Tokyo Revengers y sus personajes no me pertenecen, son obra de Ken Wakui. Solo escribo por diversión.
Un pensamiento completamente invasivo atravesó la mente de Yasuhiro Mucho en el preciso instante en el que sus ojos de aspecto cansino y en apariencia tranquilos observaban a la persona que tenía sentada frente a él, aquella mesa de madera gastada y manchada de por medio.
La reflexión lo había asombrado de tal manera que momentáneamente Mucho se había quedado sin aliento. De hecho, ya había estado conteniendo el aire segundos antes de percatarse que ya hacía más de cuatro meses que Mikey había dejado a su cargo a Sanzu.
Cuatro meses. Cuatro meses y aún…
El muchacho frente a él parpadeó y ese fue el único movimiento que realizó, suficiente para que la mirada de Mucho enfocara toda su atención en el rostro de rasgos delicados y de semblante inmutable. El torso parecía inclinado hacia delante pero Mucho no podía estar seguro; Sanzu siempre había sido mucho más menudo que él y en los momentos como aquellos en los que no llevaba puesta la chaqueta de ToMan, sus hombros parecían más pequeños, su postura más retraída. Estirando un poco el cuello, el mayor logró apenas vislumbrar que se estaba abrazando a sí mismo, sus brazos delgados uno sobre el otro, sus manos perdiéndose a la altura de sus codos.
De nuevo, en medio de aquel silencio que no necesariamente era tenso o incómodo, Mucho desvió los ojos al rostro de Sanzu. Sus labios dibujaban una pequeña línea sutil en su rostro enmarcada por aquellas curiosas cicatrices sin explicación, demasiado simétricas para tratarse de un simple accidente. No sonreía, pero tampoco parecía molesto.
Y sus pestañas, aquellas pestañas largas, rebosantes, casi irreales adornando sus párpados y ocultando el brillo de sus ojos azules en esos momentos fijos sobre la mesa…
Mucho literalmente podría perderse en aquella imagen fantástica aunque fuese testigo de ella a diario y…
— ¿Por qué?
La voz demasiado grave, disonante con la imagen corporal se dejó oír demasiado suave, despacio. Sanzu carraspeó y Mucho lo imitó detrás, uno aclarando la voz, el otro intentando aplacar la ansiedad.
— ¿Tiene que haber un por qué?
— Siempre lo hay.
Sanzu elevó el rostro y con él, sus ojos se clavaron en el rostro de Mucho. Otra vez, no vio enojo sino cierto aire de confusión.
Aquel chico genuinamente estaba cuestionándole por qué.
— Sanzu, es una tontería. Tampoco tienes que tomártelo tan en serio.
— ¿No?
— No.
— Oh. Bueno.
Sus pequeños hombros se retrajeron un poco más y finalmente, sus manos se deslizaron a la pequeña bolsita de terciopelo azul que yacía en apariencia abandonada sobre la mesa. Mucho estudió los movimientos de los dedos de Sanzu manipulando el elástico y deslizando el contenido sobre la palma de su mano y de nuevo, las pestañas adornando sus ojos danzaron en el parpadeo que siguió al descubrimiento que no parecía terminar de comprender.
— ¿De verdad son para mí?
— Ajá.
Sanzu acercó la mano a su rostro...o el rostro a su mano, ambos. Mucho inspiró y exhaló profundamente ya incapaz de disimular los ridículos nervios que comenzaban a crispar su paciencia.
Sanzu realmente estaba estudiando los pequeños objetos que yacían sobre la palma de su mano como si se tratasen de una bomba a punto de explotarle en la cara.
Sus ojos azules enmarcados en aquellas pestañas de un color rosado tan fabuloso que parecía ficticio observaban su mano con tal detenimiento que en cualquier momento, si Sanzu comenzaba a olfatearlo a Mucho no le hubiese parecido para nada extraño.
— He visto que tienes dos orificios más en la oreja derecha, arriba.— Mucho carraspeó una, dos, tres veces. Se había delatado solo, ahora Sanzu sabía que lo había estado observando demasiado.— Te los vi un día, de casualidad.
— ¿En serio?
— ¿Te gustan? Son...son sólo una baratija. Ya te lo he dicho, no lo tomes en serio.
— Baratija.
Repentinamente, Sanzu enarcó las cejas y elevó nuevamente el rostro hacia él. Finalmente le sonrió y cierta diversión le iluminó los ojos antes de que Mucho elevara las comisuras de sus labios imitándolo y logrando que Sanzu soltara una especie de risotada estrangulada sin dejar de mirarlo, recomponiéndose enseguida.
— ¿Qué es tan gracioso, mocoso?.— el término logró que Sanzu sonriera aún más y Mucho realmente deseó que aquella imagen se grabara en su cerebro a todo detalle.
