No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de Allyson James (Eland, Tales Of Shareem). Yo solo me divierto un poco (Leer nota al final).
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—¿Quién diablos...?
¿Están golpeando a mi puerta en medio de la jodida noche cuando tengo que estar en el trabajo al amanecer? Créanme, necesito todo el sueño de belleza que pueda conseguir.
Isabella pisoteó hacia la puerta de su pequeño apartamento, murmurando amenazas al que tuvo el descaro de despertarla. Manoseo para abrir la puerta, y luego dejó escapar un grito de shock cuando un hombre enorme cayó a través de ella. Él la agarró en su camino hacia abajo, su gran mano tapándole la boca antes de que pudiera gritar.
La puerta se cerró automáticamente, dejando a Isabella sola en el suelo bajo un hombre gigantesco, casi desnudo con ojos verdes de aspecto extraño. Unos extraños maravilloso ojos verdes.
— Yo. Necesito. Agua.
Su voz estaba quebrada, los labios agrietados. Bor Narga era un mundo desértico y la gente moría rápidamente sin hidratación. Cuando las tormentas de arena estallaban, era ley que compartieras tu refugio y agua con cualquiera que lo necesitara.
Pero no había ninguna tormenta de arena esta noche.
Sus manos se apretaron en sus muñecas.
— Agua. Por Favor.
— Tienes que dejarme ir primero. — dijo Isabella, tratando de mantener la voz firme.
Él parpadeó con esos ojos extraños luego, lentamente, se arrastró a sus pies y tiró de ella con él.
Se levantó unos buenos cuarenta y cinco centímetros más alto que Isabella y llevaba nada más que un taparrabos alrededor de sus caderas. Una cadena negra rodeaba su bíceps derecho, hecho de un metal flexible que se movió con él. Cabello broncíneo caía por su espalda en una pequeña coleta sucia.
— ¿Quién diablos eres tú? — exigió Isabella.
El hombre se apoyó en la pared, el brazo de músculos amontonado alrededor de la cadena. Se humedeció los labios y trató de hablar, pero sólo un graznido seco surgió.
Agua. Cierto. Isabella se apresuró a entrar en su pequeña cocina y regresó con un recipiente goteando. El hombre lo tomó sin gracias y bebió el contenido en dos segundos.
— Te pregunté, ¿quién eres?
Se limpió la boca y le entregó el recipiente vacío.
— Me llaman Edward.
Esperó un apellido, pero ninguno llegó.
— Soy Isabella, — dijo, no ofreció su apellido tampoco. — ¿Qué estás haciendo vagando por las calles muriendo de sed? Tú no eres Bor Nargan, ¿verdad? —Los varones Bor Nargan eran delgados y un poco pequeños, y este hombre era un gigante.
Para su sorpresa, se río una risa seca de su garganta.
— Soy Bor Nargan. Más Bor Nargan que nadie en este planeta será nunca.
Isabella miró. ¿Qué demonios significa eso?
Sus labios estaban todavía húmedos. Pasó la mirada por su cuerpo en un estudio lento, sensual, entonces hasta sus pechos, que se apretaron detrás de su camisa de dormir. La parte azul de sus ojos se amplió.
Una gota de sudor rodó por la garganta de Isabella mientras luchaba con el repentino impulso de arrancarse la camisa y dejarle ver lo que lo llenaba. ¿Sintió su deseo secreto por el sexo? En Bor Narga, el sexo fue rechazado públicamente. Los niños fueron concebidos en un laboratorio, sin necesidad de relaciones personales. Las mujeres que querían sexo, eran del infierno, las mujeres que incluso hablaban de sexo eran consideradas sucias y malvadas. Prostitutas.
La forma en que Edward la miró hizo a Isabella querer tocarse, separar sus piernas y mostrarle lo mojada que se estaba poniendo. Su mano en la pared formaba un puño y el sudor de su frente salpicada.
— Hazlo. — susurró como si hubiera hablado en voz alta. — Quítate la camisa para mí, Isabella.
