Notas de autor

Primero me presento. Soy Js. Leblanc.

Agradezco a todo el que esté leyendo este texto, el cual es el primero que publico.

He leído fics por mucho tiempo, y una noche extraña decidí intentar dar el paso y crear mi pequeña obra.

Twilight Princess es un juego extraño. Me gusta, pero siento que tiene tantos buenos diseños de personajes despreciados, partiendo por la princesa Zelda, y seamos sinceros, relacionar la encarnación del héroe con ella es inverosímil dentro del canon. Literalmente se ven tres veces y todas son situaciones de vida o muerte, pero la escena final, donde ambos permanecen en la cámara del espejo, da para soñar despierto. Así que de ahí partimos.

Algunos aspectos que me gustaría mencionar antes de partir con esta obra y sus concordancias o divergencias con el canon son:

- Uso los nombres de la traducción inglesa, tanto en los lugares como en los personajes, pues es la versión que jugué y porque sinceramente no me gusta el cambio de nombres en español.

- Me tomé la libertad creativa de poner una puerta en la planta donde se lleva a cabo la segunda fase de la pelea contra el jefe en Arbiter's Ground/Patíbulo del desierto. Todo con fines narrativos.

- Me basé abiertamente en la personalidad de Link mostrada en el manga de Twilight Princess y la personalidad de Zelda toma parte de su descripción general a lo largo del canon; que es la de una mujer joven de gran sabiduría para su edad y altamente comprometida con el bienestar de su pueblo, sumado a la idea del fandom de que es una mujer fría por motivos desconocidos y/o relacionados a su vida como princesa heredera del reino.

- Hasta donde tengo entendido la edad de Link es de 17, bordeando los 18, esto sujeto a muchas especulaciones y datos recogidos de foros y wikis. Asimismo Zelda sería cercana a sus 20.

Dicho todo lo anterior, espero que disfruten su lectura. Todo comentario y crítica será bienvenido.

...

Antes de comenzar la historia, tomar en cuenta lo siguiente:

- Los cambios de escena se darán con tres puntos en vertical:

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- Los pensamientos y recuerdos estarán en cursiva.

Disclaimer: The Legend of Zelda y sus personajes pertenecen a Nintendo.


ANOCHECER

Capítulo 1: Sus nombres

El crepúsculo, aquel breve momento donde la luz y las sombras se cruzan, ese instante incierto dónde ninguno predomina y al mismo tiempo ambos reinan; ese bello escenario que anuncia el fin de un día.

Todo comenzó con él, una cálida puesta de sol y las palabras de un mentor, cuentos antiguos y frases pintorescas que ocultaban una inimaginable verdad. Hay quienes dicen que todo cuento tiene algo de verdad, pero si el joven cabrero alguna vez pensó en ello, nunca lo dijo, y cuándo pudo hacerlo, ya era demasiado tarde.

Dos mundos que nunca deben cruzarse, dos caras de una misma moneda, el balance primigenio de la creación pues toda luz tiene una sombra. Pero nadie pensaría que la sombra de la legendaria tierra de luz sería tan grande, así mismo nadie pensaría que su salvador sería un pastor de cabras, un chico que nunca tuvo un lugar y al mismo tiempo pertenecía a todos. Un hombre que se abriría paso por las tinieblas solo con coraje y las ácidas palabras de un diablillo.

Encarcelado y reducido a una bestia, chantajeado por un ser de otro mundo, compadecido por una princesa, temido por sus propios amigos, angustiado por su falta de fuerza; entrenado por un espectro penitente, elegido por las diosas y aun así reticente.

Él no lo eligió. Por amor a todo lo que es sagrado que no lo hizo, pero aun así lo afrontó

¿Había opción?

En un principio creyó que la había, que tenía elección, pero no pasó mucho hasta que esa ingenua idea desapareció.

¿Pudo huir?

No hubo momento en que no pensara en huir, especialmente cuando estaba hasta el cuello de monstruos, pero eso significaba que otros sufrirían, o peor, morirían… y todo por su cobardía.

¿Tenía razones para luchar?

Su pueblo, sus amigos, los niños… ella; pero no siempre fueron suficientes, no cuando ya no eran una horda de monstruos sin cabeza ni pies, no cuando tenía que enfrentar a un rey usurpador, no cuando le hablaron del señor oscuro y el poder de las diosas.

Aun así lo hizo, liberó a los espíritus de luz y repelió el crepúsculo de su tierra; recuperó su cuerpo y blandió la sagrada espada, se enfrentó a seres que solo habitan en pesadillas y cuentos inverosímiles, viajó en el tiempo y a través de una ciudad en los cielos; venció al usurpador y se enfrentó al mal encarnado, no una, sino cuatro veces en distintas formas, y todo terminó justo como comenzó, con el crepúsculo adornando los cielos.

Logró lo imposible, pero aun así no hubo alegría, no cuando el espejo se rompió.

En medio de la cámara del espejo únicamente había dos personas, ambos miraban hacia el marco vacío y trataban de entender qué fue lo que pasó frente a sus ojos, que llevó a su amiga a tal decisión.

Él suspiró con pesadez, mientras que ella solo contempló en silencio su actuar. No habían hablado, no al menos una verdadera conversación que forzara a hablar al taciturno joven, y ahora estaban completamente solos en las ruinas de un patíbulo en el desierto, otro suspiro resonó y la princesa se preocupó. Aunque no consciente del todo su espíritu fue parte de la princesa crepuscular por un tiempo y de alguna manera sentía que conocía a aquel hombre, aunque está fuera la tercera vez que se veían. Podía sentir su tristeza.

