AL FINAL DE CLASE
Los alumnos recogían sus enseres al final de la lección de DCAO, cuando Hermione frente al escritorio de Snape tendió la libreta al profesor, casi dejándola caer cuando él la tomaba con mala cara y le comentó:
-Señor, necesito hablar con usted, diez segundos exactos y me marcharé.
Sentado, Snape guardó una carta que recibió de Charity Burbage y alzó una ceja, consultando su reloj, como empezando a contar esa eternidad de aguantar a la Insufrible.
La castaña se frotó las palmas con lentitud y se tronó los dedos. Harry la observaba desde su pupitre al lado de un Ron que buscaba en su alforja, no libros, sino algo masticable aunque estuviera rancio.
-No hay otra manera de informárselo –anunció ella–, entonces, lo diré como es.
Snape consideraba palmear una mano sobre el corazón para mostrar la tremenda inquietud que lo ahogaba... No, la verdad era que no.
Hermione se estiró el suéter hacia abajo, carraspeó, alzó un poco la cara algo ruborizada y espetó:
-Profesor Snape, lo amo.
Snape se levantó cual muñeco infernal de su caja de Pandora, retrocedió como ante sonrisa de Voldemort, se enredó con las silla y trastabilló, tomó las libretas para calificar pero con tal torpeza que hojas sueltas flotaron en el aire, siguiéndolo varios pasos cuando él salió raudo.
Yendo por una galería, a un enmudecido Snape sólo le quedó hacer como que no había oído.
Era demasiado hasta para un mortífago de los que tenían callo. No obstante, a Snape lo alcanzó el vértigo de lo ocurrido, y una feroz inquietud lo invadió, nunca experimentada, ni en los Tremendos Abismos Negros de Xglgl.
Más pálido que de costumbre se sujetó de las libretas de sus alumnos, valorándolas en tanto que agarraderas. ¿Qué... le había dicho Granger...?
¿Qué?
Envuelto en ese nerviosismo que –pidamos perdón por afectar su imagen–, era pánico y terror puros, se perdió en un vacío de ideas y sintió al viento atravesar los arcos; notó las chispas de sol en los árboles, como si hasta ahora viera el mundo. Y se le apareció la imagen de la Insoportable, su formalidad de estirarse el suéter y alzar un poco la cara al decir aquel desatino.
¿Lo amo?
Snape aceleró, formándose la certeza que debía ser una broma, sí, eso, una simpática broma de Gryffindor dignos de eutanasia. Seguramente Granger se partía de risa con su lastimoso Potter y con Weasley, el boggart de Albus, porque le tenía fobia al salami.
¡Merlín! Un trago grande de whiskey de fuego, eso necesitaba, beber y relajarse y...
-¡Profesor Snape! –llamaron con urgencia a su espalda– ¡Profesor Snape!
Él giró, hallándose con la inaudita e increíble realidad que Granger venía corriendo tras él.
Snape cesó el escape para ponerla en su sitio, aunque no logró más que abrir y cerrar la boca, como piraña atorada en la red del atún.
La castaña se detuvo y miró atrás.
-Qué rápido corre –valoró–, parecía ir en escoba. ¿Pescó alguna snitch en este corredor? Porque...
Eso consiguió que Snape articulara palabra, congestionado:
-¡Granger! ¡No se atreva a hablar así de mi persona! ¿Cómo... qué... pero...?
Ella volteó hacia él, súbita. Y Snape notó el salto de sus rizos y la melancolía de sus ojos.
-¡Pero yo lo amo! –declaró Hermione, apacible, firme.
Snape intentó decir lo que fuere, pero siguió los labios rojos de ella, su mohín al decir eso en un sitio tan riesgoso como un corredor, donde cualquiera podía pasar.
-Lo amo, ¿no me entiende? –insistió ella, cálida, pero llevada por lo urgente– Lo amo.
Esto no está sucediendo, se dijo Snape, pero atado a los ojos entrecerrados de Granger al decirle lo amo, por su gesto de apremio al dirigirle una frase tan enorme en sus labios delgados, a la convicción en su voz, por deseos que se filtraban entre su nerviosismo.
Snape quiso saber por qué ella trataba de engañarlo de esta forma insólita, pero en su confusión balbuceó y pareció preguntar dificultosamente a Hermione cómo llegó a sentir eso por él.
-¿Cómo... ocurrió... cómo, pasa lo que pasa...?
Hermione sonrió y cerró los ojos, llevando las manos atrás, un poco apenada y divertida. Y Snape se dio cuenta que ese pararse por un segundo en un pie y luego en otro, con esa sonrisa, era... era... ¿agradable, simpático?
-¿Cómo me enamoré de usted? Ah, fue poco a poco... No sé qué día exacto. Lo fui viendo... en las clases... –se cubrió los ojos, sonriendo– ¡Después estaba atenta cuando usted pasaba...! Y al hablar, bueno... –se tomó de las sienes– Oh, no sabe cuánto me gustó, no sabe lo que sentí...
Snape se pasó una mano por la frente para constatar si tenía fiebre. ¿A qué hora se acabó el mundo? Tuvo la esperanza de que en una de esas despertó en otro planeta y se le borró el de perros tatuaje. Pero... ¿cómo era posible que esto pasara?
¿A qué hora decidió Granger decirme...? ¿Fue en el almuerzo o anoche o al final de la clase?
¿Por qué? ¿Por qué me dice que me...?
-Puedo entender que lo he tomado por sorpresa –asintió ella, con aire de entendida, para tranquilizarlo–. ¡Es muy normal! ¡Imagínese lo sorprendida que estuve yo! ¿Quién pensaría que me enamoraría, y de usted? Claro, debe estar enterado del terror que infunde en el estudiantado, así como de sus famas de mortífago infiltrado que debería estar refundido, en Azkabán para ser precisos, sin olvidar los momentos dudosos suyos, donde, gracias a mí...
Snape dejó de escuchar, atento con azoro a las cejas alzadas en aire de superioridad de Hermione y al énfasis en sus labios al explicarle complicados temas que ella había razonado gravemente.
Habla de mí, pensó él. Habla de mí no sé si con descaro, con salvajismo o es que expresada aquella barbaridad... ¿La habrán oído esos inútiles?, ahora deja ir el hilo de la sinrazón...
-... usted no necesita a una profesora, no –opinó Granger, la verdad dándole un veredicto–, tampoco necesita como su pareja a una vecina de su pueblo, ni a una ruda auror, así como yo no necesito a un niño. Estaremos de acuerdo en que ambos pasamos de gente que no nos entienda...
Snape buscaba la llave perdida del baúl donde encerró su ira y socarronería, pues a su pesar estaba atento a las palabras de Granger. ¿Por qué me dice lo que nos conviene?, analizó. ¿Está tratando de convencerme de algo?
-¿A dónde va con est...? –las libretas se le desparramaron ruidosamente por el suelo.
La ira se le ahogaba en un mar de pasmo. Al arrodillarse, porque no se le ocurrió usar la varita para recoger los cuadernos, tres alumnos pasaron y aceleraron en carrerita para alejarse lo más pronto.
Con una rodilla en el suelo recogiendo las últimas libretas, alzó el rostro hacia Hermione, que se le acercó mucho.
Subió la vista por los zapatos, las calcetas, las piernas de Hermione, su cintura, hasta su rostro.
De ella venía un aroma floral, etéreo, límpido. Apenas Snape se daba cuenta de lo sutil, de la fuerza llena de sol que habitaba en Hermione, que lo miró desde su adquirida altura, vestida su boca de decisión, obstinada, y en sus ojos un dulce reclamo al decirle:
-Quiero que seamos novios.
Entonces Snape se fue de espaldas y sentó en el suelo, palmas a los lados, boquiabierto ante Granger.
Recoger las libretas exigía demasiado para el cerebro de él en estas condiciones. Levantarse fue resolver una fórmula alquímica en chino. De pie, se frotó la frente y torció la boca.
-Granger... ¡Esto es una ola que me supera...! –jadeó– Deberé reportarla a Control Escolar para que la asesoren... Y desde mi siguiente clase que es mañana o no sé cuándo, no asista...
Hermione se le acercó más, dulcificando la voz.
-Lo amo y lo quiero conmigo.
-Granger –Snape dio un paso atrás– ¡Yo no la amo, es una tontería y no volverá a decírmelo!
Eso no interesó a Hermione en lo mínimo.
-Si no siente nada por mí, lo sentirá –afirmó, dueña de la situación, aplciada–. Es cuestión de tiempo. Tenemos atractivos mutuos, profesor. Y según investigué, es del todo probable que nuestras diferencias de edad se conviertan en un complemento y nos lleven a aficionarnos desde la primera a los actos ínt...
Escandalizado, Snape se alejó a toda prisa, abandonando las libretas.
Más tarde Dumbledore lo sacó de sus pensamientos.
-Severus...
A Snape le molestó la voz del director sentado a la cabecera de una mesa, con él a su izquierda y en la tabla los diagramas de un sabotaje a Voldemort, que Snape debía llevar a cabo usando la máscara de mortífago, con el objeto que después sospecharan de él, tanto el Tenebroso como Hogwarts.
