Aclaro que Dragon Ball no es de mi propiedad y este escrito sólo es producto de mi mente retorcida… sin afán de lucrar.
Esta corta historia ha nacido de la pregunta ¿Cómo diablos un sujeto tímido, reservado, respetuoso y bondadoso como Trunks es capaz de destazar (y carbonizar) a sus enemigos sin pestañear siquiera?
He venido a matarlos a todos ustedes
So tell me it's alright.
Tell me I'm forgiven, tonight.
Nobody can save me, Linkin Park.
Es casi blanco el cielo esta mañana. Un grueso vaho se ha formado frente a mi nariz debido al frío.
Diciembre estaba resultando ser inclemente y aún faltaba mucho para que con la primavera asomen algunos rayos de sol. Eso seré una diferencia, pero yo sé que llegado el verano habrá lugares en donde el frío no desaparecerá. Lugares donde el frío se enraizará como una mala yerba.
Bajo de nuevo al albergue por las destrozadas escaleras. El frío que se cuela por la puerta de la terraza mengua conforme bajo. Este año el albergue está más vacío que el anterior y más que el anterior a ése. Como viene sucediendo en los últimos años.
Echo un vistazo buscando qué hacer. Hay una fila frente a la cocina, donde la señora Wendy sirve avena caliente en los cuencos que las personas llevaban en las manos. No hay nadie más de los encargados, mamá seguramente está ocupada con la empresa y yo no me he levantado tan temprano para no hacer nada.
El frío es sólo un poco soportable a consideración del exterior. La nieve se amontona en los ventanales, me detengo a pensar que durante la noche ha nevado al menos unos quince centímetros.
El vaho sigue saliendo espeso de mi boca, así que me subo el cierre hasta arriba y me echo la capucha sobre la cabeza para dirigirme hacia el depósito, apurando el paso.
Tomo tres mantas gruesas en el regazo y camino entre los catres. Reparto dos, a personas que están sentadas y no haciendo fila, antes de llegar a ella.
Es sólo un ovillo sobre el catre en aquella esquina y pienso que por más que se encoja en sí misma, en la fría esquina, no entrará nunca en calor.
—¿Quieres una manta? —le pregunto. Me da la espalda, pero espero que a esa distancia me escuche. No lo hace. —Oye. Toma, por favor.
Esta vez mi petición surte efecto y ella se gira hacia mí.
Tiene la piel casi tan blanca como la nieve que yace en el exterior, los ojos de un azul más claro que el de los míos, coronados por unas largas y tupidas pestañas negras. Un largo cabello negro ensortijado. Ella parece una muñeca.
—Gracias —me dice cuándo sus temblorosas manos toman la manta.
La observo cubrirse con ella y quedarse quieta. No puedo despegarme de allí de inmediato, nunca antes la había visto. Miro a un lado y a otro, buscando a quien estuviera pendiente de ella.
—¿Llegaste anoche? —pregunto.
—Me dejaron aquí hoy muy temprano…
El me dejaron con esa tristeza en la voz era lo que estaba deseado no escuchar.
—¿Tus padres?
Sus ojos se cristalizan y yo desearía no haber preguntado.
—Ellos… ellos… atacaron muy cerca…
Trago duro. Las lágrimas de ella manchan la manta con gotas oscuras.
—Lo lamento mucho — deseo tener algo mejor que decir, pero ¿Qué palabras pueden aliviar el dolor de perder a tus padres en esta ultrajada tierra? —S-si necesitas algo… yo, estaré por aquí…
No puedo evitar salir por la puerta de acceso casi corriendo. Si necesitas algo, yo estaré por aquí… ¿Qué clase de respuesta era esa? ¿Qué clase de ayuda le había ofrecido? Ninguna de calidad. Pateé con fuerza una lata que estaba tirada a la salida y el objeto metálico voló bajo la blanca luz del sol y terminó cayendo en el colchón de nieve que era la carretera.
Hundí los hombros de tristeza.
…
—Mamá…
La vocecita del niño vibró a través de la carrocería que estaba suspendida sobre ella. Bulma se detuvo en su hacer para escuchar lo que su pequeño hijo quería decirle.
—¿Sí?
El silencio se prolongó un momento, Bulma esperó con paciencia a que el niño se decidiera a hablar y regresó a trabajar.
—¿Por qué las personas se matan unas a otras?
De acuerdo, esa era una más de esas preguntas que últimamente preguntaba. Trunks rozaba los cinco años de edad y tenía una mente muy despierta. Una mente despierta con un espíritu inocente y bondadoso.
—Bueno… —¿Había algún manual para explicarle lo complicado de la humanidad a un niño? —. Las personas a veces son violentas o luchan por sus propios ideales creando guerras, lo que provoca que las personas se maten unas a otras… y también… bueno, hay personas que simplemente hacen el mal.
