COBERTURAS - ONESHOT


BULMA

Tic, tic, tac, tac.

Tic, tic, tic, tac.

Tic.

Tic.

Tic.

Tac.

El tiempo se agotaba, yo lo sé. Las manecillas del reloj me daban aquella señal que más me aterraba y me causaba temor.

No quería ver qué hora es. No quería levantar la cabeza y ver el reloj, ni siquiera quería ver si es de noche o de día. Ni siquiera quería verme al espejo. No quería hacerlo.

No lo hagas. No lo hagas. No lo hagas. No lo hagas.

.Hagas.

La sensación de subir mis ojos y posarlas al frente, me aterraba. Porque era el miedo. Era el miedo de no conocer a aquella mujer que tendré que decir adiós. A la que ya no quedaba ninguna pista de aquella risueña, carismática, despreocupada y bella mujer. La que tenía un montón de pretendientes y solía burlarse de lo cruel que eran los chicos. Que los despreciaba por el simple hecho de haber sido varones. La que no le importaba romper corazones con tal de seguir viviendo su libertad…que, si bien no era tan bien vista en la sociedad, la vivía. Aquella mujer que vivía la adrenalina de lo prohibido, de lo que estaba mal y no se debía de hacer. Aquella mujer….

Aquella mujer ya no existía.

Porque no tenía opción. No la tenía…

Tic, tic, tac.

Tic, tac.

Tic, tac.

Tic, tac.

Mi rebeldía había sido mi condena; mi belleza, mi arma mortal.

¿Tienes alguna idea de porqué estoy haciendo esto?

Quería pensar que no era la única mujer que se sacrificaba de tal manera. Que se despedía de su ser. De su lugar. De su apellido. De su dinastía. De ella misma…

Por momento quería imaginar cuántas mujeres habrían tenido que vestirse de hombre. O quiénes serían las futuras que tomarían las mismas alternativas. Tal vez muchas querrían estar en mi posición. Conocer a alguien, enamorarse, ser aquella mujer perfecta cuyos padres hacen que su prometido se enamore de ella a simple vista por la belleza impecable y perfecta que tiene. Claro, muchas desearían casarse. Después de todo, eso se les ha inculcado.

Pero yo no quería eso.

Toda mi vida siempre había estado en contra del reglamento social. Lo que se debía hacer y lo que no. Qué decir y qué no. Aburrido, lo sé. Había tenido que soportarlo dieciocho años. La edad suficiente para ser comprometida con el príncipe de algún lugar cuyo nombre no me interesaba en lo absoluto.

No tenía voz. No tenía opción de negación. No podía decir que pensaba sobre mi prometido, o incluso si realmente no me sentía lista para comprometerme. Nada lo que hiciese importaba.

En esa parte, tengo algo que envidiar a mi hermano Goku. Mucho, en verdad.

Tic. Tac.

Tic. Tac.

Tic. Tac

Ya tan solo quedaban segundos. El tiempo se agotaba. Después de esto no habría vuelta atrás. No habría más privilegios, vestidos lujosos, ceremonias nobles, pretendientes, regalos de ellos…nada. En tan solo unos segundos dejaría de ser Bulma Briefs.

Ya no aguantaba más. Tenía que hacerlo. Tenía que aceptarlo. Aceptar mi nueva identidad. El nuevo cuerpo. El nuevo ser.

Mi nuevo yo.

.

Tic. Tac.

Tic.

Levanté mis ojos y las posé en el espejo.

Tac.

Lo que vi aceleró mi corazón con vehemencia.

Mi cabello azulado, aquel que me llegaba hasta la cintura, ya no estaba. Estaba corto. Chiquito. Con el típico corte de un varón. Ya no habría más peinados, más cabello suelto que sea movido por el aire, más adornos que puedan hacerlo relucir. Nada. Solo yo con mi cabello corto y mi vestimenta de la armadura de soldado.

Por un momento, mis ojos se humedecieron y sentía que se quieren resbalar lágrimas por mis mejillas; pero no lo permití. No había vuelta atrás. No pensaba quedarme ni ser esposa de alguien a quién no conozco. No quería verlo. No quería saber su nombre. No quería nada relacionado a mi futuro esposo.

Mantuve mi mirada en el espejo.

Ya no era más Bulma Briefs. Ahora era un hombre. Un chico que se ofrecería como soldado para otro reino que busca ejército militar.

Tic. Tac.

Abrochando mi casco, di una última mirada a mi habitación y baje por la ventana de ésta. Dejando atrás a quién era. Dejando atrás a la princesita Briefs. Dejando atrás a aquella mujer. Dejando atrás…a Bulma Briefs.

Caminé lo más rápido posible hasta visualizar al caballo que había dejado amarrado en la parte trasera del castillo.

.

Y cuando me subí a él y estuve a punto de cabalgar, di un último vistazo a mi hogar.

Tic.

Adiós.

Tac.

Bulma Briefs.


.

.

.


—Nombre—preguntó un soldado de alto rango. Su cuerpo es totalmente alto y musculoso. Me miraba con los ojos negros entrecerrados, inspeccionando mi cuerpo.

—Trunks Kamicase.

—Edad.

—Dieciocho años.

Lo más difícil de esto no había sido el calor terrible que tuve sobre mí mientras cabalgaba por horas, ni siquiera había sido el dolor que se instaló en mi trasera por el tiempo sentado en el caballo, lo más difícil de todo esto había sido el cambiar mi voz. Hacerla más gruesa, más grave y masculina. Tenía la suerte de tener la voz muy femenina. Debido a ello, me instruyeron clases de canto, me hicieron recitar poseías de varios autores cuyo nombre ya ni me acuerdo. En ese momento, estaba agradecida. Me gustaba mi voz.

Pero ahora…

Ahora me daba un poco de vergüenza.

—¿Tiene algún familiar vivo?

—No, señor—mentí—. Soy huérfano. Por esa razón me he ofrecido como soldado.

Me volvió a dar otra inspección de arriba abajo.

—¿Cuánto pesas? —preguntó de repente, sorprendiéndome.

—Cuarenta cinco.

—Denegado.

Mis ojos se abrieron hasta más no poder.

—¡¿Pero… por qué?!

—Los soldados que se necesitan requieren cualidades fuertes. Nada de mansos. Nada de miedos. No delgados que pesen menos de cincuenta, parecen como si fueran a desaparecer.

No pude evitar ofenderme por ello.

Me miró y escupió con desdén.

—Eres inútil.

—Pero…

—Inútil o no, igual necesitamos soldados, Nappa—me interrumpieron. Mis ojos buscaron al dueño de la voz. Cuando lo encontré, me sorprendí por alto que es.

El soldado llamado Nappa se asustó por la presencia de él.

—Como usted diga, rey Vegeta—hizo una reverencia.

Vi cómo los demás también hacen una reverencia, yo también hice.

Mi mirada chocó con los del rey. Nuevamente, no pude evitar sorprenderme por su cabello en forma de flama. Era alto. Corpulento. Poseía una barba que lo hacía ver mayor, pero no lo suficiente. Su simple posición de brazos y parada gritaban arrogancia. Frialdad. Egoísta. Altanería.

Y aquello no podía ser más que confirmado por la forma en la que me miraba el rey, también me analizó de arriba abajo.

—¿Cuál es el nombre de este debilucho? —preguntó hosco.

—Trunks Kamicase, su alteza.

Tragué saliva cuando se quedó inspeccionando mi rostro con minuciosidad. A pesar de que haya hecho todo lo posible para hacer mis facciones un poco masculinas como mirar serio a cada ser que se me cruce, apretar la mandíbula para evitar que se me noten los pómulos, fajarme los pechos para que no se vean lo voluptuosos que son; no pude evitar sentir miedo por la mirada del rey.

