Los personajes dentro del mundo de Eldarya no me pertenece. Los Oc's, si.
Advertencia de lenguaje soez, referencias a la muerte, homicidio y negligencia infantil. Además de experimentación humana. Si esto no es tu tropo, por favor no leas o lee bajo responsabilidad única del lector.
Él
Los recuerdos imborrables y la oscuridad fluyen de mis ojos
y me hundo en el mañana, donde los colores ya no se pueden ver.
.
Nevra conoce la conoce por primera vez siete meses después del Sacrificio Blanco.
No era un día especialmente soleado, ni el cielo lloraba, realmente no había nada para recordar ese día.
Pero lo hace.
Huang Hua había estado en un proceso de largos viajes para reclutar candidatos para el Cuartel. Entre la partida de ella y Leiftan; la Guardia había empezado a perder a sus miembros a una alarmante velocidad, entre los primeros su antigua líder y aquel hombre al que consideraba su otro mejor amigo. No iba a admitirlo ni en cien años, pero el abandono de Ezarel dolía tan profundamente como el de ella.
Karenn se había quedado, aferrada a la esperanza de que todo mejoraría, Nevra no tenía el corazón ni la voluntad para negarle la oportunidad de creer y, probablemente en lo más recóndito de su ser, esperaba lo mismo.
Fue en medio de esas cavilaciones que la ve, alojada en la parte posterior del grupo de nuevos reclutas, el cabello medianoche cayendo sobre su hombro pálido, brillante bajo la luz del sol.
Es de la misma edad que su hermana menor, adivina.
Una niña menuda, que se parece más a un hada que a cualquier otra raza que conozca.
Una niña tan pequeña, tan frágil.
Como si sintiera su mirada, sus párpados se abren y Nevra…
El corazón de Nevra deja de latir.
Ojos verdes, como la espuma, bonitos, piensa, bonitos ojos, similares y sin embargo tan diferentes a los que ha conocido, se encuentran con los suyos.
Ojos estáticos a diferencia de los de una pequeña niña.
Esos ojos que conocen la crueldad de este mundo, su mundo.
Y ella-
Ella es, se da cuenta, como él.
Ve la sorpresa, la sospecha, la curiosidad y luego el reconocimiento entrar en sus ojos en ese orden, y se maravilla de lo rápido que sus emociones se reemplazan entre sí, de lo mucho que siente en el lapso de menos de un segundo, y eso significa que podría ¿cierto? ¿Siente esto también, esta dolorosa soledad y vacío que se lleva a cabo en su pecho y se expande con cada segundo que respira y vive como el hombre que dejaron todos atrás?
Cuando parpadea, ella ha desaparecido.
Se llama Saya.
No se sorprende de verla en los entrenamientos de base, pero lo que si le sorprende es el aura que sale de ella.
Es tan denso que prácticamente puede sentirlo.
Calmado, tranquilo, suave; como una bienvenida. Los otros miembros del campo parecen orbitar a su alrededor con naturalidad. Nota la peculiaridad de que siempre parecen estar tocando. Una caricia sobre la mano, un toque en la muñeca, una palmada en el hombro.
No se muestra hostil a la compañía ni a la invasión de su espacio personal, de nuevo, es como si su energía se abriera, revoloteando feliz por la proximidad.
Su cerebro parece decirle algo, que hay algo mal en todo esto. En la escena alegre pintada frente a él, pero ni siquiera son las ocho de la mañana y puede sentir sus sábanas de seda aun envueltas a su alrededor.
Nevra nunca ha sido alguien apático, pero toda su vida ha creído en las primeras veces, así que desecha el pensamiento y se concentra en los reclutas.
Media hora después quiere matar a todos y largarse de ahí.
No lo hace, solo entretiene la idea por una especie de sádica diversión a la que se ha acostumbrado los últimos siete meses.
Su segundo recuerdo más importante de ella es cuando están en la reunión de graduación de los reclutas. La alegría es tentativa en el aire, agarrando auge cuando el hidromiel ha llenado los vasos de todos un par de veces. Puede ver a Karenn bailando, su figura tintineante vigilada por los anhelantes ojos de un cachorro de lobo.
Nevra trata que su amargura no se escurra por sus poros, ahogando a los demás de la misma manera que le impide respirar. Ha huido a la esquina más alejada del rincón como su refugio, oculto en las sombras, conformándose en observar la felicidad de los demás e ignorar el vació que sofoca su corazón.
Una mano pálida se extiende hacia él y sale de su aturdimiento, retrocediendo antes de que pueda tocarlo.
La curiosidad pinta unos delicados rasgos.
— No puedes. —dice con la voz trémula, tirando de su mano cerca de su costado— No debes tocar a los demás sin su permiso.
No es una acusación, se dice así mismo, es una orden. Él es su superior, los límites deben respetarse. No está dispuesto a dejar entrar a nadie de nuevo.
Diversión y compresión llenan sus ojos, y sus cejas se fruncen ¿Ella se está burlando? Y a pesar de su advertencia, a pesar de sus renuencias, su mano hace contacto con su piel de todos modos.
Luego la pesadez de la amargura desaparece, dejando atrás una persistente sensación de cosquilleo con un toque cálido y el dulce aroma del pomelo a su alrededor.
Él la mira, desconcertado, y un poco asustado también.
Porque la oscuridad ha desaparecido, el dolor sigue ahí, demasiado profundo para liberarse por completo de él, pero es más llevadero, y por un segundo el corazón de Nevra deja de latir de nuevo a causa de ella.
— Saya, ¿tú...?
Sus labios de durazno se estiran en una sonrisa, sus ojos de espuma de mar brillan con alguna emoción que no reconoce mientras lo mira y él- oh, él puede verse reflejado, todo tonos oscuros, violetas y rojos en esos bonitos, muy bonitos ojos suyos- él y solo él.
Se tensa como una cuerda cuando ella le responde con voz risueña, pero no irrespetuosa— ¿Sí, sublíder Nevra?
Ella continúa mirándolo con esa maldita mirada, mirándolo como si supiera, como si entendiera, y luego él ve que la sonrisa en las costuras de su boca se caen en algo parecido a la tristeza, en una pena que no está del todo ahí.
— El dolor nos hace fuertes. — murmura mirándolo fijamente— Pero también vulnerables, y la guardia no necesita que sus miembros sean blancos fáciles ¿verdad?
Esta vez, cuando ella toca su mano de nuevo, no la evita, ya sea porque no quiere o por la ira que su insinuación ha traído con ella lo deja quieto.
Su aliento queda atrapado en su garganta cuando un dedo acaricia las cicatrices plateadas a lo largo del dorso de su mano.
— Sin embargo, el dolor nos empuja a buscar la felicidad desesperadamente.
Porque de repente le cuesta respirar, porque siente ganas de asfixiarse de nuevo, y es un tipo diferente de dolor el que siente ahora; del tipo que envía calor corriendo por sus venas y algo indeseado, torcido e innombrable florece en su pecho, llenando lentamente ese vasto vacío…
Pero él está quieto cuando ella se adentra en las sombras que lo bañan y envuelve sus delgados brazos alrededor de él -que sorprenden a Nevra con la firmeza de su agarre y la fuerza de sus músculos debajo de la piel- y puede oler el pomelo, la miel, y es una farsa, piensa, lo delicada que parece, lo frágil que se ve, los dedos en su espalda enfrían el fuego que corre por su cuerpo. Apresuradamente rechaza la idea de inclinarse hacia ella, buscando más de su calidez que no emite calor ni frialdad.
Ella es fresca.
Como la brisa del viento, como la espuma que se anida y vapulea en sus ojos.
— Por eso, —continúa su suave voz— déjame aliviar tu dolor.
Él se estremece.
Porque esas son palabras que ha anhelado escuchar, palabras que significan todo el mundo para él, palabras hermosas que no pueden hacerse realidad, y ahora que esas palabras se han vuelto reales no puede tomarlas, porque son de la persona incorrecta y no pueden ser su salvación.
No importa cuán desesperadamente lo desee.
