Los filósofos dicen que el destino es ese poder sobre natural inevitable e ineludible que, según se cree, guía la vida del humano o a la de cualquier ser a un fin no escogido. Tienen la creencia de que todos los pensamientos, acciones y palabras humanas, se encuentran determinados por una cadena de causa y efecto. ¿Pero, es realmente eso el destino? ¿Realmente es lo que marca la pauta de nuestras vidas?
Shiho no lo creía y nunca había sido una persona que pensase en eso de esa manera. Ella creía que el destino, se creaba, que nacía de las acciones que decidíamos nosotros mismos en el día a día, en el simple momento en que nos negamos o aceptamos a ir a un lugar, conocer a una persona o el simple echo de volver a casa por un camino distinto. No había nada escrito para ella, se había cansado de leer demasiados cuentos y leyendas y no creía en ese futuro ya creado o en que la fecha de nuestra defunción estuviese escrita a tinta transparente sobre nuestras frentes.
Nuestras vidas, solo dependen de nosotros.
Y sí, claro que el entorno influye, pero solo tenemos que ser insistentes y saber aprovechar esas pequeñas oportunidades que nos ofrece la vida de vez en cuando y a unos más que a otros.
Ella decidió cambiar el suyo al escapar de ese sindicato y de las manos de ese asesino, y aunque su decisión había sido principalmente morir en ese sótano, decidió aprovechar ese fallo químico y verlo como una de esas oportunidades que nunca se le habían aparecido antes.
Nuestras acciones pueden tener más poder del que imaginamos e incluso llegan a perjudicar a los demás, para bien o para mal. Shiho no tardó en darse cuenta en como había cambiado también ese destino en otra persona. Y volvió a cambiar años después al darse cuenta de que no había remedio para ese desastre, cuando supieron que sus mentes se habían quedado encerradas en esos pequeños cuerpos.
A ella no le importó tanto como a su compañero, estaba acostumbrada a amoldarse a la corriente de la vida, y vivir como Ai Haibara, había sido la parte de su vida más agradable y tranquila. Había tenido todo aquello que no había podido disfrutar en su pasado.
Pero el detective, había perdido cada plan de futuro que había creado meticulosamente en su cabeza desde su niñez. Ya no podía volver a ser la persona que tanto amaba ser. Y eso les perjudicó llegados a su momento, y a la vez, les hizo más fuertes cuando lo superaron, cuando Conan empezó a disfrutar de verdad con esa versión mejorada que había creado de Shinichi Kudo. Haibara lo volvió a ver sonreír de verdad y a ser feliz con la vida que sus antiguas amistades habían tomado, incluida la de Ran, que se había acabado mudando a Osaka después de casarse.
Shiho y Shinichi habían muerto, pero Haibara y Conan vivían. Habían vuelto a crecer, a madurar, a volver sentir por primera vez ese hormigueo en la adolescencia, a volver a dar su primer beso.
"Ai, ¿No vienes con nosotros?" Le preguntó Ayumi frenando el paso al ver que se quedaba atrás.
Los niños, al igual que ellos, habían crecido bastante en esos diez años. Ellos dos habían vuelto al físico que tenían antes de tomar ese veneno y los niños se veían más adultos y con la voz más madura. Pero no había cambiado nada en la amistad que tenían.
"Sí, voy." Contestó acelerando el paso mientras la arena de la playa le hacía cosquillas en los pies.
Era difícil de imaginar lo rápido que había pasado el tiempo hasta llegar ahí, con casi de nuevo dieciocho años, en un viaje de final de curso con todo el último curso del instituto. Esto, a diferencia del detective, si que era completamente nuevo para ella. Le gustaba la vida educativa que había tenido esta vez, sin colegios en Estados Unidos, ni prohibiciones a la hora de hacer amistades.
Solo con la libertad de ser ella misma.
Mitsuhiko y Genta estaban jugando con la pelota cuando llegaron y ellas dejaron su toalla al lado de las suyas.
"¿Dónde está Edogawa?" Le preguntó a los chicos cuando se acercaron a ellas.
"Ha ido a comprar unos refrescos." Explicó el delgado.
"Sí, pero parece que ya ha vuelto a encontrarse con un caso o algo parecido." Comentó el más corpulento al ver que tardaba más de la cuenta.
