucrarlo en esto.
—Izumi…— intentó negar él, incapaz de soltarla como su hermana le pedía que hiciera.
—Inabi, hazme caso, por favor— insistió ella observándolo seriamente, dispuesta a empujarlo con tal de soltarse.
Amaba a su hermano y no podía ponerlo en peligro pese a que ni ella misma entendiera del todo lo que estaba pasando, y viendo que Inabi no estaba dispuesto a soltarla, Izumi no tuvo otro remedio que separarlo de si con el costado de una de sus piernas, enviándolo de sentón al suelo en tanto ella, ahora vulnerable, fue arrastrada por aquellos brazos hacia el interior del pozo.
Lo último que escuchó, fue la voz de su hermano, gritando desesperadamente por ella.
Al caer por el pozo, lo primero que Izumi hizo fue prepararse mentalmente para el choque de la caída por venir, sin embargo, esta nunca llegó, transportándola a lo que parecía ser una caída sin fin, enfrentando a una persona extraña que parecía envolverla con sus brazos, la misma persona que la había hecho caer dentro del pozo. Era una mujer, o al menos lo parecía, era difícil saberlo, Izumi jamás había visto a una mujer así; tenía largo cabello blanco y largo, pero no era una anciana sino todo lo contrario, tenía facciones delicadas y etéreas, así como ojos purpura, además de un cuerpo voluptuoso cubierto por un largo vestido blanco de escote en V hasta la altura del vientre, sin mangas ya que sus brazos estaba adornados por brazaletes, pero lo más curioso es que desde la cintura hacia abajo su cuerpo era el de una serpiente de piel dorada, y sus brazos no eran dos sino seis. No, se dijo Izumi, observando fijamente a aquella mujer, con los labios entreabiertos y apenas respirando a causa de la confusión e impresión, ¡esto tiene que ser una pesadilla! La palabra miedo no era algo que Izumi usara normalmente en su vocabulario, de hecho, prefería sacarla totalmente de su diccionario, pero en este caso y parpadeando con incredulidad mientras observaba a tan extraña mujer que acunó su rostro entre sus manos, comenzó a sentir una escabrosa sensación en la boca del estómago y sabía que era miedo, después de todo no tenía idea de quien era esta mujer ni de lo que era capaz.
—¿Tú eres quién la tiene, no es así?— cuestionó la mujer a modo de afirmación, exigiéndole que le entregara la joya del paraíso, podía sentirla en ella.
—No, no…— negó Izumi sin entender que es lo que quería esa mujer, pero su propia presencia la ponía nerviosa. —¡Suéltame!— protestó al sentir los brazos de esa extraña mujer envolverse a su alrededor como una especie de prisión.
La presencia de esa mujer y tan insistente pregunta que parecía repetir una y otra vez, con más desesperación en cada oportunidad, solo contribuyó a poner aún más nerviosa a Izumi quien, al sentir los brazos de la mujer envolverse con mayor presión en torno a su cuerpo, protestó y luchó por zafar al menos no de sus brazos, estampando la mano contra el rostro de la mujer en lo que planeo fuera una bofetada, pero lejos de ello, la palma de su mano brilló de un color indeterminado, traspasando a la mujer con una energía extraña, logrando que la soltara y dejara libre, aterrizando sobre el fondo del pozo tras lo que pareció ser una eternidad. Temblando a causa del miedo, Izumi lentamente volvió el rostro por sobre su hombro, recostada sobre el suelo, sin ver a nada ni nadie junto a ella, ¿había sido una alucinación?, ¿acaso lo había imaginado?, ¿se estaba volviendo loca? No, aún podía sentir el tacto de aquella mujer contra sus brazos, envolviéndola como una serpiente a un ratón que quería devorar, no lo había imaginado, ni se estaba volviendo loca y lo sabía mientras lentamente apoyaba ambas manos en el suelo para erguirse, recordándose respirar para no sofocarse, frotándose ligeramente los brazos, como si sintiera frio, pero más que frio lo que sentía era incertidumbre, seguía en el fondo del pozo cuyas paredes recorrió con la mirada, en parte eso era bueno ya que le decía que lo que acababa de pasar era real y no imaginaciones suya.
—¡Inabi, ¿estás ahí?!, ¡llama al abuelo!— grito Izumi, alzando la vista desde el fondo del pozo.
