LA MATRIARCA DE LOS ANDLEY

CAPITULO 1

EL ANHELO DE LA EDAD

En la colina de Ponny, Candy había permanecido ahí ayudando a la hermana María en el cuidado de los pequeños que aún permanecían sin adoptar, al haber muerto la señorita Ponny tres años atrás la había hecho decidirse a quedarse en su antiguo hogar para ayudar a su otra madre. A sus 22 años seguía soltera porque nadie había conquistado su corazón a pesar de saber que Terry ya estaba libre del compromiso con Susana al haber muerto dos años después de su separación.

El ánimo de la rubia no decaía, seguía siendo una Andley y de vez en cuando iba a Lakewood para estar al pendiente de la tía abuela Elroy quien a su avanzada edad tenía ya problemas de salud. Albert había tomado el mando de la familia, sin embargo seguía viajando por el mundo como siempre, a sus 30 años aún no tenía una relación fija con nadie y eso era un tema a discusión siempre con la matriarca, quien le recordaba una y otra vez que ya era necesario que se casara para que alguien tomara su puesto ya que algún día ella partiría y no le gustaría que todo quedara sin el mando de una buena mujer.

-Candy, buenos días. – Saludó la hermana María con su voz tranquila como siempre, con una sonrisa dedicada a la rubia pecosa que tenía frente a ella.

-Buenos días hermana María. – Respondió con su habitual sonrisa, su ánimo no decaía, siempre tenía una sonrisa en sus labios a pesar de que sus dos amigas habían emprendido su propio camino años atrás, Annie y Patty habían hecho su vida con sus primos. Stear había regresado mal herido de la guerra y a pesar de haber tenido una larga recuperación lo había logrado por fin, Patty lo había estado esperando fiel a su amor a pesar de que lo habían declarado muerto en batalla, todo había sido una cruel broma del destino y más cuando llegó un telegrama de un hospital de Alemania donde había aparecido casi moribundo.

Candy seguía siendo hermosa, estaba en toda la plenitud de su juventud, su estatura era la misma 1.60 mts. Pequeña, delicada, su cuerpo era esbelto y aunque causaba admiración entre los caballeros ella más de una vez había declinado las propuestas de matrimonio que había recibido. Al haber sido reconocida por Albert como una Andley cinco años atrás había hecho que le llovieran las propuestas tanto de hombres jóvenes como de adultos mayores, sin embargo ella no mostró interés por ninguno y aun así de vez en cuando le llegaban propuestas que lejos de halagarla la incomodaban, sobre todo cuando venían de personas que nunca había visto en su vida, solo con la intención de obtener algún beneficio por el apellido que portaba, la ventaja que tenía ahora era que la tía abuela había desistido de casarla a la fuerza con alguien, dejándola que decidiera cuando o con quien se casara a pesar de que ella tenía ganas de verla casada por fin.

-Te ha llegado una carta. – Informó la reverenda.

-¿Una carta? – Cuestionó la rubia sorprendida, hacía tiempo que no recibía carta de alguien.

La hermana María le extendió la carta a Candy y ella procedió a abrirla gustosa al ver que era de su benefactor, Albert le había escrito después de meses sin saber de él. La leyó emocionada en un principio, pero mediante fue avanzando en la lectura su cara denotaba confusión e incertidumbre.

-¿Qué sucede Candy? – Preguntó la hermana María una vez que vio que Candy guardaba en el sobre aquellas hojas que acababa de leer. – ¿Malas noticias?

-No lo sé, hermana María. – Dijo confundida. – Es Albert, me dice que ha ocurrido algo en la mansión de Lakewood y que requiere mi presencia dentro de una semana. – Dijo pensativa.

-¿Dentro de una semana? – Preguntó la hermana María pensativa por la fecha tan exacta que le había dado.

