He aquí el BajiFuyu que nadie pidió, que nadie necesita y que nadie estaba esperando, pero que de alguna manera probablemente algunos vengan a leer. Porque el BajiFuyu es el placer —no culposo— de más de medio fandom; y eso está bien, ningún placer debe de ser culposo, ni siquiera las crackshipps.
Esto floreció en uno de mis tantos episodios de insomnio, por lo que prácticamente no fue beteado. De antemano disculpen cualquier falta de ortografía o error de redacción, no lo corregí demasiado porque me gustaría conservarlo más como borrador. De cualquier forma, espero que al menos la lectura sea disfrutable.
No es un pwp, tampoco un intento de smut soft. No sé qué es lo que hice, sólo sé que deseaba utilizar a Baji y Chifuyu para algún OS sin diálogos (o con la menor cantidad posible de diálogos). Como sea, espero que les guste.
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AU, donde no existen las pandillas, y los chicos son mayores de edad
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Si tuviera que ponerle un nombre al paraíso, tal vez lo llamaría Chifuyu. O tal vez, sólo está exagerando.
«¿Es posible ver en la oscuridad?» se pregunta por un milisegundo, mientras sus pupilas se acostumbran a la carencia de luz; y lo que hace segundos eran insulsos objetos homogéneos, ahora se tornan en nítidas siluetas oscuras. Reconocibles entre tanta penumbra, pero incoloras ante la falta de luz.
Keisuke no recuerda si el bombillo no funciona, si la luz fue apagada por alguien más, previamente a su llegada; o si en realidad no hay bombillo, y tan sólo está intentando convencerse a sí mismo de que cuando quiera, se deshará de la oscuridad que lo arrulla en brazos con un único clic. No lo recuerda, no está seguro; memorias brumosas bailotean con dedos de espinas entre su mente, escarbando en los resquicios de su memoria, arrancándole el raciocinio pedazo por pedazo. Pero es que, él lo sabe, es inevitable.
Un jadeo brota sobre su oreja, el vaho cálido del cuerpo ajeno le acaricia la piel con dulzura de algodón. Un par entrometido de manos se mecen sobre la tela de su camiseta con urgencia, buscando entre tantas vestiduras, probablemente, algún indómito rincón de desnudez. No lo hallará, Baji está completamente cubierto; quizás su propio cerebro le aconsejó que utilizara una camiseta manga larga esa noche, como un casi impenetrable sistema de protección. O quizás fue simple casualidad.
No está seguro de nada, si se lo preguntaran; todo en lo que ahora puede pensar, es en el ser independiente sobre su cuerpo; que escarba entre los pliegues de su ropa hecha un lío, causándole estragos a su propia piel.
Sentado en el interior de un estrecho armario, con la espalda apoyada en uno de los fríos rincones de madera, Keisuke explora con sus fauces de acero el mar pálido multicelular entre la mandíbula y el hombro izquierdo de Chifuyu Matsuno. Sus labios finos dibujan un mapa de vías lácteas sobre la piel sensible y nívea; y las extremidades del rubio le devuelven el favor, deslizándose como boas hambrientas sobre las vestiduras que cubren su pecho y abdomen. Está oscuro y ninguno de ellos ve nada, pero los cuatro sentidos restantes de Baji se agudizan ante la carencia de visión.
Y su mente no necesita esforzarse mucho para tatuarse aquellas memorias. La suavidad de la piel de Matsuno, el largo y ancho de su cuello, que en realidad es tan fino y delicado como una rama.
Si Baji intentara ahorcarle, probablemente se lo rompería primero, antes de que siquiera le hiciera falta el aire.
Se le hace curioso por un breve segundo, porque de ambos, él siempre ha sido el más frágil. Con tanta fragilidad todavía permanece, que cuando su brazo derecho se enrolla con cierta delicadeza en la estrecha cintura fina de Matsuno, cristales rotos resuenan como campanas en las esquinas de su alma. Cuando los jadeos de Chifuyu le susurran obscenidades en la piel, Baji podría jurar que su cuerpo se empaña. Si su otrora amigo besara cualquier parte de él, probablemente la haría pedazos con un roce.
Por eso, es Keisuke quien dibuja a besos, coordenadas sobre la piel de seda de Matsuno.
Su boca abandona el ya conocido cuello inquieto de Chifuyu, y se desliza como dominó hacia el hombro izquierdo. Deja un beso, le obsequia una suave mordida, la acompaña con otros besos más; y la caricia de su lengua que se abre paso entre la carne caliente. Matsuno se retuerce bajo sus brazos, sin hacer más que jadear en el oído de Baji, y explorar con sus propias manos el cuerpo del pelinegro, protegido con la ropa.
