Disclaimer: La Lluvia Carmesí que Busca una Flor es de Su Alteza Real el Príncipe Heredero. Y de su autora, supongo. Una lástima que ya estén casados.
¡Hola! Primera incursión en el fandom de TGCF. Las culpas, como siempre, a Nea Poulain que, con la colaboración activa de Kristy SR (e Hitzuji, aunque en menor medida) han empujado a un servidor a la madriguera de conejo que es esta fantasía de danmei.
"Este fic participa en la actividad multifandom del foro Alas Negras, Palabras Negras."
Imagen de portada de 13thirteen_th_.
Prompts sorteados: Fetiche [tabla escénica], felicidad [tabla de emoción], fuego [tabla de objetos].
Condición del mes: Parejas canónicas.
Trigger Warning: Sexo explícito. Kink con mordiscos y marcas en la piel.
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La noche es oscura y estrellada a pesar de la luna que baña la terraza en la que Xie Lian se encuentra, arrodillado encima de una esterilla en el suelo frente a una mesita baja de madera. Con parsimonia, hunde ligeramente la punta del pincel en el tintero y lo sostiene en el aire elegantemente, a apenas un milímetro del papel en el que está escribiendo, pero sin llegar a pintar en él. Ladea la cabeza, atento al sonido de unos pasos felinos que se acercan por la puerta que da al interior de su dormitorio del palacio de Hua Cheng en la Ciudad Fantasma. Identificándolos con claridad a pesar de lo tenue del sonido, casi imperceptible, se vuelve para verlo llegar, sonriendo cuando Hua Cheng, con una mirada traviesa al verse descubierto, se apoya lánguidamente en el marco de la puerta en una fingida postura casual. Cruzando los brazos y los pies en una pose que hace que Xie Lian tenga que contener el aliento durante medio segundo para permitir que su corazón no se apresure en latir, lo contempla en silencio. Xie Lian apoya el pincel con cuidado en el tintero, procurando que no ruede, dispuesto a ir al encuentro de Hua Cheng pero este, con un gesto alarmado al darse cuenta de que va a levantarse e interrumpir su tarea, hace un gesto con la mano para detenerlo.
—Taizi Dianxia, por favor, no te levantes —ruega Hua Cheng con su voz profunda y gutural—. No deseaba estorbar en lo que estabas haciendo.
—San Lang nunca interrumpe y yo no osaría no darle la bienvenida en su propio palacio. —Hua Cheng se acerca a Xie Lian con paso tranquilo. Este obedece y vuelve a sujetar el pincel, pero no aparta la mirada de Hua Cheng hasta que se sienta detrás de él. En un gesto automatizado por la costumbre, Xie Lian se recuesta sobre el pecho de Hua Cheng y este lo abraza con los brazos y las piernas, como si quisiera atraparlo en una jaula hecha con su propio cuerpo.
—¿Practicas caligrafía? —pregunta Hua Cheng con tono inocente en un susurro que hace pensar en cualquier cosa menos en ingenuidad.
—Un pequeño poema, nada más —responde Xie Lian, con modestia. Se concentra de nuevo en el pincel que sostiene entre los dedos. Con un trazo firme y fluido, fruto de la experiencia, añade otro carácter al poema que está escribiendo. Hua Cheng, detrás de él, hace un sonido de admiración que el corazón de Xie Lian recibe como el desierto bebe de las gotas de agua derramadas sobre sus áridas arenas. Intentando variar de tema—. Creía recordar que habías dicho que llegabas mañana, San Lang.
—¿Taizi Dianxia quiere que me vaya? —Xie Lian sonríe divertido, porque sabe que Hua Cheng no está dispuesto a moverse en ese momento y que sólo bromea. Feliz por tenerlo de vuelta antes de lo previsto y suponiendo por el gesto animado de Hua Cheng que los asuntos que lo han obligado a ausentarse han tenido un resultado satisfactorio, tiene que obligarse a concentrarse para dibujar el siguiente carácter con la misma pulcritud que todos los anteriores.
