Los personajes de Candy Candy pertenecen a sus autoras Mizuki e Igarashi. Esta historia es de mi autoría como todas las que he escrito y lo hago sin fines de lucro, solo por entretención.


CAPITULO 1

Una herencia inesperada

La bella Candy White ha sido una chica que ha sabido salir adelante, después de quedar embarazada de un hombre que solo jugo con sus sentimientos, provocando que su vida cambiara completamente. Tuvo que dejar el pueblo donde vivía, ya que su padre la echo de su casa, por la falta que había cometido. Se mudó a la ciudad de Chicago, para comenzar una nueva vida, con su tía Pony, la única persona que la apoyó en su estado. Con su ayuda pudo entrar a trabajar y tiempo después estudiar enfermería, que le ha servido para mantener a su hija, la única la razón de su vida.

Cuando se enteró que su hija de tres años estaba enferma del corazón, se sintió morir. Sin embargo, hiso lo imposible para que fuera curada de aquella enfermedad, aunque sabía que no tenía dinero, se endeudó para pagar la costosa operación, provocando que quedara con muchas deudas. Deudas que la tienen a punto de perder lo único valioso que le queda, el sencillo departamento, donde vive con su tía Pony e hija Katherine.

Sentada en un comedor de madera, junto a la ventana de cortinas blancas, se podía ver la figura de Candy, era una hermosa rubia, de ojos color esmeralda. Ella era una joven optimista, que siempre andaba sonriente. No obstante, su rostro reflejaba tristeza y preocupación mientras sacaba las cuentas una y otra vez, sin poder encontrar una solución para sus problemas económicos.

—Ya Candy, deja de darle vuelta a lo mismo, lo que ganas en el hospital, no te alcanza para pagar las deudas –le decía su tía Pony, dejándole una taza de café encima de la mesa.

Pony era una mujer de contextura gruesa, era una persona bonachona y sincera a la que Candy quería como a una verdadera madre.

—No sé qué hacer, tía.

—¿Y Terry no puede pedir un préstamo a algún banco?

—Lleva muy poco trabajando en su nuevo empleo, en ningún lado le prestarían dinero. Por otro lado, me da mucha pena molestarlo.

—Te entiendo…es solo tu novio.

—Pero, se ha portado tan bien conmigo –dijo Candy dando un suspiro –. Me quiere a mí y a mi hija.

Candy llevaba seis meses de relación con Terry Granchester, un joven sencillo que conoció en el hospital donde ella trabaja. Él llegó como paciente y desde el primer día que se conocieron tuvieron una bonita conexión. Aunque para Candy le fue difícil aceptarlo como pareja, ya que tenía miedo que le ocurriera lo mismo que con el padre de su hija. Pero Terry fue perseverante y poco a poco fue ganando su confianza, logrando conquistar su corazón.

—Lo se…es un buen muchacho no como ese desgraciado…

—Tía, por favor…tú sabes que no me gusta hablar de él –le interrumpió Candy con molestia, ya que solo escuchar el nombre del canalla que jugo con sus sentimientos le provocaba un gran dolor.

—Lo siento…no quise hacértelo recordar.

—No te preocupes. Lo único que me tranquiliza de todo esto, que mi hija se está recuperando mejor de que los médicos esperaban.

—Katherine es una niña muy fuerte.

—Espero que nunca más se vuelva a enfermar.

—No pienses en eso, Candy…

—Tienes razón tía…mi preocupación ahora son las deudas.

—¿Qué piensas hacer…?

La joven tomó un sorbo de café pensativa.

—No lo sé tía…esperar un milagro que nos ayude.

En ese momento tocaron la puerta.

—¿Quién será? – se preguntó Pony.

—Debe ser Terry.

—Voy abrir.

Pony se dirigió abrir la puerta, encontrándose con un joven alto, de cabello castaño y ojos cafés.

—Buenas tarde, ¿qué necesita? –le preguntó Pony.

—Buenas tarde, señora –respondió educadamente. - Busco a la señorita Candy White.

—Es mi sobrina. ¿Para qué sería?

—Bueno…es algo que tengo que hablarlo personalmente con ella.

—Pase.

El joven vestido con un traje color negro y con un maletín en una de sus manos, entro al departamento que tenía una decoración sencilla, pero acogedora. Tenía paredes color blancas, en el centro de la sala estaba un juego de sillones en tono verde, una mesita de centro donde había algunos objetos de loza, en un rincón algunas plantas y un mueble de madera donde había algunos libros y unas fotografías de los padres de Candy y su hija, una hermosa rubia de ojos azules.

—Candy, este joven te busca –le dijo Pony.

La rubia salió del comedor un poco extrañada y caminó hasta él, luciendo unos cómodos jeans y una blusa roja.