Su voz se había vuelto suave terciopelo, el roce seco ausente. Era una voz que podría hacer doler el coño incluso de la mujer más fría.
Las manos de Isabella temblaban cuando agarró el dobladillo. Nadie adivinaría que pudiera sujetar una herramienta láser delicada y fijar el circuito de motor más pequeño. En este momento no podría haber golpeado chatarra con un garrote.
Los ojos de Edward fueron aún más verde oscuro mientras levantaba la camisa. La ropa interior modesta abrazó las caderas debajo de ella, pero su pecho desnudo. La mirada de Edward se disparó a sus pechos y sus pezones apretados como si hubiera caído en agua con hielo.
— Juega con ellos para mí, — dijo.
Isabella encontró sus manos yendo a las areolas, jugando con los brotes entre los dedos pulgares. Sus pezones crecieron con más fuerza, y de pronto quería que los chupara.
Pero estaba muy sucio. Edward debe haber estado caminando por las calles desde hace algún tiempo, eso era raro porque no había gente sin hogar en Bor Narga. Todo el mundo tenía un lugar donde ir.
Isabella dejó caer su camisa, la áspera tela contra sus pechos ahora sensibles.
—Tengo un esterilizador ahí. — Señaló a la puerta del baño. — Puedes limpiarte a ti mismo antes de irte.
— No dije que pararas. — Su voz era baja y firme, controlando. Isabella trago.
—¿No? Bueno, esta es mi casa y sólo llegaras a ver lo que yo te mostraré.
Los ojos verdes fijos en ella de una manera que la hizo temblar de nuevo. Isabella nunca se negó, era fuerte, competente. Este hombre la hizo sentir pequeña, casi delicada, como un objeto deseado. Hermosa. Sexual.
Él tocó su pelo. Eso era todo, un toque, pero el calor eléctrico se disparó a través de ella, como un arco desde un soplete de soldadura.
— Eres fuerte, — susurró. — Me gusta.
Isabella se sentía tan débil como un gato recién nacido en el desierto. Una sonrisa tiró de las comisuras de la boca y el corazón le latía con fuerza. Quería besar esa boca, lamer los labios, el sabor del agua que se quedó en ellos.
Bajó la mano y entró en su cuarto de baño, quitándose el taparrabos mientras caminaba.
Diosa madre santa, ayúdame ahora.
El culo de Edward era hermoso, firme, fuerte y bronceado por el sol. Su espalda estaba tan bien musculada como los hombros y los brazos, y la cadena negra en su bíceps sólo lo hizo más sexy.
Hace un año, Isabella había sucumbido a la tentación con un piloto fuera de este mundo y consiguió su primer gusto de caricias. Nada de sexo completo, sólo tocar y explorar. Era un recuerdo secreto travieso que revivía cuando llegó a estar sola.
Los atributos del piloto no habían sido nada para Edward. Edward tenía una forma masculina perfecta, como si los propios dioses lo hubieran esculpido. Tal vez eso era lo que molestaba a Isabella. El hombre no tenía imperfecciones en absoluto.
Edward la miró con una sonrisa cuando vio su mirada vidriada.
— Ven y mira. — dijo, y luego la puerta automática se cerró, cortando la hermosa vista.
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Control. No lo pierdas.
Edward cerró los ojos cuando los rayos de esterilización cálidos lavaron su cuerpo.
Habría preferido una ducha de agua, pero tenía que tomar lo que tenía. Había sido afortunado que la mujer le había dejado aliviar su sed sin llamar a los patrulleros. La única explicación para su hospitalidad era que no debe darse cuenta de lo que era.
La instalación DNAmo había sido invadida por patrulleros y cerrada justo esta noche, pero Edward había estado prófugo durante una semana. Cuando los investigadores habían comenzado a ser liberados, la palabra se había disparado entre los Shareem que el Ministerio de las formas de vida no humana estaba a punto de tomar el control, a pesar de que no se había hecho pública la noticia todavía.
