Hetalia: Axis Powers y sus personajes son propiedad de Hidekaz Himaruya


A veces las corrientes del destino son tan difíciles de seguir, que al más mínimo descuido puede que la marea nos arrastre a través del tiempo y nos convierta en seres completamente diferentes. A veces, para poder seguirle el paso, debemos de tomar decisiones tan difíciles que nos cuesta diferenciar lo correcto de lo incorrecto. A veces tragar tanta agua salada termina por acabar con nuestra propia escencia y olvidamos quien somos en realidad.

Pienso que lo difícil de la vida no es seguirle el paso a las corrientes, sino el tener que ver como las personas de nuestro alrededor, nuestros amigos, son arrastrados por ellas. Lo difícil es luchar con nuestras fuerzas para ayudarlos. Lo difícil es no poder tenderle nuestra mano a tiempo a un compañero. Lo difícil es sacarlo de la marea sin ser arrastrado a su lado. Eso es lo difícil de la vida.

Es triste que cuando menos te lo esperas, el agua se ha llevado lejos a nuestros compañeros y en su lugar dejan a unos impostores que no somos capaces de reconocer. Pero, a final de cuentas, todos somos víctimas de la vida, y pagamos el precio con el destino que nosotros mismos formamos.

Cuando menos me di cuenta, la marea se había llevado a Toris, uno de mis mejores amigos. Volteando a ver al pasado, me siento culpable por no haber detenido todo esto a tiempo, y es por eso mismo que Feliks, Natalia, el mismo Toris y yo terminamos tan heridos.

En el momento en que Feliks abofeteó a Toris sentí que me había golpeado a mi. Verla irse de allí, llorando, tuvo un efecto catastrófico en mi ser que me hizo caer en la melancolía. Cuando Natalia empujó a mi amigo, fue como si me arrebataran una gran cantidad de mis fuerzas. Ver el rostro dolorido de Toris se convirtió en otro golpe sembrado en mi pecho, y cuando me dedicó una mirada de profunda decepción, antes de alejarse en silencio, se sintió como si todo lo que más me importaba en el mundo se esfumara.

Me miré las palmas de las manos totalmente perdido, como si estuviera viendo las manos de un monstruo. Percibí como si el peso de los últimos días se intensificara en mis hombros. Esa misma noche no fui capaz de conciliar el sueño. Dudo que alguno de nosotros lo haya podido hacer. No paraba de pensar, de buscar el punto donde toda esta pesadilla comenzó a dibujarse. Poco a poco, el panorama de cómo fue que este enjambre nació comenzó a salpicar mi realidad, mostrándome el punto, al cuál podríamos denominar, que fue de dónde partió todo.

—¿Has visto a Toris? —Esa pregunta me había dejado perplejo, y más siendo que Feliks quien me la había hecho.

—Pensé que estaba contigo —respondí entorpecido por mi sorpresa, a lo que ella con sencillez, negó tiernamente con la cabeza.

—Cuando lo veas dile que necesito que me ayude con algo, ¿si?

—Seguro, Feliks, yo le aviso.

La tierna pareja de mi amigo se despidió con la mano. Estaba de muy buen humor ese día por alguna razón. Ella siempre me había parecido ser una chica muy bonita y simpática. Feliks me agradaba por ser una buena novia para Toris. A veces actuaba de forma un poco abusiva, pero siempre había estado apoyando a mi amigo en sus mejores y peores momentos, además de que cuando finalmente fuimos presentados nos entendimos bien al instante. Feliks no era de las chicas que hacía escenas de celos, tampoco le prohibía a Toris salir con nosotros y nunca insistía cuando se trataba de una reunión de chicos. Me atrevería a decir que le tomé cariño a la novia de mi amigo, pero cariño en el buen sentido. La estimaba a ella y ella a mi. Independientemente de su relación con Toris, ella era mi amiga.

Me extrañó que me preguntara por el paradero de mi amigo. Por lo general, cuando él se retrasaba en los almuerzos, era debido a que estaba con Feliks. No me imaginaba alguna otra situación que requiriera mucho de su tiempo.

—Ah, Toris, ya llegaste —saludó Eduard al último integrante del Trío Báltico. Nos habíamos ganado ese apodo por parte de los maestros porque eramos amigos inseparables desde que habíamos llegado a Moscú, los tres con procedencia de los países bálticos: Lituania, Letonia y Estonia.

—Disculpen, me retrasé un poco —se disculpó sentándose a mi lado.

—Qué bueno que llegaste. Eduard no para de hablar de lo mucho que quiere unirse al club de los nórdicos —me quejé infantilmente—. Estoy seguro de que en cuanto tenga la oportunidad va a abandonarnos.

—No digas cosas extrañas, Raivis —se defendió Eduard—, no planeo cambiarlos. Es solo que debes de admitir que esos chicos son geniales. Quisiera algún día ser tan increíble como ellos y asistir a las reuniones que hacen. Seguro hablan de cosas interesantes todo el tiempo.

—¿Por qué no vas a hablarles? —propuso Toris—. Si quieres que te acepten en su grupo deberías de empezar tú mismo.

—¿Acaso quieres desintegrar nuestro equipo? —cuestioné añadiendo dramatismo a la situación. No podía hacerme una imagen mental donde solo estuviéramos dos de tres.

—Claro que no, tonto, no es como que vaya a irse a vivir a su calle. Solo pienso que si quiere conocer gente nueva debería de empezar la conversación.

—¡Tienes razón! —exclamó Eduard poniéndose de pie dando un brinco lleno de determinación—. ¡Deseenme suerte!

Ambos lo vimos acercarse a la mesa de los nórdicos. En ese momento estaba convencido que el primero en romper nuestro trío sería Eduard. Toris, por su parte, se estiró en su lugar y muy ociosamente apoyó sus codos en la mesa. Posó las mejillas en las palmas de sus manos, viendo como nuestro amigo parecía ser bien recibido por sus ídolos.

—¡Oh, casi lo olvido! —exclamé chasqueando los dedos—. Tu novia estaba buscándote, dijo que necesitaba que la ayudaras en algo.

—Seguramente quiere que le haga un favor tonto, como pintarle las uñas o algo así. —Aquella respuesta me había extrañado en sobremanera por la displicencia con la que había sido formulada. Toris incluso había rodado los ojos mientras hacía un mohín.

—¿Discutieron o algo así? —pregunté con suma intriga.

—No necesitamos discutir para saberlo. Hay veces en las que de verdad me hace enojar.

—Supongo que tener una relación tan larga no es fácil, ustedes dos han salido desde que estaban en la secundaria.

—No me lo recuerdes —se quejó mientas soltaba un largo y cansino suspiro. Esa ocasión me sentí confundido por la forma en que mi amigo se expresaba de su novia. Usualmente optaba por evitar hablar de cosas que le hicieran enojar, sobretodo si de alguna manera involucraba a Feliks. Pese a que él no había dicho nada al respecto, yo mismo preferí cambiar de tema.

—A propósito, ¿donde estabas hace rato? te busqué cuando inició el receso pero no te hallé.

—Estaba en la biblioteca.

