Dedicado a brend23_1 y a The New Løud Crew.
Yin recorría los pasillos de la escuela con sus libros de magia entre sus brazos. Aunque el lugar estaba lleno de gente, cada paso que daba la acercaba más a la soledad. De todas formas no podía quejarse; no a cualquiera le gusta tanto la magia como a ella. Sus amigos con suerte pudieron aprobar los dos cursos de magia como para desear cursar un electivo de magia avanzada. De hecho su hermano se encontraba en su tercer intento de aprobar Magia I. El maestro Dankworth había sido muy eficaz en provocar rechazo sobre aquella asignatura en sus estudiantes.
La coneja entró al salón y se sorprendió al ver a una veintena de chicos. Muchos de ellos eran mayores que ella, casi al borde de egresar. Suponía que el maestro Dankworth los había espantado lo suficiente, pero se equivocó. Lo lamentable era que no conocía a ninguno. Tras un suspiro, se instaló en uno de los primeros asientos haciendo caso omiso de su entorno.
Mientras, al fondo del salón, en un asiento ubicado a un costado de la ventana, se encontraba Carl, quien de inmediato se percató de la presencia de Yin. Él tampoco conocía a nadie en aquel salón, pero poco le importaba. Solía ser un blanco fácil de burlas, convirtiéndolo en alguien muy poco sociable. La soledad solía sentarle cómodo, total, era mejor estar solo que mal acompañado. Esto no impidió su afición por la magia, convirtiéndose uno de los mejores de la escuela en esta materia.
Observó paso a paso cómo Yin se instaló en su asiento a metros de él. Últimamente él era invisible para ella. Era una mejora en comparación con la primaria, cuando ella se asqueaba cada vez que lo veía. Quizás el hecho de ser una cucaracha lo terminaba aislando de todos. Frente a esto, lo mejor era pasar inadvertido.
El timbre de la escuela sonó pasando desapercibido por todo el salón. Yin continuaba concentrada en un libro mientras Carl la observaba silenciosamente desde su asiento. No fue hasta que ingresó el maestro al salón que todos regresaron a sus asientos, atentos a la primera lección. A nuestros protagonistas les extrañó que no era el maestro Dankworth quien había ingresado, sino alguien a quien nunca habían visto antes.
El maestro era un anciano regordete con una mirada alegre. Sus pequeños ojos oscuros parecían sonreír como su enorme boca adornada por un frondoso bigote canoso. Su cabellera lo había abandonado hacía bastantes siglos, dejándole unos cuantos mechones desordenados y canosos. Traía puesta una sotana púrpura con costuras doradas que imponía solemnidad en su ser. Iba acompañado de un bolso de cuero que traía colgado atravesado.
-Buenos días jóvenes –los saludó con una voz aguda y anciana-, les doy la bienvenida a este curso avanzado de magia. Veo que son bastantes los interesados –agregó con una sonrisa-, eso me alegra.
Luego, prosiguió mientras sacaba algunos libros y sus gafas de su bolso:
-Espero que este semestre podamos aprender bastantes cosas nuevas y disfrutar de lo que realmente nos apasiona: la magia.
En eso una chica alzó la mano.
-¿Si? Dime –concedió el maestro.
-Ehm, profesor…
-Simi –contestó el maestro-, olvidé decirlo. Mi nombre es Víctor Simi y seré su nuevo maestro de Magia Avanzada.
-Sí, pero de acuerdo al horario, tendríamos clases con el maestro Dankworth –insistió la chica.
-Ah sí, me dijeron que el maestro Dankworth dejó la escuela durante las vacaciones –contestó el profesor Simi-. Desconozco los detalles. En fin, ¿alguna otra pregunta?
El profesor se colocó sus gafas y observó a todo el mundo. Parecía tener una mirada agradable mientras inspeccionaba a las veinticuatro almas que tenía frente a sí.
-Bien –prosiguió tras un breve silencio-, hoy quiero comenzar con un tema que aunque sí, es avanzado en cuanto a la magia, creo que será perfecto para ustedes. He revisado el historial de cada uno de ustedes, y ya todos han aprobado los cursos de Magia elemental –agregó mientras abría una pequeña libreta con tapas de cuero-. En lo personal me alegra bastante poder tener estudiantes tan aplicados, y me muero por enseñarles magia sincronizada.
