QUEJICUS DE GRYFFINDOR

Por Cris Snape


Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.

Esta historia participa en el Reto #56: "Mix vol.1" del foro Hogwarts a través de los años.


Propuesta número 2: Cambio de casa. Cambiar a los personajes de casa. Es decir, un personaje de Slytherin estando en Gryffindor, por ejemplo.


—¡GRYFFINDOR!

Pero, ¿qué me estás contando, Sombrero Seleccionador?

Quejicus está tan sorprendido como yo. Da un salto para bajarse del taburete y se queda inmóvil, mirando hacia nosotros. Lo sabe. Lo sabemos.

Estás jodido, chaval.

No se llama Quejicus en realidad. Su nombre es Severus Snape. El mote se le ocurrió a Sirius, antes, en el Expreso de Hogwarts.

—He tenido una epifanía, colegas.

—¿Una epifaqué?

—¡Calla, Peter! Una epifanía.

—Significa que ha tenido una revelación.

—Gracias, Remus. Fijaos en él. Esa nariz enorme, esa cara pálida. Parece que está a punto de echarse a llorar. Desde ahora, te llamaremos Quejicus.

Me reí. Sirius es un cachondo mental. A Snape no le hizo mucha gracia. No importaba. Pensamos que iría a Slytherin, igual que todos los hijos de puta de este colegio. Pero no. Resulta que ahora es Quejicus de Gryffindor.

De repente, sonríe. Gana confianza y se aproxima a nuestra mesa. Miro a mi derecha y veo a Lily Evans saludándole con la mano levantada. ¡Ay, Evans! Ese pelo rojo, esos ojos verdes. Es guapísima. La acabo de conocer y ya me siento enamorado. ¿Acaso conoce a Quejicus? No puede ser. Ella es todo luz y Snape es un mojón. Ni más ni menos.

—¡Es genial, Severus! ¡Estamos en la misma casa!

La escucho con total claridad. No doy crédito. Me veo impelido a decir algo. Alguien tiene que dejar las cosas claras.

—No deberías estar aquí. Dijiste que querías ir a Slytherin.

Quejicus se dispone a hablar. Es la voz de Lily la que resuena en mis oídos.

—¡Oh, Potter! ¡Cierra la boca!

Y me tengo que callar. Sirius me da un codazo y se ríe. Remus pone los ojos en blanco. Peter se solidariza conmigo y parece tan molesto como yo. Quejicus me dedica una mirada burlona. Pues se va a enterar.

—Que no se te olvide que dormimos en el mismo cuarto.

Le susurro las palabras al oído. Lily no me oye. Quejicus se pone pálido.

Sí. Es posible que su rostro se vuelva aún más cetrino.


Formamos una muralla defensiva. Peter, Sirius y yo. Remus se ha negado a formar parte del comité de bienvenida.

—Acabamos de llegar. Todo el mundo se merece una oportunidad.

—¡Pero si es un cretino, Remus!

—Ni siquiera lo conocemos.

Tengo la sensación de que pronto descubriré que Remus Lupin es un chaval sensato que siempre tiene la razón, pero esta noche no me importa. Tal y como le prometí a Quejicus, hay que aclarar un par de detalles.

Es el último en llegar al dormitorio. Ha estado charlando con Evans. Cuando sube, aún sonríe un poco. La alegría le dura lo que tardo en darle un empujón. Coloco las manos en su pecho y le impulso hacia atrás. Me mira con desconcierto. Yo señalo el suelo.

—Mira, Quejicus. Esa es tu cama. Ese es tu escritorio. Ese es tu rincón de la habitación. Como traspases esta línea, te partiremos esa nariz enorme que tienes.

Entorna los ojos. Se cruza de brazos. No se le ve muy intimidado.

—Tú no mandas en el castillo, Potter. Iré donde me dé la gana.

—Entonces, tendrás que atenerte a las consecuencias.

Me alejo. Por un segundo, dudo de mí mismo. No sé si seré capaz de cumplir con mis palabras. Por suerte, cuento con el apoyo de mis amigos.

—Quedas advertido, niño rata.

Sirius le da otro pequeño empujón. Peter aplaude, entusiasmado.

—¡Eso! Ojito con nosotros.