—¿En la biblioteca? tú nunca lees.

—No estaba leyendo, estaba con alguien. —Hizo una pausa esperando una respuesta de mi parte, pero todo lo que hice fue dedicarle una mirada inquisitiva—. Escucha, te diré si prometes no decirle a Feliks.

—¿Qué? —cuestioné con notorio asombro, todo ese misterio estaba empezando a alarmarme—. ¿Pero por qué ella no puede saber, qué estabas haciendo?

—No estaba haciendo nada malo, ¿por quién me tomas?

—Perdóname, Toris —me disculpé apenado bajando la cabeza al percatarme de la errada insinuación que había hecho sin querer—, no quise que pensaras así, es solo que si no hiciste nada malo, entonces no entiendo porqué no le puedo decir a Feliks.

—Mira, solamente no le quiero decir nada, ¿de acuerdo? —cada vez más cosas cambiaban en él. Mi amigo nunca actuaba de ese modo, tampoco le guardaba secretos a su pareja. Pensé que tal vez solo había estado teniendo un mal día y lo dejé pasar.

—Está bien. No le voy a decir nada —accedí tras dejar pasar un rato en silencio, debatiendome mentalmente si eso era bueno.

—Bien. —Sonrió un poco más tranquilo—. Estaba en la biblioteca porque me ofrecí a ayudar a Natalia, a repasar unos temas de matemáticas. No me di cuenta de que sonó el timbre.

—¡¿La hermana de Ivan?! —exclamé notoriamente afectado por esa afirmación. Ivan era un chico alto, grande, intimidante. Por alguna razón parecía irradiar un aura de oscuridad y maldad que le despertaba escalofríos a todo aquel que lo tuviera cerca.

—¿Qué clase de reacción es esa? —se quejó Toris—. Estaba ayudando a su hermana, no a él.

—Es que... ya sabes... —titubeé un poco al hablar—, Ivan da miedo.

—¿Y?

—Y sus hermanas... pues... están locas.

—No digas eso, Natalia no es tan mala. Ya te dije que hubo un tiempo donde éramos cercanos.

—Ella te odia —solté sin tener consideración de sonar cruel.

—Pero creo que le empiezo a agradar.

«Así que era eso» pensé para mis adentros y reservé un pequeño enojo que había nacido en mi. Natalia no se llevaba bien con Feliks, de hecho, no era muy desconocido que no tenían la mejor relación de todas.

—Debieron estar muy ocupados —comenté tratando de empatizar con él, como si esperara a que me brindara una justificación para su actitud.

—Realmente no vimos mucho, ¿sabes? Natalia es más rápida en las matemáticas que Feliks.

«No deberías de compararlas, son personas diferentes» pensé, pensé en decirle pero de mis labios no salió ni una mísera objeción. «Son problemas de pareja —me dije—, no me incumbe.»

—Me imagino que te dejó las cosas fáciles —terminé por decir dándole un sorbo a mi bebida. Sin embargo, por alguna desconocida razón, sentí que tenía clavada una espina en el cuello.

El receso terminó, y yo había dado por concluida aquella conversación. Al día siguiente, Toris parecía estar de un mejor humor, lo que me hizo sentir más tranquilo al principio. Pero eso solo fue cosa de un día, posteriormente las cosas se fueron deteriorando entre nosotros, entre todos nosotros.

—Ey, Raivis, ¿no te parece que Natalia tiene el cabello mas bonito hoy?

—¿Ah?—Me giré rápidamente a verlo mientras estábamos sentados en el patio de la escuela. Noté que su entrecejo se había arrugado levemente, estaba de mal humor—. ¿A qué viene esa pregunta? —interrogué extrañado, esperando una respuesta coherente.

—¿Sabes?, ya le he pedido a Feliks que se deje crecer el cabello, pero ella siempre termina por cortarlo. —Su voz era un poco fría, se podía entrever un pequeño toque de rencor en ella, un rencor que desconocía desde hace cuanto lo llevaba guardando.

—Lo lamento, Toris, pero creo que no estoy entendiendo.

—No, claro que no lo haces. —Se puso de pie en ese momento, sin girarse a verme, y comenzó a alejarse de ahí.

—¡Espera! —lo llamé—. ¿Dije algo malo?

Pero mi amigo solo siguió caminando. Me sentí mal por haber sido tan tonto en ese momento. Me gustaría consolarme pensando en que no fue mi culpa, él ha sido mi amigo desde que llegué a Moscú. Todos esos años juntos me habían ayudado a construir una confianza plena y ciega en él y Eduard, pero como siempre, me equivoqué al hacerlo, eran tan obvias sus intenciones que me cuesta creer lo mucho que me cegué a mí mismo que no pude interpretarlas de la forma correcta... No hasta que fue demasiado tarde.

—¡Feliks! —la llamé mientras me apresuraba a alcanzarla en ese atestado pasillo de la escuela—. ¡Feliks, espera!

Ella se giró a verme, serena, indiferente, y esperó pacientemente hasta que me acercara.

—Lamento interrumpir tu regreso a casa —me disculpé antes de comenzar a hurgar en mi mochila—, pero quería devolverle algo a Toris, me prestó su cuaderno la otra... —Me detuve de repente, haciendo que a medida que mi voz se apagaba, mi mirada y mi actitud se despejara con perplejidad. Miré fijamente a mi amiga, notando por fin que estaba sola—. ¿Dónde está Toris, no regresarán juntos?

—Ese idiota —masculló rodando los ojos, despertando en mí una ingente preocupación instantánea—. Parece que rompió una ventana en el receso y está castigado en el gimnasio.

—¡Oh, no! ¿Cómo pasó?

—No lo sé y no me importa. Cuando le pregunté sólo me dijo que a veces de verdad lo hostigo y que lo dejara sólo porque no estaba de humor. No entiendo qué le pasa, últimamente se ha comportado como un cretino. —Se llevó con ufanidad y obstinación una mano a la cintura, meneó la cabeza para quitarse un mechón de pelo del rostro, cerrando sus ojos esmeralda. Al abrirlos poseía una mirada fiera y atrevida, pero de algún modo era natural, propia de ella. Estoy seguro que por esas miradas Toris se enamoró de ella—. Si quieres devolverle su libro puedes ir al gimnasio, dile que regresaré por mi cuenta y que me llame cuando llegue a su casa.

Asentí un poco deprimido de ver que a pesar de haber discutido, Feliks se seguía preocupando por su novio. Ella era muy buena, antes he presenciado y he oído también de todas las cosas que ella y mi amigo han vivido juntos, cosas que no siempre fueron fáciles y me pareció un poco triste que de repente su relación atravesara por una etapa difícil. Aunque, en el fondo, quería creer que Toris tenía sus propios motivos para actuar diferente, tal vez no se sentía bien, tal vez estaba teniendo problemas en casa o algo así.

Pero, inmediatamente, todas mis esperanzas habían sido desquebrajadas en el instante en que entré al gimnasio y miré que mi amigo estaba conversando Natalia Arlovskaya. Aquella sensación punzante en mi pecho la recuerdo vívidamente, como uno de los corajes más fuertes y efímeros que he experimentado. Pero más que enojo, sentí una profunda decepción que no esperó para opacar la primera emoción.