Ambos están vestidos aún, ninguno ha tenido las agallas de deshacerse de alguna prenda de ropa. Está oscuro, no desean arriesgarse a salir medio vestidos del armario y exponerse a una probable humillación; el calor en aquel punto todavía es soportable, pese a las apenas perceptibles perlas de sudor que adornan sus cuerpos bajo la ropa.
La camiseta del pelinegro es levantada ligeramente por las manos curiosas de Matsuno, sus dedos apenas tibios sobre la piel en ebullición de Keisuke confeccionan un contraste celestial; y la caricia de porcelana sobre su abdomen arroja con violencia un racimo de vibraciones a su vientre bajo. Baji permanece hendido en su tarea, recorriendo con su paladar exigente cada caverna y rincón inexplorado, del hombro y el comienzo del pecho de Chifuyu. El cuello abierto de su camiseta blanca ayuda un poco.
Sus escleróticas ya se han acostumbrado a la penumbra para este punto, lo que le permite ver con mínima nitidez unas minúsculas marcas oscuras en la piel de Matsuno, trazando una pista de aterrizaje desde su clavícula hasta el hombro. Baji la extenderá hasta más allá, hasta donde los remanentes de su raciocinio humano le permitan; más allá de la piel y carne que conoce de Chifuyu, más allá de la realidad filosa y negra que los rodea. Encapsulados en cuatro paredes de madera, con el infinito y el placer a su alcance.
Con su boca desdibujará la línea entre lo real y lo que no lo es, deshará la barrera que separa lo nítido de lo etéreo, los filos helados invernales y el cálido algodón que le confecciona caricias y placer a sus células. El muro que hace minutos parecía alzarse entre ambos, Baji lo borrará con goma de plata y cruzará al verano junto a Chifuyu; porque él es cálido y tropical, y Keisuke es tan caótico como una tormenta invernal.
No se atreve a pensar que serán uno, porque ambos son dos y es imposible fundirse. Pero en la oscuridad, con minutos de sobra y la excitación como el principal impulso de sus hormonas, cualquier cosa puede pasar.
Los dedos inquietos del rubio reptan como pequeños gusanos por su abdomen semi desnudo, tocando y degustando la obra partida sobre la que se retuerce de satisfacción. Lleva una de sus manos hacia abajo, descienden las yemas hacia el comienzo del pantalón de Keisuke, y amenazan con deslizar la prenda más allá de lo que es correcto, para dos adolescentes que apenas cumplieron los dieciocho y diecinueve años. No los pueden culpar, en esa edad su sexualidad todavía permanece abriéndose paso en ellos, y Baji lo sabe.
Sus compañeros de preparatoria también lo saben. Quizás fue por esa razón, que el propio Mitsuya los retó a ambos a meterse en el armario, a oscuras y completamente encerrados. Hakkai y Draken parecieron estar de acuerdo con Mitsuya, entre pequeñas risas y bromas en voz baja; Mikey tan sólo esbozó una sonrisa, y la sangre de Takemichi pareció acumularse en sus mejillas en aquel momento.
Baji recuerda que se trata de una pequeña reunión entre amigos, a medianoche, en el pequeño departamento maltrecho que funciona como hogar de Draken. Recuerda que se reunieron para cenar; se suponía que iban a asistir más de sus compañeros, y un pequeño grupo de amigos de Takemichi, pero por una extraña casualidad ninguno de ellos pudo asistir esta noche. Ahora que repasa los minúsculos detalles, no parece que esta sea una pequeña fiesta, en celebración de que Draken haya sido dado de alta.
Le da igual. Sólo le importa el calor comprimido que pulsa en su entrepierna, y el cuerpo de Chifuyu frotándose sobre ella.
—Siete minutos —le dijo Mitsuya cuando lo retó a encerrarse en el armario con Matsuno—, no es mucho tiempo. Será pan comido.
Eso mismo había pensado Baji al principio, hasta que supo que quien lo acompañaría en la penumbra, era Chifuyu.
No sabe cuántos minutos le quedan; tal vez cinco, tal vez tres. No contó el tiempo que pasó besando y probando al rubio. Pero se conoce a sí mismo, y sabe que tan sólo necesita tres minutos más; es poco tiempo, podrán alcanzar el éxtasis para ese entonces. Él se asegurará de ello.
La mano libre del pelinegro abandona la cintura estrecha del que ya no está seguro si es su amigo, y la dirige al cuello de la camiseta blanca. Sus dedos finos se enrollan en el comienzo de la tela, haciéndola a un lado; permitiéndole a sus labios probar un poco más del pecho de Chifuyu. El tacto de Baji se torna más agudo y fino; sus facciones adheridas a la piel como seda de Matsuno, probándolo de arriba abajo tanto como puede y como no es peligroso. Y el más joven por tan sólo un año, en su ingenuidad monocromática e infantil tal vez, se deja desmontar beso a beso por su amigo.