—¿Qué es hacer el mal?
Bulma se humedeció el borde de la boca con la lengua.
—Bueno… hacer el mal es hacer algo contrario a lo que entendemos por bien, es algo que no es aceptado o tolerado por la sociedad.
—¿Cómo matar? —preguntó el niño agachándose para verla bajo la nave que estaba arreglando su madre.
Bulma miró el ceño fruncido del niño sobre sus azules ojos, oscurecidos por su largo tupé.
—Así es…
—¿Papá era malo?
Bulma dejó las herramientas a su costado. Respiró hondo. Nunca había querido engañar a Trunks con una falsa idea de su padre y el niño era mucho más perspicaz de lo que creía.
—Tu padre es un buen ejemplo de ello —resolvió Bulma volviendo a lo suyo con renovada seguridad —. Él se regía bajo otras leyes, diferentes a las de nuestro planeta. Las cosas que haya hecho en su tiempo fueron diferentes en su momento, no quiero decir que fueran aceptables, pero sí entendibles, sin embargo él cambió de pensar cuando llegó a la tierra.
Trunks dejó reposar su regordeta mejilla sobre su rodilla, sopesando lo que su madre acaba de decirle. Bulma esperó con calma su respuesta, preparada por si él seguía con su bombardeo de preguntas.
—Entonces mi papá era malo, pero luego se volvió bueno.
Bulma sonrió levemente, recordando a Vegeta. Ojalá las cosas fueran así de sencillas para comprender.
—Trunks… no hay personas malas o buenas completamente. Todos tenemos defectos —mucho más que defectos pensó.
—¿Pero los andriodes son malos, verdad? Ellos no son humanos.
Bulma pensó en que en algún momento lo habían sido y se preguntó si algo de esa humanidad quedaba en ellos. Eran caprichosos y egoístas. Unos verdaderos monstruos.
—Si nuestra justicia pudiera… hace mucho que se les hubiera detenido, Trunks. Ellos lastiman a las personas, destruyen a las familias… y eso está mal, muy mal. Eso es hacer el mal.
…
El día anterior salí huyendo de su dolor. Estoy avergonzado. Siento la necesidad de ayudarla, de hacer cualquier cosa para mejorar su vida. La de todos. Ojalá Gohan pronto pueda derrotar a los androides. Siempre he soñado con eso, desde que tengo memoria. Mi madre me ha dicho que quizás es cuestión de tiempo que él se vuelva más fuerte y los derrote… Eso lo viene diciendo también desde que tengo memoria.
Acabo de cumplir los trece y he empezado a preguntarme cuánto más tardaría en suceder eso. Quizás si yo mejorara podría ayudar a Gohan a tener un mejor entrenamiento y hacerse más fuerte, pero aún no logro convertirme en súper sayajin. No le soy de ayuda.
He subido al albergue desde mi cuarto con la firme decisión de mejorar mi estúpida respuesta de ayer, pero no estoy seguro de poder hacer algo bueno por ella.
—¡Trunks! ¡Hijo!
El grito de mi madre llama mi atención. Está en el lado este del albergue junto a los ayudantes. El gran calefactor está ocupando su lugar habitual y los cables, anchos y viejos, se esparcen por todo el suelo. Camino con alegría hacia ellos. La nieve no ha hecho otra cosa más que endurecerse y el viejo calefactor los mantendrá calientes durante los días más duros.
—¿Quieres darnos una mano?
Yo asiento. Mamá me ha pedido que no muestre mi fuerza delante de las personas, creo que teme que ellos me confundan con un nuevo androide. Nunca me lo ha dicho, pero creo que le aterra que las personas vean de lo que soy capaz y hagan un mal juicio de mí.
La verdad es que yo no quiero que me teman.
—¿Qué necesitan?
—Oh, no es gran cosa —responde Bru.
Bru es el hombre que tiene tres años ayudando en el albergue. La mayoría de las personas entran y salen. Un año están aquí y otro… quizás ya ni siquiera lo estén. Bru no es el único que ha regresado este año, Wendy también lo ha hecho, y Martín, el chofer del camión de suministros.
Cuando el invierno encrudece las personas buscan la seguridad del albergue.
—Sólo presiona del botón hasta que yo te diga.
He hecho esto antes y no es nada difícil, pero me siento contento de ayudar en algo. Bru enciende el calefactor que suelta una serie de bramidos y el calor empieza a sentirse lentamente.
—Vaya —dice mi madre —, aún me sorprende que funcione.
—Y lo hará señora Briefs —resuella Bru poniéndose de pie con dificultad —, mientras pueda seguir dándole mantenimiento.