Remojó sus labios y tragó, mientras preparaba sus palabras, era algo que había aprendido desde niña, el arte de la elocuencia, y sin embargo parecía que en aquel instante su dominio le había abandonado.

Sintiendo unos nervios ajenos a una mujer de su clase y posición, la princesa abrió su boca y le llamó.

— Héroe…

Su voz suave y aun así regia le hizo voltear. Por un momento su semblante fue de sorpresa como si hubiera olvidado que estaba acompañado, pero rápidamente aquella expresión se volvió una seria e ilegible, y por alguna razón aquello le brindó confianza a la regente.

— Las palabras nunca serán suficientes para agradecer lo que has hecho por mi reino, tampoco lo serían las tierras y riquezas, pero permítame prometerle que su arduo periplo será debidamente recompensado. Todos han de saber que en nuestro momento más oscuro un hombre se alzó para protegernos y librarnos del mal, han de saber que aún hay esperanza a pesar de nuestras pérdidas, y que de todo corazón le estaré eternamente agradecida.

Era la segunda vez que le veía inclinar la cabeza ante su figura, y aunque la primera vez no pensó en lo que conllevaba tal acción, ahora pudo sentir que la vergüenza le llenaba. Frente a él tenía a la princesa del reino inclinándose en su honor, la monarca inclinándose ante un pastor de cabras. La sola idea de ello le hizo sentir náuseas de lo indigno que se sentía, nadie debería inclinarse ante él, mucho menos ella, no cuando su debilidad la condenó.

Mordió su labio con amargura y se arrodilló.

— Su alteza. — llamó con su voz ronca debido a sus gritos en la pasada batalla. — Por favor no incline su cabeza, no merezco tal honor.

La monarca alzó su rostro y contempló cómo el héroe se postraba con la mirada fija en el suelo y ello le irritó.

— Lo mismo podría decir, héroe. No te inclines ante mí, tampoco desvíes la mirada al suelo, no hay necesidad de ello. — pronunció con velado tono, mientras daba un paso hacia él.

— Pero, alteza, yo... — intentó alegar, pero rápidamente se vio cortado por la chica frente a él.

— No se arrodille ante mí, Link. — su voz seguía siendo suave, sin embargo la imperativa en ella fue tan fuerte que hizo que su piel se erizara.

Se puso de pie tan rápido como pudo y miró hacia la joven quien le observaba fijamente. Imponente fue la primera cosa que pensó al verle, seguido de hermosa, pues para nadie eran desconocidos los rumores sobre la belleza de la princesa Zelda. Incluso en su pequeño pueblo llegó alguna vez a escuchar a los mercaderes y el alcalde hablar sobre el manto etéreo que le rodeaba; Rusl también se lo comentó y el recuerdo de cómo le dijo antes de su viaje que quizás con suerte podría conocerla le hizo reír para sus adentros.

Si supieras... — pensó, al mismo tiempo que oía un sutil carraspeo por parte de la princesa.

— Nuestro momento de partir ha llegado. Me gustaría volver al castillo de inmediato. — dijo con calma, mientras su fría mirada seguía en él. — Pero me temo que tendremos que atravesar el desierto por nuestros medios.

— ¿Por nuestros medios? — repitió confuso. — ¿No hay forma de que pueda transportarnos con su magia? — prácticamente se mordió la lengua cuando terminó y volvió a sentir su gélida mirada.

Uno jamás cuestiona a la realeza…

La princesa suspiró, quizás con cansancio o también harta de él, pensó temeroso.

— Aunque quisiera, no podría hacer tal cosa. — admitió con pesar. —No solo mi poder mágico se ha agotado al invocar las flechas de luz, sino que tampoco conozco un hechizo capaz de movilizarnos.

El guerrero de verde asintió con resignación. Odiaba el desierto y aquella prisión abandonada era el último lugar por el que quería pasar ahora que su aventura había terminado. La princesa comenzó su camino, mientras que él solo volteó a mirar el lugar donde alguna vez estuvo el espejo.

Será un camino largo. — pensó, mientras comenzaba su marcha.

Quién diría que extrañaría a Occoo tan rápido, pues ni habían pasado ni diez minutos cuando deseó con todas sus fuerzas que la extraña criatura estuviera entre alguno de los jarrones polvorientos. ¿Las diosas disfrutan torturarlo? ¿Es este su castigo por todos esos jarrones que rompió indiscriminadamente? No lo sabía, pero lo que si sabía era que odiaba ese maldito lugar y su estúpido sistema de rieles, sistema que cabe destacar solo se puede usar con un artilugio diseñado para una persona.

Suspiró en lo que ya parecía un acto reflejo, mientras la monarca veía curiosa el pilar de piedra donde se hallaban.

— No hay forma de bajar... — comentó ella, luego de mirar alrededor.

— La hay. — dijo él, mientras metía su mano en una de las bolsas de su cinturón.

Cómo funcionaba aquella bolsa fue algo que nunca se detuvo a pensar. No había tiempo, pero recuerda que el diablillo una vez comentó que probablemente estaba encantada con un hechizo de conjuración, y aunque no entendiera del todo lo que implicaba, sí sabía que una vez metía su mano en ella y pensaba en lo que quería, inmediatamente dicho objeto aparecía en su mano contraria. Fue así como dejó caer al suelo el Spinner para la intriga de la princesa.

