Disclaimer: Fairy Tail y sus personajes pertenecen a Hiro Mashima.
«Te quiero pura, libre,
irreductible: tú.
Sé que cuando te llame
entre todas las gentes
del mundo,
sólo tú serás tú.»
La voz a ti debida, Pedro Salinas.
-La primera vez-
Gray cerró los ojos. Estaba nervioso. Estaba tan nervioso que las manos le sudaban como si fuera un niño pequeño, sentía los vellos de la nuca erizándose poco a poco y una corriente eléctrica extraña recorriéndole el cuerpo.
Juvia lo había abrazado en muchas ocasiones, así que ya había sentido el contacto y el calor de su piel, pero esto era algo nuevo. Era una sensación rara, pero demasiado reconfortante para ser real. Era como si lo estuvieran elevando hacia el cielo y, sinceramente, no quería que ese sentir volviera a alejarse nunca más ni de su pecho ni de sus manos ni mucho menos de sus labios.
Sí, definitivamente era una sensación rara, pero eso no hacía que no fuera placentera. Después de años de insistencia, de calma, de miedo, de inseguridad y de fallos, por fin había abierto su corazón. ¿Qué más daba ya lo que pensaran los del gremio? ¿Qué importaba la opinión de los demás si se podía ser tan feliz con un suspiro encima de sus labios seguido de uno de los besos más dulces que jamás pudo imaginar?
Aquella noche extraña pero inolvidable de septiembre, Gray había acompañado a Juvia a Fairy Hills como solía hacer cuando se iban del gremio. Siempre lo hacían juntos. Caminaban mientras hablaban de cualquier cosa, se reían y Gray, con cada paso de ese trayecto, se daba un poquito más de cuenta de lo enamorado que estaba de esa chica que empezó siendo una enemiga y que ahora, en ese punto de su vida, lo significaba todo para él.
Sin embargo, ese día todo cambió. El silencio lo impregnó todo mientras Gray se quedó observando a Juvia con ojos expectantes, indecisos y cálidos. Quería besarla desde hacía un tiempo y sabía que ella lo recibiría bien —no en vano llevaba esperando por él durante años—, pero hasta ese día no se había atrevido. No sabía por qué, pero necesitaba mucho tiempo para lanzarse a hacer las cosas que lo hacían feliz.
Cuando rozó sus labios tímidamente, el cuerpo de Juvia tembló. Pudo ser de emoción o de sorpresa, pero no pararía a preguntarlo para arruinar el momento. Se sintió increíblemente bien. Tanto, que el mago de hielo se preguntó a sí mismo en ese momento por qué demonios era tan exhaustivamente dubitativo y no había hecho eso antes. Era como estar en el paraíso, como si una calma enorme lo abrazara en un instante. Era la mejor sensación que había experimentado en toda su vida y se sintió frustrado por todos los besos que había echado a perder. Pero, pensó, le daba igual porque los recuperaría. A partir de ese momento, nunca dejaría de besar a Juvia.
Tras separarse, la chica lo miró. Los ojos, rebosando felicidad plena, le brillaban. Incluso parecía que algunas lágrimas pendían del azul de su mirada. Su sonrojo era adorable, pero sus labios formaban una línea rígida y eso alertó a Gray.
De repente, comenzó a llover. Frunció el ceño con decepción. ¿Tan mal había estado para desilusionarla de esa forma? Las manos acrecentaron su sudor y su temblor y notó la boca secándosele. Apartó su mirada del rostro de Juvia y se maldijo, pero después la sintió acercándose, moviéndole la cabeza mientras sujetaba su mentón y sus ojos volvieron a conectar. Juvia sonreía. Lo hacía de forma tenue e incluso algo asustada, pero pura, genuina y radiante.
