¡Hola! Soy Koneko Loli, comienzo mi vida aqui en Fanfiction con esta adaptación de la novela de Linda S. Howington alias Linda Howard publicada en el año 1995.

Esta historia no me pertenece, solamente la adaptación es de mi autoria.

Cambiare algunas cosas para adaptar la historia a los personajes de NNT. Al igual que hay personajes orinales mios. Con todo aclarado, disfruten de la lectura:


Era un buen día para soñar. Caían las últimas horas de la tarde, el sol proyectaba sombras alargadas cuando conseguía abrirse paso entre las densas nubes, pero en su mayor parte la luz dorada y traslúcida se quedaba prendida en las copas de los árboles y dejaba el lecho del bosque sumido en misteriosas sombras. En el aire del verano, cálido y húmedo, flotaba el perfume rosado y dulzón del néctar de la madre naturaleza, mezclado con el rico aroma marrón de la tierra y de la vegetación podrida, además del penetrante olor a verde de las hojas. Para Elizabeth Goddness, los olores tenían color, y desde que era pequeña se entretenía poniendo colores a los aromas que percibía a su alrededor.

La mayoría de los colores eran obvios, extraídos del aspecto que tenía cada cosa. Naturalmente, la tierra olía a marrón; por supuesto, aquel aroma fresco y fuerte de las hojas era verde en su mente. El pomelo olía amarillo brillante; nunca había comido pomelo, pero en cierta ocasión había cogido uno en la frutería y había olfateado su piel, titubeante, y el olor había explotado en sus papilas gustativas, agrio y dulce a la vez.

Le resultaba fácil poner color al olor de las cosas en la mente; en cambio, el color de los olores de las personas era más difícil, porque las personas no eran nunca una sola cosa, sino diferentes colores mezclados entre sí. Los colores no significaban lo mismo en los olores de la gente que en los de las cosas. Su madre, Liz, despedía un aroma rojo profundo y picante, con algunas volutas de negro y amarillo, pero el rojo picante casi aplastaba todos los demás colores. El amarillo era bueno en las cosas, pero no en las personas; ni tampoco el verde, ni siquiera algunos de sus matices.

Su padre, Dreyfus, era una insoportable mezcla de verde, morado, amarillo y negro. Con él fue verdaderamente fácil, pues desde una edad muy temprana lo había asociado con el vómito. Beber y vomitar, beber y vomitar, eso era lo único que hacía papá. Bueno, y orinar. Orinaba mucho.

El mejor olor del mundo, pensó Elizabeth mientras deambulaba entre los árboles contemplando los rayos de sol capturados y guardando su felicidad secreta en lo más hondo de su pecho, era el de Meliodas Demon. Elizabeth vivía por los breves atisbos de él que alcanzaba a ver en la ciudad, y si se encontraba lo bastante cerca para oír el sonido ronco y profundo de su voz, temblaba de alegría. Hoy había logrado estar lo bastante cerca de él para olerlo, ¡y él incluso la había tocado! Aún flotaba en una nube tras vivir aquella experiencia.

Había entrado en la tienda de Demon con Zaneri, su hermana mayor, porque ésta le había robado a Liz un par de dólares del bolso y quería comprarse un esmalte de uñas. El olor de Zaneri era anaranjado y amarillo, una pálida imitación del aroma de Liz.

Salieron de la tienda llevando el preciado frasco de esmalte de uñas rosa intenso cuidadosamente escondido en el sostén de Zaneri para que Liz no lo viera.Zaneri llevaba ya casi tres años usando sostén, y eso aunque sólo tenía trece años, un hecho que ella utilizaba para burlarse de Elizabeth cada vez que se le ocurría, pues Elizabeth tenía once años y aún no le habían salido los senos. Sin embargo, últimamente los pezones planos e infantiles de Elizabeth habían empezado a hincharse, y se sentía muy avergonzada de que alguien se los viera.

Se daba mucha cuenta de cómo despuntaban bajo la fina camiseta del equipo de futbol de la universidad de Castellio que llevaba, pero cuando estuvieron a punto de chocar con Meliodas en la acera cuando éste entraba en la tienda y ellas salían, Elizabeth se olvidó de lo liviano de su camiseta.

-Una camiseta muy bonita-había dicho Meliodas con sus ojos verdes brillando divertidos, y le había tocado el hombro. Meliodas estaba pasando en casa las vacaciones veraniegas.

