Los personajes pertenecen a CLAMP, la historia es mía y no admito plagio ni copias.
Adoro las historias de vampiros... pero las de verdad, donde son sangrientos y deben ocultarse por las noches para evitar la luz del sol. Espero que os guste, tengo pensado escribir otra pronto pero que se desarrolle en la época actual.
*Advertencia: en esta historia hay contenido sexual y violencia*
Capítulo Uno
El nuevo mundo
La vida no es nada fácil.
Por suerte, después de casi 400 años los humanos se han acostumbrado al nuevo mundo en el que ahora viven.
El incidente ocurrió alrededor del año 2100, aunque nadie sabría decir cuál fue el momento exacto en el que todo se fue a la mierda.
Los humanos se seguían creyendo los reyes del mundo, a pesar de que por culpa de la contaminación del aire y del mar ya solo podían habitar en los países del norte del planeta.
En los del sur hacía tanto calor y había tan poco oxígeno debido a la deforestación que era imposible sobrevivir.
Muchos perecieron por culpa de esto, la gente más pobre fue también la más afectada.
Aun así, todos seguían actuando igual. Lo único que les importaba era el dinero y el poder.
A las compañías farmacéuticas les gustaba nadar en aguas peligrosas, creando nuevos virus que después liberaban en las ciudades para que la población enfermara y así tuvieran que comprar sus medicamentos.
Gracias a esta táctica ilegal, ganaban todavía más dinero.
Pero una de esas compañías llegó demasiado lejos.
Creó un virus muy potente y, sin haber terminado las pruebas para saber cómo afectaba al ser humano, decidió soltarlo en el ambiente.
El lugar elegido fue una ciudad europea, Berlín.
Los directivos se frotaban las manos mientras el virus se expandía por otros países, esperando a que empezara a lloverles el dinero.
Gran error.
Ese poderoso virus se extendió tan rápido como el fuego. En menos de un mes, Europa y Rusia estaban totalmente infectadas.
Pero eso no fue lo peor.
Una pequeña parte de la población resultó ser inmune al virus, pero la mayoría no tuvo tanta suerte.
Al contagiarse, los humanos sufrían altas fiebres y dolores terribles que los obligaba a estar en cama durante semanas, y no todos sobrevivían.
Pero, cuando parecía que por fin se habían recuperado, se daban cuenta de que ya no se sentían igual que antes de enfermar.
Ahora tenían una sed de sangre incontrolable.
Sus colmillos se alargaban al estar cerca de otros humanos y no podían evitar morderles hasta extraerles toda la sangre del cuerpo, relamiéndose de gusto al terminar con sus vidas.
A las pocas semanas, una guerra estalló en medio del caos. Los humanos contra los temibles chupasangres.
Utilizaron todo su armamento y los ejércitos de todo el planeta se unieron a la lucha, pero los vampiros eran más fuertes y consiguieron controlar parte del armamento por lo que ninguno de los dos bandos parecía ser el ganador.
El virus siguió su camino y no se detuvo hasta estar presente en los cinco continentes.
Ciudades enteras fueron destruidas por las bombas. Con el paso de las semanas, las industrias dejaron de funcionar y los ejércitos empezaron a quedarse sin suministros. No tenían forma de reponer la munición.
La población mundial se redujo a menos de la cuarta parte. La mayoría de los fallecidos murieron luchando en la guerra o a manos de los vampiros, pero otros muchos perecieron por culpa del virus.
Los vampiros también perdieron a muchos de los suyos y finalmente decidieron retirarse para intentar vivir escondidos, saliendo solo a buscar sangre cuando fuera necesario.
Los humanos que sobrevivieron al virus y a la guerra, los llamados inmunes, también intentaron volver a la normalidad... pero ya nada era normal.
De vez en cuando, sufrían los ataques de los vampiros. Aprovechaban la oscuridad de la noche para invadir sus casas y secuestrar a los humanos más débiles o más pequeños.
Una vez que los vampiros se los llevaban, nunca los volvían a ver.
Lo único bueno era que no debían temer al virus, todos los que seguían con vida eran inmunes a su efecto. Por eso, sabían que no acabarían convertidos en lo que tanto odiaban.
Al final, los humanos que quedaban se juntaron en comunidades y construyeron refugios muy lejos de las ciudades, donde se turnaban para vigilar y podían estar algo más tranquilos e intentar seguir con sus vidas.
Durante el día recolectaban fruta y comida, trabajaban en sus terrenos, construían... pero al atardecer, llegaba la hora de los vampiros.
En ese momento, colocaban centinelas a lo largo de todo el perímetro de sus refugios, vigilando para dar la voz de alarma ante cualquier sombra sospechosa.