Cuando vuelvo la vista atrás, veo una expresión extraña en la cara de Snape. Parece cansado y casi siento lástima de él. Enseguida alza el mentón, se mete en su cama y cierra los doseles. Mejor. No me apetece verlo mientras comparto unas chucherías con mis nuevos amigos. Hogwarts podría ser un lugar perfecto si él no estuviera en este dormitorio. Maldita mala suerte.


¿Cómo hemos terminado Sirius y yo cubiertos por una especie de moco verde súper viscoso?

Como tantas cosas en esta vida, todo comenzó con una broma. A Peter se le ocurrió que sería muy divertido poner polvos pica-pica dentro de la cama de Quejicus y tuvo razón. Nos partimos de la risa mientras se rascaba, moviéndose como si tuviera ardillas en los calzoncillos. Lo ideal hubiera sido no recibir la venganza de ese cretino, pero dos días después descubrimos que nuestros deberes habían desaparecido. Los profesores no creyeron nuestra versión. Remus dijo que no hiciéramos nada, que estábamos empatados, pero Sirius quiso devolvérsela y yo me uní a él. Hicimos que su poción para dormir explotara y la cara se le puso rosa. Y ahora ha pasado lo del moco.

Cuando Evans nos ve, se planta frente a nosotros con los brazos en jarra y cara de cabreo.

—¿Por qué no paráis de una vez?

—Porque Quejicus es un imbécil.

—¡Se llama Severus Snape, Potter!

—Quejicus para los amigos.

El comentario de Sirius se gana una mirada feroz. Lily lleva el cabello recogido en dos trenzas y da un poco de miedo.

—Si no paráis, se lo diré a la profesora McGonagall.

—A lo mejor es tu amiguito el que tiene que estarse quieto.

—¡Sois cuatro contra uno! ¡Dejadle en paz!

Evans se marcha echa una furia. Lo peor de todo es que no miente. Le da igual convertirse en una chivata y que todos los sepan. Cumplirá su amenaza de hablar con McGonagall y no necesitamos más castigos. Muchas gracias.

—Si Quejicus para, nosotros también pararemos.

Sirius me mira sin dar crédito a lo que oye. Se señala el moco verde del pelo.

—¿No le devolvemos esta?

—Técnicamente estamos empatados. Si le gastamos otra broma, será como si empezáramos de nuevo.

—Pues vaya mierda. Sí que te ha dado fuerte con Evans.

Me pongo un poco rojo. Recibo un codazo de mi amigo.

—¡No digas bobadas, Black!

—¡Bobadas, dice!

Se ríe de mí. Hablamos con Remus y Peter y les contamos cuáles son nuestros nuevos planes. Remus parece satisfecho y Peter decepcionado.

De esta forma, las tres primeras semanas de guerra constante dan paso a una calma tensa. Quejicus parece un poco menos pálido y deja de correr los doseles de la cama. En ocasiones incluso parece un chico normal. Tiene unos cuantos libros de los que ponen los pelos de punta y pega las narices al pergamino cuando hace la tarea, pero no es tan malo como yo pensaba. Para cuando llegan las vacaciones de Navidad, casi ha dejado de caerme mal.


Lo peor de estar en un internado con centenares de magos y brujas es tener que compartir baño. Por suerte, en primer curso sólo somos cinco chicos en Gryffindor. Normalmente, Sirius y yo ocupamos las duchas juntos. Acabamos de estrenar un nuevo año y me meto en el cuarto para lavarme los dientes. Estoy seguro de que no hay nadie y, entonces, veo a Quejicus allí dentro. Desnudo.

En condiciones normales, me hubiera reído de su cuerpo huesudo y paliducho. Es tan patético sin ropa como con ella. Pero me he quedado petrificado. Lo que tiene en la espalda es una aberración. Largas cicatrices que van desde el cuello hasta el trasero, algunas curadas y otras aún en carne viva. Quejicus enseguida se da la vuelta, más rojo que un tomate, y procura taparse.

—¿Qué haces, Potter? ¡FUERA! ¡LÁRGATE!

No soy capaz de decir nada. Salgo del baño y cierro la puerta tras de mí. Sirius no tarda ni una milésima de segundo en plantarse frente a mí.

