Hola, chicas. Comenzamos con otro fic con el que volveremos al Bosque Encantado. En este fic no existe Storybrooke, veremos a la Reina Malvada, a Emma, como hija criada por sus padres, hechizos, magia, y amor, por supuesto.

Sinopsis: Tras la muerte del rey, la Reina Malvada comienza su búsqueda incansable de venganza: destruir a Blanca Nieves y a todos aquellos a quienes ella amaba. Sin embargo, con la ayuda de las hadas, Blanca Nieve y el Príncipe Azul consiguen proteger el castillo contra los hechizos de la reina, y durante ese tiempo, nace la heredera al trono: Emma. La hija de Blanca Nieves y el Príncipe Azul puede ser la única esperanza del reino, o su destrucción

La otra cara de Regina.

Capítulo 1.

–Veinte años, Majestad–dijo el espejo mágico –El hechizo de protección que las hadas han lanzado en el castillo de Blanca Nieves durará veinte años.

La reina desvió los ojos, brillando como antorchas encendidas. Pero el espejo vio cómo se contraían los músculos. Estaba furiosa.

–Maldita Blanca Nieves…Siempre escondiéndose tras los hechizos idiotas de las hadas–dijo ella, y entonces se giró, y fue acercándose al espejo a paso lento y amenazador –¿Por qué tanto tiempo?

–No lo sé, Majestad. Lo siento mucho.

–Imbécil…Nunca sabes nada-ella apretó los dientes y casi tiró una bola de fuego contra el espejo hablante, pero se contuvo.

Una rabia fría y amarga se asentaba en su corazón ya endurecido. Alzó la copa de vino y en vez de llevársela a los labios, la tiró contra el espejo. La copa desapareció. Parecía que había sido succionada por el rostro aprisionado al otro lado. Pero el líquido no atravesó el portal, sino que se derramó por los bordes como sangre.

–¡Rumpelstiltskin!–el grito salió más alto de lo que pretendía.

Y en una fracción de segundo, el corrupto e interesado mago apareció. Dejando escapar su ya tan conocida sonrisita, inclinó ligeramente el tronco hacia delante, haciéndole una reverencia.

–Majestad, ¿a qué debo la hora de su llamada?

–Sabes perfectamente el motivo de que estés aquí. No te hagas el bobo, ni hagas que pierda la paciencia.

–Vaya, vaya. Además de no responder a tu pregunta, tu espejo de compañía le roba el buen humor a su alteza. Creo que tiene defectos. ¿Quieres un consejo? ¡Deberías romperlo en pedazos!

–¿Por qué el hechizo de protección que las hadas han lanzado sobre el castillo y en todo el reino durará veinte años?–indagó, ignorando completamente su comentario.

–Esa información tiene un precio…

–Y tu silencio también.

–Un hijo. O mejor, una hija–al ver el desconcierto y el asombro en las facciones de la reina, Rumpelstiltskin sonrió antes de continuar –Su Majestad va a tener una nueva enemiga: la salvadora. La hija de Blanca Nieves y del Príncipe Azul. Las hadas agraciarán a la criatura con unos dones: belleza, fuerza, bondad, dignidad, inteligencia, perspicacia…

Mientras escuchaba el discurso del hechicero, la Reina Malvada juró que viraría esas cualidades contra la propia salvadora, y que no le traerían ninguna felicidad. Incluso la bondad le causaría angustia y nunca tendría paz.

20 años después…

Durante veinte años, Blanca Nieves había conseguido proteger a su pueblo de las crueldades y caprichos insanos de la Reina Malvada. Tras ese largo periodo, ella había reafirmado su derecho no solo al trono, sino también al lado de su marido. Le había probado a la Reina que ya no era aquella muchachita ingenua e inocente de diez años que había asistido a la muerte de su padre sin poder hacer nada. Pero los peligros y las exigencias del Bosque Encantado solo habían aumentado mientras Blanca Nieves intentaba prolongar el hechizo junto con las hadas, pero era imposible. Ya había durado demasiado. ¿Y cuántos enemigos, conocidos y desconocidos habían hecho con el pasar del tiempo? Blanca Nieves sabía que la Reina había conseguido armar un ejército y dominar los reinos vecinos sin ninguna dificultad. ¿Sucedía lo mismo en el Bosque Encantado? ¿Regina y su ejército atacarían el castillo y asumirían el poder?

