Malasaña
Hay un señor mayor frente a mí. No sé si tiene la vista perdida o si me está mirando, pero agacho la cabeza y desbloqueo el móvil. Llego tarde, para variar. Apoyo la cabeza en la ventanilla y espero a llegar a la próxima parada. La vocecilla metálica anuncia "Gran Vía". Bien, solo queda una.
Aún no entiendo las dimensiones de la siesta que me he pegado. He dormido bien, no me tocaba ir a la oficina y ni siquiera he salido a correr. No entiendo qué demonios tiene ese sofá en los cojines. Algún somnífero o algo así. Sopeso si decirle eso a Malton cuando llegue. Puedo ver sus ojos dorados mirándome con reproche. Mis excusas le resbalarán como si fuera un tobogán, y después dirá algo hiriente que no podré rebatir porque él se ha levantado a las 6 de la mañana para trabajar y ha llegado a la hora. Solo hay una cosa que puede salvarme y es que alguien más llegue tarde.
El metro vuelve a detenerse, esta vez en Tribunal. Me pongo en pie junto con el resto de gente. Veo sus caras e intento leer sus ojos. La expresividad de los labios es algo que las mascarillas nos ha robado. Una chica me mira, tiene los ojos marrones, bonitos y afilados por un eyeliner negro. En el momento en que las puertas se abren rompemos en contacto y todo el mundo sale en desbandada.
Como si hubiera sido a propósito, mi móvil empieza a sonar en cuanto saco el pie del vagón. Si no tuviera también la vibración ni siquiera me habría enterado. El andén está atestado de gente, una marea lenta de cabezas que va fluyendo hacia las escaleras. Miro la pantalla. Malton. No lo cojo. ¿Para qué? Ya estoy allí.
Subo las escaleras pesadamente. Veo a gente resoplar bajo la mascarilla y me acuerdo de la distancia de seguridad. Ja. Cuando llego a los tornos la marabunta de personas se ha dispersado en las distintas salidas. Por si acaso no lo toco y lo empujo con el muslo. Distingo delante de mí a esa chica con la que había cruzado la mirada. No me intriga saber cómo la he reconocido sin gafas tanto como saber cómo ha llegado ahí tan deprisa.
Las últimas escaleras dan a la calle y noto el aire templado de un Madrid por la tarde. Es seco y sucio, pero al menos mejor que el que hay dentro del metro. Frente a mí está el Museo de Historia, aunque apenas puedo distinguir su fachada rosa con la cantidad de personas que hay. Cientos de grupitos se agolpan en la acera. Unos charlan, otros esperan, algunos aguardan a que el semáforo se ponga en verde o cruzan esquivando taxis y buses. Parecen hormiguitas, todos con alguna tarea.
Echo un vistazo a mi alrededor y no distingo a nadie. Me pongo las gafas. Ahora sí, están apoyados en la verja. Distingo a Malton por sacarle media cabeza al resto. Con él están Ralis y Shad. Bien, falta uno.
Acorto la distancia entre nosotros y levanto ambas manos en señal de disculpa. –Perdón, perdón, llego un poco tarde.
Ralis bosteza tras la mascarilla sin levantar la vista del móvil. Lo sé porque se le humedecen los ojos y dudo que esté viendo algo triste. Shad la tiene bajada. Le da una calada al cigarrillo y el humo sube frente a sus gafas. Me saluda con un cabeceo.
–Llegas veinte minutos tarde, no un poco –me reprocha Malton.
–Ya lo sé, se me ha dado mal.
–Sí, la siesta.
–Bueno, al menos no soy el último.
–Anda cállate –gruñe Malton. Cuando se mete conmigo le sale acento. Qué castizo.
–Coocker ha salido de currar, llega en cinco minutos –responde Ralis sin levantar la vista–. Podemos ir tirando.
Agradezco mentalmente que haya cambiado de tema porque no quiero seguir disculpándome. Shad tira la colilla y se sube la mascarilla; cruzamos la carretera. Hay tanta gente que ni se distinguen los coches.
–¿Adónde vamos?
–A donde haya hueco –responde Malton. No va a malas, es un hecho.
Enfilamos una calle peatonal y a ambos lados empiezan a surgir bares. Son todos iguales y todos distintos. Misma estrechez, mismas mesas altas, distinta temática. Los hay oscuros como antros, claros como locales para tomar el té, rústicos de madera oscura y modernos con diseños metálicos. Todos ellos tienen algo en común, venden un zumo anaranjado con burbujas y espuma blanca.
