No soy la dueña de Escaflowne ni de ninguno de sus personajes, aunque la verdad es que me encantaría. Tampoco soy dueña de ninguna de las canciones ni melodías citadas en esta historia.
El Cisne Negro
Capítulo Uno: Pesadillas
Hitomi
Escuché el sonido de la música que estaba tocando la orquestra, desde mi posición al lado del escenario. Podía observar desde ese punto a la multitud atenta, sin que me vieran, escondida detrás de las gruesas cortinas. Al menos no aún, pensé, mientras comenzaba a doblar las rodillas de manera sistemática, sintiendo como un leve calor empezaba a esparcirse por mi cuerpo. Después de tanto tiempo, ya no me sentía tan nerviosa ante la posibilidad de cometer algún error. Por el contrario, esto era ya lo único que me hacía sentir viva, que lograba que expresara alguna clase de emoción. Luego de tantos años, la repetición de movimientos sobre un escenario era la única manera de olvidar que, desde aquel día, ya nada me resultaba sencillo.
Ni siquiera respirar.
Al escuchar mi clave de entrada, aparecí ante la multitud, la que me recibió con un ensordecedor aplauso. Gracioso, pensé, que solo mi presencia fuese capaz de desencadenar una reacción como esa. No había siquiera comenzado a moverme como debía hacerlo, pero ya podía sentir la expectación de los asistentes como si los tuviera aún más cerca de lo que ya estaban. Lentamente, comencé a erguirme sobre las zapatillas de punta, para luego dejar que mi cuerpo se moviera en conformidad al sonido de la música. Podía sentir que los espectadores contenían el aliento, maravillados con la gracia de mis movimientos, con la suavidad con la que fluían mis piernas al ritmo del sonido del violín que en esos momentos llenaba el espacio del teatro. Vi cómo la luz del escenario iluminaba todo mi cuerpo, cómo mis brazos, largos y delgados, brillaban en todo su esplendor, acompañados con la belleza del atuendo que llevaba puesto.
Un cisne, pensé. Era, a lo menos, curioso, que ahora tratase de representar a una criatura como esa sobre un escenario. Los cisnes eran suaves, delicados, frágiles y hermosos, cuando años antes, me habría sentido más identificada con una leona. Antes, era fuerte, poderosa, capaz de cualquier hazaña que el destino tuviera preparada para mí. Ahora, me sentía inferior a una cucaracha, a pesar de que no lo demostrara en lo más mínimo. De hecho, si a alguien le hubiesen preguntado a qué me parecía, habrían contestado "una roca".
Sabía que mis compañeras del cuerpo de baile, e incluso el director del teatro, me llamaban "la princesa de hielo", a mis espaldas. Al principio, quise atribuirlo a la envidia que despertaba el hecho de que ahora fuese la étoile del teatro más prestigioso a nivel mundial. Haberme convertido en la estrella del Royal Ballet de Londres con tan solo un año de experiencia en el país, había despertado más que una pizca de odio entre mis compañeras, que llevaban años tratando de estar en mi posición. Como resultado, por supuesto, no tenía ninguna clase de amistad con ninguna de ellas. Aunque, debía admitirlo, eso no había significado ningún cambio, ya que hacía más de diez años que no entablaba ninguna clase de relación con otra criatura viviente.
¿Cuándo había sido la última vez que había salido a comer algo con alguien, ido al cine, o había siquiera cruzado más de diez palabras con otra persona? La pregunta rondó mi mente durante un par de instantes, mientras, escuchando el fin de la pieza de entrada, hacía una leve reverencia ante el público. Escuché el sonido del aplauso con una ínfima sonrisa en mi rostro, así como también cómo algunos de los espectadores coreaban mi nombre. Saludé nuevamente, y con el brazo alzado, me dirigí hacia el costado del escenario, que era la clave de entrada del cuerpo de baile general.
Exhalé un suspiro cansado cuando la asistente me entregó un vaso de agua, y mientras lo bebía con avidez, otra asistente comenzaba a retocar mi peinado y mi traje. Murmuré un "gracias", apenas audible, cuando ambas se retiraron, dejándome sola, mientras observaba al cuerpo de baile sobre el escenario, otra vez escondida tras el telón. Mientras veía a mis compañeras realizar la espléndida coreografía, pensé en él.
