Advertencia: Este fanfic contiene temática chico x chico, si no te gusta, por favor abstente de leer.
Pareja: Baji x Chifuyu (BajiFuyu)
Este fanfic también se encuentra publicado en Ao3 y Wattpad.
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Mil inviernos
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"Chifuyu Matsuno" ese fue el nombre que le asignaron para este viaje a la Tierra. Debía recordar memorizarlo o podría tener serios problemas, no sería la primera vez que se confundía de nombre y luego tenía que dar severas explicaciones a sus superiores. Era la primera regla, después de todo.
Regla número 1: No olvides ni abandones tu identidad asignada.
Suspiro con resignación al recordar todo el papeleo y trabajo social que había tenido que hacer luego de esos pequeños deslices. ¡Pero esta vez sería la excepción! No se va a distraer, se grabará cada detalle de su asignación como si no hubiera mañana y por fin dejaría de hacer esos molestos viajes a la Tierra, después de todo, su superior se lo había prometido. Una asignación más, solo una más y eso sería todo.
Con eso en mente, comenzó a leer la carpeta que contenía los detalles generales de la vida de su humano a cargo.
Baji Keisuke, leyó abriendo el expediente, 13 años de edad, tipo de sangre AB, nació el 3 de noviembre de 1990, peso 57 kilogramos… ¿Recurre a la violencia antes de preguntar? ¿Le gusta incendiar cosas? ¿Qué significa eso? ¡Debe haber alguna clase de error! No puede ser que su asignación sea un pandillero con tendencias pirómanas, ¿o sí?
Siguió leyendo a toda prisa su ficha, pero no parecía haber ningún error. Consternado, miro de un lado a otro, ¿en cualquier momento su superior aparecería para reírse de él? ¿Esto era una especie de broma? Contó hasta veinte en su cabeza y espero por el ya tan familiar "tintín" de aparición, sin embargo, esto no sucedió.
Una vez que superó la sorpresa inicial y se convenció de que no le dirían ingenuo en cualquier momento, tomó una inhalación profunda y se concentró en lo importante.
¿Cómo iba a acercarse a él? Con el historial que se cargaba estaba claro que no podía cuidarlo a distancia, tenía que asegurarse de estar siempre cerca, por cualquier eventualidad. El chico estaba en peligro de muerte después de todo, aunque esa parte también era extraña, ¿no se suponía que tenía que haber una fecha a evitar? ¿Acaso el tipo vivía en peligro constante? ¡Estaba bien que se hubiera equivocado antes! ¡Pero le estaban pidiendo un milagro! Ese era el trabajo del gran jefe, muchas gracias. Ahora entendía porque su superior le había dicho que solo tendría una asignación más, claro, mientras no fallará.
No, no. Podía hacerlo, iba a hacerlo. Después de todo, vivía en el mismo complejo de apartamentos, no debería ser tan difícil propiciar un primer encuentro. Quizás por la mañana, toparse casualmente con el otro y señalar que ambos tienen el mismo uniforme y entablar conversación, hacerse mejores amigos y evitar cada peligro en el que el otro se metiera. ¡SEGURO! Sacudió la cabeza, eso no va a funcionar. El chico seguramente lo despacharía en un santiamén haciendo gala de esa chulería que se cargan los delincuentes y "Chifuyu" habría desperdiciado su primera oportunidad, sin contar que podría resultar golpeado. Y después de eso, sería más complicado abordarlo y pedirle que renunciara a la pandilla.
¡JA! Pedirle que renuncie a la pandilla, eso suena a utopía, considerando que él era uno de los miembros fundadores, si no él que desencadenó todo…
Pero ¿y si fingiera ser un delincuente? Podría intimidarlo y hacerlo su subordinado. Así sin duda tendría que obedecerlo y evitaría que se metiera en líos, lo convertiría en un ciudadano decente, digno de la sociedad y el cielo.
Sip, esa idea sonaba fantástica. Habría menos riesgo y podría tener más control sobre las acciones del otro.
Ahora solo queda afinar los detalles, comenzando por su aspecto. ¿Habrá alguna guía de cómo ser un buen delincuente? Se encogió de hombros, era probable, los humanos inventaron cada cosa... Quizás pasaría por la biblioteca más tarde.
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La mañana lo recibió con un fuerte golpe, cayéndose de la silla en la que se había quedado dormido luego de haberse decolorado y teñido el cabello. El olor a amoniaco aún persistía en el ambiente y tomó nota mental de elegir uno sin ese componente la próxima vez, todavía no había comenzado su misión y ya estaba de mal humor.
—¡Grandioso comienzo! —exclamó con sarcasmo, tirándose del cabello.
Tomó una bocanada de aire antes de contar hasta siete y soltarla, repitiendo el proceso en varias ocasiones, sólo entonces comenzó a peinar su cabello con esmero, esforzándose por replicar el peinado estilo mohicano de él que había elegido como su modelo. ¿Lo estaría haciendo bien? ¿Cuánta laca se requiere usar antes de considerar que uno se está intoxicando? Tosió en repetidas ocasiones antes de considerar que era suficiente.
Una vez terminado, se observó con ojo crítico en el espejo. Sinceramente se sentía ridículo. ¿Qué los pandilleros no tienen un mínimo sentido de la estética? No, no, eso es lo último que importa.
Regla número 8: Entra en personaje.
Pero ¿el estilo rockabilly no había pasado de moda? ¿Se habrá equivocado? No tiene tiempo para corregirlo, la bienvenida comienza en menos de quince minutos y si quiere hacer su gran entrada tiene que apresurarse y llegar a tiempo.
Corre por las calles a una velocidad promedio antes de darse cuenta de que no tiene por qué hacerlo. ¡Se supone que es un delincuente! Los delincuentes no se aparecen por la bienvenida escolar, mucho menos llegan temprano a clases.
Resiste el impulso de darse una palmada en la frente antes de seguir avanzando con más calma, casi habiendo alcanzado la entrada, perdido en sus pensamientos, no se da cuenta que choca con alguien más alto que él, está por disculparse cuando el contrario lo sujeta del uniforme y lo levanta unos centímetros del piso. Quiere gritar que eso es intimidación, acoso y un malentendido, pero principalmente, quiere gritar por ayuda. Sin embargo, se detiene a tiempo, recordando que ahora él es un delincuente, lo normal sería enseñarle una lección, ¿cierto?
—¿Qué crees que estás haciendo? —pregunta, liberándose del agarre del contrario con apenas un ademán de mano. Arreglándose con desagrado el uniforme, ¡tanto tiempo que paso acomodándolo!
—Este es nuestro territorio, escoria. Las mierdas recién llegadas deben pasar por la iniciación si quieren darse la de delincuentes, ¿entiendes?
El ángel parpadea con curiosidad. Lo que este humano le está diciendo tiene sentido, se ajusta a las ridículas normas de comportamiento humano, pero, si deja que este le golpee, ¿eso no lo mandaría a lo más bajo de la cadena?
