A/N: Power Rangers no me pertenece.


Encontrarse a sí mismo.

Tarea complicada, y quizá para toda la vida. Después de todo, no llegas a tener la certeza de si has encontrado las respuestas hasta que eres consciente de las preguntas. Y a pesar de eso es algo importante, algo que no puede simplemente dejarse de lado.

Madison se repetía ese pensamiento prácticamente a diario, más por fuerza del hábito que por creer verdaderamente en ello. Era su manera de recordarse que esas son largas búsquedas, y que sin importar cuanto tiempo tomara Nick volvería. Algún día.

Tras su partida, el avance del tiempo se volvió extraño. Los días se volvieron semanas, y estos cambiaron a meses en un parpadeo. Él le llamaba cada 3 días para contarle los pormenores de sus aventuras y ella siempre lo escuchaba con entusiasmo, siempre esperando que algún día le daría algún indicio de estar próximo a regresar. Y cada vez, la espera se hacía más larga.

¿Qué acaso no tenía deseos de regresar? Se suponía que su familia era prácticamente la realeza de los bosques mágicos, ¿cuánto más pensaban permanecer lejos? Se supone que Briarwood es su hogar, ¿o no?

O peor aún: eran los guardianes más poderosos del mundo mágico; ¿cómo podían estar tanto tiempo lejos sin ninguna clase de remordimiento?

Claro, es verdad que ya no existía una "gran amenaza"; pero eso no significaba que podían simplemente irse para siempre y dejar a los demás a su suerte. Aunque ciertamente aún quedaban ellos, los Rangers, por si aún llegase a existir algo que amenazará a Briarwood y su habitantes...

Suspiró. Sabía en su interior que en realidad no podía seguir con sus reclamos. Se habían ido porque podían hacerlo, porque no había peligro, porque confiaban en los que dejaron atrás. Pero simplemente no podía resignarse a solo aceptar que quizá solo se había ido porque lo había querido así.

Porque no podía haberla dejado solo así, aferrada a una promesa que jamás fue pronunciada...


Hartazgo.

Eso fue lo que reemplazó a la ansiosa espera. Aunque continuaba presente en sus pensamientos, las ocupaciones de ambos comenzaron a hacer más esporádicas sus conversaciones. Y aunque él decía que pronto los visitaría, jamás lo hacía. Así que simplemente decidió que ya era suficiente.

Con su graduación de preparatoria tan cerca, realmente esperar por él ya no era parte de sus prioridades. Ella era una hechicera y una ranger, no una damisela en apuros. ¿Por qué seguir esperando a quien no quería volver? Decidió ser dueña y forjadora de su destino.


Llegó a la ciudad con su maleta y su cámara, lista para fabricar sus sueños.

Todos en la universidad la admiraban por su determinación y sentido de aventura, algo que la hacía sonreír divertida ante la ironía. Constantemente escuchaba comentarios sobre la arriesgada y fresca visión que tenía del mundo, y le era difícil terminar de creer que se refirieran a ella, la que había sido la chica tímida y asustadiza de los bosques de Briarwood.

Le compartió en una ocasión ese pensamiento a su mejor amiga, Johanna, quien se sorprendió genuinamente.

-Difícil de imaginar...- exclamó, riendo. -Siempre tienes algo que decir, dentro y fuera de clases... ¿Cómo es que paso?

-No lo se- ella también reía. -No siempre fui así. Mi hermana te puede comprobar que lo que estoy diciendo es verdad. Hace algunos años, ni siquiera era capaz de hablarle a un chico.

-Bueno, eso aún no lo haces.

-No me agrada del todo. Me recuerda a ese tonto de Nick...

Su risa se cortó de inmediato. Había intentado decir "ese tonto reto de Nick", pero su mente la había traicionado. Y sus esperanzas de que pasará desapercibido como un simple error se esfumaron al ver la sonrisa de picardía que la chica enfrente suyo le lanzaba.

-¿Y quién es ese Nick?- preguntó Johanna, acercándose un poco más a ella, dejándole claro que no tenía escapatoria. -¿Alguien especial?

Se sonrojo completamente en segundos, haciéndola bajar la mirada y morderse los labios. Sola se había condenado.


Tres días después de contarle toda la historia, se encontró a sí misma en el asiento del copiloto y con Johanna al volante, en la carretera del poniente camino a Briarwood.

-Esto es una gran locura- dijo, desordenando su cabello con una mano.

-¿Y qué si lo es?- le respondió su amiga con entusiasmo. -Por el amor de tu vida, vale la pena hacer locuras.

Le dedicó la sonrisa pícara más grande que podía y ella solo entornó los ojos. La conocía demasiado bien; no habría forma de detenerla cuando ya estaba tan cerca de su objetivo.

