La partida estaba tensa.
Siquiera el viento se animaba a silbar entre las columnas, como solía ocurrir en esas alturas. Ambos contendientes eran dueños de un silencio en el que apenas se podía escuchar la pausada respiración, adornada por las miradas sin pestañar. Lo único que parecía moverse en ese ambiente eran las falanges de los dedos, que debatían hacia dónde ir.
—¿Te dije lo bella que estás con ese vestido nuevo?
—No vas a cautivarme con tus palabras. Termina tu turno.
El aludido sonrió por el atrevimiento de la pregunta y por sí mismo, ya que no solía usar aquellas estratagemas tan simples para lograr la distracción rival. Por ese motivo, sus mejillas se sonrojaron.
—No es un truco, lo digo enserio.
—Lo sé, pero en este instante lo estás usando como uno. Y no caeré de nuevo como en Atenas. Este es mi lugar. — se sentó más erguida, afirmando la confianza en sus palabras.
—Quizás sea tu influencia aquí; es más poderosa donde comandas, Matriarca.
—¿Sigues adulándome, Sage?
Con una sonrisa más ancha pero diferente, la mano del Patriarca se movió con rapidez, tirando los dados correspondientes y corriendo sus fichas en dos pases certeros que completaron la hilera. Al terminar la acción se recostó en su silla, esta vez cruzando las piernas y mostrando el brillo de sus botas de cuero, largas hasta las rodillas.
—Sí y no, pero no importa. Gané.
La mujer se arrimó al tablero con los ojos abiertos, desconcertada, casi saltando de su silla. Al contemplar su derrota resopló, cruzándose de brazos.
—¡No puedo creer que haya caído de nuevo!
—Te confiaste — la miró entonces, entre divertido y relajado — . Como bien dijiste, estamos en tu territorio, y te apoyaste más en ese hecho que en concentrarte en la estrategia que estabas armando ahora. Tu anterior victoria te dio esa falsa seguridad. Pero debo confesarte que la primera partida me gustó cómo jugaste; bastante sanguinaria, pero efectiva.
—¡Ja! ¿No es acaso el proceder que enseñan en el Santuario?
—En parte; y aunque pasen años, está claro que los hábitos no mueren.
Thais entrecerró los ojos y se acomodó el cabello que tenía en una trenza, para elevarlo y hacerlo un rodete rápido. La perturbación le había dado calor, y se dio cuenta de que su frente estaba perlada de sudor por la atención que había puesto en el juego.
— Nada que hacer. De todos modos me ganaste en fevga. Casi definiste la partida.
—¿Quieres continuar con la fase final?
—Mnh, dejémoslo como un empate.
—Lo que usted ordene, mi Señora.
Sage se estiró hacia adelante, atravesando el tablero para tomar una de las manos de la mujer, y besarle con delicadeza los nudillos. La frustración ajena bajó considerablemente ante ese gesto, así como los reclamos sobre los movimientos de las fichas que nunca salieron.
El távli era un juego que se hacía en aquellas regiones desde la antigüedad. Muchos prodigaban que la capacidad estratégica, la concentración y los niveles de inteligencia que requerían los jugadores era superior al ajedrez, a pesar de lo sencillo en apariencia.
—Admito que estoy algo ofuscada, estaba plenamente segura de que iba a ganar por segunda vez. — sus ojos miraron de soslayo la copa de vino que tenía cerca en una mesa. La tomó con cuidado entre sus dedos y bebió delicadamente.
—Eres una rival feroz, Thais. Nadie me ha ganado una sola partida en mucho tiempo. Y perder frente a quien enseñaste es una de las extrañas satisfacciones que tengo.
—No es la única cosa extraña que te gusta...
Esta vez la sonrisa ladina fue de la pelirroja, triunfante ante el bochorno ajeno que hizo carraspear al muviano.
—¡Vaya! Realmente eres la que manda aquí — se compuso un poco, tocándose el cabello hasta ponerlo sobre un hombro, genuinamente asombrado — ; la fuerza en tus palabras tienen peso real en uno.
—Es el poder del Oráculo de Apolo — la joven respondió con un tono agridulce — . Al principio fue muy difícil dimensionar lo que eso significaba.
Se puso de pie y caminó hacia uno de los ventanales de la habitación. Desde aquel estudio privado —que había rescatado de unos depósitos abandonados con ofrendarios, tenía una vista privilegiada: se podía dilucidar el inicio del camino hacia el valle, un serpenteo que llevaba a los bosques más agrestes y al Templo de Artemisa; hacia un lado el bullicio de Kore (como denominaban a la pequeña ciudad central); y hacia el otro lado el inicio de las largas escaleras cuesta arriba, donde estaba propiamente la Piedra de la Pitonisa. Lo suficientemente cerca y lejos de todo.