—Gracias Bru —dice mi madre —. No sé qué haríamos sin ti.
Bru sonríe y asiente restando importancia. La verdad es que mamá es capaz de hacer funcionar cualquier cosa, teniendo lo necesario claro está, pero agradecemos la ayuda de todos.
—¿Necesitan algo más? —pregunto presto para seguir.
—No hijo —me responde Bru —sólo acomodaré los cables donde no estorben. Dejaremos que tu madre termine de calibrarlo.
Sonrío, Bru es mayor, pero le gusta hacer lo que sea necesario. Lo cual es bueno, porque la he visto caminar de la cocina a su catre. Ella se ha sentado allí a comer algo y yo estoy intentando darme valor.
Camino no sin cierta torpeza hacia ella y le saludo con la mano. Ella eleva sus ojos a mí.
—Hola —responde.
Nunca he sido muy sociable, creo que soy bastante tímido y me cuesta iniciar una conversación con alguien desconocido, pero hoy haré mi mejor esfuerzo.
—Ya han encendido el calefactor, espero que lo del frío mejore —digo girando a ver dónde Bru y mi madre están haciendo los ajustes.
—Sí —susurra ella.
—¿Cómo te llamas? Olvidé preguntarte ayer.
Ella parpadea y me responde.
—Me llamo Midori, ¿y tú?
—Me llamo Trunks.
—¡Gracias, Trunks!
Su inadvertida alegría me toma por sorpresa, ha elevado la manta de su regazo sólo un poco con su mano libre y me doy cuenta de qué está hablando. Me sonrojo, es tan insignificante. El dolor permanente en sus ojos me lo recuerda.
—No es nada —musito—… ¿Quieres… quieres conocer la corporación? —le pregunto.
No es que haya más lugar a donde ir. Tampoco es el lugar más interesante para recorrer, pero es lo que hay.
Ella me mira por unos segundos, deteniéndose a pensar, quizás no me he explicado bien.
—Claro —responde y luego medio sonríe.
—Genial.
Me siento feliz y nervioso al mismo tiempo. La verdad es que no tengo amigos, además de Gohan nunca he tenido a alguien tan presente en mi vida, pero me gustaría tenerlos. Me gusta pensar que no es que no pueda conservarlos, sino simplemente que en algún momento, más pronto que tarde, se deben marchar.
—Me han advertido que no debo ir sola por ahí y que está prohibido subir las escaleras hacia los pisos de arriba.
Eso era verdad, por una razón, pero ella iba conmigo.
—No te preocupes, las escaleras están algo fracturadas, pero te diré donde pisar.
A las personas se les pide que no transiten por las plantas altas debido a lo fracturadas que están, tampoco se les permite bajar a los pisos inferiores donde se labora, y donde mamá y yo vivimos.
Hemos llegado a las escaleras. Siempre he pensado que mi hogar debió lucir mucho muy elegante años atrás, pero eso es algo que no puedo recordar, nunca me ha importado que ahora no luzca así, tenemos lo necesario para vivir cómodos y estoy agradecido de tener un hogar.
—Ten cuidado con el segundo escalón, se está desmoronando.
Midori brinca el segundo escalón en su subida y yo le sigo. La verdad es que continuar desde aquí es fácil, pero ella parece temerosa.
—Bueno… es un lugar muy feo… —admito.
—No —responde ella mientras tuerce a la izquierda y se asoma hacia el último piso. Sus largos rizos se balancean en el aire, mientras sus hombros permanecen inclinados y pienso otra vez en que ella parece una muñeca, una de esas antiguas que son muy frágiles —, sólo parece un edificio más abandonado.
Sonrío.
—Ven, es aquí adelante.
Cruzamos el pasillo hacia la puerta de la terraza y un violento frío nos da la bienvenida al exterior. El blanquecino cielo esconde al sol, pero hay suficiente luz para apreciar la ciudad a medias ruinas.
Los ojos de Midori brillan de la emoción por un momento y eso me hace sentir mejor, algo emocionado. Le extiendo una mano y no puedo evitar sonrojarme por un momento, ella la toma y caminamos por la orilla, pegados a la pared hasta alcanzar el barandal en la orilla.
—Este lugar es bonito —dice tras de mí—, ¿por qué no lo reconstruyen?
Vuelvo a sonreír y giro a verla.
—Es parte del camuflaje. A los androides hace rato que no les llama la atención esta ciudad medio destrozada.
Midori parece estar de acuerdo y asiente. La suelto y dejo que se tome del barandal mientras miramos el nevado paisaje frente a nosotros. La ciudad luce desierta, aunque yo sé que hay personas allá afuera, pequeños kis que desde hace algunos años puedo detectar se extienden a kilómetros.
—Gracias —dice.
