Descargo de responsabilidades: los personajes y el mundo de Ranma 1/2 no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi. El objetivo de esta historia no es obtener una remuneración económica, sino entretener y dejar salir mi vena creativa.
Capítulo 1. La fragancia de una flor
Comienzos de septiembre, alrededor de siete meses más tarde.
Revisó sus e-mails en el ordenador de mesa de su elegante despacho y le alivió saber que lo tenía todo prácticamente atado para el viaje de la siguiente semana a la isla de Kume, en el sur de Japón, en Okinawa. Qué suerte poder aún disfrutar del tiempo veraniego cerca de la playa. «Es lo que tiene organizar bodas de lujo para la alta sociedad japonesa», pensó con una sonrisa en los labios. El teléfono encima de su escritorio de cristal la sacó de su ensimismamiento. Era su secretaria, Naomi, para indicarle que las personas de su próxima reunión habían llegado. Akane bebió de su vaso de agua con parsimonia y después cogió una de sus tarjetas de visita, antes de ponerse de pie. La miró con aprecio, pasando el dedo sobre el serigrafiado. Wedding Planner, ponía debajo de su nombre en dorado sobre un fondo de color crema. Su semblante cambió a uno de concentración mientras se encaminó a la salida con un cuaderno y un bolígrafo en las manos. Hora de entrar en acción y captar a los próximos clientes.
Una hora más tarde, Akane despidió a la pareja de prometidos con una sonrisa, sabedora de que había conseguido su objetivo. Volvió a su despacho y terminó de hacer un par de gestiones más, entre ellas comunicarle a Naomi los próximos pasos a seguir con los prometidos que se acaban de marchar, así como una llamada a Sayuri, su socia en la empresa. Tras una visita al aseo donde se retocó el maquillaje, recogió sus pertenencias y se marchó de la oficina después de despedirse cálidamente de sus empleados.
Su próximo destino era un restaurante de moda en Shibuya en donde había quedado para comer con sus amigas. Una vez en la calle se debatió entre coger un taxi o ir en metro. Su oficina estaba ubicada en el oeste de Shinjuku, junto al barrio de negocios, y aunque no iba mal de tiempo, sí algo ajustada. Decidió escoger la segunda opción, pues sabía que sus amigas le perdonarían el llegar un poco tarde. Comenzó a caminar en dirección a la boca de metro más cercana yendo por la calle principal. Fue al llegar a un paso de peatones con el semáforo en rojo para los peatones que un hormigueo electrizante le azotó el cuerpo como un tornado. Sus ojos conectaron con los de un hombre que conocía demasiado bien, al menos físicamente. La había perseguido en sus sueños durante los últimos meses. Cómo olvidarle. Se había masturbado delante de ella a través de las ventanas de sus respectivos apartamentos. Cómo le había gustado que la espiara por aquel entonces. La atracción que sintió hacia él en aquel instante fue de tal magnitud que dio dos pasos hacia delante de forma involuntaria, con la intención de cruzar el paso para hablar con él. Iba trajeado y con corbata, su mirada azulina intensa, pero igual de sorprendida que la suya. La había reconocido, de eso estaba segura. Fue consciente de que en esos pocos segundos que duró el intercambio visual se comieron con los ojos, devorándose como si se hubieran estado añorando por años. Sintió un fuerte pálpito en el cuello, evidenciando lo mucho que le afectaba aquel hombre. La tentación de cruzar la calle para tirársele encima y besarle como si no hubiera un mañana fue enorme. Su instinto femenino le alertó de que si dejaba que el semáforo se pusiera en verde, su ex vecino iría a su encuentro. Akane lo supo por la forma en que la miró.
No podía, así que cambio de planes. Rompió el contacto ocular, saliendo del ensueño de golpe, y miró calle arriba. Divisó un taxi, por lo que se llevó el pulgar y el índice a la boca para silbar con toda la energía de la que fue capaz. Los transeúntes de su alrededor se giraron extrañados ante aquel zumbido. Akane fue rápida. Sin volver la vista atrás, se subió al vehículo cuando éste paró en frente de ella, su aliento errante, su sangre tamborileando por todo su cuerpo, su bajo vientre latiendo con vida propia.
