AMIGOS HASTA LA MUERTE

Por Cris Snape


Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.

Esta historia participa en el Reto #56: "Mix vol.1" del foro Hogwarts a través de los años.


Propuesta número 1: Amistades peligrosas. Dos personajes o más que por tal motivo no podrían o no deberían ser amigos, ya que esa amistad representa un riesgo para ellos.


—¡In Dublin´s fair city. Where the girs are so pretty. I first set my eyes on sweet Molly Malone!*

—Joder, tíos. Callaos de una vez. Sois unos putos plastas.

Fabian y Augustus estallaron en carcajadas. Gideon se cruzó de brazos, cabreado por su actitud. Cuando estaban juntos, eran insoportables. Ya lo habían sido en Hogwarts. Ahora era mucho peor. Por norma general, era necesario esforzarse muchísimo para que Fabian se tomara algo en serio. En ese sentido, Augustus era incluso peor. Era el chico de la sempiterna sonrisa, el que siempre estaba dispuesto a ayudar a los demás y se ofrecía voluntario para ejecutar alguna de las geniales ideas de Fabian. Gideon intentó meterles un poco de sentido común en esas cabezotas gigantescas que descansaban sobre sus hombros, consciente de que fracasaría con rotundidad.

—Esto es serio. Hace dos días, los mortífagos asesinaron a siete personas en Hogsmeade. Podríais mostrar un poco más de respeto y dejar de beber.

Les quitó la botella de whisky de fuego. El rostro de Augustus se tornó serio. Fabian pareció enfadado.

—¿Sugieres que nos muramos de pena, hermanito? ¿Si dejamos de cantar resucitarán los muertos? Trae eso, anda.

Fabian alargó el brazo y recuperó la bebida. La tensión era más que patente entre los hermanos Prewett. Augustus quiso relajar el ambiente. No era nada agradable estar en medio cuando esos dos discutían.

—Entiendo lo que quieres decir, Gideon, y estoy de acuerdo contigo. Pero es vuestro cumpleaños, joder. Tenéis derecho a celebrarlo. Como todo el mundo.

Treinta y cinco años. No todos los días se alcanzaba tan respetable edad. Gideon miró a su hermano y suspiró. Todo era una mierda. La gente moría a su alrededor pese a sus ímprobos intentos por evitarlo. Molly y Arthur vivían recluidos en La Madriguera junto a unos niños que no estaban disfrutando de una infancia normal y corriente. Los mortífagos ganaban adeptos cada día, unos por convicción y otros por miedo. La prometida de Augustus fue asesinada tres meses atrás. Fabian se negaba a disfrutar de las mieles del amor. Gideon era presa del pánico cada vez que escuchaba un ruido fuerte a su alrededor. Todo era una puta mierda. Incluso durante su cumpleaños.

—Venga, Gideon. —Su hermano le sonrió, conciliador—. Únete a nosotros. Sólo por hoy.

Emborracharse no era una buena idea. Salir por ahí en busca de diversión tampoco. Era un hombre sensato. Siempre lo había sido. Desde pequeños, Fabian ideaba las travesuras y él ponía las pegas para no hacerlas. Se dijo que debían largarse de allí más pronto que tarde, regresar a la casa segura que la Orden del Fénix tenía en Londres. Estaban en peligro, ellos y Augustus. Daba igual que él no supiera nada de sus pequeñas aventuras secretas. Si los mortífagos iban a darles caza, también le atacarían a él. Quiso decírselo, de verdad que sí, pero estaba cansado de todo. De la guerra, del miedo, de la muerte y de no darse un puñetero respiro nunca. Por eso bebió. Tomarse la primera copa le ocasionó ciertos remordimientos, pero las siguientes entraron solas. Al cabo de una hora, cantaba a voz en grito agarrado al cuello de su hermano.

—¡Alive, alive, oh. Alive, alive, oh. Crying "Cockles and mussels, alive, alive, oh!*

Augustus no bebía. Tampoco cantaba. Los observaba con atención desde el otro lado de la mesa, esperando a que llegara el momento adecuado para marcharse. Sin duda, estaban bastante borrachos como para hacerlo. Se puso en pie, les quitó la botella de whisky y agarró a Fabian del brazo.