El silencio nuevamente reinó en el salón. Las últimas palabras resonaron en la mente de nuestros protagonistas, quienes tenían sin saberlo la misma afición por la magia. Ambos, de forma independiente habían oído hablar de la magia sincronizada, y esperaban en este curso ponerla a prueba.
-Bien muchachos –el profesor Simi prosiguió con su clase junto a su libreta en la mano-, comencemos con una breve introducción. ¿Alguien puede decirme cuáles son los seis hechizos mágicos fundamentales existentes?
Yin levantó la mano inmediatamente, siendo la única en hacerlo.
-¿Si jovencita? –el maestro le concedió la palabra.
-Los seis hechizos fundamentales son: levitación, transformación, transposición, invisibilidad, materialización y desaparición.
-¡Muy bien señorita…! –el profesor concentró su mirada en la coneja.
-Yin –respondió ella.
-Yin, ¿eh? –contestó concentrado en su libreta-. ¡Ajá! Usted finalizó con excelente promedio los dos cursos anteriores de Magia, muchas felicidades. Pues me honra mucho tenerla en mi clase.
El color rojo subió a sus mejillas notándose incluso sobre su pelaje rosa. Se sentía extraña al ser el centro de atención de esa manera. Mientras, el maestro se alejó de ella para continuar recorriendo el salón mientras hablaba.
-Y veamos ahora –prosiguió-, ¿alguien puede decirme cuál es la regla fundamental aplicada sobre magos nivel uno frente a los seis hechizos fundamentales?
Yin estaba a punto de levantar la mano, cuando el profesor Simi intervino.
-¿Si caballero?
Yin se volteó y recién en ese instante se percató de la presencia de Carl.
-Los hechizos fundamentales no pueden ser aplicados sobre seres vivos por magos de nivel uno –contestó Carl.
-Muy bien señor…
-Carl.
-¡Ah si! –respondió el profesor observando su libreta-. Usted también finalizó sus cursos de Magia con honores, y fue ayudante del profesor Dankworth por dos semestres. Pues me alegra tenerlo por mi clase.
Carl sonrió tímidamente mientras el profesor continuó su paseo por el salón.
-Los hechizos fundamentales están fuertemente restringidos sobre seres vivos por la Organización Mundial de Magia, y del mismo contexto ha sido descubierto un séptimo hechizo fundamental solamente aplicable a seres vivos, pero que están totalmente prohibidos por la OMM ¿alguien sabe cuál es este hechizo tan especial?
-Hechizos de manipulación –se escuchó la voz de Yin y Carl desde ambos extremos del salón.
-Pues excelente respuesta para ambos –contestó el maestro Simi, quien no cabía en felicidad-, veo que tengo alumnos muy aplicados, quienes me serán de mucha ayuda en la lección de hoy. ¿Pueden venir, señorita Yin y señor Carl?
Instintivamente ambos se miraron frente a frente. A Yin se le cortó la respiración, mientras que Carl casi se ahoga con su propia saliva. Ninguno imaginó volver a reencontrarse en alguna circunstancia de la vida. Lentamente y con cierta inquietud, abandonaron sus asientos y se dirigieron hacia el mesón del maestro. Mientras, el profesor Simi se acercó al mesón y extrajo dos plumas desde su bolso.
Yin se encontró cara a cara con Carl. No recordaba la última vez que se había topado con él. Los pocos recuerdos ambiguos que circulaban por su mente no eran muy agradables. Sentía bastante incomodidad estando a su lado. Los chiflidos de los demás estudiantes del salón, surgidos de la simple inmadurez, no ayudaban mucho. Carl también sentía incomodidad. Podía notar en el rostro de Yin su incomodidad presente. La situación no mejoraba mucho. Deseaba ser otra persona en el universo para ahorrarle problemas. Como eso era imposible, no le quedaba de otra que quedarse estático como una piedra.
-Bien muchachos, colóquense frente a la clase –el maestro los instaló frente al mesón mirando a la clase. Sobre el mesón había dos plumas-. Antes de hablarles sobre los hechizos de sincronización, les mostraré un breve ejercicio que si consiguen dominarlo, se les facilitará bastante estos hechizos que quiero enseñarles a partir de la próxima clase.