Jugaba al fútbol para el equipo que mencionaba su camiseta en la posición de defensa en su primer curso. Tenía diecinueve años, medía un metro cincuenta y dos, y pesaba cincuenta compactos kilos. Elizabeth lo sabía porque lo había leído todo en la página deportiva de la gaceta local.También sabía que era muy guapo, no a lo fino, sino con el mismo estilo salvaje y poderoso que su estimado padre,Lucifer Demon. Se le notaba su ascendencia francesa criolla en el color rubio y en la fuerte y nítida estructura ósea de su cara. Tenía un cabello rubio y abundante que caían alborotados de su cabeza, como si fuera que no se peinó al levantarse a la mañana, casi rozándoles los hombros y le daba el aspecto tic de un guerrero de la Edad Media que se encontrara accidentalmente en la época actual.

Elizabeth se leía todas las novelas que caían en sus manos sobre caballeros medievales y sus bellas damas, por eso reconocía un Caballero en cuanto lo veía.

Sintió un cosquilleo en el hombro cuando la tocó Meliodas, y sus pezones hinchados se estremecieron y la hicieron sonrojarse y bajar la cabeza. Todos sus sentidos giraron en un torbellino al percibir su olor, compuesto por una mezcla penetrante e indefinible que no supo describir, caliente y almizclada, con un rojo aún más intenso que el de su madre, lleno de tentadores colores de matices profundos y lozanos.

Zaneri sacó hacia afuera sus senos redondos, cubiertos por una blusa rosa sin mangas. Se había dejado desabrochados los dos botones superiores.

-Y mi camiseta, ¿qué?-preguntó poniendo morritos para que sus labios también sobresalieran, tal como había visto hacer a Liz miles de veces.

-Te has equivocado de color-dijo Meliodas endureciendo el tono y poniendo en él una gota de desdén. Elizabeth supo la razón: Era porque Liz se acostaba con su padre, Lucifer. Había oído cómo hablaban los demás de Liz, y sabía lo que significaba la palabra puta a su edad.

Meliodas pasó entre ambas, empujó la puerta y desapareció en el interior de la tienda. Zaneri se lo quedó mirando por espacio de unos segundos y después posó sus voraces ojos en Elizabeth.-Déjame tu camiseta-le dijo.

-Te queda demasiado pequeña-replicó Elizabeth, y se alegró enormemente de que así fuera. A Meliodas le había gustado su camiseta, la había tocado, y ella no estaba dispuesta a renunciar a aquello.

Zaneri frunció el gesto ante aquella obvia verdad. Elizabeth era pequeña y delgada, pero incluso sus estrechos hombros pugnaban contra las costuras de su camiseta, que se le había quedado pequeña hacía dos años.-Ya conseguiré otra-declaró.

Ella también, pensó Elizabeth ahora mientras contemplaba con expresión soñadora el parpadeo del sol entre los árboles. Pero Zaneri no tendría la que había tocado Meliodas; ella se la había quitado nada más llegar a casa, la había doblado con todo cuidado y la había escondido debajo del colchón. La única forma de encontrarla era deshaciendo la cama para lavar las sábanas, y como ella era la única que hacía tal cosa, la camiseta permanecería a salvo y ella podría dormir encima todas las noches.

Meliodas. La violencia de sus emociones la asustó, pero no podía controlarlas. Lo único que tenía que hacer era verlo, y el corazón empezaba a latirle con tal fuerza en su delgado pecho que le hacía daño en las costillas y sentía calor y escalofríos a un tiempo. Meliodas era como un dios en la pequeña población de Demon; era indómito como un potro, según decía la gente, pero estaba respaldado por el dinero de los Demon, e incluso de niño había poseído un duro e inquieto encanto que hacía aletear los corazones de las féminas. Los Demon habían engendrado un buen número de pícaros y renegados, y Meliodas pronto demostró tener el potencial para ser el más indomable de todos. Pero era un Demon, y aun cuando armara bronca, lo hacía con estilo.