Decir que Ranma se quedó anonadado es quedarse corto. Había salido de una reunión a la que había ido con un compañero de trabajo aquel viernes justo antes de la hora del almuerzo. Ambos habían seguido caminos diferentes. Él aún tenía que volver a la oficina a terminar varios temas pendientes, pero quería comer algo rápido en un local que conocía por la zona.
Iba pensando en sus cosas de camino al restaurante, cuando se detuvo ante un paso de peatones en rojo. Centró la mirada en una mujer del otro lado de la acera que le llamó la atención por su sugerente atuendo: vestido ejecutivo ceñido sin mangas en tonalidad terracota, altos tacones de color marfil y un bolso pequeño de cadena larga colgado del hombro a juego. Al atuendo le siguió la figura: piernas bonitas, caderas proporcionadas, cintura de avispa, un rostro bello… El corazón se le vino a la boca cuando la reconoció. «Mi Conejita», pronunció mentalmente, deshaciéndose. La mandíbula se le desencajó de la impresión, pero no le importó. «¿Dónde has estado todo este tiempo? Te he echado mucho de menos». Desde que su vecina se había mudado no le había quedado más remedio que consolarse con los recuerdos, ya que ahora era un hombre soltero el que la había reemplazado. El hecho de que meses atrás se hubiera masturbado delante de ella quedó totalmente en un segundo plano. Se podía haber azorado al rememorarlo, pero estaba tan ilusionado de habérsela encontrado de casualidad, que sólo le preocupó que no se le escapara. No apartó la mirada de ella, deseoso de que el semáforo cambiara a verde para poder cruzar el paso de peatones y hablar con ella. No tenía ni idea de qué iba a decirle. Un "Hola, soy el tío voyeurista que se corrió mirándote a través de una ventana. Quiero repetirlo. ¿Cómo te va?" no creía que fuera a ayudar. Pero ya lidiaría con ese problema cuando llegara. Para su decepción, la mujer rompió el contacto visual con él y viró su vista a la carretera. En lo que fueron segundos, pegó un silbido que dejó a todos los peatones y a algún que otro conductor mirándola, incluido él. Como una gacela que escapa de su depredador a máxima velocidad, intentando sobrevivir, se cobijó en el taxi que paró a sus pies, sin dedicarle siquiera una mirada de despedida. Cuando Ranma fue consciente de lo que estaba pasando, comenzó a cruzar la calle a toda prisa, yendo tras ella, pero tuvo que retractarse e ir hacia atrás cuando un coche le pitó, con razón, de mala manera para no atropellarle.
—¡Mierda, joder! —maldijo en alto intentando recuperar la compostura, apretando los puños. Tenía el cuerpo desatado, con el corazón a mil y la piel erizada ante la belleza que había tenido ante sus ojos. No podía creerse que se le hubiera escapado, como arena deslizándose entre sus dedos.
«No te creía una cobarde», pensó para sus adentros, mosqueado con que hubiera pasado de él. Lo habría aceptado si la reacción de ella hubiera sido una más fría y distante, o si hubiera actuado como si no le hubiese visto nunca antes, pero la forma en que le había repasado de arriba abajo, para luego anclarse en sus ojos la había delatado. Ranma había sentido la conexión y había sido brutal. «¿Por qué me pasan estas cosas a mí?», se dijo apesadumbrado cuando retomó su camino. No era habitual sentir aquella química con otra persona de una forma tan repentina, o al menos no para él. Chasqueó la lengua asumiendo que aquella noche se masturbaría como un depravado pensando en ella. «¡Qué remedio! Con las ganas desde luego que no me voy a quedar». Mañana sería otro día.
