Nota: A mí me gustó el resultado, no voy a pedir perdón por esto... Porque ellos son mi otp.
Mayormente lo que es delicioso, no siempre hace bien al que lo consume. Y esto no es correcto, pero resulta ser una delicia culposa adictiva.
Sabe que no está bien lo que está haciendo, Hiro lo sabe perfectamente bien. Pues como sacerdote, debe dar el ejemplo de castidad e integridad en la iglesia y en el pueblo.
Y aunque algunas veces llegó a tener roces con una traviesa monja de cabellos rosados, no se permitía a sí mismo caer en la tentación.
La tentación de tocar a una mujer de manera sexual. Porque siendo el un sacerdote, no podía tomar a una mujer como esposa o estar en una relación pasional con alguna.
Pues en su oficio, debía ser puro. Limpio y libre de toda tentación.
O eso, se suponía que debía ser así. Porque toda cambió ante la aparición de ella.
Fue una noche de lluvia en la que Hiro estaba verificando que todo estuviese en orden en la capilla, habiendo recogido las ofrendas y rezado por el bienestar del pueblo. Dando gracias también, por vivir un día más.
Era el único despierto, por lo que le tocaba cerrar la puerta para irse a su aposento a descansar.
Estaba por dirigirse a la puerta y cerrarla con llave, cuando está se abrió de forma abrupta. Apagando las velas que iluminaban al Santo y de igual forma, metiéndose el agua debido al fuerte viento; rápidamente, teniendo la lámpara de aceite a la mano, corrió a cerrar la puerta, costándole en el proceso pero logrando cerrarla con todo y llave.
Suspiró aliviado, aunque ahora tendría que secarse y limpiar la capilla. Volvió a suspirar, exhausto esta vez.
— Al parecer dormiré tarde hoy — pensó con pesar, separándose de la puerta para dar media vuelta e ir a su habitación a cambiarse por ropa seca y cómoda —... Pero, ¿Por qué se abrió la puerta repentinamente?
Era resultaba extraño que la puerta se abriese de esa forma cuando la lluvia de esta noche, no era lo suficientemente fuerte como para abrir la puerta de iglesia que era bastante grande.
Pero si alguien la hubiese abierto tan fácilmente, pues se necesitaban de casi dos a tres personas para abrir y cerrarla, lo más probable era que... No se tratase de un ser humano.
Sonaba fantasioso pero los demonios y otras criaturas existían a las afueras del pueblo. Teniendo varias veces casos de personas siendo atacados por estas que venían a la iglesia por tratamiento especial para ese tipo de incidentes; tal como el caso del doctor Werner Frank.
A quién le había sido arrancado el brazo por una misteriosa criatura, que él aseguraba, era hermosa y majestuosa.
Aunque como esto nunca fue confirmado, se le atribuyó a qué era un delirio del doctor por su avanzada edad. Dejando inconcluso y al aire el tema.
Hiro y algunos de sus amigos que fungían en la iglesia, no tomaron en serio las palabras del doctor. Eran escépticos respecto a ese asunto, alegando que era una leyenda sino es que un mito.
Y aunque él también quiso convencerse de eso, hasta el día de hoy, el tema le llamaba la atención y quería saber más sobre eso; pero su cargo como sacerdote le tenía bastante ocupado, además de que la casa del doctor no se encontraba cerca del pueblo.
Por lo que debía darse por vencido con eso de una vez.
Abrió la puerta de su cuarto, metiéndose y cerrando, dejando asentada la lámpara en su escritorio para así dirigirse a su pequeño armario en busca de ropa limpia.
Frunció ligeramente el ceño, hacía hace rato que estaba sintiendo observado. Pero las veces que quiso comprobarlo, atrás suyo sólo había un pasillo solitario y oscuro. Además de que todos al parecer, estaban dormidos desde hace horas.
Mientras estaba quitándose la camisa y secándose con una pequeña toalla, su puerta crujió ligeramente. Y cuando volteó entre sorprendido y asustado, sólo vio la puerta a medio cerrar; dejó la toalla un momento en su cama y se acercó a cerrar la puerta.
Otra vez la sensación de ser observado estaba ahí, haciéndolo pasar saliva de los nervios mientras sus latidos se aceleraban.
Si se volteaba ahora, ¿Con qué iba a encontrarse?
Tranquilízate Hiro, todo va a estar bien.