No importan sus brazos flexibles, engañosamente quebradizos, envueltos a su alrededor. No importan sus tonos a cítricos y el dulce favorito de aquel amigo olvidado. No importan sus dedos tibios que buscan las brasas de su fuego para convertirlas en cenizas.
No importa cuando hay una estatua de hermoso blanco y fríos labios que lo espera cada mañana, cada tarde, cada noche.
Su mano, gentil y comprensiva, le acaricia la nuca— Tu alma sufre.
Sus ojos arden con lágrimas mientras intenta no aferrarse a esta niña, nada suave debajo de la piel lechosa, espera que su respiración intermitente no le diga sobre el hombre desesperanzado y roto que es, pero de alguna manera sabe que es inútil y se pregunta cómo es que ella sabe.
Nevra se pregunta, se pregunta y se pregunta y todo lo que sabe, simplemente lo sabe, es que ella no puede convertirse en su fin. No está dispuesto a dar lo que queda de él.
Y cuando se aleja, con una última visión de esos bonitos ojos, Nevra desea que sean violetas.
— Son tus poderes, ¿no es cierto?
Nevra se detiene a solo unos pasos de la banca más alejada del campo de tiro. Frente a él, Saya está de espaldas, limpiando una daga con un pequeño paño blanco. Esta sola.
Ella no lo ve, sigue diligentemente absorta en su tarea, pero una de sus cejas se arquea— ¿Ha estado observándome, señor?
La burla en la insinuación no pasa desapercibida, por lo que se limita a mostrar su creciente frustración hacia ella con el chasquido mortal que hace su mandíbula tensa. Eso parece ser lo suficientemente importante para distraer su atención hasta que lo mira con esos ojos suyos, en una abierta mirada de diversión.
— Hay registros.
Asiente, como si eso fuera lo que necesitaba escuchar para comprender, y Nevra se pregunta cómo es que ella siempre hace eso, irritarlo y fascinarlo de una manera tan absurdamente sencilla— Entonces, ¿debo suponer que soy lo bastante interesante para requerir tal muestra de reconocimiento o es solo otra forma en la que muestra preocupación por los miembros del Cuartel?
Se queda callado, mirándola con total y completa incredulidad.
Sinceramente, nunca se había encontrado con ninguna persona, mujer u hombre, que respondieran a su molestia con total descaro y serenidad.
Realmente, ¿Cuándo fue la última vez que alguien coqueteo abiertamente con él sin temor a su rango o la mirada muerta en sus ojos?
Ella debe haber visto la duda en su expresión porque algo se suaviza dentro de sus pozos de espuma y lo pierde.
Simplemente no, no otra vez.
Él habla antes de hilar correctamente sus pensamientos.
— ¿Crees que es divertido? ¿Burlarte de tu superior? ¿Qué intentas, Saya? —él mira como su postura relajada cambia a una rígida, eso solo sirve para impulsarlo a seguir con su cuestionamiento— Permites que la gente orbite a tu alrededor y dejas que te toquen como si fueras un objeto de uso común, aceptándolo sin ningún problema ¿De eso van tus poderes? ¿Necesitas que te toquen? ¿Es lo que intentabas conmigo? ¿Seducir al jefe y esperar por una posición que te favorezca? ¿Algo que no te haga ocupar tus poderes poco ortodoxos? ¿O es solo para esconder tu total falta de habilidad en combate? Si es así, creo que has cometido una falta grave; al juzgarme tan insignificantemente.
Si su verborrea verbal la ha molestado, no lo deja ver en las líneas de su rostro. Sin embargo, sus ojos se cierran de toda diversión existente, convirtiéndose en dos orbes de verde brillante, como piedras a punto de estallar por el frío.
Ella se levanta lentamente de su puesto, inclinándose hacia él, y recuerda.
El engaño, piensa mientras la observa con una emoción neutra, la farsa detrás de sus brazos de cisne, los músculos duros debajo de la piel de alabastro. La dulzura de un rostro en forma de corazón, que parece agriarse en este momento cuando lo mira.
— Mis poderes, —empieza en voz baja sin retirarse de su espacio personal. Le incomoda y ella parece saberlo porque está seguro que existe el atisbo de una sonrisa retorcida en la esquina de su boca— pueden anular cualquier dolor emocional que exista dentro de un cuerpo vivo. La mayoría de los que viven aquí sufren, como un doloroso canto sin sonido que nadie más escucha, excepto yo.
Ella se retira tan abruptamente lejos de él que apenas logra seguirla.
— De todas las personas que están aquí, tu alma es la que canta más fuerte. Y detesto ver a la gente sufrir, sin importar lo idiotas que resulten ser.
Ella recoge su arma e instrumento de limpieza y se aleja tranquilamente, sin mirar atrás, perdiéndose entre las sombras proyectadas por las copas de los árboles.
La emboscada no los sorprende realmente.
No es que hayan hecho un gran trabajo en ocultarles su presencia, pero son fuertes, se da cuenta. Fuertes. Violentos y bárbaros.
Bastante sanguinarios si las manchas oscuras y secas en sus ropas dicen algo.
Acaba con su primer oponente con un deslizamiento de sus espadas a lo largo de su pecho, del hombro hasta la cadera. El corte es limpio, ni una sola gota de sangre le salpica. La batalla a tu alrededor es latente e hirviente en sus inicios.
Promete una dura victoria para el vencedor.
Es ese pensamiento lo que lo pone en alerta, buscando con frenéticos movimientos de cabeza al miembro más frágil de su escuadrón entre la refriega
Lo que encuentra es suficiente para quemarle el alma.
La frágil criatura a la que busca esta con ambas piernas ancladas a la espalda de un contrincante burdo y enorme, demasiado torpe para la niña ágil que se desliza por su frente en un movimiento fluido, pero no tan elegante como la daga que cae sin titubeos por la yugular.
El carmesí explota en una lluvia de pardas ilusiones.
Mierda, piensa con la culpa, la vergüenza y un calor de nombre abominable subiendo por la boca del estómago.
Ella le devuelve la mirada desde el otro lado del claro. Su trenza de medianoche desechada entre su pelea, mechones fluyendo libremente por su espalda, brillando en medio de la oscuridad de la noche. Como estrellas.
Estrellas acompañadas del suave vaivén de la espuma del mar que nunca termina de disolverse.
Y es completamente aborrecible el calor que amenaza con llenar el vasto vacío en su interior. La escena es espeluznante, irreversible y asquerosa, porque hay pedazos de miembros irreconocibles en el suelo que existe entre los dos, y en todas partes, hay sangre que corre por sus pálidos dedos, desde el centro de su rostro, dónde la tinta carmesí es más condensada.
Mierda, piensa de nuevo sin poder dejar de mirarla, aun cuando la pelea sigue en curso, aun cuando está cortando el pecho de otro hombre y ella arranca la cabeza del siguiente burdo torpe, demasiado lento para ir en contra del destino fatal que prometen sus manos.
Mierda. Mierda. Mierda.
Ella acepta sus disculpas con una cena, completamente idea de ella.
Entonces, van. Completamente triunfantes por su misión.
Por supuesto, se destacan entre los civiles del mercado. Como no, se divierte en ironía, él es una mancha de lóbregas sombras impolutas. Ella parece haber salido victoriosa desde los mismísimos avernos.
No le importa a ninguno de los dos.
Algo cambia en ellos esa noche.
Algo cambia en él a partir de esa noche.
Y tiene tanto miedo, sino más, como el que sentía ante cierta humana.
Se pregunta por qué no se aleja, sabiendo que debe hacerlo, que hay algo magistralmente mal en esto.
También hay algo profundamente correcto.
Por lo que se queda, sin quejarse.
Mi mente se siente como un terremoto desconocido
El silencio sonando en mi cabeza
Por favor, por favor..
.
Todo brota de su interior una noche. Anodina, sin nada sustancial.
Sabe que está llorando porque la calidez en su rostro es algo que ha olvidado cómo se sentía. La sensación no es agradable, como gotas de hierro caliente quemando un camino por su piel. Dejan un paso traslúcido y un regusto amargo en la boca.
