» Dr. Stone © ― Riichiro Inagaki & Boichi. Reservados todos los derechos a los creadores.
~ Prólogo ~
EL HOMBRE EN EL EDÉN
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La voz de su consciencia perdía cada vez firmeza siendo como la onda más lejana de un eco que apenas lograba escucharse; en un abrir y cerrar de ojos todo se había silenciado al cubrir aquella extraña luz el cielo.
Desde hacía muchísimo tiempo, en un lapso tan impreciso que no podía siquiera concebir, sus esperanzas por sobrevivir lo habían abandonado, y todo a lo que podía aferrarse era a aquel recuerdo que regresaba a su cabeza cada que la oscuridad de un fulminante sueño amenazaba con llevárselo, ¿adónde?, no sabía y tampoco quería comprobarlo, pero cada vez que su mente se desconectaba y parecía tentada a caer en las profundidades de algo no muy bueno, volvía a él la imagen de Mirai.
Resiste, se golpeaba mentalmente con el propósito de mantenerse cuerdo, pero jamás, ni en sus épocas de oro como peleador profesional, le había costado tanto soportar una contienda interna.
En más de una ocasión, en sus infructuosos intentos por cobrar la movilidad y despertar, llegó a considerar la posibilidad de dejarse envolver por la oscuridad que le rodeaba, lanzándose así al vacío y que pasara lo que tuviera que pasar; aun en su delirio no podía catalogarlo como tal un suicidio, o al menos no lo veía así su abrumado cerebro que, cansado de existir en tales condiciones, lo consideraba más bien como un escape en el que quizá, con aquel inquebrantable deseo de volver a estar con Mirai, tal vez en algún punto ambos hermanos pudieran reencontrarse en alguna especie de limbo; sin embargo, cuando más convencido estaba por dejarse llevar, el tierno e infantil rostro de su hermana le atravesaba el pensamiento.
Tsukasa Shishio tenía que resistir el tiempo que fuera necesario, costase lo que le costase.
Aunque la fuerza, al menos en esa ocasión, no era suficiente para volverlo de su letargo. Ya hasta había perdido la cuenta de la cantidad de veces que lo había intentado.
Pero un día de pronto y, sin que él hubiera hecho el mínimo esfuerzo, escuchó por primera vez algo, como el sonido de una cosa resquebrajándose y seguido de ello su párpado derecho percibió luz, su ojo se fue adaptando a la claridad como si se tratara del despertar de un largo sueño, fue entonces que sus oídos captaron más sonidos: respiraciones agitadas y el rugir de bestias.
—¡Perdónanos, te hemos despertado después de miles de años y seguramente no entiendas qué pasa!
Le dijo una voz, la primera que escuchaba en mucho tiempo y que, pese a su evidente apuro y agitación, se tomó la molestia de pedirle perdón.
Definitivamente algo no andaba bien ahí.
—¿Cuál es la situación? —contestó Tsukasa sin más.
Notó la sorpresa en el otro sujeto, como si no se creyera que estuviera vivo o que eso fuera lo primero que dijera en tal momento. Lo cierto era que, desde que todo comenzó, Tsukasa Shishio siempre estuvo alerta a cualquier situación.
—¡Tienes fragmentos de piedra por todo el cuerpo! ¡Hay un grupo de leones de las nueve hasta las dos en punto!
Tsukasa estuvo complacido por tal precisión.
—Ok.
Contestó al chico al tiempo que cobraba el movimiento de su cuerpo y trozos de piedra cayeron. Hizo lo que le pareció más lógico en base a la información anterior, y aquella capa quebradiza de piedra que le había mantenido inmovilizado por largos años, lo usó a su favor. Preparó el puño y sus músculos se tensaron, cada fibra de su ser volvió a experimentar adrenalina como cuando combatía con peleadores importantes.
Se percató de que, al instante en que la piedra fue descubriéndole el cuerpo, sus músculos se fortalecieron, por increíble que pareciera, no presentaron cansancio o aturdimiento pese al tiempo.
En cosa de nada el peligro había acabado y el león yacía muerto de un solo puñetazo. Pese al tamaño de la bestia y al recién él haber despertado de un sueño casi eterno, Tsukasa no sintió ni un ápice de dolor.
El asombro de los otros dos no fue para menos.
—Pueden explicarme todo después, pero les prometo una cosa: no volverán a estar en peligro, desde ahora yo seré el que peleé.
Su capacidad para percatarse con facilidad de las cosas, por increíbles que éstas parecieran como lo era la situación que experimentaban, le hizo comprender algo: el mundo había cambiado después de tanto tiempo.
Le bastó con ver al animal que yacía inmóvil en el suelo, la abundancia en su pelaje y lo robusto de su cuerpo como resultado de un hábitat óptimo, le llevó a pensar en que tanto él como los dos desconocidos habían llegado a invadir aquel nuevo mundo.
