Cálidas llamas amarillas iluminaban esa noche las vestimentas de las jóvenes que bailaban alrededor de la hoguera, una costumbre conocida sólo por algunas de las mujeres del pueblo llevada a cabo durante las noches de otoño, cada una con su capa de diferente color, sus caras oscurecidas por las capuchas que mantenían sobre sus cabezas. Grandes nubes grises entre el pueblo y el cielo ocultaban el paisaje nocturno.

Poseedora de una despampanante figura, la mayor del grupo, de día encargada de la posada del pueblo, guiaba a las encargadas del ritual que protegía al pueblo alrededor de dicha hoguera usando su capa azul celeste, bailando. Siguiéndola, una mujer más pequeña; la hermana del alcalde, quien viste la capa violeta, caminaba rítmicamente mientras miraba de reojo a las demás.

De penúltima, con la capa verde, la cazadora se entretenía dando vueltas mientras seguía a las que iban delante de ella, dando vueltas, concentrada en no tropezar con alguna rama. Cerrando la fila, se encontraba la encargada del bazar del pueblo vistiendo la capa amarilla, dando pequeños saltos con gracia.

"Deténganse, ahí viene," dijo la dueña de la capa azul, susurrando, mientras escucha las ramas moviéndose, indicando que alguien se acerca. "Finalmente, hermanas mías, ha llegado el día en que una mujer suficientemente valiente se atreve a usar la capa faltante luego de tanto tiempo, y de paso en la primera noche del otoño." Las otras, al escuchar dichas palabras, se detienen por completo manteniendo sus respectivas posiciones y observan con curiosidad el camino que conduce hacia el pueblo.

"Yo no veo nada, ¿estás segura de que es ella?" le preguntó con desesperación la de capa violeta, confundida. "Podría ser alguna persona perdida."

Se escuchaba como las pisadas de alguien aplastaban las hojas secas y una figura comenzaba a verse en el claro, la cual deja perplejas a las demás jóvenes. Una figura envuelta en una capa roja se hizo presente

"Muéstrate, cariño, no tengas miedo," le dijo suavemente la dueña de la capa amarilla, seguidamente retirándose la capucha para dejar ver su rostro, piel canela acompañada de ojos amarillos brillantes y cabello violeta atado en la parte superior de su cabeza.

La chica de la capa roja inhaló profundamente y dejó caer su capucha sobre sus hombros, revelando su cara ante las demás. Piel clara, cabellos castaños y ojos marrones que parecía representar por completo la definición de la inocencia se acercaba a ellas, los nervios presentes en su expresión. La sobreprotegida hermana del caballero Sora, la inocente aprendiz del panadero era ahora una de ellas.

La joven de capa verde deja al descubierto su cara, sus cabellos rojos enmarañados rozando sus hombros; escandalizada, tapa su boca con sus manos, intentando suprimir un grito.

"Orihime," se le acerca la de la capa amarilla, posando sus manos en los hombros de la chica. "No tienes que hacer esto si no quieres. Podemos seguir esperando a que otra más se atreva."

Las dos jóvenes faltantes decidieron dejar sus caras al descubierto también en señal de apoyo. La joven de la capa violeta dejó ver su cabello negro como la noche y sus ojos de color violeta, al igual que su capa. De igual manera, la líder del grupo también dejó al descubierto sus rubios cabellos y sus ojos azules.

"No," le respondió la joven de la capa roja, determinación reemplazando los nervios en su expresión. "Ya lo decidí. Si puedo hacer algo para ayudar, lo haré," le dijo mientras posaba su mano derecha sobre su pecho. "No dejaré que otra persona tome mi lugar, no esta vez."

Dicho esto, y siendo interpretado como alguna clase de señal de aprobación, las llamas cambiaron su típico color rojo por un color dorado, brillante, mágico. Las nubes cedieron y dieron paso a la luz de la luna llena, la primera luna roja del año. La joven de capa amarilla dirigió su mirada hacia ésta, asintió y volvió a su lugar.

"Es hora" dice la líder del grupo, dirigiéndose hacia ella. "Esta luna es peligrosa para el pueblo, y más que todo para nosotras. Orihime, bienvenida, esperamos por ti un largo tiempo y nos enorgullece ver que te unes a nosotras. Este es un lugar sagrado, como bien sabes, y no nos pasará nada mientras estemos aquí," seguidamente, vuelve a su posición, las otras siguiéndola. "Considéranos tus hermanas ahora. Como eres la última en unirse, eres la más vulnerable, así que toma tu posición detrás de Rukia y únete a nosotras."

"Pero… no sé qué es lo que debo hacer," confesó la joven de capa roja, luego de tomar su respectivo lugar.

Rukia, delante de ella, se voltea, toma sus manos y le sonríe. "No te preocupes, déjanos guiarte. Tú sabrás que hacer. Lo llevas en tus venas."

Orihime asintió. "Estoy lista," les indicó a las demás, quienes asintieron de vuelta.


Karakura es un pequeño pueblo localizado en un valle, rodeado por altas y frías montañas. Con sus calles de piedra, casas y locales entre piedra y madera, es difícil imaginar que ocurriera algo fuera de lo normal. Todos se conocían, cada quién tenía su oficio característico y era casi imposible desconfiar de los demás.

Con la excepción de las noches de luna llena.

Desde doscientos años atrás, cuando se fundó el pueblo, durante ciertos períodos de tiempo eran atacados por una bestia a la que llamaban el lobo. Asemejándose en apariencia al animal, con el triple del tamaño y mucho más salvaje, parecía ser una criatura con la que no se podía razonar de ninguna manera, cobrando sus víctimas durante las noches de luna llena. En el otoño era mucho más trágica la historia, pues se hacía presente la luna roja estando en su fase de luna llena; y como es bien conocido, una persona mordida por la bestia bajo la luna roja es una persona maldita.

Cansados de ver como la bestia cobraba víctima tras víctima en sus ataques, los hombres a partir de 17 años podían unirse a los caballeros del pueblo bajo órdenes directas del alcalde y salían a combatir a la bestia en las noches de luna llena. La mayoría de las veces uno que otro no volvía con vida y solo una vez en ese tiempo lograron capturar al lobo, lo cual fue trágico, ya que había cobrado otra víctima durante la luna roja. Al festejar "haberse librado del lobo," la nueva bestia, recién convertida, cobró víctimas fatales esa noche. Desde entonces, era imperativo que mujeres, niños y los hombres que no pertenecieran a los caballeros del pueblo se quedaran resguardados en casa.

Lo que la mayoría no sabía, es que algunas mujeres del pueblo, guiadas por una hechicera benévola del bosque, comenzaron a llevar a cabo un ritual nocturno en un claro encantado en el bosque; lo cual no tenía como finalidad acabar con la bestia, sino controlarla. Esta tradición, pasada por generaciones, era lo que mantenía la calma en el pueblo, libres de ataques en ciento cincuenta años.