Lo medita por un segundo antes de decidirse a soltar la finta del primer golpe. No llega a tocarlo, pero en la mente del chico, acaba de recibir el peor golpe posible y ahora se retuerce en el suelo, jadeando de dolor.
¡Un punto para el ángel!
Sonríe con suficiencia. Sacudiendo polvo imaginario de su chaqueta.
—¿Y bien? ¿Quién sigue? —inquiere con un tono condescendiente que no le pasa desapercibido a ninguno de los presentes.
El resto del grupo no espera, y se lanza por él. Evade con destreza mientras finge lanzar golpes y patadas que terminan con todos en el suelo y el resto de los alumnos que asume son de primer año, mirándolo asombrado.
—¡Hey! ¿Cuál es tu nombre? —pregunta uno de los chicos que se quedaron a observar apenas lo ve alejarse.
—Matsuno Chifuyu, clase 1 —se presenta luego de darle una rápida evaluación. Sin duda, pertenece a la categoría de chico problemático.
—Matsuno-san, ¡eso fue genial! —elogia el otro, mientras se apresura a caminar, poniéndose a su altura.
—Chifuyu, solo dime Chifuyu. Odio las líneas de mando.
Y es cierto. Siempre ha odiado la jerarquía, especialmente la social que representa a los humanos y que los tiene tan contenidos que no se dan cuenta de la igualdad que pulula entre ellos. Están tan ocupados preocupándose por el estatus que no se dan cuenta de lo verdaderamente importante hasta que es demasiado tarde y ellos mismos han conseguido estar en "la cima" de la cadena. Patético.
—Yo también estoy en esa clase.
—¿Qué estás esperando? Vamos.
Otro chico se suma después de eso y solo puede encogerse de hombros, mientras continúa avanzando. Al menos ha comenzado con el ala derecha y podría decirse que se ha ganado una reputación.
Sus sospechas se confirman a la hora del almuerzo. Cuando escucha que un delincuente de primer año les ha dado una paliza a los estudiantes de cursos superiores sin recibir un solo golpe y sin sudar. Incluso hay rumores de como mando a más de la mitad al hospital… Cientos de años de existencia angelical y aún no alcanza a comprender por qué los humanos son tan amantes del chisme.
—Chifuyu, ¡tengo grandes noticias amigo! —comienza el chico de esta mañana, ingresando como un vendaval a su salón—. ¡Hay un tipo en la clase 3 que ha sido arrestado! ¡Repitió el primer año!
—¿Ah? —sabe mucho antes de que se lo digan de quién está hablando. No pasó la noche aprendiendo cada detalle como para no saber qué está hablando de su bodoque: Baji Keisuke.
Decirle bodoque es algo premeditado, el ángel nunca se ha encontrado cómodo llamando ahijado a sus encargos. Siempre le ha parecido extraña la relación ángel guardián/humano-torpe-descarriado-en-cuidados.
Nombre oficial: Ahijado.
Nombre extraoficial: ¿Por qué no estudié para ser contador de almas y me ahorré todo este sufrimiento?
Supone que tendría que dirigirse a él por su nombre, pero escucho el término bodoque hace algunos años, cuando preguntó por ello le explicaron que hacía referencia a un ser querido, especialmente a un niño pequeño. Sin embargo, también se podía aplicar para referirse a una bola de barro… así que, bodoque será.
Ingresa al salón poniendo su mejor cara de malo, sacando el pecho. Dios qué vergüenza, espera que eso no conste en sus registros.
—¿Quién de todos ustedes es Baji Keisuke? —demanda, azotando la puerta corrediza.
Los pocos alumnos que quedan en el salón lo miran con extrañeza antes de señalar a Baji.
—¿Eh? ¿Él? —suelta confundido sin poder evitarlo, porque la foto que venía en los registros no se parece en nada al ñoño que está sentado como si no hubiera roto un plato en su vida. El que su archivo tenga un error parece ser una realidad cada vez más verosímil.
—Sí, es él —confirma el alumno.
—¿El de las gafas y cabello peinado de lado que parece un sabelotodo? —pregunta con insistencia, conteniéndose para no sacudirlo de un lado a otro para que le explique en qué dimensión desconocida cayó.
—Sí —reitera el otro, encogiéndose de hombros, mirándolo suspicaz antes de abandonar el aula, asumiendo que quizás Chifuyu esté ahí para ocasionar problemas.
Lo deja ir, concentrando su atención en Baji, el chico no se ha percatado de su presencia y continúa mirando su diccionario de japonés, murmurando en voz baja para sí.
—Denme un descanso, vamos —indica a los chiquillos que han venido con él.
Sale del aula dejando al otro en paz, porque vamos, ¿qué clase de ángel guardián sería él si interrumpiera el estudio de bodoque cuando parece tan concentrado?
Esta contradicción le está dando dolor de cabeza.
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Regresa al aula cuando las clases terminan, estuvo esperando un buen rato en la entrada de la escuela para poder seguir al otro, pero no lo vio salir, así que acertadamente asumió que estaba tomando horas de estudio adicionales.
—Ya lo entiendo. Así que esto es lo que significa —murmura asintiendo en comprensión, escribiendo con aparente cuidado—. ¿Mmn? ¿Y tú quién eres? —inquiere apenas nota su presencia frente a sí.
—Chifuyu Matsuno, de la clase 1 —se presenta como si nada.
—Matsuno Chifuyu —repite con cuidado, como si quisiera grabarse el nombre.
—Oye sabelotodo, ¿qué se supone que es esto? —pregunta mientras señala un kanji que nunca en su vida ha visto antes.
—"Tora".
—Lo escribiste mal.
Contiene el impulso de reír muy a duras penas. Esto no es lo que esperaba. ¿Es por eso por lo que él chico está en la lista? ¿Por qué lo está intentando a pesar de todo lo que tiene en contra?
—¿Eh? ¿Lo hice? —inquiere, comprobando con rapidez su diccionario, gimiendo en voz baja al percatarse del error.
—No eres un sabelotodo, entonces, ¿por qué té vistes así? —cuestiona y Dios, de verdad espera una respuesta convincente que le dé sentido a su expediente, porque de lo contrario siente que va a perder todas las plumas de las alas por estrés.
—Para que no me vuelvan a arrestar. No quiero hacer llorar a mi madre —confiesa a media voz, casi con pena.
El ángel parpadea con deliberada lentitud, no era lo que esperaba.
—Así es como se escribe "Tora" —indica pasados unos segundos, escribiendo el kanji del tigre con precisión.
Baji lo observa con una enorme sonrisa y se apresura a corregir su escritura.
—¡Ohh! ¡Eres un buen tipo! —declara con una sonrisa.
El ángel no puede evitar sonreír de vuelta.
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Cuando el ángel es rodeado, sabe que perderá la pelea. Una cosa es enfrentarse a cuatro supuestos delincuentes y otra muy diferente a una pandilla completa que está ansiosa de ver correr sangre. Sus habilidades de distracción no son tan veloces y aunque lo fueran, se quedaría sin energía mucho antes de someter a todos estos mocosos imberbes.