-¿Qué ocurre? –Snape se frotaba la frente, con cara de fastidio– ¿No puede haber un día sin que deba salvar al mundo? ¿No puedo tener un maldito dolor de cabeza, encerrarme en mi maldita habitación y que me dejen en maldita paz?
Dumbledore comentó, apacible:
-Estás enojado, Severus.
-No, estoy feliz en reversa.
Albus parpadeó, sin entender.
Snape suspiró, apretándose las sienes.
-Lo siento. Discúlpeme.
-Entiendo, Severus –asintió el director, amable–. Tengo ratos así, es natural que los tengas y con razón, con más razón que yo, incluso.
Snape lo miró sin mirarlo. Poco le interesó la habitual manipulería de Albus. Te comprendo, yo también sufro y ay ay. Esto no era nada. El lío de Snape era que no sabía qué hacer con Granger. Estaba en shock único en su vida, donde no hallaba fuerzas para alarmarse, enfurecerse, ni para ninguna de sus reacciones habituales y tampoco para lo que esperaría de sí mismo.
-¿Usted es legeremántico, Albus? –quiso saber.
El director se acarició la barba.
-Severus, hombre, vaya...
Snape se frotó una sien.
-¿Y por qué nunca leyó a Riddle para saber lo que planeaba?
Dumbledore le dio una palmada en la espada, levantándose.
-Te daré una buena medicina para el dolor de cabeza.
Snape salió del despacho, sin la jaqueca y sin haberse atrevido a hablar del tema con Dumbledore. Lo consideró al recibir aquellos encargos, dada la posibilidad de caerse de la escoba por idiota de haber aceptado trabajo en Hogwarts, pero lo desechó. Era un asunto peligroso, más que haber jurado lealtad al nariz de bacalao.
Sumido en sus embrollos se cruzó con la profesora Christine Legrand, que visitaba Hogwarts por intercambio con la profesora Charity, Legrand era una bruja atildada en el uniforme azul de su colegio, sangre pura, parisina, de rasgos finos y nariz respingada apuntando al techo.
-Bonjour, professeur Severus –saludó, aristocrática.
-Chogusto –respondió él, agrio, atento a su camino.
Al bajar, tomó una salida de la torre en un piso intermedio, donde encontró a Granger.
Ella estaba de pie con las manos por enfrente, con los dedos entrecruzados, de pie sobre el borde de un antepecho bajo, de modo que quedaba a la altura de Snape, en una esquina de corredor que delimitaba un jardín interior abierto, moteado de sol.
-Lo amo demasiado. No es un juego –afirmó Hermione, seria.
La frase aceleró los latidos de Snape y eso lo asombró, pero sólo quiso detener a Granger; sin embargo, era muy diferente a encontrarse con una profesora antipática. Snape se sentía llevado a prestar atención a la Gryffindor. Aun así, seguía boquiabierto.
-Granger... ¿Cómo supo encontrarme...?
-No conoce a las chicas cuando nos proponemos algo –respondió ella.
-¿Cuál es su método?
Hermione habló de esa manera que a los demás parecía extravagante y rebuscado, pero que a Snape le era comprensible en la idea y el ánimo.
-Es una simple triangulación geoespacial –explicó la castaña–. Compás y escuadras sobre el plano de Hogwarts. Un vistazo clandestino a la agenda magisterial, ciertas preguntas casuales en los corredores de flujo de los profesores para delimitar el área de vigilancia, y concluir de cuál umbral saldrá de la Torre del Director. La Aritmancia ayuda un poco.
Snape volvió a admirar la capacidad de Granger, pero se lo guardó y miró fugazmente hacia el cruce de la galería.
¿Sabe qué hice? –sondeó él.
-Sí –contestó Hermione, desdeñosa–. Está cuidando que no nos descubran porque le asusta la ley.
Snape bufó.
-Así como lo dice, sueno a cobarde... Escuche, Granger, usted debe olvidar este asunto, debe dejarlo atrás. Debe enfocarse en sus cosas.
Hermione seguía en su postura.
-"Debe, debe, debe..." -remedó viendo arriba, como si Snape fuera una cacatúa- Fuera del aula los deberes no aplican, profesor.
Snape descubrió más: la mirada cálida de Granger, su voz en notas que filtraban un sentimiento. Su seriedad era propia de cómo se tomaba las cuestiones importantes.
Pero su expresión era de estar enamorada de él y a la vez desafiarlo a que lo creyera.
-Amor –susurró–. Es amor de lo que le hablo. El mío por usted.
¿Ella detectó algún gesto mínimo en él, delator que sus palabras lo afectaban a su pesar? En la voz de ella resonó otra intención, no engañosa, pero como si sondeara el modo de vencer una barrera en él.
-Lo amo, sí, yo lo amo, profesor Snape.
Hermione alzó hacia él su rostro levemente ruborizado y lo miró con determinación donde resonaban ecos de deseos... Granger expresaba más con los ojos y con la voz. Su mirada directa, clara, con resplandores, efluvios en el aire que se fundían con el perfume del jardín a espaldas de ella.
Es... una aparición, se dijo Snape, golpeado por un descubrimiento, es...
-Granger... –Snape resopló, preocupado por el riesgo.
-¿Qué le ocurre, profesor? –preguntó Hermione, en cariñoso desafío– ¿No lo cree, no le importa, piensa que estoy errada, sale demasiado de su mundo? Y si así fuera, ¿cuál es el problema?
Snape estaba incrédulo ante su propia falta de ira. Espirales de humo que se desplomaban. Y en este punto, no haber rechazado a Granger con cajas destempladas al primer momento, indicaba que no lo haría.
-Pienso que cuidé el corredor –Snape se le acercó, pero bajó la voz – ¿Usted lo hace cuando habla normalmentecon sus compañeros? ¿No, verdad? Que yo haya cuidado quién venía, muestra que esto está mal. Que no existe el espacio, ni las normas para hacerlo: Está-muy-mal.
-¿Qué es malo y qué es bueno? –rebatió Hermione, sobreponiéndose a la proximidad física de él– Si esto está mal, entonces para mí está bien.
Al acercarse más, el perfume de la castaña lo envolvió... ¿O era su aroma natural? La mirada de ella lo traspasaba y Snape pensó: Granger huele a rosas y a un toque de maderas... Huele... A vida...
-¿No soy suficiente para usted? –inquirió ella, desafiante.
Él se trastornó.
Estaban tan cerca, mirándose a los ojos... y ocurrió una conexión.
Se descubrían con la mirada, preguntándose desde la revelación, qué más podría ocurrir... La cercanía permitía respirar el perfume floral de ella, el aroma a lavanda de él.
Luz que se filtraba por el jardín sin techo dio en los ojos y labios de Hermione.
Snape anticipó la tersura... La calidez de la respiración de ella, le sugirió la humedad de sus labios.
Se les escapó un jadeo de anticipación. Tal vez, si se acercaban... un poco más...
Snape se retiró.
-¡Granger...! –la frase se la atoró en la garganta– ¡Es...!
Hermione intentaba desentrañar su reacción inoportuna.
-¡No...! –Snape tomó aire– ¡No tenemos que hablar de estas cosas! ¡Es inadmisible! ¡Rotundamente fuera de lugar! ¡No sé cómo no vienen los dementores por mí en este instante!
Ella tomó eso como una insania, haciendo la cara correspondiente de dirigirse a un insano.
-Debería haber orden de aprehenderlo, ¿no cree? –pero la voz era afectuosa.
Era la segunda vez desde que Granger entró a Hogwarts que hablaba con ella por más de cinco segundos. La otra fue ayer y las dos eran locuras. ¿Por qué pese a tantos despropósitos, tuvo la tentación de besarla? ¿Por qué Lily se le olvidaba, como si la hubiera visto una sola vez en la fila del pan?
En cambio a Hermione la sentía en sus emociones solamente estar cerca de ella; captó que se entendería con ella hablando de lo que fuere. Ahora por ejemplo, ella se tomaba en serio los dramatismos de él. Merlín, es una párvula, es una párvula y no logro ponerla en su lugar.
Snape alzó una mano para quitarse un mechón de la cara, pero Hermione la atrapó.
-¿Mal? –quiso saber ella, apretándole la mano, en tono deseoso– ¿Le parece tan mal? ¿En serio?
Snape también le apretó la mano, observándola con sacudimiento interior.
-Granger...
Pero lo que fuera a añadir se interrumpió ante el reclamo atónito de McGonagall.
-¡Profesor Snape! –estaba a un lado de ellos, cubriéndose la boca y mirada escandalizada.
Como el rayo, él la apuntó con la varita sacada de quién sabe dónde.
El destello tocó de pleno a la subdirectora, los brillos se disolvieron haciéndola dar un paso atras con cara de distraída y en seguida tomó el umbral por el que salió Snape, con aire ausente.
Snape puso la frente contra una columna. Poco más y le brotaba humo por la cabeza.
-No puedo creer que oblivié a Minerva McGonagall.
Hermione asintió, aprobando:
-Fue lo más inteligente. De no hacerlo era expulsión permanente para mí y prisión para usted.