— ¿Qué es? — preguntó, mientras caminaba en círculos a través del artilugio.

— Le llaman Spinner, es la única forma de utilizar aquellos rieles, y por alguna razón también acciona ciertos mecanismos en este y otros lugares del reino.

Ella alzó una ceja en una pregunta tácita, pero el solo negó sin poder explicarlo.

— No parece muy grande. — comentó, mientras tentativamente ponía un pie sobre el objeto.

— Me temo que no. — respondió, conteniendo otro suspiro. — No es algo realmente diseñado para dos personas, pero ha de funcionar.

La implicación de aquello no tardó en golpear a la dama, quien rápidamente se alejó de él y del objeto en cuestión.

— ¿No podemos descender de otra forma?

— No que yo sepa, alteza.

— ¿No tienes alguna cuerda? — cuestionó mirando el borde a la distancia.

— No, y aunque la tuviera nunca sería tan larga como para tocar el suelo.

Debía darle crédito, no solo escondió su nerviosismo ante la situación, sino que también fue lo suficientemente audaz para sugerir otra alternativa.

Audaz, era tiempo de serlo…

Dio un par de pasos hasta quedar frente a ella, solo separados por el Spinner; y con toda la elocuencia que su ser le permitió, habló.

— Alteza, créame que no estoy particularmente dispuesto a ponerle en peligro, no especialmente después de todo lo que ha pasado, pero estoy seguro de que es la única forma de salir de este lugar ¿Confiará en mí?

Su ligera sonrisa reconfortante cerró el trato, incluso antes de que se diera cuenta, y con toda la delicadeza de una dama noble, ella asintió a su pregunta. Ya le confío su reino y demostró ser más que capaz, su vida parecía pequeña al lado de ello.

Link subió uno de sus pies a la pequeña plataforma del artilugio y le tendió la mano a la dama. Ella dudó por un instante, hasta que su palma enguantada rozó la contraría. Le ayudó a equilibrarse al instante que el Spinner encendía su mecanismo ante el peso completo de un usuario. El elegido por las diosas se apresuró en subir ante el sobresalto de la princesa por el movimiento, y sin mediar palabras o pensar en las implicancias, rodeó su cintura con su brazo, atrayéndola hacia él.

Un pequeño ruido de sobresalto fue liberado inconscientemente por la doncella. No obstante, todo pensamiento ante el atrevimiento del joven fue dejado de lado cuando notó que lentamente se movían hacia la saliente.

— Tenemos que saltar hasta aquel riel y luego a los que están en el pilar para bajar a toda velocidad. — explicó, mientras miraba fijamente hacia el frente. La princesa que instintivamente había puesto sus manos en su pecho, asintió con cierto temor.

— Espero funcione... — dijo en voz baja para sí misma.

— Yo también... — habló él, al mismo tiempo que se agachaba e instaba a la doncella a hacer lo mismo con su agarre.

Zelda no supo qué estaba pasando hasta que sintió un ligero estruendo a sus pies y noto cómo el extraño objeto tomó un impulso descomunal, causando que cerrara sus ojos. Si no fuera por sus años aprendiendo el dominio de sus emociones por la vida en la corte, habría soltado un grito despavorido, más cuando sintió como el objeto a sus pies impactó con algo y los abrió.

Curiosidad habría causado la escena si alguien hubiera sido capaz de presenciarla, pues en medio de una prisión abandonada, la princesa del reino se encontraba aferrada al héroe, mientras estaban montados en lo que sin duda era un trompo gigante.

El agarre de su cintura no aflojó, y el héroe no dejó de mirar hacia el camino con completa concentración, hasta que de pronto habló.

— Aquí va otra vez. — fue toda la advertencia que le dio para cuándo posicionó su peso nuevamente sobre la base del Spinner y este se impulsó.

La princesa ni siquiera tuvo el reflejo de cerrar sus ojos ante lo abrupto del movimiento, y esta vez vio por completo como el Spinner se abría paso a través de la nada, y una vez que las muescas se aferraron al riel, el agarre en su cintura aflojó, pero él se negaba a mirarla, incluso aunque literalmente estuvieran dando vueltas aferrados al otro, pero si a ella le molestó no fue algo que él debía saber y tampoco era algo que quisiera expresar.

Una vez terminó el descenso, el Spinner se deslizó por el suelo unos instantes hasta que finalmente se detuvo. Link soltó por completo la cintura de su alteza y le ofreció la mano, que en silencio aceptó. Una vez más con sus pies en tierra firme, observó cómo el joven héroe posaba su mano sobre la bolsa a su costado y el objeto desapareció en un instante.

— Acabé con todos los monstruos la primera vez que vine, no debería haber problemas en el camino. — habló con calma, no obstante la portadora de la pieza de la sabiduría notó cierta duda en su tono.

— ¿Pero…? — instó sabiendo que algo le inquietaba.

El volteó a verle y su mirada seria le preocupó.

— Pero le ruego no se aparte de mi lado. Aunque libre de monstruos, este lugar sigue lleno de arenas movedizas y otras criaturas desagradables. No quiero pensar en que algo podría sucederle; no si puedo evitarlo. — enfatizó, dedicándole una ligera sonrisa.