Era como si intentara descubrir la razón por la que estoy aquí y qué estoy ocultando.

Tic. Tac. Tic. Tac.

Tic. Tac. Tic. Tac.

Las manecillas de reloj sonaban en mi cabeza, grabadas.

—¿Cuáles son tus cualidades? —preguntó de repente.

Mierda. No sabía qué responder.

¿Cocinar, cantar canciones, exclamar poemas, bailar cuenta?

Tardé en responder. No me esperaba esta pregunta.

—Soy capaz de memorizarme cualquier tipo de información con tan solo mirarlo una vez—contesté con la mirada endurecida—. Sé hablar varios tipos de idiomas como para poder comunicarme con cualquiera en caso de un extravío. Sé que no cuento con una excelente defensa para ser considerado un soldado formidable, pero estoy segura que al momento de ser entrenado, mis habilidades en fuerza serán mi fortaleza, su alteza.

El rey me miró por unos segundos infinitos para mí.

—Llévalo al área de entrenamiento, Nappa—ordenó y sentí un gran peso salir de mí—. Júntalo con los otros soldados.


.

.

.


—¡Nada de lentitud! ¡Más rápido! ¡Tienen que llegar al campamento en menos de dos minutos! —gritó el general.

Maldición…no pensé que fuera a ser peor de lo que imaginaba.

Todos estos días de entrenamiento, que fueron veinte días hasta ahora, había estado sudando peor un pollo cocinado. Había trepado montañas, bajado y subido por escaleras de 1000 escalones en menos de catorce minutos, había peleado contra otros soldados…ya podrían imaginar quien era el perdedor. Había hecho de todo y sufrí lo que un verdadero hombre con futuro de soldado sufriría.

Después de todo, era un hombre ahora.

Me limpié el sudor de mi frente y bajé por las escaleras lo más rápido. Al principio, mis piernas dolieron como nunca. Cada vez que me sentaba sentía un dolor en las pantorrillas por el entrenamiento militar. Pero ahora había podido lidiar con ello, ya no me dolía tanto como antes.

Cuando termino de bajar, no puedo evitar sorprenderme el haber llegado más rápido que mis otros compañeros.

—Tiempo récord, Trunks—me felicitó el general—. Vaya al campamento y agarre una espada. Más le vale no hacer ningún escándalo, hoy vendrás los príncipes a escoger soldados reales.

Dándole un asentimiento, corrí hasta el campamento y me dispuse a agarrar una espada.

No era nuevo esta rutina. Si bien, me había costado acostumbrarme a ella, logré dominarla. Al fin y al cabo, había aprendido lo que siempre me hubiera gustado aprender: defensa personal. No me gustaba que soldados y guardias reales me siguieran a todas partes. Si me iba al parque, me seguían; si salía a caminar, me seguían; si caminaba por los pasillos del castillo, me seguían. Me seguían a todas partes y eso me hastiaba.

Por esa razón siempre había querido aprender defensa personal. No obstante, me denegaron. Y por ello, me encargué de hacerle la vida imposible a los soldados y guardias reales…y también a mis padres. Después de todo, disfrutar de mi libertad limitada era todo lo que me quedaba.

—Pero miren a quién tenemos acá—dijo uno de los soldados cuando entro a la carpa. Lo ignoré. No me afectaban sus palabras, solo quería agarrar mi espada y esperar mi turno para la elección de soldados—. ¿Qué tal tu paseíto, Trunks?¿Todo bien? ¿No te habrás caído como la otra vez, afeminado?

Si había pensado que mis facciones femeninas iban a pasar desapercibidas, me había equivocado. Mi nariz perfilada y puntiaguda, mis labios carnosos y rosados, mi piel pálida y sin ningún rasguño no era difícil de notar.

Había sido una tortura, sí. Soportar los comentarios y burlas sobre mi aspecto. Ver cómo intentaban minimizarme y dejarme en ridículo. Hacerme sentir menos e intimidada porque ellos eran más masculinos que yo… Y si no fuera porque había aprendido algunas técnicas de defensa, hubieran abusado de mí y descubierto mi secreto.

Lo más difícil de todo esto era la higiene. Bañarme era la peor de las dolencias que pude haber imaginado. Siempre era la última en bañarme, y cuando tocaba mi turno, desaparecía. Daba alguna excusa de que me sentía mal y lo evitaba. Luego, en la madrugada, me levantaba sin hacer ningún ruido y me iba al bosque para bañarme en el lago y ahí mismo también fajaba mis pechos. Así evitaba que alguien me mirara y descubriera mi secreto.

Agarré la espada que estaba al costado de mi cama, aquella que cada soldado tenía y le pertenecía. Cuando volteé y estuve a punto de salir, vi cómo me tapan la entrada.

—Déjame pasar, Toppeto—pedí con la paciencia al límite.

Él solo sonrió mostrándome lo perfectos y blancos que estaban sus dientes.

—¿O si no qué?

Me quedé mirándolo por varios segundos sin saber qué decir. ¿Qué le diría? ¿Lárgate o si no te golpeo? No se puede pelear entre mismos soldados por órdenes del ministro. Aparte, no todo se resolvía con golpes.

—No podemos demorarnos—expliqué—. Los príncipes van a venir para escoger a los que serán guardias para ellos.

—¿Y tú crees que serás elegido? —se rió. Sus demás compañeros se rieron con él—Mírate nomás, eres un debilucho. A las justas puedes bajar por las escaleras.

Apreté los dientes con todas mis fuerzas.

—No solo se necesita fuerza bruta para la defensa—los miré—. También inteligencia. Y eso, brutos, ustedes no lo tienen.

Y como era de esperarse, mi comentario los hizo enfadar.

—¿Qué dijiste?—Toppeto empezó a acercarse a mí—Vuélvelo a repetir.

Lo miré sin miedo alguno. Mantuve la cabeza en alta, la espalda recta y los ojos fríos. Ya era momento de ponerlos a su lugar.

—Dije que…

—¡¿Qué demonios están haciendo ahí, ah? —escuchamos la voz del ministro —Los príncipes ya están esperado, ¡formen de una vez! —nos empujó.

Fui al centro del campamento sin dar ninguna mirada a nadie más. Solo me fijé en las columnas y filas de soldados que había al frente mío. Me formé sin quejar y teniendo mi espada en mi mano. Pude visualizar cuando el ministro, el coronel y el general quedaron frente a nosotros y empezaron hablar.

—¡El príncipe Vegeta y el príncipe Tarble van a verlos pelear entre ustedes!—explicaba el ministro—. Será una batalla de parejas. Si ganan, los príncipes decidirán si serán elegidos como sus guardias reales. Si pierden…, intenten hacerlo mejor para la próxima.

Todos asentimos y gritamos en afirmativo.

Las peleas no tardaron en empezar. Los soldados pelearon a mano y a espada. La cantidad de perdedores y victoriosos era pareja. Pude ver de reojo cómo los príncipes mantenían la mirada impasible ante la pelea.

Sentí curiosidad por ellos y no pude evitar estudiarlos y notar lo diferentes que eran entre sí.

El mayor, cuyo nombre era Vegeta IV, destilaba arrogancia y frialdad pura. Todo el tiempo se mantuvo impasible ante la pelea. Estuvo con los brazos cruzados con el ceño fruncido. Era igualito a su padre, el rey. El mismo cabello en forma de flama, pero en color negro; los ojos color obsidianas que transmitían escalofríos con tan solo verlo; era de cuerpo corpulento y totalmente firme; las facciones masculinas y bien proporcionadas…La única diferencia era que no era tan alto como su padre.