—¿Eso significa que pasarás esta noche en el palacio y me acompañarás?
—Por supuesto —asiente Hua Cheng, pegando la nariz al pelo de Xie Lian e inspirando con fuerza.
—¿San Lang? —pregunta Xie Lian, ruborizándose al percibir el gesto.
—Solamente comprobaba que Taizi Dianxia seguía oliendo tan bien como el día en que me marché.
Xie Lian duda entre preguntar si es así o callar, pero sabe que Hua Cheng seguramente dirá algo que busque sonrojarlo de nuevo, así que prefiere continuar escribiendo en silencio. La nariz de Hua Cheng se cuela entre sus cabellos y le cosquillea en la nuca. Sus dedos bailan sobre la parte delantera de la túnica blanca de Xie Lian, buscando resquicios por los que colarse, pero este consigue no inmutarse ante el cosquilleo y controlar el pulso para que la mano no le tiemble. Afortunadamente, el poema ya estaba casi completo cuando Hua Cheng ha llegado, así que Xie Lian apenas tiene que agregar unos pocos trazos más y puede bajar el pincel con un pequeño suspiro de satisfacción para deleitarse en la belleza de la escritura antes de que las sensaciones que invaden su cuerpo le traicionen.
—Plateada luz ante mi techo. ¿Será la escarcha sobre el suelo? Veo la brillante luna al alzar la cabeza. Al bajarla, me hundo en la añoranza de mi tierra. —Hua Cheng lee con voz pausada y profunda. Su tono aterciopelado hace que los versos que brillan en el papel, todavía húmeda la tinta que no ha sido absorbida, suenen incluso más bellos para Xie Lian de lo que son plasmados por su hábil mano—. ¿Está Taizi Dianxia triste a causa de vivir en mi palacio?
—Claro que no, San Lang —niega Xie Lian, un tanto azorado. Coge un poco de arena y la esparce hábilmente sobre el papel para que absorba el exceso de tinta antes de que el papel se empape y deforme el fino trazo de los caracteres—. Ahora inténtalo tú.
—¿Voy a tener que trabajar después de haber estado ausente de mi palacio durante varios días? Taizi Dianxia es severo —protesta Hua Cheng con un mohín de fingido disgusto. Adivinando que, a pesar de que no puede verle el rostro, Hua Cheng está sonriendo, Xie Lian pone el pincel en su mano.
Gentilmente, Xie Lian guía la mano de Hua Cheng a través de la superficie de un nuevo pliego, imitando los mismos caracteres que acaba de terminar de dibujar. Hua Cheng se deja llevar, trazando líneas mucho menos firmes y delicadas que las de Xie Lian, pero todavía legibles gracias a la mano de este ayudándolo a dibujarlos correctamente.
—Vaya, he mejorado mucho en mi ausencia, ¿verdad? —bromea Hua Cheng con tono pícaro cuando terminan el primer verso.
—San Lang tiene que practicar mucho más —le reprende Xie Lian, impertérrito. Soltando la mano de Hua Cheng, deja que este comience el segundo verso por su cuenta, pero unos segundos después los trazos que realiza quedan deslucidos al lado de los caracteres más nítidos del primer verso y mucho más si se comparan con el original escrito por Xie Lian—. No te esfuerzas lo suficiente en aprender a hacerlo correctamente. ¿Es que no quieres mejorar tu escritura?
—¿Está Taizi Dianxia descontento con el esfuerzo que realizo? —pregunta Hua Cheng. Xie Lian vuelve a sonrojarse ante la insinuación que este imprime a sus palabras—. Entonces tendremos que practicar mucho más para que pueda perfeccionar mi técnica, menos mal que puedo contar con tu ayuda.
—Concéntrate en el tercer verso —ordena Xie Lian para cambiar de tema, avergonzado por los pensamientos que le suscitan las palabras de Hua Cheng. Para reafirmar sus palabras, sostiene de nuevo su mano y le ayuda a trazar los caracteres.