—P-perdón… Juvia está un poco nerviosa y no lo ha hecho muy bien…
Gray la abrazó sin dejar que siguiera hablando. El beso había puesto sus emociones patas arriba y parecía ser que las de Juvia también, pues no recordaba la última vez en la que había llovido a causa de un sentimiento de tal intensidad por su parte. Y no era algo negativo, simplemente que la joven, cuando experimentaba algo de ese calibre, hacía que el cielo cargara contra la ciudad con su lluvia incesante. Era su forma de expresar que una amalgama de sentimientos inigualable estaba recorriendo todo su ser. No era algo malo, no lo era en absoluto.
Apoyó su cabeza sobre el hombro de Gray mientras sentía caricias lentas sobre su pelo, que a esas alturas estaba ya mojado. Sabía que ese instante sería un punto de inflexión entre los dos, pues ese día lluvioso de septiembre marcaría el comienzo de una vida en la que no podrían volver a desprenderse de lo que sentían.
La lluvia repiqueteaba en la ventana de la casa de Gray. El día, nublado como pocos había habido en Magnolia en los últimos tiempos, parecía no haber despertado aún. Juvia dormía a su lado, desnuda, pero tapaba su cuerpo con una sábana. Lo hacía bocabajo, con el cabello azul alborotado y colándose por encima de la almohada y su espalda, y su respiración era tan tranquila que le transmitía también esa calma a él.
No había logrado dormir mucho. Las primeras veces son complejas y aparatosas, pero la suya con Juvia le había parecido el momento más especial de toda su existencia. Probablemente, no había estado demasiado bien, Juvia se habría sentido algo incómoda o dolorida, había sido torpe a más no poder o no había sabido acariciar los lugares adecuados, pero había sido precioso porque era ella con quien lo había compartido. Y eso era lo único que le importaba. Para Gray, hacer el amor no había significado solo disfrutar del placer de la carne, sino también de la conexión vibrante que su alma, entrelazada con la de Juvia, había sentido.
Le gustaba verla dormir. Escuchar su respiración pausada combinándose con el ruido de la lluvia de la calle era casi una epifanía. Solía hallar la felicidad en las cosas más sencillas y ese día fue feliz como en pocas ocasiones en su vida. De cierta forma, aquel acto confirmaba aún más el vínculo tan profundo que existía entre él y la maga de agua.
Juvia, bajo su atenta mirada, comenzó a despertar. Se revolvió un poco sobre la almohada y profirió un ligero quejido somnoliento, pero antes siquiera de abrir los ojos, ya estaba sonriéndole. Se sentía diminuto cuando su rostro dibujaba aquella sonrisa tan hermosa; completamente diminuto al lado de la magnitud de lo que sentía por Juvia o de lo radiante que era su gesto.
Sentado y con la espalda apoyada en una almohada, acarició su mejilla despacio. Juvia se movió contra su mano y, con cierto ronroneo, comenzó a abrir los ojos. Lo que le gustaba especialmente a Gray de su físico eran sus ojos. Eran insondables, derrochaban magia y calidez y se sentía perdido mientras los miraba, pero a su vez, eran su norte, su soporte, el lugar al que volver cuando sentía vacío o tristeza.
—Buenos días, Gray-sama.
La voz melodiosa llegó a su oído como un remanso de paz. «Ojalá pudiera detener el tiempo en este instante», pensó abrumado. Pero qué más daba, si todo lo que le restaba de vida se lo iba a entregar a ella. Ya tendrían tiempo de ser juntos, de amarse más, de no soltarse jamás.
—¿Cómo estás?
—Juvia se siente genial —dijo risueña y después se sentó, apoyando su brazo contra el colchón y dejando a la vista su pecho sin pudor alguno.
Recortó la distancia y lo besó con calidez. Y Gray, más consciente de su humanidad que nunca, se dejó llevar por aquella caricia e instó a la chica a que se tumbara para él hacerlo encima suya mientras no paraba de besarla ni un segundo.
La lluvia siguió sonando en el exterior. No pasaría nada si un día no iban al gremio; si un día se refugiaban el uno en el otro aún más.
Su pierna se movía incontrolable contra el suelo. Sus dedos estaban entrelazados los unos con los otros mientras apoyaba los brazos en sus muslos y miraba fijamente una de las losas del suelo. Estaba nervioso. Y además eran nervios de angustia, unos nervios feroces que jamás había sentido.