—Venga, muchachos. Hora de ir a casa.

Le hicieron caso de inmediato. Fabian, que se encontraba en peor estado, se agarró a él para no perder el equilibrio. Gideon rebuscó en sus bolsillos algunos galeones. No tuvo éxito alguno.

—No te preocupes por eso. Yo me encargo de pagar la cuenta.

Dejó a los hermanos Prewett junto la puerta y se acercó a la barra. Llamó la atención del camarero, quien le cobró de inmediato y le dedicó una sonrisa condescendiente.

—Vaya dos.

—No quieren que los acompañe a casa. Dicen que están perfectamente y ya ves.

—Siempre han sido unos cabezotas.

—¡Y qué lo digas!

El camarero se echó a reír. Conocía muy bien a todos sus clientes y los Prewett eran tercos como mulas. Y malos bebedores. Mientras buscaba unas monedas para darle el cambio a Augustus, éste saludó al hombre que había sentado a su derecha.

—Rosier.

—Rookwood.

—Ha quedado buena noche para contemplar la luna llena.

—Sí. Yo pensaba marcharme en diez minutos.

—Gran idea.

El camarero acababa de regresar.

—Aquí tienes, Augustus.

—Hasta mañana, Bernard. Rosier.

—Rookwood.

Intercambiaron sendas inclinaciones de cabeza. A continuación, Augustus se reunió con los Prewett, quienes seguían cantado esa horrible canción irlandesa.

—Venga, chicos. Dejad de hacer tanto escándalo o despertaréis a todo el pueblo.

—¡Qué exagerado! —vociferó Fabian.

—¡Es nuestro cumpleaños! —aseguró Gideon.

—Estáis fatal. —Augustus se rio y agarró a cada uno de un brazo—. Venga, vamos a las afueras. Os llevaré a casa.

—¿Vas a desaparecerte con los dos? —preguntó Gideon. Augustus asintió.

—Estás loco.

—Recordad que fui el primero de nuestro curso en obtener el permiso de aparición. Es tardísimo.

Los Prewett no estaban para muchas discusiones. Siguieron las instrucciones de su amigo, ignorantes de que no llegarían a cumplir los treinta y seis años.


Molly estaba embarazada de tres meses. No sabía cómo había pasado. Bueno, en realidad podía hacerse una ligera idea de lo que había ocurrido, pero se trató de un error. Fred y George eran demasiado pequeños (y diabólicos), Percy estaba atravesando una etapa de terrores nocturnos y, aunque Charlie y Bill intentaban ayudar, sólo eran dos niños. Observó a sus hijos, todos pelirrojos y con las caritas repletas de pecas, y maldijo esa maldita guerra.

¡Tenía tanto por hacer! Arthur estaba en el Ministerio. Se metió en la cocina, dispuesta a cocinar para un regimiento. Recordó la visita de sus hermanos un par de días antes, por su cumpleaños, y se preguntó por qué no le habían escrito desde entonces. Fabian y Gideon enviaban una lechuza todas las mañanas para asegurarse de que todos estuvieran bien. En los tiempos que corrían, era imprescindible hacerlo. Tal vez si no estuviera tan atareada, hubiera tenido tiempo para preocuparse por ellos, pero Fred le tiró del pelo a Percy, Bill intentó poner paz y luego llamaron a la puerta. A Molly le extrañó ver a Augustus Rookwood, el mejor amigo de su hermano Fabian y amigo por compromiso de Gideon. Su cara no le gustó ni un pelo y le hizo entrar rápidamente.

—¿Ha pasado algo? Arthur…

Augustus trabajaba en el Ministerio de Magia, en el Departamento de Misterios. Se apresuró en negar con la cabeza.

—Arthur está bien. —Hizo una pausa para tragar saliva—. Lo siento mucho, Molly. Son tus hermanos.