La miro y no puedo más que bajar la mirada después. Es tan poco lo que puedo hacer por ella. La verdad me golpea tan demoledora y real que duele.
…
El ruido de las olas es lo único que escucho en este momento, incluso mi corazón se ha calmado después del duro entrenamiento y me concentro en el golpear de las olas en la arena. La espuma sube y baja, no hay aves en el horizonte.
Gohan está tendido a mi lado, relajado y desparratado, tiene los brazos cruzados bajo su cabeza y los ojos cerrados al sol. Quisiera ser tan contenido como él, tan fuerte, tan poderoso.
—Oye Gohan… —inicio, como de costumbre mi petición de siempre— ¿Cuándo volveremos a entrenar?
Gohan no se inmuta.
—Trunks, no te preocupes por eso —resuelve animadamente —, sabes que te iré a buscar.
Lo sé, demonios si lo sé. Cierro un puño y no puedo evitar fruncir los labios.
—Lo sé, pero… es que a veces pasa tanto tiempo.
Gohan se sienta y su sombra se proyecta sobre mí y me hace pensar en que aún me falta mucho para llegar a su talla.
—Yo… lo siento, Trunks, la verdad es que me ocupo, pero vendré por ti lo más pronto que pueda. Lo sabrás mucho antes de que llegue si te concentras en mi ki. No dejaremos el entrenamiento, lo prometo.
Me mira con una sonrisa en sus labios y yo le creo. Él dijo que me entrenaría aunque soy un niño y sé que lo cumplirá.
Asiento y espero que mi espera no sea muy larga.
—¿Sabes Trunks? —pregunta mirando hacia el mar—. Hay muchas personas allá afuera que necesitan ayuda, ayuda además de protección contra los malditos androides.
—Lo sé —respondo—, por eso mi madre tiene el albergue.
Gohan baja sus ojos dubitativos hacia mí.
—Así es… y… quizás algún día tendrás que salir a ayudar a… a esas personas.
El rostro de Gohan se ensombrece de manera extraña, me doy cuenta de que, al igual que yo estoy creciendo, él es un joven que se está convirtiendo en un adulto y por un momento siento que hay algo enorme que nos separa, algo mucho más grande que la diferencia de edad, que la diferencia de poder, algo que escapa a mi comprensión y me siento pequeño. Me siento pequeño porque por qué otra razón no me explicaría él. ¿Por qué no lo compartiría conmigo? Es porque soy un niño y necesito crecer. Necesito eso que dicen los adultos. Madurar.
—Pero hemos terminado por ahora —me mesa el cabello y yo sin verlo venir intento disimular mi molestia. Su sonrisa ahora es todo diente y no puedo evitar sentirme alegre de que aquella sombra haya desaparecido. Algo había drenado mis pulmones, ahora el aire, libre y ligero ha regresado— ¡Vayamos a buscar algo de comer! ¡Muero de hambre!
…
Hoy es Navidad. Martín llegó hace dos días con un frondoso pino que casi no cabía por la puerta de acceso, había empezado a "ayudar" lentamente cuando Gohan llegó y terminó el trabajo.
Yo pensé que iríamos a entrenar, pero él se enfrascó en una plática teórica con mamá, así que me fui derecho a contemplar el ligero alboroto que el enorme árbol suscitó. Wendy encontró adornos navideños en algún lugar y Midori y yo nos divertimos ayudando a ponerlos. La mayoría participó y fue un buen momento, lo fue hasta que Gohan se fue y luego sucedió eso.
Me lanzó un paquete que atrapé en el aire.
—¡Es tu regalo! —dijo despidiéndose con dos dedos al frente.
—¡Oye, aguarda, el tuyo! —le dije.
—¡Volveré luego! —dijo y desapareció por la puerta.
Típico de él, lo dejé de lado, ya le entregaría su presente cuando volviera. Regresando a lo del árbol repartimos los adornos para que los demás participaran. Las mujeres se levantaron a medio camino, el grupo de hombres que había agrupado cerca del calefactor nos ignoró.
—Te digo que es de un sólo uso —alcancé a escuchar a uno cuando pasé cerca de ellos, otro soltó una carcajada irónica.
—No te lo creo, esa mierda está más vieja que mi abuela.
Desvié mis ojos con disimulo y alcancé a ver de qué hablaban.
—Bueno, si no la quieres tú te lo pierdes —respondió molesto un hombre alto y pelirrojo, agitando la ballesta frente a una cara desinflada.
—¡Oye tú! —gritó el que estaba sentado a un lado —¡Baja esa maldita cosa! ¡¿Es que quieres disparar ese vestigio aquí?! ¡Estúpido!
—¡¿A quién llamas estúpido?! —saltó en el acto el hombre de la ballesta.