Delgados brazos de vidrio templado lo acunan con gracia, seguidos de dedos de mariposa que revolotean en su cabeza que regalan consuelo sin adulterar. El pomelo y la miel embotan todos sus sentidos, desde la raíz más profunda y diminuta de su ser hasta lo más inmenso y complejo de él. Lo atrapa, desgarra y retuerce, hasta que no puede ver más allá de sus huellas, has que no reconoce las sombras, hasta que no puede ver más que la lluvia que desborda de sus ojos.
Llora con más fuerza.
Ella no dice nada por unos momentos. No busca distraerlo del desahogo que tan merecidamente necesita.
Luego de tortuosos segundos que se sienten eternos, su voz suave rompe el delicado silencio que los rodea. Nevra detiene sus sollozos, demasiado cansado para seguir lamentándose. La escucha hablar de las historias que cuenta el cielo. De la guía que brindan los astros a los desventurados que saben esperar por las respuestas.
Su voz lo llama, gentil y amable.
Pomelo, miel y brisa de mar.
Para alguien que siempre persigue el borde de la oscuridad, reflexiona, Saya huele como una criatura de la luz.
Él tira de su rostro hacia el de él, su carne fresca entre su palma caliente.
Él mira hacia los espejos de espuma que lo reflejan.
— Tu cabello, —dice, porque de repente se da cuenta; brilla frente a él, contenido por un sencillo lazo negro— Es como las estrellas.
Tira de su trenza –la trenza que la había observado hacer en un movimiento casi frenético un par de veces— y sus mechones medianoche corren sin restricciones, cayendo alrededor de sus rostros, brillando como si las estrellas sobre su cabeza nacieran y vivieran en ellos.
Entonces ella pide por lo había venido a él hace tantas semanas atrás.
Su dolor.
Su sufrimiento y martirio. El único pedazo de su corazón que le queda.
Ella lo pide, prácticamente lo suplica con esos bonitos ojos que sabe que no pueden ser ni su comienzo ni su fin. Con esos bonitos ojos suyos que lo reconstruyen y destruyen a voluntad, sin siquiera saberlo.
Dice que odia ver a la gente sufrir. No miente, no con esa mirada abierta en su rostro, no cuando permite que la toquen todos, excepto él, porque no desea aliviar su dolor.
No, se sacude la ira, repentina e irracional, envuelve sus dedos entre los hilos de cielo a su alcance, correspondiendo a su abrazo, en un mudo gesto de aceptación.
Le dará su dolor. Lo último que queda de él, lo único que aún está dispuesto a perder.
Solo para ella. Confía en eso, ella no puede darle más dolor del que ya tiene.
Cuando acepta; ella suena dulce, serena, aliviada— Es lo único que quiero.
Saya, tan joven, con el engaño de la fragilidad.
Saya, dulce, gentil y oscura.
Ella no puede ser su fin, ni su comienzo y aún así…
Nevra desea convertirse en una cicatriz que nunca se borrará de su corazón.
Para que nunca pueda apartarse de su lado, y si lo hace, su recuerdo nunca la abandone.
Esta oscuridad que alberga, el egoísmo vicioso, la locura nueva y tenebrosa que corre por sus venas y por las de ella,– ha visto esa mirada perdida, casi desenfocada en su rostro– Nevra tiene la sensación de que ella también lo sabe.
¿Pero por qué no está huyendo de él, entonces?
Y luego, ella se inclina hacia abajo, moviéndose para que apoyen la cabeza uno contra el otro, sentados uno al lado del otro mientras miran el cielo nocturno.
— Si miras las estrellas. —susurra— Estaré donde sea que estés.
Sostiene los mechones medianoche que no han escapado de su agarre, brillantes como las constelaciones, y quizá, tal vez, ella diga la verdad.
Me asusta todo lo que soy
así que, por favor, por favor...
.
Es el aniversario de ese día.
El que más odia.
Hay una celebración a todo lo largo y ancho de Eel, probablemente a las afueras también, regocijándose en el sacrificio ajeno.
Pero se da cuenta que no puede seguir así.
Es una revelación llameante, nada simple, que llega como un maremoto para derribar todas las barreras que apenas se sostienen dentro de los pedazos que aún no ha caído de su alma. Le deja sin aliento al mismo tiempo que Karenn acepta un baile del cachorro que la ha esperado pacientemente por un largo tiempo.
Lo conmueve, de la misma manera que es una relación floreciente, entre las cornisas de la timidez y un afecto imposible de ocultar. Tal como Huang Hua y Eweleïn.
Lo hace reflexionar en la alegría, como las mujeres que ríen, gritan y sollozan de felicidad por los meses próximos, ansiosas por conocer el fruto que crece en sus vientres, de precursores vacíos e infértiles.
Luego se da cuenta de la pureza que respira en el aire, con familiares sanos. Con niños que salen a jugar sin temor a perderse en el bosque, esperando no ser devorados por una bestia maligna que no existe más cerca de su hogar.
Lo siguiente que sabe es no puede seguir así. Bueno, más como un no querer.
No quiere la soledad, estática, llena de colores monocromáticos.
No quiere el vasto vacío de su pecho.
No quiere negar un comienzo ni un fin, por más aterrorizado que lo tenga la perspectiva.
Entonces, no es una sorpresa cuando besa los labios de cristal blanco, frío, duro, sin vida y murmura una disculpa, un canto de dolor y una declaración de cariño innegable.
Pero no puede, se da cuenta nuevamente, no puede soltarla del todo.
A la chica confiable, valiente y amable.
A los ojos violetas que se han distorsionado con el paso del tiempo en su memoria. Demasiado reprimidos en sus recuerdos para volverse nítidos de nuevo. Duele, con el abismo que desgarra su garganta, duele no tener, no recordarte con la claridad con la brillabas, canta en silenciosa agonía a su amor.
Su amor que no está.
Y toma una decisión. Dejando un pedazo- otro- de su corazón dónde debería de estarlo el que pertenece a la estatua de cristal.
Con cada paso que da lejos de ella, el vacío se vuelve sordo. Soportable, pero también siente que deja de ser lo que es.
Y se pregunta qué será ahora.
...Llévame, llévame
Llévame a casa.
Mira las estrellas, esperando, como le dijeron, por respuestas.
Brillando en la rama delicada
yace el futuro que se olvidó de florecer,
todavía codicioso, deja caer sus brotes.
.
Ella
La noche en que nace Saya, el manto nocturno y los astros se diluyen. Cuando su hermana nace pocos minutos después, la luna desaparece. Un disco blanco pálido, desciende del cielo y se desvanece.
Las opiniones de su familia están divididas. Un mal presagio, susurran del lado de su padre, temerosos del cambio en la naturaleza. Tocadas por la magia, exclaman los de parte de su madre.
El mundo está cubierto por una sombra gris infinita; sin la luz plateada que alumbra el camino de los desdichados. Sin el hermoso azul profundo que enriquece la calma. Sin el firmamento que cuenta miles de historias.
Lucille mira a su hermosa primogénita, su pequeña nariz de botón y piel de nieve, y esos ojos de mar que parpadean para encontrarse con los de ella, a su lado su hija menor se remueve, ambas parpadean y un par de pozos de espuma la miran, tan diferentes a su propio verde.
Lucille Elffire lo sabe.
Sabe que sus hijas están destinadas a una grandeza inimaginable.
A una vida cargada de tragedia, Lucille llora por dentro, detrás de ojos secos, al sufrimiento como muchos de sus antepasados antes que ellas.
Lucille sabe que no le queda mucho tiempo, lo sabe cuándo mira a su esposo rodeado del miedo de sus familiares. Lo sabe al ver la mirada de su padre, el abuelo de estas niñas, gotear de hambre codiciosa, pero pide, suplica desesperadamente por tiempo. Lo suficiente para poder verlas crecer, para darles sus conocimientos.
Para protegerlas del infierno en la tierra.
Cuando sale la luna a la noche siguiente, el mundo da un suspiro de alivio, el cielo vuelve a su manto medianoche, pero las estrellas no se asoman, ni regresan a jugar en destellos dorados con su hermana pálida.
