"Mother will he tear your little boy apart?"

Es el primer lazo que se construye, y el que determina más del futuro de las personas, de lo que muchas veces se cree. Es vital en los primeros meses, mal romantizado también en las siguientes etapas.

La relación madre-bebé, en todo caso, es algo de suma relevancia.

Fue lo único que Dazai tuvo, durante los primeros y más cálidos ocho años de su vida, que, a fuerza de miles de /es demasiado pronto para hablar de eso/ se han ido borrando como una fotografía bajo el sol.

Era una mujer frágil y pálida, de huesos de pajarito, silenciosa pero con una sonrisa que siempre le hacía sentir algo parecido a leche tibia en el estómago. Lo arrullaba en su pecho y lo sostenía en sus brazos incluso cuando Dazai ya estaba en edad de caminar, porque, ella decía, así su corazón no extrañaba tanto no tener el de su hijo dentro, latiendo su misma sangre, absorbiendo los nutrientes que ahora ya no podía proveerle.

No tenían mucho dinero, escuchaba decirle, pero eso no era muy importante, porque ella podía hacer muchas cosas con lo más nimio. La sopa de col, con cuatro diferentes hervores, podía convertirse en desayuno, comida y cena por dos días enteros, sin que el niño notara que era la misma comida. Aunque su pequeña estrella nunca se quejaba, ni siquiera cuando la col no alcanzaba para un plato, y debían irse a dormir con el estómago vacío. Dazai no sentía el hambre bajo los besos y canciones de cuna de su madre, jurándole que mañana sería un día mejor.

Ella era una buena persona, quizá demasiado, sin esa pizca de malicia que se requiere para sobrevivir en un mundo basado en la cadena alimenticia. Ingenua, creyendo ciegamente en las buenas intenciones de la gente. No podía culparla, venía de una buena familia a la cual renunció cuando aquél lejano caballero la llenó de palabras dulces para sacarla de su jaula, y, aunque su vida matrimonial fue hermosa, también fue efímera porque el pequeño caballero de plata cayó enfermo, muriendo no mucho después, dejándola sin siquiera haberle enseñado un oficio que pudiera ayudarla a subsistir junto al bebé de apenas tres meses.

Pero vivieron bien durante ocho largos y cálidos años.

Hasta que Dazai comenzó a mostrar que no estaba hecho de la misma sustancia cálida y sumisa de su madre, sino de una mucho más espesa. De estrellas líquidas de oro, de púrpura majestuosa. De grandeza.

Dazai no iba a la escuela, ella le enseñó a leer y escribir y lo más básico que pudo, sin embargo, Dazai solía arrastrarla a la biblioteca, llenándose la cabeza con letras, números y demás cosas que, muy pronto, le hicieron comprender que el niño sería un genio si conseguía la estimulación adecuada. Después, jugando con algunos otros niños, su habilidad también se manifestó, dejándole claro que, más que un genio, era un prodigio.

Demonio Prodigio, pero ella nunca lo sabría.

Si hubiera sido un poco menos ingenua. Si hubiera aprendido un poco más del dolor. Si hubiera abierto más los ojos…

Su amor la cegó, guiándola hacia el camino de lo 'justo y necesario' más allá de sus miedos o apegos, y, en cuanto esos hombres bien vestidos y con excelentes modales se acercaron a ella, atraídos por los rumores de un usuario de habilidad capaz de anularlas, dueño de la anti-habilidad, ofreciendo pagar por su educación y darle un futuro de ensueño, ella no dudó que sería lo mejor.

Ellos no parecían malintencionados, e incluso no llegaron con las manos vacías a su hogar, sino que le dejaron comida suficiente para una semana, a pesar de que ni siquiera había aceptado.

¿No es eso lo que hace la gente buena, alimentar al hambriento?

Dazai estaba seguro que no lo hizo por maldad, ni por cansancio o desesperación, sino por amor.