El menor, llamado Tarble, era totalmente opuesto a ellos. Si bien tenía una contextura aceptable, no era tan musculoso como su hermano. También era bajito, más bajito que el príncipe Vegeta; no obstante, sus facciones eran suaves, tiernas. A diferencia de su hermano, no generaba ese miedo al mirarlo, ni destilaba arrogancia ni indiferencia.

—¡Siguiente!—escuché decir al coronel—¡Trunks Kamicase y Toppeto!

Si pensé que este sería mi día de suerte, estaba equivocada. Una pelea con Toppeto enfrente de los herederos reales solo significaba una cosa:

Humillación.

Toppeto no pararía hasta humillarme, de eso estaba segura.

Agarrando mi espada, fui al centro donde me encontré con Toppeto sonriéndome con burla patente.

No faltaba decirnos nada para adivinar que me haría pagar por todas las veces en la que logré escapar de él, las veces en la que lo insulté y hasta me burlé de una de sus cualidades.

Era claro que haría que el prestigio que me estaba ganando quedaría por los suelos.

Pero yo…

—¡Empiecen!—gritó el general.

No lo iba a permitir.

Rápidamente, empecé a dar vueltas dando giros con mi espada. Mientras avanzaba hacia Toppeto, pude ver cómo él retrocedía y tenía el arma en su mano derecha. Movía mis brazos con elasticidad y soltura. Un beneficio de ser delgada y no tener tanta masa muscular era que te podías mover con facilidad.

Y no ser tan altas como Toppeto beneficiaba más.

Click.

La espada de Toppeto chocó contra la mía cuando lancé el golpe. No me quedé ahí, ambos seguíamos peleando y nuestras espadas chocaban entre sí varias veces. Mientras peleábamos, pude escuchar algunas risitas que salían de su boca.

—No eres más que un debilucho—susurró, solo audible para nosotros.

Lo ignoré mientras seguía dándole espadazos que él los evitaba.

Click. Click. Click.

—No podrás ganarme—continúo.

Volví a ignorarlo.

Click.

Click.

Click.

—Soy mejor que tú—dio otro ataque que esquivé con facilidad.

Volví a dar un espadazo contra él. Otra vez chocó contra su espada.

—Rin…—continuó, empecé avanzar hacia él mientras daba vueltas a mi espada—dete.

Click.

Click.

Y en vez de dar un espadazo, lo pateé.

Click.

Mi golpe lo hizo caer al suelo. Su espada cayó al suelo también. Todos lanzaron un grito de asombro.

Puse el filo de mi espada contra el cuello de Toppeto. No tenía escapatoria.

—¡3…2…1…Tiempo!—soltó el coronel. Yo solté la espada que chocaba contra la piel de Toppeto—Trunks ha vencido.

Mentiría si diría que estaba satisfecha porque no lo estaba. Aunque feliz sí, porque había vencido mi primera batalla por primera vez; pero satisfecha no. No lo estaba.

Cuando vi que Toppeto se paraba y me miraba con ojos furiosos, me volteé dispuesta a volver a mi lugar; no obstante, a los tres pasos que di Toppeto habló.

—Pido otra ronda, su majetad.

Volteé sin poder creer lo que estaba diciendo. ¿Otra ronda?

Toppeto me miraba con furia pura. Era evidente que quería destrozarme.

—Al menos que Trunks tenga miedo y no quiera—incitó.

Lo miré por varios segundos procesando sus palabras. No tenía miedo, no, no era eso… Era que no estaba segura de mis habilidades por completo. No sabía si podría vencerle nuevamente. Si mis manos volverían a agarrar correctamente la espada.

Pero no, yo no tenía miedo.

El hecho de no estar segura no significa que tenga miedo.

Agarré mi espada y me puse en posición de pelea. A pesar de haber cambiado de aspecto y hasta convencerme de mi otra identidad, seguía siendo una Briefs. Y los Briefs, jamás tienen miedo.

Toppeto sonrió al ver mi posición. Usualmente yo no solía hablar mucho. La respuesta: el tono de mi voz.

Por más agudo que sea, se notaba que era un poco afeminado. No quería levantar sospechas; por eso, no hablaba mucho.

Esta vez, el que dio el primer paso, fue Toppeto. Empezó a hacer maniobras con la espada mientras avanzaba hacia mí y no me quitaba la mirada. Yo, lo único que hacía era estar en mi posición esperando a que de su primer ataque.

Click.

Click.

Click.

La sincronía perfecta para empezar la pelea. Tres ataques de espadas. Cuatro ojos viéndose entre sí y estudiando cada movimiento del enemigo.

Dos cuerpos peleando entre sí.

No obstante, si había algo que no había tenido en cuenta, era que Toppeto no había hecho el entrenamiento que yo sí. Él era soldado de otro campamento. Él no había gastado energías. Yo sí.

Él…

Click.

Me estaba tomando la delantera.

Y me quedó claro cuando sentí cómo un pie se puse en mi camino y me hizo caer en plena pelea.

Caí.

Todo mi pecho cayó contra el suelo y un gemido salió de mis labios. Pude escuchar perfectamente cómo los demás soltaron un sonido de sorpresa. Mi casco real ya no estaba, se había caído. Mi cabello azulado ahora estaba quedando totalmente explícito y brillando en su máximo resplandor.

Mis ojos se fijaron en los dos zapatos que estaban frente a mi rostro. Mis ojos subieron lentamente por el cuerpo de aquella persona que ya estaba imaginando quien era. Y cuando mi rostro se alzó, choqué con la mirada impasible y fría del príncipe Vegeta.

Lo quedé observando por unos segundos sin pensar en nada más. No sabía porqué lo hice, ni porqué me estaba mirando a sus ojos. Solo sé que cuando Toppeto empezó a hablar, todo mi prestigio y la oportunidad de ser un guardia real ya no estaba.

—Y es así, su majestad, como se conoce a los perdedores de verdad—sentí cómo se acercaba a mí y me jalaba por el cabello hasta pararme y pegarme contra él—. Venciéndoles y haciéndoles ver que la primera nunca es la definitiva.

Sentía su respiración chocar contra mí, aquello me causó repulsión. La forma en que jalaba mi cabello me dolía, sí; pero no me iba quejar. Suficiente tenía con la batalla perdida que ahora.

Después de unos segundos, Toppeto me soltó, lanzándome al suelo nuevamente. Esta vez caí sentado. Y ahí, pude sentir las miradas de todos sobre mí.

—¡Siguiente! —habló el coronel. Se lo agradecí por dentro.

No escuché quienes fueron los siguientes cuando me levanté. No vi, ni supe quiénes fueron los ganadores de cada pelea. No me interesaba. Ni siquiera prestaba totalmente atención cuando formamos las columnas y veía a los elegidos para ser guardias reales.

No me importaba.

Hasta que escuché mi nombre.

—¡Trunks Kamicase! —mis ojos se posaron en el coronel—Pase al frente. Usted será el nuevo guardia real del príncipe Tarble.

Mis oídos no pudieron creer lo que escuchaba. De hecho, nada de mí se lo creía. Pero me bastó con ver la mirada furiosa de Toppeto cuando caí en la verdad.

Había obtenido mi puesto.

Cuando avancé hacia al frente y me posicioné con los soldados elegidos, el general me entregó mi armadura de guardia real.


.

.

.


El príncipe Tarble era la definición perfecta de un príncipe noble. Uno bondadoso, amigable, nada de temer. El partido perfecto para cualquier mujer. No para mí, yo no estaba interesada en ningún hombre. De hecho, no debía de estarlo pues para los demás era un hombre y no una mujer.

Y seamos sinceros, no hay ningún hombre que le guste otro hombre.

Y si lo había, estaba prohibido.