No sólo iban a tomar el control, pero planeaban empezar a matar a los "experimentos" Shareem. Los Shareem habían huido del caos de la fábrica, separándose y hundiéndose en la ciudad. Edward había estado vagando por las calles durante días, tratando de encontrar a un hombre llamado Jasper, un Shareem que había escapado con éxito de DNAmo hace meses. Se rumoreaba que Rees aún estaba en Bor Narga y podría ayudarlo a encontrar un camino fuera del planeta.
La puerta se abrió de nuevo e Isabella entró. Edward mantuvo sus ojos cerrados, sintiendo su presencia. Podía olerla, también, cálida y húmeda, su crema aromatizando el aire.
Isabella. Un bonito nombre, uno que salió de su lengua.
La polla de Edward estaba dura y alta. Deseaba lubricante, pero ahora que una semana de suciedad había sido limpiada de él, lamió la palma de la mano y la cerró alrededor de su polla.
Gimió. No se había soltado hoy, y estaba a punto de morir. Los Shareem habían sido criados para un propósito y un solo propósito. Si ellos no liberan la tensión sexual que serpenteaba a través de sus cuerpos, literalmente se quemarían de adentro hacia afuera.
Ergo, los brillantes científicos de DNAmo habían creado una fábrica llena de hombres que tuvieron que pasar la mayor parte de su tiempo masturbándose.
Edward entreabrió los ojos para ver a Isabella mirándolo. Su mirada estaba fija en su polla, y ella se humedeció los labios. Se imaginó esa boca roja húmeda formaba un anillo para deslizarse sobre él y se puso aún más duro.
Mierda. Acarició más rápido, separó las piernas y se ahuecó las bolas. Cada pelo en su cuerpo levantado mientras la veía mirarlo. Si tuviera un tapón, la vida sería perfecta.
No, la vida sería perfecta si ella pusiera el tapón en él. Luego se arrodillara frente a él y lo chupaba. Ella quería chuparlo, sabía que ella lo deseaba.
— Ven y tócame, — dijo. — No voy a hacerte daño. — Edward le dio una gran sonrisa que decía que podía creer que quería.
Un paso, dos. Isabella se acercó a la cabina de esterilización, con la mirada fija en su polla.
— Quítate la camisa, — dijo.
Isabella vaciló y luego rápidamente deslizó la camisa hacia arriba y sobre su cabeza.
Maldita sea, maldita sea, maldita sea. Se había disparado su erección levantando su camisa en la otra habitación, ahora que la veía totalmente. Sus pechos eran firmes montículos, su cintura curvada, sus caderas dulces. Llevaba la ropa interior, la barra de la tela a través de sus caderas eróticas.
Rápidamente, como si temiese que se detuviera a sí misma, Isabella se lanzó bajo el depurador con él.
— ¿Quién eres tú? — preguntó.
— Te lo dije, cariño. Mi nombre es Edward.
— ¿Edward qué? ¿De dónde vienes? ¿Por qué estás vagando por la ciudad de Pas en medio de la noche?
Tocó sus labios.
— Demasiadas preguntas. — Cuando Isabella comenzó a preguntar otra, Edward acuno su cuello y la jalo para un largo beso.
Sintió un indicio de sorpresa, pero ella no lo detuvo mientras barría la lengua en su boca. Sintió que le devolvió el beso, persiguiendo su lengua con la de ella.
Ella sabía muy bien. La experiencia de Edward se limitó a los investigadores de DNAmo y las mujeres que contrataron para mantener al Shareem saciado. El sexo había sido clínico, necesario.
Estaba tocando a una mujer porque quería. Quería llegar a conocerla, hablar con ella, las cosas que habían sido prohibidas en DNAmo.
— ¿Quieres esto? — susurró. — ¿Me dejarás?
Sus ojos estaban muy abiertos, asombrados, curiosos.
— Creo que sí.
— Debes saberlo. Me tienes que dar permiso. Pero cuando dices sí, después de eso, es sin tabúes. Puede que no sea capaz de parar. Tenlo por seguro.
Vio la indecisión en sus ojos. Le encantaría sólo tomarla, pero esa capacidad se había programado fuera de los Shareem. Edward fue del nivel tres, lo que significaba que podía poner a su señora en esposas, nalguearla, follarla, ser el Dom con ella.
