Todo el mundo sabe que una buena fiesta la empiezas en un lado y la terminas dónde ya ni conoces el lugar y está era la especialidad de Sukuna, cuya noche comenzaba a tornarse muy similar a cualquier otra de sus fiestas. Todos querían ir siempre a dónde él lo hacía pues las cantidades de alcohol en dónde asistía, siempre era más que suficiente para abastecer a un barrio completo.
Tal vez su monotonía comenzó a desinteresarlo y en un intento de romper con la rutina, buscó perderse entre las calles aledañas a la fiesta en turno. Cuándo la música volvía a aumentar su fuerza, pensó en que sin querer haría dado vueltas en círculo pero al notar las luces y el ambiente, se dió cuenta que había llegado a otra fiesta… Aunque está se veía un poco más distintas que las otras.
Sin permiso ni disculpas, se adentró a la casa, notando cómo el aire se volvía denso a causa del humo y un olor extraño. No negará que estaba seguro de haber olido eso en algún otro lado pero no recordaba el lugar, ni lo que fuere esa cosa que producía aquel singular aroma.
Fue cuándo su atención se centró en una esquina de la fiesta, el momento en que encontró el origen del aroma. Un joven de cabello rojizo fumando lo que parecía ser un cigarrillo visiblemente más grueso que los que conocía hasta ese entonces.
— ¿Y cómo terminó esa pelea, Akaza? – Dijo una de las personas que rodeaban al que parecía tomar el lugar que Sukuna siempre tomaba en las fiestas.
— ¿Pues cómo creen? Por supuesto que gané. Tienen que aprender a no meterse en mi territorio. –
Las palabras de ese chico de ojos miel se parecían tanto a las suyas, que sospechó que podrían volverse buenos amigos… O tal vez terminar odiándose a muerte.
— ¡Hey! Tal vez esté metiéndome en tu territorio, pero no quiero pelear. – La voz ronca se abrió paso entre el tumulto de gente, llegando a estar de cara frente al centro de la atención.
— Bueno, si no quieres pelear, te daré la oportunidad de que me convenzas. Nunca te había visto por aquí. –
— Es la primera vez que me muevo por estos rumbos. ¿Se nota mucho? –
La mirada de Akaza barriendo por completo al valiente que se atrevía a pararse frente a él, culminó con una sonrisa. Algo de su aura le llamaba la atención y la valentía para imponerse de ese modo, le agradó.
— Un poco. – Con un gesto relativamente amable, le acercó el cigarrillo que ya llevaba adelantado y se lo ofreció. — ¿Fumas? –
— Claro. – Se expresión segura y ego del tamaño del mundo fueron sorprendentes para la gente que presenciaba aquél espectáculo de pandilleros llevándose relativamente bien… Al menos hasta que después de pasar la primera bocanada de humo, el pelirosado comenzó a toser con fuerza. — ¿Qué es esto?... No es tabaco. –
La carcajada que soltó el primero, atravesó hasta él otro lado de la fiesta, mezclando su sonido con la música del lugar.
— Por supuesto que no. Es marihuana. ¿Acaso nunca la habías probado? – Otra carcajada terminó acompañando la primera.
"¡Con qué eso era!" Pensó Sukuna, recordando hace años, cuándo llegaron a ofrecerle y decidió consumirla en lo absoluto. Ahora deseaba haber tenido más experiencia con ello.
Todas las miradas estaban expectantes hacia él. Algunos burlándose de hacer tosido de primera instancia, otros esperando que se reivindicara ante su error inicial y unos último simplemente observando por el mero morbo.
— Claro que sí. Debiste haberme avisado al menos y así no me hubieras tomado desprevenido. – Su frase fue cerrada perfectamente con una bocanada gran del denso humo entrando a sus pulmones y saliendo de vuelta hacia el rostro de Akaza, el cuál inhaló antes de mostrar una escena humillante dónde se burlaran de él por no responder la grosera acción del contrario.
Si, en efecto, el orgullo de Sukuna fue inmensamente más grande que su temor a las consecuencias y su poca resistencia debido al nulo consumo de la sustancia.
— Ya veo que eres bueno, fumando ¿Porqué no le das otro toque? Se ve que te gustó. –
Sin responder, simplemente volvió a jalar el humo del cigarrillo, sintiendo como este se abría paso por su garganta, raspando y ocasionandole ganas de toser, las cuales soportó en silencio para no romper con su ruda imagen impuesta. Añadiendo estilo a la situación, espiró el humo por la nariz, pareciendo casi como un toro listo para atacar.
La gente sorprendida, comenzó a irse de la escena. El punto álgido de la discusión había pasado, la tensión ya no se sentía y el interés de la gente se disipó por completo hasta que ambos quedaron solos en el mismo lugar.
— Nunca la habías probado ¿Cierto? – Habló Akaza.
— Claro que sí. – Espetó Sukuna.
— No te preocupes, yo tampoco. – Confesó. — Pensaron que me gustaría y me lo regalaron pero solo es como un cigarro normal. No sentí nada diferente. –
La voz denotaba su decepción. Le habían contado tantas cosas increíbles de las flores de esa planta que cuándo le regalaron su primer cigarrillo pensó en que era una gran idea pero tras esperar más de media hora, su sorpresa fue negativa al no notar las glorias que le habían prometido.
Ojalá hubiera sido lo mismo para ambos, pero la visión de Sukuna comenzaba a distorsionarse; no de una forma tan espectacular como le habían platicado pero sus ojos ya no enfocaban como normalmente, su lengua comenzaba a sentirse seca y su mente se aceleró de cero a cien en cuestión de segundos.
— ¿Akaza dijeron que te llamabas? –
El mencionado asintió.
— ¿Por qué siento que he escuchado ese nombre antes? –
— Porque… – Estuvo a punto de recordarle la primera vez que se conocieron pero no le pareció importante hacerlo; pensando en qué si al contrario le daba curiosidad, él solo encontraría la respuesta. — … Puedo ayudar a refrescarte la memoria. –
Con su atención dispersa, obedeció lo que él otro le decía y lo siguió hasta una habitación al fondo de la casa, apartado de la fiesta. De un segundo a otro, la resequedad de su lengua fue aliviada. Nunca en la vida había disfrutado de un líquido tanto como en el momento en que la lengua del contrario compartía su saliva con la boca seca de Sukuna.
Su visión parecía querer jugar con él, pues todo lo que sucedía ante su mirada parecía ser tan confuso pero sabía que su tacto no le engañaba. Los poros erizados tras el contacto, el aire frío comenzando a recorrer más piel cada vez y la sensación pegajosa que no hacía más que crecer, no le engañaban; estaba completamente seguro de saber que estaba sintiendo y qué tanto le gustaba sentir.
El instante siguiente en que su visión volvió a ser fiable fue cuándo la luz entraba a través de una ventana a su izquierda. Ya era de mañana y la noche anterior se había vuelto borrosa pero tan conscisa al mismo tiempo, que le confundía.
— Ese aroma… – Susurró Sukuna justo después de despertar por completo.
— ¡Hey! Buenos días, dormilón. Las fiestas son muy divertidas pero ya se acabó esta. – Habló Akaza desde la puerta.
La confusión palpable del pelirosado en la cama fue objeto de burla del divertido hombre que se acercaba a él con mirada felina.
— Si no recuerdas bien, siempre puedo ayudarte a recordar de nuevo. –