A diferencia de Tarble, Vegeta, el príncipe, era todo lo contrario a él. Siempre trataba mal a su hermano. Se negaba a las órdenes de su padre. Era más duro que una piedra. Todo el rato andaba con el ceño fruncido y pareciera que su cara de trasero no cambiaría con nada. La frialdad e impasibilidad lo describían perfectamente.

Pocas veces lidié con él y pocas veces fueron las ocasiones que lo vi.

Hasta ahora…

Seguía a Tarble dirigiéndose a la habitación de su hermano. Al parecer le había llamado para no sé qué. No sabía, pero lo que sí sabía era que siempre, siempre, ambos hermanos terminaban en una pelea donde uno grita como nunca y maldice peor que un demonio, y otro se queda callado expectante hasta que él otro lo bote.

Cuando vi que Tarble se acercaba a la habitación de Vegeta, me adelanté a él y abrí la puerta, entrando a la habitación del príncipe mayor para hacerle saber la llegada de su hermano.

Y cuando entré, mis ojos volvieron a chocar con aquellas dos obsidianas negras y profundas como la oscuridad.

Hice una reverencia.

—Príncipe Vegeta—él se me quedó viendo en silencio, estudiándome de arriba abajo, poniéndome nerviosa por cada vez que me miraba—, el príncipe Tarble.

Y después de mi presentación Tarble entró.

—Hermano, me dijeron que me llamas…

—Agarra la espada y ponte en posición de pelea—lo interrumpió, con la misma voz fría y grave—, quiero que pelees conmigo. Todos los malditos soldados con los que he peleado solo son unos simples insectos. Ni siquiera deberían ser nombrado soldados.

Tarble se sorprendió por su respuesta.

—Pero…

—Agarra la maldita espada y pelea conmigo. Tal vez así pueda cambiar de opinión que no eres mas que un debilucho bastardo.

Cuando vi que Tarble fue por la espada, me di cuenta que no debería estar presenciando algo que era solo entre hermano y debería quedar solo entre hermanos. Debía irme. Y eso hice.

—Con permiso, su alteza, yo…

—Tú te quedas—me interrumpió Vegeta. Lo miré sin entender—. Si el inútil de Tarble no me da una buena pelea, entonces tú me lo darás.

—No creo que sea una buena idea, mi prínci…

—¡Lo que yo digo, se hace!—gritó—¡Si digo que peleas, peleas! De lo contrario, no dudaré en despedirte. ¿Quedó claro?

Agaché la cabeza. No quería seguir viéndolo, su mirada de laguna manera me causaba escalofríos.

—Como ordene, su majestad.

—Él es mi guardia personal, Vegeta. Tú no le das órdenes—dijo Tarble con la espada en la mano.

Vegeta lo miró de reojo, fastidiado.

—Y a mí eso no me importa. Me vale mierda. No me hagas recordar quién de los dos ya debe estar empezando a obedecer al otro cuando sea rey.

Tarble lo miró por uso segundos. Me sorprendí ver que optó por la misma mirada de frialdad que su hermano.

—Como tú digas, Vegeta.

La pelea comenzó. Y en ese lapso de batalla entre hermanos, pude notar cuáles eran los puntos débiles de cada uno. Cuáles eran sus fortalezas y sus debilidades. Todo. Y cuando vi que el príncipe Tarble cayó al suelo con un hilo de sangre cayendo por sus labios, me di cuenta que mi prioridad era cuidar de él así haga enfurecer a su hermano por denegarme a su pelea.

—Príncipe Tarble, ¿se encuentra bien? —lo agarré por la cabeza con suavidad y pasaba mis brazos por su cuerpo para levantarlo.

—Suéltalo de una vez—ordenó Vegeta a mis espaldas—Es un simple debilucho, ni siquiera puede darme una pelea digna.

Lo ignoré. Levanté a Tarble y lo ayudé a caminar, cuando él se soltó de mí, sentí cómo alguien me jalaba el brazo y me hacia quedar frente a frente con el príncipe Vegeta.

—Te dije que pelearás conmigo. Suficiente he tenido hoy día con la debilidad de varios soldados como para que desobedezcas mis órdenes.

Quité mi brazo con fuerza disimulado para mirarlo seria.

—Las órdenes de los demás quedan subordinadas cuando mi deber de proteger al príncipe Tarble es el que me llama—solté mirándolo a los ojos, sin ninguna pizca de miedo.

—Guardias—llamó Vegeta sin quitarme la mirada—, llévense a Tarble y manden a una enfermera a curarlo—ordenó para luego avanzar hacia mí—. Si tú te vas, despídete del puesto de guardia real que tienes. Acá las malditas órdenes las doy yo, no Tarble. Soy el futuro rey, así que será mejor que te vayas acostumbrando.

—No sé para qué quiere pelear conmigo, mi príncipe. Está claro que no soy más fuerte que usted. Hasta ahora ni siquiera logro comprender porque me pusieron como guardia real de Tarble si perdí en la batalla de prueba.

—Perdiste porque hicieron trampa—respondió, sorprendiéndome—. Fuiste tan estúpido e idiota que ni siquiera viste que te pusieron pie.

—¿Y así quiere pelear conmigo, mi príncipe?—juro que no sé de dónde salió aquella respuesta, pero mi réplica no pasó desapercibida por él.

—Agarra la maldita espada y pelea. Y cuando se me dé la gana, pelearemos a cuerpo. ¡Ahora!

Sin esperar ningún segundo, agarré la espada y me puse en posición de batalla.

Su maldito comportamiento patán y arrogante, me irritaba. Cada vez que se dirigía a las personas, daba ganas de darle una patada por el trasero y hacerle pagar por ello. Nunca, nunca en mi vida como princesa había visto a un príncipe tan arrogante y altanero.

Felizmente me había escapado porque si me hubiera tocado un esposo así, no lo hubiera soportado.

Vegeta me miraba con los ojos entrecerrados, una mirada furiosa y molesta. Él también se puso en posición de pelea.

Y, en el momento menos esperada, se abalanzó hacia mí.

Click.

Pude evitar el ataque a tiempo; no obstante, no pude manejarlo con facilidad. Los demás ataques que vinieron, eran fuertes, grave, profundas. Cada vez que mis ojos chocaban con los de él podía notar cómo destilaban odio y furia total.

Era como si yo le causara esos sentimientos y emociones…

Click.

Click.

Click.

Nuestros brazos se movían en un vaivén totalmente complejo. Vegeta, con sus brazos, daba vueltas a su espada y lanzaba ataques sin parar. Sin respirar. Sin dejarme de tomar algún punto de ventaja por el momento.

Me estaba acorralando.

Y me di cuenta de ello cuando mi espada tocó la pared de la sala de entrenamiento.

Y fue ahí...cuando me defendí a mano.

Le lancé un puñetazo en el rostro.

El cuerpo del príncipe Vegeta retrocedió por la fuerza.

Me asusté por ello.

—¡Príncipe! —me asusté y corrí hacia él, dejando mi espada en el suelo.

Grave error.

Porque cuando me acerqué a ver su herida, sus ojos chocaron con los míos y luego sentí cómo su frente chocaba contra la mía.

Después de eso, todo se volvió negro.


.

.

.


—Levántate—sentí cómo alguien me movía con su pie mi espalda.

Apreté mis ojos con fuerza. Sentía mi cabeza adolorida y mi cuerpo un poco frío, aunque ahora estaba siendo bruscamente sacudido por un pie.

—¡Lévantate!—me empujaron por detrás.

—¡Ah! —grité de dolor al sentir cómo mi cuerpo de volteaba con brusquedad—¡Dolió!