Una fuerte inspiración detrás de él lo desconcentra durante un segundo y la expiración que la sigue, que agita el perfecto peinado de Xie Lian y llega, cálido por el paso a través de la nariz y boca de Hua Cheng, hasta su nuca, haciendo que todo el vello de su cuerpo se erice en respuesta. El sonido de agrado de Hua Cheng no deja lugar a dudas: el olor de Xie Lian es correcto y agradable, algo que hace que el estómago de este se llene de la sensación de una multitud de mariposas plateadas revoloteando dentro de él. La mano de Xie Lian tiembla por la emoción y de nuevo deja de sostener la de Hua Cheng, haciendo que el pincel resbale descuidadamente sobre el papel, atravesándolo con una línea negra y desmadejada como una herida oscura que lo parte en dos.
—Me temo que ahora sí que Taizi Dianxia va a estar muy descontento con mi esfuerzo —insiste Hua Cheng con una sonrisa felina que imprime picardía a sus palabras.
—Bien sabes que no —sonríe Xie Lian, volviendo a sostener la mano de Hua Cheng justo antes de que este deje caer el pincel al suelo para abrazarlo de nuevo con ambas manos. Reprendiéndolo, Xie Lian lo obliga a volver a coger el pincel e, ignorando el garabato que mancha el papel, comienza a guiarlo en el cuarto verso, pero apenas consigue trazar una línea cuando los dientes de Hua Cheng se clavan suavemente en su cuello, cortándole la respiración por la sensación—. A San Lang le gusta morder.
Hua Cheng no replica ni se excusa esta vez. El pincel vuelve a caer al suelo, olvidado, cuando la lengua de Hua Cheng pasa consoladoramente por las marcas que sus dientes han dejado. Xie Lian suspira y se recuesta más cómodamente sobre el pecho de Hua Cheng, dando por perdida la lección de caligrafía y abandonándose definitivamente a la emoción de tenerlo de vuelta en el palacio. Nunca se queja, pero extraña a Hua Cheng cada vez que este se ausenta durante varios días seguidos, supone que tanto como este le debe echar de menos cada vez que él tiene que subir a la Ciudad Celestial durante un tiempo.
—Taizi Dianxia —susurra guturalmente Hua Cheng tras morder suavemente, una vez más, el punto en el que la clavícula y el cuello de Xie Lian se unen—, ¿echas en falta vivir en la Ciudad Celestial?
—Sólo me inspiraba en la luna que ilumina hoy el cielo —explica Xie Lian, comprendiendo que aún le preocupa el poema. Un incrédulo sonido de asentimiento de Hua Cheng tras él le indica que este no le da crédito—. Echaba de menos a San Lang. Donde esté San Lang, estará mi hogar —confiesa finalmente.
Sin pronunciar ninguna palabra, Hua Cheng se levanta. Xie Lian se incorpora pero, antes de tener tiempo de hacer nada, la mano de Hua Cheng se extiende gentilmente ante él, ayudándolo a ponerse en pie. Sin previo aviso, pasa un brazo por detrás de las rodillas de Xie Lian y lo alza en vilo, llevándolo en volandas sin esfuerzo alguno al interior del dormitorio.
—¡San Lang! —exclama Xie Lian sin poder contener, no obstante, una carcajada divertida.
—Sólo un pequeño intercambio de poder espiritual, Taizi Dianxia —Con delicadeza, Hua Cheng tiende a Xie Lian en el lecho y se inclina por encima de él para besarlo.
Xie Lian, que lo ha estado deseando desde el mismo momento en el que ha reconocido sus pasos, antes de que entrase en la terraza, le corresponde con intensidad. Está a punto de cruzar las manos por detrás de la nuca de Hua Cheng para intentar acercarlo más hacia sí, pero este tiene otros planes. Con gentileza, desata y abre la túnica blanca de Xie Lian, descubriendo la cremosa piel de este a la luz de la luna que entra por la puerta abierta de la terraza. Xie Lian arquea la espalda cuando Hua Cheng mordisquea su labio inferior, el cuello, la clavícula… descendiendo en un camino de marcas que, al día siguiente, Xie Lian tendrá que ocultar hábilmente con sus ropas para evitar los comentarios jocosos del personal de servicio de palacio.