No pudo evitar sentir pena por el animal así que presentó sus respetos en silencio prometiendo de ese modo que, llegado el momento en el que a él le tocase partir de ese mundo, su propio cuerpo serviría como alimento de algunas especies volviendo así a ser polvo de la tierra: ese sería su modo de corresponder las inmolaciones futuras, en eso consistía el ciclo de la vida.
Tsukasa se encargó de desollar al animal y obtener la carne necesaria en lo que los otros dos seguían hablando; fue pronto para encender una fogata y poner trozos de carne a asar.
—¿De verdad lo vamos a comer? —preguntó uno de ellos, el más alto, mientras el otro se alzaba de hombros y sacaba de entre sus pertenencias un poco de sal.
—Lo va a necesitar —dijo, esparciéndole sal a cada trozo.
—Bien, entonces iré a conseguir más leña —anunció el que se veía más fuerte de los dos y se apartó del grupo.
En lo que el chico de cabello extraño se encargaba de la carne, Tsukasa llevó en rastra lo que quedaba del animal.
El fluir de un río podía escucharse cerca de la zona donde le habían despertado; dejó los restos sobre la hierba dándose el tiempo de contemplar el agua: se veía tan limpia, tan cristalina, que las piedras debajo parecían adornos hechos a mano. Su propio reflejo se veía tan preciso y detallado tal cual si estuviera frente a un espejo. Ahí vio por primera vez su rostro luego de tantísimo tiempo: su imagen no había cambiado en lo absoluto, seguía conservando el mismo aspecto que recordaba haber visto por última vez, salvo por aquellas líneas que atravesaban su cara cual si fueran unas grietas; pero ese detalle para él fue lo mínimo, su mente seguía pensando en el claro cambio que había sufrido el mundo.
Inhaló profundo llegando a sentir la pureza del aire. La calma alrededor era tan relajante, tan pacífica que no tuvo deseos de arruinarlo pensando en el viejo mundo, y es que su imaginación jamás habría concebido tal belleza, aquello era como el despertar de un sueño casi perfecto, el renacer del Edén en una era que, por alguna razón aún desconocida, había sido purificada.
Se metió al agua para eliminar los rastros de piedras y, una vez que hubo finalizado, se percató que estaba siendo observado por un par de crías de chimpancé; por la atención que le ponían Tsukasa dedujo que no estaban acostumbrados a ver más humanos, hasta que de repente empezaron a hacer movimientos raros como si se buscaran algo entre ellos mismos para luego voltear a verle y señalarle escandalosamente la entrepierna.
Tsukasa entonces entendió una cosa: debía hacerse de ropa.
Cuando volvió con los otros dos ya la carne se encontraba lista y el más fortachón se miraba ansioso por probarla. El más delgado les extendió una brocheta a cada uno y esperó hasta que alguno de ellos diera la primer mordida.
Tsukasa así lo hizo y rápido se arrepintió de ello, ¡en su vida había probado una cosa tan horrenda!
—¡Se los dije, la carne de león es asquerosa! Kukuku, ¡deberían ver sus caras! —gritó el tipo delgado, carcajeándose a lo descarado del gesto de ambos. Su brocheta estaba intacta y no se le veían intenciones de probarla.
Fue una tortura el tragarse aquel primer pedazo de carne, pero Tsukasa estaba convencido de que hacerlo sería una manera de honrar el sacrificio del animal. Cerró los ojos y deseó que el sabor pronto se pasara.
—Había pensado guardar estos hongos para mañana, los encontré mientras recogía leña, pero creo que vale la pena comerlos ahora, sería una manera de celebrar que ya hay un tercer hombre en este mundo de piedra —dijo el más animado, poniendo sobre el fuego los hongos que había encontrado.
—Oh, así que prepararás un festín, Grandulón. Eso me parece tan emocionante que me dan ganas de celebrar este encuentro con una copa de nuestro vino más fino.
Hizo el gesto con la mano derecha como si sujetara una copa imaginaria con tal elegancia que hasta el meñique alzaba. Pese a no conocerlo aún, Tsukasa comprendió que hablaba con sarcasmo, aunque el otro no pareció entenderlo así.
—Todo menos eso, Senku, ya te dije que no es correcto que bebamos siendo aún menores de edad…
—Sí, sí, como digas, creí que querrías lucirte con nuestro invitado, además, ¿qué hay de él? Capaz y él sí tiene edad y ganas de embriagarse.
—Oh, tienes razón, no lo había pensado de ese modo —dijo el otro, dando un respingo y volteando hacia Tsukasa con la intención de decirle algo.
—No bebo —comentó Tsukasa adelantándose a la segura pregunta. Aunque por el desagradable sabor de la carne bien pudo haberse tomado cuantos litros fueran necesarios para quitarse la sensación.
