Disclaimer: Sailor Moon y sus personajes pertenecen a Naoko Takeuchi, pero la historia es mía de mí de mi propiedad. :3
"El misterio de Silver Bells"
Por Kay Cherry
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1.
Pedazos de amor
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El despertador de Minako Aino —abogada de veintisiete años—, estaba programado para sonar a las seis en punto, pero ella ya estaba despierta. Había pasado la noche dando vueltas inquietas, sin lograr conciliar bien el sueño. Hoy era el día más importante de toda su carrera. Toda su vida después de la universidad había consistido en pequeñas y mayores tareas con retos diversos que la preparaban para éste momento: el día en que al fin, posiblemente, sería la socia de un bufé prestigioso. Básicamente su sueño hecho realidad.
Tenía el estómago hecho nudos, así que mientras dejaba caer el agua de la ducha hasta que se puso caliente, tomó una gran bocanada de aire rogando que la ansiedad que sentía fuera disminuyendo conforme pasara el día.
Se desnudó y entró en el pequeño cuarto, disfrutando del agua y dejando aminorar lo nerviosa que ya estaba, incluso desde ayer. Había anticipado éste día, éste preciso día tanto tiempo que ya se imaginaba cientos de escenarios distintos. Se había pasado fines de semana completos trabajando detrás de una pila de papeles y del portátil, en la oficina y en su departamento. Se había perdido cumpleaños y toda clase de fechas importantes, mientras sus amigos salían por ahí a rumbear, bebían y hacían las cosas típicas de los jóvenes que comienzan a disfrutar de su independencia. Ella casi no. Ella era más bien la chica que se pasaba las noches detrás del portátil, (en el mejor de los casos con una cerveza) armando casos, y recopilando un sin fin de información para sus jefes con las piernas cruzadas en el suelo de su sala; mientras la televisión hablaba sola hasta la madrugada.
Así que hoy sus esfuerzos darían frutos. ¡Por fin! Minako se enjabonó, lavó y acondicionó su largo pelo. Se lo secó y alisó con calma y luego se puso su mejor atuendo, que ya estaba bien preparado y planchado desde anoche: una falda de tubo gris oscuro y una blusa de seda azul celeste, que combinaba exacto con sus ojos. Unos tacones cerrados negros con cinta de pulsera y su bleiser a rayas blanca y negra diplomática completaban el conjunto. Se veía profesional, joven, guapa y exitosa. Justo como había planificado. Ojalá todo saliera así de perfecto de cómo se veía. Por dentro, la verdad estaba temblando como una hojita.
Se hizo un batido proteico y repasó mentalmente todo lo que tenía que decir, incluyendo las pequeñas bromas y las sonrisas, que no debían ser demasiadas. No quería que nadie malinterpretara su presentación con caerle bien a nadie. Minako, por ser muy bella, muy simpática y sobre todo muy rubia, era constantemente poco tomada en serio en otros ámbitos. Y eso no lo permitiría hoy. Su futuro dependía de ello.
Se pasó el quita pelusa una última vez, dejó el vaso vacío en la tarja y tras lavarse los dientes, tomó su portafolios y abordó un taxi rumbo a su trabajo; rogando que el tráfico no le jugara una mala pasada ni ningún idiota chocase su auto frente a ella.
Llegó por los pelos. Minako salió del ascensor muy derecha y caminando a pasos seguros le dio los buenos días a todo el que conocía. Agradecía y sonreía a los que les deseaban buena suerte, que eran casi todos. Minako le caía bien a todo el mundo.
Bueno, casi a todo el mundo.
En cuanto a temas profesionales, tenía dos contrincantes por el puesto, pero sólo una era la verdadera competencia. Una chica muy antipática, muy inteligente y fiera como una hiena hambrienta del desierto. Entre pasillos y a sus espaldas la apodaban «la nazi». Nada agradable.
—Buenos días, Aino —le sonrió justo el diablo en persona cuando Minako dejó sus cosas en la sala de juntas. Tenía que llegar antes que ella. Cómo no —. ¿Tuviste un problema con tus medias? —insinuó burlona.
—¿Qué?
La morena señaló con sus uñas rojas la parte trasera de su falda. Minako se giró sobre si misma y notó un largo desgarre en ellas. ¡Maldita sea! Fue lo único que no revisó y ahora...
Se puso color granate, y los nervios se apoderaron de ella.
—¡Dios! —gruñó, y caminó hacia la salida para buscar el baño.