Quizá por eso, muchos años después, Dazai fue incapaz de experimentar ese sentimiento. Su instinto de supervivencia lo filtró en su cerebro como señal de debilidad, de peligro y lo borró de su sistema.

Era una mentira muy dulce de creer, que había sido su decisión perder completamente la capacidad de sentir cualquier cosa.

Ella decidió dejar que se llevaran a su pequeño manojito de estrellas, pensando que le darían una buena educación, comida y el futuro que merecía.

No se equivocó.

Lo abrazó contra su pecho, después de poner en su mochila su peluche y su manta favoritas, besando su frente, prometiéndole que pronto iría por él, que lo visitaría cada fin de semana, porque esos amables hombres le aseguraron que podría verlo siempre que quisiera, que podía retractarse también, en cualquier momento.

Dazai no lloró, porque su madre no lo hizo, y porque creía ciegamente en sus palabras.

Meses después, Mori confesaría que, no bien él puso un pie en el auto que lo llevaría a la Port Mafia, alguno de sus subordinados le había disparado a su madre directo al corazón.

*

Su postre favorito eran las uvas con gelatina, y eso pensó la primera vez que vio a Mori.

Sentado, con Elise en sus piernas, cepillando su largo y bonito cabello rubio de muñeca, con una sonrisa embelesada, casi como si no hubiera notado que él estaba allí, derecho como un soldadito, abrazando su mochila y las piernas colgándole de la silla. Lucía imponente e importante, aunque no inaccesible y eso fue lo que le hizo bajar la guardia, mirando con curiosidad a la niña que le regresaba la mirada con arrogancia, haciéndole sentir avergonzado por sus zapatos sucios y su ropa desgastada.

Mori le regaló una sonrisa amable, pidiéndole a Elise que se marchara, y cuando la niña intentó tocar a Dazai para aventarlo,en medio de una rabieta, se volvió una luz blanca antes de desaparecer. El hombre, lejos de enfadarse, comenzó a aplaudir, extasiado porque los rumores eran ciertos. Le habló en un tono vacío y azucarado, como svetia, falso, dejando un sabor amargo al final que debía tomar como una alarma.

Dazai no sabía de alarmas, para él, el mundo todavía era un sitio seguro en medio de los brazos de su madre.

Mori le explicó que ahí no le faltaría nada, no mintió, tendría más de lo que podía soñar, y a cambio, sólo debía mostrarle lealtad.

Esa palabra le quemaría como ácido después, envenenándole hasta hacerlo perder la cabeza.

En ese entonces, ingenuo y delicado como era, le sonó a algo solemne y maduro, como si lo estuvieran tomando igual a un adulto, sin saber el peso que eso tendría en su vida.

Preguntó si podría comprar comida y hermosos vestidos para su mamá.

El hombre asintió, hablando en ese tono de falso edulcorante, asegurándole que podría incluso construir un castillo para ella, y los ojos de Dazai se encendieron hasta borrar los demás rasgos de su cara.

—Pero debes aprender a obedecer, cariño.

Comenzó, ronroneando, haciéndole un gesto para que se acercara a tomar el lugar que antes ocupaba Elise. Dazai escuchó con atención, mirando los bonitos ojos violeta, de uvas con gelatina, el cabello negro en un elegante peinado.

Mori lo tomó por el mentón, besando sus labios, haciendo que una serie de escalofríos le jalaran hacia la puerta.

Las fuertes manos enguantadas le impidieron moverse, y de todas formas, no habría llegado muy lejos, con los guardias armados de la entrada.

—Abre la boca, bonito.

Lo escuchó bajarse el cierre, metiendo su dedo entre sus labios para separarlos.

Las uvas nunca volvieron a ser dulces para Dazai.

*

A veces, su mundo era púrpura como las digitales púrpuras del jardín abandonado de los cuentos que Hirotsu le leía en secreto, cuando no podía dormir y Mori estaba demasiado ocupado para inyectarle cualquier cosa que lo indujera a una especie de coma, dándole algo parecido a una normalidad.