Pero la mujer tenía siempre que darle permiso primero.
— Podría ser una locura, — dijo Isabella, y luego sonrió. — Pero está bien. Sin restricciones.
— Gracias, — dijo Edward con toda la gratitud que había sentido cuando había bebido el agua. Le había dado vida a un moribundo. — Voy a hacerlo hermoso para ti.
No tenía idea de lo que quería decir. Vio eso. Edward la besó de nuevo, volviéndose dominante. Era una cosa preciosa, y la necesitaba.
La empujó contra la pared, enganchó su ropa interior y tiró hacia abajo. Isabella apretó sus manos mientras se agachaba para arrastrarla de sus tobillos. Había manos callosas, las manos de un trabajador.
Edward acarició su clítoris, inhalando su olor maravilloso.
— No te afeitas.
— ¿Afeitar qué?
— Me gusta mis damas desnudas, cariño. ¿Tienes una máquina de afeitar?
— Para mis piernas, seguro.
Edward chasqueó los controles en el esterilizador y el haz caliente retrocedió.
— Tráela.
Isabella agarró al pequeño dispositivo de un gabinete. Todavía duro e insatisfecho, Edward la depositó en el suelo sobre un colchón de toallas.
— Ábrelos. Más amplios.
Isabella abrió sus muslos. Edward pasó la mano a lo largo de sus labios vaginales, gustándole cómo de rosada e hinchada estaba. Encendió la máquina de afeitar y retiro cuidadosamente el pelo, haciendo una pausa cuando ella se retorció.
— Quédate quieta, cariño. No quiero lastimarte.
Al parecer, le gustó la vibración tan cerca de su clítoris. Sus caderas se levantaron del suelo y Edward se extendió más cerca de terminar el trabajo. Lamió su piel ahora desnuda.
— ¿Tienes loción?
— En el armario.
Edward dejó a un lado la afeitadora, encontró una botella de aceite de olor dulce en el armario y volvió a alisarlo sobre su coño.
Isabella hizo un ruido de placer. Edward deseó tener sus accesorios, bandas para las muñecas, tal vez una pequeña mordaza para poner entre sus dientes, un vibrador para estimularla, varas de diferentes tipos para poner dentro de ella y ponerlo en su interior.
Ah, bueno, tendría que conformarse. Torció la camisa de dormir en una cuerda, tomó sus manos y envolvió la camisa alrededor de sus muñecas.
Se quedó boquiabierta.
— ¿Qué estás haciendo?
Edward la besó, levantó las manos por encima de su cabeza y enganchó el otro extremo de la cuerda alrededor de una manija del gabinete. Como restricción era patética, si ella quería zafarse, podía, pero como había pensado antes, tuvo que conformarse.
Isabella miró con ojos de color café oscuro, como a él le gustaba. ¿Cuándo los patrulleros finalmente lo alcanzaran, nunca vería ese café de nuevo? Edward besó los párpados y pasó la lengua por ellos. Pasó la lengua por la cara y alrededor de la boca. Ella abrió los labios y mojó dentro de su boca, deslizó la lengua hasta la garganta.
Isabella quería ser tocada, saboreada, jugar con él. Se dio cuenta que no tenía mucha experiencia más allá de eso. Brevemente Edward deseó estar un nivel uno, pura sensualidad, para que pudiera mantenerlo dulce para ella, pero el nivel tres necesitaba más duro, más afilado.
— Si yo tuviera mis cosas, me gustaría hacer mucho más. — Empleó su lengua contra su pecho, arremolinándose alrededor de su pezón. — Tendría una varita dentro de tu coño, un bonito anillo suave para evitar que se vaya demasiado lejos.
— Sí. — Susurró dulcemente.
— Vibra y está caliente. Tendrías que correrte en muy poco tiempo.
— ¿Correrse?
— Clímax. Tu crema dulce derramándose. Lo atraparía con mi lengua.
Lamió el ombligo y se trasladó a su clítoris. Edward besó una vez y se alejó, y ella gimió.