—Espero que llegues a tiempo, la puerta se cierra a las nueve en punto —le recordó la pelinegra, poniendo la vista en su ordenador —. Los jefes ya vienen en camino. Y la puntualidad me daría una excelente imagen. Bueno, si te quedas así también me das ventaja en la imagen.
Y se echó a reír, sin despegar la vista de su monitor.
Minako rechinó los dientes. Eran las ocho y cincuenta y siete y definitivamente no le daría tiempo de ir y volver. La mujer, llamada Rei Hino, le sonrió con crueldad. Ella era la verdadera rival de Minako en todo este asunto. Habían chocado desde que eran unas pasantes y sólo hacían mandados, y aunque guapa, era una pesada de mierda con el carácter de un basilisco. Se odiaban mutuamente por diversos motivos. El motivo de hoy era más que obvio: era una o la otra quien se quedaría con el puesto y la guerra estaba declarada. El otro candidato era un novatillo que estaba muy lejos para alcanzarlas siquiera, pero lo consideraron por cortesía.
No iba a dejar que unas malditas medias le arruinaran su oportunidad de oro, así que Minako tomó medidas drásticas frente a la mirada atónita de Rei. Se sentó en su sitio y quién sabe con qué habilidades femeninas, descaradas y definitivamente muy complicadas, se sacó los zapatos por debajo de la mesa. Luego a jalones, las medias. Las hizo una bola y las echó en su bolso. Luego volvió a colocarse las zapatillas, justo a tiempo para bajarse la falda hasta las rodillas y saltar de su asiento, sonriendo a los ejecutivos que ya iban entrando con sus cafés. Rei la miró boquiabierta, y después con desdén, seguramente pensando que era una vulgar. Minako en cambio le sonrió victoriosa. La estúpida le había hecho un favor sin darse cuenta, aunque sentía bastante frío debajo de su falda, porque pues no sólo se llevó las medias...
—¡Buenos días, abogadas! —anunció uno de los tres socios. El más inteligente, guapo y carismático y que por cierto traía a Minako colgando de un ala. Saijo Ace —. Hoy es un día muy importante, como saben…
Y así inició la jornada.
Gurio Umino era un nerd de ésos que los que son enciclopedias con patas y saben dar respuestas más rápidas que el Google, pero era muy tímido y tartamudeaba mucho. Digamos que le faltaba carácter. El pobre se derramó el café en los pantalones (justo en un área muy desafortunada) y al final no se acordaba ni de su propia estrategia de trabajo para conseguir más clientes. Le traicionaron los nervios. Minako le miró con pena, pues Umino le caía bien, pero Rei disfrutó mucho de la situación. Luego le llegó el turno a Hino. Fue perfecta en su insoportable y agresivo discurso, no falló ni en una palabra e incluso vio como los jefes asentían muy serios con la cabeza y se miraban con aprobación. Oh, no. Les gustó mucho.
Luego venía ella…
Carraspeó y tras recibir un guiño de Ace, Minako, sonrojada, tomó valor y pulsó la tecla que iniciaría su presentación. Se sintió cómoda y aunque se tardó en contestar un par de preguntas capciosas, no tuvo inconvenientes. Al final todos quedaron encantados con ella. Saijo incluso comentó que su presencia les alegraría el resto de sus días, pues su visión optimista era justo lo que necesitaba la gente para volver a confiar en los abogados, tan desprestigiados en éstos tiempos.
Rei rodó los ojos y Minako se hizo la modesta, riendo y pestañeando como debía. Sólo lo necesario. Todos se despidieron prometiendo anunciar al elegido en tres días a primera hora de la mañana, y fueron saliendo uno a uno de la sala de juntas. Sólo quedaron Minako un poco retrasada, y Saijo también, sólo que este último fingió acomodar unos papeles.
—No sé si ya felicitarte por anticipado, Minako. Como siempre, tienes el don de desencantar hasta las piedras y convertirlas en perlas —le halagó acercándose, rodeando la mesa.
Minako enredó sus cableados riendo, y se encogió de hombros.
—Ya veremos. No me gusta adelantarme a los hechos.
—Estuviste increíble. Fuiste divertida, precisa y asertiva a la vez. Además de que… madre mía, ésa falda te queda espectacular, como todo —le susurró detrás de su pelo, olisqueándolo. Minako sintió un escalofrío que la hizo cerrar los ojos. El hombre la tomó de la cintura y la hizo girar para encontrarse cara a cara. Minako arrugó la nariz al percibir la excesiva cantidad de colonia que se había echado. Sí, a veces se pasaba un poco con éso y no le gustaba el aroma, pero no se había atrevido a decírselo…
—Te fijaste en mi trasero, no en lo que decía… —rezongó molesta.