-Es cuando él regresa de su último viaje. – Dijo Candy en respuesta. – Lo que no entiendo es qué puede haber pasado en la mansión, acabo de estar ahí y no vi nada fuera de lo común. – Dijo Candy pensativa.

-No te preocupes Candy, no pasará tal vez de otra propuesta de matrimonio. – Dijo divertida la hermana María, quien quería que Candy encontrara a alguien con quien compartir su vida para que no le sucediera lo que le pasó a la señorita Ponny, quien por dedicarse por completo al orfanato nunca había formado una familia propia y a pesar de que había sido feliz nunca dejó de pensar en qué hubiera sido de ella si se hubiera casado. Candy la miró asustada, ese tema era uno que ella evitaba siempre al pensar que no había nacido para casarse y formar su familia, sino que con las experiencias que había vivido a pesar de su juventud pensaba que ya eran suficientes para entender que no merecía enamorarse de nuevo, eso aunado a que nadie había vuelto a tocar su corazón la hacía creer fervientemente que su destino era quedarse junto a los niños del hogar.

-No se emocione hermana María. – Dijo la rubia. – Ya le he dicho que me voy a quedar con usted por mucho tiempo o hasta que no llegue ningún niño buscando un hogar. – Decía con su natural alegría y ánimo, su juventud nunca había estado peleada con la responsabilidad y ella seguía siendo responsable.

-Candy, no sabes cómo me gustaría que un día encontraras a alguien que te amara realmente. – Decía la hermana María viéndola con inmensa ternura.

-Hermana María, yo ya he amado y ninguna de las dos veces que lo hice salió bien. – Dijo sintiendo un nudo en la garganta.

-Candy, tú no tienes la culpa de lo que pasó. – Dijo una vez más, abriendo de nuevo aquellas puertas que ella pensaba estaban cerradas. – El joven Andley no quería morir y dejarte sola, te puedo asegurar que a él le hubiera gustado que te casaras y formaras una hermosa familia, eres muy joven aún Candy. – Decía dulcemente.

-La muerte de Anthony es algo que nunca voy a superar hermana María, él fue mi primer amor real, no fue una ilusión, yo lo amaba y cuando pienso en él, siento un sofoco en mi alma que me impide respirar. – Decía triste, no pudiendo evitar que sus ojos volvieran a llenarse de lágrimas como todas las veces que le sucedía cuando lo recordaba.

-¿Y crees que él está feliz desde donde está, viendo cómo se va apagando tu belleza? – Dijo a modo de reclamo.

-Aún no soy tan vieja. – Decía riendo por el comentario de la hermana María, pero manteniendo la tristeza en su mirada.

-El joven Grandchester también te hizo prometer que serías feliz. – Dijo de pronto, Candy volteó a verla con una sonrisa melancólica recordando a Terry, tenía tiempo que no pensaba en él, solo cuando ella le hablaba de él lo recordaba, pero como siempre solo sonreía y le deseaba una vida feliz.

-Terry es feliz hermana María, y yo también lo soy. – Dijo segura de sus palabras y era verdad Candy amaba estar con los niños, amaba atenderlos y sobre todo amaba cuando les encontraba una familia amorosa que los adoptara, ella misma se aseguraba de ello cuando los investigaba primero antes de aceptar dar a alguno en adopción, su experiencia le había indicado que era necesario hacerlo para así no volver a repetir su historia con los Leagan.

-Tal vez el joven Grandchester cree que te casaste y por eso no volvió a buscarte. – Dijo insistente la hermana María.

-Hermana María, Terry sabe muy bien por medio de Albert que yo no estoy casada, ellos continúan siendo buenos amigos y se frecuentan a menudo, pero él está enfocado en su carrera, en su fama y si no regresó a buscarme es porque no siente amor por mí. – Dijo tranquila, sonrió al ver la mirada que ponía la hermana María no muy convencida de sus palabras.