Aun así, lo intenta. El primer golpe que recibe le quita el aliento, recordándole su condición como humano y su ridículo sentido del dolor. Aun así, no se detiene, continúa repartiendo amagos de puñetazos como si no hubiera un mañana mientras intenta no perder la conciencia, quién sabe qué podría pasarle de dejarse caer así.
Lo que no espera es que su bodoque se inmiscuya en la pelea, mucho menos que haga una declaración tan audaz como es llamarlo su amigo. Si lo impresiona su confianza en batalla y sus movimientos rápidos y precisos, no lo deja entrever.
—Hey Chifuyu, ¿te gusta el peyoung yakisoba? —pregunta de la nada como si hace unos instantes no hubiera terminado con el líder de la pandilla de motociclistas de Mándala.
—¿Qué? —balbucea conmocionado, siguiendo a duras penas el hilo de conversación del otro, quizás lo golpearon demasiado fuerte—. ¡S-sí!
—Vivo en el quinto piso de ese edificio —confiesa mientras señala en dirección a su casa.
—¿Qué? —suelta con fingida sorpresa, mientras se golpea a sí mismo por no haber seguido su plan inicial. Se hubiera ahorrado dolor innecesario y puestas en escena que no se atreve a recordar por temor a morirse de pena.
—¡Ven conmigo! —anima, comenzando a caminar sin esperarlo.
—¿En serio? Yo vivo en el segundo piso —dice, apresurándose a seguirlo, rezando porque no se haya percatado de que su tono de voz no corresponde a sus palabras.
Lo escucha reír.
—Vivimos en el mismo complejo de apartamentos. ¿Quién lo hubiera dicho?
Quiere reírse por lo irónica que resulta la situación.
—Parece cosa del destino —concuerda el ángel sonriendo.
El trayecto es corto, no les toma más de 5 minutos gracias a que suben saltando los escalones de dos en dos, quiere quejarse de que ha hecho suficiente ejercicio por el resto de esa vida, está molido en sentido literal por primera vez en años, pero no quiere parecer un blandengue cuando Baji recién le ha dado pauta para unirse a él.
—¡Estoy en casa! —grita, descalzándose con presteza.
Imita la acción con cuidado, acomodando los zapatos en el rellano casi con reverencia. La distribución del departamento es idéntica a la suya, pero obviamente no los muebles ni los objetos personales. Observa con atención las fotografías, la mayoría de ellas retratan al adolescente con su madre y algunas otras con sus abuelos. Nota la patente ausencia de una figura paterna en las fotos, pero elige no hacer comentarios.
—¿EH? Solo nos queda un peyoung mamá —escucha que protesta desde la cocina, donde maniobra con agilidad los fideos y el microondas, aun revolviendo la alacena con la otra mano.
—Está bien, puedes tenerlo. No tengo mucha hambre —dice acercándose para evitar que el otro cause un desorden que sería muy desconsiderado para su madre.
Baji lo observa a él y luego al peyoung.
—Vamos a compartirlo.
Su vida toma un giro inesperado a partir de ese momento. No recuerda exactamente cómo fue que se vio esperando en el rellano de las escaleras a que el otro bajara, o como es que cada día sin falta, toman el almuerzo juntos en la azotea de la escuela, platicando sobre cualquier tema random que se les ocurriera.
Siempre he escuchado a otros ángeles decir que la vida de los humanos se compone de pequeños momentos, fragmentos que roban del tiempo para crear una cinta que hila poco a poco un camino feliz, y que, si miran atrás, podrán sonreír gracias a esos momentos. Él nunca había estado de acuerdo, la vida de los humanos se asemejaba más a una película de terror cuyo único final feliz era una muerte en paz. Sin embargo, ahora disfrutando del sol de la tarde en la parte trasera de la moto de Baji Keisuke, el ángel siente que puede entenderlo, aunque sea un poco.
—Baji-san —llama, esperando hasta que el otro asiente con la cabeza en señal de que está escuchando.
—¿Crees en Dios? —pregunta con genuina curiosidad, ya que lleva semanas pensando en cómo plantearle la pregunta y ahora, sin tener que enfrentarse a la mirada del otro, se siente valiente y un poco menos tonto. Aunque la verdadera pregunta quede oculta, ¿crees en mí? ¿crees que podré lograrlo? Negar que se ha encariñado es decir poco, el ángel revisa a diario sin falta su expediente a la espera de ver aparecer aquella temible fecha, teme que el día se presente y no sea suficiente.
Que él no sea suficiente para salvarlo y el mundo pierda un poco más de aquello que lo hace brillante.
Baji parece pensarlo un poco, frenando repentinamente en el semáforo para voltear a verlo. Escucha la bocina de los autos sonar, pero el más alto no parece preocupado por molestar a unos cuántos automovilistas, ha hecho cosas peores, después de todo.
—Creo que los ángeles existen, Chifuyu —declara mirándolo con una intensidad que le quita el aliento—. Tú mismo pareces uno.
Va a replicar, cuando el otro le sorprende arrancando con premura, dejándole con la palabra en la boca y las mejillas teñidas de rojo, no significa nada, se dice, pero muy en el fondo sabe que eso no es cierto.
Significa todo.
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Estar con Baji es como estar con un volcán activo, no sabes en qué momento hará erupción, pero del que, si sabes que, de forma inevitable, devastará todo a su paso. Y si bien ha aprendido a frenar un poco los impulsos de su bodoque y a meterle un algo de sentido común angelical, no siempre consigue hacerlo desistir de la idea que se le ha metido en la cabeza, en muchas ocasiones incluso se ha visto siendo participe de las mismas; se pregunta a estas alturas cuántas infracciones aparecerán en su ya de por sí manchado historial y si existe la posibilidad de que a pesar de realizar la misión con éxito, lo suspendan por las incontables "excepciones" cometidas en contra de otros seres humanos y de su mismo bodoque.
Que ser un ángel no significa que sea un santo. Si no se equivoca, y pocas veces lo hace con lo que respecta a las reglas, ha roto al menos cuarenta y tres de las setenta y siete reglas de los ángeles guardianes. Eso bien podría ser un récord en su expediente.
Y está por agregar una más.
—Se mi vicecapitán, Chifuyu. Lidera la primera división conmigo.
La propuesta le quita el aliento. ¡Quiere aceptar! ¡Por supuesto que lo hace! Pero no puede evitar pensar que quizás no sea la mejor opción. Baji necesita a su lado alguien que sepa pelear y no que engañe constantemente las mentes de sus contrincantes para caer flácidos cual masilla. Uno de estos días el truco le saldrá mal y tendrá que responder muchas preguntas, Baji le ha demostrado que es bastante perspicaz, sin embargo, no podía encontrar la fuerza en su interior para negarse. No quería hacerlo. Y detenerse demasiado tiempo en ese "mi" tampoco va a ayudarle.
—¡Por supuesto, Baji-san! ¡Me encantaría! —exclama, realizando una profunda reverencia.
—¡Vamos! ¡No tienes por qué ser tan formal! —protesta, golpeándolo con diversión en la espalda para enderezarlo.