—James, ¿te acaba de gritar ese imbécil?

No puedo responder. Sirius avanza, dispuesto a vengar la ofensa, pero acierto a poner una mano en su pecho y le detengo.

—Déjalo, Sirius.

—¿Qué? ¡Ni hablar!

—¡Qué lo dejes, joder!

Es la primera vez que le grito. Peter y Remus nos miran. Sirius parece decepcionado y muy cabreado. Yo intento apaciguar el ambiente.

—De verdad, no ha tenido importancia. Ha sido culpa mía.

No se termina de fiar. Lo alejo disimuladamente de la puerta y sonrió. Es esa sonrisa que promete travesuras y que mis amigos adoran.

—¿Os he contado lo que le pasó al pavo de mi tía abuela Agnes?


—Snape, tenemos que hablar.

—No.

—Snape.

—¿Qué pasa, Potter? ¿Ya no soy Quejicus?

—Lo del otro día.

—Es asunto mío.

Hemos tenido unas veinte conversaciones parecidas a esa. Yo quiero saber por qué tiene la espalda hecha una pena y él no quiere ni mirarme. Sé que la curiosidad no siempre es una cosa buena, pero no lo puedo evitar. Necesito saber. Por eso me acerco a Evans. Es lista, así que mi mejor opción para sonsacarle algo es pillarla de improviso. Voy directo al grano.

—Evans, ¿qué le pasa a Snape?

Ella me mira con esos ojos verdes que parecen salidos del mismísimo Edén y frunce el ceño.

—¿Qué le pasa a Snape?

—Vosotros vivís cerca, ¿sabes si tiene problemas?

—Claro que tiene problemas. Hay cuatro imbéciles que le hacen la vida imposible.

Está claro que no le caigo bien. Intenta huir de mí. La detengo agarrándola del brazo.

—En serio, Evans. Creo que alguien… —Carraspeo. No es fácil de decir—. Creo que le están haciendo daño.

Le tiembla el labio inferior. Se cruza de brazos. Si sabe algo, no va a traicionar a su amigo.

—¿Por qué no le preguntas a él?

—Lo he intentado, pero no me quiere decir nada.

—¿Y te extraña? Por vuestra culpa, todo el colegio le llama Quejicus. Sois unos asquerosos.

Se larga. Tiene razón. Debo admitir mi derrota, olvidarme del asunto. Después de todo, sólo es Quejicus. Sin embargo, esa noche tomo una determinación: me voy a enterar de la verdad. Espero a que todos se queden dormidos para colarme en la cama de Snape. Sí, suena desagradable. Ni siquiera me hace gracia. A Snape tampoco.

—Pero, ¿qué demonios haces aquí, Potter?

—Me vas a decir qué te ha pasado en la espalda.

Venga, hombre. Te he pillado desprevenido. Está claro que me preocupo por ti. Si quisiera burlarme, ya se lo hubiera contado a medio colegio. Confía en mí.

—No es asunto tuyo.

—Lo es desde que te vi esas heridas.

—¡Porque te colaste en el baño sin llamar! Yo no quería que me vieras.

—Eso ya no importa. Quiero saberlo.

—Que te jodan, Potter.

—No me iré de aquí hasta que me lo digas.

Cruzo los brazos para dejar clara mi posición. Los ojos de Snape refulgen de ira. Creo que va a hechizarme, pero en vez de eso escupe unas palabras.

—Mi padre me pega con la hebilla del cinturón cada vez que me tiene delante.

Me quedo boquiabierto. Es… Tan horrible.

—Ahora, vete a la mierda, Potter. No vuelvas a hablarme.

Sí. Es mejor que me vaya. No sé si a la mierda o dónde. Abandono su cama y me meto en la mía, temblando como un bebé. Puto Severus Snape. Ya no podré odiarte a gusto.


La nueva vida de Quejicus de Gryffindor comienza con un saludo matutino.

—Buenos días, Snape.

Me parece demasiado llamarlo por su nombre de pila. Remus parpadea mientras guarda sus cosas en la mochila. Peter se rasca la nunca. Sirius se me acerca y me pone la mano en la frente.

—¿Qué te pasa, tío?

Snape me traspasa con la mirada y se larga sin decir nada. Sirius insiste con su reconocimiento médico.