Nuestros protagonistas quedaron inmóviles frente a la clase, a las órdenes del maestro, quien los observaba frente a frente a unos metros de distancia.
-Primero, quiero que ustedes dos leviten la pluma que tienen al frente.
Era un hechizo fácil, en especial para nuestros protagonistas, quienes aprobaron el curso de magia con honores. El primer hechizo que se enseña es el de levitar objetos livianos. Es muy útil para comenzar a dominar el poder mágico que las personas poseen en su interior. A pesar que para quienes presentan alguna traba en su poder mágico les cuesta un poco conseguirlo, cuando finalmente lo logran descubren que es tan solo el primer peldaño de una escalinata infinita.
Yin iluminó su índice derecho con una luz celeste claro, al tiempo que Carl hacía lo suyo con su mano derecha, iluminándola con un tono rojo pálido. Ambos lanzaron un rayo de luz sobre su respectiva pluma. El rayo de Yin era delgado y rodeó la pluma con una fina capa de luz. El rayo de Carl era grueso, cubriendo de una vez toda la pluma. Ambas plumas se levantaron frente a la clase, aproximadamente a unos veinte centímetros de la mesa.
-¡Excelente! –exclamó emocionado el profesor Simi-. Ahora quiero que la muevan en círculo en el aire, ¿podrán?
Ambos obedecieron, y lentamente la pluma comenzó a tomar velocidad dando un recorrido vertical en el aire, formando una O frente a sus compañeros. La pluma de Yin iba más rápido que la de Carl, mientras que Carl realizó un recorrido más ancho con su pluma que la de Yin. Por si fuera poco, ambos realizaban sus giros ocupando un sentido opuesto el uno al otro.
-Interesante –reflexionó el maestro-. Pues quizás para ustedes la siguiente instrucción sea un desafío, pero necesito que logren sincronizar el movimiento de sus plumas. Que tengan exactamente el mismo recorrido.
Ambos se miraron el uno al otro, conscientes que eso era un desafío más grande que lo imaginado por el profesor. En ese instante la pluma de Yin comenzó a perder velocidad, y la de Carl altitud.
-Por ejemplo –intervino el maestro en ayuda de ambos-, Carl, necesito que el giro de tu pluma cambie de sentido, y Yin, intenta ajustarte a la velocidad de la pluma de Carl.
Ambos obedecieron. Carl, además de cambiar el sentido del giro de su pluma, la levantó a la altura del giro de Yin. Ella en cambio, redujo la velocidad de la suya. La pluma parecía resistirse y temblaba.
-También necesito que sus círculos sean perfectos –acotó el profesor observando con detalle-. Carl, requiero que tus giros sean más largos pero más delgados, y Yin todo lo contrario, que sean más cortos y más anchos.
Luego de unos cuantos giros, ya ambas plumas giraban en el mismo sentido y a la misma velocidad. Ahora nuestros protagonistas estaban concentrados en que la forma de sus giros fuera idénticas. Cada uno observaba con atención el giro del otro, intentando imitar lo mejor posible el recorrido del otro. Finalmente ambas plumas giraban en sincronía. El giro estaba lejos de dejar de ser un óvalo vertical, pero giraban con una sincronía perfecta.
-¡Bien! –los felicitó el maestro. Tal vez no fuera un círculo perfecto, pero la sincronización si lo era, así que se los dejó pasar por ser el primer intento-. Solo falta una cosa, esconder sus rayos. Saben bien que si deseamos levitar algo, no queremos que los demás se enteren de nuestra ubicación, ¿cierto?
De inmediato ambos estudiantes obedecieron y finalmente las plumas continuaron girando en completa sincronía y absoluta soledad. Por detrás, Yin apuntaba a su pluma con su índice, mientras que Carl había lo suyo con su palma abierta.
-¡Excelente! –exclamó alegre el profesor-. Este es el primer paso que se debe conseguir si desean dominar los hechizos de sincronización. A continuación, les indicaré el segundo paso. Ahora ustedes dos, pueden dejar las plumas sobre la mesa y descansar un instante.