Ahora era ella quien debía darle crédito por su dedicación y preocupación. Estaba acostumbrada a palabras de lealtad y devoción, pero la sinceridad no era algo que solía acompañarles, pero en ese instante frente a ella, aquel chico que luchó incansablemente debido a su propia ineptitud, estaba realmente interesado por su bienestar, incluso si ella era la causante indirecta de sus pesares. Sintió la calidez que creía olvidada en sus recuerdos brillar por un momento.

Casi sintió que podría llorar…

— Agradezco su preocupación, héroe. Tiene mi palabra de que me mantendré a su lado mientras guía el camino.

Él asintió, mientras sacaba un candil de su bolsa.

Su camino hacia la salida fue sin mayor inconveniente, no más que un par de salas donde debieron usar el Spinner y un encuentro bastante desagradable con los insectos venenosos, siendo aquellos los seres que Link mencionó. Cuando les vio acercarse a ellos entre las penumbras, alzó su lámpara rápidamente y la agitó, logrando repelerles antes de que pudieran atacarles; sin embargo eso no evitó que le rodearan mientras caminaban, aplastó algunos con disgusto, mientras avanzaba, aunque no pudo evitar sonreír sutilmente al notar que la princesa se acercó más de lo que permite el decoro, pero si era sincero podía entenderle luego de toda su travesía los insectos ocupaban un lugar especialmente bajo en su escala de animales favoritos, partiendo por aquellas alimañas del crepúsculo, seguidos de las condenadas skulltulas del tamaño de un perro y finalmente el eternamente maldito engendro que era Armogohma y sus crías del tamaño de un cucco. Solo recordarles se estremeció, lástima que para ese mismo instante la princesa se aferró a su codo, causando confusión por su sobresalto.

— Lo lamento, no quise incomodarle. — dijo rápidamente la monarca al creer que sus acciones eran las causantes.

Link se detuvo de golpe y negó con fuerza.

— ¡No es así!

La chica le miró con sorpresa ante su particular arrebato, y cuándo el mismo héroe se dio cuenta de que le alzó la voz, giró la cabeza con vergüenza.

— No me estaba incomodando. — inició una vez más, mientras sentía que sus mejillas ardían. — Es solo que no soy aficionado a los insectos y estaba demasiado concentrado en ellos.

Estaba seguro de que no podría acabar este día sin suspirar un par de veces más, y sinceramente ya no le importaba, pero un delicado y sutil ruido le hizo dejar de lado la acción y con la misma velocidad que había ocultado su rostro avergonzado, lo volteó para lograr ver cómo la princesa Zelda cubría con su mano su recatada risa.

Por un momento pensó que estaba viendo cosas, incluso quizás que el veneno de los insectos también era alucinógeno.

No estaba seguro de qué expresión tenía, pero sin duda fue suficiente para que ella callara de golpe y fuera su turno de lucir avergonzada. Eso también fue nuevo para el héroe, pues aquel rostro que siempre lucía tan serio e ilegible era capaz de una amalgama de expresiones de lo más exquisitas para su fascinación.

— Lo siento. — dijo ella, nuevamente con ese tono distante y un ligero rubor. — No debí reírme.

Él negó con la cabeza enfáticamente.

— Tampoco me molesta. — dijo con calma, mientras le ofrecía su codo y le miraba con comprensión. Ella aceptó el gesto, y con entrenada elegancia cubrió su codo con ambas manos sin permitir que sus hombros se tocaran.

Le dio un asentimiento y una mirada reconfortante antes de continuar con su marcha.

— No me gustan los insectos. — dijo en voz baja la doncella.

— Lo sé. — fue su única respuesta y luego el silencio reinó.

Fue así como salieron de las ruinas de aquel lúgubre lugar y sobre ellos se alzaba un manto de estrellas.

El desierto, a pesar de su inclemente calor durante el día, cambiaba a un frío que calaba los huesos durante las noches; y eso Link lo sabía de primera mano.

— Debemos buscar refugio. — sugirió él con calma, mientras miraba a su alrededor y notaba que la princesa frotaba sus brazos.

Avanzaron con lentitud por las arenas hasta llegar al medio de lo que fue el campamento de los bulblins. Ahí el elegido de Farore guío a la princesa a uno de los muros aún de pie y le indicó que esperara. La monarca se sentó, mientras veía al joven partir en busca de leña. Fue en ese momento que finalmente Zelda se permitió dejar todo su cansancio en un largo suspiro.

Hace menos de veinticuatro horas ni siquiera estaba del todo viva y ahora estaba en medio del desierto con el salvador de su tierra, a quien apenas conoce. Ser un monarca no es fácil, pero todo lo sucedido con el crepúsculo arrancaba de lo esperado. La marca con que nació era un presagio de la adversidad durante su vida, pero nunca espero tener que encontrarse en una situación tan terrible como fue el ver su reino sumido en las tinieblas, mientras era incapaz de hacer algo, encarcelada y sin esperanza; más que la legendaria promesa que ante la necesidad de su pueblo un héroe elegido por las mismas diosas se alzaría y traería de vuelta la luz.