"No me extraña, ese detective es un imán de cadáveres." Contestó la pelirroja con una media sonrisa. Habían ciertas cosas que no cambiaban por más que estuviese en un cuerpo o en otro.
"Tengo hambre...espero que cuando vuelva también traiga algo para picar." Se quejó Genta.
"Vamos Genta, si hemos comido hace poco." Dijo Mitsuhiko negando con la cabeza antes de volver a mirar a sus amigas. "Ahora que estamos todos, ¿jugáis a Voley con nosotros?" Preguntó.
"¡Sí! A mi me apetece, hace mucho que no juego a Voley en la playa." Contestó Ayumi, acercándose a ellos bastante animada.
"Yo paso, esperaré aquí hasta que llegue Edogawa." Dijo ella sin mucho ánimo. Hacía mucho calor para ella como para ponerse a correr con la pelota por ahí, prefería quedarse en la toalla, darse un baño o cualquier otra cosa menos ponerse a sudar de esa manera.
Los chicos se movieron unos metros a un lado para jugar sin el riesgo de darle un golpe a la pelirroja y ella se quedó estirada, sin quitarse la túnica casi transparente que llevaba sobre el biquini.
Pero los minutos pasaban y Conan tardaba mucho en volver.
Decidió levantarse de la toalla para acercarse al mar, sin dejar de escuchar de fondo las voces y gritos que hacían sus amigos mientras jugaban, pero a medida que caminaba y sus pies se sumergían haciendo que el frío la envolviese, más se adentraba en la profundidad del océano. Tanto física como anímicamente. Su túnica flotaba a su alrededor y se sintió extremadamente pequeña rodeada del gran azul, pero el frío y la corriente la calmaban.
Así podía decir que era su vida ahora, pacifica y tranquila. Básicamente lo que se podía llamar una vida normal, o al menos la mayoría del tiempo. Pero habían momentos como ese, en el que se venía abajo y recordaba su vida oscura a cada detalle. Se había convertido en su sombra y no podía despegarse de ella.
El frío siempre le hacía sentirse en casa y le recordaba la vida que no podía olvidar, que aunque no viviese ya en ella, seguía viviendo en sus pesadillas.
Cuando se dio cuenta, sus pies ya no tocaban el suelo y su cabeza era lo único que sobresalía del agua. La voz de su hermana y los recuerdos que no podrá recuperar atacaron su mente y sus oídos, y no dudó en sumergirse para callarlos. Se dejó hundir metros y metros abajo hasta tocar la arena del fondo, cruzando los pies para sentarse completamente quieta sobre ella y chillar a pleno pulmón segundos después, como si pudiese desahogarse al hacerlo, como si alguien pudiese escucharle fuera del agua. Pero solo consiguió que el pecho se le encogiera con la repentina necesidad de aire y se impulsó hacia arriba rápidamente mientras sus pulmones empezaban a llenarse de agua. Su visión se volvió borrosa a medio camino y la necesidad de respirar, le hizo perder la conciencia entre la marea submarina.
Notó poco después como algo se acercaba a ella y la agarraba para empujarla hacia la superficie, pero ella no podía hacer movimiento ni ver nada, solo notaba como su cuerpo era arrastrado y como una voz empezó a chillarle cuando sintió que recostaba su cuerpo sobre la cálida arena.
"¡Haibara!" Reconoció a Kudo, pero seguía sin ver nada, solo podía oírle.
Edogawa inclinó su cabeza hacia atrás y respiró aire en su boca después de golpear su pecho, pero la pelirroja no respondía. Se escuchaba a Ayumi empezar a llorar de fondo, pero el detective no se rindió y volvió a practicar la maniobra, consiguiendo poco después que Haibara empezara a escupir una gran cantidad de agua y volviese a la conciencia.
"¡Ai!" Chilló Ayumi aliviada, con lágrimas bañando sus mejillas.
Haibara no paraba de toser y su visión era bastante borrosa.
"¡Haibara!" Chilló el moreno abrazándola a él, cortándole casi la respiración. "¿En que estabas pensando? ¡No vuelvas a hacer eso!"