Los Demon eran la familia fundadora de la ciudad, razón por la cual la propia ciudad se llamaba Demon pero a pesar de ser los fundadores no eran políticos sino que había un alcalde pero este solo era como un adorno ya que los Demon eran dueños, y manejaban, la mayor parte de los negocios del lugar y nadie se atrevía a contradecirlos pero a los Demon no les interesaba el ambiente político pero eso no significaba que no controlaban ese aspecto de la ciudad. El propio alcalde primero les pedía permiso o preguntaba para hacer algo en la ciudad y la familia ha estado de acuerdo con algunos proyectos pero han rechazado otros ,si el alcalde hacia algo sin permiso y supervisión de la familia se ganaba el repudio de las personas, quienes se sentían seguros si la familia Demon lo aprobaba ya que eso quería decir que todo estaba bien.

Pero pesar de todo ese poder y dinero, Meliodas nunca había sido desagradable con Elizabeth, tal como había ocurrido con algunas otras personas del pueblo. Su hermana menor Elaine escupió una vez en su dirección cuando Elizabeth y Zaneri se tropezaron con ella en la acera. Aunque eso había sido algo inofensivo a comparación de la ocasión que la empujo a la carretera y un auto casi la atropella, pero para mala suerte de Elaine el auto era el de su hermano. La rubia no se había fijado quien venía conduciendo simplemente vio el auto y la empujo.

-¡ELAINE!-bajo del Corvette Meliodas regañando a su hermana menor y acercándose rápidamente a Elizabeth

Elaine intentó escapar pero fue tomada del brazo por su otro hermano, Zeldris, quien venía en el mismo auto con Meliodas

Zeldris era el hermano gemelo de Meliodas pero este tenía el cabello negro como su padre. Era menor a Meliodas por 3 minutos

-¿estás bien?-pregunto Meliodas agachándose a la altura de la niña, quiso ayudar a Elizabeth a levantarse pero la niña ya se había levantado sola debido a que el rubio freno a tiempo el auto no llego a tocarla por lo tanto Elizabeth solo se llevó el golpe de la caída

-si-contesto Elizabeth tímida y sonrojada por la cercanía del joven

Fue en ese momento que Meliodas noto los ojos de la niña. El izquierdo era de un hermoso color azul pero el derecho era ¿marrón claro?, no, era dorado como la miel o el sol.

-que ojos más hermosos que tienes-comento Meliodas sinceramente-te ves preciosa--Aparte de ser una Goddness es un fenómeno-dijo Elaine con desprecio

Meliodas se paró y miro a su hermana con enojo-luego hablare contigo-le dijo y miro a Zeldris-metela al auto-Zeldris asintió y metio a Elaine al auto luego el tambien se subio pero antes le dirigió una sonrisa a ElizabethElizabeth se sonrojo por eso

-te acompaño hasta tu casa-dijo MeliodasPero Elizabeth negó con la cabeza diciéndole que estaba bien y antes de que Meliodas pudiera decir algo mas la pequeña se echó a correr adentrándose al bosque que estaba a un lado de la carretera y perdiéndose de la vista de los hermanos Demon.

Elizabeth se alegraba de que Elaine se ncontrase en Lyonnese en un estirado colegio privado para señoritas y de que no fuera a casa con demasiada frecuencia, ni siquiera durante el verano, porque estaba en casas de amigas. Por otra parte, el corazón de Elizabeth había sufrido durante meses cuando Meliodas se marchó a la universidad; Castellio no estaba tan lejos, pero durante la temporada de fútbol no le quedaba mucho tiempo libre e iba a casa sólo en vacaciones. Siempre que sabía que Meliodas estaba en casa, Elizabeth intentaba dejarse caer por el pueblo en los lugares donde pudiera acertar a verlo, paseándose con la gracia indolente de un gato grande, tan alto y fuerte, tan peligrosamente excitante.

Ahora que era verano, Meliodas pasaba mucho tiempo junto al lago, lo cual era uno de los motivos de la excursión de Elizabeth a través del bosque. El lago era privado, abarcaba más de ochocientas hectáreas y estaba totalmente rodeado por las tierras de los Demon. Era alargado y de forma irregular, con varias curvas; ancho y bastante superficial en algunos sitios, estrecho y profundo en otros. La gran mansión blanca de los Demon estaba situada al este del lago, la cabaña de los Goddness al oeste, pero ninguna de las dos se encontraba de hecho a la orilla del agua. La única casa de la ribera era la mansión de verano de los Demon, un edificio blanco y de una sola planta que contenía tres dormitorios, una cocina, un cuarto de estar y un porche provisto de una rejilla que lo rodeaba por entero. Debajo de la casa había un cobertizo para botes y un embarcadero, y también una barbacoa de ladrillo que habían construido. A veces, en verano, Meliodas y sus amigos se juntaban allí para divertirse nadando y remando toda la tarde, y Elizabeth se deslizaba entre los árboles de la orilla para alegrarse el corazón observándolo.