—Lamento no anticiparlo, tengo la mala costumbre de que siempre vayas al Santuario.
—El trono de la Matriarca es menos fijo que el del Patriarca — volteó a verlo — . Además, la verdad es que busco excusas cuando puedo ir. Extraño mucho allá.
—¿Enserio?
—Como si fuera el primer día, todos los días — sonrió triste — . ¿Por qué crees que me la paso escribiéndote cartas? Mis ocupaciones no quitan mis emociones.
—¿Sabes lo que pienso con respecto a eso, cierto?
—Sí, sí...
El muviano se puso de pie y caminó hacia ella. Con sus primeros instintos en contra, atinó a abrazarla de espaldas y cerrarla entre sus brazos, besando su cabello.
—Para variar, ahora vine hasta aquí.
—Es verdad — volteó a verlo — ¿No se hace problemático alejarte del Santuario en estos tiempos?
—Hakurei me pidió quedarse un poco en Atenas, después de meses en Jamir. Sabes bien el motivo, así que aproveché el engañoso reemplazo — ambos sonrieron — . Como dices, en un delicado equilibrio entre el deber y el querer, siempre andamos en busca de excusas. Bien, esta es la mía.
La pelirroja se puso de puntas de pie, para tomar el rostro ajeno y besarlo con suavidad. La respuesta fue inmediata y el delicado gesto se intensificó, sobre todo cuando las manos del hombre se posaron sobre las caderas y empezaron a recorrer la espalda.
—Sage... tenemos que...
—Ya sé, ya sé.
Se separó con algo de prisa, para no tentarse demasiado. Suspiró profundamente y se repasó la cara para calmarse un poco. El gesto hizo reír a Thais.
—Te prometo que después...
—No me prometas, que corro el océano a pie con tal de hacer esto rápido — la detuvo, casi con un tono suplicante — . Y tenemos que tener cuidado.
—¿Cuidado?
—Sí, por múltiples razones. Pero la más importante es que, en verdad, estamos en una misión; y como somos las cabezas del poder, tenemos que ir de incógnito.
—¡Hablando de eso! Tengo lo que me pediste antes de venir.
Thais se alejó unos pasos y fue hasta un armario pequeño, que estaba junto a su enorme biblioteca de trabajo. Buscó un poco y tomó un paquete entre sus manos, que alcanzó a Sage.
—Oh, gracias. Voy a probármelo.
La pelirroja apretó los labios, y evitó pedirle que se cambiara delante de ella. Ya había aprendido que la vergüenza del viejo Cáncer provenía del pensamiento de su época, por más que intimasen hace mucho, y era más fuerte que él la mayoría de las veces. Además...
¿Me ayudarías? Esta camisa tiene un cordón muy molesto en la espalda.
Pero no pudo evitar abrir su boca cuando pareció que el Patriarca le había leído el pensamiento.
—Ah... sí, por supuesto.
El hombre tomó su largo cabello blanco y lo elevó con ambas manos, para que la Matriarca tuviera acceso a su ancha espalda. Tenía una calma tal que la extrañó por completo. Entonces, pensó algo de pronto.
"La fuerza de tus palabras tienen peso real en uno."
¿Sería que el dios Apolo enfatizaba sus deseos para que se realizaran? No, no podía ser. Por otro lado, el Patriarca jamás había tenido esa actitud tan impudorosa con ella. ¿Había estado fingiendo por tantos años en el Santuario? ¿O ese cambio era real?
—¿Estás bien? te has callado de pronto, ¿es complicado?
—Ah... sí, un poco. Las doncellas le ponen empeño cuando te visten.
—Anudan bien, no te lo negaré, pero no estoy acostumbrado a esta ropa de viaje. Aunque la camisa es cómoda para moverse, tiene ese incordio que no comprendo.
—Son los delirios de los que tejen — acotó, haciéndolo reír hasta que logró desatar los nudos y aflojar la soguilla — . Ya.
El Patriarca estiró los brazos hacia arriba, y dejó arrastrar la tela hasta que se la terminó de sacar. A la luz del sol relucieron decenas de cicatrices y marcas que tenía en la musculatura, piel gastada por tantas batallas en el pasado. Un cuerpo que, sin embargo, lucía firme, como si el reloj no corriera.
Ante el segundo silencio de la Matriarca, Sage sonrió para sí con vanidad.
—Gracias.
—No hay por qué. Veo que... has entrenado últimamente. — la mujer torció la boca por sentirse tan tonta al comentar algo obvio, pero ya era tarde para retractarse.