-Pues es un tonto. – Dijo con gracia. – Se pierde de una esposa hermosa, amorosa y sobre todo de bellos sentimientos. – Candy comenzó a reír alegre por sus palabras, sabía que eran dichas con sinceridad, pero también sabía que esas palabras venían de la persona que si bien no la había traído a la vida, si era una que la había mantenido con vida por 12 largos años.

Candy se quedó en la oficina del hogar, sola, pensativa en lo que le había dicho la hermana María, suspirando resignada a lo que según ella la vida le había preparado, estaba más sensible de lo normal después de haber escuchado el nombre de Anthony una vez más, ella siempre lo recordaba y más cuando estaba a punto de cumplirse un año más de su desaparición.

-Anthony, ya han pasado diez años de tu muerte y aún siento ese incómodo sofoco cuando te recuerdo. – Se decía triste pensando en su amado chico tierno de ojos azules. – Espero no decepcionarte por haber decidido hacer mi vida sola y a cargo de los niños. – Decía observando desde la ventana hacia afuera donde corrían los niños que aún había en aquel orfanato. Cada año que pasaba llegaban menos niños que antes, no sabían si era por la distancia en la que se encontraba el lugar o porque se habían abierto más lugares parecidos a ese, el caso era que cada vez había menos niños a su cargo.

La semana pasó rápidamente y Candy se arreglaba en su habitación para emprender su camino a Lakewood, no entendía el llamado de Albert, sin embargo se sentía feliz por que volvería a ver a su amigo y protector, tenía meses sin verlo y la última vez que lo había visto le había dicho que tardaría por lo menos dos años en regresar. Suspiró una vez más antes de subirse al auto de la familia Andley quien llegaba por ella para llevarla hasta Lakewood.

-Nos vemos pronto hermana María. – Dijo diciendo adiós desde el auto, mientras este comenzaba su marcha.

-Hasta pronto Candy. – Respondía la hermana María, mientras los niños corrían detrás del automóvil para despedir a su nueva "mamá". Candy les sonreía con dulzura desde el auto.

El camino comenzó tranquilo, lento y mientras los paisajes se iban haciendo cada vez más boscosos Candy seguía pensando en su niñez, era como si cada vez que recorría aquellos caminos volviera a su mente las veces que había recorrido aquel camino sola, caminando una y otra vez cuando necesitaba recargar sus ánimos. El chofer manejaba en silencio siendo amable con la señorita Andley, la hija del patriarca de la familia. Llegaron a la mansión la cual lucia escueta, solo a lo lejos se podía observar a dos jardineros que se encargaban de las rosas de su amado Anthony.

-Anthony, la Dulce Candy sigue floreciendo. – Dijo emocionada aspirando su dulce aroma. Sonrió al ver lo grande que estaba el jardín. – Cómo me gustaría que estuvieras aquí. – Dijo cayendo en cuenta que una vez más sus recuerdos llegaban a su mente, sacudiendo su mente para evitar llorar una vez más, era un propósito que se había impuesto cuando regresó por primera vez después de su muerte, no volver a llorar cuando regresara a Lakewood, sin embargo no había podido cumplirlo.

-Bienvenida Miss Andley. – Dijo el viejo mayordomo haciendo una reverencia al ver que había llegado la hija del patriarca.

-Muchas gracias Miles. – Dijo Candy con una sonrisa amable al buen hombre.

-El Sr. Y la Sra. Andley la están esperando en el salón. – Dijo con una sonrisa amable a la rubia, llevándola hasta el salón en donde una mayor Elroy platicaba feliz con Albert.

-¡Candy! Bienvenida. – Dijo Albert poniéndose de pie para saludar a la rubia.

-Buenas tardes Candice. – Dijo la vieja Elroy fría como siempre, a pesar de haber aceptado a la rubia en la familia seguía manteniendo esa actitud fría con ella. Candy saludó con una sonrisa y besó la frente de Elroy con cariño, a pesar de su actitud Candy la apreciaba sinceramente.