Sentí que el aire era más pesado, como si de repente todo mi cuerpo se volviera más débil y apenas fui capaz de formular palabra alguna.

—¿Toris? —modulé con voz baja, haciendo que los dos se giraran a verme.

—Ah, eres tú —soltó con naturalidad. Recuerdo lo mucho que odie esa estúpida sonrisa de su rostro—. ¿Puedes esperarme unos minutos?

Asentí despacio y salí con lentitud del gimnasio. No podía dejar de pensar en Feliks. Pobre de ella, seguramente no tenía ni idea de que Natalia estaba ocupando su lugar.

Y fue en ese momento en el que el rencor y el enojo se volvieron a presentar. ¿Por qué Natalia estaba en ese gimnasio conversando con Toris, el novio de Feliks? O mejor: ¿por qué Toris había hecho que su novia se fuera de allí, enojada, y en cambio prefería hablar amenamente con otra chica? o mejor aún: ¿por qué la había priorizado a ella?

Tantas preguntas me rondaron por la cabeza. Me cabreaba pensar en el rostro enojado de Feliks y en la amplia sonrisa de Toris. Me hirvió la sangre al pensar en que incluso había preferido alargar su charla con Natalia y me pidió que esperara. ¿Por que accedí a dejarlos solos en primer lugar? Feliks era quien debía estar ahí, no Natalia. Todo estaba ocurriendo tan rápido, en cuestión se solo segundos abrí nuevamente la puerta del gimnasio, con brusquedad, haciendo que ambos giraran sus caras ilusas hacia mi.

—Lo lamento pero ya no puedo esperar —anuncié con una firmeza inusual en mi—. Toris, necesito hablar contigo. Ahora.

Pude ver en sus ojos un pequeño destello de irritación. Se volteó a Natalia, le pidió que se retirara con la promesa de hablarle más tarde, y ella salió de allí sin siquiera dirigirme la mirada, aunque en ese momento sus sentimientos eran lo que menos me importaban.

—¿Qué sucede? —inquirió mi amigo con una voz neutra mientras continuaba limpiando las ventanas.

—Esto... —Fue en ese instante en el que no supe hacia donde se había ido mi anterior determinación. Fue como si me acabara de percatar de que mi enojo dura tan solo unos minutos y después es reemplazado por pudor. Entonces, con toda la vergüenza del mundo, debía de encargarme de lo que había iniciado al estar enojado—. Feliks me pidió que te dijera que por favor la llamaras cuando llegaras a casa —balbuceé, desviando un instante la mirada antes de atreverme a ver la reacción de su parte. No sé qué esperaba, si quería que se enojara o algo. Tal vez lo único que quería era que reaccionara.

—¿Eso es todo? —respondió con su rasposa voz y su hiriente indiferencia, sin dignarse en voltear a verme o mostrar interés en la preocupación de su novia, una persona sumamente importante para mi.

—Esto... —vacilé, distraído por la nostalgia que me despertaba esa situación—, también quería darte el cuaderno que me prestaste el otro día. —Saqué de mi mochila dicho objeto, usándolo para ocultar la mitad de mi cara tras su tapa verde.

—Déjalo por ahí, luego lo tomo. —Me apuntó a una banca para seguir sus indicaciones y continuó en lo suyo, limpiando las ventanas.

Obedecí en silencio. Mi corazón palpitaba con fuerza a cada paso que daba. Mis manos, salpicadas de sudor, se escondieron en los bolsillos de mi pantalón justo cuando mis pies se anclaron al suelo. Había un fuerte picor en mi garganta, era una sensación que estaba seguro de que no desaparecería a menos que tratara de hablar con Toris. Inflé mi pecho de valor, y aún con mi trémula voz, hablé una vez más.

—Amigo, ¿cómo fue que rompiste la ventana?

—¿Quieres no hablar del tema? —pidió irritado—. No me molestes con eso, eres igual a Feliks.

—¿No quieres hablar del tema, o necesitas tiempo para crear una mentira creíble? —No supe en qué momento mis labios comenzaron a moverse, ni siquiera supe cómo me atreví a pensar así, pero lo hice, y desde mi lugar pude apreciar como la espalda de mi amigo se irguió ante lo que pareció ser una corriente electrizante. En el reflejo de la ventana miré su expresión preocupada, y antes de que la disfrazara con un velo de enojo, proseguí—: Tú no rompiste la ventana, ¿cierto?

—Fue Natalia. Yo sólo... sólo decidí encubrirla —confesó avergonzado mientras bajaba la mirada y se rascaba la nuca.

—Toris... últimamente has estado pasando mucho tiempo con Natalia —enuncié vacilante, con la voz débil y quebradiza al hablar.

—¿Otra vez con eso? —musitó molesto girándose por fin a verme. Estuvo a punto de soltar alguna frase hiriente cuando lo interrumpí, dejando solo su amago con la boca abierta.

—Por favor, por favor no te vayas a enamorar de ella.

Silencio.

Él me miró con perplejidad, sus manos temblaban, igual que cuando el ruido del palpitar de nuestro corazón es demasiado fuerte y hacen estremecer cada poro de nuestra piel. Su semblante se despejó, su boca se celló, su mirada cambió. Yo estaba temblando, sentí que mis piernas se habían vuelto de hule y que si intentaba moverme caería al suelo. Estaba nervioso, incluso un poco asustado ante la idea de que existiera la probabilidad de que me estuviera involucrando en un asunto que no me concernía. Pero, muy en el fondo de mi corazón, esperaba que aquél lúgubre panorama dejara de dibujarse ante semejante situación.

—No es nada como eso —explicó con una voz rauca que nunca antes le había oído—. Es solo... Raivis, por favor vete. Déjame solo.

—¿Llamarás a Feliks? —quise saber aún con un ápice de esperanza en mi voz.

—Puede ser —me dijo con nostalgia dándome la espalda. Esa respuesta fue suficiente para que me decidiera a irme de allí y cumplir con su petición, deseando profundamente que él hiciera lo mismo con la mía.

Pero, desgraciadamente, la marea ya lo había alejado demasiado de mi.

Pasó gran tiempo antes de que todo entre él y yo se viera abruptamente destruído. Aquella mañana en la escuela era tan cotidiana, que me costaba creer que las cosas cambiarían radicalmente en un día como ese. Aquella situación comenzó a presentarse poco a poco, desde la anormal desaparición de Toris en el receso, hasta el momento al final de la escuela, donde lo encontré detrás de un salón besándose con Natalia.

Mi impresión fue tan grande que se me cayó la carpeta que llevaba en las manos. Los dos se giraron a verme y yo me fui de allí, como alma que lleva el diablo. Sólo podía pensar en Feliks, no podía creer que de verdad Toris se hubiera olvidado de ella hasta el punto de serle infiel. Me sentí tan decepcionado, tan triste, tan enojado. Mi alma me dolía de tantas formas tan diferentes que pensé que exploraría.