A lo mejor estaba allí hoy, pensó, sintiendo ya el dulce anhelo que la embargaba cada vez que pensaba en Meliodas. Sería maravilloso verlo dos veces en un mismo día.

Estaba descalza, y los raídos pantalones cortos que llevaba no le protegían las piernas de los arañazos y las serpientes, pero Elizabeth se encontraba tan cómoda en el bosque como las otras tímidas criaturas; no le preocupaban las serpientes, y no hacía el menor caso de los arañazos. Su largo cabello de color plateado tendía a colgarle en desorden por delante de los ojos y molestarla, de modo que se lo había echado hacia atrás y lo había sujetado con una goma exceptuando un mechón de flequillo para cubrirse el ojo derecho. Se deslizaba igual que un espectro entre los árboles, con una expresión soñadora en sus grandes ojos de los colores del cielo al imaginar a Meliodas en su mente. A lo mejor estaba allí; a lo mejor un día la veía oculta entre los arbustos, o asomada detrás de un árbol, y entonces le tendería la mano y le diría: -¿Por qué no sales de ahí y vienes a divertirte con nosotros?-. Se perdió en la deliciosa fantasía de formar parte de aquel grupo de chicos bronceados por el sol, risueños y pendencieros, de ser una de aquellas muchachas que eran todo curvas y lucían breves bikinis.

Incluso antes de llegar al borde del claro en el que se alzaba la casa de verano, vio el brillo plateado del Corvette de Meliodas enfrente del edificio,al rubio le gustaban los autos que eran de colección, y el corazón empezó a latirle con familiar violencia. ¡Estaba Allí! Se deslizó silenciosamente tras el parapeto de un gran tronco, pero al cabo de unos instantes se dio cuenta de que no oía nada. No se percibía ningún ruido de chapoteos, voces, chillidos ni risas.

A lo mejor estaba pescando desde el embarcadero, o quizá hubiera tomado el bote para dar un paseo. Elizabeth se acercó un poco más y torció hacia un lado para tener una vista del embarcadero, pero éste se encontraba desierto. Meliodas no estaba allí. Sintió que la invadía la desilusión. Si había tomado el bote, no había forma de saber cuánto tiempo hacía de eso, y ella no podía quedarse a esperarlo. Había robado aquel rato para sí, pero tenía que regresar pronto y ponerse a preparar la cena y cuidar de Pelliot.

Estaba dando media vuelta para marcharse cuando le llegó un sonido amortiguado que la hizo detenerse con la cabeza inclinada para localizarlo. Salió de entre los árboles y dio unos cuantos pasos en dirección al claro, y entonces oyó un murmullo de voces, demasiado débil e indistinto para entenderlo. Instantáneamente, el corazón le dio otro vuelco; después de todo, sí que estaba allí. Pero se encontraba dentro de la casa; sería difícil atinar a verlo desde el bosque. Sin embargo, si se acercaba más, podría oírlo, y eso era todo lo que necesitaba.

Elizabeth poseía el don de las criaturas pequeñas y silvestres para guardar silencio. Sus pies desnudos no hicieron el menor ruido al acercarse a la casa. Procuró permanecer fuera del campo visual en línea recta de todas las ventanas. El murmullo de las voces parecía provenir de la parte posterior de la casa, donde estaban los dormitorios.

Alcanzó el porche y se acuclilló junto a los escalones, e inclinó otra vez la cabeza en un intento de entender lo que estaban diciendo, aunque sin éxito. Pero era la voz de Meliodas; los tonos graves eran inconfundibles, al menos para ella. Entonces oyó un suspiro, una especie de gemido, de una voz mucho más aguda.

Atraída de forma irresistible por la curiosidad y por el imán de la voz de Meliodas, Elizabeth abandonó su postura en cuclillas y tiró con cautela de la manilla de la puerta. No estaba cerrada. La abrió apenas lo suficiente para que pudiera pasar un gato, y deslizó su cuerpo delgado y ligero al interior, y después, con idéntico silencio, dejó que se cerrase la puerta. Se puso a gatas y avanzó sobre las tablas del porche en dirección a la ventana abierta de uno de los dormitorios, del cual parecían provenir las voces.