Yo ya estaba de frente a ellos, ¿Qué le sucedía a la gente a veces? ¿No les era suficiente con las peleas de los androides allá fuera? ¿Por qué peleaban entre ellos? ¡Eso me irritaba mucho! Estaba listo para separarlos si se les ocurría empezar. Las mujeres atrás se detuvieron al escuchar el escándalo, una madre abrazó a su bebé.
—¡A ti! ¡Imbécil! —respondió el hombre viejo sin amedrentarse— ¡Baja eso ahora mismo! ¡¿Qué no ves que hay niños presentes?!
El llanto de la bebé se escuchó tras el griterío. Eso fue como un detonante.
—¡¿Qué sucede allí?!
El grito de mi madre sonó como un trueno. Ella simplemente avanzó a través de mí como una leona. Los hombres se pusieron de pie, en silencio por un momento. Sus ojos debían de estar llameando por que los vi inquietarse.
—No es nada señora —respondió el de la carcajada—, ni siquiera un mal entendido.
El hombre agitó las manos frete a él y sonrió, pero los brazos en garras de mi madre no bajaron.
—¡Saben que deben mantener las armas bien guardadas en este lugar!
Ellos asintieron.
—Sólo intentaba vender el arma… señora —dijo el pelirrojo alto.
Mi madre se cruzó de brazos.
—Aquí no es el lugar, pueden salir afuera.
Eso fue todo. Mi madre abandonó el lugar, pero no su advertencia. El hombre pelirrojo la siguió con la mirada hasta que desapareció dirección abajo. Odié como la miraba, era esa forma de ver un pedazo de carne andante. Su mirada se detuvo un momento en mí, ¿Qué veía? ¿Apenas un adolescente? No tenía idea.
—Trunks
La voz de Midori me trajo de nuevo a flote. Estaba ligeramente inclinado con los puños apretados y los pies separados, un animal a punto de atacar.
—¿Quie… quieres seguir?
Me sentí tan mal, ofuscado y molesto. ¿Qué me sucedía?
—Sí, claro.
—Tu madre debe ser la mujer más valiente del mundo —dijo Midori con una mezcla de admiración y tristeza un rato después.
—Lo es —dije mientras le pasaba a la bebé la última esfera. Ella saltó feliz y pensé que quizás ya tenía los tres o cuatro, pero era pequeña.
—Y es muy buena —agregó después.
Quise decir que también era la más inteligente y lo orgulloso que soy de ser su hijo.
Viéndolo bien hoy también debe ser la más generosa. No faltaron los regalos, mamá no acostumbra subir y cenar en el albergue, eso es cosa de los dos, pero he subido a ver algo de alegría. Midori ha encontrado unos guantes y bufanda a juego entre las cosas bajo el árbol. Resulta que Gohan me regaló un libro, yo haré lo mismo.
…
Esta mañana me he despertado a algo terrible. Apenas he subido cuando las caras largas y el llanto se han puesto a la orden del día. Mi primera reacción es acercarme a Midori, pero lamentablemente entiendo lo que sucede mucho antes de que pueda explicarme con sus desesperadas palabras. Wendy está consolando a la joven madre.
—La encontraremos, ya verás, ya verás.
Las rollizas manos de Wendy le frotan la espalda mientras gruesas lágrimas escapan de los abultados ojos rojos y un lamento desgarrador sale de su garganta.
No puedo comprender su dolor, pero debe ser el dolor más grande del mundo.
—Hemos puesto a todos en su búsqueda —dice mi madre apenas cruza la puerta de acceso—, es muy pequeña, no debe estar lejos.
—No pue-puedo commmprendeeer —Aúlla la madre— cómo pudo salir. Yo estaba dormida ¡Hay Dios mío estaba dormida!
Giro mi rostro hacia mi madre, mientras soy consciente de que Wendy intenta calmar el ataque que aquella mujer está teniendo. Mi madre no necesita hablarme, sé lo que debo hacer. Salgo corriendo, quizás casi volando y despego cuando creo que nadie me ve. Soy un halcón en el aire.
Todos están buscando. Han peinado las calles aledañas y preguntado a los vecinos y extraños. No llevamos una foto y sé que una niña perdida en este lugar no es algo nuevo, pero al final del día me sorprende que no aparezca.
—Quizás mañana, vamos mujer —dice Bru con la frente cubierta de arrugas —, debes tener fe.
—La encontraremos, he llenado el tanque y no paremos hasta encontrarla —asegura Martín.
…
—No es la primera vez que se pierde un niño —le dice mi madre a Gohan con pesar —el año pasado se escapó una niña.
—¿No era más grande? —preguntó Gohan.
—Sí, lo era.
Gohan se queda muy serio y yo me acerco para entregarle su presente.