Entré a mi habitación, refugiándome entre mis sábanas al memorar una y otra vez la escena que había presenciado. ¿Cómo se supone que podría ver a Feliks a la cara luego de algo así? Seguramente se sentiría muy triste. Lo más probable era que se pusiera a llorar en ese instante. No podría soportar ver a una mujer llorar. Eran tantas las cosas que se me acumulaban en el pecho, ¿por qué tuve que presenciar algo así? ¿por qué no Eduard, o incluso la misma Feliks? Detestaba verme involucrado en todo ese terrible asunto. Hubiera preferido cien mil veces nunca haber descubierto a mi amigo infraganti de su crimen.

La cabeza me daba vueltas constantemente con ese recuerdo, ¿qué se suponía que iba a hacer? Si le decía a Feliks, iba a traicionar a Toris. Si no lo hacía, iba a traicionar a Feliks. Todo era un manojo de nervios, de miedo. Ambos eran personas tan importantes para mí, eran dos de mis más grandes amigos. No podía sólo elegir a uno.

No sé cómo, pero de algún modo logré dormirme temprano ese día y olvidarme por un momento de lo que había visto. La mañana siguiente fuimos solamente Eduard y yo a la escuela, la mamá de Toris dijo que había ido a casa de Feliks en esa ocasión. Un nudo sumamente incómodo se generó en la boca de mi estómago. ¿Para qué iría con Feliks? Pensé en que quizás iba a terminar con ella de una vez. No me gustaba esa idea, pero tampoco pensé que fuera la peor de todas. Sólo quería que todo eso terminara lo más pronto posible.

—¡Chicos! —nos llamó a Eduard y a mi una cantarina y aguda voz. Cuando nos giramos pudimos ver a Feliks, quién se acercaba corriendo tomando la mano de Toris, tan alegre como siempre.

—Woa, parece que la pareja perfecta apareció —comentó Eduard alzando y bajando las cejas con suma alegría de verlos juntos.

—Lamento no haberles avisado —se disculpó Toris con una sonrisa penosa—, hoy sólo quise pasar a recoger a mi novia, creí que últimamente me había estado portando un poco mal con ella.

A partir de ese momento sólo dejé de escuchar todo ese regaloneo. Aparté la mirada, no podía ver todo ese espectáculo lleno de falacias forzadas. No entendí cómo era posible que él actuara de forma tan natural justo cuando yo me estaba muriendo por dentro. He sido amigo de Toris desde, prácticamente, toda mi vida. Sin embargo, nunca supe que se había convertido en un mentiroso.

—Le-to-nia —cantareó Toris dándome leves golpes en la cabeza con mi carpeta roja, haciendo mención de mi país de procedencia al llamar mi atención—. Te fuiste tan rápido ayer que olvidaste esto —informó ofreciéndome mi carpeta animadamente.

—Gracias —mururé melancólico, tomando con lentitud y un agarre débil lo que me entregaba.

Toris tomó asiento en el pupitre delante del mío. Se sentó de forma en la que pudiera apoyar los codos en mi mesa para poder charlar.

—¿Por qué fuiste por ella? —pregunté sin tener la fuerza suficiente para verlo a la cara. Mi mirada descendió hasta mis piernas, donde reposaba, mi carpeta roja y sobre ella mis pálidas manos.

—Tal vez no lo he demostrado últimamente, pero ella es la chica a la que amo —explicó sereno, como si fuera un tema cotidiano el que había elegido para la conversación—. La conozco desde que éramos niños. Nuestras familias son amigas. Nuestros padres fundaron el negocio que ambos heredarémos luego de que nos casemos en unos años, al graduarnos de la preparatoria y concluir nuestros estudios universitarios.

—Parece que ya tienen la vida decidida.

—Ella y yo lo decidimos juntos. ¿Sabes? lo nuestro no es nada arreglado, mas bien, todo se nos arregló cuando nos dimos cuenta de nuestros sentimientos. Nos conocemos desde los cinco años, tenemos una vida juntos y toda una historia por delante.

No dije nada. Me dediqué a escuchar con atención todo lo que me decía y no le interrumpí. Inexplicablemente comencé a percibir un dolor de cabeza intenso, como la migraña. Toris enmudeció un momento antes de retomar la conversación.

—¿Vas a decirle lo de ayer?

—No lo se aún —respondí casi al instante—. Ustedes han estado juntos desde mucho antes de que los conociera. Su relación es más estrecha de lo que imaginé, tienen planes sumamente prometedores para su futuro. Pienso que de algún u otro modo van a terminar reconciliándose y yo voy a ser el único que quede mal en su relación. No quiero perder a ninguno. Pero, eso no quita que te odio un poco por lo que estás haciendo.

—¿Me odias? —preguntó un poco sorprendido por mi declaración. Al atreverme a verlo al rostro, pude ver en sus ojos el rastro de la genuina tristeza asomarse a través de ellos. Mis palabras en verdad le habían herido—. Pienso que estás siendo injusto conmigo. Le he fallado a ella como novio, pero nunca te he fallado a ti como amigo.

—Eso ya lo se. Es sólo que... ¡todo esto es tan difícil! —exclamé ya al borde de lo que pensé que sería un colapso nervioso. Toda esa presión me estaba sofocando, la respiración se me había vuelto pesada—. Desearía nunca haber visto nada. ¿No podías esconderte mejor, idiota?

—Eso no importa. Importa más lo que vas a hacer —contradijo ya cansado de todos mis balbuceos, era imposible hablar conmigo en momentos así.

—¡No lo sé, ¿bien?! ¡no lo sé! —grité harto de escucharlo, harto de pensar, harto de ese lugar, de todo, absolutamente todo eso ya me estaba haciendo llegar al límite.

—¡Ustedes dos, se separan! —nos interrumpió la maestra, quien acababa de entrar al aula justo cuando grité—. Galante, cámbiese de pupitre. Laurinaitis, siéntese apropiadamente.

No recordaba la última vez que había discutido con mi amigo, pero algo sí recordaba: se sentía horrible una vez terminaba la riña. Era como si de repente alguien colocara una esfera de hierro en mi estómago, no tenía apetito, ni animos de moverme, ni siquiera de hablar. Simplemente sentí ganas de dejarlo pasar, de ignorar todo, de solo fingir que nunca había visto nada y continué con mi vida, y sin lugar a dudas, había sido la mejor elección que pude tomar. Pero simplemente aquella fachada mía había podido durar una par de semanas.

Ese día, ese terrible día en el que todo acabó, yo estaba sentado en soledad en una de las numerosas mesas del comedor.

Toris estaba con Natalia, Eduard había ido a comer a la mesa de los nórdicos y yo solo me dedicaba a leer. Entonces, escuché como alguien se sentaba frente a mí. Antes de poder alzar la cabeza, un índice con la uña teñida de salmón bajó mi libro y entonces miré a Feliks sentada frente a mi. Sus ojos esmeralda me vieron con una singular luz que me hizo sentir una calidez en el pecho. Posó su mentón en su mano y el codo en la mesa. Ladeó la cabeza, me sonrió de una manera tan segura e inalcanzable como pocas mujeres son capaces de hacer. Chicas como ella son las que hacen que los chicos como yo, temblemos y quedemos en blanco cuando corremos con suerte de recibir sus miradas.