Ella le devolvió el abrazo aún intentando recuperar la respiración y apoyó su cabeza en su cuello mientras él acariciaba su espalda. Reconocía el miedo de su voz, pero ella no había querido atentar contra su vida, simplemente se había sumergido demasiado en la profundidad del océano, y en la de sus pensamientos.
"Estoy bien." Dijo con la voz un poco ronca por la tos.
"¿Seguro?" Insistió visiblemente preocupado, acercándola ligeramente hacia él con sus mejillas en ambas manos.
"Estoy bien." Repitió intentando autoconvencerse.
"Ven, vamos a la toalla." Dijo ayudándola a levantarse.
Los chicos, les dejaron solos poco después de que la pelirroja se calmara y de captar como el moreno les echaba con esas miradas de reojo. Así que la pareja rejuvenecida, se quedó sola frente a la orilla, compartiendo silencio y toalla.
Ella sabía todas las palabras que el moreno quería escupirle y notaba como se reprimía para no hacerlo. Se conocían demasiado después de tantos años...
"Me has dado un susto de muerte." Dijo él un poco más calmado, abriendo sus piernas para que ella pudiese recostarse con la espalda apoyada en su pecho. Acarició su pelo mojado y notó como su cuerpo temblaba ligeramente. Puede por el frío o por la adrenalina, o puede que por el mismo desasosiego.
"No tenía intención de..."
"Lo sé." Le cortó, ahorrándole las palabras que no quería escuchar en voz alta. Sabía que esa parte de ella se había ido hacía muchos años, pero le revolvía las tripas solo con pensar que podría no estar a su lado.
Pero ahora eran felices, puede que no tuviesen una vida perfecta ni idealizada a como debía ser o que se limitasen a apartar la tristeza cuando pretendía invadir de nuevo sus vidas, pero al final, habían aprendido a serlo.
Se quedaron unos minutos en silencio. Él no dejó de acariciar su pelo y ella le hacía cosquillas en el otro brazo que le abrazaba. Si el cielo existía, supongo que debía ser algo así.
Ai rió al ver disfrutar a los niños a la lejanía. Estaban apartados de ellos, reunidos con los demás compañeros de clase, nadando y corriendo mientras reían. Se habían convertido todos en bellísimas personas y estaba deseando poder ver en un futuro cercano, la grandeza que iban a ofrecerle al mundo.
"Estoy ansiosa por ver la buena pareja que harán Ayumi y Mitsuhiko." Comentó sonriendo cálidamente, sin pasarle por desapercibido cada mirada que se mandaban los adolescente. "Cuando pienso en como han crecido, es como si de repente, el tiempo hubiese pasado a cámara rápida."
"Sí...ya no son unos niños y nosotros tampoco." Comentó mirando también hacia ellos antes de volver su atención en ella e inclinarla para que pudiese mirarla a la cara. "Y esta vez, no estás sola." Apretó su mano.
Haibara frunció el ceño y desenredó sus manos con una incomodidad repentina. "Tampoco has tenido muchas opciones que escoger. Nunca pudimos volver a nuestros cuerpos y yo era la única que estaba aquí, en la misma condición que tú." Soltó con una mueca. "Es como si hubiese tenido que suceder a la fuerza."
"Yo creo que es el destino." Contraatacó él buscando su mano de nuevo.
O no, otra vez con esas chorradas del destino no.
"Vamos Kudo, sabes que tengo razón." Suspiró desviando la cabeza.
"No me llames así, hace casi diez años que no soy esa persona. Soy Conan, ¿recuerdas?" Preguntó apoyando un dedo e su mejilla para girar su cara de nuevo. "Hemos pasado por una historia más oscura, aterradora e irreal que cualquier película y aunque sea cierto que cuando tú empezaste a quererme yo no te correspondía, ese vínculo que compartíamos empezó a crecer con el tiempo, y sin apenas darme cuenta, Conan ya estaba enamorado de Ai."
Ella le quería, eso era cierto. Pero siempre tendría esa espinita clavada en el pecho, con nombre y apellidos.
Ran Mouri. La mujer a la que había jodido la ilusión, amor y futuro, arrancándole para siempre a esa persona que tan especial e imprescindible era para ella. Todos habían notado un cambio en Ran desde el primer momento en que Shinichi le llamó diciendo que no volvería, pero era una mujer que se emponderaba con el dolor y había madurado convirtiéndose en una abogada de elite, como su madre.