Nadie se da cuenta.
Lucille si lo hace.
Saya Elffire tiene tres años y el primer pensamiento coherente que le vine a la mente es mirar a Sella.
Desde el otro lado de la cuna está su gemela, ya mirándola, y cuando ríe hay rayos plateados por toda la habitación.
Solo entonces, las estrellas regresan a jugar.
.
Tranquilamente,
aquellos brotes caídos del cielo... llenaron la tierra.
Tiene cuatro años y sabe que su madre está muriendo.
Los dedos de Lucille revolotean como mariposas moribundas cada vez que cepilla su cabello, trenzándolo en pequeños ríos de medianoche. Madre dice que ama su cabello, que es como sostener hilos del cielo entre sus manos.
Lucille dice que es hermosa. Sus pequeñas hadas hermosas.
Su hermana se ríe, danzando con sus propios mechones únicos al compás de la música que solo ella escucha. Saya observa a mamá reír, acompañando en un dueto de campanas a su hija menor. No dice nada, pero reniega de las palabras de su madre.
Lucille Elffire es hermosa.
Con su cara de corazón, en sus huesos quebradizos que se hunden en el olvido de su camisón de satén, en el arrullo de sus canciones de cuna, con los largos mechones de rico chocolate envolviéndola en un cálido abrazo. Incluso con su piel de vidrio blanco, es frágil, pero hermosa.
Su preciosa madre se está muriendo y no es su culpa.
Se siente como si lo fuera.
Tiene cinco años, pequeña taciturna, cuando mamá se arrodilla frente a ella, rodeadas por los jardines de azaleas, y la sostiene en sus brazos después de que el abuelo se ha llevado a Sella con él.
Se habían alejado completamente en lo que dura un parpadeo.
— Escucha, Saya. —dice su madre, sorprendiéndola con la firmeza que hay en sus ojos verdes— Tienes que protegerla, protegerte. No deben saber lo que hay dentro de ti.
Su voz es diminuta, pero no menos helada cuando pregunta— ¿Por qué?
Los brazos de su madre son un agarre de hierro, como las enredaderas que crecen en el lado sur de la mansión, a las que papá nunca permite que se acerque— Porque si te tienen, jamás te dejarán ir. No podrás protegerla, Saya, no podrás.
Mira atentamente el rostro de su madre, tan dulce, tan tierno, resquebrajado por la desesperanza. Lucille le regresa la mirada, inquebrantable— Prométemelo, Saya.
Ella asiente silenciosamente— Lo prometo. — y su madre se ilumina como el sol que ni ella ni su hermana poseen.
Están en el jardín cuando mamá cae entre los arbustos de rosas.
Las espinas se clavan en su cuerpo, pero madre mira hacia el frente, sin parpadear, sin importarle que su vestido de oro y nácar se vuelve carmesí, sin notar las pequeñas manos de sus hijas sobre sus manos traslúcidas.
Del otro lado del rosal, papá las observa; tranquilamente sentado en una de las bancas del jardín. Hay la sonrisa más extraña en su rostro.
Como si tuviera partes cosidas alrededor de sus labios.
Saya se pregunta si el agua que cae de su rostro es la suave lluvia del cielo.
Tiene casi seis años cuando el abuelo viene por ella, tomándola de la mano como si no quisiera que se alejara.
Su madre cae al suelo, inmóvil. No puede ver sus ojos, pero hay canicas de cristal que bajan por su rostro hasta la alfombra.
La puerta se cierra antes de que pueda llamarla.
Tiene seis años cuando conoce por primera vez la sensación del metal en su tierna piel, la fricción del cuero y el aroma de la magia condensada.
La habitación huele a azaleas. A lavanda.
Es el aroma de los besos de su madre, de los vestidos de su hermana pequeña.
No grita cuando llega la primera descarga, puede sentirse casi orgullosa de su hazaña sino fuera por la mirada en el rostro de su abuelo.
Está feliz.
Es en este momento que ella conoce el sabor del odio, nítido, terroso y ácido, quema su garganta, corroe sus venas y se aloja en su corazón.
Quiere llorar, porque ha desobedecido a su madre.
Tiene ocho años cuando las risas de su hermana se han detenido por completo.
Tiene ocho años cuando la habitación blanca se vuelve su salón de juegos.
Tiene ocho años cuando papá entra a su habitación todas las noches, puede sentir observándolas. Llora, grita y suplica, aunque ningún sonido sale de su boca. Él desaparece antes del alba.
Tiene ocho años y no sabe cómo es que mamá sigue aferrándose a la pequeña luz que ilumina su espíritu. Tiene ocho años y decide que no le importa.
Tiene ocho años cuando su madre pasa la mayor parte del día sentada, una frazada cubriendo sus piernas, con las manos delicadamente sobre el vientre.
Tiene ocho años cuando mamá las arropa en la cama, susurrándoles dulces canciones para dormir mientras acaricia el centro de su cuerpo.
Tiene ocho años cuando algo está creciendo en el interior de su madre, comiéndosela de adentro hacia fuera.
Tiene ocho años.
Y espera que eso se muera dentro de su madre, antes de que pueda arrebatársela.
Un día, no tan lejano como le gustaría, su madre está gritando, detrás de inmensas puertas. Saya mira fijamente, con su magia tensándose dentro de ella, luchando por salir. A su lado, Sella mira también, antes de sonreír y escuchar el chasquido de la chapa, la puerta abriéndose frente a ellas en silencio.
El alumbramiento de un ser humano no está destinado a ser agradable.
El sudor, fluidos corporales y sangre impregnan el aire, como si la magia se alimentara de aromas tan fétidos. No le importa, completamente concentrada en el bulto que sostiene su madre. Como dos partes de un mismo reflejo – que lo son, se dice- corren hasta el lado de su madre.
Lucille enseña el rostro diminuto, rosado y sudoroso y un momento después está abriendo los ojos. Pequeños pozos que- ¿Un bebé no debería abrir los ojos hasta semanas después?- son del mismo fascinante tono violeta de su padre. En su cabecita no hay pelusa de rico chocolate, ni de cielos nocturnos robados, es un destello de oro, pero no lo suficientemente intenso para imitar al sol. Él niño es una réplica de su padre.
Está a punto de tocarlo cuando el abuelo se inclina y sale apresuradamente de la habitación, una mirada helada en el rostro.
Mira al bebé fijamente. No es un mal presagio. No es tocado por la magia, porque él no la tiene.
Saya sonríe, por primera vez feliz ante la perspectiva de este niño.
Ella también lo ama.
Toda la familia Elffire está reunida alrededor de la mesa larga para la cena de esta noche.
Ella mira a su abuelo por el rabillo del ojo, apretando los puños por la forma en que mira a su hermana, después de que Sella les dijo a todos en la habitación que podía ver la magia.
Saya se culpa a sí misma por no proteger a su hermana menor, la ira estalla dentro de su pecho, porque su hermana no es un pedazo de carne que debería de ser observado con codicia y hambre maldita, ella es su preciosa familia, su Sella, su otra mitad.
— Entonces, te ruego niña, ¿de qué color es mi magia? —pregunta la tía Lily desde el otro lado de la mesa.
Espera encontrar los brazos de su madre aferrándose a su hermano, en cambio encuentra sus ojos anclados a los suyos, tan verdes y tan distintos, mirándola.
Contiene la necesidad de jalarse de los cabellos, enseñar los dientes y gruñir.
Se contenta con apuñalar la carne en su plato.
A su lado, su hermana por fin responde— Verde, como la envidia. —dice, encontrando los ojos enfurecidos de la mujer mayor con una calma imperturbable— Verde como mis ojos, como los de Saya. Como los de mi madre.
No hay quién se sorprenda en la mesa, después de todo, la tía Lily siempre quiso tener sus propios hijos. Niños hermosos. Niños poderosos. Niños mágicos que aseguraran su posición dentro de la familia. Desafortunadamente, su hermana menor los había tenido. Tres de ellos, sin importar que uno no fuera lo que se esperaba, el número seguía siendo el mismo. Tres.
