Edward no podía concentrarse en lo que decían los demás. Ese olor lo tenía desubicado. Era la tercera vez que lo percibía. Lo peor de todo era que le agradaba mucho. Y ahí radicaba el problema; cada vez que se reunían anhelaba volver a percibirlo. Hace tiempo que no permitía que algo tan banal como un simple aroma afectara sus sentidos del modo en que lo estaba haciendo ese detalle. Se había dado cuenta que siempre sucedía durante las reuniones que organizaba el Joker con los demás villanos. Esa era la cereza del pastel: se sentía atraído hacia uno de sus compañeros del crimen, bueno a su aroma, en realidad.

Hoy se había decidido a descubrir quién era el portador de tan embriagante perfume. Finalizada la reunión, esperó a que todos fueran al comedor para llevar a cabo su misión. Era bastante sencilla: establecer conversaciones con cada uno de los presentes hasta encontrar al culpable. Fue una tarea exhaustiva por el hecho de tener que fingir que se interesaba por lo que decían los demás, sonreír a los malos chistes y aparentar que disfrutaba estar ahí.

Había pasado hora y media y nada daba resultado. Estaba frustrado porque su misión sería un rotundo fracaso y el Joker ya los estaba echando a todos del complejo porque quería disfrutar de un momento a solas con su Pudin. Edward hizo una mueca de asco al escucharle decir lo último y ya estaba dispuesto a marcharse derrotado. Fue el primero en dirigirse a la salida cuando en el pasillo vio justo lo que necesitaba: el perchero donde estaban todos los sombreros y abrigos.

La idea de parecer un desquiciado no se le cruzó en ese instante cuando desesperado fue a olfatear las prendas de vestir ahí colgadas. Los demás se quedaron estupefactos al verlo en esa faena. El Acertijo ignoraba las miradas mientras se concentraba en hallar el olor. Tiraba los sacos por los suelos, las bufandas las esparcía por todos lados, los sombreros rodaban por doquier. Fue en la última prenda donde finalmente encontró el origen de su predicamento. La olió varias veces, acariciándola sobre su rostro. Exhaló un suspiro de felicidad y preguntó a los presentes quién era el dueño de aquella prenda.

–No lo sé, pero sí sé que me debes dinero por arruinar mi bufanda, idiota –dijo Selina mientras recogía su prenda de vestir empolvada.

–Cielos, no sabía que tenías un fetiche con los olores, Acertijo. Ya sé que regalarte esta Navidad –intervino el Guasón.

–¿Le gustará el olor a patas también? –agregó Harley. Y todos los presentes rieron.

Fue en ese momento en que Edward se dio cuenta de lo ridículo de la situación. Había estado tan ensimismado en hallar el origen del perfume sin importarle cómo se vería ante los demás. Ya tendría la misión de vengarse de todos por habérsele reído en ese momento. Algunas ideas flotaron en su cabeza para comenzar con su venganza. Poco a poco todos se fueron yendo, recogiendo las prendas esparcidas que les pertenecían. Nadie tomó la que seguía envuelta en sus manos. Quizá la persona estaba muy avergonzada de haber visto lo que hizo con el objeto. Irónico era haber encontrado por fin el origen del perfume y aun no saber la identidad de su dueño.

–¿Quieres que te la envuelva en un regalo, te la mande por eBay o por qué sigues aquí con ese abrigo? –inquirió el payaso.

–Descuida, ya me voy –Se dirigió al perchero para dejar la vestimenta en orden.

–¡Ozzie, por fin regresaste!

Divisó a Oswald y Zsasz acercarse al pasillo de la salida. Se percató en ese momento que no había visto a ninguno de los dos durante la comida y no había hablado con ambos. Una sensación extraña recorrió su cuerpo. El perfume pertenecía a uno de ellos. Al parecer la situación sí podía empeorar.

–¿Cuántas veces tengo que decirte que no me digas así? –expresó el Pingüino, rodando los ojos.