Si era sincera no fue lo que esperaba, nunca esperó un lobo, pero al mismo tiempo cuando le vio sintió que era todo lo que necesitaba, y una vez despertó en su trono desorientada y vio tras el diablillo al guerrero de verde con ojos azules llenos de alivio, agradeció a las divinidades… pero aun así no sabía nada él. Ciertamente lucharon codo a codo contra el señor oscuro y había sido testigo de su verdadera pureza al tratar con él durante esa pequeña travesía, pero aun así no se sentía del todo cómoda. Si ella sufrió siendo únicamente una mera observadora, ¿qué habrá sido de él que tuvo que afrontar quién sabe cuántas pruebas y batallas en completa soledad? Incluso en la victoria, no pudo evitar pensar en sí misma como un fracaso.

Los pasos firmes y premeditadamente ruidosos del héroe le sacaron de sus cavilaciones, y poniéndose una vez la máscara de una princesa regia y fuerte, Zelda lo contempló. Cargaba una pila de madera en su mano izquierda, y en la derecha sostenía lo que parecía un cuenco de metal. En silencio dejó la leña frente a ella, al igual que aquel cuenco que ahora podía distinguir era una olla con solo una manilla.

Con calma, Link se despojó de su escudo y luego de la sagrada espada, dejándoles contra el muro. Una vez cómodo, tomó parte de leña y dio forma una pequeña pira para comenzar a encenderla. Un frasco con un líquido amarillento apareció en su mano junto a un pedernal y un cuchillo, llamando la atención de la princesa, parecía que tenía un plan, sin embargo, una vez abrió el frasco que por fin logró distinguir su contenido como el aceite que usaba en su linterna, notó como el portador de la pieza del valor comenzó a buscar con la mirada algo, y al no hallar nada, solo tomó el cuchillo y agarró el dobladillo de su túnica; en el instante en que Zelda comprendió lo que iba a hacer, se apresuró en arrebatarle en el cuchillo y sin siquiera mirarle cortó un trozo de la falda de su vestido.

La expresión de sorpresa en su rostro encerraba una pregunta tácita que no dudó en responder.

— No puede simplemente romper algo tan invaluable como la túnica del héroe para encender una hoguera. — respondió ella con elocuencia, mientras le entregaba la tela.

Negó con una sonrisa divertida y ahora fue turno de ella de arquear una ceja en una pregunta silenciosa.

— Si hablamos de cosas invaluables, estoy seguro de que el vestido de su alteza podría francamente valer más que mi casa y yegua juntas. — respondió él, mientras cortaba la tela en dos y procedía a sumergir solo uno de los trozos en el aceite.

Contra todo pronóstico la princesa se encogió suavemente de hombros y afirmó.

— Tengo varios.

No pudo contener la carcajada ante tal descarada respuesta.

— Esta debe ser la yesca más cara de todo Hyrule. — dijo aun riendo, mientras ponía la tela entre la leña.

— Solo lo mejor para el héroe. —agregó ella cubriendo su sutil sonrisa.

Únicamente bastaron unos intentos hasta que la chispa encendió el aceite y rápidamente cubrió la tela de llamas. Con entrenado cuidado, el joven se apresuró en poner las piezas más delgadas de madera sobre el catalizador, y con orgullo observó cómo el fuego rápidamente se extendía. Con lentitud, la doncella retiró sus guantes de seda y acercó las manos al fuego, sintiendo alivio ante como el ligero entumecimiento desaparecía.

— Me temo que no pude encontrar nada para comer. — habló de pronto el guerrero de verde, llamando su atención.

Si era sincera, el hambre no le había preocupado hasta el instante en que mencionó el comer.

— Solo hay serpientes y lagartos en este lugar, y no estoy seguro de que sean realmente comestibles.

— ¿Cómo hizo la primera vez que estuvo aquí? — preguntó ella, curiosa y preocupada.

— Los bulblins tenían un campamento aquí… — señalo el suelo. — También era de noche y parecía que les interrumpí antes de la cena, así que cuando terminé con ellos, me comí parte del bullbo que estaban asando.

Eso fue suerte y cómo lo agradeció, pues en la ciudad del cielo estuvo muy tentado a comerse a Oocco por un instante, o al menos otro de los Oocca; aunque ciertamente no sé veían apetitosos.

Pero dejando de lado sus precarios hábitos alimenticios durante su travesía, Link tenía algo que al menos reduciría el hambre y parte del cansancio de su alteza. Una vez más llevó su mano a su infalible bolsa encantada, pensando en aquella botella que salvaría el día; y sin mayor demora, como siempre, apareció en su otra mano.

Era leche de Ordon.

Puso la olla a un costado del fuego y vertió la leche en ella, evitando derramarla y la empujó hacia el fuego para qué se calentará. La princesa miró todo en silencio un tanto curiosa, del por qué el héroe llevaba leche consigo.

Y cómo si él leyera su mente, habló.

— Antes de ir al castillo, le pedí a Midna que me llevara a Ordon. Tenía que avisarles a todos que los niños pronto estarían de vuelta una vez terminara con mi labor.

El que haya mencionado tan casualmente a la princesa twili llamó su atención. Sabía que su abrupta partida le afectó tanto o más que a ella, pero el verle hablar tan calmado de la mencionada, no evitó que se preocupara.

— Compré la leche creyendo que podría necesitar algo de energía cuando estuviera en el castillo. Aunque claro, ni siquiera sabía qué esperar una vez estuviera allí. — su sonrisa nostálgica ocultaba algo que ella incluso, con su bendición divina, no pudo identificar. —No sé si lo sepa, pero la leche de las cabras de Ordon tiene bastantes nutrientes, hay quienes incluso dicen que es mágica. — rio suavemente con aquello. — En lo personal, creo que solo es una artimaña de los mercaderes para cobrar más por ella. He tomado toda mi vida esta leche y solamente me ayuda con la fatiga.