Sabe que no tiene que serlo, pero Baji acaba de permitirle entrar un poco más a su mundo. Y eso hace que su sonrisa se ensanche y su mirada se ilumine.
Regla número 36: No prometas o aceptes nada a largo plazo.
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—Baji-san esto no es una buena idea.
—¿De qué hablas, Fuyu? ¿No ves que está desnutrido? Claramente no lo alimentan bien.
El ángel observó con cuidado al minino en cuestión y sí, tenía que admitir que estaba un poco delgaducho, pero desde luego no estaba famélico o mal cuidado, además, el condenado traía un cascabel que lucía con orgullo y unas garras lo suficientemente filosas como para hacer que tema por sus alas cada vez que estira sus patitas en su dirección.
—Además —prosigue con un deje de diversión—, Peke J necesita un hermano.
—Ah, entonces va a ser mío —señala con cada vez más ganas de devolver al pequeño gato a su dueño, vamos, que entiende que acaba de sumar robo y allanamiento de morada a su historial criminal, pero aún está a tiempo de redimirse devolviendo al gato a su dueño ¿cierto?
—¿Qué? ¡Claro que no! Yo me encargaré de él —protesta, acunando al felino contra su pecho.
Le toma más de medio minuto entender a qué se refiere Baji cuándo dice que el gato va a ser hermano de Peke J y lo que implica que no sea él quién lo cuide. Habla de ellos como una familia y el pensamiento remueve algo en su interior. Dios, el dicho de mariposas en el estómago está muy bien empleado, aunque quizás también sean avispas asesinas...
—¿Cómo lo llamaremos? —pregunta cediendo y la sonrisa que le devuelve Baji le hace olvidar las condiciones bajo las cuales obtuvieron al gatito y cualquier reparo que tuviera al respecto.
—¿Excalibur? —bromea, haciendo referencia al primer nombre que le había dado a Peke J y bajo el cual jamás respondió—. Quizás esta vez tengas suerte y le guste. Hay gatos a los que no les importa el mal gusto de sus dueños.
—¡Excalibur no es un mal nombre! —se defiende a duras penas, intentando recobrar un poco de la dignidad perdida al recordar ese incidente, cuando su propio gato lo había ignorado prefiriendo en su lugar el nombre dado por Baji.
—¡HEY! ¡Alto ahí! ¡Devuélvanme a Rechinidos! —grita una chica, que se acerca corriendo a una velocidad escalofriante, mientras agita lo que parece un rollo hecho de papel periódico.
No les da tiempo a reaccionar, antes de que Baji o él puedan decir palabra, la chica ya los ha atizado con más de tres golpes a cada uno, mientras les grita secuestradores y malandros a partes iguales.
Rechinidos se ha alejado de la conmoción y observa con aparente deleite mientras se lame las garras. Una vez que su dueña parece haberse detenido por el cansancio, se pasea entre sus piernas, cual adulador, como si nada hubiera pasado. La joven se apresura a agacharse y levantarlo en brazos, disculpándose por haber tardado tanto en rescatarlo, dándole mimos.
—¡La próxima vez no seré tan compasiva! —declara, mientras se aleja con su gato y su temible periódico.
Ambos se quedan a mitad de la calle estupefactos, mirándolos partir.
—Al parecer amor no le falta —señala con diversión ahora que no están siendo atacados por periódico.
Baji gruñe por lo bajo, murmurando entre dientes sobre mujeres locas y sus gatos.
—Un error lo comete cualquiera —concede, encogiéndose de hombros, restándole importancia—. Luego tendremos un segundo gato juntos. Uno que no lleve el nombre de Rechinidos, ¿quién nombra así a su gato?
Tendremos. Juntos. Nosotros.
La perspectiva lo marea y lo emociona a partes iguales, a pesar de saber que no podrá ser. Le basta con saber que el otro lo considera en el futuro, un futuro juntos.
—Lo llamaremos Rechinidos Segundo y le contaremos la historia detrás de su nombre. Como arriesgamos nuestras vidas y terminamos peleando antes de caer heroicamente a mitad de la acera por una lluvia de periodicazos.
Baji se suelta a reír.
—Considéralo hecho.
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Cada golpe le duele como si fuera el primero, Baji parece decidido a ensañarse con él y extraer cada gota de sangre que le debe.
El ángel no puede culparlo, finalmente luego de casi dos años ha aparecido una fecha: 31 de octubre, la fecha en que Baji ha de morir, a no ser que él tenga la entereza suficiente para evitarlo.
Un pequeño spoiler: no la tiene. No la tuvo para ninguno de los 986 humanos que estuvieron a su cargo, a todos les falló en mayor o menor medida. Es una desgracia como ángel guardián. ¿Por qué habría de ser diferente esta vez? Quizás Baji lo golpea por ello, porque sabe que su vida está en manos de esta patética criatura y sabe que fallara, lo golpea porque después no podrá hacerlo. Lo golpea porque es lo que merece.
Puede soportarlo, se dice, puede soportar eso y más, es lo justo. O al menos eso cree hasta que escucha los pensamientos del otro.
"¿Por qué no te resistes? ¿Por qué me dejas hacerte esto? ¿Por qué siempre eres así? Sería más sencillo si te defendieras, no quiero hacerte esto, Chifuyu. Lo siento... Lo siento... Lo siento..."
¿Por qué se disculpa? No lo entiende, quién debería disculparse es él. No puede ser coincidencia que esto esté sucediendo el mismo día en que se develó la fecha de su muerte.
"Aléjate, no te quiero cerca. No más, no más. No tienes nada que ver en esto. Lamento haberte involucrado".
Ha perdido la visibilidad del ojo derecho, no sabe si es por la sangre que lo cubre o por los golpes, no está seguro de querer averiguarlo. Al final es consciente de que su cuerpo no importa, lo que realmente cuenta es salvarle la vida al humano que está frente a él, golpeándole cual saco de boxeo.
"¡No te merezco!"
Parpadea confundido, no pudo haber escuchado correctamente, Baji merece un ángel guardián, eso dejó de estar en duda desde el primer día que lo conoció, merece eso y más, y por ello, hará lo posible y si eso no es suficiente, irá más allá. Lo único que lamenta es que no le hayan asignado a un ángel más capaz.
¡Qué rayos! ¿Por qué no deja de compadecerse a sí mismo? Puede y va a hacerlo. Salvará a su bodoque y aceptará que su tiempo juntos ha acabado. Baji tendrá una muy larga vida feliz en la que recordará el día que casi muere con la típica diversión y bochorno que usan los adultos para referirse a eventos pasados en los que estaban siendo estúpidos e innecesariamente tercos. No pide que se libre de problemas, porque sabe que eso es pedirle limones a un naranjo. Pero sí que llegue a los 90 años sonriendo y comiendo peyoung yakisoba, rodeado de gatos que seguramente habrían sufrido una adopción sorpresa.
¿Le dolerá que olvide que alguna vez existió y estuvo ahí para él? ¿Que sus recuerdos sólo sean momentos al viento? Sin duda. ¿Es un precio mínimo que pagar a cambio de su vida? Lo es, y estaría dispuesto a pagarlo las veces que hagan falta.