—No soy ciego, nena. Y tú estás como quieres. ¿Puedes culparme…? —la toqueteó más descaradamente sobre la blusa.
Minako gimió en respuesta.
—Entonces te va a gustar saber que no traigo nada debajo de ella —le susurró al oído, tomando su rostro con las manos. Los ojos del hombre brillaron con lujuria, y sus pupilas se dilataron a la par.
—¡No es cierto!
—¿Quieres corroborarlo?
—Pero claro —jadeó, y se lanzó a su boca en un beso muy cachondo, y muy inapropiado para ése lugar y a ésa hora de la mañana. Saijo se había asegurado que la puerta ya estuviera cerrada, pero la anticipación de que cualquiera pudiese entrar lo prendía como mecha —. Joder, Minako… cómo me pones —le dijo pegándose a ella, y tras treparla en la mesa, volvieron a besarse con pasión.
Pero tal como se podía esperar, la puerta se abrió. Minako le empujó de a una y fingió que se le había caído el cargador de su computadora, mientras que Ace no tuvo de otra más que girarse para ocultar la desgracia de su pantalón, esta con una causa un poco diferente a la de Umino.
—Disculpen...
—Pase, nosotros ya nos íbamos —se rió entre dientes Minako, mientras se ponía la portátil en el pecho y la intendente pasaba a recoger las tazas de café y a vaciar las papeleras—. ¿Verdad, señor Ace?
—Sí, adelante… —graznó Ace, acomodándose el cinturón —. La señorita Aino y yo trabajaremos mejor en mi despacho.
—Sí, señor —respondió la empleada en tono aburrido. Realmente ella ya sabía que esos dos se enrollaban de vez en cuando, y a su edad le daba más pereza que otra cosa saber los detalles escabrosos.
Ace pudo disimularse con unas carpetas hasta que cerró la puerta de su privado.
—No puedo creer que ésa mujer estuvo a punto de pillarnos —dijo, y se aflojó la corbata.
Pero a Minako ya se le había bajado la calentura para entonces.
—¿Querías decirme algo? Tengo trabajo, realmente —indicó.
Él la miró con recelo.
—Claro que sí. ¿Crees que sólo te metería aquí para enredarme contigo?
—No sería la primera vez —le contestó Minako indiferente, mirando a otro lado.
—Tú eres la que no trae pantis… —sugirió pasándose la lengua por los dientes.
—Un casual accidente —contestó sin más.
Saijo suspiró. Minako parecía algo distante últimamente de él y en parte por eso quería pasar tiempo con ella.
—Cómo quieras. Lo que quería era preguntarte si quisieras cenar conmigo mañana en la noche —le sonrió, alejándose y sentándose en su silla de cuero.
—¿Cena personal o de negocios?
Su tono frío pareció no gustarle.
—Personal. Sí, Minako. Tú y yo. Como las parejas normales —le dijo con una combinación de gracia ofensiva —. Eso somos fuera de aquí. ¿No tienes ganas?
Era un restaurante muy elegante. Bueno, claro que tenía ganas, ¿verdad?
La historia es así. Cuando Minako entró a hacer sus prácticas profesionales, Saijo ya era todo un abogado, aunque uno aun relativamente joven. Los dos se cayeron bien instantáneamente y pasaban demasiado tiempo juntos. Química inevitable. Una cosa llevó a la otra y un día se acostaron en su casa. Un polvazo de aquéllos, de ésos que te hacen perder el sentido. Luego fue otro día en casa de ella. Les gustó tanto que cuando menos se dieron cuenta ya mantenían una relación, aunque dentro de las paredes del bufé no podía ser anunciada públicamente, o más bien Minako no quería que fuera así. No quería que pensaran —sobre todo la venenosa de Rei— que sus méritos profesionales se debían a que uno de los ahora socios le había bajado las bragas desde hacía un tiempo. Estaba esperando el momento apropiado. Saijo le gustaba mucho, no sólo era muy atractivo si no además bastante inteligente, y Minako había aprendido mucho de él. Pero a cambio, Minako había sido su mano derecha y le había ayudado mucho con sus casos, incluso los más peliagudos sin recibir nada a cambio que sus sonrisas y sus noches juntos. Estaba bien. Eso no le molestaba. Estaba implícito que ambos, juntos, eran un equipo fabuloso. Lo natural es que ella se convirtiera también en socia algún día (su verdadero objetivo), y en un futuro ambos pudieran…
Pudieran… ¿qué?