— ¿Y tú, querida niña, posees la misma habilidad que tu hermana?
Tocados por la magia, murmuraron el día que nacieron.
Nunca deben saberlo, Saya, jamás, susurra la voz de su madre dentro de su cabeza, las sombras serán tu consuelo.
— Me temo que no soy tan especial, tío Olive. —responde indiferente, tirando descuidadamente de las puntas de su cabello medianoche.
La decepción es palpable en el rostro de los demás, pero su mamá brilla en su lugar y papá parece respirar con alivio, sin parecer que se va ahogar con el próximo bocado de sirloin. Saya casi puede saborear la victoria en la punta de su lengua.
Casi.
Siente el peso de la mirada de otra persona en ella y mira hacia arriba para ver a la tía Lily mirándola.
Aún tiene ocho años.
Las estrellas que brillan violentamente
le darán la espalda al cielo
hasta que las plegarias llenas de resentimiento y venganza
derrumben el firmamento.
Lucille es una vasija rota, ha dicho el abuelo, está rota y las cosas rotas no son mejores que desechos.
Su madre se va en un día nevado. El sol brilla alto en el cielo, alumbrando la habitación. Hay centenares de fragmentos de cristal esparcidos por el suelo, crean un arcoíris de luces en cada rincón de la habitación. Si ella aún estuviera aquí, los juntaría con un delicado movimiento de sus manos hasta transformarlos en bellas flores de cristal.
Las pondría junto a la cama de cada una de sus pequeñas y hermosas hadas, junto al cunero de su dulce y floreciente caballero.
A su madre siempre le gustaron los eufemismos.
Ella está muerta.
Y lo único que Saya puede ver son sus ojos, abiertos en horrores que nunca mencionó, en la desesperación de una vida injusta y el alivio concedido de un alma pura.
Ella lloraría por primera vez en su joven vida, está segura.
Excepto que la tía Lily elige ese momento para dirigir ese odio e ira que le quedan hacia la primera persona que Saya ha dedicado toda su existencia a proteger: Sella, su amada hermana, que ahora se retuerce en el suelo frente al cuerpo de la mujer que las trajo al mundo, llamando por su nombre en agonía — ¡Saya, hermana, ayúdame!
Todos se quedan ahí parados, mirando.
— ¿No eres tan arrogante ahora, verdad mocosa? Ya no tienes quién te defienda. —sisea Lily, en una macabra replica mayor de su madre.
Saya se queda inmóvil, escuchando mientras ve rojo. Rojo, rojo, rojo. Tan carmesí como el líquido que escurre por los dedos pálidos de su madre, como la sangre que cubre los labios de su pequeña hermana. Tan rojo como el calor que crece dentro de ella y es insoportable, un ardor que hierve y le escose la carne. Hay algo amenazante que desea desbordarse de su interior, la está ahogando, corta su aliento en respiraciones desiguales. Quema. Arde como llamas bestiales a punto de devorar todo a su paso. Así que lo deja ir y todo pasa tan rápido, como un parpadeo; la habitación gira, gira y gira en un vórtice infinito, solo que no lo es porque se detiene.
Entonces, comienzan los gritos.
No son suyos, ni de su hermana, que yace allí; acurrucada en el suelo con sus cabellos medianoche revueltos y sucios de sudor, con el vestido amarillo empapado de sangre, el vestido favorito de mamá…
Hay una explosión en el fondo de la lejanía y ella se gira para ver; un cráter dónde antes estaba la tía Lily. Montones de mármol, tierra y polvo dorado caen en todas direcciones, se da cuenta que el impacto alcanza a todos, excepto al cuerpo que espera en el centro de la habitación.
Ah, piensa aturdida, que desperdicio de su vestido blanco, ahora estropeado por la suciedad. Su mirada se mueve de su cuerpo a la persona a su lado y ve a Lily, en el suelo –como debe ser, arrastrándose, sisea una voz en su cabeza– con el cabello de chocolate cubierto por las huellas de su desastre, temblando, conmocionada, confundida y asustada.
Ya veo, piensa de nuevo, mirando la punta de sus manos, ahora rodeadas de un humo verde que rápidamente desaparece, así que eso paso.
No se supone que deban verlo. Nadie, ni siquiera ella misma.
Los espectadores caen en un silencio ensordecedor.
— ¿Qué me has hecho? —por supuesto, es Lily quién pregunta y rompe con el silencio. Es fácil ignorar el timbre del terror en su voz. Es difícil callar la satisfacción que crece en su corazón.
Sin embargo, ese terror pronto se convierte en ira y es Lily quién busca arremeter contra ella. El abuelo logra interceptarla, sosteniendo la parte posterior de la mujer mayor con sus propios hilos azul hielo de magia. Aparentemente, no desea tener otro enfrentamiento, o cadáver, sabiendo lo que la tía Lily le haría en el momento en que sepa lo le ha hecho.
Claro que es el abuelo él que se da cuenta antes que todos los demás. Mucho antes que su padre se tire al suelo y se balance como un bebé, murmurando cosas al cuerpo aun tibio en la habitación.
Que lamentable, piensa mientras observa al hombre que tiene cabellos del sol, pero no brilla como el astro mayor, ¿a quién suplicas padre? ¿A caso no te das cuenta? Ella se ha ido.
Lejos de él. Lejos de sus hijos. Y se supone que duela.
Pero Saya no siente nada.
Mira a los rostros de sus parientes: del tío Olive, quien tiembla de furia y dolor, ya sea por la muerte de su prima o por el monstruo que resulta ser su sobrina; de la abuela Eyri, que la mira y finalmente ve a los ancestros de la familia en ella; de su padre, quien la mira como si fuera el mayor mal del mundo o del abuelo, quien la mira con ese mismo brillo calculador desde el día que llego al mundo, solo que esta vez, la codicia y el hambre se ven multiplicados.
Saya mira hacia el cielo, claro y blanco, sin estrellas, preguntándose si su madre –porque el despojo de ser humano que esta sobre la cama de metal no puede, simplemente no, no puede ser su madre- está mirando.
Fallé, exclama, apretando sus ojos con las palmas de sus manos, he roto nuestra promesa, madre.
Tienes que protegerla.
Nunca deben saberlo, Saya, jamás.
Ella grita en su alma, clamando al cielo sin estrellas con toda su fuerza: Perdón. Perdón. Perdón, mamá, te he fallado.
Con el paso de los años, la historia se difumina.
Las caras dejan de importar.
Los recuerdos se disuelven.
Esta acostada en una cama de metal, el frío del material traspasa su carne hasta entumecer sus huesos, cuerdas la sostienen en su lugar, acarician sus muñecas y tobillos en un toque áspero. Hay una luz sobre su cabeza que la ciega.
La hace pensar en la luna.
Recuerda la luna y el niño que no posee magia.
Y entiende que debe encontrarlos, llevarlos con ella. Así estarán a salvo.
El problema es que ella no recuerda que hacer o por dónde empezar.
No obstante, comprende.
Si los salva, ella será feliz.
Obtendrá su redención.
Tiene dieciséis años, o eso le han dicho, cuando sus ojos se encuentran con unos desiguales.
El hombre oscuro del que no puede leer nada, y aun así, lo sabe.
Él esta tan roto como ella.
Sonríe.
Siempre lo observa. En el frente de los entrenamientos, en los pasillos luego de una reunión, en la sonrisa que rompe su melancólico rostro cuando esta con la niña de mitades de rosa y negro en el pelo, en el cerezo dónde parece más desgarrado que nunca. Mira de cerca, de lejos. Nunca quita sus ojos del hombre de tonos oscuros.
Despierta la curiosidad de la bestia.
Y cualquiera que tenga un poco de sentido común nunca desearía despertar el interés de una criatura peligrosa.
Especialmente no de una letal como ella.
Es inevitable, se da cuenta cuando sus ojos se conectan con los de ella por segunda vez, que le llame la atención. Su magia se estremece en su cercanía, llamándolo, repudiándolo en la misma cantidad. No puede leerlo, pero tampoco altera la energía que a entretejido a su alrededor, dando la bienvenida a acercarse.