Su conciencia comienza a desvanecerse, los golpes empiezan a perder fuerza y es por eso que apenas alcanza a captar los últimos pensamientos de Baji.
"Te quie…"
Pero en su corazón, sabe cuáles fueron.
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—¿Takemichi? —pregunta con confusión mientras observa con insistencia al otro adolescente que camina arrastrando los pies, murmurando entre dientes.
—¡Ciento ochenta y dos mil setecientos veintitrés! —exclama el ángel, feliz de reconocerlo.
—Por Dios, dame un respiro, ¿cómo puedes decir todo mi número como si nada? —protesta mientras le indica que se acerque. Balanceándose sin energía en el columpio en el que se encuentra.
—Es tu culpa, sería más sencillo si eligieras un nombre de una vez por todas —protesta haciendo un puchero.
—Un nombre humano, querrás decir —acota, sabiendo que es probable que termine cabreando al otro a pesar de todos sus años de amistad.
Takemichi suspira sabiendo que tiene las de perder en esa discusión, la han tenido demasiadas veces a lo largo de los años y el menor nunca ha cedido.
—Bueno, Chifuyu —corrige, recalcando en exceso las sílabas de su alias actual—. ¿Qué sucedió?
Esa era una buena pregunta, para la cual aún no tenía una respuesta satisfactoria. ¿Acaso era un cuestionamiento de su superior?
—Baji-san me dio una paliza —comenta, obviando la situación, pero como un genuino intento de hacer reír al otro.
—Lamento eso —realmente no parece lamentarlo—, no me di cuenta de que eras tú, tu cara estaba demasiado deforme —se burla, para luego darle un ligero puñetazo en el hombro.
—Descuida, estamos a mano entonces, compañero.
Takemichi se ríe y niega con la cabeza, retomando su semblante serio.
—La pregunta es, ¿por qué? Creí que estabas llevando de manera excelente esta asignación, vamos, sé que no es la primera vez que uno de tus ahijados te golpea...
Por incompetente, eso es lo que quiere responderle, pero sabe que esas son solo sus inseguridades hablando. Además, no le pasa desapercibido el halago velado que deja caer el mayor. Takemichi siempre le ha dicho que no se toma en serio los problemas de sus humanos y suspira demasiado cada vez que lo ve saliendo de la oficina del Ministerio Angelical Terrestre Asignado Recurrente o MATAR por sus siglas, secretamente el menor siempre ha pensado que las siglas tienen un mensaje subliminal bastante claro, pero es el único que parece tener esa opinión.
—Algo pasó recientemente con la pandilla, pero no entiendo qué relación tiene que Baji-san quiera unirse a Valhalla, el ama a Toman, ¡no tiene sentido!
Y lo dice en serio, ha repasado sus recuerdos de las últimas semanas hasta el cansancio, con la esperanza de encontrar algún indicio, algo que haya pasado por alto. Pero con el arresto de Pah-chin y el intento de asesinato de Draken, no le queda mucho de dónde partir. Contrario a lo que pensaba, los eventos anteriores debieron haberlo forzado a unirse aún más con sus amigos, no a alejarlo.
—¿A qué te refieres con que no lo sabes? ¡Es tu ahijado! Deberías conocerlo mejor de lo que te conoces a ti mismo.
—Lo hago, sé que tiene un plan, hay alguna amenaza externa y él quiere infiltrarse para averiguarlo directamente. Es probable que haya un topo en Toman —conjetura mientras habla, y la idea comienza a tomar forma en su mente. Por supuesto, no pudo ser coincidencia que Mikey esté perdiendo a los miembros fundadores uno por uno, debe haber algo detrás.
—¿Me dejarías hablar con él? —pregunta Takemichi, interrumpiendo el rumbo de sus pensamientos con ese rostro serio que ha visto tanto cuándo está determinado a salvar a alguien.
Asiente con la cabeza, incapaz de decir palabra. Los refuerzos siempre son bienvenidos.
Se abstiene de contarle el resto de sus pensamientos. Grave error.
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No sabe qué es lo que está diciendo Takemichi, pero escucha que le pide a Baji que no muera y todas sus alarmas se encienden. Porque a pesar de todo, no ha preguntado porque Takemichi está aquí, a quién está cuidando y exactamente cuál es la fecha que tiene él. No es raro encontrarse con otros ángeles guardianes en encargo. Lo que no es común, es que los ahijados estén tan cerca uno del otro.
Deja de darle vueltas al asunto y se concentra en lo importante. Takemichi está aquí, el ángel es uno de los ángeles guardianes superiores. Incluso hay rumores de que una de las habilidades que le fue otorgada cuando alcanzó el grado superior, fue el poder de viajar en el tiempo, siempre y cuando, su ahijado lo necesitara.
¿Estará con la versión futura en una misión del pasado? ¿O este es el futuro qué está cambiando de su pasado? Pero si es así, entonces ¿cuál sería el presente? Deja de darle vueltas al asunto cuando siente que el otro ha terminado de hablar. Se acerca sin mediar palabra.
—No me revelo nada que no supiéramos ya —señala con cansancio y ligeramente frustrado. Pareciera que su compañero estaba esperando ciertas respuestas de esa charla, lo cual es extraño ya que bien podría haberle preguntado primero a él.
—Takemichi, ¿quién es tu ahijado? —cuestiona con curiosidad, ansioso por saber la respuesta.
—¿No lo sabes ya? —pregunta rascándose la cabeza con nerviosismo—. Creí que estaba siendo bastante obvio al respecto.
—Es esa chica, ¿Hinata Tachibana?
Niega con la cabeza, repentinamente abochornado.
—Es Mikey-kun.
—No es cierto —exclama con asombro, intentando descubrir por qué y cómo.
Takemichi se ríe y niega con la cabeza,
—Yo tuve la misma reacción, pensé que mi asignación era incorrecta y casi tuve un ataque de pánico —señala con vergüenza.
El menor puede entenderlo, tuvo casi la misma reacción cuando leyó el historial de Baji.
—Chifuyu —llama, con una seriedad abrumadora que le hace ponerse inmediatamente en alerta—, ayúdame a salvar a Mikey-kun protegiendo a Baji-san —pide, extendiendo su mano.
No duda en aceptar su mano y estrecharla con fuerza. Es una promesa.
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Decir que no entiende qué rayos está pasando es quedarse corto. La pelea con Valhalla ya era de por sí una mala idea, considerando la cantidad de miembros que ostenta la pandilla rival contra los miembros de la Tokyo Manji. Mikey y el resto de los capitanes pueden ser máquinas de pelea, pero no todos van a aguantar. Puede ver que la moral de la pandilla está cayendo a pasos agigantados.
En su mayoría se encarga de cubrirle las espaldas a Takemichi, quién recibe golpe tras golpe, sin embargo, su mirada no deja de vagar frenéticamente buscando ver esa cabellera tan particular. Baji no parece estar por ningún lado y eso lo aterra más que consolarlo, porque si no está aquí, quiere decir que quizás el ataque contra su vida no va a sufrirlo en medio de una pelea y él habría desperdiciado minutos preciosos permitiéndole andar por la libre.