-¡Usted es una Slytherin encubierta! –Snape fue hacia ella– ¡Es peligrosa, con su carita de no rompo un plato usted quiere matar al Señor Tenebroso, y probablemente lo logre!
-¡Mi carita! –sonrió encantada por la expresión y luego se mostró dolida– Pero, ¿a qué viene eso?
Snape notó la sobreactuación, mas no vio razón para no decir la verdad.
-¡Usted está trastornando mi mundo!
Hermione no pudo contener un gesto: bajó la mirada y sonrió, adelantado un poco la mandíbula.
Le satisface, pensó Snape, atónito. Acabo de cometer un delito y a Granger le satisface... Le satisface verme alterado y también lo que fui capaz de hacer ahora Le satisface que la acuse. Le satisface provocarme emociones.
En su mente analítica debe pensar que entre más tiempo hable con ella, es más probable que se pierda el límite de lo correcto e incorrecto. Seducción estilo Insoportable.
Snape fue a la opción desanimar a Grange. Soltó sin remordimiento:
-Por otra parte, me es imposible mantener relación con nadie, debido a la señorita Charity Burbage.
Hermione se vio descolocada, traída desde sus pensamientos.
-¿Quién, perdón, Miss Burbage? –quiso ratificar.
-Sí, la profesora Charity. Somos... muy íntimos. Volverá.
Hermione bajo la mirada.
-Ah –exclamó en susurro, mostrando sus largas pestañas.
El gesto fue un hechizo para Snape. Había ensayado a saber qué le provocaba Granger en momentos como éste. Desconcierto, agrado, simpatía... o era... ¿encantarse?
¿Granger le estaba pareciendo encantadora?
-¿La ama? –Hermione quiso saber, dócil.
-No puedo creer que me pregunte eso.
-Y si ella es tan íntima de usted, ¿por qué no me rechaza? –lo cuestionó–. Sabemos que me detesta y mis palabras son para que enfurezca y alcance nuevas cotas de sarcasmo, ¿por qué no lo hace?
Snape se puso altanero.
-¡No tengo por qué responder a eso!
Hermione negó con la cabeza, como si Snape no pudiera ver lo obvio.
Para zanjar el tema, se hizo hacia adelante y le plantó un beso en una mejilla.
La presión de los labios, el sonido, la caricia a hurtadillas hizo que Snape enmudeciera.
Granger le hablaba con la mirada... Le hablaba de sentimientos, de cuánto había ella soñado. Y no pedía, preguntaba si ambos podrían transitar en la noche de alguna oscura primavera.
Y Snape vio aquel paisaje... Se imaginó con Granger en otro país, y en las ráfagas de viento que entraban por el jardín interior, en la danza de los rododendros, las rosas azules y otras flores mágicas, se sintió al borde una locura que lo llamaba... Una emoción lo invadió como diciéndole Sí, tú deseabas esto, no lo niegues.
Snape salió por el umbral de donde entró.
-¡Es suficiente!
La voz risueña de Hermione lo siguió en la escalera.
-¡Y no me importa si Miss Burbage lo quiere, yo lo quiero más!
EL CORAZÓN MANDA
Snape asomó, cauteloso, por el borde de una esquina en el tercer piso.
Nadie venía.
Volteó por donde llegó. Vacío.
Dio un paso doblando en la esquina y Hermione lo interceptó de un salto.
-¡Colacuernos y dragones! –rugió Snape.
-¿Lo asusté? –ella lo cuestionó para destacar su sobresalto, divertida- ¿Asusté al profesor de nervios de acero?
-¡Claro que no! –fingió, pero sentía los latidos del corazón, en las orejas– ¿Y de dónde sale usted? ¿A honras de qué brinca en mi camino? ¡Cinco puntos menos...!
-¡... para Slytherin! –Hermione con las manos a la espalda, lo miró a los ojos abiertamente, sonriendo– ¡Debe aceptar que mi maniobra fue estupenda!
Aunque francamente empavorecido por la Gryffindor, Snape había decidido no correr de ella. No solo perdía presencia profesoral, sino que era inútil.
-¿Cómo pude alterar al profesor sin emociones? –Hermione lo estudiaba, maravillada– ¿Será acaso que lo intranquilizo?
-Usted no intranquiliza ni a un elfo miedoso –Snape alzó una ceja, muy intranquilo–. Y deberá responder por esta actitud, responder...
Hermione dio un paso hacia él sin perder el aire alegre.
-¡Respondo que quiero estar cerca de usted!
Ella dio otro paso, pero Snape se negó a ir atrás. Necesitaba mantener el papel. No obstante, la cercanía de Granger le causaba una sensación en la piel. No sabía definirla, pero era desconocida, y todo mortífago sabe que de lo desconocido hay que escapar.
-Usted me salió de la nada, por lo cual hay que ver si no hizo un encantamiento prohibido en los terrenos de esta escuela de prestigio –se defendió-, eso, sin contar que rompe los reglamentos peor que Quien no Debe ser Nombrado y que desde hace días se ha hecho acreedora a unas veinticuatro expulsiones.
Granger le soltó otra barbaridad con ese aire tan natural que a Snape casi no le enojaba, por la incredulidad que esto estuviera ocurriéndole.
-Las personas que se aman necesitan estar cerca –planteó ella.
-¿Lsprsons...? –la frase se le apelotonó por atragantarse, lo que sí era inevitable.
-Yo lo amo, ya se lo he dicho. Usted también lo siente –Hermione le explicaba como si Snape fuera un alumno de primero, que tampoco entendía con grageas y tritones de jengibre- ¿No se ha dado cuenta?
-¿Darme...? –el profesor se peinó hacia atrás con una mano, al borde del colapso- ¿De qué, según usted, chicuela?
-Usted también me ama, pero lo niega.
Snape fue alzando la voz:
-¡Yo jamásmente...!
-Sí, me ama –Hermione no tenía vanidad o aires de triunfo, sino que traslucía el interés que Snape admitiera una verdad-. ¿Por qué cotidianamente me ataca tanto? El rechazo es inversamente proporcional a la atracción. Es interés, disfrazado de lo contrario para que yo no me dé cuenta de lo que siente, para negárselo usted y estar tranquilo con su conciencia.
Snape boqueó como dementor oliendo chocolate.
-Claro, seguramente deberíamos escondernos a partir de cierto momento –la lógica de la Gryffindor era irrefutable-. Los encuentros clandestinos son necesarios cuando van en contra de las normas que nos rigen, creadas por la Casa de Hufflepuff. He localizado algunos puntos del castillo donde habríamos de citarnos, así como una tabla de horarios para nuestras citas y que no interfieran con actividades. Las noches. Las noches son la hora más propicia, y además sería emocionante.
Snape evitó comentar; resoplando echó a andar como si huyera del Señor Tenebroso, luego de revelarle que le estaba viendo la cara de tonto, aunque a decir verdad era él quien temía ser visto con esa expresión y desde esa perspectiva poco edificante. O sea, si alguien se perdió, Snape no quería decir nada porque Hermione le daba la vuelta y lo enredaba, y él temía estar siendo un tanto. Es decir, un tonto. A Snape se le enredaban las palabras.
Ella fue a su lado, a paso vivo.
-¿Quiere saber cómo lo hice? –preguntó, animada de nuevo, buscándole los ojos, deseosa de presumirle su logro.
-¡No quiero saber nada! –Snape no lograba entender cómo no la ponía en su lugar, pero sí tenía clara esa suerte de debilidad que lo invadía cuando Granger estaba cerca; ese no querer verla cuando ella le sonreía; se recriminaba por sus fracasos estrepitosos; la muy insolente acababa de decirle que los cinco puntos que él descontó eran para Slytherin, y él solo podía huir.
-Ahora, en clase, dijo que los tiempos eran fundamentales –le recordó ella–, tanto en el atanor, como en la vida; luego consultó su reloj de arena y cavilando, alzó los ojos al norponiente. Por lo tanto y con base en el plano del castillo, pensó que debía ir a la Torre del Reloj al terminar la lección. Yo estaba
Snape aceleró el paso.
-¿Y por qué vino, en vez de escapar en sentido contrario?
-¡Porque quiero verlo, obviamente! –Hermione iba a su lado, presta- ¡Me gusta oírlo! ¿Le dije que su voz es varonil y seductora?
-¡No me interesa! –tronó- ¡Y escuche!
Dio un salto hacia delante, extraño por lo repentino y de un metro cuando mucho, lo cual era su versión de evitar el acoso, y girando con la espalda muy recta, alzó un dedo.
-¡Nada sucederá aquí, ni en ningún lugar, ni bajo la combinación de circunstancias que imagine! ¡Es inadmisible, intolerable, impropio e inconcebible! ¡Antiético, inmoral e infradocéntico! ¡Vuelva a decirlo y yo mismo iniciaré los trámites para su expulsión!
-Lo amo –asintió ella, como a quien no le queda más.
-¡... nada me dará más gusto que verla cruzar la puerta...! ¿Eh...? –se desencajó con cara de tonto, lo que temía.
-Lo amo –Hermione saltó a una banca de piedra , donde dio tres pasos de vals al enumerar–. Lo amo, lo adoro y me encanta. Y me gusta sentirme así.