Los demás se le acercan, tocando en la mano, el interior de la muñeca o el hombro, buscan el consuelo que ella les da. A cambio, le dan sus pensamientos, sus emociones, sus memorias.
No se dan cuenta del poder que le ofrecen, de lo vulnerables que se vuelven a ella después del primer toque.
Ella lo toca por primera vez después de un mes.
Sus emociones se precipitan contra ella como la marea alta, espesa y condensada, espera la segunda y tercera ola.
No llegan.
Él huye después de unas cuantas frases astutas por parte suya.
El dolor es potente, se pregunta si es normal. Nunca ha encontrado a alguien que sienta tan profundamente como él y no tenga sus pensamientos al borde. Él es un caso especial.
Ella mira.
Su ataque conecta con hombro de su contrincante y ejecuta como una serpiente, rápido, contundente y magnífico, el impacto golpea en el pecho del recluta con la misma precisión mortífera como con los demás antes que él.
De nuevo, ella se queda y observa.
De nuevo, sonríe.
Y es tan hermoso, piensa.
Su poder.
Levanta la vista desde donde está parada y su mirada se ve atrapada en la trampa de una plomiza; pero no, no es tan oscura, quizás gris con vetas púrpura, es más malva en sus iris solo cuando la luz del sol poniente golpe directamente en su semblante sin importar las líneas plateadas que cruzan su ojo izquierdo. Curioso, como una cicatriz así no disminuye la presencia del color y forma de su mirada original.
Y también es hermoso, piensa.
Pómulos simétricamente altos descendiendo hasta una mandíbula afilada. Una encantadora criatura tallada en alabastro y porcelana, de alta estatura y miembros ágiles, fuertes, con el pelo mojado en tinta negra, puntas rebeldes cayendo sobre un ojo.
Él es de día y es de noche.
Él está vivo, pero también muerto.
Y sí, es la criatura más hermosa que ha visto.
Luego del desastre que ha provocado en la graduación de reclutas, se limita a sí misma. El hombre triste –Nevra, se dice- no se acerca a ella.
Ella lo asusta.
Él la asusta.
No obstante, le gusta. Le encanta, encanta, encanta, es lo único real que siente dentro de ella. El miedo que nace en su interior es suyo, sin interferencias de extraños que la tocan, despojándola de lo poco y nada que tiene.
Hay tantas memorias dentro de ella, demasiadas emociones, demasiados recuerdos que la hacen volcar el contenido de su estómago.
No recuerda cuándo fue la última vez que sus ojos se convirtieron en cristal húmedo. .
Supone que es normal, teniendo en cuenta que no recuerda mucho, que apenas sabe su nombre, el objetivo de su misión y su recompensa. Son cosas familiares para las contrapartes oscuras de su cordura.
Las memorias… teme de ellas.
Los recuerdos son algo diferentes, algo ajenos, es aquello que no conoce.
Le aterran los recuerdos.
Miedo de la niña -mujer, dice la voz dentro de su cabeza- que acecha allí, en lo profundo, de aquella que debe ser y no es. A veces se pregunta si el verde de sus ojos siempre ha sido el mismo ¿Todo el tiempo han sido los espejos de lo que los demás quieren ver o la reflejaban a ella únicamente? Se pregunta cómo lucirá su rostro ¿Siempre ha sido así de pequeño, frágil? Cree que le gustara una cara en forma de corazón. A veces se pregunta si su alma había sido blanca, negra, azul, dorada, porque el gris que mira detrás de sus ojos le roba la poca esperanza que le queda.
A veces se pregunta, solo a veces, si la niña que debe ser y no es; era tan agonizante como ella. Quizá estén igual de fragmentadas, demasiado deshilachadas para los puntos de sutura.
Niega, rechazando las ideas estúpidas e inútiles.
Se concentra en la luna y el niño que la esperan.
(Sin saberlo, sus ojos de espuma dejan de mostrar complacencias apáticas y reflectan intención, feroz y caliente, hirviendo lentamente en su alma).
Se ha cansado de calmar a la gente, su piel de un rojo irritado debajo del traje oscuro que la cubre desde el inicio del cuello hasta la punta de los pies. Es un lindo conjunto, da las gracias porque no sea cuero, de alguna manera sabe que odia el material.
Está limpiando su arma favorita cuando él se le acerca, todo tonos oscuros, violetas y rojos, la mira momentáneamente antes de cuestionarla por sus poderes.
Eso es divertido, piensa mientras lo ve apretar la mandíbula, divertido porque él se ve tan seguro. Como si supiera la respuesta correcta de lo que es ella.
No tiene ni idea.
Pero no refuta lo que dice. Negar esa información es darle motivos a la Guardia para investigarla, observarla, analizarla. Ella no está jugando eso, no es que tenga algo en contra de las autoridades de este mundo, pero hay algo en su cabeza que le dice no.
Nunca deben saberlo, Saya, jamás. Las sombras serán tu consuelo.
Sus instintos hablan y ella les hace caso, le han salvado la vida en múltiples ocasiones.
Entonces juega con él, algo inocente y burlón, un coqueteo inofensivo que sabe a ceniza en su boca, pero sus ojos sonríen porque, vamos, él es interesante con esa mirada de incredulidad en el rostro.
Quizá un poco lindo, lejos de ese ermitaño gruñón que se conmueve en su propia miseria.
Cuando se da cuenta que él no responde, no entiende sino la ha seguido en la broma o la cree una idiota, se inclina hacia él e intenta de nuevo.
Nada, sus emociones están ahí, ella las puede leer, sin embargo, hay una puerta inquebrantable que oculta sus pensamientos.
De nuevo, no hay memorias que robar.
Una pequeña parte de ella se alegra ante la idea. Encontrar a alguien inmune a sus dones, al toque mortal de sus dedos de mantis, a ella, le hace creer que no está todo perdido.
Que será detenida antes de poder hacer un mal irreversible.
Luego, abre la boca y el sentimiento se esfuma.
Él la acusa de querer escalar a una posición en la guardia con las intenciones más dudosas y bajas. No son sus insultos inútiles los que la ofenden, sino su incapacidad para reconocer los hechos demostrados hasta ahora por lo que son.
Hace meses, cuando la habían depositado en una isla al oeste de Eel, con el tiempo suficiente para que se estableciera e interactuara con los residentes de la zona, las instrucciones dadas habían sido claras:
Infíltrate en la sede; encuentra al hombre del cristal, tráelo contigo y regresa.
Tan específicas como podían ser las órdenes dichas, Saya había armado un plan que no involucra a civiles ni a nadie más, entre ellos los propios miembros del Cuartel. No buscaba lastimar a ninguna persona que perteneciera a Eldarya, nunca fue su estrategia y realmente no quería agregar más dolor a las almas que poco a poco renacían con el paso de los meses, después del gran ritual al que habían llamado Sacrificio Blanco.
El día que llego, pese al pasto verde como la primavera, el sol de oro, el agua turquesa y las estructuras arquitectónicas sacadas de un cuento de hadas, el olor que se respiraba era el de la incertidumbre. Como si los que vivieran en dicho lugar no estuvieran del todo confiados del hermoso paisaje que los rodeaba.
La capa de magia que había entretejido a su alrededor fue creada con el único propósito de aliviar el dolor. Una parte de su poder se ejercía únicamente así; a cambio de la paz, siempre había un precio que pagar. Algo horrible, si era sincera, pero no era algo que controlara, de cierta forma, en algo que le causa un estremecimiento por el cuerpo, su poder tendía a moverse por sí solo. Su magia parecía tener voluntad propia más allá de la suya. No había una ocasión en la que fuera perjudicial - al menos no que ella recordara- para los que tuvieran contacto con su don, por lo que había decidió usarlo para el bien común.
Luego escuchó la historia de la simpática humana que llegó a Eldarya, en una travesía de innumerables aventuras que habían terminado por revelar su verdadero origen y su generoso sacrificio por aquellos a los que no debía nada, pero que la bondad de su corazón no pudo dejar desprotegidos.