Se tranquiliza un poco sabiendo que, si Baji ya no estuviera, él sería el primero en notarlo, ya que se le exigiría su retorno inmediato al cielo para presentarse con su superior y no sabe que le aterra más, si la posibilidad de perderlo o no estar presente cuándo más lo necesita. Y es entonces cuando lo ve, escalando la pila de autos chatarra con dirección a Kisaki, no es el único en notarlo, Takemichi se mueve apenas lo divisa y el ángel se apresura a seguirlo. Interponiéndose en el ascenso de Baji.
—¿Chifuyu? ¿Qué carajos estás haciendo? —Baji esta cabreado y puede observar lo concentrado está en la tarea que tiene en frente.
—Baji-san, no lo hagas —súplica, extendiendo los brazos, dando énfasis a su intención de detenerlo, de no permitirle avanzar. Si pudiera elegir, lo arrastraría fuera de ese lugar a como diera lugar, pero no tiene elección, tiene que trabajar con lo que tiene y ahora lo único que puede hacer es convencerlo de que vuelva con la Tokyo Manji.
No ve venir el golpe que lo lanza al suelo antes de poder bloquearlo.
—Te mantuve a mi lado para poder usarte en las peleas —afirma con desdén y hastío—. Me importa una mierda lo que pienses o quieras.
—¡Soy el vicecapitán del primer escuadrón! ¡Estoy aquí para protegerte! —grita apresurándose a ponerse en pie—. Si realmente quieres pasarme, entonces no me contendré.
—Hazlo —lo reta—. Tienes diez segundos.
—¿Hug?
Baji comienza la cuenta regresiva de diez segundos, diez segundos en los que se bloquea sin saber cómo actuar. Sin atreverse a golpearlo o actuar en su contra de cualquier manera. No puede hacerlo.
—Pensaba que no te ibas a contener —se burla con descaro. Negando con la cabeza con aparente decepción—. Si no me matas, no podrás detenerme —proclama antes de arrojarse al frente, con el puño en alto listo para golpearlo otra vez.
El ángel cierra los ojos, preparado para el dolor. Sin embargo, este no llega.
—¡¿Takemichi?!
El otro ángel se encuentra aferrado por la cintura al humano, impidiéndole moverse y se maldice a sí mismo por no haberlo pensado. ¿Qué está haciendo, actuando tan patético?
—Yo salvaré a Baji-kun —declara con un grito que se alza por encima del caos, infundiendo esperanza.
El ángel se permite relajarse y ese es justamente su error. Lo siguiente que sabe es que Kazutora ha apuñalado a Baji y él fue lo suficientemente estúpido como para creerle que no ha sido nada, que la herida es un roce superficial, él debería haberlo sabido mejor. Conoce la imprudencia que tanto caracteriza al otro, entonces ¿por qué? ¿por qué se fío de sus palabras y lo dejó avanzar?
Sin embargo, se ha detenido, está tendido en uno de los autos y una ambulancia debe llegar pronto, estará bien en tanto no se mueva y continúe inconsciente, sin forzar la herida. El ángel quiere ir con él, pero no puede, está atascado, no puede permitirse alejarse de Takemichi.
La situación da un nuevo giro cuándo Mikey, totalmente fuera de sí, carga contra Kazutora apenas se da cuenta de que Baji fue apuñalado por su mano. Ninguna voz parece llegarle y todos parecen resignados a lo que está por ocurrir. Takemichi mismo se ha detenido y solo observa con lágrimas en los ojos a su ahijado, que continúa golpeando a Kazutora con saña y un enojo que no corresponde a un chico de quince años.
—Kazutora, tú no serás quién me mate —grita Baji, llamando la atención de todos. Frenando la masacre que Mikey había desatado.
No, no, no. ¿Cómo puede estar consciente con esa herida?
—¡BAJI-SAN! —ruge fuera de sí, mientras observa como el cuchillo se clava con fuerza en su abdomen y escupe sangre, cayendo de rodillas.
La escena le parece irreal, no sabe cómo es que tiene las fuerzas de correr, de llegar a su lado y sujetarlo con un mínimo de esperanza.
—Yo moriré por mi mano, Mikey no tiene motivos para matar a Kazutora.
Baji sigue hablando, pero la mente del ángel no registra nada, no puede detenerse a pensar en los actos de su bodoque porque eso lo hará real.
—Gracias, Chifuyu.
Sabe que está llorando, aunque la sensación le es ajena, extraña, ¿por qué llora? ¿por qué las lágrimas no se detienen, alguien está gritando, quizás sea él...
Siente una mano en su espalda, en señal de apoyo.
—Debes dejarlo ir —susurra Takemichi con calma, a pesar de las lágrimas que cubrían su rostro.
—No quiero, no es justo. No tenía que terminar así, por mi culpa... por mi culpa él está- —no, no podía terminar la frase, no podía decir esa palabra, no si todavía sostenía su cuerpo.
—Tranquilo, no es la última vez que lo verás.
—Pero… pero... —los suicidas no van al cielo… eso es lo que quiere decirle, gritarle. Esa simple frase no puede dejar de repetirse en su cerebro.
—Morir salvando a tus amigos, ¿no es acaso un final digno? —pregunta, conocedor. Y quiere creerle, de verdad que quiere, pero el nudo en su garganta no se deshace y la horrible verdad no cambia—. Vamos, es hora de que vuelvas a casa.
Asintió, colocando su cuerpo en el suelo con extremo cuidado a pesar de saber que él ya no se encontraba ahí. Era una muestra de respeto más que podía darle.
Quienes presenciaron la escena, creyeron haber visto a alguien ahí antes, casi podía jurar que había alguien sosteniendo a Baji y gritando por él, pero si les preguntarás quién había sido, no podrían contestar y tras un breve segundo, ese recuerdo se desvaneció como si jamás hubiera existido.
Al igual que el ángel que se despidió de todos con un "buena suerte, chicos".
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—Tu asignación no ha terminado —señala su supervisor, apuntando con una de esas plumas de tinta que tanto le fascinan.
—¿De qué estás hablando? Baji-san murió, yo fallé.
Decir la verdad en voz alta solo le hace más consciente de sus errores y ocasiona que la culpa se arremoline con mayor fuerza. Si tan solo se hubiera esforzado más...
—San,
¿eh? No estoy seguro de haberte escuchado mostrar respeto por un humano antes.
El ángel permaneció en silencio, agachando la mirada.
Cuando quedó claro que no iba a decir palabra, su superior continuó.
—Sí, es cierto que fallaste, pero Takemichi necesita ayuda y no hay nadie más involucrado que tú en este momento. Debes entender que él no puede continuar esto sólo, necesita tu apoyo, Ciento ochenta y dos mil setecientos veintitrés.
—¿O…? —inquiere con esperanzas de zafarse, sea cual sea el castigo que le espere, no puede ser peor que bajar a la Tierra y ver que el mundo sigue girando, que todo sigue su curso con normalidad a pesar de que Baji ya no esté en él.