— Sabía sobre las cabras y su leche, pero he de admitir que nunca he estado en Ordon. —admitió ella con quietud.

Era obvio que no había estado ahí, él lo sabía, pero no dijo nada al respecto ya sea por respeto a la soberana o en comprensión a las implicancias de la frase en sí.

— Le encantaría. — dijo con un ánimo exuberante. — La aldea es pequeña, nos dedicamos a criar cabras, plantar calabazas y contamos solo con lo necesario, pero las personas... —se detuvo de golpe y por un momento contempló la leche que comenzaba a borbotear. — Las personas son las más amables y dedicadas que esta tierra ha visto. — terminó, mientras la melancolía cubría sus ojos.

No había forma que no se preocupara ante tal súbito cambio de ánimo, pero incluso siendo una mujer de su posición, no se sentía cómoda indagando en sus motivos, no quería hacerlo sentir incómodo ni mucho menos presionado a responderle, pues si había una persona a la que nunca querría forzar a algo sería a su héroe.

La leche finalmente alcanzó su punto máximo, ante lo que Link, con cuidado, tomó la manilla del recipiente con el resto de tela de vestido y vertió la mitad del líquido en la botella vacía.

— Está caliente. — advirtió a la doncella, mientras entregaba el improvisado vaso, ella solo asintió y agradeció, sin despegar su mirada de la bebida.

El Ordoniano, por su parte, bebió su porción desde la misma olla, con cuidado de no quemarse. Tragó con lentitud, mientras dejaba que el ya conocido sabor llenará sus sentidos; era cálido y con un regusto fuerte, justo como el abrazo de una madre y las palmadas de un padre. Dejó escapar su aliento en un ligero suspiro, a pesar de que por fin todo había terminado, la carga sobre sus hombros aún no se iba. Quizás cuándo dejara a la princesa a salvo en el castillo finalmente lo haría.

La princesa vio toda su tribulación sin que él lo notará. El ver su rostro cambiar tan rápidamente, entre emociones adversas, le dolió. Ahora que finalmente podía estar a su lado en completo silencio, comenzó a notar más aspectos del elegido de las diosas y no pudo evitar sorprenderse al percatarse de lo joven que era; fácilmente lucía algunos años menor que ella, quien apenas estaba en la veintena.

— ¿Cuál es su edad, héroe? — preguntó, haciéndole salir de su ensimismamiento.

Volteó su mirada hacia ella y separó los labios para rápidamente cerrarlos e inclinar ligeramente su cabeza hacia la derecha pensativo.

— Creo que hace un par de semanas cumplí dieciocho años. Aunque sinceramente no estoy muy seguro de qué día o mes es actualmente. —respondió con una ligereza que solo terminó de golpear a la princesa.

Solamente tenía diecisiete años cuando todo comenzó. La primera vez que lo vio.

— Es usted tan joven. — dijo ella, inconscientemente en voz alta.

— Me lo suelen decir. — respondió sin prestar atención a su indiscreción. — Según entiendo a mi edad ni siquiera sería un soldado. ¿No es así?

— Así es. — continuó la aristócrata. — la edad mínima para unirse al ejercicio real es a los veinte, y si fueras un aprendiz de caballero aún serías un escudero hasta que cumplas veintiún años y se haga la ceremonia de investidura.

— Suena duro.

Ella negó con la cabeza.

— Actualmente hay muy pocos caballeros. La mayoría son los hijos menores de las casas nobles o adineradas. Debido a que no están destinados a heredar el título o negocios de la familia, sus padres les envían a estudiar los caminos de la caballería para tener influencia en el ejército.

— ¿Hubo alguno de ellos a su lado cuando Zant atacó? — nuevamente la seriedad llenó el semblante del héroe, era una pregunta delicada.

— No. — respondió, desviando su mirada a la botella con leche aún tibia, la que bebió en un intento de calmar su amargura. — A la primera señal de peligro huyeron, al igual que la mayoría de los soldados; aquel día que el crepúsculo descendió solo estaba acompañada de mi guardia personal.

— Lo siento. — se disculpó rápidamente él. — No debí preguntar sobre aquello.

— No se disculpe. — pidió, aun viendo hacia la botella. — Sé que no ha tenido malas intenciones con ello.

— Aun así no me gusta ver que su alteza luzca tan triste y decaída. — admitió, logrando que ella le mirará. — Si me es posible, me gustaría poder evitar que los tormentos inunden su ser.

Zelda creía que comenzaba a entender al hombre frente a ella, y sin embargo ahora mismo se encontraba más confundida que nunca ante la mirada férrea y llena de determinación que había en él.

¿Realmente era posible que un alma tan desinteresada existiera? ¿Debería sentirse halagada ante tan dulce preocupación, o asustada por el nerviosismo que comenzó a sentir en su estómago? Toda su vida se le dijo que como heredera del reino debía ser fuerte y nunca permitir que nadie conociera sus aprensiones; las emociones son una debilidad en su mundo, pero… ¿estaría mal confiar en el hombre a su lado? ¿Podría él ser igual a las víboras que llenaban su corte? ¿O sería esta una oportunidad que las diosas enviaron para su alma atormentada? No lo sabía y eso le aterraba incluso más que Zant y Ganondorf, siempre podía confiar en la sabiduría que las damas divinas le confiaron, pero ahora no había nada, ni un indicio o una pulsación en su mano que le indicará un camino. Por primera vez en su vida no era la princesa con una sabiduría que excede su edad, sino solo Zelda, una joven mujer con incertidumbre a mostrarle a alguien su verdadero ser.