Snape la miró de arriba abajo: el ondular de sus cabellos, el dibujo de sus brazos, el breve vuelo de su falda.
-¿No le importa Azkabán? –susurró él, indignado.
-Ah... ¿pero le preocupa principalmente Azkabán? –Hermione pareció entender apenas– Su resistencia, ¿no es caballerosa, temiendo dañar mi doncellez?
-No... ¡O sea, sí...! -se enredó, porque eran ambas cosas, aunque en complejo orden de importancia– ¡Es decir que sí, pero no...! La cuestión...
Hermione ladeó la cara con amable interés.
-Entonces, usted lo haría si el castigo no pendiera sobre su cabeza. Fascinante.
Snape se señaló a sí mismo con ambos índices.
-Granger: Yo no haría nada, no debería estar oyéndola, ni hablando con usted de estos temas. Es posible que abuse del encanto con sus tontos amigos, pero usted ¡y lo sabe!, me es antipática, desagradable y estoy creyendo, indigna de graduarse.
Todavía sobre la banca, con tono airado, Hermione le dio la espalda en un salto de sus rizos dorados.
Snape añadió un ataque a Gryffindor pero Hermione veía abajo y sonreía con labios apretados.
El profesor continuó, pero ella no le prestó atención. Algo en las palabras de Snape le causaron íntima satisfacción.
No veía a Snape para que él no entendiera bien a bien sus intenciones, pero al mismo tiempo, para ocultarle su sonrisa complacida.
-... siendo así, usted pretende manipularme con un plan elaborado –concluía él, acostumbrado a conspiraciones hasta en la sopa-. La conozco, tendrá por escrito las fases de su plan.
-Claro que no, profesor –actoralmente, Hermione apenas volteó la cara a él, haciendo ojos de fastidio-. Me otorga demasiado mérito.
-¡Finge, le encanta romper la tranquilidad de un superior académico! Esa forma que tiene debe servirle con el tomate de Weasley, pero...
De espaldas a él, Hermione alzó el rostro casi viendo al techo, diríase que apesadumbrada.
-¿Por qué cree que me sirve con Ron?
Snape volvió a peinarse.
-Usted no hace aquí las preguntas, Granger –pero sí las hacía y además, él respondía; Snape se daba topes contra la pared–, esto debería hacerlo con algún alumno, uno de su Casa, con el señor Draco...
Ella bajó el rostro, negando una sola vez.
-¿Prefiere verme con Draco?
El profesor exhibió una duda en sus palabras.
-Bueno, seguramente él no le conviene... ¡Y no soy su consejero matrimonial!
Hermione volvió a cubrir sus ojos con las pestañas, sonriendo satisfecha.
-¡Intranquilice al que se deje! –añadió él.
Asintió, satisfecha.
-Así que se siente intranquilo -concluyó.
Snape manoteó.
-¡Me causa molestia e impaciencia! ¡Y para evitar su expulsión, que estoy por empezar a tramitar debe decirme sus reales propósitos y planes tenebrosos!
-No voy a decirle nada –de nuevo negó en corto, con aire encaprichado.
Snape se inclinó, señalándola.
-Puedo leer sus pensamientos, ¿se entera, marisabidilla? –refunfuñó-. ¿A que no se sabía esa, eh? Puedo dejar su mente como pergamino dejándole caer tinta encima, enterándome de sus íntimos secretos.
Hermione lo encaró en giro repentino, cejas alzadas y sonrisa de entendida.
-¡Mis íntimos secretos! –asintió, retadora– ¿En verdad? ¿Quiere leer mis pensamientos? ¿Quiere saber lo que imagino con usted?
Eso tomó a Snape desprevenido.
-¡Me refiero a sus...!
-¿Quiere ver las escenas que tengo en mi mente? –Hermione sonreía desafiante, alzando las cejas– ¿Desea ver qué quiero, sin censuras?
-Basta –él se alejó.
Ella lo analizó con gravedad rayando en el reproche.
-Yo un pergamino y usted "dejándome caer tinta encima"... Eso tiene connotaciones, ¿sabe?
Snape se detuvo en seco.
-Me va a expulsar hasta el Lord –dijo muy bajo y pensó en voz alta-. Es un juego peligroso.
-Yo no estoy jugando.
La Gryffindor saltó de la banca, fue a él y Snape el mortífago máximo se intimidó ante la alumna: dio pasos atrás, pisó una piedra suelta, le dirigió mala mirada y la pateó.
-Ya sé que los reglamentos lo prohíben –dijo ella, avanzando–, así como que lo castiga cuanta ley existe. ¿Cree que soy ingenua? Pero, ¿qué quiere que le diga? ¿Que me arrepiento y ojalá me mate la Espada de Gryffindor? Estoy enamorada, no lo puedo callar, por ende el camino es claro, si es tan malo lo siento, Merlín, pero son verdades que aparecen, nos envuelven hasta dejarnos mudos... De acuerdo, en mi caso me hace hablar por los codos, pero ése es otro tema.
Él alzó una ceja:
-De que habla por los codos, llevo años sabiéndolo...
Ella se detuvo, encogiéndose de hombros.
-Estoy dispuesta a cambiar.
-¿En verdad? –se esperanzó.
-Sí, vea –ella alzó la mano, como en clase.
-Hable -concedió.
Ella dio un saltito, sin bajar la mano.
-¡Lo amo!
Snape hizo la cara atrás como pateada por troll.
-... soy un idiot... –cayó en la banca.
-¡No, en serio! –Hermione sonrió de nuevo, alzando la mano- ¡Ahora sí, deme la palabra!
-¿En verdad? –dudó.
-¡Sí!
-Hable -cedió.
-¡Lo amo!
Snape quiso levantarse, pero ella lo impidió colocando una mano en un descansabrazos. Él debería tocarla para hacerse paso, pero los contactos estaban prohibidos.
-Usted no es mortífago –Hermione se emocionó-. Fui la primera en sospecharlo, pero me di cuenta que pudo eliminar a Harry desde primer año y dejarlo como Nimbus usada para peinar chupacabras. Dumbledore lo apoya, incluso ante la profesora McGonagall... El director de menos hace la vista gorda con cada acto dudoso suyo. Usted no me expulsará, estoy segura. Hay mucho en juego. No se arriesgará a quitar a Harry el mejor apoyo estratégico y de inteligencia preclara, ella, la Niña que Sobrevivió a Pociones, el recurso cerebral clave para evitar que Harry se mate con el auxilio entusiasta de Ron, ella, la mayor bruja de su generación.
-¿Quién es ella? –Snape hizo una mueca.
-Yo.
-Debí suponerlo –suspiró.
-Y cuando acabe la guerra o tal vez antes porque no sabemos si usted sobreviva, ya que practica la autoflagelación en un pozo negro como su alma, seremos novios.
Hermione se había percatado en este rato que algo de lo que hacía o decía causaba un efecto en Snape. Alegremente lo veía de un ojo a otro, intentando desentrañar lo que sucedía con él mientras hablaba de otro
-Por lo tanto, se trata de usar a nuestro favor aquello que nos ata. El colegio, el mundo, el compromiso con Dumbledore. ¿Debe ser? Muy bien, pero el poder no solo de su lado. ¿Nos necesita, no? Entonces nos dará algo a cambio, como el manipular a otros para no meterse con nuestro noviazgo.
Ella pensó que esa expresión era la causa que Snape tuviera una mezcla de tensión y casi imperceptible embeleso, llevándola a hacer cálculos a mil por hora, sin darse cuenta que era el salto de sus rizos.
Hermione siguió, negando con la cabeza, pero para enfatizar su convicción, ondeando sus bucles.
-No sabe, no sabe lo maravilloso que puede ser, una relación extraordinaria, emocionante, pasional, todo es que renuncie a su postura muggle de clérigo anglicano, dejándose llevar por la verdad de las cosas.
Desplegó una especie de poder serpentino, induciendo a Snape a una placentera inmovilidad, dominada por Hermione acercándosele, aproximando su rostro al de él...
Se escabulló dejándose resbalar al suelo, uniendo la maniobra a algún hechizo porque se difuminó brevemente y volviendo a hacerse visible, de pie, firme y lento, advirtió:
-Sí, voy a la Torre del Reloj, es usted inteligente. Bravo. De ahí iré por el director y haré que la expulsen. No tengo idea de nada de lo que me dice. Prepare sus maletas.
La Gryffindor se cubrió los ojos y se alejó veloz hasta doblar en la esquina.
Por fin, pensó Snape, exhalando lentamente.
Al alejarse, las palmadas de Hermione acompañaron a su risa.
-¡Es tan malvado, pero tan ingenuo! ¡Me encanta!
BESOS SON MEJORES QUE AMORTENTIA
Los gemelos Weasley caminaban en el oscurecido tercer piso preparando una broma para Snape, cuando un par de manos los tomó por la nuca.
Fred y George abrieron mucho los ojos con atisbo de sonrisa, e inmovilizados se miraron de reojo.
La cara de Snape brotó entre ellos.
-Voy a preguntar y no me respondan de inmediato... Lo pensarán, dirán la verdad, pero si detecto la mínima mentira comprobarán que no juego. ¿Oyeron, señores?