De inmediato obedecieron. Casi al instante Carl sintió un dolor punzante en su muñeca, que a duras penas logró ocultar a los demás.
-Bien –prosiguió el profesor mientras colocaba una de las plumas en el medio del mesón y se llevaba la segunda-, ahora que entienden la sincronía, quiero que apliquen el mismo hechizo sobre la pluma que tienen sobre la mesa, al mismo tiempo.
Ambos se miraron frente a frente y luego a la única pluma sobre el mesón. Comenzó un cuchicheo general entre los estudiantes. El profesor, sonriente, colocó la pluma que extrajo detrás de su oreja.
-Vamos por parte –el profesor Simi intentó calmar los ánimos-. Primero, apliquen un hechizo de levitación sobre esa pluma, a la cuenta de uno, dos y…
Ambos lanzaron sus respectivos rayos sobre la pluma. Los rayos celeste y rojo comenzaron a empujarse mutuamente en una batalla encarnizada sobre la pluma. El dolor se volvió aún más punzante sobre la mano de Carl, lo que ayudó a Yin a ganar la batalla. El problema es que la pluma no levitaba ni un milímetro. El profesor observaba con atención la situación.
-No, no, no, no –intervino al tiempo en que ambos detenían sus rayos-. Recuerden que deben trabaja en sincronía el uno con el otro. Deben concentrarse en el mismo hechizo, el mismo objetivo y al mismo tiempo. Solo recuerden lo que hicieron hace un rato, deberán hacer lo mismo, pero sin verlo. Ahora vamos, a la cuenta de tres.
Nuevamente ambos lanzaron sus respectivos rayos. Nuevamente comenzaron a batallar los colores sobre la pluma. Nuevamente Yin ganó esta batalla. Nuevamente el dolor de Carl aumentó un nuevo nivel.
-Está bien, sé que no es fácil conseguirlo a la primera –intervino el profesor-, por fortuna, tendrán toda esta clase para practicar.
Luego de esa frase, sacó un saco de su bolso, el cual vació sobre el mesón, mostrando unas cuantas plumas más.
-Formen parejas y comiencen con la sincronización por separado. Quiero esta vez círculos perfectos –ordenó mientras comenzaba a repartir las plumas.
Yin recogió la suya y se fue con Carl al rincón del salón. La cucaracha por su parte comenzó a sobarse la muñeca, con la esperanza de que un milagro pudiera quitarle el dolor.
-¿Te ocurre algo? –Yin preguntó con cierta brusquedad al notar el movimiento de Carl. El chico por su parte se sintió incómodo. Podía sentir la incomodidad de la coneja en su voz. Su deseo por que la tierra la tragara con tal de no volver a verlo en su vida.
-Este… -no pudo evitar tocarse la muñeca. El dolor no pensaba en disminuir.
-Déjame ver –de inmediato le tomó la muñeca al chico, y se la palpó con distinta presión, desde una suavidad imperceptible, hasta una firmeza que parecía que se la iba a romper.
-¿Qué haces? –balbuceó extrañado.
-Me lo imaginaba –diagnosticó Yin. De inmediato comenzó a revisar en el interior de su mochila, buscando algo con bastante afán. Finalmente sacó una botella de vidrio que contenía un líquido transparente. De inmediato la destapó, mostrando un pulverizador usado en los perfumes. Roció parte de su contenido por toda la muñeca de Carl. El chico sintió la humedad del contenido, al tiempo en que su dolor desaparecía mágicamente.
-¡Vaya! –exclamó sorprendido mientras probaba su mano recién recuperada-. ¿Qué es?
-Es una poción para los desgarros musculares –respondió mientras guardaba su pócima-. Siempre lo traigo por lo que pueda pasarme a mí, o a mi hermano.
Carl estuvo a punto de abrir la boca, cuando Yin lo interrumpió.
-Era obvio –dijo-, normalmente usas toda tu mano para ejecutar tus hechizos, y aunque el profesor Dankworth haya dicho que todo depende de la comodidad del hechicero, la verdad es que usar toda la mano provoca un desgaste hasta diez veces más grande de magia que solo usar un dedo. Además que la presión se hace inaguantable sobre la muñeca.