No recibió respuesta y eso la preocupo, quizás su hermano había salido huyendo, pero ella sabía que Inabi no era tan cobarde, aunque no lo culparía por hacerlo de todas formas, por lo que se levantó del suelo y comenzó a trepar con ayuda de unas firmes enredaderas que crecían al interior del pozo y parecían llegar hasta la superficie…curiosamente, no recordaba que existieran, pero prefirió no pensar en eso, trepando con decisión y apoyando la suela de sus zapatos contra la roca firme, sin voltear. Pero, su labor y esfuerzos se detuvieron en cuanto algo cruzo su rango de visión; una mariposa, pero no tenía idea de cómo había entrado, el sótano tenía una ventana pero jamás entraba nada por ahí, mas eso solo la impulsó a seguir trepando, sintiendo que algo definitivamente no estaba bien, y necesitaba averiguar que era. Envolviendo sus brazos en torno a la entrada, Izumi sacó la cabeza por el umbral, esperando encontrarse con el sótano de su hogar, pero no vio eso, ni siquiera estaba en su casa, sino que el escenario ante ella era un paisaje campestre, realmente hermoso, lleno de flores, árboles enormes con aves cantando en sus ramas y mariposas revoloteando en el aire. Desde su más temprana infancia, su fallecido padre le había relatado historias sobre los mitos griegos y el paraíso que era el Eliseo, siempre había deseado poder vivir para pisar un escenario así y ahora no podía creer lo que estaba viendo, le parecía irreal, pero ¿dónde estaba? Ese no era su hogar y lo sabía, pero tampoco se sentía mal, se sentía extrañamente en casa.
—Dios mío…— murmuró para sí, esperando que todo fuera un sueño del cual iba a despertar.
Al salir del pozo y pisar ese suelo, pensó en gritar, llamar a su madre, su abuelo y su hermano, pero no tenía sentido hacerlo ya que no tenía idea de donde estaba, por lo que con incertidumbre se alejó del pozo y se adentró en el bosque, escuchando el suave y dulce canto de los pájaros sobre las ramas de los árboles, siempre había deseado estar en un lugar así…de pronto, algo conocido se alzó ante sus ojos, ¡el árbol sagrado de su jardín!, poderoso por sobre todos los demás, lo que la hizo correr en su dirección con todas sus fuerzas, era el único lugar familiar cerca y al cual quería aferrarse, cruzando arbustos hasta llegar al claro en que se hallaba el árbol, pero nada podría haberla preparado para lo que vio. Era un hombre, y realmente guapo, cautivante, parecía estar clavado al árbol por una flecha en el centro de su pecho, y su mirada era suave a pesar de que sus ojos estaban cerrados, tenía largo cabello ébano recogido en una coleta tras su nuca, y enredaderas de plantas le cubrían el pecho y las piernas, no parecía tener más de veinte años, pero lo que confundió a Izumi fue su atuendo, digno de comparar con el de un verdadero caballero del medievo. Avanzó lentamente hacia él, hipnotizada por su sola presencia, trepando las raíces para cruzar la distancia que los separaba, encontrándose cara a cara con él, estaba profundamente dormido, ni siquiera sentía su respiración, lo que tomó como una señal para alargar una de sus manos y pasarla sobre su cabello ébano que parecía la seda más fina bajo sus manos, pero pronto se detuvo y medito lo que estaba haciendo, ¡se estaba comportando como una colegiala tonta!, madura, se dijo duramente a sí misma, ya que debería estar pensando cómo salir de ahí y volver a casa, aunque no tenía ni la más remota idea de donde estaba y mucho menos de como volver.
—No es mejor momento para esto— se reprendió en voz alta, llamando su mente a la cordura.
—¡¿Qué estás haciendo ahí?!— gritó una voz varios pasos detrás de ella, sobresaltándola.