-Buenas tardes Albert, tía abuela. – Dijo feliz de volver a verlos. - ¿Por qué tanta urgencia en verme? – Preguntó la rubia una vez que se sentó con ellos, quería ir directo al grano, nunca le había gustado permanecer más de una noche en aquella mansión, sus recuerdos le impedían dormir tranquilamente en ella.

-Puras tonterías de Albert. – Dijo Elroy cruzándose de brazos y volteando indignada al lado contrario de donde estaba sentado Albert. Candy observó cómo Albert rodaba los ojos por la actitud de la anciana.

-No te preocupes Candy, no es algo grave. – Dijo haciéndole una seña, aprovechando que Elroy no lo veía, para indicarle que después hablaría con ella con tranquilidad. Candy asintió y Albert continuó. – Solo que también esperamos a Stear y Archie, quienes llegaran con sus familias pronto. Dijo de nuevo ante la emoción de Candy.

-¡Qué bueno! – Dijo como siempre anunciando una excesiva alegría por la noticia que le daba Albert, ella tenía mucho tiempo que no veía a ninguno de los Cornwell y sus amigas, al haberse casado habían adquirido un sinfín de responsabilidades y se habían mantenido viajando por todo el país para mantener a flote las empresas Andley después de la guerra había quedado muy lastimada la economía y a casi dos años de haber concluido aún se sentían los estragos de las pérdidas que había tenido la familia.

Elroy se había retirado en compañía de Dorothy, quien se había quedado al cuidado de la anciana de tiempo completo y a pesar de estar casada y vivir ahí con su familia el cuidado de la anciana le robaba la mayor parte de su tiempo. Todos habían formado su familia, Stear y Patty tenían dos hijos una niña de 4 años y un pequeño niño que tenía poco de haber nacido al cual Candy aún no conocía. Archie y Annie también tenían un niño de 3 años y al parecer Annie estaba embarazada, o eso había leído en la última carta que Annie le había escrito meses atrás. Dorothy tenía un hijo de 5 años y su esposo era jardinero de la mansión, él era el encargado de mantener las Dulce Candy y las demás flores en buen estado al haber aprendido del Señor Withman todo su cuidado. Los únicos que se habían mantenido solteros eran Candy y Albert quienes no habían "sentado cabeza", como decía la tía abuela.

-Candy, me imagino que te preguntarás el por qué llegué antes de mi viaje. – Dijo Albert a Candy. Ella asintió.

-La verdad que se me hizo muy extraña tu carta. – Dijo Candy. – Y más cuando yo tenía poco de haber venido a la mansión y no había notado nada diferente, ni siquiera Dorothy me comentó algo fuera de lo normal. – Dijo informando a su amigo lo que ella había percibido en su visita.

-Candy, George siempre me ha mantenido informado de todo lo que sucede en la mansión, no solo de los negocios en los que estamos involucrados. – Decía explicando. Candy lo escuchaba atenta. – Pero hace unas semanas me mandó un telegrama en el que me decía que estaba muy preocupado por la salud de la tía abuela. – Dijo seriamente.

-Es verdad que la tía abuela está mayor, pero su salud no está fuera de lo normal. – Dijo Candy quien era la encargada de revisarla por lo menos dos veces al mes.

-Candy, George me ha comentado que la tía abuela ha comenzado a desvariar. – Dijo preocupado.

-¿Desvariar? – Preguntó Candy sin saber a qué era lo que se refería.

-Dice que comenzó a hablar de Anthony. – Cuando escuchó ese nombre en labios de Albert el corazón de Candy comenzó a latir con fuerza.

-Eso sería normal Albert, Anthony fue muy importante para la tía abuela. – Decía con dificultad.

-No lo entiendes Candy. – Dijo Albert negando con su cabeza una y otra vez, preocupado por el comportamiento que le habían descrito de la anciana. – La tía abuela dice que Anthony pronto vendrá a visitarla. – Dijo inquieto.