Un mordisco, ligeramente más intenso, alrededor de uno de los pezones hace que Xie Lian gima en voz alta. La risa suave de Hua Cheng le indica que, para este, dicho gemido es todo un éxito, pero no se apresura en repetirlo. Con la lengua, hábilmente, calma la sensación del mordisco durante unos segundos antes de dirigirse al otro pezón y repetir los mismos pasos. Con parsimonia y adoración, Hua Cheng sigue regando de mordiscos y marcas de dientes el cuello, la cremosa piel de su vientre y la parte interior de los muslos, impidiéndole moverse. Para cuando Xie Lian consigue por fin tocar con las yemas de sus dedos la fría piel de Hua Cheng, después de que este mismo se quite las ropas, ya tiene los ojos y los pensamientos nublados de placer y deseo.
—Mañana voy a tener el cuerpo lleno de marcas —se queja Xie Lian, sin demasiado ímpetu.
—Diremos que peleaste con un demonio. A fin de cuentas, no será mentira —murmura Hua Cheng. Otro mordisco, esta vez más fuerte, hace que Xie Lian vuelva a arquear la espalda.
Con facilidad, Hua Cheng lo hace girar hasta quedar bocabajo. Con un estremecimiento tras otro, Xie Lian cierra los ojos y se deja hacer, intentando sin éxito controlar el rubor de su rostro mientras Hua Cheng recorre sus hombros a mordiscos, lamiendo la línea donde se marca la columna vertebral con la lengua hasta llegar hasta su culo, que mordisquea con un sonido quedo de evidente placer.
—¡San Lang! —exclama Xie Lian cuando Hua Cheng muerde más fuerte uno sus glúteos, obligándolo a levantarlo hacia arriba en una reacción involuntaria.
—Esto me gusta más —murmura Hua Cheng con una carcajada ronca, dejando que su voz se deslice lenta y profunda hasta los oídos de Xie Lian y haciendo que su pecho se llene de expectación y emoción.
—San Lang —susurra este, suplicante, apenas unos minutos después, incapaz de contenerse durante mucho más tiempo. Hua Cheng, que entre mordiscos está preparándolo pacientemente con sus dedos y masturbándole suavemente y sin prisa con la otra mano, sonríe beatíficamente.
—Repítelo, Taizi Dianxia —dice Hua Cheng. Hábilmente y sin sacar sus dedos, lo vuelve a voltear y sustituye la mano que lo masturbaba por su hábil boca, arrancando más suspiros y gemidos de Xie Lian, que se deja hacer, sintiéndose a punto de explotar por las sensaciones que le despiertan los dedos que se introducen en su interior, rotando y moviéndose con lentitud—. Repítelo para mí.
—Te he echado de menos, San Lang —obedece Xie Lian sin reparos con la voz ahogada por el placer.
—Yo también. —La voz de Hua Cheng es ahora mucho más impaciente, feroz y dominante. Sus manos abandonan el cuerpo de Xie Lian durante unos segundos. Con menos cuidado que hasta este momento, coloca a Xie Lian más centrado en el lecho y, un tanto bruscamente, sujeta y alza sus tobillos hasta la altura de su cabeza, doblándolo sobre sí mismo—. Cuando Taizi Dianxia está lejos, se enciende un fuego en mi interior que quiere que vuelva a casa cuanto antes. Nada de escarcha en el suelo, sólo fuego ardiente que llamea por ver a Taizi Dianxia tal y como lo tengo ahora debajo de mí —confiesa mirándolo a los ojos.