Una historia admirable, había creído cuando se enteró de ella por primera vez, una historia que solo un alma valiente haría realidad.
Entonces, en un día dónde el cerezo se encontraba extrañamente deshabitado, se paró frente a las dos estatuas que decoraban el árbol legendario como fieles protectores y entendió.
No había carne, huesos, sangre o cualquier otro medio físico que ella tuviera a su alcance para poder hacer la conexión, aunque no era necesario. Pudo leer perfectamente a las dos personas que dormían frente a ella.
La mujer se lamentaba por un hubiera desconocido, pero eso era pequeño al inmenso agradecimiento y esperanza que latía dentro de ella. Esta mujer era la del alma valiente, reconoció, la que dejo una historia trágica, única y esperanzadora después de su sueño.
La otra estatua fue una historia diferente.
El sentimiento de odio era tan fuerte que Saya lo sentía como si le hubieran perforado en el centro del pecho, a su vez, la pena que goteaba de su corazón era como un vacío, oscuro, frío e infinito. No existía consuelo ni esperanza en su interior, solo la vergüenza, la pérdida y una culpa mortificante latían fervientemente, formando lo que quedaba de su alma.
Ese hombre era su objetivo, señaló con indiferencia, tenía que llevárselo.
No lo hizo.
A cambio, por alguna bondad de su corazón con la que no se sentía del todo cómoda, colocó sus manos a cada lado del rostro de la estatua, mirando el dolor en esos ojos de cristal blanco, dejo que su magia fluyeran fuera de cuerpo hasta alojarse momentáneamente dentro del pecho del hombre y le concedió el sueño.
Un sueño sin sueños, sin pesadillas, ni recuerdos. Una paz momentánea que se rompería en el momento que despertara. No podía robarle sus emociones, eso sería aún más desalmado, pero podía brindarle un descanso, el tiempo suficiente para que su cordura no se perdiera en el amargo río de los remordimientos.
Eso fue todo. Se fue tan silenciosamente como había llegado.
Sabía que había algo abismalmente incorrecto con su total falta de respeto hacia las instrucciones que le habían dado. Por otro lado, una sensación indescriptible en su pecho le dijo que estaba haciendo lo correcto, que le daba tiempo. De tal forma, ignoro el razonamiento claramente lógico de su cerebro sobre las consecuencias e hizo caso, de nuevo, a sus instintos.
El recuerdo de su visita es de los pocos que son completamente nítidos en su mente, no como las memorias errantes que van como naufragios en el océano, sin saber adónde irán a parar, y es la bienvenida de ese recuerdo junto a su propia decisión lo que trae la indignación a su pecho.
Mira al subjefe de Eel con un rostro en blanco, compartimentando sus pensamientos y crecientes emociones para sí, sin creer en la necesidad de dejarlos a la vista para él.
El hombre triste -Nevra- ha dejado de hablar y la mira con una pizca de sospecha, antes de recomponer su expresión en una neutra.
Quiere poner los ojos en blanco ante su absurda muestra de control emocional.
No lo hace, afortunadamente, sabe reconocer cuando puede o no ganar una batalla.
Esta no es una que pueda.
Así que ella simplemente le da sus razón, las verdaderas de porque permite que la toquen y porque intentó tocarlo. Una vez expuestos sus motivos no espera respuesta, gira sobre sus talones y se va tranquilamente, deseando alejarse de su presencia lo más pronto posible.
Aun así, sigue con su rutina.
Ella sigue mirando.
Es una pelea violenta. Saya se pierde en medio de ella, apenas se da cuenta, apuñalando con su daga a los hombres que suplican por piedad dentro de sus corazones mientras sus manos rugosas buscan una manera de llegar a su garganta. El cálido rocío la empapa de carmesí y algo dentro de ella se marchita un poco.
No puede morir, lo sabe. No tiene idea de cómo, pero lo hace, aun así el subidón de adrenalina es lo más cerca que estará de temer a esto. A la mortalidad.
Bueno, eso y…
Puede sentir de él el asombro, así como la culpa y la vergüenza, por lo que sus pensamientos se cortan abruptamente.
Si no estuviera a punto de arrancarle la cabeza a un tipo raro con ojos de serpiente, podría haber sonreído.
Al final la misión va excelente. Todos los tipos malos inconscientes– muertos– en el suelo, o sin cabeza, pero eso es únicamente cortesía de ella.
Regresan a la sede sin ningún otro incidente en su camino.
Huang Hua los despide con un agradecimiento y el reconocimiento de sus esfuerzos. Saliendo del Gran Salón; Nevra la detiene por el brazo.
No se sorprende de encontrar las mismas emociones que sentía de él cuando estaba luchando contra uno de los tipos que los emboscaron en su regreso a Eel, lo que si la sorprende es el fugaz hilo pensamientos que pasa por su mente: Hey, Saya, solo quería disculparme por ser un tremendo hijo de puta el otro día, ¿recuerdas? ¿Cuándo prácticamente dije que eras una oportunista que quería follarme para alcanzar una mejor posición en la Guardia porque eras una inútil? Bueno, la verdad es que no eres tan inútil, digo, prácticamente le arrancaste la cabeza a unos cuantos tipos malos con esas pequeñas manos tuyas, entonces, ¿qué dices, lo intentamos de nuevo?... Por el Oráculo, soy un imbécil.
De hecho lo es, piensa mientras arquea las cejas, atónita. Su voz es apenas un murmullo dentro de su cabeza, sin embargo, la escucha con total claridad. Es un desarrollo interesante en sí mismo, ¿Qué ha pasado para poder escucharlo? Quizá el contacto iniciado por él sea la respuesta.
Se suelta sutilmente de su agarre.
Hay una delicada timidez en el borde de su expresión, probablemente por no saber cómo sacar a relucir sus pensamientos. Nevra desvía la mirada un momento antes de anclarla a la suya con una intención indescifrable en el rostro— Yo quería-
Lo corta antes de poder escuchar lo que será una disculpa vergonzosa e incómoda— Pagar por la cena será una mejor disculpa, sublíder.
— ¿Disculpa? —él parpadea, incrédulo.
Esconde la sonrisa naciente en sus labios— Una cena. He escuchado que la comida de Karuto es buena para limar asperezas.
Nevra la mira fijamente mientras repite— La cena.
Se encoge de hombros con indiferencia— Solo si tiene algo que decirme, sublíder, de no ser el caso que disfrute de su noche. —con una última mirada se da la vuelta en dirección de las cocinas. No es que tenga realmente hambre, pero es importante mantener las apariencias.
— ¡Espera!
Le da una mirada curiosa por encima del hombro, deteniendo su paso— ¿Si?
La expresión neutra ha vuelto a su rostro, marcando las líneas duras de los años de peleas que han forjado en él— Te han mentido.
— ¿Oh?
Tiene que decirse a sí misma que no es ninguna ilusión visual causada por la tenue luz de los pasillos cuando él, el hombre triste que ha vigilado por simple curiosidad científica, se permite sonreírle con una sonrisa descarada que está demasiado oxidada en los bordes, como si el uso de ella lo emocionara y desgastara a la vez— La comida de Karuto es buena, pero hay un lugar que es mejor. Mucho mejor.
— Sorpréndeme. —provoca en voz baja, sin apartar la mirada de su rostro, cuando su sonrisa se torna desafiante, ella se retira sabiamente; retomando el camino mientras su expresión se suaviza. Sus pasos resonando detrás de ella.
Por una vez ella no está mirando.
Él sí.
Algo cambia entre ellos a partir de esa noche.
En semanas después, que se vuelven dos meses, en un momento él está disparando ceños molestos en su dirección, en otros está demasiado concentrado en su técnica de combate para llamarla por sus burlas y coqueteos, en otros, en los que contaría con los dedos de una mano y le sobrarían dedos; él la mira fijamente, como si buscara encontrar la pieza faltante del rompecabezas, la pieza que hace falta para entenderla.
