Su cuerpo tembló cuando iba por la mitad de la taza de té. Con su mano tambaleante, apenas pudo dejarla sobre el plato de porcelana. Ayako la miró con una fingida preocupación y habló en tono amable con ella. Miyuki no había dudado antes, pero ahora…
—¿Tenía algo? —preguntó apretando sus costillas. Miyuki estaba mal, se sentía inestable y vulnerable.
—Sí, cariño… yo coloqué el veneno. Sin ti, al fin mi hermano tendrá el puesto que se merece.
Tiró la silla para atrás y al ponerse de pie, se apoyó en la mesa, tirando la taza y derramando lo que quedaba de té. El ruido de la porcelana destruyéndose contra el suelo se sintió como un efecto de sonido para el malestar que ella padecía: era como si dentro de ella todo se quebrase en pedazos, tal como si fuera de cristal.
No intentó pelear, no intentó rebatir ni pedir explicaciones, ella sólo salió de la habitación tan rápido como su cuerpo se lo permitía. Le estaba quemando, una sensación de fuego recorría la boca de su estómago y se extendía hasta su garganta. Se preguntó por qué había llegado a algo como eso. Siempre tuvo una fuerte rivalidad con ella, siempre disfrutó haciéndola enojar y creando malos momentos para ella. quiso entrarse en eso, pero sólo pensó en Tatsuya.
Se tapó la boca. El veneno hacia efecto rápido y le costaba avanzar. Se apoyó en la pared y se detuvo un momento mirando por el pasillo. No había nadie ni una sola alma. La felicidad que había sentido cuando la nombraron líder y prometida de Tatsuya se esfumaba y quedaba tan abandonada como ese pasillo. Era por el bien de su hermano, lo sabía bien. Ella esperaba llegar a ser la líder del clan para poder liberar a Tatsuya. Se iba a esforzar para que no estuviera nunca más bajo el yugo de los Yotsuba. Pero en cuando dijeron que ella podía ser su esposa… todo cambió. La inseguridad que había sentido antes y el deseo que jamás pudo concretar porque eran hermanos y estaba mal visto se esfumó. Tatsuya era su primo y estaba bien que fuera su esposo.
Por muchos años, se convenció: sería grandioso que no fueran familia para que ella pudiera amarlo como un hombre; para ser la mujer que él pudiera querer siempre. Miyuki lo anhelaba con todas sus fuerzas, más allá de cualquier cosa que pudiera pedir para los demás, existían dos que quería: liberar a Tatsuya de ella y a su vez, esperar que correspondiera a sus sentimientos. Muchas veces habían bromeado al respecto, tantas veces deseó que fuera cierto. Una parte de ella siempre deseaba su contacto y aunque inocente, siempre quería más. Era imposible de saciar, pero se limitaba porque era su familia, su hermano, lo único que ella quería proteger de todos, incluso de ella.
«Onii-sama» pensó tosiendo. Sintió algo húmedo en su mano y vio sangre. La sangre se escurría por sus labios como todos sus sueños y esperanzas. Se aferró como pudo a ese último hálito de vida: ella no se iría sin cumplir su último deseo.
Avanzó a paso lento, pero determinado. Al final del pasillo, la luz del exterior la cegó, pero vislumbró la silueta de él, entonces, todas sus fuerzas flaquearon.
—¡Miyuki! —gritó Tatsuya. Escuchó en su voz preocupación, aunque era leve, Miyuki anhelaba esos momentos donde su hermano era capaz de expresar sus sentimientos y parecía más humano. Su familia se había encargado de arrebatar a Tatsuya todos sus emociones para que fuera su guardián, ella desconocía su entrenamiento, pero asumía que había sido terrible para llegar a lograr aquello. Por eso, cuando él externalizaba algo, su corazón era capaz de motivarse aún más. Aunque ella había prometido ser quién pudiera ser su medio de expresión, confiaba en que alguna vez, su hermano iba a prescindir de ella.