— ¿Quieres que me quede aquí? — preguntó Edward, lo suficientemente cerca como para oler el almizcle de su coño.
— Sí.
— Pídemelo por favor.
Una vacilación. No estaba acostumbrada a pedir nada, esta mujer trabajaba ella misma con mano dura.
— Por favor.
Edward dio un beso a su apertura. Le encantaba cómo el coño se veía ahora, desnudo y rosa para él.
— Eres una mujer hermosa, dulce, — dijo. — Mantente inmóvil y voy a hacer que te sientas bien.
Ella asintió en silencio.
— Pero tienes que quedarte quieta y no moverte. ¿Entiendes?
— Sí.
Su corazón latía más rápido. Este era el lugar donde los juegos se pusieron interesantes.
— Te voy a castigar si te portas mal. ¿Entendiste? — Silencio. Edward levantó la cabeza. Isabella lo estaba mirando, los ojos muy abiertos. — ¿Entiendes? — repitió.
— Sí.
Qué mujer. Lo entendía. Ella lo dejo en su casa, aliviado su sed, lo trató como a un ser humano y ahora entendía lo que quería y lo que necesitaba.
Los dioses deben estar cuidándolo hoy.
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Tenía que estar loca. Isabella debería haber llamado a los patrulleros, echarlo, dispararle con su pistola de aturdimiento, algo.
En su lugar había dejado que le afeite su coño, atarla al gabinete y decirle que la castigaría si no lo dejo hacer que se sienta bien. Ahora sólo le había dicho que hiciera lo que quisiera. Y no tenía miedo. Estaba nerviosa, pero emocionada, preguntándose qué haría.
Edward le dio otra sonrisa, ojos azules iluminando, y luego bajó la cabeza y sacó la lengua directo en su coño.
Dioses. Había pensado que la afeitadora vibrante se había sentido bien. La caliente la boca de Edward se movió a través de su clítoris, su lengua abrió los labios y su aliento se deslizó dentro de su coño.
Miró su cabeza inclinada, el cabello limpio ahora, señalando que hebras de oro tejieron con hilos de color marrón claro. Quería correr las manos por ese hermoso, pelo grueso, pero sus muñecas todavía estaban fijas. Isabella tiró de la unión. Fácil de romper.
Edward levantó la cabeza. Sus ojos eran verdes al otro lado, tapando el blanco.
Su rostro estaba enrojecido, sus labios húmedos con sus jugos.
— Déjalo, o te nalgueo.
— Sólo quiero tocarte.
— Mala suerte.
Bajó la cabeza y esta vez se amamantó, pellizcando y un cosquilleo con la lengua.
Isabella se retorció y gritó cuando su boca sin piedad siguió y siguió.
La estaba follando con su lengua. Las manos anchas sujetaron sus piernas y su boca se mantuvo lamiendo, chupando, mordiendo. Isabella se arqueó contra él. Su cuerpo estaba volviéndose loco, amando todo lo que le hizo.
Edward la empujó hacia abajo. Sintió que su pelo rozo sus muslos, sus manos tan condenadamente fuertes, su lengua bombeando dentro de ella. Iba a correrse, como lo llamó: clímax, más duro de lo que nunca tuvo con su piloto extranjero.
De repente, su mundo se redujo a su boca, la sensación de ardor de su lengua, su necesidad de arrastrarlo a su interior. Gritó y se resistió, su trasero golpeando las toallas ásperas, y eso no le importaba. Isabella escuchó un sonido rasgado y la camisa torcida salió de sus muñecas.
Se alegró. Podía acariciarle el pelo ahora, que era como la seda cruda. Gritó su nombre, sosteniéndolo con fuerza.
Edward levantó la cabeza, con la boca húmeda con su crema.
— Traviesa. — gruñó. — Te dije que te comportaras.
— No pude evitarlo. Se rompió. — Edward gruñó. Era un sonido que le dijo que dejara de hablar, pero Isabella no pudo. — Edward, te quiero. Ten relaciones sexuales conmigo. Por Favor.
— Yo hago las reglas aquí, cariño, no tú.