Debía reconocer que volvía a mis pensamientos cada día, a veces contra mi voluntad, a veces con mi autorización. Tontamente, me imaginé cómo sería si es que él me viera ahora, sentado en la primera fila del teatro. ¿Qué me diría? ¿Se habría imaginado que terminaría aquí, bailando para desconocidos, en un intento desesperado de expresar lo que sentía en mi interior?
¿Se habría olvidado ya de mí? Pensé en esa pregunta, e inmediatamente sentí una punzada de angustia en mi pecho. Instintivamente, lo cubrí con mi mano, sintiendo cómo mi corazón se aceleraba ante la idea de que pudiera verme. Sin embargo, la sensación desapareció rápidamente, puesto que la realidad era que nunca volvería a verlo. Ni él a mí. Porque la pregunta más importante no era si es que me había olvidado, sino si es que, después de todos estos años, había logrado perdonarme.
Claro que no me había perdonado. Luego de prometerle que regresaría, que volvería para concretar la espléndida vida que habíamos planeado juntos, que nunca le abandonaría…lo había dejado esperando. Quién sabe cuánto tiempo había aguardado mi regreso, para luego rendirse y sumirse en un mar de sentimientos odiosos en mi contra. Pero después de lo que me había ocurrido al regresar a mi hogar…¿Cómo podía volver? ¿Cómo podía volver a mirarlo a los ojos, sin sentir la mayor vergüenza posible? ¿Cómo podía decirle que ya no podía ser la chica amable, sensible y suave de la que se había enamorado?
¿Cómo podía decirle que…estaba quebrada? ¿Cómo podía decirle que ya nada de lo que lo había cautivado de mí quedaba en mi interior, que ahora solo era una sombra que deambulaba sin rumbo fijo, que repetía movimientos planeados al ritmo de la música solo porque ya no tenía el valor de hacer nada más con mi vida?
Observé cómo las luces se apagaban, marcando el inicio del intermedio, mientras las cortinas del escenario comenzaban a cerrarse. Exhalé otro suspiro cansado, mientras mis compañeras pasaban junto a mí, sin mirarme siquiera. Sin embargo, ni siquiera lo noté: Mi mirada estaba fija en mi traje, del cual se había desprendido una larga pluma blanca. Me incliné para recogerla lentamente, y cuando la sostuve entre mis dedos para contemplarla, durante un breve segundo, su imagen me invadió: Él, con sus hermosas alas, extendiendo su mano hacia mí, mientras miles de estas suaves alas flotaban a mi alrededor.
Van
Me desperté con un grito, sintiendo nuevamente ese pánico irracional en mi cabeza, y ese temblor desconocido al interior de mi pecho. Me senté rápidamente sobre la cama, notando que tenía la camisa blanca que usaba para dormir pegada al cuerpo, completamente empapada de sudor. Molesto, me la quité de un tirón, mientras sacudía la cabeza y trataba inútilmente de repetirme que era solo un sueño, que nada tenía que ver conmigo. Sin embargo, lo repetitivo de las imágenes me hacía pensar lo contrario, que había algo dentro de mí que no lograba ver y que solo se develaba ante mí cuando estaba dormido.
Me enjugué el sudor de la frente con la palma de la mano, para luego deslizar mis dedos por mi desordenado cabello. Después de tantos años, seguía igual de rebelde y oscuro, como si algo dentro de mí todavía quisiera aferrarse a cómo era, y a cómo veía, hace diez años atrás. Me levanté lentamente y caminé hacia la ventana de mi habitación, mientras comenzaba a sentir una punzada de tristeza en el pecho. Observé hacia el cielo despejado a través de los cristales abiertos, notando que aquella noche, las dos lunas parecían brillar con un resplandor mayor de lo habitual. Parpadeé un par de veces, tratando de que el sentimiento amargo que sentía en mi interior se dispersara con el aire de la noche. Sin embargo, como siempre, era soñar demasiado.