—Gracias… —me agradece guiñándome un ojo que yo respondo con los pulgares arriba—. Bulma, no has pensado en lo que te dije.
Mi madre sopla un mechón de su frente y pone los ojos en blanco.
—Sí, he pensado seriamente en cerrar el albergue.
—¡¿Qué?! —no puedo creer lo que estoy escuchando— ¿Cerrarlo? ¡No! ¿Por qué quieres que lo cierre? ¿Por qué piensas cerrarlo?
—Oh Trunks, cada vez hay menos personas viniendo aquí —se disculpa ella conmigo y yo no puedo creerlo en verdad —. No puedo seguir manteniendo esto, no por mucho más tiempo, tengo… tengo que atender otras prioridades…
—¡Madre!
—¡Lo siento! ¡Sólo, escucha! —extiende sus manos hacia mí y luego hacia el centro de su pecho —Tengo que pensar en seguir manteniéndote a salvo…
—¿A salvo de qué? No tienes que mantenerme a…
—… Necesito de la energía para concentrarme en cosas importantes y en seguir manteniéndonos a ambos seguros.
—… ¿Y qué será de las personas allá afuera?
—Trunks, Wendy apenas puede cocinar con lo que Martín provee, no puedo enviarlo más lejos por el momento, ellos y Bru son los únicos que han regresado este año… no sé si lo lograremos otro año… y esto… si no puedo mantenerlos seguros…
—Los reagruparemos —dice Gohan—. Hay más albergues allá afuera, tú puedes ayudarme con eso.
Estoy molesto. Gohan nunca me lleva con él, ellos no quieren hacerme notar. Gohan ha salido a enfrentar a los androides, pero yo no puedo. Tampoco puedo salir a acompañarlo a hacer lo que sea que haga. ¡Y ahora le dice a mamá que cierre el albergue!
…
—No te preocupes, me iré con Lauri cuando termine el invierno.
Pasamos un crudo año nuevo. Midori se ha pasado las últimas semanas junto a Lauri, ambas han encontrado algo de consuelo en la otra. No sé si eso me alivia un poco, que las personas que conozco se marchen no es nuevo, pero siempre dejan un vacío y tristeza que nunca logro llenar. Me gusta tener a Midori como mi amiga y pensar que ya nadie vendrá…
Van o… cerraremos el albergue. Es definitivo. Gohan me ha llevado a visitar algunos lugares últimamente y ha sido como una especie de consuelo. Hay muchas personas a las que ayudar allá afuera, que necesitan ayuda de diferentes formas y nunca me había detenido a pensar en eso.
—Oye Trunks, esa niña…
Detengo la cuchara de camino a mi boca y la miro.
—La de cabello ensortijado, ¿dime es tu novia?
Algo en mi asiento se ha movido y me hace marearme.
—Veo que pasas mucho tiempo con ella… aunque, bueno, últimamente está con esa pobre mujer…
—¡Madre!
—¡Oh, vamos Trunks! Sé que eres muy joven, pero… en el amor no hay edades.
—¡No es mi novia! ¡Sólo somos amigos! —y hasta allí ha llegado mi barítono.
¿Por qué mamá últimamente preguntaba sobre esas cosas?
—¿No crees que soy demasiado joven para tener novia mamá? —le hago saber completamente mortificado.
—Mmm…
¡Qué inconsciente! ¿Novia a mi edad? Sólo puedo pensar en ayudar a Gohan a deshacernos de esos malditos androides. ¡Jamás tendré tiempo para eso!
Vuelco el cereal en el triturador y aunque ella cree que no la escucho, lo hago.
—Creo que está a punto de entrar en la edad de la punzada.
No veo a Midori así, es una niña, es más pequeña que yo, ha perdido a sus padres y pronto se marchará, eso me hace sentir triste, pero no de esa manera.
El cielo casi ha cambiado de tonalidad, pero sigue siendo una pálida mañana en el albergue, que pronto ya no lo será. Es temprano, se ve aún oscuro y por un momento creo que Lauri me atacará.
—¿Está Midori contigo? —me pregunta tomando con sus manos los hombros de mi chaqueta.
—No.
Sus ojos me recuerdan a la última Navidad. Están hinchados de nuevo y parece que quieren salirse de sus cuencas.
—¿Qué sucede? —pregunto comenzando a preocuparme.
—¡No está! ¡No está! —comienza a gritar y Wendy y el resto de las personas que siguen allí se acercan.
—¡Midori! —el grito ha salido de mi garganta antes de pensarlo, estoy gritando su nombre antes de darme cuenta de que lo hago —¡Midori!
—Se ha ido, se ha ido sin mí…
No espero a que aquello se repita otra vez. Debe estar afuera, mirando cómo se derrite la nieve o ayudando a Martín o buscando dulces con Bru.