—O vuelves a la academia por las múltiples faltas al código. Y no estoy hablando del último año, hablo de volver a empezar desde primero. ¡Y sin cambiar de carrera!
—¡No está hablando en serio! —grita sin poder contenerse, su superior está siendo excesivamente cruel, pero se abstiene de señalarlo, nada bueno puede salir de admitir que se comprometió demasiado, quiso demasiado…
—Pruébame. Este caso es… diferente, creo que ya lo sabes —señala con calma, mirándolo perspicaz.
—Lo sé, pero…
Pero no sé si tengo la fuerza para intentarlo.
—¿Una última vez? —anima con una sonrisa, extendiendo una carpeta que, sin duda, contiene detalles de su próxima asignación.
Suspiró, consciente de lo que le esperaba antes de tomar el folio.
—Una última vez… —concede.
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Doce años humanos han pasado y siente que lleva el peso del mundo encima, la cabeza le duele, sus extremidades palpitan por el dolor y siente que por fin se ha revelado el enemigo final, como esos típicos videojuegos en los que avanzas superando jefes hasta que por fin entiendes que lo que realmente debiste haber buscado, estuvo justo frente a ti todo el tiempo.
Kisaki Tetta admite haberlo planeado todo, comenzando por el asesinato de Baji Keisuke.
Escuchar el nombre de Baji bajo esas circunstancias le granjea una sensación de rabia casi ciega que le impide pensar con claridad. La palabra asesinato y Baji nunca debieron estar en la misma oración, y a pesar de que han pasado doce largos años de ese momento, la tristeza que le embarga no es más que palpable.
—¿Por qué no pudiste dejarlo ir, Chifuyu? Todo esto ha pasado porque no dejaste de inmiscuirse en mis planes, ¿y por qué? Por un sujeto que lleva enterrado más de una década. Patético.
Kisaki apunta el arma a su cabeza y sonríe cruel y decidido. Entonces eso es todo.
Ha fallado de nuevo, pero eso no quiere decir que Takemichi fallé, él se había asegurado de eso.
"Tú puedes con esto, compañero".
La bala que lo atraviesa pone fin a su existencia terrenal. No espero llegar a ese punto, no se suponía que funcionará así, nunca lo habían matado, bueno, nunca lo habían matado como ángel, supone que murió una vez, pero eligió olvidar esa vida en pos de no tener recuerdos a los que aferrarse como ángel, por supuesto, a veces se pregunta si su camino habría sido distinto de recordar su vida como humano.
¿Habría tenido más empatía y menos resentimiento hacia ellos? ¿Estaría más capacitado?
Despertó en la enfermería de lo que esperaba fueran las oficinas de ángeles extraviados y no reubicaciones, porque si es así, va a gritar.
Se toma algunos minutos para relajarse y extiende con cuidado sus alas, probando el levantarse con su ayuda. No funciona, aletea de lado y cae rendido contra la pared más cercana. Morir es un dolor de cabeza.
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Sentado frente al escritorio de su superior, no podría preocuparse menos por el largo sermón que seguramente está por venir. Había transgredido casi todas las normas -de nuevo- y hecho uso de sus habilidades para lastimar, mentir, sobornar... entre otros muchos agravios. Eso como mínimo le haría volver a la escuela de ángeles guardianes, si es que acaso le permitían volver a ser uno. Aunque eso no podía importarle en lo más mínimo, no cuanto sus pensamientos seguían volviendo a su bodoque y las últimas palabras que le dedicó Kisaki Tetta.
—Ciento ochenta y dos mil setecientos veintitrés... —comienza con cansancio, frotándose las sienes.
—Chifuyu —revela, interrumpiendo al otro a sabiendas de que no se podía meter en más líos.
Su superior lo miró por un momento, confundido, antes de recuperarse y soltar un bufido divertido.
—Con qué por fin elegiste un nombre, ¿eh? Mil inviernos... Me parece apropiado. Creo que sabes lo que tengo que decir, ¿no es así?
El ángel asintió una vez con la cabeza, manteniéndola gacha.
—Estoy orgulloso de ti.
—Espere, ¿qué? —no podía ser cierto, de verdad había muerto esta vez.
—Ahorrémonos los detalles, ¿quieres? Se bien que transgrediste varias leyes y aún tendrás tu castigo, pero he de decir que esta fue la primera vez que realmente te involucraste en una asignación —explica con una sonrisa—. Ellos aprenden de nosotros tanto como nosotros aprendemos de ellos. No podemos ser un simple ente que existe a su lado para resguardarlos, creo que ahora lo entiendes.
Chifuyu asiente una vez, despacio.
—Ahora, como bien sabes cada ángel tiene un tutor en primer curso, ¿no es así?
Mierda, trabajo de niñera, sin embargo, siempre es mejor que volver a la academia y pasar por todos esos cursos de un humano sonriente es un humano feliz y "estoy bien" no necesariamente significa estar bien, lo que resulta contradictorio entre sí, pero eso es de cursos "avanzados".
—Aunque no estoy seguro de cómo puedes considerar esto, te presento a tu pupilo —indica al tiempo que se abre la puerta trasera del despacho.
La vista que recibe le quita el aliento.
—Hey, Chifuyu.
Parpadeo, varias veces, atónito. Y luego se soltó a llorar.
—Baji-san —hipo, intentando contener las lágrimas que no dejan de fluir.
—Ha pasado un tiempo. Cuando te dije que parecías un ángel, te lo tomaste personal ¿eh?
Chifuyu no puede más y se echa a reír en un mar de lágrimas. Hay tantas cosas que quiere decirle, tantas palabras que sabe que debe externar, pero ahora mismo no puede porque está ocupado intentando contener el llanto.
—Gracias a ti también —suelta, lanzándose a abrazarlo como no pudo hacerlo antes.
—Vaya con esas primeras palabras —se burla, correspondiendo al abrazo—, casi puedo decir que las calcaste de mis últimas.
—Apestas en eso, Baji-san —protesta, controlando a duras penas sus sollozos.
—En realidad, es Keisuke ahora —señala con alegría, mostrándole esa sonrisa que tanto ha anhelado.
—Keisuke —suspira y entonces, devuelve la sonrisa—. Keisuke —repite, saboreando el nombre, acostumbrándose a él.
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Caminar a su lado es algo que Chifuyu no creyó que pudiera volver a ser posible. Y, aun así, aquí están, dando un paseo por los jardines en un silencio acogedor. Esto le parece irreal, un sueño del que teme despertarse para descubrir que su mente le jugó una mala pasada y sigue inconsciente en la sala de ángeles extraviados.
Hay tantas cosas que quiere preguntarle, y aun así no se atreve a formularlas, teme las respuestas más de lo que teme saber que el otro pueda odiarlo.
—¿Qué es lo que te molesta? —cuestiona, volviéndose para verlo al notar su indecisión.
Chifuyu casi quiere reír por lo perspicaz que sigue siendo el otro, aun cuando hizo lo posible por esconder sus verdaderos sentimientos, supone que debe tener escrita su incertidumbre en la cara.