Aquella noche, de madrugada, tumbada sobre la cama de matrimonio con los ojos abiertos como un búho, Akane suspiró por enésima vez. A su lado, Shinnosuke dormía profundamente tras haberse acostado juntos hacía más de una hora. Ella había llegado al orgasmo imaginando que a quién tenía encima suya era a su ex vecino, y no a su prometido. «¿Qué estoy haciendo?», se preguntó también por milésima vez. El intercambio que había tenido con el bombón de su vecino cuando aún vivía en el apartamento había sido algo puntual. «Sí, puntual, pero me he estado acordando de él todos estos meses», se sinceró consigo misma. El juego con él había comenzado al menos unos diez meses antes de llegar a aquel explosivo San Valentín. Ahora que lo pensaba, tenía la sensación de que ella era quién se había fijado primero en él y no al revés. Recordaba de forma muy nítida la ocasión en que se quedó observándole desde su piso a oscuras. Había vuelto a subir desde el garaje a la casa a recoger unos papeles que se le habían olvidado. No se molestó en encender las luces ya que sabía dónde los había ubicado. Y ahí, en medio de la penumbra, con las cortinas completamente recogidas, vio el apartamento de enfrente iluminado. Un hombre de entre 28 y 36 años, de pelo corto oscuro, se paseaba recién duchado, con una toalla atada a la altura de la cadera, por el dormitorio principal hacia el vestidor. Sus ojos gatunos le siguieron con interés al ver lo bien formado que tenía el cuerpo. «Estás como un queso», pensó en su momento. No quedó ninguna duda de que se mantenía en forma. Le vio abrir un cajón y sacar lo que luego resultaron ser unos boxers. Dejó caer la toalla para ponérselos, por lo que pudo apreciar y disfrutar de su bien formado, y respingón, trasero. Aquel día, Akane sonrió para sí con lujuria, maravillada con el universo. «Como puede un hombre estar tan bien hecho». Se quedó espiándole lo que tardó en terminar de vestirse y, cuando desapareció de su vista, dio media vuelta y se marchó del apartamento.
Tras aquello, no fue hasta unas semanas más tarde que Akane fue consciente de que ella también había captado su interés, y una vez lo supo, se aprovechó de ello, sacándole partido. Le subió muchísimo el orgullo saber que era deseada por un portento como él. Debía de ser un soltero codiciado porque más de una vez le había visto acompañado de una mujer en el apartamento, aunque siempre distinta de la anterior. No que ella no supiera ya que era una mujer muy guapa, pero halagaba, y de qué manera, que un hombre como su vecino se fijara en ella. A veces se paseaba por el piso semi desnuda, queriendo calentarle y, por qué no, alegrarle el día. Se trataba de un juego inocente y divertido entre adultos. Él la espiaba y ella se exponía a voluntad. Así durante meses hasta el cierre de San Valentín. Akane no se habría comportado como lo hizo el día de los enamorados, insinuándosele y animándole a que se masturbara para ella, si no hubiera sabido de antemano que se marchaba del apartamento.
Que hubiera seguido acordándose de él durante la primavera y el verano había sido un daño colateral con el que podía vivir. Ella había seguido adelante con su vida, yéndose a vivir junto a su prometido. Lo que no había esperado para nada era toparse con él en el centro de la ciudad. En Tokio ni más ni menos, donde la concentración de habitantes por metro cuadrado era de las más altas del mundo. ¿Cuáles eran las probabilidades? Una entre un millón. Su propia reacción la había dejado perpleja y eso era lo que más miedo le daba. Había estado dispuesta a cruzar la calle y a encontrarse con él. ¿Para qué? Volvió a suspirar. Ahora que lo había vuelto a ver sabía en el fondo de su ser que tenía que acostarse con él, costara lo que costara. Ya había querido tirárselo cuando vivía de soltera en el apartamento, pero tras palpar la conexión que había tenido aquel día con él, sabía que era mutuo y que si ella quería, él accedería a lo que le pidiese. Si no fuera así él no se habría puesto en una posición tan vulnerable en San Valentín, masturbándose delante de ella como lo hizo.
¿Dónde dejaba a Shinnosuke toda esta situación? Le miró descansado sobre el colchón, a pierna suelta. Se le había declarado el otoño anterior y, si no hubiera sido porque el negocio de las bodas que Sayuri y ella llevaban estaba en una de sus mejores etapas, se habrían casado aquel mismo verano que estaba a punto de finalizar en unas semanas. La boda se había pospuesto para el verano del próximo año. Akane le quería y estaba dispuesta a pasar el resto de su vida con él. Pero ahora tenía ante sí una debilidad que no quería dejar pasar. Estaba convencida de que si dejaba pasar el tren de su ex vecino se arrepentiría toda su vida. «¿Y si echo el polvo del siglo con él y después me olvido? Aún no estoy casada, puedo tener algún desliz», se dijo, queriendo justificarse, pero sabía que no había nada que pudiera decir o hacer que evitara la inmoralidad de lo que se le estaba pasando por la cabeza.