Todos los habitantes eran entrenados para saber luchar y defenderse desde muy pequeños. También recibían clases sobre ingeniería, agricultura y medicina, entre otras cosas.
Así pasó el tiempo, hasta llegar al año 2500.
Donde comienza esta historia.
Un pitido agudo resonó en toda la comunidad demasiado temprano, como todos los días excepto el domingo, que era el único día de descanso.
Sakura abrió los ojos lentamente, con molestia. Por muchos años que pasaran, no se acostumbraba a ese sonido tan desagradable que señalaba el comienzo de sus clases.
Se levantó y bajó las escaleras. En el salón se encontró con su padre y su hermano, que ya estaban despiertos.
Touya había terminado sus años de estudio y de academia militar, por lo que ahora se dedicaba a tareas como reforzar la gran valla que protegía su refugio, construir nuevas herramientas y vigilar el perímetro.
También de vez en cuando hacía incursiones en los alrededores con sus compañeros, buscando algo que cazar y de paso siguiendo el rastro de vampiros que vivieran cerca de ellos para eliminarlos.
Sakura estaba deseando unirse a esas batidas. Era la mejor de su promoción manejando el arco y tenía muchas ganas de matar a su primer vampiro.
Todavía no había visto a ninguno, al menos no directamente... pero recordaba haber visto a unas sombras a lo lejos, llevándose a su madre a rastras cuando ella tenía nueve años.
Aunque salieron en su busca, nadie había vuelto a verla. Lo más probable es que los vampiros la hubieran devorado ese mismo día.
Casi todas las armas que tenían en el refugio eran de plata. Doscientos años antes, unos miembros de su comunidad habían descubierto que este material hería y debilitaba a los vampiros.
Pero la única forma de matarlos era con una estaca en el corazón o cortándoles la cabeza, lo que resultaba casi imposible porque para eso había que estar muy cerca de ellos y tener un arma muy potente, como una espada o un hacha.
Sakura salió de su casa prefabricada de dos pisos y suspiró. Al menos este era el último año de academia que le quedaba. Cuando llegara el verano, ya tendría veinticinco años y todos sus estudios habrían terminado por fin.
Fue hasta el final de la calle dando pequeños saltitos y llamó a la puerta de una casa prácticamente igual que la suya. Esta se abrió y salió Tomoyo, bostezando.
—Venga, vamos a llegar tarde —dijo Sakura, tirando de su brazo.
Caminaron por las calles de su refugio, saludando a todas las familias que vivían allí.
Su comunidad era más grande que nunca. Allí convivían unas 1200 personas aunque, por culpa de los vampiros, era raro la familia en la que no faltaba ningún miembro.
El refugio consistía en calles llenas de casas donde vivían las familias, varios graneros y terreno donde cultivaban todo tipo de alimentos.
También tenían cuatro edificios grandes, que ya estaban allí cuando comenzaron a construirlo.
Uno de ellos lo usaban para temas médicos.
Otro para fabricar sus armas y todo el material que necesitaban, además de para generar energía eléctrica con placas solares y pequeños molinos de viento que habían fabricado ellos mismos.
El más grande era una parte almacén y otra parte cocina y carpintería.
El último se llamaba edificio principal, y era al que se dirigían Sakura y Tomoyo.
Todo esto se encontraba rodeado por una valla enorme de metal, muy alta y bastante gruesa, en la que estaban añadiendo una aleación de plata para que a los vampiros les resultara casi imposible treparla... pero ese material escaseaba y preferían reservarlo para sus armas.
Las dos chicas corrieron hasta el patio trasero del edificio que utilizaban como escuela, entre otras cosas. Allí ya estaban los otros veinticuatro chicos de su promoción empezando el entrenamiento.
Los separaban en grupos dependiendo de la edad, en el de Sakura había chicos desde los veintidós hasta los veinticinco años.
—Kinomoto, Daidouji... llegáis tarde otra vez —gruñó el entrenador Terada.
Las dos se disculparon y empezaron con el calentamiento.
Quince minutos estirándose, cuarenta flexiones y una carrera de obstáculos después era el momento de empezar con las armas.
Sakura cogió un arco de la mesa que estaba llena de armas y apuntó a los blancos que colocaban al final del patio. Tenían forma humana y se movían de forma aleatoria, hacienndo que fuera difícil acertar.
Tensó el arco con su mano derecha, colocando una flecha con la punta de madera y apuntando a su objetivo.
Disparó, muy segura de sí misma, y su flecha dio justo donde la figura tendría el corazón.
—Eres la mejor —comentó Fye a su lado.
Él estaba utilizando una pistola de balas de madera y le daba al blanco, pero casi nunca acertaba en el corazón.