Carl intentó replicar, pero Yin continuó:
-Antes no habías notado ese desgaste porque aparentemente tu poder mágico es bastante grande, por eso podías hacer hechizos bastante complejos con tu atrocidad de técnica. Hoy el profesor Simi nos ha puesto un desafío demasiado grande y eso ya no lo pudo resistir tu mano.
Carl intentó nuevamente replicar, pero Yin nuevamente lo interrumpió:
-Mi pócima solo cura el desgarro muscular, no devuelve la magia malgastada. Así que terminemos de una vez antes que se te termine completamente la magia.
Colocó la pluma sobre una mesa.
-A la cuenta de tres –ordenó-. Uno, dos, y…
Ambos lanzaron sus rayos sobre la misma pluma. Yin observó cómo primero, Carl nuevamente intentaba lanzando el rayo con su palma y no con su dedo como se lo indicó, y segundo, esta vez usaba su mano izquierda. Este cambio la desconcertó lo suficiente como para perder la batalla de rayos sobre la pluma. Carl terminó iluminando completamente la pluma y levitándola sin problemas. La incomodidad quedó atrás, dando paso a la impresión. Carl se sentía contento por su nuevo logro.
-¿Pero cómo? –exclamó quedando de una pieza.
-Soy ambidiestro –respondió mientras que comenzaba a agudizar el rayo sobre la pluma hasta solo poder observar un delgado hilo rojo que se aferraba sobre su pulgar izquierdo. Si fuera una competencia de magia, seguro que podía ganarle a Yin.
-¿Desde cuándo que puedes hacer eso? –insistió Yin sin poder escapar de su asombro.
-Desde hace unos años –respondió depositando cuidadosamente la pluma sobre la mesa-. Practico con ambas manos desde los cinco años.
-¿Practicas magia desde los cinco? –volvió a preguntar.
-Sí –le respondió la cucaracha-. Recuerdo que uno de los primeros libros que leí cuando aprendí a leer fue una versión antigua del Almanaque de Magia.
-¿En serio te leíste el Almanaque de Magia a los cinco años? –Yin se encontraba un tanto escéptica.
-Sí, lo recuerdo –comentó Carl haciendo caso omiso de las intenciones de la coneja-. Lo encontré por esa época en el garaje mientras huía de mi hermano. Recuerdo su prólogo que contaba un cuento que me gustó mucho. Era el de un príncipe que había descubierto que con sus manos podía lograr cambios mucho más allá de la compresión, y que por eso el reino con todo su pueblo decidieron desterrarlo por miedo. En el destierro y la soledad siguió aprendiendo de ese extraño poder, y cuando una bruja malvada se apoderó del reino, él regresó para vencerla y recuperar la libertad de su pueblo.
Yin se sentía como una tonta. Toda su vida había mirado en menos al chico que tenía frente a si, siendo que en realidad él podría vencerla en un duelo de magia con demasiada facilidad. Nunca tomó en cuenta el detalle de la palma hasta ese día. Por no tomarlo en cuenta en su entorno, se le había escapado un importante rival. Un rival que por sus palabras no podía mirar en menos. Se sintió también identificada con su historia. Le recordaba un tanto a ella, cuando ahorró para comprarse una edición del Almanaque de Magia a los ocho años, para terminar desaparecido por culpa de su hermano. Al menos si recordaba ese cuento del principio, y le gustaba mucho.
-Imaginaba que yo era ese príncipe –continuó Carl-. Por eso es que decidí aprender magia desde muy temprana edad. Quería estar preparado para cuando llegara el día en que debía defender lo que más me importara frente a la adversidad, y devolverle su libertad.
-Pero si estás más que preparado –se le escapó a Yin. Carl la observó con asombro. A ninguno de los dos se esperaba que esa oración fuera pronunciada.
-¿Tú crees? –balbuceó el chico tras un silencio que castigó la consciencia de la coneja.
-Pues yo… -no sabía cómo desdecirse de sus palabras. Surgieron desde el fondo de su admiración. ¿Admiración? ¿Por Carl? ¿Qué es esto? ¿El día del opuesto? Ni siquiera ella podía entender el porqué de sus propias palabras.
-¿Cómo vamos? –el profesor Simi llegó por fortuna a intervenir en este incómodo momento.