–Blanca, ¿qué te pasa?

David se había levantado de la cama y despacio caminó hacia ella. Él tragó en seco, mientras sus pesadas manos se posaban lentamente sobre sus hombros tensos. La giró hacia él y la miró a los ojos. Perplejo, notó una gran desesperación en la mirada de la esposa, algo que nunca antes había visto.

–Cuando el sol salga, ninguna magia protegerá ya nuestro castillo ni nuestro reino. Temo por el pueblo, y sobre todo por nuestra hija.

–No habrá magia, pero estaremos tú, nuestra hija y yo, las hadas y nuestro pueblo. Juntos lucharemos y nos protegeremos.

–Emma solo tiene veinte años…

–No importa. Es una guerrera, una mujer. Sabe manejar una espada mejor que yo.

La sonrisa de ambos era forzada y tensa. Aunque lo intentara, Blanca Nieves no conseguía creer en él, pero, aun así, asintió en silencio, haciendo de todo para contener las lágrimas. ¿Estarían condenados a la ruina como un último sacrificio ofrecido en el altar de la Reina más poderosa de todo el reino?


–¡De nada sirve, Emma! Puedes ganarme con la espada, pero nunca me ganarás en una carrera–con los brazos cruzados, Ruby esperaba a que la amiga recuperara el aliento. La sonrisa victoriosa siempre brotaba en sus labios cuando la princesa la desafiaba y perdía el desafío.

–No vale–replicó Emma, aún jadeante –Has usado tus habilidades sobre humanas y por eso has ganado.

–¡Vaya, princesa! ¡Tú también usas tu don sobre humano cuando me desafías con la espada!

–Yo no tengo ningún don sobre humano. La única loba aquí eres tú. Y no me llames princesa…Sabes que no me gusta.

–Bueno, formas parte de la realeza y te guste o no, eres una princesa.

–Soy una guerrera.

–¡Está bien, guerrera! Ahora es mejor que volvamos a casa porque ya va a oscurecer.

Ruby comenzó a apartarse, sin embargo, Emma la alcanzó, la agarró por el brazo y giró su cuerpo para mirarla a los ojos.

–¿Ves eso?–preguntó Emma, mientras que con la vista estudiaba la noche que se acercaba.

Vio los campos abiertos ante ella, desdoblándose en ondas de un verde oscuro hasta encontrarse con miles de hectáreas del bosque negro que sus ojos jamás habían registrado.

–¿El qué?

–Todo eso…–abrió los brazos señalando aquel nuevo espacio –Esa parte del bosque…Siempre hemos venido y nunca lo había visto así, de esta forma.

–Emma, la derrota y el cansancio te hacen ver cuernos en la cabeza de un caballo. No hay nada diferente en el bosque…Ahora vámonos de aquí, ya va a anochecer.

–Espera. Quiero ir un poco más adelante…–dijo ella, preguntándose el motivo de que el crepúsculo de aquel día pareciera tan diferente al de otro días.

La vista de lo que parecía ser una nueva parte del bosque encantado era exuberante, pero salvaje y muy atrayente. Dando un paso hacia delante, Emma se concentró en los sonidos: era una mezcla de sonidos completamente diferente a lo que había escuchado a lo largo de su vida. Y tras eso, hizo amago de seguir un poco más adelante, sin embargo, el toque suave de la mano de Ruby en su hombro la detuvo.

–¿No irás a…?–la voz le salió temerosa y nada convincente.

–¿Por qué?–los ojos verdes se estrecharon, seguros de que había mucho más tras ese pedido.