—Perfecto. Aparte de debilucho como los otros inútiles soldados, te quejas por un simple empujón.

—Mi cabeza me duele…—me la agarré sentándome en el suelo. Aún no podía ver perfectamente, pero mi visión visualizaba borrosamente a un hombre de brazos cruzados mirándome minuciosamente—¿Quién demonios eres tú?

—Cuidado con tu vocabulario—soltó. Su voz era totalmente grave—, no olvides que soy tu príncipe.

—Yo no sirvo a ningún príncipe.

Escuché una pequeña risa sarcástica. Aunque sonó bien, solo ocasionó que mi cabeza doliera más.

—Ahora resulta que perdiste tu cabeza. Cabezota de pollo.

—Yo no tengo cabezota de pollo. No digo pío pío.

—No me refería a eso.

—¿Pío pío?

—No juegues con mi maldita paciencia. Agradece que no estás despedido por el inapropiado vocabulario que tienes conmigo.

Cerré y abrí mis ojos varias veces, los entrecerré cuando miré al mismo chico en la misma posición. Mis ojos chocaron contra los de él.

Me asusté al recordar todo y analizar lo que acaba de hacer.

—¡¿Príncipe Vegeta?!

—Vaya, al parecer ya recuperaste la memoria.

Me paré de inmediato. Sentí cómo sus ojos me siguieron cada movimiento mío con cautela.

—Pido mil disculpas por mi comportamiento, yo…

—No me interesan tus excusas—me interrumpió—. A partir de ahora, serás mi guardia real.

Sus palabras me dejaron totalmente sorprendidas.

—¿Disculpe?

—Lo que escuchaste—se dio la vuelta mientras empezaba a quitarse los guantes—. Ahora lárgate. Y prepárate que mañana también pelaremos.

—Como usted diga, mi príncipe.

Y , antes de caminar a la puerta y salir de la habitación, pude jurar que el haberle dicho mi príncipe lo hizo temblar por leves segundos.


.

.

.


Definitivamente, lo que dijo el príncipe Vegeta se cumplió. Me volví su guardia real y empezamos a pelear todos los días. Lo seguía a todos lados, a cada reunión, a cada pelea, incluso en sus tiempos solitarios solía ser su compañía inadvertida.

Podría decir que él disfrutaba de mi compañía.

Incluso podría decir que había varias ocasiones que lo atrapaba viéndome durante varios segundos. Pero cuando chocaba con sus ojos, él las apartaba sin con rapidez.

Tenía sus arrebatos, sí. Cuando peleábamos, había veces que me miraba con calma y serenidad y otras donde era como si no soportara verme, furioso, molesta e impaciente.

Me di cuenta que, cuando estaba molesto y hastiado por algo que a mí se refería, siempre me jalaba del cabello.

—No sabes cuánto odio tu maldito cabello—susurró una vez jalándomelo y haciéndome arquear la espalda—. A veces me dan ganas de arrancártelo de un puto puñado por el recuerdo que me causa.

Después de aquello, me miró a los ojos. Ambos nos quedamos viéndonos por uno segundos. Pero luego él arrugó el ceño y me pateó haciéndome caer al suelo.

No lo entendía…

Y yo tampoco me di cuenta que la compañía de un hombre como el príncipe , aparte de mi hermano, ya no me generaba conflicto. Llegué a esa conclusión cuando vi al príncipe cojeando por los pasillos del castillo.

Era de noche y lo único que se escuchaba era el cantar de los árboles y estrellas.

—¡Príncipe Vegeta!—grité corriendo hacia él.

—¡Suéltame, maldición! ¡No necesito la ayuda de ningún estúpido soldado!

—Está mal, mi príncipe.

—Eso es mi problema, no tuyo. Tu trabajo es proteger…

—Por eso mismo, está herido…

—¡Suéltame! —se zafó de mí cuando intenté agarrarle el brazo. La sangre caía por su mejilla y era evidente que había estado entrenando hasta más no poder.

—Si sigue caminando, lo único que hará será lastimarse más. —dije exaltándome un poco.

—Tu trabajo solo es vigilar mi camino, no protegerme de nadie.

—Soy su guardia real.

—¡Eso no te hace dueño de nada! —y sin esperar más, abrió la puerta de su cuarto. Fue cuestión de dar tres pasos más para caerse.

Pero no logró chocar contra el suelo. Lo atrapé justo a tiempo.

—Suéltame, maldita sea.

—Necesita curarse, mi príncipe. Cuando termine de hacerlo, me iré y lo dejaré en paz.

Al parecer, eso lo calmó porque no dijo nada y se dejó curar por mí.

Poniendo su brazo sobre mis hombros, lo senté en su balcón y busqué los materiales de primeros auxilios. Cuando lo encontré, me dispuse a curarlo.

Todo fue en silencio. Ninguno de los dos dijo nada.

Yo solo lo curaba y él solo cerraba los ojos o miraba a un punto inexacto. Por algunos minutos pude escuchar cómo se quejaba con pequeños gruñidos, pero solo eso. Ninguna palabra expresada.

Cuando terminé de curarle los rasguños y heridas en su rostro, me quedé mirándolo por unos segundos. La luz de luna hacia sobresalir sus facciones masculinas. Su nariz perfectamente respingada y delgada hacía que él se vea cómo aquellos príncipes de la cultura griega que Milk, prometida de mi hermano, me había contado.

—¿Qué pasa? —me interrumpió de mi estudio a su rostro.

Maldita sea. Me había visto observarlo.

Traté de ocultar mi sonrojo por la evidencia.

—Ponga su pierna sobre las mías, mi príncipe.

—¿Qué?

Bastó escuchar la forma rasposa en que lo decía para saber exactamente que me estaba mirando directamente. Evadí su mirada fijando la mía en el suelo.

Sentía mi rostro un poco acalorado…y no sabía a qué se debía exactamente eso.

Tal vez se debía a que no solía tener a ningún hombre tan cerca de mí en privado.

—Su…su pierna, mi…mi príncipe.

—¿Está nervioso, soldado?—preguntó ¿divertido?

¿Se estaba divirtiendo de mi nerviosismo?

Yo no estaba nerviosa. No lo estaba.

Alcé mi rostro y le miré a los ojos. Tal vez había tratado de ocultar mi nerviosismo ante él, pero mi sonrojo no.

—Ha estado cojeando, mi príncipe. Algo ha pasado con su pierna; por eso, le pido que la ponga sobre las mías para poder curarle.

Si esperaba una respuesta, no me la dio; me dio una sonrisa. Una sonrisa arrogante y altanera.

—Sácame los zapatos y pon mi pierna sobre las tuyas.

Su orden…me paralizó por completo. ¿La razón? Era que yo lo estaba confundiendo todo. La sonrisa pícara que me dio, la forma en la que ordenó que le quitara su zapata y la ponga su pierna sobre la mía…el tono de su voz…

Me estaba poniendo nerviosa y eso nadie me lo generaba…

Hasta el momento.

Me arrodillé ante él y mis manos agarraron su zapato. Mis manos temblaban, podía sentir cómo temblaban poco a poco. Empecé con su pie derecho. Lentamente empecé a sacar sus botas hasta dejar su pie libre y expuesto.

Durante todo ese tiempo, lo único que mis oídos escucharon fue la respiración del príncipe sonar como eco.

Pero sentí mi corazón latir con vehemencia cuando él tocó mi casco real. Levanté mi rostro y lo miré a los ojos. Sus ojos chocaron con los míos mirándome con intensidad.

—Sácate el casco. Quiero ver tu cabello y el color por el que está compuesto.

Juro que nunca en mi vida unos ojos negros me habían parecido tan hermosos, sobre todo su rostro. Estar yo de rodillas ante él y él sentado en el balcón con las piernas separadas, siendo su rostro iluminado por la luz natural del anochecer…, me pareció un escenario hermoso.