Hirotsu era una buena persona, aunque algo turbio debía esconder para mantenerse tan fielmente avocado a alguien como Mori.

Pero a Dazai lo único que le importaba, es que Hirotsu nunca lo tocó, incluso si él mismo se lo rogó un par de veces, demasiado perdido en los psicotrópicos como para darse cuenta a quién le estaba hablando.

Porque Mori lo había entrenado bien, demasiado bien, y le enseñó su lugar para que nunca lo olvidara.

Era su ramera favorita. Su juguete más caro y el más bonito, incluso si al escucharlo afirmar esto, Elise hacía berrinches tan catastróficos que se negaba a jugar con Rintarou, haciendo que descargara sus frustraciones contra él.

En forma de bisturís abriendo su espalda, como si así pudiera lograr que le brotaran alas. En forma de puños que le arrancaban flores de sangre que pintaban las paredes. En forma de disparos que pasaban rozando su piel, haciendo que los tímpanos le estallaran.

Otras, era igual al violeta de genciana, una cura amarga que se pegaba a sus heridas, sanando, sí, pero ¿ a qué costo?

Dazai nunca sabría a cuánto ascendía su deuda, porque muchos años después siguió pagando.

De diferente tono, su mundo siempre estuvo ligado al púrpura, no al de la realeza que su madre soñó para él, sino de plantas venenosas, de sangre putrefacta y de falsas medicinas.

Mori le enseñó a disparar casi también como le enseñó a dar felaciones. Guiándose no por lo que veía sino por lo que sentía, esperando el momento justo para ejercer presión sin temblar ni apretar los dientes.

Le arrancó pluma por pluma cada parte de su inocencia, dejándolo tan moldeable como le apetecía. Perfecto en sus años, terrible en sus técnicas. A los diez años ya se había convertido en un tema de cuidado.

El protegido de Mori, decían quienes no sabían lo que realmente ocurría ahí, aunque, conociendo los vicios no demasiado ocultos del hombre, nadie se habría escandalizado.

Dazai era precioso, decía siempre Mori, paseándolo en sus brazos como solía hacer su madre, besando su frente, lamiendo la sangre.

El violeta se quedó en su piel en forma de galaxias, de moretones que ocultaba con gruesos y calurosos vendajes que ponían su piel rugosa, robándole también la frescura desde lo cutáneo.

El hilo de Dazai no era rojo. Era violeta, atado de su cuello a la mano de Mori, irrompible incluso para las mismas Moiras, porque Mori era una criatura más horrible y maldita que el mismo Hades.

Con un poco de paciencia, Dazai se volvería todavía más despreciable y despiadado.

Porque estaba mucho más roto.

—Te he dicho que no, no seas tan caprichoso— regañó Mori, quitando las manos de Dazai de su paquete de cigarrillos, besando su cabello ensortijado—. Eres muy pequeño todavía.

—Hipócrita— contraatacó Dazai, deslizando sus delgados dedos por entre los de Mori, tomando la cajetilla y tentando en el pantalón del hombre hasta conseguir el encendedor.

Mori lo envió al suelo de una sola bofetada, sin cambiar su expresión amielada.

—Odio que mis putas no sepan obedecerme—

Dazai se limpió la sangre del labio con la lengua, poniéndose de pie y llevando el cigarro a sus labios, encendiéndolo.

—¿Y qué vas a hacer para castigarme, matar a mi madre?— resopló, volviendo a su regazo, apoyando su cabeza contra su pecho.

Mori se rió, divertido, quitándole el cigarro de los dedos para comenzar a besarlo. Dazai suspiró aburrido contra sus labios, rodeando su cuello, dejando que lo apoyara contra el escritorio mientras le bajaba el pantalón.

Afuera, la ciudad de Yokohama seguía floreciendo para ellos.