—¿Quién es usted? –le preguntó.

—Mi nombre es Tom Stevens y soy abogado.

Candy y su tía se miraron asustadas.

—Viene por mis deudas, ¿verdad? Yo le prometo que le voy a pagar, pero por favor no nos eche de aquí –le suplicó Candy afligida.

Él sonrió.

—No vengo a eso señorita, es otro asunto que tengo que tratar con usted.

—¿Qué asunto?

—Le voy a explicar.

—Tome asiento, por favor –le dijo Candy indicándole uno de los sillones.

—Gracias –dijo Tom sentándose.

—¿Desea algo de beber un jugo o una taza de café? –le ofreció Pony.

—No, gracias…

—Bueno… yo me retiro para que hablen tranquilos.

Candy también se sentó en otro sillón.

—¿Dígame a que se debe su visita? –le preguntó.

—Bueno…yo vengo de parte de su abuelo el señor White.

—¡De mi abuelo! –repitió Candy sorprendida.

—Si…lamentablemente el señor White hace un mes que falleció.

La rubia se quedó en silencio, aunque nunca conoció a su abuelo paterno sintió tristeza por él.

—Yo nunca llegue a conocer a mi abuelo. Mi padre hace muchos años que se distancio de él. Mi abuelo nunca estuvo de acuerdo que mi padre se hubiera casado con mi madre, que era una joven de origen humilde.

—Conozco esa historia…el mismo señor White me la conto antes de morir.

—Es muy triste que mi padre y mi abuelo nunca se pudieron reconciliar. Mi padre murió hace dos años –comentó Candy con tristeza.

—Lo siento mucho…Pero, bueno el asunto es que su abuelo era un hombre muy rico y le dejó todos sus bienes.

Los ojos de Candy se iluminaron. ¿Acaso era el milagro que estaba esperando?

—¿Esta seguro? –le preguntó.

—Por supuesto, aquí traigo los documentos.

Tom abrió su maletín y sacó una carpeta con unos papeles.

—Este es el testamento que dejó el señor White, donde dice que usted es la única heredera. Tome, léalo –le dijo pasándoselo.

Candy le echó una rápida mirada a los papeles.

—Yo no entiendo nada de testamentos, pero si usted dice que mi abuelo…

—Que no le cabe la menor duda, señorita White que es así –la interrumpió Tom –. Pero el testamento tiene una cláusula.

—¡Una cláusula!

—Si…lo que sucede que para poder recibir la herencia usted tiene que casarse con el señor William Andrew.

Candy bruscamente se levantó del sillón.

—¿Que broma es esta?

—No es ninguna broma señorita White, es lo que dice el testamento.

—¿No entiendo nada?

—Es la voluntad de su abuelo y si no la cumple no podrá recibir la herencia.

—Pero, como a mi abuelo se le pudo ocurrir algo así, yo casarme con un hombre que nunca he visto en mi vida –expresó Candy indignada.

—Le explico –dijo Tom dando un suspiro –. Lo que sucede que su abuelo era socio de una cadena de hoteles que pertenece a la familia Andrew. Esa cadena la administra William Andrew el hombre con el que usted debería casarse, algo que ha hecho muy bien. Por eso su abuelo pensó que quien mejor que el para que sea su esposo y le ayude administrar las acciones que dejo en la empresa que son el 40% el otro 60% lo tienen los Andrew con la familia Cornwell y los Legan.

Candy se tomó la cabeza sin entender nada…que locura era eso, para recibir su herencia tendría que casarse con un desconocido.

—Pero eso es ridículo… él no puede obligarme a casarme con ese hombre –replicó –. Además, no creo que el tal William Andrew acepte ese matrimonio.

—Se equivoca, a los Andrew les conviene quedarse con las acciones del señor White.

—Pero, yo podría venderles esas acciones, a mí esa empresa hotelera no me interesa.

—Usted tendrá que esperar un año para vender las acciones, si usted no acepta la herencia, los bienes que dejo el señor White se donara a organizaciones de beneficencia. Es lo que dice el testamento –le aclaró Tom.

—Lo siento, pero yo no puedo aceptar esa cláusula.

—La entiendo señorita White, pero al menos piénselo porque o si no perderá una gran fortuna –le dijo Tom colocándose de pies –. Le dejo el testamento para que lo lea tranquilamente, y si se decide aceptar me busca en mi oficina en la carpeta esta mi dirección y mi numero móvil.

—De acuerdo señor Stevens –dijo Candy con una leve sonrisa –. Lo acompaño a la puerta.

Cuando Tom se fue, Pony apareció en la sala.

—¿Tía escuchaste todo lo que me dijo ese abogado?