Y la orden que me dio, hizo vibrar mi cuerpo de una manera inexplicable.

Tum. Tum.

Tum. Tum.

Tum. Tum.

Mis manos abandonaron su pie expuesto para dirigirse a mi casco. Todo lo estaba lentamente bajo la atenta mirada de él. No iba a negar que mis brazos temblaban por sus ojos negros, pero lo hice. Saqué mi casco con cuidado y sacudí mi cabello por la forma en la que había dejado el armamento en él.

Y, cuando estuve a punto de volver con su otro pie, sentí cómo tocó mis mechones y enredaba sus manos en ellos.

Y, hacer ello, solo hizo que yo me parara y me separara abruptamente de él. Mi respiración estaba acelerada y mi rostro totalmente sonrojado. El príncipe Vegeta me miró atento a cada uno de mis pasos.

Me di cuenta que si me quedaba más tiempo aquí, pasaría algo que no estaba segura que querría que pasara.

Volví a ponerme mi casco.

—Yo…yo…—traté de controlarme nuevamente—yo le llamaré a una enfermera. Con permiso, mi príncipe. —caminé lo más rápido hacia la puerta y salí.

Aquello me hizo confirmar cuan nerviosa me ponía la presencia del príncipe Vegeta.

Esa confirmación se reforzaría con lo que pasaría en los próximos días.


.

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El rey Vegeta me había dado la orden de llamar al príncipe mayor; tenían una reunión en unas horas. Por eso, debía ir.

Caminé por los pasillos del castillo hasta llegar a la habitación real del príncipe. Estuve a punto de entrar, pero toqué la puerta. Cuando escuché su voz darme el pase, entré.

No lo vi dentro, al ingresar.

—¿Príncipe Vegeta?

—¡Aquí! —escuché su voz.

Avance hasta el origen de su voz; ingresé a su sauna compuesto por un jacuzzi. Volví a sentir mi cuerpo nervioso al verme en esta situación tan íntima con el príncipe.

Traté de evitar que se note.

Hice una reverencia.

—Buen día, mi príncipe— saludé con la cabeza en alto. Trataba de no mirarlo en lo absoluto. Él estaba totalmente desnudo ante mí; y era la primera vez que veía a un hombre desnudo. Por eso, estaba nerviosa.

—¿Qué pasa?

Tragué saliva al sentir su mirada en mí.

—Vengo a avisarle que el rey ha pedido su presencia en la tarde.

—¿Dijo de qué asunto se trataría?

—No, mi príncipe.

Seguí sin mirarlo durante unos segundos. Fueron aquellos pocos, pero infinitos segundos donde escuché cómo su cuerpo salía del mar y se paraba frente a mí.

Maldición. Maldición. Maldición.

Un hombre está desnudo ante mí.

Totalmente Desnudo.

Es mí príncipe.

Y yo su guardia real.

—Odio que eviten mi mirada cuando están frente a mí, soldado. Míreme a los ojos; es una orden.

No puedo.

No puedo.

No puedo.

No puedo.

Fijé mi mirada en él; me sentí nerviosa. Y estaba segura que, si hablaba, se notaría mi tartamudeo.

Tragué saliva, intentando olvidar que estaba desnudo frente a mí.

—¿Quiénes estarán en la reunión?—rompió el silencio.

Maldita sea. Maldita sea. Maldita.

—El…el…el consejo real, mi…mi príncipe.

Me traicioné a mí misma. Perfecto.

El príncipe Vegeta entrecerró los ojos y sonrió ladinamente. Tragué saliva cuando empezó a acercarse más cerca de mí.

—¿Está volviéndose a poner nervioso, soldado?

No quité mi mirada de él. No debía hacerlo.

—No…

—¿No qué?

—No, mi príncipe.

El juego de miradas no paró. No paraba porque nos quedamos viéndonos durante varios segundos. Mi cuerpo me traicionó al tragarme mi propia saliva.

—Con permiso, mi príncipe—hice una reverencia.

—No he dicho que te irías—interrumpió mi camino. Sentí mi cuerpo temblar levemente. Volteé hacia él—. Tráeme una toalla.

Mi rostro estaba sonrojado, totalmente sonrojado, podía sentirlo.

Yendo al camino de las toallas, agarré una y me acerqué para dársela. Todo el proceso, lo hice sin mirarle el cuerpo. Había algo con exactitud que no quería ver y sabía que, si veía eso, mi cuerpo se quedaría paralizado por el momento.

No porque no haya visto nunca la parte de la anatomía de un hombre, sino porque no estaba segura de cómo reaccionaría al ver una de él.

Porque sí, el príncipe Vegeta me estaba generando sentimientos que, para mi condición de estos momentos, estaba mal.

—Ahora ponme la toalla y retírate.

Y eso hice. Le puse la toalla y me retiré.


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.

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Después de haberle dado la orden al príncipe Vegeta, y que el sol empezara a ocultarse, me dirigí a los aposentos del campamento.

Grave error.

Porque cuando la luna empezaba a salir me topé con aquellos que se burlaban de mí. Toppeto y su pandilla. Y la forma en la que la furia e ira se evidencia en los ojos de Toppeto fue evidente que no escaparía de allí.

Me volteé de inmediato intentando escapar de ellos. No obstante, los cuatro me acorralaron.

Toppeto me jaló del brazo con fuerza.

—¿Creíste que escaparías de nosotros, afeminado? —sentí cómo sus demás compañeros empezaron a empujarme entre ellos—Tenemos una deuda que saldar.

—No tenemos ninguna—intenté defenderme.

Un empujón de pie por la espalda me hice caer al suelo con fuerza.

Gemí por el dolor.

—Ese maldito puesto que tú tienes ¡debía ser mío!

Cerré los ojos y apreté mis puños.

—Pero ahora es mío. Si pensaste que el príncipe no se daría cuenta que hiciste trampa, estuviste equivocado.

Aquello fue el grave error que me haría llevar un gran recuerdo en mi memoria.

Toppeto me jaló del cabello y me paró del suelo. No le importó el grito de dolor que hice, no le importó lo feo que estaba temblando ahí, no le importo nada…

Porque luego recibí un puñete en el rostro que me hizo sangrar en la nariz.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Cinco.

No pararon; entre ellos, su pandilla y él, empezaron a golpearme.

—¡Defiéndete, debilucho! ¡¿No que eres el guardia real del príncipe?! ¡Defiéndete!

No pude distinguir de quien era la voz, no podía. Los golpes que me habían dado habían nublado todo lo que intentaba defender.

Pero después de que uno de ellos me tomará entre sus brazos, me defendí.

Le pateé su miembro. Y el gemido de dolor que emitió, me causó una efímera sensación de satisfacción.

Efímera. Porque después de ello, no recuerdo qué más pasó.

Esa noche me golpearon. Me jalaron el cabello corto que, al parecer, al príncipe Vegeta le gustaba y que me gustaba a mí. Dejaron moretones en mi piel, por más armadura que tenga. Hicieron botar sangre real. Hicieron botar sangre de la dinastía Briefs de mí.

Me hicieron llorar.

De impotencia. De rabia. De debilidad. Pero, sobre todo, de arrepentimiento. Porque jamás debí haberme escapado esa noche del castillo. Jamás debí haberme cortado el cabello como hombre. Jamás debí desobedecer a mis padres, ni mucho menos hacerles preocupar sobre mi existencia. Jamás debí haber ingresado a este campamento.

Jamás debí haber olvidado que era mujer.

Jamás debí haber olvidado que era Bulma Briefs.