Zelda respiró profundamente y miró al causante de sus cavilaciones, quien ahora miraba el fuego obviando por completo que le dejó sin respuesta alguna.

La fortuna favorece a los valientes.

— Me temo que mi alma ya está llena de tormentos. — respondió ella en voz alta, llamando su atención. — Dejé a mi pueblo a merced de un invasor, fui débil e ingenua y eso costó la vida de gente inocente. Mi propia cobardía no me permitió nada más que esperar en aquella torre, e incluso cuando lo vi frente a mí y reconocí su verdadera naturaleza, igualmente dejé que usted, el enviado de las diosas, luchara solo. Yo que soy reconocida por mi herencia divina no fui más que un fracaso en el momento más crucial de mi vida, y ahora solo puedo lamentarme.

Ahí estaba, lo dijo. Finalmente dejó salir verdadero sentir, incluso si no sabía qué esperar o si podía confiar, lo hizo. Solo rogaba no haberse equivocado.

Link le vio en silencio, le miró con un rostro inexpresivo que puso sus nervios de punta, y así mismo, sin decir nada, se puso de pie. Zelda le miró con cierto temor, se sentía tan indefensa ahora que habló y por un momento pensó que la situación podía ser peor.

Se equivocó…

Avanzó hasta ella en tres simples pasos y se arrodilló a solo un brazo de distancia, y fue en ese momento que creyó que había cometido el error más grande de su vida, pues la mirada fría y molesta que le dedicó fue suficiente para quitarle el aire. Intento abrir su boca para decir algo y aplacar al héroe, quizás disculparse y prometer nunca más hablar, sin embargo, nada salió de ella, aquellos ojos azules le miraban con tanta fiereza que por un momento se cuestionó cómo un hombre podía tener una mirada tan fuerte, era casi como la de una bestia; pero fue su voz lo que le permitió respirar otra vez.

— No es un fracaso. — dijo Link con firmeza, haciendo que sus ojos se abrieran en sorpresa. — Elegiste a Hyrule incluso antes que a ti misma, viste a tus hombres morir y fuiste condenada a ver a tu pueblo sufrir con las manos atadas por su propio bien; pero gracias a eso pude llegar a usted, pudo guiar nuestra búsqueda y en el momento de mayor necesidad dio su vida para que Midna pudiera seguir a mi lado cuando fue mi propia debilidad lo que la puso en peligro. — Link, dejó escapar un ligero suspiro y su mirada se volvió una entrañable. — Sus sacrificios me permitieron seguir hacia adelante y me inspiraron a luchar con más fuerza. Es como ella dijo; "si todos en Hyrule son como tú todo estará bien, porque nadie que esté dispuesto a dar su vida por otro sin dudar puede ser malo y ningún gobernante que esté dispuesto a elegir el sufrimiento propio antes que el de su gente puede ser un fracaso". No es un fracaso, Zelda, y quién diga lo contrario se enfrentará a mí, sin importar quién sea.

Qué ingenua era. Incluso ahora seguía demostrando ser más que cualquier hombre que se hubiera arrodillado ante ella, más noble que cualquier hijo de alta cuna, más valiente que cualquier caballero, más sincero que todos sus consejeros, y por sobretodo más humano que cualquiera que haya osado llamarle por su nombre.

Sintió sus ojos humedecerse y su vista tornarse cristalina.

No lloró cuando su padre murió, tampoco cuándo su ejército le abandonó, ni mucho menos cuándo fue encarcelada, pero ahora Zelda sintió que podía hacerlo.

Sobre las arenas de un desierto olvidado, bajo las estrellas y con el hombre al que le debía todo, lloró; no como una princesa, tampoco cómo una elegida por las diosas, solo como Zelda… y eso estuvo bien.

Link se alarmó cuando vio las pequeñas lágrimas recorrer su rostro, se sintió como la peor de las basuras por hacer llorar a tan pura doncella y no tardó en recriminarse por haber sobrepasado sus límites. ¡Por las diosas, incluso le llamó por su nombre de pila! Pero en su defensa no pudo controlar su molestia al oírle hablar tan mal de sí misma. No lo entendía del todo, pero desde que le vio por primera vez y notó la tristeza encerrada en sus ojos, algo le hizo desear protegerle, había pensado que una vez recuperara su cuerpo, iba a sacarle de esa torre a cómo dé lugar; pero el destino tenía otros planes, y cuando le vio desaparecer frente a sus ojos, la culpa lo devoró, su debilidad no le permitió defender a Midna, así como a los niños e Ilia en Ordon, y ahora sus falencias habían tomado a la princesa cómo víctima. Había continuado con el fracaso sobre sus hombros, ella había muerto por su culpa, ni siquiera pudo detenerla cuándo el diablillo se lo gritó, era débil, lento y carecía de determinación verdadera, justo cómo dijo el espectro; traía vergüenza a la túnica del héroe.