Pensé en ella, como todas las noches en que me despertaba producto de esa extraña pesadilla. ¿Qué habría sido de ella? ¿Habría encontrado la felicidad? ¿Habría encontrado a alguien más, alguien de su mundo, que la amara de la misma forma en que yo lo había hecho, y seguía haciendo, luego de todos estos años? Porque sabía que esa debía ser la razón por la cual no había regresado. A pesar de que ambos habíamos prometido que cumpliríamos el sueño de estar juntos, de construir una vida…ella no había regresado. Y no solo eso, había, además, cortado cualquier vínculo conmigo. Antes, siempre había sido capaz de contactarme con ella, de verla en imágenes sin sonido, cuando me concentraba en ella, sosteniendo el pendiente que me había entregado aquel día en que partió. Sin embargo, luego de que pasaran semanas de silencio absoluto, había comenzado a preocuparme. Al tratar de contactarme con ella, descubrí que ya no podía ver nada. Esperé, años, a que ella decidiera restablecer el vínculo, a bajar esa barrera que, al parecer, había puesto entre los dos. Pero nada había ocurrido, solo silencio. Al pasar los años, me rendí, imaginando que ella había encontrado finalmente la felicidad en su mundo, y que era egoísta de mi parte pedirle que me diera alguna explicación. Eso solo le habría causado más dolor, el tener que rechazarme a la distancia, lo que era lo último que quería que sintiera por mi culpa.
Cuando finalmente me decidí a dejar dar por terminada mi espera, y enterré el pendiente en el mismo lugar del bosque en que la había visto por última vez, comenzaron aquellos sueños extraños. En ellos, yo estaba en una habitación oscura, sin ningún tipo de contenido, y luego, comenzaba a escuchar voces a mi alrededor. Al principio, no podía distinguir lo que decían, sino únicamente su tono particular. Sabía que era su voz, cargada de angustia y terror, la que estaba acompañada de sonidos extraños, como de vidrios quebrándose contra superficies duras. Luego, la escuchaba llorar desesperadamente, y aunque siempre trataba de gritar su nombre, para darle a entender que estaba ahí para ayudarla, mi voz se quedaba atrapada en mi garganta. Finalmente, siempre me despertaba en el mismo punto del sueño, cuando escuchaba un grito agudo de dolor que lograba que saliera de mi estado inconsciente, empapado en sudor y con una sensación de angustia terrible en mi pecho.
Siempre trataba de convencerme de que ese sueño no significaba nada, que solo era mi subconsciente, que se rebelaba ante la posibilidad de no verla nunca más, que se negaba a creer que todo había terminado entre ella y yo. Sin embargo, no podía evitar pensar que algo andaba mal: Yo la conocía, era una joven gentil y amable, que no habría desaparecido así nada más, sin ninguna explicación. No me habría dejado en esta oscuridad sin sentido simplemente por haber conocido a alguien más. Ella no era así, no jugaba con los sentimientos de otras personas pero, ¿cómo podía averiguar la verdad, si ni siquiera me había permitido continuar con el vínculo que teníamos a la distancia? ¿Cómo podía saber si es que se encontraba bien, si ni siquiera me lo permitía?
Me volteé rápidamente cuando escuché unos pasos apresurados en el pasillo. Vi cómo la puerta de mi habitación se abría y una figura aparecía en la entrada, vestida con una larga camisola blanca y el cabello desordenado.
"¿Te encuentras bien, hermano?" – preguntó, acercándose hacia la ventana, con expresión preocupada – "Te escuché gritar desde mi habitación".
Sonreí levemente, acercándome hacia ella con lentitud, para luego posar una de mis manos sobre su pequeña cabeza. A pesar de que habían pasado diez años, y ahora mi hermana era toda una mujer felina, todavía me enternecía la enorme preocupación que sentía por mí.
"Todo está bien, Merle" – le aseguré, con la mayor seguridad que fui capaz de fingir en esos momentos – "Regresa a descansar a tu habitación, es tarde ya".
"¿Soñaste otra vez con…?" – noté que se mordía el labio inferior, preocupada de que el sonido de su nombre pudiese perturbarme – "¿Soñaste nuevamente con Hitomi?" – completó, con expresión triste. Otra vez, sentí una punzada en mi pecho.