—Querida mía, jamás dejé de hacerlo. Aunque debo confesarte que Hakurei está en mejor condición.— Thais suprimió una risa pensando en el ladino de Damasus, y qué diría en una ocasión como esa; pero su pensamiento se cortó con el siguiente movimiento del muviano.
—¿Q-qué haces?
—Pues tengo que probarme el uniforme completo — contestó con naturalidad — ¿Cómo sé si estaré cómodo?
Se quitó las botas largas empujándolas con los pies, aliviado de tocar el suelo frío de mármol con las plantas. A continuación se desabrochó el cinturón y, aún de espaldas a Thais, se bajó los pantalones.
—¡Por los dioses, Sage!
—¿Qué ocurre? — estiró la mano, sin voltear — Dame las prendas por favor.
Cuando terminó de ponerse toda la ropa nueva el hombre volteó, abronchándose los botones superiores de la camisa para cerrar el pañuelo del cuello, con una gran sonrisa de satisfacción. No cambió su gesto al ver que el rostro de la pelirroja hacía juego con el resto de ella misma.
—Te queda perfecto, lo hicieron bien. — soltó como pudo, controlando sus nervios de forma magistral.
—Tus tejedoras son buenas— se miró las mangas y las sacudió — . Se siente muy cómodo — miró sus piernas y las repasó haciendo fricción — . Ideal para moverse. No creí que pudieran imitar el modelo, estoy sorprendido.
—Las Auxiliares son eficientes en todo lo que les pido — afirmó, con una pizca de orgullo en su tono de voz — . Lo cual me hizo recordar otra cosa — del mismo armario sacó otro juego de prendas, mucho más pequeño — . Debo confesarte que estos vestidos — señaló el propio — son la cosa más impráctica e incómoda del mundo.
El Patriarca sabía que iba a venir una represalia, y la recibió con gusto. Fue hasta la silla en la que había estado sentado para colocarse las botas, sin quitarle los ojos de encima. Con la misma entereza y sin voltear, Thais se desabrochó los botones de oro en sus hombros, que sostenían aquel vestido color girasol. Como un hecho natural, las telas cayeron hasta la cintura, impedidas por el cinturón de metal. Al desabrocharlo, todo el resto cayó.
Hubo un gesto cómplice e invitante en los ojos del muviano, que solamente se limitó a echarse en la silla y cruzar las piernas, mirando un espectáculo. Con calma, Thais se deshizo de las sandalias en sus piernas y se soltó el pelo, mientras comenzaba a vestirse una vez más.
—¡Oh! — Sage se sorprendió genuinamente cuando vio el resultado, más allá de todas las distracciones. El toque final de aquella vestimenta fueron unas botas de montar, exquisitamente confeccionadas para los pies de una mujer.
—¿Qué te parece?
La mujer estiró los brazos mostrándose a sí misma, girando sobre su eje un poco. Había mandado a preparar para ella el mismo uniforme civil de los Santos del Santuario, sólo que el pantalón era marrón, para marcar una diferencia.
—Me parece muy práctico.
—Ya que vamos a estar de misión juntos, tenemos que estar parecidos. Me pareció que entallar un poco algunas partes facilitaría mis movimientos ¡Qué gusto usar pantalones, como en mis días de entrenamiento! — movió las piernas — Al fin siento que puedo estirarme como quiero.
—Me alivia saber que no llevarás una versión extraña de algún vestido. Estaba preguntándome precisamente cómo es que pasarías de incógnito — mientras hablaba, Thais se ató el pelo en forma de coleta y tomó su máscara de Santo Femenino, celosamente guardada en su escritorio, colocándola en su rostro unos instantes para que viera el resultado — . Ahora me queda claro que lo tenías resuelto.
—Lo había pensado antes de mandarte la carta — confesó — . Si queremos que esto salga bien y rápido, tenemos que escondernos lo mejor posible.
—Tu ingenio me maravilla cada vez más — Thais sonrió satisfecha con los brazos en jarro.
Sage lo sabía.
—Entonces partimos esta madrugada a Anfliclea; deberíamos llegar antes del mediodía a galope. Allí podemos encontrar escondidas a las Bacantes, que son las únicas que saben dónde están las piedras predictivas de Dionisio — dijo — . Si conseguimos esa información, podremos encontrar un puñado no menor de Nidos Espectrales antes de que maduren en el Norte, ya que se asocian al caos.
—Totalmente de acuerdo.
No importaba cuál fuera el juego: Thais se perfilaba a ser la gran ganadora de todas las partidas.
-000-
