Pareja: Guido Mista x Giorno Giovanna
Temática: AU!Escolar | Romance
SCOPRIRE
—¡Al fin terminamos! —Kakyoin, el presidente del consejo estudiantil fue el primero en levantar la voz junto a un suspiro en cuanto las últimas revisiones estuvieron listas.
En ese momento, Giorno se puso en pie y sostuvo los papeles que descansaban sobre el escritorio de su superior.
—Los llevaré a la sala de maestros.
—Sí, por favor —dijo, a la par en que dejaba ir la espalda contra el respaldo del asiento—. Ah, la juventud —agregó, al ver como aquel chico no tardó nada en recoger los folios y dirigirse a la puerta.
En esa última semana recibieron los pedidos de materiales que necesitaban los clubes. Debían revisar todos los objetos, hacer un inventario y redactar un informe para el docente responsable de coordinar los diferentes talleres, Guido Mista, quien se encargaría de conseguir lo necesario con el presupuesto que la escuela destinaba a las actividades extracurriculares en cada periodo escolar.
Giorno mentiría si dijese que se ofrecía a hacer el trabajo de manera desinteresada. En verdad le gustaba pasar el tiempo con el profesor Mista, quizá se precipitaba al asegurar que sentía algo especial por él, ya que nunca se había interesado por nadie en particular; sin embargo, cuanto mayor fuera el tiempo que pasaba a su lado, más se contagiaba de esa tranquilidad que desprendía y que le hacía actuar seguro y comprendido.
Mista era un joven extranjero de veintitrés años que realizaba servicio social para liberar su título universitario. Similar a una pasantía. Consistía en un requisito de su país de origen, Italia. Tenía la posibilidad de realizar dicha labor en cualquier parte, así que ¿por qué Japón? La respuesta parecía rebuscada: tenía una vena otaku y anhelaba la facilidad para adquirir productos de edición limitada que no se vendían a otros países. Además, sabía japonés, no desperdiciaría la oportunidad.
Giorno fue designado como alguien en quien podía apoyarse por dos razones: en primera, formaba parte del consejo estudiantil; en segunda, hablaba inglés por su padre, italiano por su madre y, obviamente, japonés. De ese modo podría ayudarle a que se integrara mejor al ambiente y la cultura.
Nada tonto, Giorno aprovechó para mostrarle la ciudad los fines de semana y pasear por ahí. En poco tiempo se volvieron cercanos, aunque mantenían sus roles correspondientes dentro de la escuela.
El muchacho tocó con suavidad la puerta de la sala cuando se halló frente a ésta. Acto seguido, abrió con lentitud.
—Con permiso —anunció al adentrarse. No le sorprendió ver el lugar vacío, salvo por Mista, quien se encontraba echando una siesta en uno de los sofás.
Horas antes Giorno lo vio por la ventana de su aula, impartiendo educación física a uno de los grupos de primer año. En algún punto se puso a jugar con los chicos, seguro eso logró agotarlo.
Le fascinaba observar cómo vivía cada día al máximo sin estresarse por el mañana. Contrastaba con la mentalidad japonesa convencional y eso lo encandilaba.
Cerró con especial cuidado la puerta a sus espaldas y se encaminó hacia el escritorio de Mista. Colocó los papeles encima y dejó un post it con una nota en italiano indicando el propósito de los documentos.
Al finalizar, se acercó al otro con paso lento y admiró en el trayecto esos cabellos oscuros, desordenados y algo rizados que desconocía si eran naturales u obra de la almohada. Quería tocarlos, aunque detuvo la mano antes de lograr su cometido.
Distrajo sus ojos esmeraldas con la piel canela y los labios carnosos que tanto le atraían. Las yemas de sus dedos rozaron la mejilla del profesor y al no despertarlo con el contacto, una luz verde iluminó el subconsciente de Giorno. Al ser un chico de acción, no dudó en posar sus labios sobre el lugar que había tocado, tan cerca para acariciar apenas las comisuras de los ajenos.
Fue algo efímero, pero Giorno pudo sentir cómo el mundo a su alrededor se detenía para volver aquello tan duradero en el pecado más ardiente del infierno.
Se separó y salió de la sala sin hacer ruido alguno. Una sonrisa tanto tierna como satisfecha se dibujó en sus facciones. Al no cerrar los ojos durante el sutil beso, divisó cierto temblor en los párpados de Mista, una reacción involuntaria que, según leyó, ocurría cuando una persona tenía los ojos cerrados, pero se encontraba consciente, es decir, haciéndose la dormida. Por supuesto, lo comprobó con su propio padre, a quien le tocó las pestañas un día que lo encontró profundamente dormido en su estudio luego de trasnochar. En efecto, no obtuvo reacción. En otra ocasión, luego de verlo cerrar los ojos para descansar tras una larga lectura, hizo lo mismo y apreció ese movimiento en los párpados. Era de esperar que su padre le preguntara al respecto, por lo que argumentó que se trataba de un experimento originado por algo que encontró en Internet.