Ella parpadeó.
— Es mi casa.
Se inclinó sobre ella, su propia fragancia vino en sus labios.
— Tú te entregaste a mí. ¿Recuerda? Ahora toma tu castigo. Date la vuelta.
— Pero…
— Gírate. Date la vuelta.
Él sonrió mientras lo decía, pero sus ojos brillaban, no con rabia, pero con necesidad.
Isabella rodó sobre las toallas, apoyando la mejilla sobre sus brazos cruzados.
Edward puso una mano muy fuerte en su culo desnudo.
— ¿Alguna vez has sido azotada?
— ¿Por qué debería?
— ¿Quieres decir que nunca has sido mala? —Su aliento le tocó el culo. — ¿Nunca, jamás?
— Bueno, tal vez un poco mala.
— ¿En serio? — Edward rio suavemente. — Hábleme de tu malicia. ¿Qué hiciste?
— Fantaseo sobre el sexo. — De repente quería que lo supiera todo. — Nunca he hecho todo el camino, pero quiero. He comprado cosas del mundo exterior, como varitas y vibradores, pero no son tan buenos como lo que acabas de hacer. Quiero ahorrar suficiente dinero para viajar a Ariel o incluso a la estación 358 y encontrarme con un extranjero con tres pollas o algo así. Sólo quiero tener sexo.
Edward sonó pensativo.
— ¿Tres pollas? Qué ibas a hacer con tres... — Se calló, tal vez imaginando lo que él podría hacer si tuviera tres.
— Tuve mi himen retirado cuando llegue a la edad, pero todavía soy virgen. — dijo. — Quiero sexo. ¿Eso me hace mala?
Edward se inclinó, su pecho húmedo en su espalda.
— Te hace una mujer.
— ¿Así que, no me vas a nalguear?
— No dije eso.
Edward volvió a reír cuando se echó hacia atrás, y lo siguiente que Isabella sintió fue su enorme mano picando su culo.
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El hermoso culo de Isabella era dulce y redondo, y ahora rojo. Ella se retorció, su cuerpo instintivamente quería alejarse de él, pero la sujetó y mantuvo golpeando con fuerza.
Edward se reprimió un poco, sin embargo. No estaba acostumbrado a ello, la pequeña, nunca había sido un sub antes. Oh, lo que podía enseñarle.
No es que tuviera la oportunidad.
Apartó el pensamiento y se centró en la alegría de sentir su trasero bajo su mano, escuchando su chillido, sintiendo su polla conseguir ponerse feroz y dura.
Sabía que Isabella se correría otra vez, su clítoris desnudo frotando en las toallas debajo de ella, su azote haciéndola profundizar en ellos. Justo cuando gritó el pico de su clímax, Edward se volcó sobre su espalda, levantó las caderas y deslizó su polla dentro de su coño oh tan húmedo.
Dejó caer la cabeza hacia atrás mientras su funda hermosa, firme lo apretó. El clímax de Isabella siguió, su coño palpitante en su polla caliente y necesitada.
Maldita sea, joder. ¿Había sido alguna vez tan bueno? No, nunca, porque nunca había estado con una mujer como Isabella.
Lo miró con los ojos entrecerrados, el marrón brillante entre espesas pestañas negras. Su cabello era un desastre, su rostro se relajó y era hermoso.
— Isabella.
Dijo que su nombre en éxtasis, lo gritó a las paredes, susurró en su pelo. Todo el tiempo que bombeo, sus bolas apretadas y duras.
Podría amarte. Si un Shareem pudiera amar. Y Edward lo era, al final, Shareem.
Gimió cuando se corrió, grandes pegotes disparados dentro de esta hermosa mujer.
La atrajo hacia él, jadeando, besando su rostro sudoroso, sus labios, su pelo.
— Gracias, — susurró.
— El placer es mío. — murmuró mientras cerraba los ojos y se dejó caer en ella.
— Es para lo que yo estoy.
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No hasta que Isabella se despertó tarde en la cama, sola, las extrañas palabras de Edward la golpearon.
