Helga recorría todos los pasillos con tal de evitarlo. Ya sabía que él sabía que ella estaba ocultando el regalo. Escondía las manos dentro de sus bolsillos, usaba las mangas de sus abrigos como escudos y se colocó guantes al finalizar el período. Arnold se dio cuenta de aquello y no le costó mucho descifrar lo que su novia estaba haciendo.
Ella huyó despavorida del salón una vez sonó el timbre y se dirigía con prontitud a su casillero para sacar lo último que necesitaba durante este fin de semana. Tenía unos minutos de ventaja antes que el corredor se llenara de estudiantes ansiosos por llegar a sus casas. En la soledad de su casillero observó su mano con detenimiento, el adorno que se posaba en su dedo anular era simplemente hermoso.
Suspiró con pesadez, ayer todo parecía una buena idea, pero hoy al minuto de ingresar a la secundaria supo que había cometido un error.
La noche anterior, luego de cenar en casa de los abuelos de su pareja, ambos se dirigieron a la azotea a observar las estrellas. Fue en ese instante que ella extrajo una pequeña cajita de su bolsillo y se la extendió a él. Son anillos de promesa le dijo. Ella le prometía dedicarle un poema todos los días y él le prometía quererla toda la vida. Había sido un momento tan romántico para ambos, pero hoy todo se tuvo que derrumbar cuando lo primero que escuchó al ingresar a la escuela fueron los murmullos de Rhonda y Harold.
–¿Viste la mano de Helga hoy?
–No –respondió el chico.
–Tiene un anillo, ese Arnold es muy detallista, sabiendo cómo es su novia con respecto a esas cosas románticas, ¿quién sabe? Quizá la pueda volver cursi.
No debía importarle la opinión de los demás, pero ahí estuvo, escondiendo de todo el mundo el regalo que ella había dado. Detestaba que la vieran como alguien débil y si mostraba algún indicio de serlo, de inmediato hacía lo necesario para no dañar su reputación. En la hora del almuerzo Rhonda recibió un vaso de gelatina como postre, encima de su cabeza.
Estaba dispuesta a marcharse a su casa cuando lo vio en las puertas de la entrada de la institución, se dio la vuelta para ver a Gerald bloqueando el paso y del otro lado a Phoebe. Todos confabularon en su contra, grandioso. Suspirando con fuerza se dirigió hacia donde estaba el rubio.
Él extendió su mano mostrando con detalle el anillo, ella lo miró y caminó hacia adelante sin devolverle el gesto. Ambos andaban en silencio rumbo a la casa de la joven.
–Helga, si no quería esto, ¿entonces por qué…
–Cielos, cabeza de balón, ¿de veras crees que si no hubiera querido esto te lo hubiera regalado en primer lugar?
–No entiendo tu empeño en que los demás no lo vean. Se supone que para eso están hechos, ¿verdad?
–Sí, es verdad, y en un mundo perfecto, eso fuera una señal suficiente de mi amor hacia ti, pero en este asqueroso mundo en el que estamos primero la gente asume que tú me regalaste el anillo y que yo soy incapaz de mostrar afecto, todos siguen pensando que soy esa niña ruda y bravucona de la escuela.
–¿Desde cuándo te molesta? Todo este tiempo has demostrado que quieres seguir siendo así.
–Ese es el punto, las bravuconas no pueden ser románticas,
–¿Según quién?
–¡Todo el mundo! Si ven que golpeo a alguien o grito es normal, pero si ven que estoy usando una falda o un anillo, se sorprenden y murmuran.
–¿Quiere que me quite el anillo?
–No, Arnold, claro que no, quiero que lo uses para siempre. Y yo también lo quiero usar. Es solo que…
–Escúchame, Helga, tú eres quién eres, sin importar cómo te vean los demás. Deja que hablen, ellos no te conocen. Demuéstrales siempre que eres mejor de lo que piensan. Siempre tendrás mi apoyo para todo.
–Oh, Arnold, a veces siento que no te merezco.
–Soy yo el que no te merezco y aquí me tienes a tu lado y es algo por lo que estaré eternamente agradecido.
Se dieron un abrazo y siguieron su camino, ahora tomados de las manos. Helga aprovechó para mirar una vez más el anillo. Mañana lo luciría con orgullo porque representaba la promesa que se había hecho desde el día que conoció a Arnold: de amarlo para siempre.