Y jamás debí haber escapado de mi prometido, de mi futuro esposo.

Porque después de que todos ellos se fueran y me dejaran con la conciencia al filo, lo vi a él. A mi príncipe, al futuro rey de Vegeta-sai, a Vegeta VI.

A él…que me recogió en sus brazos y me llevó a su cuarto, que cuidó de mis heridas y me dejó dormir en su cama.

A Vegeta VI que era mi salvador.


.

.

.


Mis ojos se abrieron poco a poco. No había iluminación que fastidiara mis ojos. No había una cama dura que tenía como soldado. No. Al contrario, tenía una cama suave llena de almohadas y sábanas finas.

Me senté respirando con calma.

Este no era mi cuarto, ni de guardia real, ni de princesa. Me di cuenta de ello cuando vi al príncipe Vegeta sentado en la silla mirándome con ojos preocupados y ¿ojeras?

—¿Mi príncipe? ¿Qué pasa? ¿Qué está…?

—No hables—me calló. Se paró y caminó hacia mí—. Hablarás cuando yo te diga que lo hagas y harás eso cuando tengas que responder las preguntas que te haré.

Lo miré sin entender.

—¿Por qué me haría preguntas? No tengo nada de qué ocultar yo…

—¡Tienes mucho que has ocultado! ¡Muchísimo! —gritó. Di un pequeño salto ante su grito, él se dio cuenta—¿Por qué has mentido?

Mi cuerpo se paralizó por completo. Me entró el nerviosismo.

—¿Cuántos días he estado aquí?

—Tres noches donde he curado cada una de tus heridas. Ahora dime porqué has mentido.

—Yo no…

—Escapaste de tu reino, dejaste a tus padres totalmente preocupados, te pusiste una nueva identidad como hombre…dime, Bulma, ¿por qué?—me miró con ojos vidriosos—¿Por qué?

Mi boca empezó a temblar. Empecé a llorar en silencio.

—No quería casarme…—confesé—No quería casarme.


.

.

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VEGETA

—No quería casarme…—confesó—No quería casarme.

No quería casarse. No quería casarse.

Se escapó, se hizo pasar como un hombre, peleó contra mí, la golpeé, la golpearon...

Se escapó porque no quería casarse conmigo.

Apreté los puños sintiendo cómo la furia y impotencia volvía a subir por mis venas. No era por ella, por ella jamás lo sería. Era por todo lo que sufrió. Por todo lo que le hicieron…

—¿Por qué…? —dije en un susurro audible para ella—¿Por qué no querías casarte…?

Escuché cómo un gemido salía de ella y más lágrimas caían de su rostro. Me acerqué lentamente y me senté a su costado. Mis dedos tocaron su suave rostro y limpiaron sus lágrimas.

Ella me miró a los ojos.

—¿Por qué…?—pregunté aun con la mano en su mejilla—¿Por qué escapaste de mí, Bulma?

Como era de esperarse, sus ojos se abrieron por la sorpresa. Yo solo me la quedé mirando atento a cada uno de sus movimientos.

Haber visto cómo esos malditos la golpeaban, cómo dañaban su hermosa piel, la hacían llorar, sentir cómo no despertaba por cada día y noche que pasaba…fue enloquecedor. Mi cuerpo se desesperaba, mi mente me gritaba por dentro, mi corazón latía con vehemencia y miedo de que le haya dejado un trauma fisiológico.

Tomé su rostro entre mis manos. Limpié sus lágrimas con mis dos manos.

—Tenía miedo…—habló en un hilo de voz.

—¿Miedo de qué…?

—De tener a un esposo que me prohíba todo. De perder mi libertad…Mis padres no me dieron ni tiempo de conocerlo. Si no fuera porque yo había escuchado su conversación, jamás me hubiera enterado.

Acaricié su hermoso cabello azulado. Aquel que solía admirar cuando ella se hacía pasar como hombre y me confundía por lo delicado que se veía. Sí, ella me había confundido. Me había hecho dudar de mi sexualidad al ver lo frágil que era, lo delicado que se veía, las facciones femeninas y ese cabello azulado que me encantaba….

Porque eso fue lo que me cautivó de Bulma. Por eso pedí su mano. La quería para mí, quería que sea mi esposa, mi mujer, mi todo. Esa fue la razón de mi enloquecimiento al enterarme que se fugó.

Y me molesté conmigo mismo por haber estado dudando de mi sexualidad y confundirme por ella vestida de hombre como mi guardia real.

Acerqué mi rostro y besé sus mejillas.

—Yo jamás te habría prohibido nada, mi princesa…—volví a mirarla—nada…

Ella me miró con sus hermosos ojos azules. Me quedé hipnotizado por su mirada.

Lentamente me fui acercando a su rostro hasta que nuestras narices chocaron y sentí su respiración rosar con la mía.

Nuestros labios rosaron…sentí sus carnosos y rosados labios chocar con los míos, aquellos labios que me llamaron la atención cuando la vi por primera vez y cuando la vi en la batalla con el maldito hijo de puta de Toppeto.

El simple recuerdo de ese imbécil pegándola me hizo enfurecer de nuevo.

Me separé de Bulma para evitar desquitarme con ella. No iba a besarla estando toda débil, no iba a abusar de su salud; no haría eso. No lo haría.

Volteando mi rostro y separándome de ella, me levanté de la cama. No obstante, cuando iba a caminar hacia la salida, sentí su mano tocar la mía.

Paré mi paso de inmediato, volteé a verla.

Y de nuevo me encontré con esos hermosos ojos azules.

—No quiero que te vayas, Vegeta—dijo.

Mi corazón se aceleró por su simple contacto. Todo de ella me estaba enloqueciendo.

—Si sigo más contigo, Bulma, no podré controlarme. Y créeme que cuando te digo que cada parte de mi cuerpo vibra desde la primera vez que te vi…es porque es verdad.

Ella me miró sorprendida por su confesión; no obstante, no separó su mano de la mía.

—Desde que te curé por primera vez, me di cuenta que ya estaba sintiendo algo por ti, mi príncipe.

Mi príncipe.

Aquellas simples palabras eran lo suficiente para volverme demente y querer hacerla mía. Escucharlas salir de su boca ya sea como mujer o como hombre, me enloquecieron.

—No tienes idea de lo que podría ser capaz.

—Tú eres mi prometido…

—No quiero abusar esa condición social.

—No estarías abusándolo, si yo también lo quiero.

Ahora fui yo quien la miraba sorprendido, acelerado por sus palabras. Mi respiración estaba a tope. Mi pecho subía y bajaba por sus palabras. Mi miembro…se estaba erecto con solo verla mirarme con sus ojos azules. Y estaba seguro que me vendría dentro al verla gatear hacia mí y pararse con las rodillas en la cama para estar a mi altura y que su rostro quedará frente a frente junto a mí.

—Bulma…

—Mi príncipe…—rosó mis labios. Y después de unos segundos, me besó.

Sus labios fueron la gloria.

Me besó con sus carnosos y rosados labios. Su boca contra la mía, mi boca contra la suya, fue lo suficiente para apretarla contra mí y hacerle saber cuan loco estaba por ella.

No aguanté. No me controlé. La necesitaba, maldita sea. La necesitaba como el mar necesita el agua, como el ser humano al aire, como las plantas a la lluvia, la necesitaba para mí. No me aguanté. No me controlé. Acaricié su cabello y jalé su cabello con una fuerza lo suficientemente controlada para no dañarla. Y cuando jalé su cabello y mi otro mano tocaba sus caderas, metí lengua en ella.

Jugué con su lengua. Lamí su saliva. Succioné sus labios. La besé por todo el tiempo que me volvía loco por no saber en donde estaba.