Dejó de respirar. No podía ser verdad. Se llevó la mano al pecho y estuvo a punto de caerse al suelo. Augustus la agarró del brazo y la ayudó a sentarse. Gracias a Merlín que los niños no estaban cotilleando.

—No puede ser. ¿Qué ha pasado? ¿Están…?

—Lo siento.

Molly apretó los dientes. Se sintió furiosa de repente.

—Eso ya lo has dicho. Dímelo, Augustus. Quiero saber qué…

El brujo tragó saliva. Echó un vistazo por encima del hombro y acertó a ver unas cuantas cabelleras pelirrojas en la cocina. Respiró hondo, comprendiendo que no podía retrasar más el momento. Los hechos eran los que eran.

—Creemos que los atacaron a las afueras de Hogsmeade. Estaban borrachos porque salieron a celebrar su cumpleaños. Los emboscaron y se desaparecieron con ellos. Los encontraron en Gales, en una playa. Sabemos que lucharon hasta el último aliento, pero todo indica que eran cinco mortífagos. No tuvieron ninguna oportunidad. Lo siento, Molly.

No podía ser verdad. No, no y mil veces no. Empezó a marearse un poco debido al zumbido que tenía en la cabeza. El corazón le latía toda velocidad. Sus hermanos no. No podía ser verdad. Sollozó. Augustus le tendió un pañuelo.

—Puedo encargarme de todo, Molly. Fabian era mi mejor amigo. Me ocuparé de organizar el funeral.

Negó con la cabeza.

—Eran mis hermanos. Yo tengo que…

Augustus le puso una mano en el hombro. Era un chico tan bueno, siempre dispuesto a ayudar a todo el mundo.

—Tú tienes que cuidar de tus hijos. Debes avisar a Arthur para que esté contigo y no preocuparte por nada más. Déjalo en mis manos, por favor.

No le parecía del todo correcto. Desde que murieran sus padres, sólo se tenían los unos a los otros. Y a la tía Muriel, pero ella no contaba. No podía desentenderse de ellos. Debía recuperar los cuerpos, preparar el entierro. ¡Por Bargota! Sus hermanos. Fabian y Gideon. Tan encantadores como insoportables. Molly los odió muchísimo cuando pretendieron amedrentar a Arthur por ser su novio. Pero… Pero siempre fueron buenos hermanos y mejores tíos. Los niños los iban a echar de menos. Ella misma sentía que había perdido un buen pedazo de su corazón. Nunca podría reponerse. Amaba a sus hijos y lucharía por ellos hasta el final, pero sus hermanos eran irremplazables. No se merecían morir así. No era justo.

—Mamá, ¿qué pasa?

La voz de Bill la trajo de vuelta a la realidad. Era un niño guapísimo. Tenía los ojos azules y la nariz cubierta de pecas. Desde que nació Charlie, se había sentido responsable de sus hermanos y de ella. Se parecía a Gideon. Tan responsable, tan buen niño. No pudo responderle. Se cubrió la boca con un pañuelo para esconder su sollozo. Augustus intervino de nuevo.

—Avisa a Arthur. Yo me encargo de todo, de verdad. No te preocupes.

Augustus miró a Bill un instante antes de marcharse. Molly observó el lugar que había dejado vacío y le agradeció que hubiera ido a hablar personalmente con ella. No hacía las cosas más fáciles, pero al menos no había tenido que escuchar la historia de labios de algún auror frío e impersonal. Augustus había querido tanto a sus hermanos. Lo haría todo bien. Seguro. Y se lo agradecía porque ella no tenía fuerzas para más. Cuando abrazó a Bill, supo que su vida no volvería a ser la misma nunca más.


*Estos versos pertenecen a la canción popular irlandesa llamada "Molly Malone"

Hola, holita.

Me ha gustado imaginar una relación de amistad entre estos personajes. Antes de descubrirse que era un mortífago, Rookwood se comportaba como un tipo encantador. Seguro que no le costó nada hacerse amigo de los Prewett. Espero que os haya gustado.

Besetes y hasta la próxima.