Baji está agradecido.
Los dígitos del rubio atraviesan la tela del pantalón de Keisuke y reptan más allá, las yemas frías contrastan con la carne hirviente de aquella zona, a la que ni siquiera le quiere dar nombre. Apenas es un mínimo roce; y el pelinegro siente de pronto que las estrellas esbozan coros de ángeles hacia él, hacia ellos, sonriéndoles con dentadura de oro. En respuesta a la mano de Chifuyu decide frotarse sobre la misma; dejando ver entre sus facciones protegidas por la oscuridad, que Baji desea más. Si se trata de Chifuyu Matsuno, siempre deseará más.
Y Matsuno responde, tocándolo.
El pelinegro se deshace en un océano de jadeos suaves, decora la piel del pecho de Matsuno con su propio aliento. Y decide de inmediato que se ha cansado de besar trozos de carne inerte que no le devuelven el favor; por ello es que escala rápidamente hacia los labios finos de su dudoso amigo y los atrapa entre los suyos. Devora de un beso húmedo el aliento fresco y sabor dulzón en su paladar, y hace suya la boca que hace tiempo anhelaba conocer; con su lengua hambrienta bautiza cada esquina entre los dientes de Chifuyu.
Y bebe entre suspiros y jadeos ahogados, vehemente y sediento, del bálsamo celestial que escurre en prosa de las encías del rubio. Sus alientos se estrellan y el calor se ramifica por sus venas a velocidades inhumanas, manos inquietas que deslizan caricias sobre el lienzo pulcro enhebrado a las pieles del otro, y la línea de la cordura y lo que es políticamente correcto; que se desdibuja poco a poco entre la oscuridad, que se relame los labios en una esquina de la penumbra, que aspira de un suspiro el escaso raciocinio de Keisuke y se burla de él. Que rebana con dedos filosos su razón, y lo deja de a poco como una masa orgánica de desenfreno y placer.
Keisuke se bebe de un respiro a Matsuno, cada centímetro que puede de él.
Un repentino estruendo provoca que ambos se sobresalten, y en milisegundos Chifuyu aparta cada extremidad suya sobre la carne ansiosa de Baji. Un rayo de luz empapa sus ojos, y mientras ambos se toman apenas unos segundos para acomodarse la ropa, la oscuridad que los rodea se desvanece de pronto. Lo que antes eran siluetas oscuras ahora toman el color y la textura de lo que en realidad son: prendas de ropa, algunas colgadas, otras dobladas sobre una pequeña repisa en lo alto del armario. Justo en el rincón donde Matsuno aprovecha a acomodar el cuello de su camiseta.
—Los siete minutos se acabaron —sentencia una voz ronca en el umbral de donde pende la luz, y Keisuke no necesita ser un genio para saber que se trata de Draken; que los observa con la diversión burbujeando en sus pupilas, recargado en el umbral de la puerta.
Keisuke aún siente el desenfreno acumulado entre sus piernas. Sin embargo esboza una sonrisa divertida y emerge del armario, le resta importancia a la suave vibración que pulsa en sus entrañas, y las manos de Chifuyu curtidas todavía en la piel de su abdomen. Pensó que tendría tres minutos para calmar sus ansias y el calor afluente en sus músculos, pero su cálculo falló; y todo lo que puede hacer ahora es reír junto a Mitsuya y Hakkai, mientras Matsuno sale del armario acribillado por las pupilas imponentes de Draken.
No es para menos; todo su cuello lleva tatuadas unas pequeñas manchas moradas que permanecerán ahí al menos una semana más.
Resulta en una obviedad para el pequeño grupo de amigos lo que ellos dos han estado haciendo, refugiados tras la oscuridad. Pero a Keisuke le importan muy poco las miradas divertidas y las bromas en voz baja; o la botella girando en el suelo mientras ellos siete se sientan en círculos, entregándose al azar en bandeja de plata. Esa penumbra tan traidora y consumidora en breve será el problema de alguien más; Baji llevará a casa a Chifuyu, y será en esa cama donde ambos concluyan lo que comenzó en el estrecho armario. Ya lo han decidido a besos.
La botella apunta hacia una persona, y luego es girada nuevamente hasta que da con el segundo individuo, que se volverá otra víctima del calor que aqueja entre las paredes del armario. Ansiando que al fin sea la hora de volver a casa y rememorar lo que se sintió tocar a Chifuyu, le desea en voz alta la mejor de las suertes a Mikey y Takemichi; que con las mejillas espolvoreadas de un tierno rosado, ambos se encierran en la penumbra del armario durante los siguientes siete minutos.
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Aviso que no hubo consumo de sustancias ilícitas durante la escritura de este OS.
Muchas gracias por leer