El ruido de la calle es pura vida, personas contándose su día, discutiendo, diciéndose cosas bonitas. Subidos en los taburetes nadie lleva mascarilla. Puedo distinguir sus labios contorneándose al hablar y curvándose en sonrisas, una especie en peligro de extinción.
–Ahí –dice Shad. Ni siquiera miramos dónde dice, solo le seguimos. Esquivamos a la gente que camina por la calle y llegamos a nuestra meta. Una mesa alta rodeada de cuatro taburetes. Nos sentamos, sincronizados como una boyband. Yo cerca de la puerta. A mi lado Ralis, después Shad y al otro lado Malton.
–Falta un taburete –digo cuando me he sentado en el mío.
Malton hace un gesto con la cabeza hacia la mesa de al lado. Hay dos chicas hablando y dos taburetes vacíos. En realidad uno, el otro está cargado con bolsos y chaquetas. Ralis le echa un vistazo rápido. –Cuando venga se lo pedimos.
–¿Qué vais a querer?
La voz viene de mi espalda. Me giro y me encuentro con unos ojos azules que tienen algo que me revuelve por dentro. Más allá de esos ojos hay unas cejas que parecen perfiladas con un pincel y, más allá, una cascada de cabello castaño recogido en un moño. En su mano, una libreta y un bolígrafo. Diosas, es preciosa.
–Un tercio. –Shad rompe el hechizo. Le miro y me señala. –Un tercio. Tres y cuatro. Cuatro tercios.
–¿Queréis copa?
–Eh… –empiezo.
–No hace falta –interrumpe Shad, autodenominado portavoz.
Vuelvo a encararla y me sigue mirando, como si esperase a que terminase de decir lo que me habían interrumpido. Me encojo de hombros. –Pues nada, eso.
Sus ojos sonríen un segundo y se va.
–Joder, está buenísima –salta Malton. No tengo más remedio que asentir. Me vuelvo a girar y veo cómo entra al bar y habla con el hombre de la barra, que saca nuestras bebidas y las destapa. Ella mira un segundo hacia donde yo estoy y le aparto la mirada.
–Bueno, ¿cómo está yendo la semana? –pregunta Malton. Parece superar estos encontronazos mucho más rápido que yo. Después me señala–. Y no va por ti, perro. Que te ha tocado teletrabajar.
–Como si trabajar desde casa fuera tocarme las narices –respondo. Tengo que bajarle los humos–. Además, nadie me paga el trabajo de niñera.
–¿Niñera? –pregunta Shad, animado.
Malton frunce el ceño, pero me da igual. –Llevo dos semanas fregando platos para que no nos coman las ratas, y después me toca planchar.
–¿Pero no os dividís las tareas?
–Sí, se supone que él pone las lavadoras, pero después no plancha nada.
–No hace falta planchar si se tiende bien y después se dobla –aporta Ralis.
–Exacto –asiente Malton.
Lo destruyo con la mirada. –Las camisas sí se planchan, vago.
Llega de nuevo la camarera con nuestras cervezas. Las va poniendo frente a nosotros. Muevo la mía y se la pongo a Malton, que está en la otra esquina. Es un intento fallido de facilitarle las cosas, porque ella ya estaba poniéndole la última a él y casi nos chocamos.
–Uy, perdón.
–No te preocupes –responde. Cada vez que la miro a los ojos siento un chispazo.
–Gracias –respondemos cuando se va.
–Qué bobo eres –me dice Malton al momento. Lo hace para picarme, lo sé, lo sabe, todos lo sabemos. Le doy un trago a mi cerveza.
–Pues tienes la camisa sin arrugas –continúa Shad, mirando la camisa de flores que lleva Malton. Comienza a hurgar en su bolsillo.
–Es que si supieras lo que hace para que se le queden así –comienzo. Esta vez Malton baja la vista. Tocado.
Shad saca el paquete de cigarrillos y se pone uno en la boca. Aun así, pregunta. –¿Qué hace?
–Las mete entre el colchón y el somier.
–Tss… –bufa Ralis. Es el sonido previo a una carcajada, un comienzo que no llega a terminar. Solo Ralis sabe hacer ese sonido de forma que resulte humillante. Bebemos.