—¡Así se habla! Beber alcohol es malo —señaló entre carcajadas el otro al tiempo que les pasaba una brocheta con hongos—. Ahora sí, esto se ve delicioso, ¡buen provecho!
—¡Espera, Grandulón, ese hongo no…! —quiso advertirle el tipo de cabello extraño, pero para entonces el otro ya le había dado una enorme mordida al hongo y a la carne para mitigar el sabor—. ¡Bah, olvídalo! —Le restó importancia y esta vez se propuso comer—. Adelante, puedes comerlo, el único hongo malo es el que aquel cabeza hueca se acaba de tragar.
Le hizo saber a Tsukasa, sin voltear a verlo siquiera. Tsukasa así lo hizo y los próximos minutos reinó el silencio en lo que terminaban.
Tsukasa observó la estatua de la chica que yacía recargada cuidadosamente en el tronco de un árbol cercano a ellos. Había notado que el tipo escandaloso tenía especial cuidado con ella, por lo que no le fue difícil suponer que se trataba de alguien importante para él.
—Entonces, somos las únicas personas en este mundo de piedra —dijo Tsukasa, dirigiéndose al que parecía más cuerdo de los otros dos, más como una afirmación que como una pregunta.
—Así parece.
—Me encontraba entrenando cuando sucedió, lo último que recuerdo fue aquella extraña luz que lo cubrió todo sin explicación…
El tipo listo de repente se empezó a reír.
—¿Pero qué dices? Todo en este mundo tiene una explicación, y si aparentemente no existe tal cosa, la ciencia se encargará de buscarla.
Tsukasa le escuchó atento y concordó con su comentario, aunque le pareció disparatado el querer buscarle una lógica a algo que sobrepasaba el entendimiento humano del siglo XXI estando en plena era de piedra.
—Oigan… ¿por qué hay muchos de ustedes alrededor? Mira, aquí hay dos, tres… no, espera, ya van seis… —dijo de pronto el otro al tiempo que estiraba los brazos al frente y hacía como si tocara algo imaginario.
—Fue por ese hongo que comió, ¿no?
—Se lo advertí, pero es un completo cabeza hueca —respondió el otro poniéndose de pie para darle un par de cachetadas a su amigo—. Reacciona, Grandulón, reacciona.
—Senku, algo se está escondiendo tras aquel árbol… —apuntó e inmediatamente el instinto de Tsukasa se puso alerta—. ¡Es la tabla del ocho, y más atrás está la del siete…!
Tsukasa se paró en seco, estaba listo para atacar lo que sea que les acechara. Relajó los músculos, sintiéndose por un instante ridículo, al tiempo que volvía a escuchar otra cachetada.
—Uy, sí, qué miedo, 8x8.
—Sí, sí —respondió con espanto al que le cacheteaba.
—Oye, cuidado, Grandulón, ¡detrás de Yuzuriha está 7x8!
El otro dio un salto y corrió hacia la estatua de la chica, extendiendo ambos brazos en modo de protección.
Tsukasa no pudo evitar sentir pena ajena, aquel sujeto se veía en verdad asustado y el otro no hacía más que aumentar su miedo. Eran un par de extraños para él, pero aun sin conocerlos Tsukasa dedujo que eran buenos tipos. Por breves segundos se permitió sonreír.
—Ya déjate de cosas, Grandulón, reacciona de una vez por todas que tenemos que irnos.
—¿Quieres que lo lleve cargando? —Tsukasa se acercó con la intención de ayudar.
—No es necesario, ahora verás cómo reacciona por las malas. —Hizo tronar su cuello y en voz alta dijo—: Hey, Grandulón, más te vale que reacciones porque este tipo le anda echando el ojo a Yuzuriha.
Apenas el susodicho escuchó, y en cosa de nada el terror le abandonó. Tomó la estatua de la chica y comenzó a marchar en silencio.
Habían iniciado con el pie izquierdo, así que, apenas hubo la oportunidad de hablar con más calma (y que el efecto alucinógeno se pasara), Tsukasa se presentó de forma educada con los dos. Teniendo un techo donde dormir y las prioridades bien claras para subsistir en ese mundo de piedra, Tsukasa se adjudicó el rol de proveedor de alimentos para su pequeño grupo.
En su vida se había sentido así de primitivo al conseguir comida, pero su agilidad y destreza, además de su fuerza jugaban un papel muy importante en ese nuevo mundo dominado por sólo tres hombres: ingenio, trabajo y fuerza.
Conforme pasaban los días Tsukasa se convencía de las palabras de Taiju: eran un buen equipo. Y él no tenía dudas, era agradable hacer su parte con ellos y por ellos, y sobrevivir con lo que la naturaleza les otorgaba.