Aquel gritó se escuchó al mismo tiempo que el ruido de arcos tensándose y liberando flechas, por lo que instintivamente Izumi se abrazó al cuerpo del inconsciente hombre delante de ella como único medio de protección, cerrando los ojos fuertemente y deseando volver a la seguridad de su casa, sin importar lo infantil que sonara. Lentamente abrió los ojos al sentir el impacto de las flechas en el árbol, y se dio cuenta de que ninguna le había dado a ella ni al joven a quien soltó, aunque fácilmente podrían haberlo hecho notó al tragar saliva sonoramente y voltear por sobre su hombro para ver quienes habían aparecido tan abruptamente con el propósito de herirla, aparentemente. Estudió la ropa que traían: todos lucían como las personas del medievo, con esos pantalones, botas y camisas semi holgadas y el cabello levemente largo hasta los hombros…no, no, no, ¡no! se gritó mentalmente mientras observaba con incertidumbre a esos desconocidos, intentando creer que estaba soñando y que de un momento a otro iba a despertar.
Dios mío, ¿en qué me metí?
PD: ¡Saludos, mis amores! prometí iniciar esta nueva historia esta semana y lo cumplo, agradeciendo de antemano el apoyo de todos y deseando que sea de su agrado, ya que llevo ya un par de años escribiéndola y creo que esta es la mejor oportunidad para terminarla al compartirla con ustedes, aunque les advierto que será un poco larga e incluso quizás tenga secuela si me apoyan, por lo que gracias de antemano : 3 como les había mencionado, la próxima semana descansare ya que se conmemora un año de la muerte de mi abuela, pero les prometo que luego volveré a actualizar, partiendo por "Más Que Nada En El Mundo", "Antuco: Sueño Blanco" y "El Clan Uchiha", tienen mi palabra :3 esta historia esta dedicada a mi queridísima amiga Ali-chan 1966 (agradeciendo su asesoría y aprobación desde el primer momento, dedicándole cada una de mis historias por su respeto y cariño), a mi querida amiga y lectora DULCECITO311 (a quien dedico y dedicare todas mis historias por seguirme tan devotamente, y por apoyarme en este nuevo proyecto), y a todos que siguen, leen o comentan todas mis historias :3 Como siempre, besitos, abrazos y hasta la próxima.
Formas & Mitología: Si bien y como señale en cada alusión de esta historia en mis actualizaciones anteriores, me inspirare en la obra de Rumiko Takahashi, "Inuyasha", la base de esta historia esta centrada en la mitología griega, ya que si bien solemos quedarnos con la visión romántica y heroica que nos han mostrado las películas, en la historia real un semidiós era un individuo que no tenia un lugar en el mundo, exiliado al nacer sin padre o al menso no conocido y que debía lugar para ganar un lugar en la sociedad en base a sus acciones, y eso es lo que Itachi tratara de hacer a lo largo de la trama. El Clan de los Dioses Perro que aludo al comienzo del prologo es una referencia a la antigua mitología en que se creía que los dioses adoptaban forma de animales para encontrarse con mujeres o para ocultarse y pasar desapercibidos ante los humanos. La Wicca es un culto a la magia que parece haberse vuelto más popular en la actualidad, pero tiene raíces que se remontan hasta antes del siglo XVI, por eso las represento en esta historia, y las Wiccan—vulgarmente llamadas brujas buenas—son mujeres que usan la magia blanca relacionada a elementos naturales para ayudar a otros y eliminar las energías negativas, incluso solían ser doctoras no convencionales, también se les considera guardianas de los bosques y en algunas historias solían relacionarse con los dioses que tomaban formas de animales para hablar con ellas, además se les considera las primeras brujas de la historia.
También les recuerdo que además de los fics ya iniciados tengo otros más en mente para iniciar más adelante en el futuro: "Avatar: Guerra de Bandos" (una adaptación de la película "Avatar" de James Cameron y que pretendo iniciar pronto), "La Bella & La Bestia: Indra & Sanavber" (precuela de "La Bella & La Bestia"), "Sasuke: El Indomable" (una adaptación de la película "Spirit" como había prometido hacer), "El Siglo Magnifico; Indra & El Imperio Uchiha" (narrando la formación del Imperio a manos de Indra Otsutsuki en una adaptación de la serie "Diriliş Ertuğrul") :3 Para los fans del universo de "El Conjuro" ya tengo el reparto de personajes para iniciar la historia "Sasori: La Marioneta", por lo que solo es cuestión de tiempo antes de que publique el prologo de esta historia. También iniciare una nueva saga llamada "El Imperio de Cristal"-por muy infantil que suene-basada en los personajes de la Princesa Cadence y Shining Armor, como adaptación :3 cariños, besos, abrazos y hasta la próxima :3