Sentí cómo sus brazos atraparon mi cuello y me apretaba con más fuerza contra ella.

Me deseaba…y yo a ella.

Y sin esperar más, la empujé suavemente contra la cama. Ella echada en la cama, con sus mejillas y piel sonrojada, y yo entre sus piernas con el maldito miembro doliendo.

Agarré una de sus piernas entre mis manos y pasé mi lengua por cada curva de ella. Lamí su piel. Sentí cómo temblaba ante mí. Mi lengua paso mi saliva por toda su pierna hasta llegar a su muslo.

Bulma empezó a gemir.

Tiré sus piernas y me apreté contra su entrepierna para hacerle saber cuan duro estaba por ella.

—Desde que te vi por primera vez, he estado controlándome para no hacerte mía. —me froté contra ella.

Una embestida falsa.

Dos embestidas falsas.

Tres…

Cuatro…

Cinco…

—¡Ve-Vegeta!

—Incluso vestido de hombre me volvías loco, Bulma—agarré su cuello contra mi mano mientras con la otra agarraba su pierna y tocaban su muslo. Yo me seguía moviendo contra ella—. Me confundías con tus ojos, con tus labios, con tu cabello, todo de ti me confundía.

Vi cómo su rostro se ponía completamente rojo ante mis falsas embestidas.

Ver cómo mi mano agarraba su cuello, sentir mi miembro chocaba contra su feminidad, agarrar su piel blanquecina y cremosa, y , sobre todo, sentir cómo ella también se movía al compás de mis movimientos…me hacía perder la cordura.

Agarré su rostro entre mis manos mientras seguía embistiéndola falsamente.

—Hombre o mujer, igual te voy hacer mía. Estaré dentro de ti y te haré sufrir por el susto que me diste cuando me dijeron que te escapaste. Te haré mío, mía, mío, mía. Después de curarte y asegurarme de que te hayas curado, te haré mía en todas las posiciones posibles y haré que te arrepientas por haber intentado alejarte de mí.

—¡Ah!

Rápidamente, me separé de ella y empecé a quitarme mi armadura real. Me quedé desnudo, explícito ante ella. Con la respiración agitada y con el miembro totalmente erecto mirando hacia ella.

Ella estaba en una simple bata de vestido que, al parecer, recién se había dado cuenta.

—Vegeta…

No la dejé terminar porque, de inmediato, agarré sus piernas y las jalé atrayéndola hacia mí. Rasgué su vestido, le abrí las piernas con desesperación y enterré mi rostro en sus labios vaginales.

Delicia pura.

—¡Ah! ¡Vegeta! ¡Ah! —sentí cómo se movía con desesperación.

Mi lengua jugo con su clítoris. Lamió su vagina como si de un manjar se tratara. La probé. Probé todo de ella. Metí mi lengua en su cavidad, dándole falsas embestidas. Mordí su monte venus. Succioné su feminidad hasta lamerme todos sus fluidos vaginales.

La marqué de mí.

Y alzando mi rostro para ver el suyo moverse de locura, boté saliva llena de su sabor en su feminidad.

Sin esperarlo más, hice frotar mi miembro contra ella. Me moví para hacerla sentir el movimiento de nosotros juntos. Y mientras hacía ello, quité con desesperación su bata dejándola totalmente desnuda ante mí.

Totalmente explícita.

Me volví a separar de ella para esta vez pasar mi lengua por su cuerpo completo, desde su intimidad hasta sus pezones erectos. Agarré con mis dientes sus rosados pezones. Mordí, lamí, succioné, pasé mi lengua en movimientos circulares en sus pechos. Lo hice con cada uno sin dejar de mimar el otro porque mientras lamía, succionaba y mordía uno, con mi mano libre, amasaba y masajeaba su otro pecho.

Ella gritaba de placer ante mi trabajo.

Alcé mi rostro para verla.

—Aquella faja que tenías en los pechos debió haber sido un fastidio para ti, pero no me importa. Incluso si tus pechos se disminuyeron, me vuelves loco. Hombre, mujer, con contextura delgada, con pocos pechos o muchos, me tienes en tus manos, Bulma.

Su cuerpo tembló ante mis palabras. Solté una pequeña carcajada ante ello.

Volví a pasar mi lengua desde sus pechos hasta su clítoris, parando en ello para hacerle movimientos circulares y volverla loca bajo mi tacto.

Mi miembro dolía. Se retorcía de placer, lloraba por estar dentro de ella. Y yo…, también.

Mis pulgares tocaron sus mejillas con delicadeza.

—Esto va a doler…pero prometo que luego te haré retorcerte de placer, mi Bulma.

Ella me miró con los ojos nublados de deseo y asintió.

Me acomodé entre sus piernas y acerqué mi miembro contra ella. Agarrando su cintura con sus dos manos, empecé a meter mi miembro dentro de ella.

Eché mi cabeza hacia atrás al sentir el placer gobernarme por completo.

Maldición…tan solo poner la punta había hecho que mi cuerpo temblara de placer.

Bulma soltó un gritito, pero resistió. Y cuando embestí haciendo entrar todo mi gran miembro dentro de ella, esperé unos segundos para acostumbrarla y empecé a penetrarla.

Mis manos tocaron todo su cuerpo. Mi lengua lamió sus pechos, los mordió, los succionó, los lamió. Mi boca dejó mordidas por toda su piel. En su cuello. En su pierna. En sus pechos. En su rostro. En todo de ella.

Seguí penetrándola con más fuerza, tuve que agarrarla nuevamente del cuello para hacerla sentir más placer.

—¡Ve- vegeta, no pares!

No iba a parar, no lo haría…

Porque lo haría más rápido y más duro.

Salí de ella, la tiré con suavidad a un costado y, en un rápido movimiento, la hice voltearse ante mí dejando su trasero expuesto.

Sabía que estaba mal, sabía que hace tres días había sido lastimada, lo sabía…; pero no me aguanté. Pasé mi mano por su trasero, lo sobé durante unos segundos y le di una nalgada.

—¡Ah!

—Eso es por haberte escapado de mí, mujer.

Ella era tan delgada, tan frágil que fue fácil atraerla hacia mí y hacer chocar su espalda contra mi pecho. Agarré su cuello y besé sus labios. Con mi mano libre amasé sus pechos y, en el momento menos esperado, la penetré.

Ella gimió contra mis labios.

La penetré durante varios minutos, la agarré del cuello mientras la penetraba, la besaba y lamía sus labios, tocaba sus pechos y los amasaba…hasta que la volví a cambiar de posición. La hice arrodillarse ante mí dejando nuevamente su trasero a la vista y la volví a penetrar.

—¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!

Jalé con suavidad su cabello azulado haciéndola doblar la espalda contra mí. Le di otra nalgada.

—Te haré de todo, Bulma—susurré contra su oído—. Te amaré como nunca nadie haya amado, te daré placer como hombre lo hace cuando desea a una mujer, te cuidaré como se cuidan a las rosas y te haré sufrir con el placer por haberme hecho desesperar por tu escape.

—Me voy a casar contigo…—me besó con la lengua.

—Serás mi esposa, mi reina, mi princesa…mi todo.

—Acepto…

Sonreí mordiéndole el labio.

—Yo ya había aceptado desde la primera vez que te vi.

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N/A: Holi! He venido con un nuevo oneshot diferente a los demás, pero este ya está terminado jajaja. Pido perdón por aquellos que esperan mis actualizaciones. Tengo mucha responsabilidad y trato de actualizar aquellos que puedo.

Espero que le shaya gustado y sí, soy una puerca por la puercada que acano de escribir, pero me gusta jejej.

Me gustaría saber qué les pareció. Besitos y nos volveremos a ver.