-Sip –se paralizó Fred.
-Sí, profesor –se ahogó George.
-¿Ustedes o uno de ustedes, o alguien que ustedes conozcan, está haciendo juegos con uso tramposo de Amortentia? ¿En pócima, pulverizado, aerosol, cápsulas o en cualquier presentación con fines digamos recreativos, léase una maldita broma de infectos retrasados mentales desahuciados?
Lo gemelos miraban al frente, paralizados como quien a lo fría un rozo hálito, o como se diga.
-Nop.
-No, profesor.
Snape los soltó bruscamente, desapareció y los gemelos se fueron de bruces.
-¡Por los fuegos de Beltane! –gritó Fred, sobándose la nuca– ¿Qué fue eso?
-No lo sé –Georgetuvo un desagradable escalofrío– ¿Amortentia y a quién?
Se alejaron viendo atrás, temiendo que volviera.
-A Snape seguro que no –opinó Fred–, a él, ni en infusión a vena por doce horas le haría efecto.
La broma les estalló enmedio, dejándolos bañados de plumas de colores que se la pasaban dos horas diciendo cuacuá.
-El Murciélago no tiene sentido del humor –opinó George, escupiendo una pluma.
En una oficina del profesorado, Snape intentaba concentrarse para calificar las libretas que le llevara Filch luego de recogerlas afuera de DCAO, cuando llegó una lechuza con mensaje. Al desplegarlo, Snape leyó:
Snape pasó la vista repetidamente por las palabras. Casi no había dormido la noche que Granger lo besó en la mejilla. Tuvo la sensación de sus labios. Y preguntándose si esta noche dormiría, con un dedo tocó el nombre de ella.
Dos noches después se disponía a dormir, ya se había quitado la camisa; sentado en la cama llegó otra lechuza, que le soltó una vociferadora:
-¿SABE QUE USTED ME GUSTA, PROFESOR?
Él se dejó caer en la cama, cubriéndose ojos con una mano, sonriendo torcidamente.
-¡Sí, me gusta! –dijo la vociferadora, que tenía los labios pintados– ¡Y mucho! ¡Se lo diré a Dumbledore! ¡No olvide eso y descanse! -la carta frunció los labios, vibrando al dar el beso al aire– ¡M-MMUACKK!
Al terminar, la vociferadora se partió en pedazos que cayeron en lento confeti sobre Snape.
Él se puso de costado, rumiando:
-¡Granger...!
A la mañana del siguiente día recibió carta de Charity, quien le contaba su experiencia. Como era su mejor amiga y confidente en lo posible, él le adelantó pormenores de lo ocurrido, sin decirle de quién le hablaba.
Envió la lechuza e iba por un pasillo cuando Granger, Lovegood y las Parvati aparecieron tras una esquina, en sentido opuesto a él.
Hermione no perdió la sonrisa, ni modificó su expresión, lo cual atrajo a Snape al verla tan capaz de fingir como él, y más cuando ella se las arregló para que las otras chicas pasaran delante.
Las otras hicieron fila saludándolo sin verlo, intimidadas. Cuando Hermione cruzó al lado de él, extendió una mano y sonriendo, le dio un pergamino doblado.
Snape tomó la hoja, tocando algunos dedos de Hermione, su textura fresca, tersa, y admitió, porque era inútil negarlo, que aceptaba la hoja no solo para guardarla.
Estoy recibiendo mensajes románticos de una alumna, se dijo, estremecido por la enormidad. Y toqué su mano, pensando en su cuerpo. ¿... me estoy convirtiendo en un libidinoso? ¿Así acaba la vida de un brujo poderoso e infame, trastornado por una chicuela? Quiso ignorarla.
Aun así, volteó a verla.
En tiempo lento, contempló a Granger llevando libros contra sí, volteando hacia él, con el mentón tras el hombro... ella le sonrió.
Snape se apresuró en sentido contrario, sintiendo que ni con todas las millas que disponía la Tierra para separar a dos personas, lograría alejarse de Granger.
Y comenzaba a fijarse en lo que nunca: En los vuelos de los rizos dorados de Hermione, en sus hombros, sus brazos gráciles, en el tono de sus labios y en su cintura, en el aleteo de su falda al correr y en el tono rosa de sus piernas.
Lo que antes habría considerado inadmisible, ahora le era placentero. Lo invadía.
Se puso en unos arcos donde daba luz del mediodía y leyó:
McGonagall lo sobresaltó.
-¡Hace días quise hablar con usted! –dijo al verlo, golpeteándose dientes con un dedo-, pero se me olvidó el motivo, era algo que tenía que ver con Azkabán –chasqueó los dedos, decepcionada– Qué extraño, ¿no? En cambio, uno recuerda cosas que quisiera olvidar.
Siguió su camino.
-Yo también quisiera olvidarlas –rumió Snape y siguió leyendo:
Snape consideró que el mensaje era una hábil tentativa de hipnosis e implantación de falsos recuerdos, salpicado con la intelectualidad odiosa de Granger.
No obstante, lo de "ser novios" sumió a Snape en un limbo, un vacío que era la situación de estarlo pensando.
O de darse un espacio para fantasear con eso, con el sonido de la frase en labios de Granger.
El estatus novios era más propio de un colegial que de un adulto, pero paladeó el sentir.
¿Le gustaría que fuera su novia? La imaginó andando por la entrada del castillo, sonriéndole como hacía últimamente, caminando con él, y él decirle que la amaba.
¿No vale la pena, Severus?, le decía la voz interior. ¿No vale la pena enloquecer, y arder bajo la Luna?
Al día siguiente hubo un examen. En mala hora a Minerva McOblivion se le había ocurrido la modalidad de uno-a-uno, para incrementar la presión académica.
Hermione entró al salón de pupitres vacíos, se acomodó en uno solitario frente al escritorio de Snape, que sentado al otro lado, preguntó:
-¿Dosis de destilado de Tierra de Venus para Manusmater?
-Dos cucharillas de 0.5 mg, total 1.0 mg.
-¿Tiempo de cocción para Elixir Astral de Saturno?
-De día entre vitrales azules, de noche a la luz de luna, así hasta completar un ciclo: 28 días.
Snape le mostró la hoja, calificada como Excelente, antes de preguntarle.
-Respuestas correctas. Usted está aprobada antes que le pregunte –dijo él-. Eso lo sé. Y usted es la única que hace comentarios profundos más allá de lo que dice el libro.
Hermione se sorprendió.
-Oh, profesor...
-Su desempeño escolar es más que extraordinario. Ciertos temas se deben a mí.
Snape se recargó en el asiento, apoyando la cabeza en el respaldo, viendo al techo. Su voz reverberó en el aula de DCAO.
-Granger, yo con usted he salido de mis casillas –caviló–. Y no me evado de considerar las razones. Yo era como usted, sabía la respuesta exacta de cada pregunta que Slughorn hacía en clase, pero yo no alzaba la mano, era demasiado tímido. No obstante, aunque me comporté diferente, creo que me exaspero con usted, pero la verdad es con un rasgo que detesto de mí: Ser libresco en extremo. Posiblemente, aunque es su libertad ser como considere, me preocupa que alguien tan sensible como usted cometa un error que puede llevarla al aislamiento y a no ver la vida.
Hermione lo miró con atención. Él añadió.
-Y para subsanar mis errores, le digo que uno soy un monstruo, Granger, que nada de lo que usted me dice se va a un pozo sin fondo. Tiene que saber que todo me importa. Tiene que saber que usted me importa.
-Y usted a mí... -Hermione apoyó una mejilla en una mano.
-Usted es inteligente, usted es... –Snape suspiró, viendo al techo– No sé lo que estoy diciendo o por qué... Usted es hermosa.
Pese a cómo venía actuando con él, Hermione se sonrojó, más cuando Snape cerró los ojos al decir:
-Usted es hermosa, es como un sueño, Granger, como nadie podría ser –vagó la mirada por el aula– Es... Sus virtudes y toda usted... es tremendamente bella.
Hermione se cubrió la boca por el asombro.
-Y también he pensado por qué ocurre lo que usted me ha dicho –se dijo Snape–. Para usted será claro, pero para mí es incomprensible. No entiendo qué atractivo podría tener yo para usted. Soy demasiado agrio, demasiado lleno de barreras. Por eso he recorrido las hipótesis del desatino, la fantasía o el efecto de un filtro.
La armonía de una discreta risa de Hermione sonó en el aula.
-Su pregunta a los Weasley, ¿fue por mí? Me enteré en la cena de ese día. Seguían llenos de plumas.
-Todo es posible. Y ahora que lo pienso, ¿cuál es el verbo de estar bajo el influjo de un filtro, amortentado?
Ella sonrió:
-Suena bien.
Snape la miró:
-Pienso en usted, Hermione, mucho. De pronto me cuesta conciliar el sueño por recordarla. Y si estoy así, como me ve, no como el que conoce, es porque es usted. Yo no haría esto absolutamente con nadie más.
Hermione le sonreía.
-Puedo darme cuenta de eso y me agrada -comentó ella-. Eso también me hace escucharlo. Aunque supongo que tiene algo más para mí.