—Concéntrate y deja el coqueteo para después —murmuró Eriol, que estaba a su otro lado lanzando cuchillos.
Era el mejor amigo de Sakura y Tomoyo. Siempre que no estaban estudiando o entrenando estaban los tres juntos, soñando despiertos con lo que harían cuando terminaran la academia.
Sakura puso los ojos en blanco y resopló. Desde que tuvo su pequeña noche loca con Fye, él no dejaba de adularla, intentando conseguir algo más.
Pero a ella no le interesaba una relación, ni el amor, ni nada parecido. En aquel momento le había apetecido un poco de sexo y había surgido con él .
Además, dudaba que volviera a sentir esa necesidad... y menos con ese chico tan pesado.
Debía concentrarse en sus últimos meses de academia, necesitaba ser la mejor para lo que tenía pensado hacer después.
Cuatro horas más tarde, todos estaban disfrutando de un pequeño descanso para comer.
Se habían dado una ducha de un minuto tras hacer tanto ejercicio. Había que racionar el agua que tenían almacenada, por si ese verano no llovía tanto como esperaban.
—Cuando terminemos con todo esto, quiero ir a Tokio —murmuró Eriol, todavía masticando.
Era la décima vez que lo decía ese mes.
—Ya sabes que en las ciudades es todo mucho más peligroso que aquí, en campo abierto —respondió Tomoyo, poniendo los ojos en blanco.
—Me da igual, quiero ver como es una ciudad. ¿Tú no sientes curiosidad? —preguntó él, mirando a Sakura.
Ella asintió, mordiéndose el labio inferior con ansiedad.
Nunca habían salido de su refugio y los adultos que salían a cazar o a patrullar no se alejaban demasiado.
De vez en cuando, mantenían contacto con otros dos refugios que había a unos sesenta kilómetros de distancia, pero apenas conocían nada más lejos. Hacía bastantes años que nadie se atrevía a ir a Tokio... desde que Touya volvió de allí.
Sakura también se moría de ganas de salir del refugio y ver una ciudad, aunque sabía todos los peligros que las grandes urbes escondían... especialmente esos peligros de ojos rojos, colmillos afilados y fuerza superior.
Sabían que Tokio era un lugar lleno de rascacielos enormes donde las calles estaban repletas de coches abandonados. Tenían varios libros en la biblioteca del edificio principal con fotografías de aquella ciudad, y de muchas otras.
—Lo más interesante sería ver si conseguimos encontrar un coche que tenga gasolina en el depósito —susurró Eriol con ojos brillantes.
—Hace siglos que no hay gasolina en ningún sitio, eso es imposible —dijo Sakura, conteniendo la risa ante el entusiasmo de su amigo.
Los únicos medios de transporte que utilizaban eran los caballos que tenían. Los cuidaban como si fueran de oro, junto con un par de coches que habían conseguido que funcionaran con electricidad pero no servían para llegar muy lejos.
—A veces me dan ganas de que nos escapemos una noche. Quiero ver mundo ya —confesó Eriol en voz baja, con ojos soñadores.
Sus dos amigas lo miraron fijamente, muy serias.
—Eso no lo digas ni en broma, Eriol. De noche y caminando solos por el bosque... estaríamos condenados —contestó Tomoyo, levantándose para entrar en el edificio.
Aquella tarde les tocaban las clases de ingeniería, cocina, agricultura y supervivencia antes de volver a casa para la cena.
Sakura suspiró y se puso de pie, pensando todavía en los coches.
—Nunca entenderé por qué nuestros antepasados no cogieron las baterías de los vehículos híbridos y eléctricos, desmontándolas y guardando las piezas. Si hubieran hecho eso, ahora podríamos replicarlas y todo sería más sencillo —refunfuñó, sabiendo lo lejos que estaba Tokio de donde ellos se encontraban.
—Eso es fácil decirlo ahora, pero la guerra duró más de diez años. Entonces, en lo único que podían pensar era en sobrevivir y en derrotar a los vampiros... y, cuando todo terminó, la mayoría de baterías habían reventado y ya no servían de nada —respondió Eriol, pensativo.
—Después de eso, a nadie le interesaba moverse en coche. Aunque fueran silenciosos, los vampiros podían oírte. Y además... en realidad la guerra nunca terminó, todavía seguimos en ella —añadió Tomoyo con voz grave.
—Tienes razón, la guerra no terminará hasta que no quede ni un maldito chupasangre en el planeta —murmuró Sakura con rabia.
Estaba deseando vengar la muerte de su madre, y todos los asesinatos que habían sufrido en su comunidad a manos de aquellos monstruos.