Incapaz de articular palabra, Xie Lian deja todo en las expertas manos de Hua Cheng. No sabe si es lo habitual y, aunque Hua Cheng siempre lo felicita y afirma con benevolencia sobre sus propias habilidades, está seguro de que las de Hua Cheng son abrumadoramente superiores a las suyas. Cada vez que los dedos de Hua Cheng rozan su piel, cada vez que sus dientes se clavan en la piel de Xie Lian, que su lengua traza caminos imposibles en las zonas más sensibles de su cuerpo… las chispas de placer que saltan de Xie Lian podrían ser reales. Y le consta, por la expresión ferozmente alegre de Hua Cheng, feliz de causarle todas esas sensaciones, que este disfruta enormemente viendo a Xie Lian derretirse bajo las yemas de sus dedos, la punta de su lengua y el filo de sus dientes.
Quizá Hua Cheng entra un poco más rápido y más bruscamente de lo que Xie Lian habría preferido después de varios días sin verse, pero este se apresura a distraerlo con un mordisco en la clavícula, tan fuerte que Xie Lian está seguro de que llegará a brotar una gota de sangre de él. No obstante, no le da tiempo a pensar en ello y mucho menos a quejarse, si es que realmente hubiese querido hacerlo, porque las sensaciones de placer pronto lo desbordan. Los dedos de Hua Cheng aprietan con fuerza los tobillos de Xie Lian, ayudándolo a mantenerlos en alto mientras se detiene unos momentos a observarlo, tanta que Xie Lian no necesita mirar su propio cuerpo para saber que su piel blanca presentará, además de las marcas enrojecidas de los mordiscos, leves moratones donde los dedos de Hua Cheng han apretado para voltearlo y sujetarlo.
—Habrá que especificar que era un demonio muy guapo —consigue decir Xie Lian entre jadeos, con una carcajada suave, aprovechando que la inmovilidad de Hua Cheng, que sabe que hace para permitirle acostumbrarse a la intrusión antes de empezar a moverse.
—No hay duda de que Taizi Dianxia quiere bromear conmigo —niega Hua Cheng con pesar. Resoplando con cierta impaciencia por sus palabras, Xie Lian toma la iniciativa y sujeta de la nuca a Hua Cheng, obligándolo a inclinarse hacia él y darle un beso en los labios para así callarle antes de que diga una vez más lo feo que cree ser. Este parece olvidarse, para satisfacción de Xie Lian, que no se cansa nunca de beberse los besos de Hua Cheng, que hacen que su mente siempre se nuble ligeramente, perdiendo la noción de lo que le rodea, menos de la belleza de Hua Cheng, hasta que sus labios se separan.
Cuando Hua Cheng comienza a moverse rítmicamente, inclinándose hacia Xie Lian haciéndole doblarse en un ángulo casi imposible este, casi inmovilizado entre sus piernas y los fuertes brazos de Hua Cheng, sólo puede pasar las manos por los fuertes músculos de los hombros de Hua Cheng y sujetarse de ellos mientras intenta acallar los sollozos de placer que salen involuntariamente de su boca hasta que un estallido de placer blanco que le ciega los ojos se abre paso a través de todas las fibras de su cuerpo, desde la punta de sus cabellos hasta el último de los dedos de sus pies. Hua Cheng, que siempre se cerciora de que el placer de Xie Lian llegue antes que el suyo propio, apenas tarda unos segundos más en alcanzar el clímax, mordiéndole con fuerza el cuello y succionando casi dolorosamente.
—¿Ha ido todo bien para Taizi Dianxia? —pregunta Hua Cheng unos segundos después, cuando ha dejado caer despacio los pies de Xie Lian y se ha relajado encima de él, cubriendo su cuerpo como una manta caliente.
—Ha sido maravilloso.
—Te he dejado lleno de marcas. Lo siento mucho, Taizi Dianxia —dice Hua Cheng sin arrepentimiento alguno en la voz. Xie Lian ríe, divertido por sus palabras, acariciándose el lugar del último mordisco que Hua Cheng ha hecho, seguro de que va a tener que ocultar el morado durante varios días—. ¿Cómo era el poema que estabas escribiendo? Recítalo una vez para mí, por favor.