—¿Por qué elegiste no olvidar? —dice, lanzando la pregunta con tal rapidez, que duda que el otro haya sido capaz de escucharla.
Baji lo mira por unos segundos antes de alcanzar sus manos, sosteniendo ambas con ternura.
—-Había cosas… —se detiene un segundo antes de corregirse, negando con la cabeza—, personas importantes que quería olvidar. No me vi capaz de comenzar de nuevo.
Chifuyu guarda silencio, acojonado.
—¿Realmente querías recordar cómo fallé? —pregunta, a medio segundo de tirarse a llorar de nueva cuenta al permitirse embargar por los recuerdos de sus momentos finales.
Keisuke cambia de estrategia, liberando sus manos para poder acunar su rostro y entonces se ríe, se ríe y Chifuyu no puede creer como ese sonido es capaz de hacerle sentir pleno y a la vez tan ligero.
—Tu no fallaste, Chifuyu. Fue mi elección, después de todo, ¿qué te dice que de haberme quedado quietecito y en espera de una ambulancia no habría podido salvarme?
Lo ha pensado antes en innumerables ocasiones, hecho tantas simulaciones mentales, si Baji no hubiera sido la persona impulsiva y protectora que es, ¿habría podido evitar desangrarse? ¿Hoy seguiría vivo?
—¿Por qué te quedaste a mi lado? —replica Keisuke y Chifuyu no sabe si es una pregunta o un reproche. Pero antes de que pueda responder Kei sigue hablando—. Sé que estoy en algo así como la guardería angelical todavía, pero hay cosas que son de dominio público con respecto a los ángeles guardianes. Y sé que si el ángel no considera digno de salvación a su ahijado ya sea por sus acciones o decisiones, este puede abandonarlo.
Chifuyu siente que lo acaban de atizar con una barra ardiendo, ¿de verdad esa es su pregunta? Considerando todo lo que puede reprocharle, todo lo que puede decirle ¿de verdad Keisuke se pregunta por qué no lo abandonó? Es ridículo, irrisorio. Chifuyu jamás se hubiera planteado el abandonarlo y no quiere saber desde hace cuánto tiempo su bodoque sabe acerca de esa excepción y cuánto se ha martirizado por ello.
—Supe desde el primer día que valía la pena. Tu vales la pena —profesa recalcando con fuerza cada palabra—. No lo dudes. No me quede a tu lado porque debiera hacerlo. Me quedé porque quería hacerlo, porque le disté un giro a todo lo que quería, a todo lo que renegué...
—¿Incluso ese día? —lo interrumpe. No hace falta aclarar a qué día se refiere, ambos saben que eso marcó un antes y un después en su relación.
—Aún más ese día. ¿Sabes cuantas reglas me salte estando contigo? —bromea, retirando sus manos de su rostro para poder entrelazarlas con las suyas—. Ese día también rompí una más por accidente, y si, esa vez sí fue un accidente y me disculpo por ello, pero escuche tus pensamientos —confiesa en voz queda—. No quise hacerlo y fue la única vez que pasó, pero el dolor era demasiado y mi mente divagaba y te arrepentías tanto y no dejabas de disculparte, además me pareció escuchar que m-
—¿Qué Chifuyu? ¿Qué fue lo que escuchaste?
Me pareció escuchar que me querías, ¿no te parece ridículo? Suena ridículo, que alguien como tú me quiera.
—No es nada —contesta en su lugar, encogiéndose de hombros.
—Que te quería—responde en su lugar, apoyando su frente contra la suya, mirándolo a los ojos, sonriendo—. Que te quiero.
Chifuyu sabe que no necesita respirar, que la acción que realiza es un acto mecánico que aplica para que, al estar en un cuerpo humano, no luzca antinatural. Pero en estos momentos siente que se le atasca la respiración y todo su cuerpo se tensa en respuesta.
¿No había deseado tantas veces escuchar el final de esas palabras? ¿No había soñado con que el otro se atreviera a decirlo en voz alta? ¿Con corresponder a esas mismas palabras con las propias? Las lágrimas que con tanto éxito había estado conteniendo se deslizan sin poderlo evitar, y en respuesta, termina apoyando su cabeza en el hombro del más alto para esconderse, sollozando en silencio.
—¿Acaso está mal? —inquiere Baji, malinterpretando su silencio.
Chifuyu niega con repetidos movimientos y después de tomar aire y considerar haberse calmado un poco, alza la cabeza, para encontrarse con esos ojos cafés que tanto ama.
—Lo único que verían mal es que un alma de más de mil años salga con una bebé de apenas ocho y contando —responde, intentando quitarle aspereza al asunto. Sabe que tarde o temprano tendrá que hablarle acerca de todas sus inseguridades, de cómo se sintió cuando murió y de todo aquello que oculto al ser su ángel guardián, pero por el momento elige guardarlo para sí.
—¡Oye si le sumas catorce son veintiuno! —refuta, alzando la barbilla.
—Veintidós —corrige por inercia.
Baji enarca una ceja antes de soltarse a reír, contagiándolo en el proceso.
—Te quiero. Te quiero más de lo que puedo poner en palabras —reconoce por primera vez, abriéndole el corazón con la seguridad de que está haciendo lo correcto.
—Yo también te quiero, Chifuyu. Pero eso ya lo sabías. Ángel tramposo.
Chifuyu se encoge de hombros, volviendo a apoyar su rostro contra el pecho contrario, permitiéndose unos segundos así, para aceptar que todo esto es real.
—¿Por qué elegiste un nombre después de tantos años? —pide—. Aquí dijeron que eras el número ciento ochenta y dos mil setecientos veintitrés y que preferías que se quedará así.
No necesita meditarlo, ya se ha abierto en canal para el otro y no dudará en seguir haciéndolo.
—Porque fue el nombre por el que tú me llamaste. Fue el nombre que quise como mío porque me recordaba el sonido de tu voz buscándome —explica y por primera vez, pone en palabras aquello que pensó y oculto en lo profundo de su mente por temor a ser juzgado—. Antes nunca lo necesité, nunca lo quise, no hasta ti.
—Chifuyu… —susurra contra su coronilla, besando su frente con reverencia.
Encandilado y hecho una masilla en brazos del otro, se permite ser un poco burlón antes de alzar la mirada.
—Ese es mi nombre, Keisuke.
Se lanza hacia adelante como debió haberlo hecho desde el principio. Porque sabe que en el medio encontrará aquello que perdió, aquello por lo que extendió sus manos en la oscuridad esperando colisionar. Eso es todo lo que quiere y querrá, y no duda que valió la pena cada invierno que espero, porque besar a Keisuke es algo inigualable y esperaría mil inviernos más si sabe que va a llegar a este lugar, a este momento, con la persona que ama.
—Gracias por quedarte —dice antes de besarlo de nuevo.
"Gracias por volver a mí".
¡Gracias por llegar hasta aquí!
¿Chocolates? ¿Quejas? ¿Sugerencias?
Chaos~
