Compañeros de habitación
Por Nochedeinvierno13
Disclaimer: Todo el universo de Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.
Esta historia participa en "Casa de Blanco y Negro 2.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".
Condiciones: Compañeros y cautela.
Después de que Penélope Clearwater lo besara cerca del Sauce Boxeador —y tuvieran que tumbarse para escapar de las ramas inestables del árbol—, en lo único que podía pensar era en cómo iba a decírselo a Oliver Wood, su compañero de habitación.
El beso lo había tomado por sorpresa. Penny y él eran buenos amigos. Los dos pasaban la mayor parte del tiempo en la biblioteca —razón por la cual comenzaron a hablar. «¿Ya terminaste con Animales Fantasmas de Gran Bretaña? Lo necesito para mi tarea»—, eran prefectos de sus respectivas casas y querían tener una carrera política en el Ministerio de Magia.
Penny era la única chica que le llamaba la atención. Era inteligente, sagaz y sabía lo que quería, pero no le interesaba de la forma que ella pretendía. Una vez que sus labios se encontraron sobre los suyos, él no fue capaz de rechazarla porque tenía miedo de cómo afectaría su amistad, pero, ahora que se encontraba lejos de ella y del Sauce Boxeador, se reprochaba no haberlo dejado en claro.
Mientras caminaba por el largo pasillo, cuyas antorchas clavadas en la pared estaban apagadas, no podía dejar de sentir un nudo en la garganta y las manos sudadas. Si tenía suerte, Oliver no se encontraría en la habitación y tendría hasta la hora de la cena para pensar en qué iba a decirle; en el peor de los casos, él estaba en el dormitorio y tendría que contarle lo del beso y aguardar su reacción.
En ningún momento, se planteó la posibilidad de ocultárselo porque, así como él era rápido a la hora de leer libros, Oliver también sabía descifrar sus emociones. Y Percy sabía que, en cuanto él lo mirara y le preguntara «¿qué tal tu día?», terminaría vomitando la verdad.
«No estés tan nervioso —se dijo. Se clavó las uñas en la palma de la mano—. Después de todo, Oliver y tú son solo compañeros de habitación. ¿Verdad?»
En realidad, aquello no era del todo cierto.
Su vínculo siempre había sido especial. Él era todo músculos gracias al deporte, tenía una mente rápida a la hora de labrar estrategias que lo llevaran a la victoria y una sonrisa con dos hoyuelos en las mejillas. Oliver vivía con la cabeza en las nubes y en la quaffle, mientras que Percy era más bien de libros y tinta. Y, de todas formas, su amistad había sobrepasado las pocas cosas —por no decir ninguna— que tenían en común.
Oliver siempre lo invitaba a ver los partidos, a pesar de que sabía que el deporte no le interesaba, y Percy escuchaba sus interminables monólogos porque le gustaba la forma en que transmitía su pasión por el quidditch. Cuando terminaba de hablar, tenía la costumbre de tumbarse a su lado y contarle las pecas de la cara. «Me da suerte. Tú eres mi cábala», le susurraba.
Percy Weasley sintió que la cara le ardía, aunque la chimenea de la sala común no estaba prendida. En el sillón había un estudiante de primer año, al que Percy mandó a clases antes de tener que restarle puntos a su propia casa.
Subió las escaleras que dirigían al dormitorio, pidiéndole a Merlín y a todos los magos que quisieran escucharlo, que la habitación estuviera vacía.
Al abrir la puerta, comprobó que no era así.
—Pensé que estarías en la biblioteca —dijo Oliver cuando entró. Él tenía un pequeño pizarrón sobre el regazo y trazaba movimientos en un improvisado campo de quidditch—. De haber sabido que estabas libre, habría dejado esto para después.
—No te preocupes —respondió Percy. Dejó la mochila sobre su cama cuidadosamente tendida. Tenía la costumbre de dejarla ordenada antes de ir a clases—. No te quiero interrumpir. Iré a hacer mi tarea a la sala común.