–Oye, ¿y tú desde cuando fumas tanto? –le pregunta Malton a Shad–. ¿Lo sabe Ashei?
–Claro que lo sabe –comienza Shad, frunciendo el ceño– . Sabe que bueno… a veces y tal.
El mismo rollo de siempre. La camarera pasa detrás de mí como una exhalación. Lleva la bandeja en alto con varios refrescos. Los sirve con eficiencia en la mesa que está detrás de Malton. Cuando vuelve me dirige una mirada fugaz, lo justo para pararme el corazón un segundo. Después mira nuestra mesa y desaparece de mi campo de visión.
–Sí, sí, sí… Anda dame un piti –ataja Malton, cogiéndole un cigarrillo.
–Lo que no puedes hacer es mentirla. Le cuentas más o menos, pero nunca la mientes –matiza Shad mientras se lo enciende.
–¿Contarle menos no es mentir? –dice una voz a mi lado. Coocker. Lleva una camiseta amarilla con un diseño sencillo, y unos pantalones negros que acaban en sus pantorrillas. También una bandolera de plástico que solo le queda bien a él. Tiene una facilidad innata para que todo le siente bien.
–Pilla ese taburete –dice Ralis. Coocker se baja la mascarilla, le da un beso rápido y va a preguntar a las chicas. Al momento está a mi otro lado.
–¿Qué estabais diciendo? –pregunta en cuanto se sienta.
Malton le da una calada al cigarro y después un trago a la cerveza. –El Shad aquí, un maestro de las verdades.
La camarera vuelve a aparecer entre Coocker y yo. Ahora le mira a él. –¿Qué quieres?
–¿Tienes una clara?
–Claro –responde ella. Es un juego de palabras tan tonto que nos saca una sonrisa a todos. Ralis vuelve a hacer ese sonido, pero ahora no suena a humillación. Ojalá saber hacer eso.
Vacío el tercio. –Y casi ponnos otras cuatro.
Me mira y asiente. No me había fijado, pero algunos mechones se le han escapado del moño y le quedan aún mejor. –Madre mía –susurro.
–¿Qué pasa? –pregunta Coocker.
–Que se ha enamorado, para variar –responde Ralis. Malton me mira con desprecio y niega con la cabeza.
–Oh… –dice Coocker, pasándome el brazo por el cuello–. Pues no le digas nada que está trabajando.
–La vena sindicalista –bromeo.
–Es que la atención al público es un coñazo –responde. Trabaja como dependiente en una tienda de ropa así que sabe de lo que habla.
–Es verdad, ¿qué tal el día? –pregunta Shad.
La camarera vuelve con las cervezas y comienza a servirlas. Cuando iba a poner la de Shad aparto la mía para que no le interrumpa la trayectoria. Aun así, ella esquiva el lugar en el que estaba colocada.
–Joder, no doy una –gruño en voz baja.
–Hahaha no te preocupes –responde, sujetándose un mechón tras la oreja. Cuando fija su atención en mí me pone nervioso–. Tengo la cabeza en tantas cosas que ni te imaginas.
–Bueno, gracias aun así –respondo. Los demás lo repiten. Ella se va.
–Pero qué bobo eres –dice Malton, otra vez.
–Ay, Malton. No seas así –le regaña Coocker. Después mira a Shad. –Pues yo bien, una señora se ha enfadado conmigo porque ha recogido un pedido de internet y no era de la talla que quería.
–Pero eso no es cosa tuya –responde Ralis frunciendo el ceño. Después bebe–. Tú no mandas los pedidos.
–Ya, eso explícaselo a la señora. Me ha puesto de guapo para arriba y…
Le doy un trago a mi nueva cerveza. Miro distraídamente hacia atrás. La camarera está parada a la entrada del bar, pero su mirada está clavada en mí. En cuanto la veo, baja la vista a la libreta y después hace como que está revisando una mesa.
–En resumen, el 80% de la gente es estúpida y muy maleducada –concluye Coocker.
–Quiero dejarle propina –digo en voz baja.
–¿Qué? –pregunta–. Ah, eso está bien.
–O tu número –añade Malton.
–No, eso no. Está trabajando –niega Coocker.
¿Realmente quiero dejarle propina? ¿Me gusta y la pago? ¿Qué tontería es esa? Es como si la estuviera… ¿comprando?
