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Tal vez lo soy, un pecador. Una persona que va contra los designios de Dios, que los incumple, que no los respeta. Tal vez lo sea.
Sin embargo, el calor de la piel tersa, la suavidad, el aroma que desprende su sexo, los recovecos de su cuerpo, las formas de su figura... todo ello hace que merezca la pena.
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Neji sabe que eso no lo vuelve una mejor persona, que el hecho de justificar su perversión lo hace todavía más repudiable, despreciado. Todavía sigue sin importarle.
Porque Hinata lo complementa, porque si él ha caído ha sido porque ella lo empujó. Y si él muere será, sin dudas, por esas pequeñas manos que se enroscan con las suyas, bajo las mantas que se sacuden en la tormenta que ellos provocan. Así está bien, se dicen, entre besos amargos, entre besos dulces.
Solo nos tenemos a nosotros.
Porque ella está sola, aunque tenga su familia, y él lo ha perdido todo, para empezar. Quizás por estar tan desarmados es que se han ayudado a armarse, porque tal vez esa parte que se les ha perdido la había hallado el otro. O tal vez no había nada más allí, solo el placer pecaminoso del encuentro prohibido, una venganza contra el clan que los ha lastimado tanto.
Neji sabe que eso no es verdad, que la ama, que si Hinata le dijera que muriese, él lo haría. Porque sus piezas desperdigadas no se han vuelto a acomodar hasta encontrarla, teniéndola a ella entre sus brazos. Solo así, entrelazados como hilos de un destino pérfido, es cuando él puede rearmarse, volver a ser, a sentir. Y si ella no siente lo mismo, entonces no importa. (Aunque sí lo haga.)
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Tal vez lo soy, un pecador. He ido contra los designios de Dios, los he incumplido, no los respeto. Sí, lo soy.
Porque he robado la manzana prohibida, porque la he tomado a la fuerza, pero es todavía peor... porque he conseguido que me amara. Entonces sí, soy el pecador que obligó a pecar a la flor más hermosa que jamás ha habido en los jardines del cielo. (Y tal vez, en realidad no es así. Quizás, desde un principio, fuera al revés.)