—Necesito preguntarte algo —anunció siendo lo suficientemente directa para llamar mi atención, y lo suficientemente discreta para hacerme sentir intrigado.

—¿Ocurre algo? —pregunté dejando de lado mi libro de tapa roja, poniendo en evidencia que la escuchaba atento.

—Eso quisiera saber. Escucha, Raivis, somos amigos. ¿Cierto?

—Por supuesto que lo somos. Deberíamos tener pulseras de amistad. ¿No lo crees? —Por alguna ya sabía qué era de lo que quería hablar, e inútilmente trate de cambiar de tema, fallando estrepitosamente en el acto. Feliks no era ninguna tonta.

—Sería lindo tener pulseras —me dijo—. Pero mas bien vine aquí para preguntarte acerca de un tema que me viene molestando desde hace unas semanas.

Ella guardó silencio esperando una respuesta de mi parte. Una respuesta que, desde luego, no llegó. La respiración se me había cortado. Las manos y mis axilas comenzaron a transpirar más de lo habitual. Los nervios, unos enemigos frente a los cuales soy demasiado vulnerable, se manifestaron más violentos que nunca y el demonio de a culpa me royó con ferocidad el pecho. Toda mi estabilidad emocional lentamente comenzó a agrietarse, igual que un cristal al ser expuesto a la presión del agua, esperando a que Feliks le diera el golpe final para derrumbarme por completo con una sola pregunta.

—¿Qué hay de cierto con que Toris me está engañando? —espetó ella con desdén ante su insatisfacción por mi silencio.

Todo estaba mal, todo estaba completamente mal. Aún si intentaba mentirle en ese entonces, yo mismo me había delatado por haber enmudecido tan abruptamente. No podía cambiar de tema sin parecer demasiado obvio. Podría tratar de diluir la incógnita, pero nunca he sido de lengua lo suficientemente habilidosa para ensartarme en una estrategia tan maquiavélica. Estaba tan nervioso que no me atrevía a mentirle de forma directa. Aunque lo hiciera no funcionaria, el torbellino de emociones en mi interior no me dejaría negar su pregunta de forma veraz. En ese momento todo estaba dando vueltas en mi cuerpo y sentí ganas de vomitar.

—¿Raivis?

—Natalia Arlovskaya. —Antes de que me diera cuenta, mis labios habían obrado por sí mismos, revelando mucha más información de la que era oportuna. Información que nunca debió salir a la luz por mi parte—. Se llama Natalia Arlovskaya.

En ese momento sentí que esa confesión había sido una minúscula gota de agua, que al aterrizar en el inquieto estanque de mis pensamientos, fue capaz de tranquilizar las aguas con su pequeña onda.

Asombrado, miré cómo su rostro parecía ser delineado por las hirientes raíces de la indiferencia. En ese momento, su aparente estoicismo me pareció sumamente asombroso, al igual que atemorizante. Traté de imaginarme lo que estaría sucediendo en su mente en ese momento, pero al mirar con detenimiento sus ojos, aprecié como unas lágrimas comenzaban a asomarse, rompiendo mi cobarde corazón en un instante.

—Feliks... Yo... —Me interrumpí a mi mismo cuando me percaté de que no tenía nada que decir. Por alguna razón deseé que me gritara, que se enojara conmigo y me odiara, sentí que eso era lo que me merecía. Pero ella, tan impredecible como siempre, se puso de pie con brusquedad y dando zancadas se alejó velozmente de mi.

Embobado miré cómo poco a poco la distancia entre ella y yo se alargaba, hasta que algo dentro de mi, me convirtió en un verdadero hombre por un efímero intervalo de tiempo y me puse de pie. Así de rápido desapareció ese algo, pero ya estando en esa posición, solo podía correr tras ella, como si temiera perder su amistad para siempre sin saber que la había perdido en el instante en el que abrí la boca.

Feliks se movía con firmeza, algunas personas habían optado por apartarse de su camino al verla acercarse por el aura que irradiaba. Entró en la biblioteca, haciendo ruido, y yo como un mosquito alelado la seguí. Se detuvo un instante para inspeccionar visualmente el lugar y, precisamente en las mesas del fondo, estaba Toris hablando con aquella sonrisa que tanto me molestaba con Natalia.

Escuché como la respiración de Feliks se quebró antes de aproximarse a ellos con determinación, o tal vez era el dolor lo que la impulsaba a actuar de ese modo. Al estar allí, movió la mesa ruidosamente, haciendo que los pocos presentes se giraran a ver la escena.

—¡Eres un completo idiota, Toris! —chilló furiosa apuntando su índice a su novio mientras se esforzaba por no llorar.

—¿Cuál es tu problema, loca? —se quejó Natalia cuadrándose con fiereza frente a ella.

—¡Mi problema eres tú, ¿qué estás haciendo con mi novio?! —Le dió un empujón y por instinto me acerqué, como si pudiera ser de utilidad mi presencia, pero Toris se me anticipó y se puso de pie entre ambas.

—Feliks, basta —ordenó con la voz grave que solo usaba cuando estaba realmente cabreado. Antes de poder añadir o hacer algo más, Natalia, evidentemente herida e impactada, exclamó:

—¡¿Es tu novia?! ¡Dijiste que habían terminado, me mentiste! —Empujó a mi amigo lejos de ella. La expresión de su rostro delataba las grandes cantidades de asombro, tristeza, dolor y confusión que se le dispararon por las venas.

—¡Pero claro que no me va a terminar! ¡Se necesitan cojones para eso! —rebatió Feliks sin poder controlar su volumen de voz. En el momento en el que se abalanzó sobre Natalia, me decidí por intervenir y apenas logré tomarle de la cintura para alejarla de la amante de Toris, quien había hecho lo mismo con Natalia.

—¡Feliks, por favor cálmate, esto es una locura! —supliqué luchando por no soltarla cuando comenzó a tironearse.

—¡Suéltame de una vez, maldita sea! —exigió siendo completamente cegada por el salvaje tifón de emociones que llevaba dentro.

—¡Quítame tus sucias manos de encima! —se quejó Natalia empujando a Toris—. ¡No quiero saber nunca más de ti!

—¡No es lo que parece! —alcanzó a decir antes de que ella le sembrara un codazo en el estómago, haciendo el sofoco presente y que por instinto la soltara. La escena me había asombrado tanto, que afloje mi agarre y Feliks se libró.

Se acercó a Toris, por un segundo quise creer que estaba preocupada por él, pero era todo lo contrario. En el momento en que Feliks abofeteó a Toris sentí que me había golpeado a mi. Verla irse de allí, llorando, tuvo un efecto catastrófico en mi ser que me hizo caer en la melancolía. Cuando Natalia empujó a mi amigo, fue como si me arrebataran una gran cantidad de mis fuerzas. Ver el rostro dolorido de Toris se convirtió en otro golpe sembrado en mi pecho, y cuando me dedicó una mirada de profunda decepción y enojo, antes de alejarse en silencio, se sintió como si todo lo que más me importaba en el mundo, se esfumara. Sabía que le había dicho.