—¿Te duele algo, James?

Es absurdo. Me aparto de él.

—No seas idiota, Sirius. Sólo estaba siendo educado.

—¿Con Quejicus?

—Se llama Severus Snape.

La mandíbula de Sirius Black casi se desencaja. Puedo entender su desconcierto. Si supiera la verdad, me entendería, pero no puedo decir nada. Snape no me ha pedido que me calle, pero siento que comentar lo que le pasa en casa será casi como traicionarle. Y yo no soy un traidor. Soy un Gryffindor. Y un Potter.

—Creo que nos estamos pasando un poco con él.

—¿Qué?

—Además, últimamente se está portando. Ya no nos persigue para chivarse a los profesores. Y el otro día se dejó los deberes en el escritorio. Creo que lo hizo a propósito, para echarnos un cable.

Sirius me observa, me analiza, me toca la cara otra vez.

—Tú necesitas ir a la enfermería.

—Hablo en serio, tíos. Snape es nuestro compañero de cuarto. Vamos a estar con él los próximos siete años. ¿Por qué no intentamos llevarnos bien?

—Pues porque es cabronazo. Por eso.

—No más que nosotros, ¿no te parece?

Otra vez, Sirius se queda boquiabierto.

—Lo digo en serio. ¿Quién eres y qué has hecho con nuestro amigo?

Me siento frustrado. Quiero hacerme entender, pero no puedo. Peter incluso tiene la varita en la mano, como si estuviera pensando en algún contrahechizo para liberarme de una posesión. Por fortuna, Remus me pasa un brazo por los hombros y me apoya. ¿Qué haríamos sin él?

—James tiene razón. No perdemos nada por intentarlo.

Con esas palabras, queda zanjada la discusión.


Snape y Lily suelen comer juntos. Es extraño comprobar que se compenetran a la perfección. Snape incluso se ríe cuando está a su lado y parece relajado y feliz. Y Lily es preciosa. Algo me araña el corazón y siento ganas de darle un puñetazo a ese idiota de Quejicus. Descarto la idea. No es buena idea pegarle a alguien si pretendes mantener una relación civilizada con él. Por el contrario, me siento frente a ellos y les sonrío. Así, con todos los dientes.

—Hola, chicos.

Snape frunce el ceño. El brazo de Lily se detiene de camino a su boca y el contenido de la cuchara se le cae al plato. Al final, logra hablarme. Muy despacio, como si estuviera teniendo una alucinación.

—Ho. La.

Me paso la mano por el cabello. A regañadientes, Sirius se sienta a mi derecha. Peter a mi izquierda. Remus, que se las ha apañado para rodear la mesa, se acomoda junto a Lily.

—¿Qué tal lleváis los deberes de Defensa Contra las Artes Oscuras?

Snape y Lily se miran. Ella vuelve a hablar con la lentitud de antes.

—Bi. En.

—¿Habéis llegado ya a la parte del movimiento de varita?

Noto el codazo de Sirius en las costillas. Escucho la voz susurrante en mi oído.

—¿Qué haces, James?

También hablo bajito.

—Soy amable.

—Parece que te estás volviendo loco.

—¡Qué va!

A tenor de la expresión de Lily y Snape, Sirius tiene razón. Consideran que estoy majara. Y me da lo mismo. No soy un chico que se rinda con facilidad. Si me he propuesto ganarme la amistad de Snape, lo voy a conseguir.

—Si os hace falta cualquier cosa, aquí estoy.

Snape alza una ceja, como si la posibilidad de pedirme ayuda con los deberes le espantara. Lily me habla con la misma suavidad que le dedicaría a un ancianito.

—Claro, Potter. Lo que tú digas.

Dejan de hacerme caso. Acercan sus cabezas y se ponen a cuchichear. Yo me quedo con cara de bobo. Sirius me pone la mano en la frente otra vez.

—En serio, James. Te voy a llevar a la enfermería.


Un gesto vale más que mil palabras. Me he dado cuenta de que no importa cuántas veces intente ser amable con Snape: no se fía de mí, así que he decidido eso, que tendré gestos. Muchos gestos.

Gesto número 1: Te presto mi bote de tinta cuando a ti se te termina.