-Bien –saltó Carl-. Creo que necesitábamos un momento de confianza para mejorar nuestra sincronización.
-Es una excelente idea –celebró el maestro-. Solo si el uno está en confianza con el otro y viceversa, podrá realizar un hechizo de sincronización con mayor poder y efectividad.
Carl sonrió tímidamente mientras veía alejarse al maestro. Luego miró a Yin, quién aún seguía congelada como una piedra. Atrapada en sus propias contradicciones.
-Bueno… ¿continuamos? –le dijo mientras levitaba la pluma con un rayo invisible.
Es así como lo intentaron un buen rato en completo silencio. A veces lanzaba un rayo visible, otras veces era un hechizo invisible. Ninguno de los dos consiguió mover la pluma. Ambos sabían que era causa de una completa desincronización, pero nadie quería dar la voz de alerta.
-Creo que es un caso perdido –concluyó Yin. No quería admitir que también comenzaba a dolerle la mano. Más que la dificultad del hechizo, era la tensión la que empujaba todo su peso sobre su muñeca.
-Quizás debamos descansar un poco y después intentarlo con las dos plumas –propuso Carl.
-De acuerdo.
Cada uno acercó una silla cercana y se sentó en ella. Yin aún no encontraba las palabras para romper un muro que salió de la nada frente a ella. Carl intentaba adivinar qué pasaba dentro de su mente. Era primera vez que la veía con esa reacción. ¿De verdad logró sorprenderla? Era un resultado inesperado.
-¿Qué ocurre? –intentó incursionar la cucaracha.
-Nada –mintió Yin. Intentaba buscar parecer lo más tranquila posible.
El silencio le permitió apreciarla más de cerca. Se había topado con ella varias veces, pero no eran más que encuentros accidentales en algún lugar de la escuela. Desde hace años él era invisible para ella, pero no ella para él. Ella era todo lo contrario a él. Era linda, atractiva, sociable, respetada, inteligente. Tenía promedio perfecto en todo. Estaba rodeada de amigos. Tenía una familia que la apoyaba. Eso más que provocarle envidia, le causaba admiración. Deseaba que por tan siquiera un instante tener la vida que ella tuvo. ¿Cuánto hubiera conseguido con ese apoyo de su parte?
¿Se lo has dicho?.
Una voz en su interior le sugirió una idea. ¿Debía abrir su corazón? Su experiencia le indicaba que era una mala idea. Su intuición le consolaba que una herida más no se notaría entre tantas cicatrices. Sus nervios le advirtieron que no sería fácil. Su suerte le amenazó que funcionaría sobre su cadáver.
-Yin –comenzó titubeante-, la verdad tú tampoco lo haces tan mal.
Ella se volteó. Sus orejas se estiraron atentas. Su corazón la preparaba para el peligro. Todo era tan raro y tan nuevo.
-Eres buena en todo –prosiguió Carl con lentitud-, tienes muchos amigos, una familia que te aprecia, el respeto de todo el mundo. Me gustaría algún día ser como tú.
-¿Qué? –Yin estaba escapando de su espasmo. Todo le comenzaba a sonar muy raro. Temía que esto fuera alguna clase de truco, pero sus múltiples hechizos con ambas manos si era cierto.
Carl guardó silencio. Ya había dicho todo lo que sabía decir. Ya no tenía idea de cómo continuar ni de qué podía pasar.
-Eso –agachó la mirada.
-Mejor continuemos –Yin se puso de pie. Quería evitar seguir atrapada en ese callejón sin salida.
A diferencia de la última vez, la sincronización del movimiento circular fue inmediato y perfecto. Ver el giro de la pluma tranquilizó a Yin. Carl por su parte se sentía como nuevo. A la distancia, el profesor Simi los observaba con una sonrisa oculta tras su bigote. El uso de la magia se volvió relajante para ambos.
Carl pudo observar una sonrisa en la coneja. Era la sonrisa más sincera con la que se había topado en su vida. Una sonrisa que aparte era contagiosa. Las plumas giraban al son del inicio de una nueva amistad.
¿Qué ocurrirá con nuestros protagonistas? Eso quizás nunca lo sepamos.