Me miré las palmas de las manos totalmente perdido, como si estuviera viendo las manos de un monstruo. Percibí como si el peso de los últimos días se intensificara en mis hombros. Nunca debí involucrarme en esto, debí haberme callado, pero al tener a Feliks tan cerca, sonriéndome como lo hizo, desordenado mis pensamientos, era evidente que no podría controlarme estando a merced de sus encantos femeninos. Soy un chico débil, no puedo evitar hacer exactamente lo que ella quiere que haga.

Más tarde, me enteré de que habían llevado a los tres a la dirección para hablar del asunto. A Natalia le habían dado tres días de suspensión por golpear a Toris, pero a Feliks le habían dado cinco días y además, habían convocado una reunión con sus padres como condición para volver a ingresar a la escuela al finalizar su suspensión.

Después de eso, no fui capaz de ver a Toris a la cara. Él regresó a casa por su cuenta, dejándonos a Eduard y a mi a solas. Recuerdo con claridad lo mucho que mi corazón me dolía de solo imaginar que mi amigo me odiara, era horrible pensar en que posiblemente había arruinado para siempre su relación con Feliks, la mejor cosa que le pudo haber pasado en la vida.

Una parte de mi, a la cual le guardo un profundo odio y que siempre trato de ignorar, quería hacerme creer que de una u otra forma Feliks se enteraría por su cuenta, esto de todas formas debía de pasar y que la culpa no era de nadie mas que de Toris. Pero no le di la razón a ese pensamiento tan egoísta. Pudo haberse enterado, pero sin la necesidad de que mi amigo resultara herido por mi culpa. En esos momentos, lo único que deseaba era que al día siguiente, todos fingiéramos que nada había pasado, que todo siguiera igual que siempre.

Desde luego, eso no paso.

Los próximos días ni Toris ni yo habiamos vuelto a hablar. Se podía ver a leguas lo enojado que estaba conmigo. Me pregunto si mi arrepentimiento era igual de evidente para él. Lo más probable es que eso no le haya importado. Sinceramente, yo me sentiría enojado y traicionado si estuviera en su lugar.

Se había vuelto más serio, ya no era tan cálido como antes, ya no sonreía en absoluto. Pronto comenzaron a aparecer ojeras al rededor de sus ojos, su actitud renuente no ayudaba en nada. Estaba presentando claros signos de depresión, todo por mi culpa. En los recesos, nadie sabía a dónde iba. No estaba con Natalia, pues ella se había vuelto mas cercana a su hermano luego del incidente, además de distante con el resto de las personas.

Yo por mi parte, me había auto-exiliado a un solitario árbol en el patio de la escuela. Cuando no me lamentaba por mi horrible error, estaba leyendo un libro para matar el tiempo. Aunque podía parecer relajante, la verdad era que la soledad me estaba volviendo loco. Muchas veces me pareció irónico que quien había roto el Trío Báltico no había sido Eduard, como siempre creí, sino que fui yo mismo.

Luego de tres semanas soportando ese martirio, llegó el día en el que después de tanto tiempo, sentí una mano posada en mi hombro. Me giré sorprendido, por alguna razón creí que era Toris quien estaba allí, pero para mi sorpresa, se trataba de Eduard, quien sonriendo se sentó a mi lado, como los amigos que aparentemente aún eramos.

—Así que, no han hablado desde ese día —comentó él con notorio pudor en su voz.

—Creo que me odia, ni siquiera me voltea a ver. Es como si pretendiera que no existo —suspiré con pesar abrazando mis rodillas.

—Yo tambien te odiaría... oh, eso sonó mal —dijo eso desviando la mirada un poco apenado por lo que había dicho—. Quiero decir... ya sabes, él la amaba mucho.

—Si la amaba tanto, ¿entonces por qué la engañó? —interrogué irguiendo un poco la espalda para poder hablar claro. Sin embargo, comenzaba a ponerme un poco enojado y no conocía la razón, eso se veía un poco evidenciado en mi voz—. ¿No se supone que cuando amas a alguien, lo último que quieres hacer es dañar a esa persona?

—Cállate, no sabes lo que estas diciendo —me aconsejó sereno, sin dejarse llevar por la forma en que me le dirigía—. Nunca has tenido novia, no lo entenderías.

—No necesito novia para saber que eso estuvo mal.

—¿Y eso qué? No puedes juzgarlo. No es el primero, ni el último que ha hecho algo así. Pocas personas saben lo difícil que es estar en una relación tan duradera.

—¿Y tú si? —cuestioné sarcástico.

—Nunca he tenido una relación tan larga, pero Toris es mi amigo, eso es suficiente para saber que no debo ser yo quien lo juzgue.

En ese momento, sentí una punzada en el pecho. Eduard tenía razón, y eso solo me hacía sentir miserable. Bajé la cabeza avergonzado, sin poder verle al rostro por más tiempo y solté un largo suspiro.

—¿Por qué me estás diciendo esto, Eduard? ¿Por qué estás aquí?

Existen sonrisas que aunque no las veas, sabes que están ahí por el tono de voz que la persona usa. Lo acababa de comprobar en ese momento, cuando sentí la mano de Eduard palmeando mi espalda antes de responder:

—Eso es muy fácil, tonto. Tú tambien eres mi amigo, y la estás pasando mal.

Sentí entonces como si sus palabras recogieran con cuidado los pedazos rotos de mi estabilidad emocional, juntándolos, uniéndolos con cuidado de vuelta a la débil presa de agua que fue y las lágrimas exploraron mis mejillas en silencio. No levanté la cabeza, sólo me limité a enterrar las uñas en mi pantalón y eso bastó para que Eduard frotara afablemente mi espalda, dándome un pequeño consuelo.

—¿Tú qué hubieras hecho en mi lugar? —le pregunté cuando logré tranquilizarme un poco, girando apenas mi cabeza para verle a los ojos.

—¿Quieres la verdad? —interrogó con tranquilidad alzando una ceja, a lo que yo solo afirmé con la cabeza—. No hubiera dicho nada. Ellos dos terminarán por arreglarse de todos modos.

—Claro, es tan fácil decirlo —respondí despectivo haciendo un mohín con los labios.

—Y es mucho más fácil hacerlo.

—¿Si? pues yo no soy como tú, ¿de acuerdo? yo no pude mentirle a Feliks. Una cosa era evitar decirle la verdad, y otra muy diferente es mentirle abiertamente.

—La próxima vez que pases por algo similar, procura usar tu cerebro un poco más, Raivis. Si sigues dejando que sean tus sentimientos quienes tomen el control nada bueno va a salir. Ya viste lo que pasó sólo por andar de boquiflojo.

—¿No eras tú el que dijo que no juzgaria a sus amigos? —justo en ese momento me percaté de la manera en que había respondido al cosejo que, muy atentamente, me había dado. Estaba enojado, era verdad, pero no era con él con quien quería pelear.

—No te estoy juzgando, torpe, te digo estas cosas porque así fue como yo lo manejé.

—¿A qué te refieres, Ed?