«¿Qué sientes en realidad, Mista?» dijo para sus adentros. En el mejor de los casos, lo habría apartado alarmado o avergonzado, incluso molesto, así que, ¿por qué no hizo nada? ¿Acaso eso significaba que tenía una oportunidad?
Entonces, tomó una decisión. Si Mista no daba el paso necesario, Giorno llevaría las riendas de la situación. Claro, no haría ningún movimiento en la escuela. No de nuevo. Arriesgaría demasiado si alguien se enterase.
Por su parte, Mista esperó varios segundos luego de escuchar la puerta cerrarse. Incluso abrió un ojito para asegurar que no hubiese nadie cerca y luego de comprobarlo, se inclinó hacia adelante con una consternación que resultaría irrisoria a ojos ajenos.
Abrió la boca a causa la conmoción, como quien suelta un alarido mudo. También se llevó las manos a la cabeza alborotando un poco más su pelo, después, las deslizó hacia sus mejillas, imitando aquella pintura icónica: El Grito, de Edvard Munch.
Un intenso color carmín comenzó a colorear desde sus pómulos hasta las orejas. Le resultaba imposible de creer lo que acababa de pasar. No pretendía engañar al chico.
Antes de que él llegara, se dejó caer sobre sofá para descansar un poco, aún debía revisar las tareas que le entregaron por la mañana, tan sólo había cerrado los ojos para mayor alivio.
Quiso levantarse cuando escuchó a alguien entrar, pero al oír la voz de Giorno supo que podía seguir con lo suyo. De hecho, giró el rostro mientras lo veía escribir algo y decidió hacerse el dormido para no interrumpir su buena intención.
Luego, ¡Boom! Esas ganas salvajes de comérselo a besos despertaron y ahora tenía el corazón desbocado, confundido, emocionado.
Se levantó de golpe para ir por Giorno, pero sus pies lo detuvieron en seco para obligarlo a hacer algo que sólo ocurría en ocasiones: pensar en las consecuencias.
¿Qué se supone que le diría luego de ir por él? Montar un teatro en la escuela sería fatal. Además, no es que estuviera molesto o algo así, sólo quería aprisionarlo contra la pared y mostrarle la sensación de un beso de verdad, uno pasional que involucrarse la lengua, saliva y sus alientos entremezclados. Quería verlo sonrojado y agitado. Quería hacer que le temblaran las rodillas a causa de la explosión de sensaciones. Quería tomar su inexperiencia y volverlo un maestro. Quería saborear cada rincón de su piel y enseñarle cómo se sentía tocar el cielo.
La pregunta que debía hacerse era: ¿Por qué lo ansiaba tanto?
Mista había tenido un par de novias a esas alturas de su vida y en otras situaciones se le fueron los ojos por unas buenas curvas, aunque de forma discreta, claro. Jamás actuaría como un pervertido. No obstante, nunca le ocurrió eso con alguien de su mismo sexo. Giorno resultaba encantador a su manera, tenía un aura difícil de describir, contemplar su sonrisa le producía cierto calor en el pecho, pero no se trataba de una chica y mirarlo de esa manera resultaría deshonroso, humillante y hasta estúpido de su parte.
Eso sí, él estaba seguro de que no le gustaban los chicos.
De ninguna forma.
¿Verdad?
De ser eso cierto, ¿por qué nada desagradable emergió de sus entrañas cuando Giorno lo besó? No sintió disgusto ni enojo, mucho menos asco. Tan sólo suspiraba por tenerlo cerca, abrazarlo y…
«¿Y qué?» No es que quisiera jugar con Giorno ni nada similar. El muchacho le agradaba. Más que un alumno, lo veía al igual que un amigo joven a causa de la edad. En las salidas que habían tenido por la ciudad encontraba su alivio. Al tener nociones de una cultura diferente a la japonesa, se hallaba cómodo, libre de sacar su personalidad sin restricción alguna y en varias ocasiones pudo ver a ese chico convertirse en su luz dentro de un ambiente desconocido.
¿Qué sentía por Giorno en realidad?
En ese preciso instante no se creía capaz de contestar. Como ya acostumbraba, daría un paseo con Giorno el sábado y aprovecharía ese momento para esclarecer sus emociones y pensamientos.
Por el bien de ambos, pasaría el límite que le imponían sus cadenas de ser necesario.