Se levantó de la cama con cuidado y en silencio para ir al aseo. Tras hacer sus necesidades, se lavó la cara. Ya estaba despierta, así que despejarse más no importaba. Se quedó mirando su reflejo mientras se secaba con la toalla de mano. «¿Puedo ser más hipócrita? Una wedding planner infiel. Me dedico a unir parejas y estoy pensando en destrozar la mía». A pesar de esas palabras que se dijo a sí misma, pudo ver en su mirada del espejo que la decisión estaba tomada. No había vuelta atrás.
Aquel lunes a última hora de la tarde, Ranma entró en el portal de su edificio vestido con ropa deportiva, una bolsa de una reconocida marca colgando del hombro. Llegaba del gimnasio del barrio donde llevaba una temporada practicando K1, o lo que era lo mismo, una mezcla de kickboxing aderezado con técnicas de diversos deportes y artes marciales como Muay Thai, Karate, Taekwondo, Savate, Boxeo… Le encantaba lo mucho que le relajaba y centraba la mente entrenar. Desde que era pequeño siempre había practicado artes marciales, gracias a su padre, y era algo sin lo que ahora, de adulto, podía vivir.
Se desvió hacia los buzones para echar un vistazo rápido a ver si el cartero había dejado algo. La mayoría de los días que lo comprobaba no había nada. La era digital había destronado el envío de cartas. Aún así, de vez en cuando, recibía alguna del seguro, algún panfleto publicitario o una postal de alguna amistad que andaba viajando por el mundo y se había acordado de él. Vio que había una carta, así que buscó la llave del buzón en el llavero para abrirla. Al sacar el contenido, un sobre blanco más pequeño cayó al suelo. Ranma se agachó para recogerlo, mirándolo extrañado, dándole la vuelta por los dos lados. Ambas caras estaban en blanco. Lo pospuso para cuando entrara en casa. Miró el remitente de la otra carta, frunciendo el ceño. «Oh no, mierda. Esto tiene pinta de ser otra multa». Maldijo que en los últimos meses le hubieran cazado más de una vez yendo a más velocidad de la permitida en el coche. Bufó a la vez que cerraba el buzón.
Durante el trayecto en el ascensor volvió a centrar su atención en el sobre pequeño. «¿Y esto?». Se lo acercó a la nariz, porque percibió una fragancia a aquella corta distancia. Abrió los ojos gratamente sorprendido. «¡Huele a mujer!». No reconoció el perfume, pero constató que olía muy bien, con un aroma a rosas. «¿Será de alguna de las últimas mujeres con las que he estado? Es probable, soy irresistible», pensó con una sonrisa de suficiencia cuando las puertas del ascensor se abrieron en su planta. No recordaba que hubiera quedado algo pendiente con ninguna de ellas. Había sido bastante claro con las afortunadas: estaba en una fase de coqueteo y sexo, si surgía, pero nada de amar. Ya había tenido sus malas experiencias en el pasado y no quería volver a pasarlo mal entregando su corazón, al menos de momento.
Abrió la puerta del piso y dejó las llaves y la carta sobre el mueble recibidor. La bolsa de deporte quedó tirada en el suelo. El sobre pequeño blanco lo mantuvo sujeto entre sus dedos mientras fue a la nevera a por una lata de bebida isotónica. La abrió de camino al salón, donde se dejó caer sobre el sofá después de apoyar la lata sobre la mesa baja de centro. «A ver de qué va esta historia...», se dijo intrigado abriendo el sobre con cuidado. Sacó del interior una tarjeta del tamaño de una de negocios de color crema con un nombre y un número de móvil escritos a mano: "こだち" ("Kodachi"), +81-3-XXXX-XXXX. «¿Kodachi?», se dijo interiormente totalmente descolocado. «No conozco a ninguna Kodachi». Se fijó en las comillas alrededor del nombre; por alguna razón sobraban. ¿Se trataría de un código? Quizás se hubiesen equivocado y aquello no iba dirigido a él.