Oyó otro suspiro.

-Meliodas-dijo la otra voz, una voz de chica, tensa y temblorosa.

-Chist-murmuró Meliodas, un sonido grave que apenas le llegó a Elizabeth. Dijo algo más, pero fue algo que Elizabeth no logró entender. Luego dijo-Mon chére- y en ese momento todo encajó de pronto. Meliodas estaba hablando en francés, y tan pronto cayó en la cuenta aquellas palabras cobraron sentido en su mente, como si hubiera hecho falta aquella pequeña comprensión para que los sonidos encontrasen el ritmo necesario en su cerebro.

Aunque los Goddness no eran inmigrantes franceses ni criollos, Elizabeth entendía la mayor parte de lo que Meliodas estaba diciendo. La mayoría de los parroquianos hablaban y entendían francés, en diversos grados.

Sonaba como si estuviera tratando de tranquilizar a un perro asustado, pensó Elizabeth. Su voz era cálida y arrulladora, salpicada de frases halagadoras y cariñosas. Cuando la muchacha habló de nuevo, su voz todavía sonó tensa, pero esa vez tenía un matiz de embriaguez.

Llevada por la curiosidad, Elizabeth se echó hacia un lado y movió con cuidado la cabeza para asomar un ojo por el marco de la ventana abierta. Lo que vio la dejó congelada en el sitio.

Meliodas y la chica estaban desnudos en la cama, la cual estaba colocada con el cabecero debajo de la ventana de la pared adyacente. Ninguno de los dos tenía probabilidades de verla, lo cual era un golpe de suerte, pues Elizabeth no podría haberse movido incluso aunque ambos se la hubieran quedado mirando directamente.

Meliodas estaba tendido de espaldas a ella, con el brazo izquierdo colocado debajo de la cabellera negra de la muchacha. Se inclinaba sobre ella de un modo que hizo que Elizabeth contuviera la respiración, porque aquella postura era algo protector y depredador al mismo tiempo. La estaba besando, unos besos lentos que dejaban la habitación en silencio excepto por los profundos suspiros de ambos, y tenía el brazo derecho... Parecía como si... estuviera... Cambió de postura, y Elizabeth vio con claridad que tenía la mano derecha entre los muslos desnudos de la chica, justo encima de su sexo.

Elizabeth se sintió mareada, y cayó en la cuenta de que le dolía el pecho de aguantar la respiración.

Exhaló el aire con cuidado y apoyó la mejilla contra la madera blanca. Sabía lo que estaban haciendo. Tenía once años y ya no era una niña aunque todavía no le hubieran empezado a crecer los pechos. Varios años antes había oído a Liz y a su papá haciendo lo mismo en su dormitorio, y su hermano mayor, Griamore, le había explicado gráficamente y sin ningún pudor cómo era la cosa. Ella había visto a perros hacerlo, y también había oído chillar a los gatos mientras lo hacían.

La chica lanzó un grito, y Elizabeth volvió a mirar. Esta vez Meliodas estaba encima de ella, todavía murmurando suavemente en francés, halagándola, calmándola. Le decía lo bonita que era y lo mucho que la deseaba, tan atrayente y deliciosa. Y mientras hablaba iba ajustado su posición, abriéndose paso entre los cuerpos de los dos con la mano derecha y apoyado sobre el codo izquierdo. Debido al ángulo, Elizabeth no veía lo que estaba haciendo, pero de todas maneras ya lo sabía. Le causó una fuerte impresión reconocer a la chica: Merlin Belulian. Su padre era un abogado de Demon.

-¡Meliodas!-exclamó Merlin con voz tensa-¡Dios mío! No puedo...-

Las musculosas nalgas de Meliodas se contrajeron, y la muchacha se arqueó bajo él, gritando otra vez. Pero estaba aferrada a Meliodas, y el grito fue de intenso placer. Movió sus largas piernas, enroscando una alrededor de la cadera de Meliodas y anclando la otra al muslo. Meliodas comenzó a moverse despacio. Su cuerpo joven y musculoso se estremecía de fuerza. La escena era cruda y perturbadora, pero también había en ella una belleza que tenía cautivada a Elizabeth.