–Ya te lo he dicho…Está oscureciendo…

–¿Desde cuándo tienes miedo a la oscuridad? Es más, ves mejor en la oscuridad que en la claridad del día.

La ausencia de una respuesta le dio a Emma la certeza de que no, no era la vista ni los sonidos que volvían el crespúsculo de aquel final de tarde tan diferente al de otros crepúsculos. Era algo que iba más allá de lo que ella conocía o podría imaginar.

–Habla, Ruby.

–No puedo.

–Soy la princesa heredera de este reino y te estoy dando una orden.

Los ojos de Ruby adquirieron un tono enrojecido de indignación.

–¿Ah, ahora eres una princesa?

–Eso mismo. Soy una princesa guerrera. Ahora empieza a decir lo que sabes.

–¡Yo no sé nada, Majestad!

–Está bien, volvamos al castillo. Pero mañana bien temprano, al nacer el sol, volveré aquí y descubriré lo que me estás escondiendo…

–¡Está bien!

Emma se echó a reír. Esa era otra batalla que ella siempre ganaba: Ruby nunca conseguía engañarla.

–Estoy esperando…

–Esta noche iré al castillo y te cuento todo lo que sé. Pero ahora vámonos de aquí…

Y cogieron el camino en dirección al castillo, cuyo tejado rojo dibujaba una extraña silueta en el cielo oscurecido. Aunque amara su hogar, Emma prefería el bosque donde tenía libertad, lejos del dominio sofocante de sus padres.

–¡Emma!–la voz preocupada de Blanca interrumpió sus pasos en mitad de los escalones de la larga y curva escalera que conducía a la planta de arriba, en donde se encontraban los aposentos privados.

–Hola, mamá. ¿Ha pasado algo?

–¿Dónde estabas? Ya te he dicho que no te alejes tanto del castillo.

–No me alejé del castillo. Además, estaba con Ruby.

–De cualquier forma, no quiero verte aventurarte en el bosque. Hay muchos peligros escondidos en ese bosque, Emma.

–Mamá, ya no soy una niña. Voy a tomar un baño y ya bajo para la cena.


Tras la cena, Emma se recogió en su habitación mientras sus pensamientos se dirigían sin quererlo hacia esa parte del bosque. Era imposible que no la hubiera divisado antes. Intentó concentrarse en otra cosa, pero entonces alguien llamó a la puerta.

–Has tardado–dijo Emma, abriendo y cerrando la puerta rápidamente en cuanto Ruby entraba en la estancia.

–Desconocía ese lado curioso e impaciente, su Majestad.

Revirando los ojos, Emma tiró de su mano y las dos acabaron sentadas en la cama.

–Estoy esperando, Ruby.

–Antes, me vas a prometer que no le contarás esto a nadie, mucho menos mencionarás mi nombre.

–No seas boba. Eres mi única mejor amiga. Ahora deja de enrollarte y habla de una vez.

–Mira, no conozco toda la historia. Lo que sé y escuché por parte de mi abuela es…

–Ruby…

–Está bien, calma–respiró hondo, como si estuviera reuniendo valor –Antes de que tú nacieras, las hadas lanzaron una magia muy poderosa alrededor del castillo. Todos los habitantes de este reino han quedado protegidos durante veinte años, pero ahora, la magia acabó y todos estamos vulnerables.

Con el ceño fruncido, Emma desvió la mirada por un instante, pestañeando mientras absorbía la sorprendente revelación.

–¿Qué tiene que ver todo eso con aquel lado oscuro del bosque?–preguntó Emma, embargada por una inexplicable sensación de intranquilidad.

–Es allí donde vive la mayor y peor enemiga de tus padres, la Reina Malvada. Antes no veías esa parte, porque la magia de las hadas separó los dos lados del bosque. El bueno y el malo. Pero ahora todo será como antes.

Emma miraba a la amiga y se removía en la cama, como si de repente un malestar físico hubiera aparecido.

–¿Reina Malvada?–repitió Emma. Al levantarse de la cama, dio unos pasos por el cuarto y volvió de nuevo su atención en Ruby –¿Por qué esa Reina Malvada es enemiga de mis padres?