Ambos habían sido invitados a su boda cuatro años atrás y habían sido participes de la felicidad que derrochaba la morena aún faltándole una mano que nunca volvería. La ceremonia fue un poco extravagante y multitudinaria para su gusto, pero también habían tenido momentos muy románticos y agradables.
Recordaba que Conan no soltó su mano en toda la noche y también las veces que ella le acariciaba la mano con el pulgar para calmarle o las otras ocasiones en que él la miraba fijamente, sin decirle nada, pero diciéndoselo todo a la vez. Se sentían bien y por más que mirasen por cualquier lado, no podían captar ninguna cara triste, enfadada, o molesta.
Todos habían avanzado y aprendido a vivir a raíz de todos los acontecimientos que habían pasado. El echo de vivir sin Kudo, no había creado ningún fin del mundo. Las cosas suceden y cambian constantemente, solo tenemos que adaptarnos y aprender de los cambios. Y Ran era feliz, así que ellos no tenían porque no serlo.
Esa noche, se besaron por primera vez en publico, y ese pequeño romance que tenían en el secreto detrás de las puertas de su casa, se desató y empezó a crecer sin límites.
Kudo siempre le echa la culpa a ella y al encanto que desprendía, pero también sabe que ese momento había estado escrito y escogido para ellos.
Todo procedía normal y agradable mientras reían y bailaban, como en cualquier otra celebración, rodeados de un barullo de gente que no les prestaban ni atención, en el que ellos no veían más que el uno al otro y ni les importaba el ruido que hacían los invitados, ni la tonta y cursi canción que sonaba en ese momento. Pero ella rió cuando sus ojos se clavaron en ella por centésima vez, y fue una sonrisa tan cálida y sincera, que no había podido evitar acercarse a sus labios a probarla.
"¿De que te ríes?" Le preguntó Conan un poco confundido después del largo silencio.
"Solo recordaba." Contestó ella sonriéndole de nuevo, haciendo que él se aliviase un poco.
"¿El que?" Preguntó curioso. Fuese lo que fuese, había conseguido apartarle la molestia.
"Creo que este, es otro de esos momentos." Explicó girando un poco su cuerpo para quedarse frente a frente con él, escuchando de fondo el agradable sonido del rompeolas.
Él levantó una ceja con cara de confusión y se empezó a sonrojar cuando notó su rostro y aliento cerca de él. Tenía el mismo efecto sobre él daba igual los años que pasaran.
"¿No lo sientes? Creo que es el ruido de las olas del mar y las gaviotas que sobrevuelan nuestras cabezas, estar rodeado de una playa prácticamente vacía en la que ninguno de los dos había estado antes o el simple echo de que quiero recordar como brillan tus ojos con el reflejo del mar." Dijo posando una mano tras su cuello para acariciarle el pelo antes de cortar el espacio y besarle sin importarle nada más.
Él recordaba cada beso que se habían dado y ese cosquilleo del estomago que nunca desaparecía, le hacía querer tenerla siempre así de cerca.
"Tortolitos, dejad un poco para cuando volvamos al apartamento." Les cortó uno de sus compañeros. "Tenemos que pillar el autobús si queremos ir a aquel festival."
Conan se separó de ella renegando y se levantaron para acercarse al grupo.
"Tenemos que volver al apartamento antes de dirigirnos al pueblo." Comentó Ayumi, emocionada por poder estrenar el nuevo yukata que se había comprado para la celebración. "Ai, ¿nos arreglamos juntas?"
"Claro." Le sonrió cálidamente.
"Creo que Mitsuhiko y yo, vamos a tener que apartar las intenciones de más de uno esta noche." Suspiró susurrando cerca de ella, pero con un ligero sonrojo al recordar lo bien que le sentaba el yukata.
"No más de los necesarios." Bromeó ella con una sonrisa, entrelazando su mano mientras empezaban a caminar.
Él tenía el poder de sanarla, de hacerle sentir libre hasta de su miedo. Y puede que el destino nunca tuviese nada que ver, pero que inesperada casualidad tan magnifica se había acabado cruzando en su camino.