«Tatsuya onii-sama es fuerte. No me necesita para nada. En cambio, yo…» pensó abriendo los ojos. La voz de él le llegó en un susurro y al abrirlos, vio su entrecejo fruncido y los ojos inexpresivos mostrando tristeza. Él movió sus labios, dijo algo. Miyuki no lo escuchó.
Ella estiró su mano pálida, manchada con la sangre hacia su rostro y lo sintió cálido contra ella: estaba helada.
—Siempre fui una yuki-onna —dijo con una sonrisa, una que se llevaba lo poco de vida que le quedaba.
—Odias ese apodo —respondió él apretando su mano contra la suya— te curaré.
Esas palabras la sacudieron tan fuerte como el veneno. Se alteró y se levantó, quedando sentada, apoyándose contra su pecho. Lo abrazó y negó cualquier acción.
—Te libero de mí —pronunció con dolor y felicidad. Era lo único que podía hacer por él. Miyuki era la razón por la que Tatsuya estaba condenado a vivir bajo la mirada frívola de los Yotsuba. Era por ella, porque ella era perfecta y Tatsuya era un mago incompleto. Mientras ella viviera, él siempre sería su guardián, siempre se preocuparía por ella, siempre viviría a la sombra de los Yotsuba porque no estaba a la altura de la familia.
Miyuki sabía que su hermano era mucho más poderoso, inteligente y hábil que cualquiera, incluso que ella misma. No había comparación, por eso, ese sería su acto de amor más grande de todos: soltaría las cadenas de Tatsuya por una vez y para siempre.
—¿Qué estás diciendo?
—Me diste la vida una vez. Ahora, seré yo quién te la devuelva —murmuró Miyuki y con sus ultimas fuerzas, lo abrazó, impidiéndole moverse. Si él tan sólo la hubiese dejado morir hacia años, se habría ahorrado de todo eso. Ahora, aunque era tarde, le daría una oportunidad: la que ella y su familia le habían negado y sólo con su muerte conseguiría.
Tatsuya movió a Miyuki y vio la sonrisa en su rostro. Sus labios se movieron y pudo leer sus sentimientos, aquellos que siempre supo y nunca se dijeron. Él quedó con su cuerpo en brazos, sentado en el suelo. El tiempo parecía congelado como el resto de la habitación. Sintió pasos fuera y como si fuera el ultimo deseo de Miyuki, la magia estalló de su cuerpo y volvió de hielo todo, cerrando las puertas, las ventanas y fortaleciendo las paredes.
Él no tenía nada qué hacer. Su deseo era morir y liberarlo. El deseo de él era vivir para Miyuki.
Ahora que ella no estaba, nada lo contenía.
La magia de Tatsuya implosionó. Estaba inestable, iracunda, igual que él. No sabía expresar tristeza ni ira, pero como si algo de Miyuki hubiese quedado en él, sus sentimientos afloraron.
Era libre, sí, pero ¿a qué precio? No valía sin ella. Pero la familia los había orillado a ello.
Los Yotsuba eran el inicio y el fin de su vida. Y Tatsuya, haría honor a Miyuki y a la libertad que le había dado y al fin, los destruiría.
¡Hola, gente bella! ¿Cómo están? De nuevo con estos desafíos que te llevan al límite. En esta ocasión, es de 30minutesrock y empecé con el 【#𝐓𝐫𝐚𝐜𝐤𝟏𝟖: 𝐃𝐢𝐲𝐢𝐧𝐠 𝐢𝐧 𝐲𝐨𝐮𝐫 𝐀𝐫𝐦𝐬】. El prompt era ""Sí, cariño… yo coloqué el veneno".
Lo vi y pensé en estos dos. Quería un what if donde todo se fuera al carajo y los Yotsuba sintieran el verdadero terror al deshacerse del único método de control de Tatsuya.
¡Lo disfruté muchísimo! Espero que ustedes también.
¡Un abrazo!