-Le llevo veinte años, Hermione –dijo él con una suerte de pesar.
-Sabía que era eso –asintió ella.
-Usted es para alguien más joven, yo para alguien de mayor edad.
-Una Miss Burbage –asintió ella, sintetizando.
-Cual fuere –él se encogió de hombros–, pero yo debo hacer lo que se esperaría de mí.
-Y, ¿qué es lo que se esperaría de mí? –ella rio sin ganas– ¿Con quién debería estar yo, con Neville, con Jordan, con Ron? ¡Ja! ¡No quiero cambiar pañales, gracias!
-Hay jóvenes que también son maduros.
-¿Quiénes, los jugadores que quidditch, que abren la boca y sólo dicen tonterías? ¿Los que están enamorados de sí mismos? ¿Los que presumen de cuánto saben? ¿Un niño de 24, uno de 20?
Snape lo consideró. Granger hablaba de un elemento de madurez, de solidez y profundidad. Pensó que estando en quinto año, a él le había gustado la profesora de Runas por la misma razón.
-Se trata de cómo se comunican las personas –afirmó ella–, de lo que tienen dentro de sí. Las apariencias no cuentan, a la gente le gusta hablar, pero sólo cuenta lo que uno desea.
-Entiendo eso. Igualmente no conviene hablarlo ahora, hemos demorado y los exámenes...
-Como quiera.
Y Hermione tuvo un cambio ostentoso: posó el mentón en una mano, sonriéndole.
Él la acusó mentalmente. ¡Eso es coquetería!
Ella sabía lo que quería provocar y sabía que lo podía conseguir.
¿En qué momento se salía del guion intelectual y era sencillamente una chica? Qué difícil sería para cualquier alumno resistirse a Granger si se pusiera en plan de conquista, consideró Snape. ¿O pienso eso porque me sucede a mí, porque yo la veo como la veo? Hablo de ser adulto y al sonreírme me causa algo como mariposas en el estómago.
Hermione se levantó tomando su libreta, con una sonrisa de mirada contrariada, pero decidida.
-¡Lo siento, profesor Snape! Me tendrá molestándolo de nuevo. Yo no quiero un niño, quiero un hombre, a usted. Y yo no haría más, de no saber ahora lo que usted siente por mí, porque me lo confesó. Así que nos veremos.
Le lanzó un beso con los dedos y salió, dejándolo con la verdad que intentar desanimar a una chica decidida, surtía el efecto contrario.
Pasados dos días, en un relativo silencio en que la clase escribía, Snape en su escritorio cruzaba los dedos a la altura de su boca, observando molesto a Hermione.
La castaña, redactando y con la cara ladeada hacia el cuaderno, alzó sonriendo la vista hacia Snape.
Descubrió sus ojos entrecerrados de encono dirigidos a ella, sobre la línea de sus dedos.
Hermione contuvo una risa con un dejar ir la cabeza y regresar, y siguió escribiendo.
La lluvia escurría el otro lado del sucio ventanal de la taberna clandestina de Knockturn, Widoutname, donde en la única mesa ocupada de cuatro, entre menguantes Lumos, en una esquina oscuraSnape se sentaba apoyado un codo en el respaldo de la silla; cerca de su mano sobre la mesa descansaba un vaso de licor que no había tocado.
Una bruja de edad, con largo vestido raído y cofia, que olía a whiskey de fuego, de manos delicadas que debieron ser bellas, pasó junto a su mesa al verlo con papel y pluma.
-¿Carta de amor? Por tres sickles puedes dictármela, hijo, a esta taberna vienen los infieles del Callejón y de Knock.
Snape soltó una risa cansina por lo de "infieles" y alejó a la anciana con un gesto de la mano.
-Olvídelo, abuela... Espere –le dio un galeón.
-Merlín te cuide –respondió al recibirlo y se fue.
Snape escribió:
Querida Charity,
Ella no hace lo que podría esperarse de una mujer mayor y no puede ni debería hacerlo.
Pero, ¿importa? ¿O el encanto de Granger es ser como es?
Perfecta, simplemente perfecta y desespero.
SS
En la última línea, la mente de Snape hecha a conspiraciones incubó una duda.
Tomó la carta, dictó a la pluma el código postal de Charity en Beauxbatons, que era un fárrago muy adecuado para alguien de la Orden:
-BXNTNS*KSNcdsJUQW873!g0H7ErF30'NFne394J!483402KNDcX8!
Pensó que al final había un estúpido pentagrama, como si cuidara algo.
La lechuza se llevó la carta y él tomó el vaso de whiskey, pero a mitad de camino hacia su boca lo dejó para no oler a alcohol al hablar con Granger, y regresó a Hogwarts.
Hermione subía a la Torre de Gryffindor cuando Snape se le adelantó, llamándola con un índice tal como si fuera a anunciarle que restaba puntos a su Casa.
Hermione sonrió al verlo. Se colocó en la sombra tras una esquina y Snape se inclinó hacia ella.
-Usted no está enamorada de mí.
-¡Sí lo estoy! –rio Hermione sacudiendo los rizos al asentir, disfrutando la resistencia de él.
-¡En el fondo hay otra razón! –expuso él.
-No la hay, profesor Snape –ella negó, con otro grácil salto de sus rizos–. Yo sé lo que siento y lo que siento es que lo quiero.
Snape alzó el índice como dictando cátedra:
-¡Se engaña!
-Pero, ¿cómo podría engañarme? –sonrió melancólica, enternecida por la tozudez de Snape– ¿Por qué no me crees? ¿Por qué no me crees, mi amor?
Snape enmudeció. Hermione insistió:
-¿Por qué no me crees, mi amor? ¿Es tan difícil, cariño? ¿Por qué te me resistes? ¿Te es tan difícil creer que te amo, cuál es el problema, si no hay nada oculto? –franjas de luz nocturna llegaban a ellos– ¡Te amo y tú me amas, yo lo sé!
Snape se sobrepuso al vértigo y afirmó:
-En esta escuela donde estamos encerrados gran parte del año, ocurre toda clase de ficciones.
Lo dijo con tal desdén que picó a Hermione y la indignó, señalándose con ambas manos.
Discutieron en la penumbra, en voz baja, porque pasaban algunos alumnos metros más allá.
-¡Ah, pero yo no soy así...! ¡Yo, Hermione Granger, no soy una del montón!
-¡Bueno, Lockhardt... yo casi la suspendo!
-¡Bah, lo de Lockhardt fue cuando yo era muy chica!
Snape se puso las manos en los costados, asintiendo lentamente.
-¡Vaya...! ¡Cuando era muy chica, la señorita! ¿Y qué cree que es ahora?
Hermione lo remedó, colocándose las manos en la cintura:
-¡Pues no soy un profesor insufrible!
-¡Pues yo no soy quien habla de pie en una banca!
Hermione se cruzó de brazos, sonriendo como ante un necio, golpeteándose un antebrazo con un índice, denegando con la cabeza y viendo arriba.
-¿Qué significa esa actitud? –preguntó él.
Ella lo tomó por el cuello de la casaca y haciendo más adelante el rostro, tirando de Snape, lo besó en la boca.
EL CORAZÓN CANTA SIN HABLAR
Las caricias de la boca de Hermione abarcando la boca de Snape, en deseosos movimientos, sedientos, eran de piel, de humedad, atrapantes, ardorosas.
Snape recibía el beso con los ojos cerrados, tomando los brazos de ella, pero los movimientos, la calidez de la caricia, el placer que lo sacudió, le arrancaron un gemido.
Los gemidos de Snape se volvieron más rápidos, en la boca de Hermione.
Perdido, la rodeó con los brazos y le devolvió el beso con deleite.
Ella se apartó un poco abrazándolo, envolviéndose en el calor de sus rostros.
-Así está mejor, ¿no lo crees? –jadeó ella.
Snape la besó con deseo voraz y ella le dio el mismo fuego.
Se habían atraído, deseado, amado, saliendo de la censura, ahora teniéndose.
-¡Te amo, te amo, te adoro...! –declaró Snape rozando los labios de ella– ¿Qué voy a hacer contigo?
-Tendremos ideas... –le sonrió ella, besándole los labios.
Snape se enardecía, susurrándole al oído, palabras de amor.
-No puedo estar sin ti, no puedo, no puedo... –Snape la besaba en las mejillas, después en la boca– Hermione, te amo, me volvía loco...
Ella lo silenció con más caricias de su boca, que producían escalofríos placenteros en Snape, abrazándola con intención de fundirla con él.
-¿Por qué no me creías? –Hermione le reprochó tiernamente– ¿Por qué pensabas que jugaba?
-Huía... Huía del ensueño... -dijo él, rendido por ella- Huía, pero fue imposible, todo me traía de vuelta a ti, ¡y si eres un ensueño, quiero vivir en tus estrellas...!
Se perdieron en caricias, en los besos de la noche de arcos de piedra, perdidos en probar el sabor de los labios del otro, pues besándose para apagar su sed, ésta solamente aumentaba.
-¿Cómo pude no verte? -Snape la besaba, apasionado- ¿Cómo pude vivir sin tenerte?