Lentamente, volteó hacia atrás. No encontrando nada fuera de lo normal; la toalla seguía en su cama al igual que las nuevas prendas de ropa.
Suspiró del más puro alivio, llevándose una mano al pecho, sonriendo.
Mañana se levantaría antes de todos y limpiaría la capilla. Habían sido suficientes sustos por esta noche.
Dicho esto, se dirigió a su cama y tomó la toalla para terminar de secarse y finalmente ponerse las prendas limpias. Dejando tendida la toalla en el respaldo de la silla de su escritorio, apagando la linterna.
Apenas su cuerpo se acostó en la cama, se relajó y sin esperar mucho, cerró los ojos para poder dormir.
O esa, era la intención.
Pues en ese instante, algo se posicionó sobre él, sobresaltándolo y asustándolo. Y para cuando abrió los ojos, se encontró con otro par de ojos de un azul brillante que no hacía otra cosa más que mirarlo fijamente.
Era una mirada imponente y absorbente, que no reflejaba o dejaba entrever algún sentimiento u emoción. Se sentía fría, pero...
Por alguna razón, le produjo fascinación a Hiro.
— Quién... ¿Quién eres?
— Finalmente te encontré — la voz resonó en su cabeza, confundiéndolo un segundo. Para luego enfocarse en sus palabras, que únicamente despertaron su curiosidad.
— ¿Encontrarme...? ¿A qué te refieres?
La criatura cerró sus ojos un momento para luego mirarlo de nuevo, esta vez, acercando su mano a su rostro para tocar con una ternura que se le hizo indescifrable; pero que de cierta manera, se sintió reconfortante.
Cómo si hubiera pasado hace mucho tiempo desde que recibía ese tipo de gesto.
— Desde hace mucho tiempo, estoy buscándote a ti. Mi compañero de vida.
Su corazón volvió a latir desenfrenado, sintiéndose extrañamente emocionado y feliz.
Como si la hubiese estado esperando, inconscientemente.
— Yo soy... ¿Tu compañero de vida?
— En términos humanos, tú — posó un dedo sobre su pecho, donde estaba su corazón —, eres mi esposo.
Hiro tragó saliva —. E-Entonces... Tú...
— Sí, así es. Es exactamente como piensas — acercó su rostro al suyo, inclinándolo ligeramente —, Hiro — para así, juntar sus labios en un beso.
Todavía no terminaba de procesar la información, aún le resultaba imposible de creer que lo estaba viviendo en carne propia y que esto no era un sueño o fantasía.
Aunque, no sabía si era por el encanto de ella tan hermosa criatura, que pensar y preguntar había quedado en segundo plano; olvidando momentáneamente su cargo como sacerdote, sintiendo libertad y el deseo de tocarla.
Poseerla.
— ¿...Está bien que yo haga esto? — la pregunta era más para sí que para ella. Pues a pesar de tener el deseo de tocar y explorarla, tenía temor por tan nueva y casi ilusoria, experiencia.
Pues, ¿En verdad le era permitido?
Ella al sentir su duda, tomó su rostro entre sus manos, nuevamente mirándose a los ojos.
— Está bien hacerlo, Hiro. Todo de mí te pertenece y todo de ti, me pertenece... Pero si no quieres, también está bien.
—... Entiendo... Entonces ya no voy a dudar — murmuró y acortando la distancia, volvió a juntar sus labios en un beso que gradualmente se tornaba en uno fogoso.
Dónde sus lenguas se acariciaban, se peleaban y se enredaban. Una sensación tan placentera que era embriagante y adictiva.
Hiro la abrazó, buscando más contacto, acariciando su espalda, maravillándose por lo suave de su piel al mismo tiempo que su mano, tocaba algo que también era suave pero duro al tacto así como rugoso en algunas zonas.
La criatura se estremeció entre sus brazos, ahogando un gemido en sus labios. Había descubierto una zona erógena al parecer.
— Si haces eso, no podré... Contenerme — terminó el beso, separándose por un momento de él, con la respiración agitada.
— Eso... ¿Eso es malo? — preguntó, en igualdad de condiciones que ella. Sintiendo su entrepierna palpitar de la expectativa.
— Podría lastimarte. No quiero eso.
— Confío en ti... Estaré bien — susurró para así besarle la mejilla, con cariño. Gesto el cual disfrutó cerrando los ojos, apretándolos al sentir como empezaba a besar su cuello.