–Oh, vamos, con los años que han pasado, me he ganado el derecho de llamarte así –el Guasón guiñó un ojo.

–¿Qué haces tú con el abrigo del Pingüino? –intervino Víctor.

¡Genial! Había descubierto al dueño de aquel cautivador aroma que lo había atormentado últimamente, y qué ironía era el saber que le pertenecía a una de las personas con las que menos deseaba tener contacto. Hacia tiempo que no interactuaba con su antiguo amigo y, hasta ahora, no había interés mutuo que los uniera. No, hasta este momento, cuando se percató lo mucho que le atraía ese perfume.

–Oh, les va a encantar saber qué fue lo que hizo.

–Ten cuidado con lo que vas a decir, Guasón –respondió rápido–, no querrás que les enseñe las fotos de lo que haces con los batarangs del murciélago.

–¿Por qué no dejamos esta conversación de sus extraños comportamientos para después? –agregó el Pingüino antes de escuchar cosas que le causaran pesadillas en la noche.

–Como gustes. Ahora, caballeros, les pido encarecidamente que se retiren porque su presencia ya es una pérdida de tiempo para mí –el Joker señaló la salida con su dedo pulgar–. Y tú no te vayas a llevar mi ropa para hacer cochinadas –Se retiró con una carcajada al ver la cara de furia del Acertijo.

Víctor fue el primero en salir para buscar el automóvil, mientras Oswald se acercaba al perchero para recoger su abrigo. No le tomó ni dos segundos a Edward reconocer esa sensación que lo había vuelto loco últimamente. Tan exquisito, encantador, agradable, adictivo. Tan Oswald. Se consideró el mayor idiota por no haber relacionado de inmediato esa sensación con su dueño, ¿quién más utilizaría una fragancia embriagante y sutil al mismo tiempo? Quizá el olor había hecho que perdiera sus facultades perceptivas durante todo ese tiempo.

–Me gusta el perfume nuevo que estás utilizando.

Oswald se sintió un poco extrañado al escuchar al otro dirigirle la palabra. Durante mucho tiempo su relación se había mantenido en una cordialidad compartida, por lo que el hecho de que resaltara algo así de él no era común. Un pequeño rubor se apoderó de sus mejillas, era bastante leve como para que pasara desapercibido por el otro.

–Gracias, Edward. Si quieres le digo a Ivy que prepare uno para ti. Lo realiza con los aromas que tú elijas, aunque creo que te puede cobrar.

Por eso el aroma era tan único. Fue especialmente preparado para el Pingüino. Esa idea le gustaba aún más.

–Descuida, me gusta en ti. Creo que te representa a la perfección.

Oswald deseaba que el sonrojo no fuera notorio. No esperaba recibir esa clase de reacción en el otro villano. Era verdad que desde que usaba el perfume algunas personas lo elogiaban, y sabía que el brebaje no tenía algún efecto hipnotizante porque él lo había preparado junto a ella. Aun así, escuchar ese halago de parte de Edward, lo hizo sentir relajado. Se limitó a brindarle una sonrisa y asentir con su cabeza para disimular sus emociones, no quería arruinar aquel momento con algún acto vergonzoso.

El Acertijo lo vio marcharse despidiéndose con la promesa de que contactaría a Ivy para que le creara un perfume a él también. Estaba seguro que esa mujer le inyectaría veneno en el cuerpo, pero no le iba a decir eso al otro Una parte de él estaba aliviada por haber resuelto el misterio del perfume, sin embargo, surgía una duda muchísimo mayor, ¿era posible que después de todo este tiempo él siguiera atraído a Oswald? La revelación de este misterio no había hecho más que destapar una horda de interrogantes en su interior. Se recostó en el sofá de su apartamento y cerró los ojos lanzando un suspiro. Tenía mucho en qué pensar.

Aun así, la posibilidad de volverse a fijar en Oswald, no le molestaba en lo absoluto.