La noche serena, de estrellas de plata, era fresca como sus besos, y más tarde, tomados de la mano, caminaron por las galerías del cuarto piso , volviendo a abrazarse entre los muros de vitrales que convertían la luz de la Luna en tenues azules y oros, y rojos de alquimia que los bañaban sus rostros unidos en besos.
-¡Te amo –le susurró ella- como si te hubiera amado siempre! ¡Como si esta noche fuera una de muchas donde hemos estado juntos, una más en el tiempo sin tiempo de nuestro amor...!
La galería silenciosa de antiguas cúpulas se extendía, misteriosa y secreta, y en ella Snape puso una rodilla en el suelo y tomó a Hermione de la cintura.
La penumbra nocturna, con los tonos de los vitrales, la convertían para él en noche, en cristal, en deseos.
-Y en ese tiempo sin tiempo –susurró, acariciando el rostro de ella con su gesto de ternura-, yo te he amado por encima de todo.
Pasaron así una semana, citándose en diferentes galerías, para hablar de los dos y entregarse caricias.
El tiempo se fue rápido.
Una lechuza llegó con Snape a los ocho días, cuando se veía con Hermione en la Torre del Reloj.
Snape dio otro beso a Hermione antes de tomar el mensaje.
Era de Dumbledore, que le pedía verlo en su despacho como cosa "de vida o muerte".
-Si es por nosotros, oblívialo si puedes –opinó Hermione–. No pienses que soy una Slytherin encubierta, es lo más práctico.
-Un día me intimidarás... –opinó Snape– pero no es por nosotros, no tiene modo de saber... A menos que fuera por Charity, pero ella no revelaría nada.
-¿Miss Burbage? –se interesó Hermione, frunciendo el ceño– Deberíamos hablar sobre Miss Burbage.
-Te busco mañana, hablareemos –se despidieron con un beso en los labios y él fue con el director.
En su despacho, Dumbledore explicó a Snape, al cabo de que la revisara su herida, que debía quitarle la vida.
-¿Y desde cuándo le importa tanto Draco Malfoy o quien sea? –tronó Snape- ¡No me chantajee con mi propia piedad!
-Severus, óyeme...
-¡No, escuche usted! ¿No tiene a nadie más que haga el trabajo sucio de este colegio? ¿A nadie más a quien hundir en el fango?
Al término del altercado, pero habiendo aceptado las razones de Dumbledore, Snape fue a la Torre del Reloj, abrumado y recapacitando frente al abismo ante sus pies.
Que Hermione hubiera hecho lo que hizo, su presencia de ánimo de decírselo en el salón, los detalles y las jugarretas, en ella era especial porque siendo como era, la única razón es que estaba realmente enamorada.
¿Cómo ocurrió y cuándo? Eran las mismas preguntas que él se hacía con respecto a lo que sentía por ella. No era difícil saberlo, fue algo que se tejió poco a poco hasta que creció tanto que los rebasó. Y finalmente ese cómo, ese cuándo, no importaban, porque no todas las preguntas necesitan ser respondidas. Hay preguntas que son un llamado al ser amado. Hay preguntas que son una declaración de amor.
Buscó a Hermione, a la noche siguiente.
En una galería de antepecho bajo, surcada por arcos con cristal opaco donde ella caminaba haciendo tiempo, Snape la tomó suave por un brazo.
-¿Qué ocurre...? –inició ella, preocupada al ver su expresión.
Él la tomó de los brazos.
-Mi reunión con Dumbledore fue... grave. Deberé hacer lo peor que he hecho en mi vida, y por eso vengo... -tomó aire y lo soltó, con sabor a amargura- a despedirme de ti.
Hermione se acongojó, pasándole las manos por el cabello.
-¿Por qué, por qué? ¿De qué me hablas, mi amor?
-No puedo decirlo.
-¿Cuándo vas a volver? ¿Cómo...?
-Me volveré un proscrito, deberé irme en unos meses, no sé más, no sé si volveré, pero lo nuestro...
Hermione se asustó, jadeó de nerviosismo, amenazada de sollozar, frotando una solapa de él.
-... no, no, Severus, mi amor, dime, dime... ¿Qué pasa, qué pasa?
Snape la abrazó. No podía decirle y cuando él hiciera lo que haría, Hermione iba a dudar de él, iba a pensar que él la engañó. Pero era mejor ese error que hacerla sabedora y con eso partícipe del crimen que Snape debía cometer, sacrificándose por los demás.
Dos veces en su vida había llorado Snape, la primera cuando Lily se fue; la segunda cuando en un andén donde volaban las hojas secas supo que su madre había muerto. Esta vez las lágrimas perlaban sus ojos, no salieron, pero no todo llanto, brota.
Hermione, afligida, le acariciaba el cabello y tocaba sus solapas con nerviosismo.
-¿Es por Dumbledore? ¡Tengo tantas dudas sobre él...! -le confió ella- Harry no quiere escucharme cuando le digo, pero yo presiento que para Dumbledore no valemos nada. ¡Dime qué ocurre! –insistió en un mohín cercano al llanto.
Snape no pudo revelarle el horror.
-No puedo hacer esto, lo nuestro –explicó él–. Por más que te ame, por más que te necesite, no puedo hacerlo, no puedo hacerte esto. Por favor, no me preguntes la razón.
-¿Es por él? –ella buscó pistas afanosamente en el rostro de él– ¿Es por Dumbledore? Sí, ¿verdad? Te pidió algo, ¿verdad? ¿Qué fue, Severus, qué te pidió ese anciano desalmado?
Lo tomó de cuello de la casaca, furiosa, angustiada.
-¿Qué te pidió ese anciano sin sentimientos, qué? – Hermione lo sacudió , furios y llorando– ¿Por qué quieres terminar conmigo?
Snape la dejó hacer, pero en un golpe de intuición, con ojos brillosos ella lo miró de un ojo a otro.
-¿Te pidió matar a alguien? –jadeó– ¿Te pidió matarlo a él?
Desesperada, Hermione lo agarró a puñetazos, con ambas manos en el tórax de él.
-¡Dime, Severus, dime! –lo golpeaba, furiosa, sollozando– ¡Dime de qué se trata! ¡Oh, Severus, siento que vas a hacer algo y no vas a regresar!
Hermione se cubrió la cara con las palmas, sollozando y cayendo de rodillas; Snape la siguió, sentándose en el suelo, abrazándola.
La estrechó. La castaña sollozaba desconsolada.
El antepecho los cubría, los cristales arrojaban luz de luna iluminando el rostro de Hermione, que cabía en las manos de Snape cuandio la tomó con delicadeza y la besó.
-Amor, amor mío... -repería él.
La abrazó de nuevo; Hermione fue serenándose.
-Por tu cercanía con Potter –explico él–, revelártelo puede comprometer el curso de la guerra, por eso debo callarlo. Y es tan grave que debo alejarme.
Ella suspiró.
-Está bien –asintió en tono neutro.
Se sentó con las piernas recogidas y de lado frente a él, secándose los ojos. Snape comprobó la belleza nostálgica de Hermione cuando estaba triste, pero le hería como nada más. El cuerpo de él vibraba, gritándole que no la dejara ir.
La castaña lo tomó del rostro
-¿Me amas? –preguntó ella.
-¡Claro que te amo! ¿Qué crees, que supones? ¡Eres lo que más quiero en mi vida!
Tiernamente, lo besó en la boca y se levantó, triste, abrumada.
Snape supo que aquel beso lo iba a seguir toda la vida. De esa herida no iba a sanar.
Él quedó sentado, ella lo contemplaba.
-Lo único valioso de mí se va contigo –afirmó Snape–. ¿Quién eres, Hermione?
Ella se enjugó una lágrima, y le sonrió.
-Yo soy la que sueña –susurró Hermione–. Soy la que cree que en algún lugar existen mundos de fantasía. Soy la vuela sin alas. Soy la que se sumerge en el silencio cuando todos hablan. Soy la que siente el ayer como si fuera el hoy, soy la que guarda oros para comprar esperanzas, soy la que encuentra eternidad en las sonrisas, soy la que escucha melodías cuando corre el viento, soy la de las magias entrañables, la de los recuerdos cursis, la que descubre al cielo en la superficie de una roca y la que entiende el lenguaje de las aves. Soy la que lee, la que piensa, la que sueña lo que nadie más puede soñar. Creo que el ser amado es un desconocido al cual conoces de toda la vida. Esa soy yo. Así seré hasta mi último día. El tiempo no cuenta cuando se trata del lenguaje de las almas, porque las almas son eternas y el amor también lo es.
Dio un paso atrás, sonriendo melancólica.
-Y si un día se atreve a tener alas y confiármelo todo, dígamelo, profesor Snape.
Hermione se fue, y en los siguientes días Snape recibió informes de Hagrid, de Filch y de algunos profesores.
La señorita Granger... La vi antes de la llamada a descansar, estaba sentada en el quinto piso, sollozando... No tuve valor para hablarle... Continúa entregando perfectos sus deberes, pero su tristeza es patente, aunque su presentación física sigue siendo impecable, pero como si se mantuviera por orgullo... Dice que no le ocurre nada, pero está irritable, discutió por nada con el Sr. Potter y se burló del Sr. Weasley, dejándolo de pie... La Srita. Granger en plena clase se salió de Aritmancia, su materia favorita, dijo con desdén que el futuro no le interesaba, porque el presente era mentira... Ella tiene una herida...