A veces, le daba por pensar que aquel mundo era demasiado para sólo tres tipos que se aferraban a la vida, más cuando veía los cuidados especiales que Taiju tenía por la estatua de Yuzuriha a tal punto de vestirla. Tal parecía que guardaba la esperanza de volver a verla, y Tsukasa no lo culpó por tener tal deseo.
Pero, siendo realistas, ¿qué probabilidades había de hacerlo? ¿Era posible, en ese mundo de piedra, indagar sobre el origen de la petrificación y revertir el efecto? Si bien, no tenían la tecnología de su época, pero la naturaleza era bondadosa, de eso Tsukasa no tenía la menor duda, por tal razón no le pareció disparatada la idea de Senku sobre crear una civilización moderna desde cero. Sería dar un salto enorme en los avances históricos del ser humano, alcanzar un nivel óptimo en comparación al viejo mundo.
Era admirable escucharle hablar sobre ello, Senku era un hombre en extremo inteligente y que sabía aprovechar todo lo que estuviera a su alcance. Desde el primer momento se había percatado de eso, Senku era preciso, transmitía conocimientos de una forma que quizá pocos le entenderían, pero esa breve información a Tsukasa le bastaba para conceptualizar la idea, ejecutarla o bien mirar los pros y contras.
Por tal razón, Tsukasa no tuvo duda alguna que aquel chico amante de la ciencia podría abrirse camino hacia el objetivo de crear una civilización moderna en pleno mundo de piedra.
Tsukasa entonces se planteó las preguntas: ¿qué tanto de aquel viejo mundo recrearían?, ¿quién pondría límites en las cosas necesarias y las que no lo eran? El viejo mundo estaba lleno de cosas que nunca debieron existir.
Desde la creación, el hombre había sido puesto en un paraíso perfecto, puro, un lugar tan parecido a aquel que se extendía frente a los ojos de Tsukasa Shishio, un sitio que no pertenecía a otros; sin embargo, el mismo hombre no hizo más que mancillarlo pensando en sus propios deleites y placeres y, en su afán por hacerse de riqueza y poderío, fue creando cosas con un propósito malintencionado.
Una alarma interna le hizo comprender a Tsukasa que Senku tenía la habilidad suficiente para desarrollar la clase de cosas que debían ser erradicadas.
Si bien, por el momento seguían siendo sólo tres tipos que por sí solos no podrían hacer mucho, morirían quizá en el intento y ahí terminaría todo, por lo tanto, ¿qué fin tendría si no habría más personas o generaciones futuras que continuaran con lo que ellos iniciaran?
Evidentemente Senku planeaba revivir a más personas.
Y, con ello en mente, un nuevo y poco grato pensamiento llegó a Tsukasa Shishio: ¿quiénes eran dignos de despertar a ese nuevo mundo?
La historia no debía repetirse, eso era un hecho, y él estaba preparado a cargar con tal peso.
Así que, el primer paso sería negarse a sí mismo, tendría que asumir un papel complicado pero necesario, por tal razón debía cortar los lazos que no hacía mucho había formado con Senku y Taiju. Pese a tener claro su objetivo, una pequeña parte de él deseó no tener que hacer lo que estaba a punto de hacer: asesinar a Senku.
Su ser se aferraba a cualquier excusa, por mínima que fuera sin importar si se trataba de alguna mentira barata, sin embargo, jamás llegaron a un acuerdo: Senku seguiría avanzando con sus inventos con el propósito de formar una nueva civilización; en cosa de nada había creado pólvora con la clara intención de enfrentarlo, y eso no hizo más que darle a Tsukasa la razón, ¿es que acaso Senku no veía las consecuencias de que algo tan peligroso pudiera caer en manos equivocadas?
Pues él sí, por tal razón debía ponerle un freno a esa clase de inventos.
Respiró profundo y silenció su voz interna que le gritaba que no lo hiciera, que le advertía que destruiría en cosa de nada lo que tanto había deseado en la vida: una amistad sincera.
Al dar el golpe de gracia Tsukasa supo que ya no había vuelta atrás, había perdido al que pudo haber sido su primer y único amigo, había abandonado su propia humanidad convirtiéndose a vista de otros en un juez y un monstruo.
Cerró los ojos y alzó el rostro al firmamento importándole poco que la lluvia le empapara, el cielo estaba embravecido y Tsukasa supuso que él lo había provocado, por tal razón se mantuvo inerte, afrontándolo. Pero lo cierto era que él ya había dejado de sentir, tal cual si su esencia hubiera sido arrebatada por sí mismo y tirada al abismo, sin embargo, la decisión había sido tomada: el mundo sería renovado, aunque para eso Tsukasa Shishio se hubiera convertido en un asesino.
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Dedicatoria: Con cariño a mija Mag Bya, quien es la Boichi de esta y futuras historias.