—Si Candy…lo escuché todo desde la cocina. ¿Y qué vas hacer?

—No lo sé…me siento tan confundida, por un lado, quiero aceptar esa herencia ahora que necesito tanto ese dinero, pero por otro lado tendría que casarme con un hombre que no conozco y lo peor de todo tendría que terminar con Terry.

Pony la abrazo con cariño.

—Todo esto es muy complicado, pero yo que tú lo hablaría con Terry, él es tu novio.

—Tienes razón tía, mañana hablare con él.

Al día siguiente, Candy se encontraba trabajando en el hospital, aunque no se podía concentrar. No dejaba de pensar en la herencia de su abuelo, la oportunidad que estaba esperando para resolver sus problemas económicos, pero aquella clausula la tenía muy complicada. Después de atender algunos pacientes decidió salir a tomar un poco de aire al patio del hospital, en compañía de Dorothy, una compañera enfermera que también era su mejor amiga.

—Amiga, has estado muy extraña toda la mañana ¿Tienes algún problema? –le preguntó Dorothy preocupada.

—Me paso algo increíble –le contestó Candy deteniendo el paso.

Dorothy también se detuvo.

—¿Cuéntame, Candy?

—Voy a recibir una herencia.

—¿De quién?

—De mi abuelo paterno. Él era un hombre muy rico y a mí me dejo toda su fortuna.

—¡Eso es maravilloso, amiga!

—Lo es Dorothy, pero hay un problema.

—¿Qué problema?

—Que para recibir la herencia tengo que casarme con un desconocido.

—¿Qué cosa más extraña?

—Si muy extraña, después te voy a contar bien el asunto. Lo que me preocupa es que no sé cómo decírselo a Terry.

—Tienes que decírselo lo antes posible.

—Sí, lo haré hoy mismo. Voy a ver a mi hija -dijo Candy que su pequeña estaba en el mismo hospital donde ella trabaja.

—Sabes, ¿cuando le darán el alta?

—No me ha dicho nada el doctor Martin, espero que sea pronto, ya deseo tenerla en la casa -comentó Candy que deseaba tener pronto a su hija junto a ella.

En la tarde, Candy había terminado su turno y Terry como lo hacía todos los días, la fue a buscar al hospital en su sencillo automóvil, para llevarla al departamento, pero Candy le pidió que antes pasaran a una pequeña plaza, para hablar a solas algo muy importante con él.

—Mi amor, ¿qué es lo que tienes que decirme? –le preguntó Terry impaciente por saber.

Ella le tomó la mano mirándolo a los ojos.

—Bueno…ayer en la tarde llegó un abogado a mi departamento de parte de mi abuelo paterno, el murió hace un mes y me dejó todos sus bienes.

—¿En serio?

—Si…soy la única heredera.

—Vaya Candy, me imagino que debes estar feliz.

—Si…pero hay un inconveniente.

Terry la miró atento.

—¿Qué inconveniente?

—Lo que sucede…que…para poder recibir la herencia tengo que casarme con un hombre llamado William Andrew.

Terry se echó a reír.

—Jajajaja, pecosa, no juegues conmigo.

Ella trago seco.

—Es que…no estoy jugando contigo, sino me caso con ese hombre no voy a recibir la herencia.

El rostro de Terry cambió completamente.

—¡Que locura es esa! –exclamó alterado, provocando que algunas personas que estaban en la plaza lo quedaron mirando por su reacción.

—Terry, tranquilízate –le pidió Candy tomándole el brazo.

—¿Cómo quieres que me tranquilice? Me estás diciendo que tienes que casarte con otro hombre, para poder recibir esa herencia.

—Es una cláusula que puso mi abuelo.

—¿Porque hiso algo así?

—Es largo de contar, es la única manera que pueda recibir esa herencia.

—¡Ósea que piensas casarte con ese desconocido! –le reclamó furioso Terry.

—Terry, yo te amo…pero también necesitó el dinero, tú sabes las deudas que tengo por la enfermedad de Katherine. Tal vez podría llegar a un acuerdo con el señor William Andrew.

Él se puso de pies.

—Te desconozco Candy, nunca pensé que el dinero fuera tan importante para ti. Si quieres casarte con ese tipo hazlo, yo te dejo el camino libre –le dijo Terry dolido marchándose del lugar.

—¡Terry no te vayas tenemos que hablar! –le gritó Candy siguiéndolo, ella no estaba dispuesta a perderlo por culpa de aquella herencia.

De inmediato corrió para alcanzarlo, antes que él se subiera a su automóvil.

—¡Terry! –lo llamó con desesperación.

El volteo su cuerpo y caminó hasta ella abrazándola.