Ruby suspiró, se levantó y se dirigió a la ventana. Era noche de luna llena y sonrió, agradeciéndoles a las hadas por haberle enseñado a controlar sus transformaciones.

–¿Ruby?

–Disculpa. Me he distraído un momento.

–¿Entonces?

–No sé cuál es el motivo de la enemistad entre ellos. Solo sé que esa mujer fue la segunda esposa de tu abuelo, y por eso se convirtió en reina. Pero entonces, algo sucedió cuando tu abuelo murió, y con la ayuda de las hadas buenas, tu madre consiguió expulsar a la Reina Malvada del castillo y asumió el trono.

–¿Por qué será que mi madre nunca me ha contado esto?

–Ciertamente lo ha hecho para protegerte y si yo fuera tú, no traspasaría aquellos límites. La Reina Malvada puede usarte para vengarse de tu madre.

Emma dejó escapar una risa y enseguida dio un salto, y de forma ágil, desenvainó la espada.

–¿De verdad crees que una vieja bruja es rival para mí?–movió la espalda con habilidad y rodeó a la amiga.

–No es una bruja, y no es vieja. Dicen que es la mujer más hermosa de todo el reino. Una beldad de otro mundo.

Emma devolvió la espada a la vaina mientras una sensación familiar de encogimiento en su estómago crecía sin freno. Tragó en seco, intentado imaginar las facciones de la tan temida y misteriosa desconocida.

–¿Tú ya la has visto?

–No. Pero escuché relatos de quien sí la ha visto. Hasta hoy no se sabe si las personas la obedecen por miedo o por la belleza física que posee.

Emma se obligó a mantener el ritmo regular de su corazón mientras escuchaba las palabras de la amiga. Aunque lo había intentado, no consiguió reprimir una sonrisa que le invadió el rostro.

–¿De qué te estás riendo?–Ruby preguntó, pero antes de que Emma pudiera responder, se escucharon golpes en la puerta. Era el mayordomo, avisando que de Eugenia estaba esperando a su nieta para marcharse.

Después de que Ruby se hubo ido, Emma se tiró en la cama y repasó lentamente todo lo que la amiga le había contado. Aunque quisiera preguntarle a su madre sobre la historia, se prometió a sí misma que no lo haría, no sin antes encontrar a la Reina Malvada.


A la mañana siguiente, cuando el sol ya llevaba tiempo en lo alto, Emma montó en su caballo y atravesó los portones del imponente castillo. Tras una larga cabalgada, dejó al animal en un lugar seguro y desapareció en el bosque oscuro. Con su afilada espada en ristre, daba golpes a las ramas de los árboles que dificultaban el paso. Fue cuando descendía una pequeña colina que Emma notó una silueta hundiéndose en un lago a pocos metros de allí. Aproximándose cuidadosamente, se escondió detrás de un arbusto y observó. Entonces, Emma vio que una mujer emergía del agua poco tiempos después, se paraba en la orilla y ladeaba la cabeza para deshacerse del exceso de agua en sus cabellos negros, desnuda como había venido al mundo, y por lo que parecía muy cómoda con ello. De repente, desapreció y Emma llegó a pensar que se había tratado de una ilusión. Pero la voz grave y ronca de detrás de ella hizo que diera un salto.

–Vaya, vaya…Tenemos a una espía por aquí…

Al girarse rápidamente, se desequilibró y cayó de culo en el suelo. Quedándose donde estaba, Emma tardó un instante en recomponerse, sabiendo que su reacción no era para nada la adecuada. Su mirada aguantó la de la mujer que tenía delante, durante un momento demasiado largo hasta que descendió por los pechos desnudos y continuó el camino hasta pararse entre las piernas, asimilando todo su aspecto. Regina dejó escapar una sonrisa perversa, y Emma sintió una onda de calor emerger en la base de su columna y viajar hasta su rostro mientras sus ojos continuaban vidriados en aquella mujer desnuda por completo frente a ella.