La preocupación trepa por mi garganta mientras sobre vuelo el lugar sin importarme que me vean y no la encuentro. Ella no se iría, no se iría sin despedirse de mí o dejando a Lauri sola. Han pasado veinte minutos y regreso para saber si hay noticias de ella.
—¿Y cuándo fue la última vez que la viste? —pregunta mi madre preocupada.
—Yo… anoche, se durmió en su catre, hoy desperté con el ruido de aquel hombre y ya no estaba.
—¿El rubio alto? —pregunta Wendy.
—El pelirrojo.
—Se fue esta mañana, lo vi, iba sólo —dice Wendy.
Pienso, siento.
Hay quince, catorce kis en el edificio, esos deben de ser, los siento, los cuento, están… no están todos.
Arriba.
Me muevo, ¡Qué tonto! Ahí debí haber buscado al principio. Pero no la vi, no desde arriba y lo veo cuando llego a la destrozada terraza. Ella no está allí, pero debe estar dentro. Cruzo volando la puerta del cuarto que está a un lado, donde hay una firma. La puerta estaba tan atorada que me sorprende que Midori pudiera abrirla. De hecho estaba atrancada, miro el pasador quebrado y creo que eso lo explica todo… hasta que percibo el hedor.
Un sentido desconocido se ha activado en mí. El hedor ataca mi nariz quemando dentro y revolviendo mis entrañas. Huele peor que a un animal muerto, huele a algo más corrompido que gusanos en una mesa. Quiero retroceder en este instante, pero no lo hago, no puedo evitar oler, hay algo más bajo este sofocante hedor, es dulce y agrio a la vez, es sangre. Es sangre. Eso es lo que me pone alerta, es lo que me eriza la piel. Y sudor, sangre y sudor y otra cosa que no reconozco.
Casi me tambaleo en la entrada. La pálida luz del sol no alumbra este oscuro lugar. ¿Hace cuánto que no entro aquí? ¿Desde cuándo está ese animal muerto? El ruido de mis pisadas hace que la firma de ki se mueva, pero yo estoy en silencio, la sangre me tiene alterado.
Entonces escucho claramente el ruido, el silbido que cruza el aire putrefacto y yo levanto mi mano. Mi puño se ha cerrado a la perfección alrededor del delgado artefacto. Lo veo a través de la orilla del ojo, es la flecha de una ballesta.
—Oh, carajo.
Suelto la flecha y mis pies avanzan con el ruido de la caída, ahora lo veo. Veo su frente surcada de arrugas. Él me mira con los ojos entrecerrados. Yo nunca lo he visto así antes.
—¡Carajo!
—¿Bru?
El anciano se levanta del mullido sofá sobre el que está sentado y deja la ballesta a un lado.
—Niño —dice —, Trunks —y se echa a andar hacia mí —. Carajo, que importa que seas niño, no tenía que ser, pero no habrá de otra —suena a que se está disculpando.
Una sonrisa siniestra aparece en su boca en el momento en que llega a mí y yo me muevo a un lado, aterrado. Estoy fuera de su camino y él da un traspié.
—¿Qué… —se pregunta por un momento confundido.
Yo lo estoy también, estoy aterrado, puedo escuchar mi corazón martilleando en mis oídos por alguna razón que no comprendo.
He pisado algo y bajo mi vista para verlo.
¡Es un cuerpo!
Es demasiado pequeño para ser un cuerpo. Lo único que registra mi mente en este momento, en que creo que está a punto de apagarse, es que es muy pequeño ¡Muy pequeño!
¡Es una mano, una pierna, un envoltorio informe! No es un animal muerto y no sé si estoy a punto de gritar o llorar.
—Ven acá niño —sisea el anciano sobre de mí, pero no lo escucho.
Sólo me muevo, no sé cómo lo hago, pero me muevo.
—Escurridizo mocoso —vuelve a girar hacia mí con los brazos extendidos y yo me quito de nuevo de su camino —¡Que va! ¡Eres demasiado grande!
Ha sacado un cuchillo, puedo ver el brillo de la hoja a través de la habitación, no sé si estoy lejos o cerca de él y por primera vez pienso en lo que está pasando o en lo que podría pasar.
Retrocedo, retrocedo y me detengo, he chochado con algo de nuevo.
Uno, dos, tres segundos.
Modori está en el piso, sus piernas blancas están extendidas a los lados, hay canales de sangre sobre ellas, su vestido está rasgado, sus labios tintados de azul y sus ojos congelados mirando a un lado.
Mi mente grita ¡NO! El terror se mezcla en mis venas con un primitivo sentido de violencia.
¡Maldito!
El odio y repulsión. El dolor me consume. Me hierve la sangre, me ahogo en mi propio grito y en lágrimas que aún no logro derramar.