Es para lo que yo estoy. ¿Qué demonios quiso decir? Y ¿dónde estaba?
Habían tenido relaciones sexuales después de que había descansado. Le había enseñado cómo ponerse a horcajadas sobre él, entonces, cómo mantener el equilibrio sobre manos y rodillas, trasero en el aire, por lo que podría entrar detrás de ella.
Su determinación por el sexo de esa manera le había dejado nalguearla al mismo tiempo.
Pero se había ido. El taparrabos sucio de Edward había desaparecido, así que él lo tenía. El apartamento se sentía diferente sin él en ella, con olor a sexo, pero muy vacío.
Cuando Isabella se preparó para el trabajo, su fuerte corazón, miró a la noticia en su monitor. Mostraron un video sobre la instalación genética DNAmo, que se especializó en la fabricación de servidores perfectos y trabajadores de la fábrica. Se había cerrado ayer por la noche, dijo el periodista, después que las autoridades habían prohibido su programa experimental que creó a los seres llamados Shareem. Los científicos habían sido detenidos o huyeron del planeta y los Shareem habían desaparecido.
Isabella sólo le prestó atención a medias, no tenía mucho interés en la ingeniería genética, hasta que las siguientes palabras del reportero clavaron su mirada a la pantalla.
— Los Shareem son fuertes, inteligentes y con recursos. Son más altos que los hombres normales y pueden ser identificados por una cadena negra que llevan en la parte superior del brazo. Si ve uno de estos seres, no trate de involucrarse, llame a un patrullero. Los Shareem son peligrosos y han sido condenados a la terminación.
Una imagen holográfica mostraba a un hombre con una cara perfecta, pelo largo y oscuro, una cadena negra en el brazo y los ojos verdes exactamente como los de Edward.
El hombre no era Edward, pero los dos eran muy parecidos.
Los Shareem, el periodista continuó, se habían hecho de forma ilegal para el placer sexual, un anatema para un planeta donde fue rechazado el sexo. Los Shareem eran bárbaros retrocesos a un pasado lejano de Bor Nargan, demasiado peligrosos para que se les permitiera vivir.
Isabella apagó el monitor y se llevó las manos a la cara. Recordó el aguijón en su trasero mientras Edward la nalgueo, entonces la bondad calmante de sus manos. Recordó cómo caliente y duro había estado dentro de ella, estirándola, haciéndola sentir tan condenadamente bien.
Mierda. No es de extrañar que Edward se hubiera reído cuando él le había dicho que era más Bor Nargan que cualquier otro. Había sido creado a partir del ADN de muchos Bor Nargans, mezclado en una probeta.
Los Shareem iban a ser detenidos y terminados, el periodista lo había dicho.
Edward debe haber estado huyendo de los patrulleros cuando tropezó aquí, sucio y muerto de sed. Isabella lo había socorrido y había huido de nuevo. Fuerte, inteligente, ingenioso. Estaría terminado si lo atrapaban. Su corazón se rompió. No.
Isabella salió a buscarlo, al infierno con el trabajo. Se reportaría enferma.
Después de una búsqueda inútil de una hora, tratando de evitar a los patrulleros al mismo tiempo, Isabella se rindió y volvió a casa. Cerró la puerta, se sentó aturdida en su cama y lloró.
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Tres meses más tarde, el Consejo de Gobierno de Bor Narga votó para permitir que los Shareem vivieran con ciertas restricciones. Se les prohibió abandonar el planeta, tenían que registrarse en el Ministerio de las formas de vida no humana y llevar una tarjeta especial de identificación, tuvieron que tomar disparos de anticonceptivos y ser inoculados para enfermedades sexuales. Tenían que renovar estas inoculaciones cada seis meses o serían terminados sin juicio.
Isabella pensó cínicamente que el gobierno probablemente había terminado las ejecuciones porque temía perder dinero. Mundos que comerciaban con Bor Narga, especialmente los más ricos, como Ariel, donde la ingeniería genética era una forma de arte, expresaron su firme desaprobación del plan de Bor Narga de matar a los Shareem.