Meliodas era tan apuesto y fuerte, con su bronceado cuerpo, elegante, atlético e intensamente masculino, mientras que Merlin era esbelta y bien proporcionada, delicadamente femenina en su manera de suspirar. Meliodas parecía tener exquisito cuidado con ella, y ella disfrutaba mucho, aferrada a la espalda de él con sus esbeltas manos, la cabeza arqueada hacia atrás y moviendo las caderas a la par del lento ritmo del muchacho.

Elizabeth los contempló a ambos con ojos ardientes. No estaba celosa. Meliodas estaba tan por encima de ella, y ella era tan joven, que nunca había pensado en él en sentido romántico y posesivo. Meliodas era el brillante centro de su universo, un ser al que había que rendir culto desde lejos, y ella se sentía tontamente feliz con sólo verlo de forma ocasional. Hoy, cuando él de hecho llegó a hablarle, y tocó su camiseta, se sintió en el paraíso. No podía imaginarse a sí misma en el lugar de Merlin, desnuda entre sus brazos, ni siquiera imaginarse cómo sería aquello.

Los movimientos de Meliodas iban haciéndose más rápidos, la muchacha gritó de nuevo agarrada a él, con los dientes apretados como si sufriera dolor, pero Elizabeth sabía de manera instintiva que no era así. Meliodas estaba ya arremetiendo contra ella, también con la cabeza inclinada hacia atrás, el cabello largo y rubio empapado en las sienes y casi rozando sus hombros sudorosos. Se estremeció y tensó, y de su garganta surgió un sonido áspero y profundo.

A Elizabeth le latía el corazón con fuerza, y se apartó de la ventana con los ojos muy abiertos para deslizarse por la puerta acristalada y salir del porche tan silenciosamente como había entrado. De modo que así era. Había visto a Meliodas haciéndolo, precisamente. Sin la ropa, era todavía más guapo de lo que había imaginado. No había hecho los asquerosos ruidos parecidos al resoplar de un cerdo que hacía su papá, cuando estaba lo bastante sobrio para convencer a Liz de que entrase en el dormitorio, lo cual no sucedía muy a menudo en los dos últimos años.

Si el padre de Meliodas, Lucifer, era tan guapo haciéndolo como lo era Meliodas, pensó Elizabeth con vehemencia, no podía censurar a Liz por haberlo preferido por encima de su padre.

Alcanzó la seguridad del bosque y se deslizó en silencio entre los árboles. Era tarde, y probablemente papá le echaría una reprimenda al llegar a casa por no estar allí para hacerle la cena y ocuparse de Pelliot, tal como se suponía que debía hacer, pero valdría la pena. Había visto a Meliodas.


Exhausto y feliz, tembloroso y jadeante tras el orgasmo, Meliodas levantó la cabeza de la curva que formaban el cuello y el hombro de Merlin. Ella también jadeaba, con los ojos cerrados. Había pasado la mayor parte de la tarde seduciéndola, pero el esfuerzo había merecido la pena. Aquella larga y lenta preparación había hecho que el sexo fuera mejor de lo que había esperado.

Un relámpago de color, un movimiento minúsculo en su visión periférica, atrajo su atención, y volvió la cabeza hacia la ventana abierta y la arboleda que se extendía más allá del porche. Alcanzó a ver sólo por un instante una figura pequeña y frágil coronada de pelo plateado pero eso le bastó para identificar a la más joven de los Goddness.

¿Qué haría la niña merodeando por el bosque tan lejos de su cabaña? Meliodas no dijo nada a Merlin, pues a ésta le entraría el pánico si creyera que alguien podía haberla visto colarse en la casa con él, aunque ese alguien fuese sólo un miembro de aquella gentuza de los Goddness. Ella estaba prometida a Arthur Pendragon, y no le haría ninguna gracia que nada le jodiera eso, ni siquiera su propia jodienda. Los Pendragon no eran tan ricos como los Demon —nadie lo era en aquella parte de Britannia—, pero Merlin sabía que podía manejar a Arthur de una forma en que jamás podría manejar a Meliodas. Meliodas era el pez más gordo, pero no sería un marido cómodo, y Merlin era lo bastante inteligente para saber que de todos modos no tenía ninguna posibilidad con él.

-¿Qué pasa?-murmuró, acariciándole el hombro.

-Nada.-Meliodas volvió la cabeza y la besó, intensamente, y después desentrelazó los cuerpos de ambos y se sentó en el borde de la cama-Es que acabo de darme cuenta de lo tarde que es-

Merlin echó un vistazo a la ventana y observó que se iban alargando las sombras, y se incorporó con un gritito.