Se ha movido muy rápido para ser un anciano, el sudor y la sangre y lo otro me asaltan un momento después. El calor también.
Y el olor de la sangre me hace sentir pletórico casi en el acto, una parte de mi coraje ha salido fuera de mí. El calor me invade, trepa por mi puño y mi brazo, abrazándome lento y húmedo. Mi mente está mucho más clara que segundos atrás, lo he atravesado y su cuerpo palpita a mi lado, lento.
Lo escucho sofocarse junto a mi oído. Gime, mientras ambos temblamos y suelta un chorro de sangre que golpea el suelo.
Ploc, ploc, ploc…
Lo siento palpitar y detenerse, se encoge y es cuando yo lo suelto, no, no lo suelto. Salgo. Recojo mi brazo, salgo de él y veo la sangre en mi ropa, por encima del codo. El cuerpo de Bru azota el suelo y deja de respirar.
Uno, dos, tres.
Veo la sangre escurriendo de mi puño. Oscura y caliente. ¡Yo he hecho esto!
Ploc, ploc, ploc…
Retrocedo. ¡Más asustado que nunca, más avergonzado que nunca en mi vida! ¡Quiero esconderme, quiero ocultar todo aquello! ¡Quiero que no sea verdad!
Lo siento, lo escucho en la puerta, se ha detenido y yo trago saliva dolorosamente.
Gohan ha entrado, y su rostro se ve mucho más adulto que nunca, se ve mucho más viejo que nunca. Está oscuro y sus ojos son carbones duros.
Me quedo quieto mientras él observa la escena con creciente malestar y cuando finalmente me mira a mí, yo me desmorono. Estoy de rodillas, porque su mirada es compasiva y no una clara acusación a lo que tiene delante. No soy capaz de ver la lástima y culpa que hay en sus ojos.
—¡Escúchame Trunks! —siento sus manos apretar mis hombros con fuerza, estoy llorando, al fin— ¡Mírame Trunks!
¡No puedo! ¡No puedo!
Él me abraza.
—¡Está bien! Está bien. Cálmate.
—¡No! —No, no está bien—… yo-yo lo maté…
—Hiciste lo que tenías que hacer.
Su voz no tiembla, es sosegada, es dura y firme y yo me detengo. Parpadeó un par de veces y Gohan se desprende de mí para encararme. Me duele verlo a los ojos.
—Era un asesino… violador —dice despacio—. Sé que era un ser humano, pero era un ser que lastimó… mucho —y puedo escuchar su cólera, la misma cólera que me envenena. Él pasea su vista por el lugar y sé qué es lo que mira, veo el dolor y la rabia en sus oscuros ojos —. Escúchame bien Trunks. En esta tierra los androides no son los únicos monstruos… hay personas que viven para lastimar a los demás, para ultrajar y matar… la humidad no es perfecta… y a veces simplemente enferma.
—Pero yo… yo te juré que los protegería, yo sólo quiero ayudarte a protegerlos —odio llorar frente a Gohan, odio que vea esto. ¡No he querido matar! ¡No quiero ser un asesino!
—A veces proteger a los demás implica mancharse las manos.
…
Gohan me entrenó para esto. Y debo decir que hizo lo mejor que pudo. No sólo es desear matar a los malditos androides sino saber que realmente lo haré, si tengo la oportunidad de frente. No me gusta asesinar, a nadie, nunca seré como mi padre, por mucho que sé que cambió, o eso me ha dicho mi madre, pero entiendo que a veces es un daño colateral, triste y desagradablemente necesario.
Gohan me entrenó para esto, no porque fuera un asesino, él era un héroe, que es todo lo contrario, un protector, y un protector tiene que hacer lo que tiene que hacer para proteger a los indefensos, incluso cuando eso implique mancharse las manos.
Sé mil formas de dialogar, de disuadir y más aún de frustrar cualquier ataque, pero he aprendido a reconocer cuando cualquiera de esas tácticas será inservible.
Freezer cree que nadie lo detendrá, que sus soldados masacraran la tierra sin que nadie les detenga. Aquí, en esta tierra, o en cualquier otra ¡Yo nunca lo permitiré!
¡Por eso seré absolutamente sincero cuando les diga que!
—¡He venido a matarlos a todos ustedes!
Gracias por haber llegado hasta acá, gracias por su tiempo y su lectura, hace mucho que quería publicar esta corta historia, en un capitulo de mi fanfic Héroe de Leyenda hay una referencia a este acontecimiento, por si lo llegan a notar ¡Así es! Está de más que les pida que me hagan llegar su opinión sobre esta corta historia, sé que el tema está de más rebatido, pero lo agradeceré con todo mi corazón.
…