-¿A visitarla? – Preguntó Candy inquieta, ahora sí entendía la gravedad del asunto. – Albert, ¿Tú crees que la tía abuela comienza a desvariar? – Preguntaba al rubio. Albert asintió.

-No solo lo creo, estoy seguro. – Dijo triste. – Candy, la tía abuela está cerca de los setenta años. – Dijo una vez más.

-Es muy joven aún, la señorita Ponny estaba muy lúcida a esa edad, si no hubiera sido por esa enfermedad. – Dijo Candy bajando la cabeza triste al recordar a su otra madre.

-Lo sé Candy, pero no hay que olvidar que ella sufrió mucho por la muerte de Anthony y por la supuesta muerte de Allistear. – Dijo Albert una vez más. Candy solo pensaba en sus palabras.

-Creo que la tía abuela tiene los días contados y eso me ha hecho pensar que necesito conseguir a alguien que tome su lugar. – Dijo decidido. Candy lo veía sin comprender.

-No te entiendo. – Decía viéndolo de frente.

-Candy creo que ha llegado la hora de casarme. – Dijo serio volteándola a ver.

-¿Casarte? – Preguntó Candy un poco confundida, no se esperaba ese anuncio de parte de Albert, pronto apareció una sonrisa en su rostro demostrando felicidad por el anuncio. - ¡Qué bien! – Dijo ante la mirada de Albert quien la veía incrédulo por tal felicidad.

-Candy, siéntate por favor. – Le dijo con seriedad y Candy de inmediato se sentó y puso atención preocupada por la expresión de su rostro.

-Me estás asustando Albert. – Dijo Candy con inquietud.

-Candy, sé que sabes que yo nunca había pensado en casarme, no hasta que me dijeron de la salud de la tía abuela y no es que esté tomando esto a la ligera, sino que sé perfectamente que se necesita la dirección tanto de un hombre como de una mujer, es decir un equipo para seguir dirigiendo a la familia. – Candy lo escuchaba entendiendo su punto de vista, estando de acuerdo con lo que decía.

-Albert, si lo que buscas es mi permiso no tienes que pedirlo, tú eres mi tutor, prácticamente eres mi padre legalmente y mereces buscar a una persona con quien formar tú vida. – Dijo Candy segura. Albert suspiró sintiendo incomodidad por lo que diría.

-Candy, yo no tengo tiempo de buscar a una mujer que merezca el cargo de la matriarca de la familia. – Dijo sin dejar de verla. – Ese es un trabajo muy importante, requiere de años conocer a alguien para decidir si es digna o no de portarlo y con la salud de la tía Elroy no puedo darme el lujo de esperar tanto tiempo. – Decía pausadamente, pero en cada palabra que decía en cada movimiento de sus labios llegaba a Candy un presentimiento que sabía bien no le iba a gustar cuando descubriera lo que estaba pensando.

-¿Qué quieres decir Albert? – Preguntó con miedo.

-Quiero decir que no tengo tiempo de buscar a una persona que quiera formar una vida conmigo y hacerse cargo de todo lo que la tía Eloy llevaba a cuestas. – Dijo firmemente. Candy tragó saliva al ver que no dejaba de verla fijamente. – Candy, creo que te imaginas lo que quiero decir. – Candy no dijo nada solo tragó saliva pesadamente. – Quiero saber si estás dispuesta a portar ese cargo. – dijo sin más. Candy se levantó de su lugar rápidamente asustada teniendo la necesidad de salir corriendo de ahí y dejar todo detrás, quería refugiarse entre las rosas y sentir el cobijo de su amado Anthony.

-Albert, yo te quiero. – Dijo segura. – Pero te quiero como a un hermano, como a un amigo. – Decía nerviosa, no quería ofenderlo o lastimarlo.