Estremeciéndose cuando él mordió el inicio de su seno y succionaba su pezón derecho. Haciéndola gemir, mientras pegaba su palpitante y necesitado monte de Venus, buscando aliviarse un poco al frotarse con su ya erecto miembro.
Sacándole un pequeño gruñido al pelinegro. Quién en respuesta, lamió su seno, alterándola más al sacarle un sonoro suspiro.
Sacándole un pequeño gemido al morder su torso.
Terminó por recostarla en su cama, posicionándose sobre ella y así, en un camino de besos húmedos, descendió a esa parte íntima y delicada la cual también besó; y apoyando las piernas de tan magnífico ser sobre sus hombros, procedió a explorar tan nueva zona para él.
La klaxo-sapiens mordió sus manos para reprimir sus gemidos y que de esa forma no hubiese invitados indeseados. Tal vez debió haberse deshecho de ellos antes de que esta situación se diera.
Las piernas le temblaban y su espalda se arqueaba, sintiendo tan exquisito el que Hiro recorriese con su lengua los pliegues de su vagina y de igual forma, buscara adentrarse en su interior; pero si seguía así, ella acabaría y no quería que fuese de esa manera.
— E-Espera, Hiro... — le detuvo, poniendo una mano sobre la suya que sostenía su pierna —, no quiero que sea así.
Hiro paró sus acciones, lamiendo sus labios antes de bajar sus piernas de sus hombros y recostarla en la cama.
Ella alzó sus brazos hacia él mientras a su vez, abría sus piernas, invitándolo a entrar y ser uno finalmente.
— Ven.
No se hizo de rogar, después de todo, él también deseaba estar dentro de ella y sentir su calor. Por lo que, despojándose de toda su ropa, se acercó a ella y con su ayuda, metió su falo; con delicadeza para no lastimarla, sintiendo consuelo al estar dentro y sentir la calidez que emanaba.
Y en lo que se acostumbraban a la sensación, y esperaba a que el dolor se apaciguara, decidió hablar. O mejor dicho, preguntar.
— No me dijiste quién eres aún y tampoco sé exactamente la razón por la que me estabas buscando... ¿Me podrías decir?
La klaxo-sapiens lo miró, antes de suspirar y sonreír levemente.
— Es probable que tú no lo recuerdes, pero... Nosotros nos habíamos conocido desde antes, cuando eras un niño.
Hiro no recordaba mucho de su infancia, sólo tenía vagos recuerdos que a veces llegó a ver en sueños. Recuerdos sobre un día nevado.
— Fue un día nevado, dónde al parecer te habías perdido y alejado de dónde vivías. Quedaste atrapado en medio de una ventisca y yo te rescaté antes de que murieras — llevó su mano a su cabeza, peinando sus cabellos con sus dedos en una caricia —. Te di un poco de mi sangre para que pudieses resistir, porque no tenía alimento que darte.
— Me cuidaste...
— Sí... Y tú, fuiste quién me dio un nombre: Ichi.
— Pero... ¿Cómo fue qué me convertí en tu pareja? Tu esposo.
— Desde el momento en que te di mi sangre, te convertiste en mi pareja. Y... Tú prometiste estar conmigo — suspiró —. Desde entonces te he estado buscando, y te vine a encontrar en esta iglesia... Creí que serías un explorador o aventurero, no un sacerdote.
Hiro sonrió entre divertido y avergonzado.
— De hecho, creo que ya no voy a seguir ejerciendo este cargo... Acabo de romper mi voto de castidad.
Ichi volvió a sonreír.
— De todas formas, hallaría la manera en la que dejaras este lugar y te fueras conmigo. Te encontré y no pienso dejarte ir.
Hiro sonrió, acariciando su mejilla.
— Entonces no me dejes ir otra vez, Ichi.
— Así que Hiro se fue, ¿Eh?
Ichigo suspiró, asintiendo.
— Y pensar que ayer fue la última vez que lo vimos... Me hubiera gustado que se despidiera aunque sea.
Goro sonrió risueño.
— Al parecer tenía prisa por irse, pero dejó una carta.
— Lo sé pero, ¿Cuándo fue que consiguió una esposa?
Goro se encogió de hombros, no era como si él supiera que su mejor amigo tuviera pareja, siendo se supone, el sacerdote de la iglesia.
— Mientras sea feliz, está bien.
E Ichigo asintió, concordando con Goro. Su amigo finalmente era libre, como siempre deseó.