–Pff… es que no sé.
–Deja de rayarte –corta Shad–. Si le dejas propina es porque hace bien su trabajo. Ya está, no le des vueltas de más.
Parece como si me hubiera leído la mente. Rebusco en mi bolsillo y saco la cartera. Tengo un billete de 20€ y tarjetas, de crédito, del médico, de conducir, etc. Nada de suelto. –Estoy pelado.
–60 céntimos –dice Shad, sacando unas monedas oxidadas del bolsillo. Me las da.
–Tengo 5€ –dice Ralis. Tiene la cartera en la mano y el billete entre dos dedos–. Ve adentro y pide cambio cuando nos vayamos.
–¿Vamos a pedir otra? –pregunto.
–No, tengo hambre –dice Malton, reclinándose en el taburete–. Vamos a otro lado.
Me vuelvo a girar para pedir la cuenta. Su mirada ya estaba fija en mí. Tengo la sensación de que en ese momento soy su centro de atención. –La cuenta, porfa.
Ella asiente. Me levanto. –Pagad vosotros, le hago bizum a quien sea.
Entro en el bar y me cruzo con ella. Me aguanta la mirada un segundo más de lo necesario y sigue su camino. Me apoyo en la barra. –Perdona, ¿tienes cambio? –Le enseño el billete al de la barra.
Éste levanta la vista. Estaba preparando unas copas. –Díselo a mi compañera.
Estupendo. Bueno, puede quedar bien. Me da el cambio y le dejo lo que sea en la mano. Mientras trazo la estrategia salgo a la terraza. Shad, Coocker y Malton se están alejando. Ella se da la vuelta.
Me mira y ladea la cabeza. ¿Cómo sabe que voy a decirle algo? Levanto la mano con el billete. –¿Tienes cambio?
Sus ojos vuelven a sonreír y coge el billete. –Sí, claro. Espera.
Mientras entra me reúno con Ralis, el único que me ha esperado. Saco los 60 céntimos del bolsillo y veo que me sudan las manos. Genial. –Tienes que pagar a Shad.
La chica vuelve a salir. En su mano cinco monedas. Cuando voy a cogerlas se me caen los céntimos al suelo. –Oh –susurra ella, tratando de seguir el recorrido de las monedas.
Me muero de vergüenza y Ralis empieza a reírse sin hacer ruido. Termino de coger las monedas de su mano y me agacho para recogerlas del suelo. Cuando me levanto le doy la dichosa propina. Ella me mira entre expectante y divertida. –Bueno –solo me sale decir eso.
Vuelve a ladear la cabeza y noto cómo sonríe bajo la mascarilla. –Muchas gracias.
–A ti –digo antes de darme la vuelta.
Ralis no ha dejado de reírse en todo el rato. ¿Es aún más humillante cuando no dice nada? Nos juntamos todos más adelante.
–¿Qué ha pasado? –pregunta Malton.
Ralis hace el sonidito. –Nada, aquí nuestro amigo el conquistador.
Shad me ancla en la tierra. –Está siendo maja porque es camarera. Hace bien su trabajo.
Me doy la vuelta. La camarera acaba de salir del bar y se queda en la entrada. Nuestras miradas se cruzan una última vez. Levanto el brazo como un tonto para despedirme.
Ella hace lo mismo.
Este fic lo escribí como un homenaje a mi ciudad (Malasaña es un barrio de Madrid). También puede que a los que seáis de latinoamérica os parezca algo confusa porque he intentado que suene lo más natural posible, como yo mismo hablo con mis amigos. De hecho, algunas de las actitudes de estos personajes son de amigos míos, por eso me he divertido tanto escribiéndolo.
El tema de por qué he escogido a estos personajes es sencillo. Coocker y Malton (Pipit y Groose) son pjs de SS, algo que nunca he abordado, y sobre todo Malton me quedaba bien como "amigo complicado". Lo de Ralis y Shad son mi pequeña referencia a Invierno, mi fic muerto en combate. Tanto Link como Zelda tienen la apariencia de TP.
Es posible que haya secuela but no prometo nada.
Como siempre, cualquier comentario/crítica es bienvenida. Un abrazo y se me cuidan.
PD: Mi próxima obra sigue avanzando pero es larguísima. Pido paciencia y llegará.
PD2: Hay que tratar bien a la gente de cara al público.