-Estas exagerando- dijo, girándose para ver por la ventana. Mordía su labio, luchando con su nerviosismo.

-¿Hace cuánto que no lo ves?

Suspiro sin poder evitarlo.

-Mucho

-Bien

Eso motivó a Johanna a acelerar.


El ambiente boscoso de la pequeña ciudad las recibió desde la distancia y a Madison le pareció que era aún más mágico desde la carretera.

Había puesto a Johanna al tanto de la situación particular de Briarwood para evitarle enormes sobresaltos, esperando secretamente que eso la hiciera cambiar de idea; pero fue en vano. Quizá incluso la hizo entusiasmarse aún más por llegar.

Su alegría se notaba a kilómetros. Apenas dejaron su auto en las casa de sus padres y pasaron un tiempo adecuado con ellos, Johanna prácticamente la arrastró fuera para que le enseñara todo el lugar. Todo le fascinaba y estaba llena de preguntas, así que una caminata de 10 minutos hasta el centro se convirtió en una excursión de casi 40.

-¡Es mi sueño de niña!- le decía Johanna, colgada de su brazo y tratando de mirar discretamente a unas hadas que conversaban al otro lado de la calle. -Siempre soñé con tener alas, ¿nunca te lo dije?

-Creo que no- Maddie reía con su entusiasmo.

-¿Tú tiene alas?

-No, pero Vida sí. Yo soy algo parecido a una sirena.

-¡Asombroso!

Sus grititos agudos llenos de alegría le hicieron olvidar por un segundo que las había traído hasta aquí. Así que la realidad la golpeó muy duro cuando dieron vuelta en la esquina y se encontró con una calle sumamente familiar.

-¡El Rock Porium!- exclamó Johanna. Pero cuando volteó a ver a su amiga, notó que ella estaba mirando en otra dirección. -¿Estas bien? ¿Qué sucede?

Madison solo torció el gesto, así que siguió su mirada, que estaba clavada en una moto estacionada junto a un árbol al otro lado de la calle.

Su mente hizo clic de inmediato.


Enojo.

Fue lo primero que sintió al ver a es vehículo, quieto ahí como una postal en el tiempo. Y este solo aumentó al sentir el nerviosismo en su corazón; ¿cómo podía ser tan patética?

-¡Vamos!- exclamó Johanna, quien la soltó y corrió al Rock Porium con una enorme sonrisa plasmada en el rostro.

Eso la regresó a la realidad y, ya sea por miedo o vergüenza, corrió detrás de ella. ¿Y qué tal si solo se había asustado por un fantasma? Tenía que detenerla antes de que cualquiera de las 2 hiciera algo de lo que podrían arrepentirse.

Pero al abrir la puerta, la campana tan conocida anunció su llegada y ella soltó una maldición. Todas las miradas se clavaron en ella, y de nuevo volvió a ser esa hechicera adolescente, temerosa y torpe.

-¡Maddie!- escuchó a su hermana exclamar.

Pero aunque fuese una gran sorpresa que ambas decidieran volver a Briarwood al mismo tiempo, su mirada no se quedó demasiado tiempo en ella. Se movió por los rostros de todos los presentes, tratando de asegurarse que no estaba alucinando. Incluso Johanna, de pie junto a ella, le sonreía con entusiasmo burbujeante.

Ahí, entre su ya conocido grupo de amigos, estaba él.

-Tú...- murmuró, en una voz tan baja que temió por un segundo estar sufriendo de una ataque de pánico.

Lucía diferente. Un poco más maduro quizá, con el cabello distinto. Le sonreía con una inseguridad extraña reflejándose en sus ojos y otro sentimiento recordaba haberle visto solo una vez: miedo.

-Hola Maddie- su voz sonaba tranquila, nada que evidenciara las turbulentas emociones que mostraba su mirada.

Ella se acercó sin pensarlo demasiado y todos la miraban, expectantes. Y la sorpresa fue colectiva cuando lo único que ella hizo fue abrazar a Nick con todas sus fuerzas. Quería que quedara claro que ya no era la misma, aunque muchas otras cosas no hubiesen cambiado tanto.

Él más sorprendido fue Nick, tomándose unos segundos para digerir lo que sucedía. Pero después de soltar un extraño suspiro de alivio, correspondió el gesto, sonriendo.

-Tenía que volver- le dijo él al oído, abrazándola con fuerza.

Ella solo pudo sonreír, contenta de por fin sentirlo verdaderamente cerca. Y mientras luchaba con las lagrimas, se prometió que no lo dejaría alejarse de nuevo.