Ergo, el Consejo de Gobierno tuvo un cambio de actitud.
Isabella no tenía forma de saber si Edward había escapado del planeta, o si había sido terminado antes de que se cambió el edicto. No hay manera de saberlo en absoluto.
Isabella fue inexpresivamente a trabajar cada día e inexpresivamente regresó a su casa.
A veces sacó sus juguetes sexuales y los miró, pero no tenía el corazón para utilizarlos. Sólo podía pensar en Edward y saber que nada volvería a hacerla sentir como él lo hizo.
Una noche, mientras examinaba sus varitas, fantaseando sobre Edward usándolas en ella, el timbre de la puerta sonó. Isabella escondió las varitas y abrió la puerta.
Un enorme hombre la empujó hacia atrás y dio un portazo detrás de él. Antes de que pudiera tomar aliento, la levantó en sus brazos y comenzó a besarla.
— Edward, — jadeó cuando finalmente se detuvo. — Estaba tan preocupada por ti.
Le sonrió, sus ojos tan malditamente azules que quería llorar. Había encontrado ropas, una túnica, mallas y túnicas que bloquean el sol, aunque Isabella pensó que le encantaría mejor el taparrabos allí.
— Lo sé, cariño, — dijo. — He tenido que esconderme por un tiempo, pero eso se terminó ahora.
— Maldita sea, Edward, deberías haberme dicho lo que eras, que necesitabas escapar. Trabajo en los muelles espaciales. Podría haberte pasado de contrabando de alguna manera.
Edward la atrajo hacia sí, con los brazos tan fuerte, pero él estaba temblando.
— Es posible que hubieras sido arrestada, tal vez despedida por ayudarme. Nunca dejaría que eso suceda. Nunca. — Su aliento era cálido, sus besos duros. — Y si me voy del planeta, puede ser que nunca vuelva a verte de nuevo.
El corazón de Isabella palpitó asquerosamente rápido.
— Idiota. Si no quieres salir, ¿por qué no dejaste que te escondiera?
— Dioses, Isabella, te puse en suficiente peligro llamando a tu puerta la primera vez.
Edward limpió las lágrimas de su rostro con el pulgar.
— Pero me diste fuerzas para seguir adelante, hermosa dama. Me he enamorado de ti.
— Bastardo. — Isabella le dio una sonrisa temblorosa. — Me enamoré de ti también. — Edward rio de repente, un sonido hermoso y cálido, y se dio la vuelta con ella.
— Soy Shareem, lindura, hecho para tu placer. Un nivel tres, lo que significa todo tipo de placer malvado.
— Hmm, me gusta el sonido de eso.
Edward la dejó en el suelo, arrancó la bata abierta desde el cuello hasta la cintura y metió las manos en el interior. Sus manos encontraron sus pechos, su cintura, su clítoris ya hinchado por él.
— Así que dime, ángel. — Edward la besó y le dio una sonrisa que su coño se humedeció caliente. — ¿Quieres mantenerme?
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Hola! Tengo algunas cosas que decir de este OneShot…
Primero que nada, espero que les haya gustado jajaja encontré este mini libro entre la 'biblioteca' que tengo para los libros que quiero volver adaptaciones…
Segundo, técnicamente… esto es una 'precuela' de otro libro… y créanme que llevo varios días buscando en internet. Simplemente parece no haber ningún blog en donde los pueda descargar… encontré uno, pero está en Polaco! Jajaja y yo no sé nada de polaco… ni siquiera estoy segura de que el sitio tuviera los pdf's jajaja
Tercero, este mini libro tiene solo 3 capítulos… y son muy muy pequeños, así que se me hizo más fácil subirlo como un OneShot (el libro original solo tiene 24 páginas).
Cuarto, si alguien sabe de algún lugar en donde pueda encontrar el volumen 3 de esta saga (que es donde está la continuación de este OneShot), me ayudaría muchísimo que me dejara un PM. Porque parece una historia súper interesante.
Sin más que decir, espero que les haya gustado y no olviden dejar un comentario con sus opiniones.
¡Nos leemos pronto!