Juvia llevaba unas cuantas horas de parto. Se le estaban haciendo eternas y el agujero de desesperación en su pecho se abría aún más cada vez que la escuchaba gritar.
Le había contado que estaba embarazada en un día cálido y despejado, con la sonrisa y el aura más deslumbrantes que le había visto a alguien jamás. Lo había abrazado entre lágrimas de alegría sin fin, pero ahora el cielo rugía, la lluvia caía sobre las calles de Magnolia con una intensidad inusual y su estado temeroso no paraba de incrementarse.
Tuvo que esperar aún más, pero por fin escuchó un llanto infantil en la habitación. Sonrió y se puso de pie, encaminándose a la puerta para entrar y ver a Juvia y a su hijo. Sin embargo, Porlyusica se le adelantó. Cerró inmediatamente la puerta después de salir y lo miró seria, haciendo que Gray se asustara aún más.
—Todavía no puedes entrar.
—¿Por qué? —preguntó Gray aturdido.
—Vamos a lavar al bebé y Juvia necesita descansar un poco.
—Pero… ¿Ha ido todo bien?
—Sí. Habéis tenido un niño sano y fuerte. En un momento lo podrás ver.
Gray suspiró aliviado y después sonrió. La mujer cumplió su palabra y, tras algunos minutos, lo dejó entrar.
Su vista se enfocó en la cama. Juvia estaba sentada, tenía ojeras, el pelo revuelto y probablemente sentiría mucho dolor, pero no recordaba haberla visto tan preciosa antes. Sostenía al bebé entre sus brazos y no dejaba de mirarlo con los ojos azules repletos de amor. Gray supo justo en ese instante que jamás volvería a ser el mismo ni a sentir esa especie de palpitar tan abrumadora en su pecho.
Se acercó sigiloso y Juvia lo miró. Sus lágrimas se acumulaban en sus ojos, pero era feliz. Era tan feliz que probablemente nunca podría expresarlo con palabras y a él le ocurría exactamente lo mismo.
En silencio, se sentó a su lado, tratando de no molestar a ninguno de los dos, y rodeó a Juvia con uno de sus brazos. Ambos se quedaron mirando a su hijo. Parecía ser un niño bastante tranquilo, pues no se quejaba ni lloraba por el momento. Solo dormía.
—Se parece a ti, Gray-sama… —susurró Juvia.
En ese momento, el pequeño abrió los ojos. Eran grandes, era luminosos; eran los ojos de su madre. Transmitían la misma pureza, la misma intensidad, la misma timidez y bondad.
—Sí, pero… tiene tus ojos.
El niño alzó su mano y Juvia la besó.
—Este niño se llamará Greige —apuntó la maga de agua con ilusión.
Gray la abrazó aún más, mientras la lluvia seguía precipitándose en las calles de Magnolia, ya de forma más calmada, haciendo que su sonido inaugurara la felicidad de la familia que acababa de nacer.
—Bienvenido al mundo, Greige Fullbuster.
FIN
Nota de la autora:
¡Volví a escribir gruvia! Han pasado meses desde la última vez y la verdad es que ya me hacía falta. Y qué mejor que volver en el gruvia/greige/gruvia family day.
Tengo un headcanon desde hace tiempo y es que Juvia, cuando se emociona mucho o se pone nerviosa, provoca la lluvia. Me parece bonito que los momentos importantes entre ellos sean bajo la lluvia (T﹏T), es paradójico pero también poético, o así lo veo yo al menos.
Sí, sí, sé que esto da diabetes, pero era lo que yo necesitaba escribir en este día tan especial (que lo es aún más para mí por temas personales). He sido muy feliz escribiendo de la familia más bonita de todo el universo, así que espero que lo hayáis disfrutado.
Y nada más, yo me despido aquí, no sin antes desearos un felicísimo día gruvia.
¡Nos leemos pronto!