—Plateada luz ante mi techo —musita Xie Lian, apresurando a complacerle mientras acaricia el brazo de Hua Cheng con las yemas de los dedos y disfruta del peso de este sobre su cuerpo—. ¿Será la escarcha sobre el suelo? Veo la brillante luna al alzar la cabeza. Al bajarla, me hundo en la añoranza de mi tierra.
—Hoy se alzarán más cosas que la luna para Taizi Dianxia.
—San Lang no debería ser tan grosero con sus bromas —le reprende Xie Lian con una sonrisa que contradice sus palabras.
—No me refería a esa parte, aunque puedo hacerla levantarse tantas veces como me lo proponga —presume Hua Cheng, moviéndose para señalar la puerta abierta que da a la terraza.
Paulatinamente, un resplandor dorado se suma al plateado brillo de la luna que se colaba por la puerta de acceso a la terraza. Xie Lian mira con interés y observa la miríada de linternas que llenan y se elevan hacia el cielo, flotando cada vez más alto, llenando de una cálida y mágica luz la estancia y haciendo juegos de color sobre las marcas de los mordiscos y pequeños morados de Xie Lian que ya empiezan a enrojecer y contrastar con la cremosidad de su piel.
—Olvidé qué día era hoy —dice Xie Lian con culpabilidad, ruborizándose—. Creo que Shi Qingxuan vino el otro día para hablarme de ello, pero no recordé memorizarlo. Creo que te echaba demasiado de menos y sólo podía pensar en ti.
—¿Insinúa Taizi Dianxia que la culpa de su pérdida de memoria es mía? —pregunta Hua Cheng con una sonrisa traviesa, mirándole con un brillo extasiado en el ojo.
—No debes marcharte tantos días seguidos —asiente Xie Lian, sin sentir demasiada vergüenza.
Hua Cheng se levanta, permitiendo que Xie Lian también se ponga en pie. Cortésmente, le tiende una bata blanca para cubrir su desnudez. Xie Lian la ata descuidadamente alrededor de su cintura mientras Hua Cheng se coloca una bata roja con bordados dorados, la favorita de Xie Lian, sin molestarse en cerrarla por la parte de delante. Unas pocas mariposas plateadas guían los pasos de ambos hasta la puerta de la terraza desde donde, gracias a la altura del palacio de Hua Cheng sobre la Ciudad Fantasma, nadie puede verlos, pero ellos sí pueden contemplar las miles de linternas que se alzan hacia el cielo como un río cuyo caudal parece no cesar en ningún momento.
—Creo que has vuelto a ser el primero este año, Taizi Dianxia —murmura Hua Cheng, orgulloso, extendiendo el brazo para acoger dentro de él a Xie Lian, que se acurruca mientras sigue mirando hacia el cielo.
—No son necesarias tantas, San Lang —dice Xie Lian, reprendiéndole más seriamente esta vez, pero Hua Cheng ríe y niega con la cabeza. El sonido de su risa, ronca y profunda como su voz, reverbera dentro del pecho de Xie Lian y una oleada de excitación en su vientre lo hace enrojecer de nuevo cuando ve que a Hua Cheng no le ha pasado desapercibido.
—Muchas de las que hay ahí no son mías —niega Hua Cheng, mirando las linternas con interés. La felicidad embarga el corazón de Xie Lian—, así que el año que viene tendré que esforzarme más para igualar las de los demás fieles de Taizi Dianxia. Y quizá también debería quedarme unos pocos días más dentro de esta habitación, para que Taizi Dianxia no tenga que escribir poemas de nostalgia y así esté disponible para ayudar a apagar el fuego del pecho de su San Lang.
NdA. El poema no es mío (obviamente). Es un famoso poema chino de lǐ bái, un también famoso poeta chino de Romanticismo.
Lo de conservar la forma de hablar en tercera persona el uno del otro, así como conservar el Taizi Dianxia es por puro capricho. Es que me gusta mucho *pone los deditos juntos y se sonroja mientras se justifica*