"Sí" – contesté, simplemente, como cada vez que me lo preguntaba – "Aunque aun no entiendo qué significa".
"Van" – dijo Merle, acariciando mi mejilla derecha con suavidad – "Quizás estos sueños significan algo más profundo. Quizás deberías intentar ir a la Luna Fantasma y asegurarte de que Hitomi-"
"No puedo hacer eso" – la interrumpí – "Ella ya tiene su vida ahí, no soy quien para perturbarla de esa manera".
"¡Pero quizás necesita tu ayuda!" – exclamó, exasperada, como todas las veces que discutíamos lo mismo – "¡Quizás algo pasó en estos años, algo terrible y-"
"Basta ya, Merle" – la interrumpí – "Te he dicho mil veces que no iré por ella, porque no me necesita. Quizás nunca lo hizo, quizás todo fue un gran malentendido, quizás no estábamos destinados a estar juntos y-"
"¡Ni siquiera te atrevas a decir que no te amaba!" – exclamó, abiertamente molesta ahora – "¡Esa chica estuvo siempre dispuesta a sacrificar su vida por ti, y lo mínimo que podrías hacer por ella es asegurarte de que se encuentra bien!"
A pesar de que sabía que Merle quería continuar gritándome, simplemente emitió un gruñido molesto y salió de la habitación dando un portazo, dejándome solo y a la merced de mis pensamientos. ¿Y si tenía razón? ¿Y si algo le había ocurrido a Hitomi, algo que le había impedido regresar? Pero si ese era el caso, ¿por qué había decidido aislarme de esta forma?
Sacudí la cabeza, mientras volvía a mi posición anterior, dispuesto a contemplar la forma de la Luna Fantasma por lo que quedara de la noche, como cada vez que me despertaba luego de aquella pesadilla. Siempre me quedaba ahí, añorando el pasado, deseando con todas mis fuerzas que, donde fuera que se encontrara Hitomi, hubiese encontrado la felicidad. Sin embargo, esos pensamientos se ensombrecían cuando pensaba sobre la posibilidad de yo mismo alcanzar dicha felicidad. Era imposible, puesto que toda posibilidad de ser feliz había desaparecido con ella.
Hitomi
Introduje la llave en la cerradura lo más silenciosamente que pude, debido a que era ya más de medianoche y no quería despertar a algún vecino. Luché contra la madera que, rebelde, crujía cada vez que abría la puerta. Sin ninguna clase de éxito, entré estrepitosamente en mi enorme y vacío apartamento, dejando que la oscuridad de su interior me envolviera. Encendí la pequeña lamparilla que estaba justo al lado de la entrada, mientras dejaba caer el bolso con mi atuendo, mis zapatillas y otros artículos personales.
Exhalé un suspiro derrotado cuando observé el enorme salón de estar, que fuera de un sillón anticuado, una pequeña mesa con una sola silla y un pequeño mueble con mi reproductor de música inalámbrico, se encontraba completamente desierto. Parecía el hogar de alguien sin pasado, presente o futuro. El apartamento de alguien vacío, incapaz de echar raíces en algún lugar, demasiado asustado como para crear un espacio propio al cual llamar "hogar". Sacudí la cabeza, y decidí que, después de la función de esa noche, necesitaba descansar. Observé el largo pasillo, completamente sumido en la oscuridad, que llevaba a mi habitación. Estaba asustada de ir a dormir, porque sabía que las pesadillas que no me habían abandonado desde aquel día, regresarían para atormentarme aquella noche. Decidí recurrir a una de las numerosas píldoras para dormir que me había recetado mi siquiatra, quien era el único dispuesto a escucharme aquellos días. Odiaba tener que admitir que solo con la ayuda de drogas era capaz de dormir, y además, debía mantener el más absoluto secreto en la compañía de baile respecto a ellas. Cualquier mención de fármacos respecto de las bailarinas significaría el final de mi carrera.