— Que eres malo mintiendo. Estos aretes son de oro, ¿verdad?
Acorralado, Mucho chasqueó la lengua mientras apoyaba ambas manos sobre la mesa y se incorporaba, descubierto y un tanto avergonzado. La sonrisa de Sanzu flaqueó en sus labios mientras sus ojos seguían sus movimientos y Mucho vislumbró el instante en el que sus párpados se abrían un poco más al percatarse de que el mayor rodeó la mesa y apoyó su cuerpo en el borde de madera a escasos centímetros de donde Sanzu estaba sentado. Luego de varios segundos en silencio que para Mucho resultaron eternos, Sanzu parpadeó y desvió de nuevo su mirada hacia los aretes sobre la palma de su mano; acto seguido, cerró los dedos en torno a ellos e imitó a Mucho, incorporándose frente a él. La diferencia de alturas era marcada pero en esos momentos para el mayor Sanzu era más imponente porque por algún motivo que se le estaba escapando - o quizás no - parecía ser él quien dominaba la situación en todos los aspectos dentro de aquel galpón descuidado y mugroso donde la banda solía reunirse de vez en cuando.
Sanzu levantó el mentón y sonrió otra vez mientras extendía la mano con el puño cerrado hacia él; comprendiendo el movimiento y de nuevo reteniendo la respiración, Mucho extendió la palma bajo el puño ajeno, entre ambos. La mano más pequeña abrió sus dedos largos y delgados y aquellos dos aretes en apariencia sencillos cayeron sobre la mano de Mucho sin producir sonido alguno.
¿Acaso no le habían gustado? No, no era eso, Sanzu los hubiese guardado incluso si le parecían horribles…¿había sido porque en efecto eran de oro y no deseaba…?
El menor levantó otra vez la mano; sin embargo, en esa ocasión se le unió su otra mano y entre ambas hicieron a un lado el frondoso flequillo que adornaba el costado derecho del rostro de Sanzu, su cuello estirándose hacia el lado contrario y exponiendo su oreja derecha.
— ¿Podrías colocarlos tú? Soy un poco torpe, lo siento.
Las pestañas de Sanzu revolotearon en sus ojos los cuales no alcanzaron a captar el horror reflejado en el rostro de Mucho al tener el cuello inclinado hacia un costado. De nueva cuenta, Mucho parpadeó y carraspeó soltando el aire que había estado reteniendo en un suspiro casi interminable; depositó uno de los pequeños aretes sobre la mesa y se dispuso a luchar para abrir el otro. Aquella porquería era demasiado pequeña e incluso parecía resbaladiza pese a no estar húmeda.
— ¿Capitán?
— Ya voy, dame un segundo.
Aquellas palabras sonaron más agresivas de lo que Mucho hubiese deseado, pero lejos de estar molesto estaba agobiado por su propia mente; una cosa había sido animarse, luego de tanto tiempo a darle un pequeño obsequio, algo inocente que no despertara sospechas para evaluar qué tipo de reacción podía tener Sanzu ante una cosa así...y otra muy diferente que éste lo acorralase de aquella manera y que de aceptar el regalo la situación escalase al punto de pedirle que lo tocase para colocárselos.
— Prepárate, ahí voy.
Un sonido extraño parecido a una risilla escapó de Sanzu, pero Mucho no pudo prestarle demasiada atención concentrado en inclinarse sobre la oreja del más bajo; frunciendo el ceño, localizó el primer orificio en el lóbulo de su oreja y con la mayor de las delicadezas que sus grandes dedos podían manejar logró pasar la rosquilla sin mayores problemas.
El problema sobrevino al enroscar la pequeña pelotita que fijaba el arete en su oreja.
— ¿Todo…?
— Cállate.
Increíblemente y haciendo acopio de una concentración extrema en la faena que Mucho no hubiese creído posible de realizar considerando el temblor fino que ya gobernaba en sus dos dedos índices y el sudor frío que ya recorría las yemas de sus dedos, logró acomodar el primer arete en su sitio sin mayores inconvenientes.
— Ah...Capitán…
— Ahora va el segundo. Resiste.
— B-Bien.
El tono un tanto inseguro y confuso tendría que haber alertado a Mucho en esos momentos de que algo no estaba del todo bien o al menos, algo estaba fuera de lo usual. Sin embargo, no supo si por la desesperación por acabar con aquello antes de que su mente - o peor, su cuerpo - lo traicionara o porque realmente se había puesto como objetivo básico que la rosquilla de un arete no era contrincante digno de sus dedos...no había sido capaz de darse cuenta a tiempo que había terminado acorralando a Sanzu contra la mesa de madera y éste había quedado aplastado entre ésta y el cuerpo de Mucho.