—Yo también sabía de la aventura de Toris con Natalia, solo que opté por guardar silencio. Cuando Feliks fue a preguntarme lo que sabía acerca del engaño de Toris, solo le dije que no sabía.

—¡Sí, pero Feliks es mi amiga, no podía mentirle!

—Ya basta de todo esto, Raivis. Tal vez insistas en mentirte a ti mismo, pero no me vas a engañar a mi —respondió un poco hastiado al rodar los ojos.

—¿Qué... de qué hablas? —pregunté claramente confundido, sin entender a lo que se estaba refiriendo.

—Ya deja toda esta farsa de que Feliks es tu amiga. Sabes perfectamente que te gusta.

—¡Eso no es verdad! —exclamé sintiendo algo retorcerse dentro de mi pecho, irguiendo la espalda y empuñando las manos proseguí—: ¡No puedo enamorarme de ella, es la novia de Toris!

—Lo sé, y sé que tú también.

Enmudecí de repente. Tener esa conversación con Eduard me hizo pensar que era como si él hubiera llegado a mi casa, empezando por reparar todo lo que estaba roto, y proseguir por limpiar aquellas cosas que había ocultado de mi mismo.

Feliks era como el sol que se asomaba por mi ventana y entraba a mi mente, iluminando los rincones más hermosos y alcanzándome con su calidez. Pero, muy en el fondo sabía que no era correcto que permitiera que el sol entrara a mi casa, era por eso que le había puesto una cortina a la ventana, para distorsionar los colores de su luz y alterando la forma en que entraba a mi, tintando ese apasionado destello con el tenue velo de una amistad.

Cuando Eduard, de un tirón arrancó finalmente esa cortina, no soporté ver los rayos del sol tan brillantes como realmente eran, mis ojos se irritaron tanto que otra vez las lágrimas se hicieron presentes. Nunca antes había llorado por tanta impotencia en mi vida entera: un amor imposible, la traición a un amigo, el error más estúpido de mi vida, tantas situaciones en las que había actuado de manera equivocada y que habían optado por pasarme factura de una sola vez.

Si había algo que me pudiera permitir agradecer de toda esa situación, era que Eduard estaba ahí para consolarme, para enseñarme lo que un verdadero amigo haría. Muchas veces pensé que las penas eran menos pesadas cuando se lloraban en compañía de alguien. Jamás terminaría de entender esa necesidad del ser humano por estar al lado de una persona, en especial en las situaciones difíciles, pero no podía negar que al tener a alguien en esos momentos, era como si esa persona evitara que la marea me llevara mas lejos todavía.

—Nunca quise que nada de esto pasara —me lamenté con la voz ronca, ocultando mi mirada en mis rodillas—. Jamás quise que mis sentimientos por ella me hicieran llegar a tanto. Traté, te juro que luché por deshacerme de ellos, pero simplemente no pude.

—¿Crees que le hayas dicho, porque en el fondo esperabas tener alguna clase de oportunidad?

—Tal vez solo quería sentir que ella no era tan inalcanzable. Siempre he sabido que jamás se fijaría en mi, pero el que fuera novia de mi amigo solo volvía aún más imposibles las cosas. Pero ahora entiendo que definitivamente ella es igual de imposible, siendo su novia o siendo su ex, no existe ni una sola oportunidad de que haya un "nosotros". Eso es un Dogma de la vida.

—Al menos por fin lo aceptaste.

—Voy a hablar con ella, Eduard.

—¡Es que acaso estás loco! —exclamó ya totalmente malhumorado. En vista a esto, me decidí a explicarme.

—No creas otra cosa... solo... necesito escuchar su voz una vez mas, necesito escucharla para decidirme a salir de su vida. Solo eso, es lo único. Te prometo que no intentare nada extraño.

Eduard me miró con duda, como si estuviera buscando en su mente las palabras con las cuales tratar de persuadirme de cambiar de postura, pero al cabo de unos momentos soltó un suspiro de resignación.

—Ya sabrás —respondió con una mirada vaga que paseó por el vacío patio de la escuela. Llevábamos hablando tanto tiempo que ya nos habriamos saltado la clase.

—Ed, ¿te puedo preguntar algo? —pregunté con temor apretando un poco los dedos de los pies. Eduard afirmó con la cabeza—. ¿Toris también sabe lo de Feliks?

Al instante, mi amigo soltó lo que pareció ser un quejido de tristeza y bajó la cabeza, en sus ojos se reflejaba el rastro de numerosos recuerdos deprimentes.

—Fue el primero en enterarse. Cuando me habló de la forma en que te había sorprendido mirándola, le dije que no debería pensar así de un amigo, pero él me pidió que te pusiera más atención y no pude negar lo innegable.

—Soy de lo peor.

—No digas eso.

—Pero lo soy, ¿no? Toris siempre fue tan bueno conmigo, me dio confianza y apoyo, nunca me hizo ninguna clase de escena de celos y así fue como le pagué. Prefirió confiar antes de dudar de un amigo. Ahora seguro que no volverá a hablarme nunca más.

—Escucha, no voy a darte esperanzas falsas, tampoco te voy a contar de lo que he hablado con Toris, pero el único consejo que puedo darte ahora, es que por favor aprendas de esto. No dejes que todas estas emociones te ataquen en vano, por favor aprende de tus acciones y no dejes que esto se repita.

Ese, probablemente, había sido uno de los mejores consejos que había recibido en mi vida. Era doloroso tratar de ver hacia adelante, no quería hallar un camino en el que ni ella ni él estuvieran a mi lado, me negaba a ver mucho que la marea nos había distanciado y solo procrastiné esa vista, cobardemente, evité mirar hacia adelante una vez más.

Tal y como le había dicho a Eduard, al día siguiente en la escuela, en el primer receso, fui a ver a Feliks. Entretenida matenía sus ojos esmeralda plantados en la pantalla de su teléfono. Sus delgados labios estaban encogidos, como el capullo de una flor a la espera del momento oportuno para abrirse y presumir la belleza de sus pétalos. Su cabello dorado contrastaba perfectamente con su clara y limpia piel.

Sentí de repente una ingente necesidad de llevarme esa imagen de ella conmigo. En silencio, saqué mi teléfono y le tomé una foto. Sentía que era la pieza de arte mas valiosa de todos los tiempos. Me acerqué a ella, esperando a que notara mi presencia, pero parecía no percatarse de que estaba allí. Me aclaré la garganta, haciendo que respingara y volteara a verme.

—Raivis —dijo un poco extrañada por mi visita.

—Hola, Feliks —saludé sentándome a su lado. Lo hice de forma lenta, esperando a que mostrara señales de querer mantener la distancia. Pero al ver que no había oposición alguna, sencillamente tomé asiento—. Luces bien hoy. ¿Cambiaste de peinado?

—Gracias, esta mañana olvidé plancharlo.

«Me gusta —pensé—, siempre luces como me gusta.»

—No sabía que te planchabas el cabello para venir a la escuela.

—¿De veras? No era un secreto, pensé que Toris les habría dicho. Muchas veces me ayudó a plancharlo mientras yo me maquillaba. —En ese momento noté que su expresión se había entristecido, como si con solo mirar a Toris en sus recuerdos representara un enorme cúmulo de emociones confusas.