Antes de que pudiera hacer algún movimiento, Oliver tiró de su mano e hizo que se sentara a su lado.
—Tú nunca me interrumpes, Percy. —Un escalofrío lo recorrió cuando escuchó que pronunciaba su nombre. La boca de Oliver se acercó a él, sus alientos se rozaron, pero Percy se apartó—. ¿Qué sucede?
—Penny me besó.
Aunque sus palabras fueron muy directas, su tono de voz fue cauteloso. Inspiró profundamente y aguardó su reacción.
Oliver Wood pestañeó varias veces como si estuviera asimilando lo que acababa de decirle; sus pupilas se dilataron hasta perderse en el iris caoba. Sus dedos se aferraron al pizarrón con tanta fuerza que estuvo a punto de partirlo.
«Listo. Ya lo he dicho», pensó. Las piernas le flaquearon bajo esa mirada que lo desarmaba.
—¿Y tú le permitiste que te besara? —preguntó.
—Todo sucedió muy rápido. Estábamos hablando cerca del Sauce Boxeador y, de repente, ella me besó —se sinceró.
—¿Te gusta? —interrogó. Su voz estaba cargada de recelo—. ¿Te gusta Penélope Clearwater? —Percy no respondió. Se sentía confundido—. ¿Ella te gusta más que yo? —fue más directo.
—No, claro que no. Penny es linda y tenemos mucho en común. Me gusta pasar tiempo con ella, pero no me gusta como novia —contestó—. Pero, al mismo tiempo, no dejo de pensar en que solamente somos compañeros de habitación. Y a veces siento que estás jugando conmigo, que soy solo una distracción en lo que aparece alguien más interesante.
Oliver se puso de pie, caminó hasta la puerta y conjuró un hechizo para cerrarla a cal y canto. El ambiente estaba cargado de tensión. ¿Era posible que se sintiera celoso o amenazado por Penny?
—¿De verdad piensas que eres solo una distracción?
Percy se encogió de hombros.
—Nunca me has dicho lo contrario.
—Porque pensé que no era necesario. No soy bueno con las palabras, Percy. Lo sabes. Pero pensé que, después de lo que sucedió en el vestuario, estaba claro lo que sentía por ti.
Nuevamente enrojeció.
En el primer partido de quidditch de aquel año, Gryffindor le había ganado a Ravenclaw en una victoria aplastante. Una vez que los jugadores se retiraron a los vestuarios, Percy sintió el impulso de ir a ver a Oliver. Adentrarse en las soporíferas duchas, con chicos desnudos que cantaban y se pavoneaban, no le hacía sentir del todo cómodo, pero una vez que se encontró bajo el grifo, entre los brazos de Oliver y con su poca bebiendo cada gota que resbalaba de su cuerpo, cambió de opinión.
Decidido a revivir ese recuerdo, Oliver lo tumbó de espaldas a la cama y se sentó sobre su regazo. Le quitó los lentes y los apoyó cuidadosamente sobre la mesita de luz. Después, le quitó la camisa con dedos hábiles y dejó caer una lluvia de besos sobre su pecho.
—Alguien podría venir —susurró Percy.
—He sellado la puerta —dijo para darle seguridad—. No llegarán hasta después de la cena.
La mano de Oliver serpenteó por su vientre, acariciando la línea de vello rojizo que nacía debajo de su ombligo, y la sumergió dentro de sus pantalones; Percy se onduló bajo sus atenciones.
—Entonces, ¿qué le dirás a Penny? —retomó Oliver—. No puede besarte cada vez que quiera —dijo y chasqueó la lengua. Le mordió el labio inferior para subrayar que solamente él podía hacerlo—. Que no estás interesado en ella.
—¿Y si sospecha que hay alguien más?
—Dile que estás conmigo —sentenció Oliver.
Percy Weasley no pudo hacer más que gritar «sí» cuando su compañero de habitación —que ahora pasaba a ser más que su compañero de habitación— se perdió entre sus piernas.