-Lo sé muy bien Candy. – Dijo Albert tratando de no asustarla con su propuesta, sin embargo ya lo había logrado. – Pero quiero que entiendas que a pesar de que es una medida repentina es por la gravedad del asunto de la tía abuela. – Decía serio.

-Vamos Albert, no creo que sea tan grave. – Decía tratando de sonreír como siempre con el buen ánimo que la caracterizaba, sin embargo cuanto más intentaba sonreír menos podía hacerlo.

-Candy, la tía abuela dice que Anthony llegará dentro de un mes. – Dijo Albert. Candy lo escuchaba asustada, tenía miedo de las palabras de la tía abuela, pero sentía más miedo de la propuesta que le hacía Albert. – Y todas las mañanas se levanta diciendo que tengan todo listo para el regreso de su nieto. – Decía preocupado.

-Albert, no es como si en un mes la tía abuela fuera a morir. – Decía con miedo. – Además tú tienes derecho a conocer a una mujer que te ame de verdad. – Decía queriendo evadir el tema.

-Lo entiendo Candy, sin embargo no sabemos qué tanto más podría durar la tía abuela con nosotros. – Decía Albert.

-Albert, hablas como si Anthony fuera a llegar a llevarse a la tía abuela. – Decía Candy tratando de sonar tranquila.

-Solo te pido que lo pienses, por favor. – Dijo insistiendo. Candy sonrió nostálgica.

-Albert, eres un buen hombre. – Dijo sin poder evitar que las lágrimas ahogaran sus ojos. – Pero eres el tío de Anthony. – Dijo con las palabras comenzando a ahogarse en su garganta. – Él… él fue muy importante para mí. – Decía con dificultad, tratando de no llorar. – Yo no me sentiría a gusto haciendo eso. – Dijo bajando su mirada apenada, porque no quería herir o rechazar aquella propuesta, de todas las que había recibido aquella era una que nunca hubiera esperado escuchar y mucho menos rechazar.

-Lo entiendo Candy, pero también quiero que entiendas que Anthony no va a regresar y que no tenemos tiempo de buscar a alguien más. – Decía insistente. – Además quiero que tomes en cuenta que yo respeto tu opinión. – Candy asintió lo que le había dicho decidiéndose retirar a su habitación para descansar un poco antes de la cena.

Una vez que había llegado la hora de la cena, otro anuncio se hacía presente en la mansión y era la llegada de Stear y Archie con sus familias.

-Buenas noches. – Saludaban todos emocionados por volver a verse. Candy los abrazaba a todos y se maravillaba con lo hermosa que se veía Annie con su panza de embarazo la cual evidenciaba que estaba en su último trimestre.

-¡Te ves hermosa Annie! – Decía emocionada, ya que no le había tocado ver a ninguna de ellas embarazada, era la primera vez que veía a una de las dos en estado.

-Mira quien lo dice. – Dijo Annie conmovida de ver a su hermana. – Tú te ves más hermosa que nunca. – Dijo Annie con sinceridad comenzando a llorar por el encuentro que tenían.

Stear y Archie también la abrazaban emocionados, tenían tantos meses sin verla que no podían esconder su emoción de volver a verla. Patty tenía en sus brazos al pequeño Arthur quien dormía plácidamente, mientras las acompañantes sostenían de la mano a la niña mayor Samantha y al niño de Archie y Annie, Anthony Cornwell, Archie había insistido en ponerle así a su primogénito en honor de su primo.

-¿Cómo está la tía abuela? – Preguntó Archie a Candy.

-Yo la veo muy bien. – Dijo Candy en respuesta. – La verdad no creo que esté tan mal como dice Albert. – Dijo de nuevo.

-Dice que está desvariando con Anthony. – Dijo de nuevo Archie.

-Yo no la he escuchado la verdad. – Dijo sincera Candy. – Pero voy llegando esta mañana y cuando vine una semana atrás tampoco la escuché decir nada al respecto.