—¿Qué estabas mirando en tu celular? —quise cambiar de tema al ver que su ánimo decaía, apuntando tímidamente su teléfono con la mano.

—Estaba leyendo mis conversaciones con Toris —respondió sin ánimos. Poco a poco su mirada adoptaba un matiz grisáceo.

—¿Aun hablan?

—No ha parado de enviarme mensajes desde... ese día. Yo no le he respondido nada, pero no estaba mirando esa conversación precisamente. —Hizo una pausa para mirar al cielo con nostalgia en sus ojos. Su voz parecía ser mas áspera, me dio la impresión de que su piel había perdido un poco de color—. Estaba leyendo nuestras conversaciones cuando eramos novios. No eramos precisamente una pareja muy melosa no teníamos apodos tiernos o algo así, pero me gusta ver la naturalidad que ambos tuvimos en nuestra relación.

—¿A qué te refieres?

—Simplemente me gustaba que siempre fuera él mismo. No era un chico que pretendiera ser perfecto ante mis ojos, se comportaba tal y como era. Con virtudes, con defectos, pero era real. —Suspiró largamente, cerrando los ojos e inclinando la cabeza hacia adelante—. Leía nuestras conversaciones. No sé que esperaba recordar, no sé que esperaba sentir. A veces las personas hacemos eso por el simple echo de querer descubrirlo.

Al verla actuar de esa manera, solo pude entender una cosa: Toris no solo estaba en sus recuerdos, Toris estaba en todos lados. En sus ojos se vislumbraba cuanto lo buscaba, en sus palabras se podía entrever cuanto lo llamaba, en sus acciones se apreciaba cuanto lo extrañaba, en su actitud se evidenciaba cuanto lo necesitaba.

Aparté la mirada, entendiendo que estaba totalmente fuera de lugar. Aún si intentaba cambiar de tema, Toris no iba a salir de su cabeza. Parecía que si no estaban juntos, ninguno de ellos dos podría actuar como realmente era. Parecía que cada uno era la mitad del otro, que su vida solo flotaba en el mar sin sentido si estaban separados. Yo no tenía nada que hacer allí.

—¿Te digo algo? —me preguntó volteando a verme nuevamente—. La mitad de las veces que le pedí que me ayudara con matemáticas no era porque realmente necesitara de su ayuda, solo quería una excusa para estar juntos. Pero, al parecer él de verdad creyó que era estúpida. Tal vez por eso me vio la cara.

—No digas eso, por favor. Estoy seguro de que no quiso lastimarte —pedí con la voz ronca mirando perdidamente mis rodillas.

—No lo sé, Raivis. No sé que pensar.

—Bueno, yo pienso que tal vez te estabas esforzando demasiado. Quiero decir, no necesitabas buscar excusas para estar a su lado. Pudiste haber ido con él por el simple echo de ser su novia, ¿no?

—Tal vez tienes razón.

Ese era el momento, si iba a enmendar mi error, debía de empezar a limpiar todo el desastre que ocasioné. Eduard ya me había ayudado empezando por ordenarme a mí mismo, me correspondía ordenar las cosas del mundo real.

—Feliks, tú aún lo amas, ¿no? —pregunté, apenas mirando con el rabillo del ojo como una minúscula sonrisa se asomaba en sus labios.

—Claro que lo amo. Me duele, estoy enojada con él, pero lo amo. Las mujeres a veces somos tan estúpidas. —Levantó la cabeza y respiró por la boca. Sus esfuerzos por mantenerse tranquila, aún cuando sus mejillas se habían coloreado por las ganas insoportables de llorar, me puso a pensar en que cuando una persona le hace daño a otra, ésta última tiene que lidiar con dos peleas: una contra el dolor, y otra contra consigo mismas.

—¿Crees que algún día puedas perdonarlo?

—No quisiera hacer eso.

—Yo creo que deberías. Justo ahora tienes una daga clavada en la espalda, y mientras la mantengas ahí, tu dolor no va a cesar. Pienso que si la retiras, y dejas que su veneno salga, podrás sentirte mejor.

—Entonces, dices que si quiero dejar de sentirme así, ¿Debo de perder mi orgullo? —me miró inquisitiva alzando una ceja con sarcasmo.

—No exactamente —expliqué—, las fases para alcanzar la felicidad luego de haber sufrido son muchas, pero pienso que sí por algo se debe de iniciar, es por el perdón.

Ella volvió a bajar la mirada. Sentí ganas de posar mi mano en su mejilla para que me viera, me gustaba sentir sus ojos sobre mi, pero es precisamente por eso que no lo hice. Si en ese momento me atrevía a actuar así, lo estaría haciendo por las razones equivocadas.

—Sé que es difícil perdonar a alguien que nos ha lastimado, sé que parece ser imposible. Pero, yo creo que alguien que puede perdonar a una persona que ha odiado, es alguien que puede llegar a amar con toda sinceridad, puede amar de verdad.

—Oh... Eso que acabas de decir es muy hermoso —suspiró, su voz sonaba más suave que antes. Tal vez mis palabras realmente la habían conmovido—. Voy a pensarlo.

—Hazlo.

—Bueno, gracias por la charla, Raivis. —Se puso de pie, alisando un poco su falda antes de tomar su mochila—. Tengo que ir a clase, ¿te vas a quedar?

—Voy a esperar un poco.

—Como quieras. —Se encogió de hombros infantilemente y sonrió—. ¡Adiós! —se despidió con la mano y yo correspondí.

Ver cómo poco a poco se alejaba de mí me hizo sentir muy triste. Era como si esa hubiera sido nuestra última charla, y yo me había decidido a dejarla ir. No supe si había sido lo correcto, quería creer que sí. Pero entonces, ¿por qué me dolía tanto?

«Hacer lo correcto nunca es fácil» recordé las palabras que me había dicho alguien que muchas veces había sido pateado por la vida. «Muchas veces lo correcto es lo que más daño nos hace. Pero, cuando la vida nos apremia por nuestras opciones, sientes que el regocijo es tanto que no lo puedes sostener.»

Saqué mi celular y abrí la galería, mirando embobado la fotografía que le había tomado a Feliks antes de acercarme a hablarle. Era como si pudiera mantener un pedazo de ella conmigo, como si impidiera que desapareciera.

—Deja de engañarte —me dije a mi mismo y borré la foto.

Finalmente me atreví a ver hacia adelante, me atreví a ver lo mucho que nuestros destinos se separaron, y aunque me dolió, me puse de pie y seguí adelante.


N/A

Me tomó creo que tres semanas escribir esto, joder, ¡resultó ser tan largo, que pensé en hacerlo un Short-fic! Pero conociéndome, no iba a terminarlo, así que por eso insistí en hacer un shot.

Muchas gracias por leerlo, sé que está demasiado largo, pero aún así espero que lo hayan disfrutado.

No sé por qué cada vez que escribo tengo que hacer algo triste o dramático, pero si os gusta el drama y esas temáticas los invito a pasarse por mi perfil.

¡Nuevamente, muchas gracias por leerme!

Muy atentamente:

Yossi-Chann