-¡Dios mío, esta noche tengo que cenar con los Pendragon! ¡No voy a poder estar lista a la hora!-

Saltó de la cama y empezó a recoger las prendas de ropa dispersas por la habitación.

Meliodas se vistió más pausadamente, pero su cabeza seguía dando vueltas a la niña de los Goddness.

¿Los habría visto? Y si era así, ¿diría algo? Era una niña extraña, más tímida que su hermana mayor, que ya daba signos de ser una ramera tan grande como su madre. Pero la pequeña tenía unos ojos maduros en aquella carita de niña, unos ojos que le recordaban el cielo, azul como el cielo y dorado brillante como el sol. La niña tenía heterocromia lo cual le permitía tener ambos colores en los ojos, lo admitía le había encantado ver esos ojos con esa hermosa combinación de colores que opinaba que le quedaban perfectos a esa niña, sus ojos eran grandes haciendo que se acentuada más la belleza de su condición médica.

Tenía la sensación de que ella no se había perdido mucho; debía de saber que su madre era la amante del padre de él, que los Goddness vivían en aquella cabaña sin pagar alquiler para que Liz estuviera a mano cada vez que Lucifer Demon la deseara. La niña no se arriesgaría a ponerse en contra de ningún Demon.

Pobre niña, tan delgada y pequeña y con aquellos ojos de cielo. Había nacido en la basura, y nunca tendría la oportunidad de salir de ella, suponiendo que quisiera hacerlo. Dreyfus Goddness era un borracho mezquino, y los dos chicos mayores, Griamore y Howzer, eran unos matones vagos y ladrones, tan mezquinos como su padre y con vistas de convertirse también en borrachos. A la madre, Liz, también le gustaba la botella, pero no había permitido que la dominase como le había pasado a Dreyfus. Ella era lozana y hermosa, a pesar de haber parido cinco hijos, y poseía aquel corto cabello plateado que sólo había heredado su hija pequeña pero esta lo llevaba largo, además de los ojos azules y el delicado cutis de nata. Liz no era mezquina, como Dreyfus, pero tampoco hacía mucho de madre con sus hijos. Lo único que le importaba era que la follaran. Incluso se hacían bromas sobre ella en la parroquia.

Liz permanecía abajo, siempre que hubiera un hombre dispuesto a subirse encima de ella.Exudaba sexo, sexo lascivo, y atraía a los hombres hacia ella igual que una hembra en celo a un perro.

Zaneri, su hija mayor, era un auténtico zorrón en ciernes, y ya andaba a la caza de cualquier hombre con una dura erección que pudiera encontrar. Tenía la misma fijación mental que Liz en lo que se refería al sexo, y Meliodas dudaba mucho de que todavía fuera virgen aunque sólo estuviera en los primeros años de la secundaria. No dejaba de ofrecérsele a él, pero Meliodas no se sentía tentado en lo más mínimo.

Antes se follaría a una serpiente que a Zaneri Goddness.

El chico más joven de los Goddness era retrasado. Meliodas lo había visto sólo una o dos veces, y siempre agarrado a las piernas de la hermana pequeña... ¿Cómo se llamaba esa niña, maldita sea?.

Un minuto antes había pensado algo que le recordaba a ella... ¿Isabelle? ¿Isabelle la de los ojos de cielo? No, era otra cosa, Elizabeth. Eso era. Algo curioso ya que el nombre completo de Liz era Elizabeth también. ¿Por qué llamar a la hija igual que a la madre? Bueno no importaba en si es un bonito nombre pero era curioso ya que los Goddness no eran personas religiosas.

Con una familia así, la niña estaba perdida. Un par de años más y seguiría los pasos de su madre y de su hermana, porque no conocería otra cosa. Y aunque conociera otra cosa, de todas formas todos los chicos la rondarían como lobos sólo por ser una Goddness, y no aguantaría mucho tiempo.

La parroquia entera estaba al corriente de que el padre de Meliodas se acostaba con Liz, y de que llevaba años haciéndolo. Por mucho que Meliodas quisiera a su madre, suponía que no podía censurar a Lucifer por buscar en otra parte; Lilith era la persona menos física que había visto. A sus treinta y nueve años seguía siendo tan fría y encantadora como una Virgen María, indefectiblemente pulcra y compuesta, y distante. No le gustaba que la tocaran, ni siquiera sus hijos. Lo increíble era que hubiera tenido hijos. Por supuesto, Lucifer no le era fiel, jamás lo había sido, para gran alivio de ella.