-Buenas noches. – Dijo Albert quien venía bajando del brazo de la matriarca.

-¡Niños! – Decía Elroy emocionada de volver a ver a sus nietos y sus bisnietos.

-¡Tía abuela! ¡Tan elegante como siempre! – Dijo Archie halagando a su tía abuela.

-¿Ya les dijo Albert la nueva noticia? - Dijo de pronto ilusionada. Todos negaron esperando que ella los pusiera al tanto, Candy observaba como hablaba ilusionada pensando que no tenía nada de raro en su comportamiento. – Anthony viene a visitarnos el próximo mes. – Dijo con ilusión. Candy quedó impresionada con lo dicho, a pesar de que había sido advertida por Albert, no pudo evitar sorprenderse y sentir un vuelco en el corazón al escuchar aquella afirmación hecha por la anciana, deseando en el fondo de su corazón que todo lo que decía fuera cierto.

-Tía abuela, ya te he dicho que Anthony murió. – Dijo Albert tranquilo, intentando hacerle ver a aquella dama que desvariaba la verdad de su realidad.

-Ya me lo has dicho muchas veces, y ya te he dicho que no es así, me llegó una carta. – Dijo emocionada sacando entre sus ropas una carta que llevaba consigo, una carta vieja y arrugada que sacó de su bolsillo interior.

-Tía abuela, la carta que recibiste hace una semana fue en la que te decía que Annie, Anthony y yo veníamos a visitarte. – Decía Archie para hacerla comprender la confusión en la que había caído, sintiéndose un poco culpable por que al ponerle Anthony a su hijo había creado confusión en la mente de la anciana.

-¡No Archie! ¿Crees que no sé distinguir entre tu hijo y mi nieto? – Preguntó ofendida, sabía que todos la creían loca o con demencia senil. – Aquí está la carta. – Dijo mostrando la carta a Albert una vez más. Albert torció los ojos y Candy fue la que tomó la carta con el permiso de la anciana al ver en sus ojos la desesperación que tenía.

Candy tomó aquel pedazo de papel y sintió sus manos temblar con emoción al ver que realmente aquella carta había sido escrita por su amando Anthony, ella recordaba muy bien aquella letra al tener guardadas todas las cartas que él le envió en aquella primavera cuando había sido confinado en la cabaña de los Andley por órdenes de la tía abuela.

Efectivamente Candy pudo comprobar que la carta que leía no solo era la letra de su amado Anthony, sino que realmente le anunciaba que llegaría pronto a visitarla, sin embargo no decía que llegaría dentro de un mes o al siguiente mes, además al ver la fecha que tenía era de doce años atrás, cuando ni siquiera ella vivía en la mansión de los Andrew, era una carta con doce años de existencia la que la vieja Elroy atesoraba entre sus manos. Candy comprendió la gravedad de lo que le decía Albert. Todos observaron la actitud de Elory y observaron a Candy quien la vio con ternura y franca tristeza, entendiendo todos que realmente aquella actitud de Elory era una que tal vez indicaba el principio del fin.

Continuará…

Hola hermosas, me decidí a publicar esta historia porque ya tenía este capítulo terminado, sin embargo me faltaba pulirlo un poco, pero una de mis más fieles lectoras necesitaba algo para entretenerse así que me aventuré a publicarlo, sin embargo les advierto que no podré publicarla tan seguido como la otra ya que apenas es una que está en mi mente y no tengo más capítulos, así que no me vayan a presionar con qué sigue jajajaja tengan paciencia por favor, espero esta también las llegue a atrapar y les despierte interés de querer saber más al respecto. En esta sí les advierto que deberán tener la mente más abierta que en las demás, creo que el nombre lo dice todo. Les mando un fuerte abrazo a cada una de las que se atrevieron a leerla. Espero su comentario!

Saludos y bendiciones

GeoMtzR.