De pronto, una idea se le cruzó por la mente, haciendo que se sentara correctamente sobre el sofá, apoyando los codos sobre los muslos. «¿Podría tratarse de…?», no quiso ni pronunciar el mote que le había puesto, no queriendo hacerse ilusiones. No había dejado de pensar en ella durante todo el fin de semana. ¿Podía el destino haber oído sus plegarias? «No, no puede ser ella». Aún así, la curiosidad le pudo, y se levantó a toda prisa para ir a rescatar su móvil de la bolsa deportiva. Tecleó el número de teléfono en su agenda para guardarlo, como "Kodachi" de momento, comillas incluidas, y abrió la aplicación de textos instantáneos.
[Ranma 20:51h.] Buenas noches, "Kodachi". He recibido una tarjeta tuya. ¿A quién andas buscando?
Qué menos que empezar siendo educado. Escribió el nombre tal y como lo había visto escrito en la tarjeta, con las comillas, para que la otra persona se diera cuenta de que se había percatado de ello. Él, que era diseñador gráfico, se fijaba en los pequeños detalles. El hacerlo le había enseñado con el paso de los años que se podía llegar a grandes ideas partiendo de cosas muy pequeñas y, aparentemente, sin importancia. Le había servido en su vida laboral y, no iba a mentir, también en la cama.
Se cercioró de que el mensaje había llegado, visualizando el doble check de color gris. Esperó durante unos minutos como un adolescente para ver si recibía respuesta, pero no había nadie en línea. Entró en su dormitorio y tiró el móvil sobre la cama. Lo mejor sería darse una ducha y volver a comprobar la conversación más tarde. Cuando se sentó sobre el colchón para quitarse las zapatillas deportivas se quedó mirando la ventana del piso de enfrente. Había luz, pero las cortinas estaban echadas. Su mente voló a siete meses atrás, cuando una diosa con cuerpo de mujer se le había insinuado a través del cristal. «Aquellos pechos...», babeó en su mente rememorando cómo se había desabrochado el sostén de cierre frontal para él. Se había quedado con las ganas de hacerles lo inimaginable. «Baja a Tierra, salido. Ducha, ducha, ¡ducha!», se ordenó. Inhalando una vez profundamente, para expulsar el aire lentamente después, se obligó a desnudarse para ir al cuarto de baño.
Un rato más tarde, salió con una toalla atada en la cintura y otra más pequeña con que se secó el cabello de la cabeza. Sus ojos buscaron como un láser su móvil sobre la cama. Una luz de color lila parpadeaba, dejándole saber que alguien le había escrito un mensaje. «Calma, calma. Todavía no sabemos si es ella». Aquel 'sabemos' en plural le incluían a él y, por supuesto, a su polla. No podía ser de otra manera. Cogió el aparato y quitó la contraseña.
["Kodachi" 21:03h.] Buenas noches. Te busco a ti, Ranma Saotome.
Se quedó sin aliento a la vez que el corazón empezó a brincar salvaje en su pecho. Se volvió a sentar sobre el colchón, necesitaba un punto de apoyo estable. La mujer, esperaba que fuera una mujer, conocía su nombre. Es decir, jugaba con ventaja. Decidió no cortarse. Ya no tenía veinte años.
[Ranma 21:11h.] Aquí me tienes —contestó bravo.
Su instinto le decía que sabía quién estaba al otro lado, pero tenía que buscar la forma de asegurarse de que era ella. Y había una forma muy fácil de hacerlo.
[Ranma 21:11h.] ¿Qué hice el día de San Valentín? —se apresuró a escribir.
El minuto que tardó en llegar la contestación se le hizo un suplicio.
["Kodachi" 21:12h.] Masturbarte para mí.
Ranma pegó un brinco de la cama con una exclamación de victoria, cerrando la mano en un puño y agitando el brazo, como si hubiera metido un gol en un partido de fútbol. «¡Sí, es ella, es mi Conejita!», celebró en su mente. Ahora ya no había dudas. El corazón volvía a bailar, pero esta vez de alegría. «Gracias, Dioses, gracias».
Aún no entendía muy bien cómo ella había dado tan fácilmente con él. Obviamente, sabía donde vivía. Tendría que preguntar al conserje del edificio al día siguiente. Necesitaba recabar toda la información posible acerca de aquella mujer. «Tampoco es indispensable para lo que tengo en mente hacer contigo. Conejita, Kodachi, llámate como quieras. Cuando me tengas entre tus piernas te olvidarás de tu nombre y sólo me rogarás que te dé más, más y más».