Reí sin ánimo, cuando pensé en ello: Una carrera de bailarina. ¿Cuándo había decidido aquello? Oh, sí, aquel día. Aquel día en que caminé durante horas bajo la lluvia, más decepcionada y abandonada que nunca en mis cortos dieciocho años, cuando había relatado la experiencia más horrenda de toda mi vida…y nadie me había creído. Fue aquel día cuando me refugié de la lluvia bajo un cobertizo, y había notado la presencia de un hombre de alrededor de unos setenta años, quien pintaba animadamente un cuadro bajo aquel mismo techo improvisado. Había recorrido mi figura temblorosa con sus ojos cansados, y sin saber qué me había ocurrido, sólo dijo: "Hermosa criatura, ¿por qué sufres por lo que siente tu corazón? Cuando todo lo que tienes que hacer…es bailar".
Sabía que aquel hombre seguramente estaba borracho, o quizás solo absorto en sus pensamientos…o tal vez, tan solo estaba completamente loco. Sin embargo, sus palabras me hicieron todo el sentido del mundo una vez que las dejé entrar en mi mente. Luego de aquel día, me inscribí en una academia de danza cercana a mi casa, y para la época en que estaba por graduarme de la preparatoria, me ofrecieron una beca universitaria en Cambridge. La acepté, ansiosa por alejarme de todo lo que conocía en mi país de origen, y una vez ahí, fui a una audición para el Royal Ballet. Lo hice sin ninguna esperanza, pero al parecer, ni siquiera yo estaba consciente de lo buena bailarina que era. Los años habían pasado, y me había establecido aquí, gracias a la danza y a la música. Mis instructores me habían dicho, en varias ocasiones, que parecía transformarme en otra persona cuando bailaba, que expresaba emociones que tocaban sus corazones de la manera más sensible posible. Así fue como me di cuenta de que esta era la única forma que me quedaba de expresar algo.
Caminé lentamente por el pasillo, cuando algo me detuvo. No me había dado cuenta de que tenía, en mis manos, una de las plumas que se había desprendido de mi atuendo. La observé atentamente por algunos instantes, para luego dirigirme hacia el parlante inalámbrico. La deposité a su lado, sintiendo cómo numerosas lágrimas comenzaban a agolparse al interior de mis ojos. Decidí que necesitaba desahogarme de alguna forma, y que el llanto no era suficiente. Encendí el parlante, el cual contaba sólo con una canción. Apreté el botón suavemente, y dejé que la música comenzara a llenar el espacio, mientras me quitaba los zapatos. La sensación agradable de mis pies descalzos contra el piso de madera me reconfortó, pero necesitaba bailar. No solo lo necesitaba, sentía que si no lo hacía, iba a explotar.
Don't know,
Don't care how you could even stay-yeah
I don't know,
Don't care since it's everyday-yeah
Mis movimientos eran fluidos, pero sin control. Sin pauta, sin planeamiento, sin coreografía. Eran simplemente el resultado de lo que sentía en mi interior.
Now we say
I don't know where you're going
But karma is gonna come your way
I don't know where you're going
But name the game you dare to play
No me di cuenta de que gruesas lágrimas comenzaban a correr por mis mejillas, mientras movía mis brazos y mis piernas sin cesar, mezclando movimientos clásicos con otros que podrían haberse confundido con los de una maníaca. Las imágenes de aquel día comenzaron a desplegarse, una tras otra, en mi mente. La furia que sentía dentro de mí, el dolor, la angustia, la rebeldía en contra del mal destino que me había tocado, comenzaron a salir de mi cuerpo, mientras continuaba mi baile estrepitoso y cargado de emoción.
I'm breaking you off
I'm breaking you off
Dejé que un grito profundo, más bien un gruñido, se escapara de mi pecho, mientras giraba sin control en la mitad de mi salón de estar. Tenía la cabeza inclinada hacia atrás, mientras mi respiración trataba de acompasarse al ritmo de mi cuerpo, sin ningún tipo de éxito.
And I'll write a song about it
Cause' the truth is, kid
I never loved you
I never loved a lie.
De repente, me derrumbé. Mis manos sostuvieron mi peso al caer, mientras continuaba llorando desconsoladamente. Gruesas lágrimas dejaron marcas en el piso al caer por mi rostro, sin cesar, mientras la furia que había sentido instantes antes continuaba dominándome.
Maldito, pensé.
Maldito seas.
Continuará…
