Los protagonistas son antiguos portadores de la Inglaterra Medieval… el caballero Arian y la doncella Mae. Arian es el Chat Noir de la pintura vista en la serie [Episodio "Festin"].

Recientemente celebraron su boda, pero han debido postergar su noche de bodas debido a que los caballeros son enviados a una misión. De la cual Arian no parece regresar con vida. Resulta que fingió su muerte como parte de un plan para exponer a un traidor en la corte del Rey.

Arian es consiente de cuánto lo extraña su esposa y del dolor que le ocasión su supuesta muerte. Cuando ya no puede sopórtalo, Arian visita a Mae en sus aposentos del castillo y le revela su identidad. En un arrebato, ella lo abofetea por lo que hizo, pero inmediatamente después lo abraza con lágrimas en los ojos.


La poca luz de la habitación era emitida por velas perfumadas… Las cortinas de la cama estaban cerradas…

Y sus ropas estaban en el suelo...

Mae le echo los brazos al cuello y acercó el rostro de Arian al suyo. Él la miró a los ojos. Eran tan bellos e irresistibles como siempre lo fueron. Y aun más sin ser nublados por las lágrimas. Imponer resistencia sería inútil, y lo sabía. Acercó su rostro todavía más para besarla suavemente. Ella lo abrazó más fuerte. Ahora jamás lo dejaría ir. No después de apenas haber sobrevivido a estar tanto tiempo lejos de él, y haber llorado inconsolablemente su "muerte". Volver a sentir el tacto cálido y reconfortante del cuerpo de Arian era algo indescriptible para ella. Sentir sus labios estrechados contra los de ella era como un rayito de sol de un día tibio de primavera.

Dicen que el tiempo no se detiene para nadie, pero para ellos no existía nada ni nadie más. Sólo ellos. No había tristeza. No había enojo. No sentían nada más que amor puro y sincero. Una sensación celestial. Un sentimiento muy fuerte que crecía y crecía. Una calidez placentera que los invadía. Recorrían el cuerpo del otro con pasión. Se abrazaban con la intención no volver a separarse, buscando refugio en el cuerpo del otro. Se besaban. Se acariciaban. Se acurrucaban. Sus cuerpos se unían en uno solo, permitiendo a sus almas encontrarse. Mae sentía latir su propio corazón. Sus latidos ya no eran los de un corazón roto...

Cuando la fatiga se hizo presente, Arian se recostó sobre su espalda. Mae se acurrucó junto a él y apoyó la cabeza sobre su pecho. Justo donde se encontraba el corazón de Arian. Cerró los ojos un segundo para oír mejor. Cada latido expresaba su felicidad de estar junto a ella nuevamente. En cuanto a ella, se sentía fuerte y muy bien, por primera vez desde hacia tiempo. Todo su pesar y su angustia habían desaparecido. Casi como si nunca hubiesen existido. El amor en su corazón se había multiplicado infinitamente, arrasando con todo su dolor.

Arian tiró de las sábanas para que ambos pudieran cubrirse. La tela era suave al tacto, pero para él, nada podía compararse con la suavidad de la piel de Mae. Volvió la cabeza para mirarla. Volver a ver alegría en los ojos de la muchacha que amaba valía más que cualquier otra cosa en este mundo. No se arrepentía de haberse quedado. Y ahora, si llegaba a estar en peligro alguna vez, la protegería con su vida de ser necesario. Pero ya jamás volvería a alejarse de ella. Mae acarició el rostro de Arian con el dorso de la mano. Secando unas cuantas gotas de sudor. Él pasó sus dedos por el cabello de la muchacha con delicadeza y cuidado de no tirar de este.

-"Te amo"- le susurró antes de besarla en la frente.

Mae le sonrió en respuesta.

-"Oh, mi amor…"- dijo entre suspiros.

Arian se recostó sobre su costado para que pudieran estar frente a frente. Mae se acurrucó contra su pecho y él la rodeó con sus brazos. Quería estar lo más cerca posible de ella. Sentir que nadie podría lastimarla siempre que la mantuviera entre sus brazos. Las lágrimas de Mae, incluso las de felicidad, se habían secado. Ya no tenía motivos para llorar. Sólo para sonreír.

Aún estaba lloviendo, pero la tormenta se había calmado. El sonido de la lluvia golpeando los cristales de la ventana y el viento soplando era en verdad tranquilizador. Cerraron los ojos, vencidos por el sueño y el cansancio, y se durmieron. Ninguno de los dos había dormido tan tranquilamente desde que se habían visto obligados a distanciarse.


Se asomaban los primeros rayos de sol del día. La terrible tormenta había cesado.

Mae se tomó unos minutos antes de abrir los ojos. Inhaló profundamente. Reconoció una fragancia como sus salas para baño favoritas. Notó que estaba acurrucada en el hombro de alguien y, además, ese alguien estaba estrechándola contra su pecho. Un pecho tibio, reconfortante y terso. Finalmente, escuchó latidos de un corazón muy familiar y emitió un sonido feliz, un suspiro.

Lentamente y sin miedo, abrió los ojos. Ahí estaba su marido, durmiendo a su lado. Se veía tan angelical y pacífico como la primera vez que lo había visto dormir. Salvo por un pequeño detalle. La cicatriz de su mejilla, un terrible recuerdo de la batalla en la que supuestamente había muerto. Pero inmediatamente figó sus ojos en sus labios. Se veían tan suaves y cálidos, que no resistió el deseo de darle un beso. Cerró los ojos mientras posaba sus labios sobre los de él. Hermosos recuerdos inundaban su mente. Recuerdos de la noche que habían pasado juntos luego de haber sido cruelmente distanciados durante tanto tiempo. Una noche especial de la cual habían sido privados. Una noche diferente a todas… su noche de bodas.

De repente, los labios de su marido comenzaron a moverse con suavidad. Una mano gentil acarició su mejilla y su largo cabello. Volvió a abrir sus ojos y vio a su marido sonriéndole.

-"¿Te desperté, mi bello durmiente?"-.

-"Si… un hermoso despertar…"-.

Arian levantó la cabeza para mirarla. La besó en la frente.

-"Créeme que no quiero dejarte, pero… Es que… Mmfh…"-.

Mae lo silenció con un beso. Lo tomó por los hombros y lo hizo tumbarse en la cama nuevamente. Mae se acercó a su oído y suspiró. A pesar de que la boca de Arian estaba libre, no pudo decir una palabra. Ni siquiera sabía qué decir cuando ella suspiraba de esa manera. Le hubiera gustado usar el término "entre la espalda y la pared", pero en realidad estaba entre una suave almohada de plumas y su esposa. Y ella no era nada parecida a una espada. De hecho, ahora que lo pensaba mejor, usar ese término sería algo ofensivo. Y…

Mae comenzó a besarlo en el cuello y a acariciarle el pecho.

Sin más, decidió darle a su mente un descanso. Dejó de imponer resistencia y permitió a su cuerpo relajarse, disfrutando de las carisias. Al parecer, ya no podría escapar de ella. Y no se quejaba en lo más mínimo…