Gesto número 2: Te cubro cuando llegas tarde a clase de Transformaciones y McGonagall pregunta por ti.

Gesto número 3: Te doy una rana de chocolate cuando estamos en el dormitorio, aunque no quieras charlar con nosotros.

Gesto número 4: Le corto el rollo a ese Slytherin gilipollas que te llama Quejicus.

Gesto número 5: Me presento voluntario para trabajar contigo en Pociones (pese al gesto desencajado de Sirius)

¿Qué más quieres, Severus Snape?

Comienzo a sentirme frustrado. Al menos he conseguido que Lily Evans no me mire como si fuera un gusano. Remus se ha solidarizado conmigo y también se muestra amable. Incluso Sirius y Peter se han resignado a la idea de que pretendo hacerme amigo tuyo. Ablándate de una vez, joder.

Me siento satisfecho cuando te acercas a mí. Ya hemos cenado y vamos rumbo a la Torre de Gryffindor. Me detienes poniéndome una mano en el brazo.

—Oye, Potter. ¿Qué estrás tramando?

¡Ay! Tanta desconfianza no puede ser buena.

—¿A qué te refieres?

—¿Por qué eres tan… majo?

Ha tardado lo suyo en dar con la palabra adecuada. Sonrió y parafraseo a Remus.

—Todo el mundo se merece una oportunidad.

Me ha quedado una declaración bastante chula. Snape frunce el ceño y da en el clavo.

—¿Es por lo que te dije de mi padre?

No puedo decir nada.

—Porque no quiero tu compasión.

La cara se le pone roja. No sé si está enfadado o avergonzado.

—No es por eso.

—Entonces, ¿por qué es?

—Te lo he dicho antes. Todo el mundo se merece una oportunidad.

Abre la boca con pasmo.

—¿Incluso yo? ¿Quejicus de Gryffindor?

Sonrío. Agacho un instante la mirada. Por primera vez soy consciente de que no estuvo bien reírse de él aquel día en el Expreso. Entonces, ni siquiera nos conocíamos.

—Pues claro.

Se queda pensativo. Se mete las manos en los bolsillos mientras caminamos.

—No estoy seguro de que me gustéis, Potter. Tú y tus amigos.

Parpadeo. Eso sí que no me lo esperaba. No sé cómo reaccionar.

—Y me estás agobiando un poco. —Se detiene y me mira fijamente—. Puede que en el futuro me caigáis mejor, pero por ahora me conformo con que no me molestéis.

No sé cómo sentirme. ¿Ofendido? ¿Qué clase de persona no querría ser amigo de unos chicos tan geniales como nosotros?

—Mira, Potter. Tendremos que compartir cuarto durante siete años. No me apetece que volvamos a pelearnos como antes, pero estoy harto de que andes detrás de mí con esa cara de pirado. ¿Podemos, simplemente, firmar la paz?

No es lo que esperaba, pero supongo que está bien. Extiendo una mano en su dirección y me pongo un poco solemne.

—Me comprometo a dejarte tranquilo, Quejicus de Gryffindor.

Se cree que soy idiota. A lo mejor tiene razón. Me estrecha la mano.

—Ojalá tu única neurona te ayude a recordar ese compromiso, Potter.

Dicho eso, se aleja de mí. Yo le observo mientras se reúne con Evans. Severus Snape no está tan mal, pero me siento aliviado por no tener que ser su amigo. Es demasiado… Quejicus. Me reúno con los chicos, feliz por haber aclarado las cosas y pensando en lo que nos deparará el futuro. ¡Quién sabe! Puede que esto no sea más que el principio de una bonita amistad.


Hola, holita.

Cuando leí el tema de este reto pensé en cambiar a Sirius Black a Slytherin, aunque entonces me di cuenta de que eso ya se ha hecho millones de veces y decidí que esta vez le tocaría el turno a Severus. Que es muy Slytherin, sí, pero estoy convencida de que su segunda casa es Gryffindor. La verdad es que se me han ocurrido muchísimas ideas para este Universo Alternativo, pero como sólo disponía de 8.000 palabras para desarrollarlas, he decidido simplificar la historia. Y esto es lo que ha quedado.

Espero que os haya gustado. Hasta la próxima.