Son estos momentos dónde Saya se burla y lo empuja lejos de ella tan ansiosamente como lo deja ver. Ella ya está peleando una batalla imposible consigo misma, sobre su juramento, la misión y sus tesoros perdidos. No necesita un ingrediente más que se añadiera la mezcla de confusión y tormento que rodea su corazón.
No le ha puesto un nombre a ese algo que cambia porque se niega a aceptar que él pueda ser alguien valioso e importante para ella. Alguien peligroso.
Para ella y su misión.
Para la luna y el niño que no posee magia.
No importa lo que podría ser.
Ella no caerá.
Después de que él llora, rendido en sus sentimientos de amor, perdida, abandono y resentimiento que lo mortifican, ella acuna su cabeza entre sus brazos. Se mantiene en silencio, siempre en calma, incluso cuando él declara dolorosas declaraciones en su piel de nieve.
Ella no dice lo siento.
Ella no dice que todo estará bien.
Ella dice que vea las estrellas. Tan infinitas en el cielo, tan sabias, tan compasivas.
Las espectadoras de cientos de historias. Preciosas e infinitas.
Y crueles, dice una voz en su cabeza. Despiadadas, las estrellas han robado corazones y magia, solo para proteger la luna. La luna, que es igual, sino más, de cruel y despiadada. Luna y estrellas malditas.
Decide ignorar la voz, demasiado familiar para su gusto.
— La vida es así. —dice en voz baja, ocultando secretos que él no debe saber, pasa los dedos entre los mechones que le recuerdan a la tinta, al hollín y el ónix. El hombre entre sus brazos acalla sus lamentos, escuchando el susurro de su voz— Es preciosa, expectante de grandes logros, de nobles historias. Brillante. Una guía siempre presente, dispuestas a dar el consuelo de un futuro prometedor a aquel que sea lo suficientemente valiente para esperar. Para creer.
El toque en su mejilla es tan tierno como un recuerdo escondido en su alma de ojos verdes y cabellos de rico chocolate, ella se contiene de inclinarse hacia el calor de su palma, mirando ese ojos gris malva que le traen a la mente vestidos amarillos y jardines de azaleas, sus ojos son como un prado de lavanda bajo la tormenta, hermosos y vibrantes, pero tan destructivos.
Él la mira, ahora siempre lo hace.
— Tu cabello. —susurra de repente, tocando las crestas de su larga trenza con la otra mano, pensativo— es como las estrellas.
Tira del lazo y su cabello cae a su alrededor como una cortina protectora del mundo que los sujeta.
Se pone rígida, pero hace lo posible por relajarse de nuevo, ignorándolo deliberadamente.
A cambio, dice— Entrégamelo.
Su expresión cambia a algo ilegible.
— Si es una vida llena de dolor la que no te importa. —exhala, agarrándose a los lados de su rostro con desesperación— Entonces dámelo.
Saya está cansada y rota, y no es una buena persona pero…
— ¿Por qué? —pregunta él.
— Porque odio ver a las personas sufrir.
Ella lo protegerá, de la misma manera en la que protege al hombre de la estatua.
No era mentira cuando le dijo que detesta ver el dolor. Es algo que aborrece con cada pedacito de su ser. El dolor significa habitaciones blancas con aromas de flores. Significa magia condensada y descargas eléctricas. Significa camas de metal y cuerdas de cuero.
Significa fracaso.
Ella ha aprendido eso en las últimas semanas. Vestigios de caras flotantes encima de ella, las flores marchitas de un jardín abandonado por su dueño, la perdida de la risa de una inocente criatura y el sacrificio de un fuerte deseo de protección y amor.
Sabe que los ojos verdes que ve en sueños pertenecen a una madre agonizante, que calla y da afecto, solo sobreviviendo hasta su último aliento. Hasta dónde le permitan llegar.
Entonces sí, ella necesita protegerlo. A todos los que pueda. Incluida la luna y el niño.
Nevra llama su atención; su mirada es como plata fundida cuando lo mira de nuevo, plateada, como los rayos que un bebé expulsa en su cuna, y en el fondo de su mente, sabe que lo que ha pedido hoy es irreversible y cambiara el destino de Nevra para siempre.
Él enreda sus dedos en su cabello y le devuelve el abrazo— Es lo único, Saya, lo único que puedo darte.
Porque no estas destinada él. No eres aquella que han escrito las estrellas que se sentara a su lado.
Lo sabe, y no necesita nada más.
Ella destruirá su dolor primero, el dolor de todos, antes de dejarse morir prematuramente esta vez.
La noche del aniversario, él desaparece en los jardines.
No lo busca ni lo sigue. Espera serenamente entre sus compañeros de guardia, siguiendo el juego de la plática ociosa. Simula un baile borracho para todos, pero no permite que nadie la toque.
El proceso de purificar las almas y los corazones de los demás se lleva acabo con un gran esfuerzo y concentración. Y todas sus fuerzas deben guardarse para esta noche.
Entonces, sigue esperando.
Lo hace hasta que todos regresan a su habitación, satisfechos de la alegría de un mundo sano y fértil que promete prosperar en años venideros.
Alegría salta por cada rincón, ella no lo comparte.
Espera hasta que la única respiración en el exterior es la suya. Solo entonces, se escabulle en las sombras y corre, rápido, muy rápido; creyendo que el viento ahuyentará los susurros en sus oídos, el toque fantasmal del destino que viene y le cuenta sus secretos, lo que planea.
Porque sabe.
Más tarde que nunca hay que dar un pago.
La paz nunca es gratis, sobre todo si es acosta de la vida de alguien más, piensa mientras mira a las estatuas de cristal blanco frente a ella, ignorando las emociones –anhelos, perdidas, entregas–, residuales de cierto hombre que rodean el rostro de la niña valiente.
Puede sentir pesadumbre que nace en su interior hacia ellos, señala mirando como la composición del cristal comienza a degradarse, de adentro hacia fuera, lenta pero constantemente.
Lo que el destino ha puesto en juego esta noche, solo es el comienzo de lo más grande, las estrellas en el cielo cantan en su oído, se acaba esta era inmunda, manchada por la insolencia del hombre. Todos caerán en su lugar, ejerciendo el papel que les toca interpretar.
Una colisión, concluye mientras mira el cielo con sus bonitas estrellas brillando, arremolinándose en figuras y creaciones que hace mucho se han perdido, retirado del mundo. Bonitas y lindas estrellas que anuncian el cambio, el camino y el nuevo orden.
No le había mentido a Nevra; las estrellas son esto: crueles predicciones.
Bonitas, tan bonitas, y aun así, despiadadas e impías estrellas, que marcan un principio con un hecatombe. Ladronas hermosas y horribles que dan guía.
Y esta noche, en que la luna ha cedido la atención a sus antecesores milenarios, los astros brillan; también esperando. Siempre los eternos testigos.
El reloj del tiempo inicia su cuenta atrás.
Y es todo por ahora.
Solo una advertencia; esta historia es bastante angustia, además de una buena cantidad de oscuridad, ¡aun así, intentaré que los momentos románticos sean especiales y agradables para ustedes!
La trama inicia después del final de la temporada uno del juego y damos unos saltos temporales hasta el capítulo siete (u ocho , aún no lo defino) dónde será complemente AU (Universo Alternativo o Divergente).
Puntos aclara:
1.- Nevra esta enamorado de Erika, pero nunca tuvieron una relación oficial. Más como si bailaran entre ellos, pero sin nada concreto.
2.- Saya perdió sus memorias, por esos sus cuestionamientos, complejidades y disociación emocional ¿cuándo los perdió? hay que esperar para verlo. No obstante, sabe que hay algo mal entre sus recuerdos, por lo que los evade e ignora los vestigios de memoria que tiene.
3.- Las gemelas están basadas en varios mitos mitológicos de la antigüedad, principalmente en una leyenda china sobre los nueve soles. Y la mitología griega y sumeria.
Pondré en el perfil un link para que vean como me imagino a las gemelas.
Cualquier duda estaré encantada de responderla.
¡Nos leemos!