Fue la culpa la que le impulsó a seguir, fue el deseo de enmendar sus errores lo que dio la fuerza para enfrentar cada prueba y batalla, fue la pérdida lo que forjó el coraje en él y la esperanza selló su determinación, pues cuándo Midna le dijo que aún no era demasiado tarde para la princesa, sintió como algo llenaba su ser y alcanzaba su punto máximo haciéndose la promesa de que volvería al castillo y la próxima vez que la viera no le fallaría; a ella ni a nadie.

Mas ahora sus lágrimas le estaban matando y lo peor es que no sabía cómo detenerlas, pues si sus palabras las causaron sus acciones, podrían solo empeorarlas. Bajó su mirada con resignación, no sollozó o emitió ningún ruido, incluso en el llanto se mantuvo digna y regía, pero el dolor tras sus ojos y aquellas lágrimas, eran suficientes para torturarlo de por vida.

— ... cias. — un murmullo entrecortado apenas audible le hizo alzar el rostro de golpe y notó que ella le miraba fijamente, mientras aún derramaba lágrimas. — Gracias. — fue todo lo que ella dijo.

Bastó eso para que el joven actuara. Si alguien alguna vez decidía condenarlo por los actos de los últimos seis minutos, entonces lo aceptaría con la frente en alto, una vida en las mazmorras e incluso la muerte en la horca eran un precio aceptable a cambio de calmar sus pesares. Aceptaría toda una vida de tormentos con tal de sanar los dolores ajenos, y fue por ello que la abrazó, permitiéndole por fin dejar salir todo.

Escena más conmovedora nunca fue vista en la tierra de Hyrule. Ahí, en medio de la completa nada, la princesa del reino lloraba a toda voz en los brazos del héroe. Bajo la fría noche del desierto, él la salvó una vez más.

Pasó casi una hora y ahora él se encontraba apoyado contra la pared de piedra y la doncella aún envuelta por sus brazos mantenía su rostro enterrado en su pecho. Ninguna palabra se transó, tampoco se detuvieron ante lo indecorosa de su posición o ante el hecho de que él incluso se atrevió a acariciar su cabello; nada de ello importó y jamás lo haría.

Miraba hacia la nada, cuándo sintió el agarre en su túnica soltarse. Bajó su mirada hacia su coronilla y escuchó cómo respiraba hondo para luego dejar una exhalación temblorosa. Detuvo las caricias y esperó hasta que alzó su rostro. Rojos e hinchados lucían sus ojos, pero a pesar de ello la ligera sonrisa que ella le dedicó dijo todo.

— No había llorado tanto en mi vida. — admitió con voz suave y relajada.

Él asintió con suavidad, mientras le miraba con comprensión. Había elegido el silencio por ahora y ella lo entendió.

— Nunca podré pagarle todo lo que ha hecho por mí.

Negó con vehemencia y su ceño se frunció ligeramente.

— Si hay algo que deseé, por favor, dígamelo. Haré todo lo que esté a mi alcance para dárselo, sin importar que sea.

Bien, Link no era un mojigato, ni tampoco se consideraba un pináculo de pureza, pero aquellas palabras podrían malinterpretarse fácilmente, más aún en la posición en la que estaban, especialmente ahora que aquel manto de tristeza había desaparecido de ella y parecía ser incluso más hermosa que antes. Se mordió la lengua con fuerza. ¿Qué clase de cosas estaba pensando? Princesa o no, ella merecía su respeto y el solo pensar en tomar ventaja de su estado le hizo sentir sucio. Uli y las demás madres de Ordon se avergonzarían de él.

— ¿Héroe? — su preocupada voz le hizo abrir los ojos de golpe, los que no recordaba haber cerrado en primer lugar. — ¿Está bien?

Diosas… — pensó avergonzado.

¿Cómo es que pueda existir alguien tan dulce? Ahora que había dejado salir parte de sus angustias, lucía tan ligera y su rostro lleno de expresión, que por un momento creyó que podría hacer algo estúpido.

Asintió con lentitud, mientras le miraba relajar nuevamente su expresión.

No quería tierra ni riquezas, aunque estas últimas servirán para ayudar a su pueblo, tampoco títulos ni condecoraciones. Ser únicamente Link le bastaba.

— Hay algo que me gustaría pedir, si no es demasiado mi atrevimiento. — comenzó logrando que ella le observará concentrada. — Me gustaría que me llamara por mi nombre, alteza.

La princesa asimiló su petición con un rostro en blanco, hasta que sus cejas se inclinaron y Link se estremeció.

Ahí venía la bofetada…

— Dejaré de llamarle héroe solo si deja de llamarme por mi título. — no era una petición, su tono imperioso no dejaba espacio a refutaciones y ante eso solo pudo asentir mansamente.

Pero su ceja arqueada le dijo que aún no era suficiente.

— Así será... Zelda. — dijo en un susurro.

La sonrisa brillante y cálida que ella le dedicó fue la más libre y sincera que nunca nadie vio.

— Gracias, Link. — dijo, mientras volvía a posar su frente en su pecho y con lentitud envolvía su torso en un abrazo. — Gracias por todo.

El crepúsculo se había ido. Puede que nunca se curarían del todo sus heridas o quizás en primer lugar no debían sanar, pero lo importante era saber que tras todo el dolor aún había esperanza. Tras el incierto momento en que la luz y las sombras reinaban seguía el anochecer, y fue durante uno que el héroe y la princesa dieron el primer paso hacia el cambio.

No existe luz sin oscuridad y sin importar cuán profunda sea la noche, siempre habrá un amanecer esperando.