Fragmento de carta de Snape:
¡Ah, Charity, estoy en un pozo sin fondo! ¿Qué haré si no puedo besarla? ¿Cómo haré si no puedo adorarla? Ya no tendré palabras valiosas si no puedo decirle "te amo."
¿Qué voy a hacer, Charity? Pero ella me importa como nada más en el mundo. La amo, amo a esa chica inteligente, valiente y vivaz. No podré vivir sin ella.
Al otro día, Snape bajaba de la Torre del Director y al llegar al Atrio, vio de lejos que Legrand se marchaba, acompañada a la estación de tren por una cohorte de animadas alumnas, ahí él recibió una lechuza con carta de Charity:
Querido Severus,
He estado muy ocupada como para escribir a nadie, pero te anuncio mi regreso. Estoy en los terrenos aledaños de la cabaña del Sr. Hagrid. ¿Puedes venir para decirte algo? CH.
Él esperó entre unos árboles que ocultaban la cabaña, y ella apareció.
Era Hermione, llegando sobre la hierba y entre las ramas verdes de los sauces.
Un ave blanca revoloteaba cerca de ella.
Sin saludarlo, Hermione puso una caja de madera en el tronco que servía de asiento de Snape.
-Necesitaba desesperadamente estar cerca de ti, pero no sabía cómo –explicó ella, sin verlo–. Por eso cuando te llegó ese mensaje de Dumbledore, te dije: "Deberíamos hablar sobre Miss Burbage." Tal vez pensaste que yo estaba celosa de la señorita Charity. No, iba a decirte la verdad.
Con la mirada oculta, abrió la caja, que tenía las cartas de Snape a Charity.
-Yo he escrito como Burbage –dijo Hermione–. No tengo disculpa, excepto que te amaba y por algún medio necesitaba hablarte.
Suspiró, resignada.
-Perdóname. No te molesto más.
Al darse vuelta para irse, él le tomó una mano.
-¿Y por qué me escribiste ahora? –preguntó apaciblemente él.
Hermione quedó con el brazo extendido, tomada de los dedos por Snape... Tras ella, a lo lejos en el cielo, flotaba una nube blanca cruzada por vuelo de aves.
-Por lo que escribiste a Charity de mí.
-¿Que no puedo vivir sin ti?
-Yo tampoco puedo vivir sin ti, Severus –rezongó, mirando a la hierba–. Déjame, no sabes cómo me has hecho sufrir...
-Vengo de decir a Dumbledore que te amo –comentó Snape.
Hermione lo miró, estupefacta, y en sus ojos se vio que había llorado.
-¿Cómo...?
-Vengo de ahí. ¿Puedo contarte?
La tomó de ambas manos, y alrededor de ellos revoloteaban pequeñas mariposas.
Snape le contó que fue a la Torre del Director, y de pie frente a Dumbledore, dijo:
«Lo que me pide será necesario, pero no lo haré por Draco, pues no seré víctima de su falta de valentía para cuando menos, huir de casa. Tampoco lo haré por Lily, un recuerdo y a quien de vivir hoy, mi sacrificio no le importaría como yo pude haber deseado. Lo haré por usted, para que no sufra un final como el que el enemigo podría darle. Pero no seré un mártir.»
«¿Entonces, Severus?»
«Amo a Hermione Granger.»
Dumbledore quedó de una pieza, pero Snape continuó:
«Con una sola vez que me dijo "te amo", en su modo maravilloso, supe que se cumplía mi mayor deseos. Sí... el amor me atrapó con una chica resplandeciente, de rizos de oro, un ensueño, la más valiosa, la más hermosa, la más inteligente y admirable, y el ensueño me dijo que me amaba.»
«No voy a perderla para arreglar la vida de otros. Ni usted me puede pedir sacrificios mortales porque así convenga a un bien superior.»
«La amo. Así que ella debe saber lo que haré, porque me ama. Amar es decir la verdad. Y salvaré mi relación con ella.»
Dumbledore aceptó, sin gran placer, pero dependía de Snape, no al revés. Le respondió:
«Severus, mientras puedas cumplir con el favor que te pido hacia mí, ordena tu vida como te sea mejor.»
Snape acariciaba las manos de la sonriente y conmovida Hermione.
No iba a cometer un error de la magnitud de no verla más pensando en algún deber.
Snape estaba modificando su futuro y era por Hermione. Ella era la única que podía lograr que Snape reescribiera su destino. Y presencia de él, en la vida Hermione, estaba cambiando el futuro para bien de ella.
-Mi idea fue no herirte –explicó él–, pero eso estaba haciendo. Y esto es un gran cambio en los planes de la guerra, pero tú eres lo más importante para mí. Te pido que sigamos.
Silenciosa, ella miraba a la hierba, acariciada de las manos por Snape, quien le preguntó:
-¿Me perdonarías? ¿O te perdí?
Con ese mismo gesto reconcentrado, Hermione lo abrazó, recargándose en su sien; los cabellos dorados y los negros se tocaron; Snape la rodeó con sus brazos. Las mariposas volaban.
-Yo no te perdí –dijo ella–. Tú no me perderás.
Suspiraron, apretándose, y estuvieron así un rato, en alivio.
Cuando las mariposas se fueron, Snape la tomó de la cintura; ella le acariciaba los negros cabellos.
-Deberemos hablar sobre el tema –opinó Hermione–. No ahora, sino en unos meses, en una conversación larga donde planifiquemos el futuro. Y no estás solo, estás conmigo.
-De acuerdo –Snape la acarició una mejilla, encantado con el aire serio de ella.
-Y debes prometerme, Severus, que no darás ningún paso grave sin que me consultes.
Él asintió.
-Lo haremos –aceptó–. Nos amaremos, dándonos este tiempo; después hallaré maneras de verte y si el final se muestra aciago, recurriremos a tu ingenio para solucionarlo.
-Así será.
Snape repasó los sobres de sus cartas a una Charity que no imaginaba nada.
Sonrio levemente. Hermione y sus artificios complejos. Tambien la amaba por eso.
La besó en los labios, fascinado con su terciopelo. El perfume de ella le decía ella era ya, la dueña de la vida de él.
-Revélame el secreto, bellos rizos.
Hermione sonrió y animada, tocándose los dedos, dio una de sus explicaciones complejas que solo ella entendía... Y Snape.
-¡Fue tan curioso! Supe que Miss Burbage se iría de intercambio de profesores a Beauxbatons y tuve la tentación de escribirte cartas de amor a su nombre, pero luego pensé que o no te la creerías o que podrías enamorarte de ella gracias a mi capacidad expresiva –rio de su broma particular–. Claro, se descubriría, pero era una coyuntura muy buena para conversar contigo dado que Charity es la única amiga que se te conoce y por ende una mujer muy valiente para soportarte. ¿Te dije que también eres un Insufrible? Pues entonces averigüé su código postal y creé uno mío donde solo cambié la tercera letra de las veinticuatro mil que tiene, está loca, y que así me llegaran. Entonces pedí a la anciana Dagger, de Knockturn, que escribiera una frase para que la pluma que compré aprendiera su letra y la reprodujera al dictar. Creo que la señora vive de que se le dicten cartas para infieles y de alquilar su letra, fue calígrafa, y así te envié cartas amistosas, pero al leerte tan formal y educado me enamoré más de ti y entonces decidí confesártelo en el salón, porque verte de profesor me mata...
Snape sonrió y la abrazó, dando un giro con ella.
La dejó de pie y él la tomó por la cintura.
Snape decidió que debía hablar como nunca antes, porque Hermione Granger lo merecía. Sentimientos que no se dicen sólo son pensamientos. Él le dijo:
-Eres mi corazón –afirrmó suavemente al oído de ella-. Eres mi corazón y yo te amo. ¡Pídeme lo que quieras en la vida, el cielo, las estrellas, pero nunca me pidas que te olvide!
Hermione lo besó en la boca, sonriéndole... Y en el sol de su sonrisa Snape lo tuvo todo.
La vida entera, Hermione con las palmas en los hombros de él, y las promesas, y el amor que vencería cada obstáculo. Porque para él no había otro camino para su existencia que amar a esa chica de ojos marrones y de corazón de fuego. La de los planes elaborados y adorables.
Se besaron en la boca, larga, entregadamente, en tanto el cielo se expandía en grandes nubes blancas que se alejaban, en la tarde cristalina, hacia los cuatro horizontes, adornados por el vuelo de los fénix rumbo al oro del sol.
Firmamentos para los amantes. Tesoros de sol poniente para quienes entregan mutuamente su corazón. Estrellas de besos. Cometas de palabras de amor. Arreboles, notas de sol y de viento para los que se aman de verdad.
-Te quiero –Snape le besó la mano, intensamente.
-Yo también te quiero, Severus –Hermione le acarició el cabello–. Porque decir te quiero, es decir te amo.
23-26 de enero, 2019.