—Candy, mi amor…lo siento es que me volví loco al pensar que podía perderte.

—No digas tonterías, yo solo tengo ojos para ti.

—Entonces, ¿qué vas hacer con lo de la herencia?

Ella se apartó de él mirándolo a los ojos.

—No voy aceptarla…de alguna manera pagare mis deudas, pero no quiero dejarte, tú has sido tan bueno conmigo.

—Gracias, pecosa…te amo tanto. Te prometo que no habrá ninguna necesidad de que recibas esa herencia. Voy a trabajar muy duro para pronto casarnos y que nada te falte ni a ti ni a tu hija –le dijo Terry dándole un beso en los labios.

Los Andrew es una prestigiosa familia de Chicago, dueños de una cadena de hoteles. Esa mañana se encontraban todos reunidos en su lujosa mansión. Encabezada por William Albert Andrew, un hombre de negocios muy atractivo, estaba sentado en un elegante sofá color terracota, luciendo un traje color azul oscuro, junto a su tía Elroy Andrew hermana de su fallecido padre, con su sobrino Anthony. En otro sillón se encontraba el señor Legan otro socio de la empresa, junto a su esposa Sara e hija Elisa novia de Anthony. También se estaba George Johnson el hombre de confianza de William. Todos hablando de la desconocida heredera del señor White, un importante socio en la empresa hotelera. Solo faltaba la familia Cornwell que estaba de viaje.

—Que afortunada es esa muchacha, ahora es dueña del 40% de las acciones de la cadena de hoteles –comentó el señor Legan que era el encargado de las finanzas de la empresa.

—Espero que no se le ocurra venderlas, eso nos perjudicaría –dijo George Johnson, un hombre serio que se ha ganado la confianza de los Andrew.

—Pero, si todo depende de mí tío –intervino Anthony –. Solo tiene que casarse con ella, fue esa la voluntad del señor White.

—¡Eso es una locura! ¿Cómo William va a casarse con una desconocida? –expresó Elroy una mujer muy estricta y orgullosa.

—Una locura que salvaría la empresa –dijo el señor Legan.

—¿Qué quieres decir con eso, Raymond? -le preguntó Elroy.

—Que, si William no se casa con esa joven, corremos el riesgo de perder la empresa.

Todos se miraron sorprendidos.

—¿No comprendo?

—El señor White dejó en su testamento que, si su nieta y William no aceptan casarse, el 40% de las acciones de la empresa tendrían que ser vendidas en muy bajo precio por su abogado, para que el dinero sea repartido en instituciones de beneficencias.

—Eso significa que la empresa hotelera estaría en riesgo –agregó George.

—¡Oh qué horror! –exclamó la señora Sara Legan una mujer elegante y muy orgullosa.

—Podríamos quedarnos en la ruina –añadió Elisa –. ¡Yo no soportaría ser pobre!

William Andrew se levantó del sofá, dio unos pasos por el salón, sintiéndose acorralado ya que de él estaba dependiendo el patrimonio de la familia.

—No se preocupen, eso no pasará –dijo el –. Yo estoy dispuesto a casarme con esa joven.

—¿Estás seguro, William? –le preguntó George incrédulo.

—Si…es por el bien de todos.

—Yo me niego aceptar que mi sobrino mayor tenga que casarse con esa muchacha –intervino Elroy con una especie de molestia –. Arruinarías tu vida al lado de ella.

—Tía…tranquila será un matrimonio por conveniencia –le aclaró William para tranquilizarla –. Además, será por poco tiempo, por que más adelante podría comprarle las acciones a esa joven.

—Pero William, no has pensado en que ella se niegue a ese matrimonio –le dijo George.

—Si…eso puede pasar.

—Es poco probable - intervino el señor Legan –. El testamentó del señor White dice claramente que, si su nieta no quiere casarse contigo, no podrá recibir la herencia.

—Vaya nunca pensé que el señor White fuera tan calculador, nos dejó prácticamente obligados a su nieta y a mí a casarnos –comentó William sorprendido.

—Parece que muy pronto tendremos una boda en esta mansión –comentó Anthony en tono de broma.

Albert lo miró asustado, sabiendo el costo de aquel matrimonio por conveniencia, que estaría poniendo en riesgo su felicidad, de unir su vida al lado de una completa desconocida.

Continurá…


Hola mis lindas chicas.

Espero que se encuentren muy bien, junto a sus familias. Aquí les dejo esta historia de nuestros rubios, que años atrás publique, así que la edite nuevamente, le agregue algunas cosas que le faltaba, para que la vuelvan a disfrutar las chicas me la han pedido en varias ocasiones y las que desean leerla por primera vez.

Les mando un cariñoso abrazo a la disfruten y espero sus lindos comentarios.