Literalmente.
Al percatarse de aquello y con el segundo arete a medio colocar, Mucho había tenido como primera reacción coherente alejarse y al menos brindarle el espacio personal que se había atrevido a profanar.
Pero, aún sabiendo que esa era la actitud correcta...no pudo hacerlo. Sus ojos se habían desviado inevitablemente hacia el perfil de Sanzu, lo poco que podía ver de su rostro que su cabello rosado pálido no ocultaba...y fue testigo de su propia perdición.
Tragando saliva y sin poder retirar la mirada magnética sobre Sanzu, vio su mejilla levemente sonrojada, sus labios entreabiertos dejando escapar una respiración levemente agitada.
Y su ojo, su ojo derecho lo observaba con cierto brillo indescriptible a través de sus pestañas voluptuosas y en ese momento para Mucho, también lujuriosas.
No, era el brillo de su mirada lo que volvía su expresión del todo obscena y procaz.
Mucho se cirnió aún más sobre el cuerpo más menudo y acercó el rostro con demasía a la oreja derecha que en esos momentos había adquirido un leve tono enrojecido; su nariz rozó su piel intencional pero sutilmente teniendo como respuesta un suspiro suave que…
— ¡Mucho…! Ah, estás aquí, tú…¿interrumpo algo?
Si existía algo que contrastaba realmente en Sanzu era su apariencia falsamente frágil y delicada con la verdadera fuerza bruta que poseía. En menos de un segundo, Mucho se vio separado de su cuerpo casi a más de un metro producto del empujón que el menor le había propinado con ambas manos casi sin moverse de su posición.
Su rostro estaba pálido, sus ojos abiertos como platos, su cuello estirado hacia algún punto por detrás del hombro de Mucho.
Probablemente él también tenía esa expresión mezcla de desconcierto y espanto en el rostro.
Justo, ¡¿justo en ese momento Mikey había tenido que aparecer buscándolo?!
— No, claro que no. ¿Me buscabas, Mikey?
Mucho carraspeó e inhaló profundamente mientras volteaba hacia su líder, preso de una profunda decepción y frustración que intentó no se reflejara en su rostro. Sin embargo, no hubo una respuesta inmediata y supo el motivo al ver el rostro de Mikey. Se hallaba de pie en la entrada de aquel galpón desvencijado, las manos en los bolsillos y una postura casual, despreocupada.
Aún así, en su rostro no había ninguna sonrisa y sus ojos estaban fijos más allá de Mucho. Éste no tuvo que hilar demasiado fino para entender que aquellos ojos oscuros y profundos, aquella mirada ciertamente siniestra en esos momentos estaba conectada directamente con la de Sanzu y, de hecho, no se sorprendió al voltear y percatarse de que Sanzu le devolvía la mirada a Mikey con alguna especie de sentimiento compartido que a Mucho se le escapaba completamente dentro del silencio que se estableció entre los tres.
Repentinamente se sintió excluido por los dos, casi como si fuese él mismo quien hubiese interrumpido un momento íntimo.
— De hecho...no, estaba buscando a Sanzu, casualmente.
— ¿A...a mí?
La extraña tensión un tanto desagradable se disolvió en un instante; Mikey sonrió y sus ojos volvieron casi a la normalidad en tanto que la voz de Sanzu adquirió un nuevo tono agudo que Mucho no le conocía hasta ese momento.
— Ajá, a ti.
Cuando Sanzu le devolvió la sonrisa a Mikey, en ese mismo instante, Mucho percibió fuertemente que algo se le estaba escapando. Incluso llegó a pensar que le estaban tomando el pelo, pero sus pensamientos paranoicos se detuvieron en seco cuando la mano de Sanzu rozó su antebrazo con una sutileza que el contacto casi pareció efímero.
— Continuamos luego, ¿te parece?
De nuevo, aquel brillo lujurioso reapareciendo sólo por un parpadeo, un suspiro antes de desaparecer otra vez en la profundidad de aquellos ojos azules que Mucho aún no terminaba de descifrar del todo.
Suspirando, relajó la postura y palmeó el hombro derecho de Sanzu.
— Cuando quieras.
No sintió pesar y la frustración se disolvió rápidamente mientras Mucho observaba a Sanzu perderse junto a Mikey por la puerta apenas abierta del galpón.
Aún así, sin embargo...por alguna razón su corazón se sintió insatisfecho, casi engañado, tal y como si…
Aquella sensación acompañó a Mucho durante bastante tiempo e incluso, aunque lo intentó buscando otras salidas, jamás pudo deshacerse completamente de ella.
Hasta aquel día en el que lo comprendió todo, de hecho.
...Continuará...