Lucifer Demon era lujurioso y de sangre caliente, y se había abierto camino hasta muchas camas ajenas antes de sentar la cabeza, más o menos, con Liz Goddness. Pero siempre era amablemente cortés y protector con Lilith, y Meliodas sabía que no la dejaría nunca, sobre todo por una puta barata como Liz.

A su hermano Zeldris le daba igual lo que su padre hiciera o con quien se acostaba o sobre lo que su madre pensara de todo eso, el solo se concentraba en sus estudios y en su propia vida, solo se quejaba si no habia una buena conexion de WiFi pero siempre había tenido un gran cariño a ellos por ser sus padres al igual que también lo tenía por Elaine y a él.

La única persona que estaba molesta con aquella situación, por lo visto, era su hermana Elaine. Afectada por el distanciamiento emocional de Lilith idolatraba a su padre y sentía unos celos feroces de Liz, tanto en nombre de su madre como porque Lucifer pasaba mucho tiempo con ella. En la casa había mucha más calma ahora que Elaine se había ido a un internado y había empezado a relacionarse con sus amigas de allá.

-Meliodas, date prisa-rogó Merlin frenética.

Él metió los brazos por las mangas de la camisa, pero no se molestó en abotonársela y la dejó abierta.

-Ya estoy listo-La besó y le acarició el trasero- No permitas que se te alboroten las plumas, chérie. Lo único que tienes que hacer es cambiarte de ropa. El resto de ti está maravilloso, como eres tú-

La muchacha sonrió, contenta por el cumplido, y se calmó un poco pero cruzo los brazos en una pose altiva.

-conozco tus trucos casanova, ¿cuándo podemos repetir esto?-pregunto al mismo tiempo que salían de la casa

Meliodas rió en voz alta. Le había costado la mayor parte del verano meterse en las bragas de la chica, pero ahora ella no quería perder más tiempo. Perversamente, ahora que ya habia sido suya, una buena parte de su implacable determinación se había evaporado.

-No lo sé-respondió en tono perezoso-Pronto tengo que regresar a la facultad para practicar con el fútbol-

Para mérito suyo, Merlin no hizo pucheros. En lugar de eso, sacudió la cabeza para que el viento le levantara el pelo mientras el Corvette avanzaba por el sendero privado en dirección a la carretera, y le sonrió.

-Cuando quieras-Era un año mayor que él, y poseía su dosis de seguridad en sí misma.

El Corvette entró derrapando en la carretera, agarrándose al asfalto con los neumáticos. Merlin rió mientras Meliodas manejaba con facilidad el potente automóvil.

-Te dejaré en casa dentro de cinco minutos-Prometió. Él tampoco quería que nada interfiriese en el compromiso de Merlin y Arthur.

Pensó en la pequeña y escuálida Elizabeth Goddness, y se preguntó si habría conseguido llegar bien a su casa. No debería andar por ahí sola en el bosque de aquella manera. Podría hacerse daño, o perderse. Peor aún aunque se trataba de una finca privada, el lago atraía a los chicos del instituto como un imán, y Meliodas no se hacía ilusiones acerca de los adolescentes cuando formaban pandilla.

Si perseguían a Elizabeth, tal vez no se detuvieran a pensar lo joven que era, sólo pensarían que era una Goddness, esa Caperucita Roja no tendría ninguna posibilidad frente a una jauría de lobos feroces. Alguien tenía que vigilar más de cerca a aquella niña. Un sentimiento de protección hacia esa niña le oprimió el pecho cuando ese pensamiento cruzo su mente, apretó fuertemente el volante en un intento de quitar esa idea de su cabeza.


Este fue el primer capitulo, esta historia fue publicada originalmente en Wattpad pero por problemas con la plataforma ahora la publicare aqui.

Ire publicando de apoco para disfrutar de esta historia.

1. Coloque a Liz como la madre de Elizabeth ya que más adelante sera revelante para la historia.

2. Utilize los nombres de Charlie de Hazbin Hotel para los nombres de los padres de Meliodas.

Hasta el proximo capitulo, Bye Koneko.