En su siguiente mensaje de texto quiso escribir "¿Cuándo nos vemos? O mejor dicho, ¿cuándo follamos?". Aquello al menos es lo que habría tecleado su polla si hubiese tenido dedos. Su cabeza prefirió ir con más cautela. Se acordó de lo que había ocurrido tres días antes.
[Ranma 21:13h.] ¿Por qué huiste de mí el viernes?
Cuando vio que no había una respuesta rápida, pero que el mensaje había sido leído, se preguntó si no habría metido la pata, si la habría asustado. Aún así, no se arrepintió. Se alegraba enormemente de estar hablando con ella, de que ella le hubiese buscado a él. Pero tenía claro que no pensaba andarse con tonterías, por muy buena que estuviera y por mucho que quisiera llevársela al catre. Los dos eran ya adultos y sabían dónde se estaban metiendo.
Dependiendo de la contestación que le diera iba a poder discernir mucho de su persona, aún sin conocerla. Si esquivaba el asunto o cambiaba de tema, le daba como mucho dos o tres polvos. Si se hacía la interesante entendería que sólo quería jugar con él. Si era directa y supuestamente sincera, significaría que la cosa iba en serio.
["Kodachi" 21:16h.] Porque me pilló de sorpresa. No estaba preparada.
Ranma respiró aliviado, aquello le valía. Era la tercera opción. «De acuerdo, mi interés por ti acaba de subir unos cuantos escalones más».
[Ranma 21:16h.] Entendido —respondió sin indagar más en el tema. Ya habría tiempo, dependiendo de cómo se desarrollara todo, de profundizar en según qué cosas si lo veía necesario. A los pocos segundos tecleó de nuevo: Tengo que ser directo. ¿Cómo quieres hacerlo?
Esperó impaciente a su contestación, que llegó dos minutos más tarde. En ese tiempo había vuelto a coger la tarjeta color crema del salón para respirar la fragancia, impregnándose de ella. Olía jodidamente bien.
["Kodachi" 21:18h.] Mejor ser directos. Creo que ambos sabemos lo que queremos. Miércoles a las 15:00h. Hotel Jaipur, habitación 307.
El hombre alzó las cejas sorprendido. Tuvo que reconocer que cuanto más hablaba con ella, más atracción sentía. Ella tampoco se andaba por las ramas, había sido clara y concisa. Es más, le había dado ya el número de una habitación de un muy probable Love Hotel. Como buen japonés que era, sabía que aquellos hoteles eran los que utilizaban las parejas jóvenes que no podían montárselo en casa, donde convivían con sus familias, o parejas casadas que querían algo de acción en su relación. O personas infieles que cometían allí su acto de traición.
Ranma se lamió el labio superior, analizando. Si tenía ya el número de habitación, eso significaba que ya había hecho la reserva. «O está muy segura de sí misma respecto a cómo voy a actuar, o tiene otras opciones aparte de mí». No le importó en lo absoluto. «No te culpo, los hombres somos muy simples», se dijo con sorna, aunque en el fondo sabía que era verdad. «Nosotros somos mucho más simplones que vosotras en lo que a relaciones sentimentales y a sexo se refiere».
Aquella última respuesta delataba precisión, planificación, anticipación, control, y tenía que admitir que aquello le gustaba, que le ponía a cien. Fuese quien fuese aquella mujer, lo que no podía obviar es que era un buen match para él. La corazonada que había sentido el viernes al verla al otro lado de la calle seguía estando presente en aquel momento. Ya buscaría alguna excusa para ausentarse ese día del trabajo. Puede que estuviera perdiendo la cabeza sólo por un revolcón, pero se conocía y sabía que no podía dejar pasar aquella oportunidad.
[Ranma 21:20h.] Ahí estaré —confirmó.
["Kodachi" 21:21h.] De acuerdo. Sólo recuerda: mi juego, mis reglas. Si eso te encaja, nos vemos el miércoles.
Aquello le arrancó otra sonrisa. «Mi juego, mis reglas. Mmmm, qué bien suena eso, Conejita», pensó para sí. Parecía que había dado con una mujer de armas tomar. «Jugar, desde luego que voy a jugar. Respecto a las reglas, ya veremos. Éstas están para romperse».
[Ranma 21:21h.] Lo que quieras, preciosa. Como en San Valentín.