—¿Minako? —irrumpió Ace sus pensamientos —. Entonces, ¿Reservación a las ocho en el Lune?
Sonrió algo forzada. La verdad estaba algo cansada después de no pegar ojo en toda la noche, pero no le quiso cancelar. Ya le había alargado una semana la dichosa cena y él era bastante insistente. No sabía la razón. Él no era precisamente un tipo romántico ni detallista. Sus encuentros y salidas eran de otro tipo, menos formales, así que ésta vez no quiso negarle el gusto.
—Claro, ahí estaré.
—Ponte algo elegante —le guiñó un ojo, como solía hacer siempre que tenían alguna complicidad.
—Y tú no llegues tarde —le advirtió ella cerrando la puerta.
A la mañana siguiente Minako estaba corriendo en su corredora fija, en la otra habitación de su apartamento. En sus audífonos sonaba una melodía tecno y animosa que le hacía querer correr a más velocidad. Quería sudar mucho antes de irse al trabajo. Todavía estaba pensando en la cena y si sería buena idea ir. Tenía la sensación de que estaba evadiendo algo y no sabía realmente qué o por qué…
La música se interrumpió con una llamada de su querida e inoportuna hermana menor. Bajó la velocidad, tomó aire y sin tener más remedio pulsó la tecla verde, a la par que se estampaba su mejor sonrisa en el rostro:
—¡Usa! ¿Cómo estás?
—¿¡En serio, Minako!? —su cara se amplió tanto que se hizo algo deforme. Usagi se había pegado lo más posible para parecer intimidante, pero sólo consiguió hacer reír a su hermana mayor —. ¡Te he llamado millones de veces esta semana! ¿Y lo único que consigues decirme es cómo estás? ¡Pensé que estabas muerta! ¡Que vería tu foto en las noticias!
—Ay, qué exagerada —se rió Minako sin dejar de caminar a buen paso —. A lo mucho me llamaste unas tres. O cuatro.
Ella se llevó una mano al pecho, con una cara de tragedia.
—¡Y lo admites como si nada! —parecía a punto de ponerse a llorar, pero Minako pensó que sería cosa de las hormonas, así que le cambió de tema para que dejase de reclamarle.
—¿Cómo están las niñas?
La otra rubia ladeó la cabeza, como si no se acordara que tenía dos hijas. Parecía agotada, con dos oscuros surcos debajo de sus ojos, estaba algo despeinada y llevaba en el hombro derecho una mancha que Minako pensó, seguramente no era de jugo de zanahoria… qué asqueroso.
—Preciosas. Enormes… y son un auténtico dolor de cabeza a veces —susurró a la bocina, posiblemente para que la niña mayor no la oyera. Minako volvió a reír ante su sinceridad —. Y te echan mucho de menos. Sobre todo ChibiUsa. Dice que nadie cuenta los cuentos de hadas como tú y siempre pregunta cuándo vendrás a visitarnos.
—Yo también las echo de menos —Minako sonrió con ternura, recordando a las pequeñas y su familia, su pueblo natal, todo eso.
—No parece…
—Usa, tengo un trabajo muy absorbente. No empieces con éso otra vez —se mosqueó Minako, tomó agua y bajó más la velocidad para poder mantener mejor la conversación sin estar tan agitada.
Usagi y Minako se llevaban tan sólo un año de diferencia, pero eran totalmente opuestas en cuanto a sus vidas se refería. Usagi había dejado trunca la universidad para casarse con su… príncipe azul, si se le podía llamar así a Mamoru. Y en menos de lo que canta un gallo ya estaba embarazada de su primer retoño, una pelirosa muy vivaracha que era la viva imagen de su madre y que hoy tenía casi seis años de edad. Como tuvo un embarazo difícil, juró que ChibiUsa sería hija única, cuando ¡Oh, sorpresa! Hace cuatro meses había tenido a su segunda hija, la pequeña Chibi-Chibi. Tenía lo que se podía llamar el final de cuento perfecto, con la excepción de que a Minako no le parecía nada de perfecto ser una ama de casa que esperaba noche tras noche la llegada de su marido con la cena, oír sus múltiples problemas con el trabajo y aguardar a los domingos para pasear por el parque o al cine, a ésto último sólo para ver una película de infantes. Usagi era feliz, o eso decía, y sus ojos brillaban al máximo cuando hablaba de su hermosa familia… pero Minako había elegido un camino distinto. Para ella eso no era suficiente y solían tener fricciones a veces por eso. Aunque en general se adoraban con locura, estas fechas ya sospechaba que Usagi la llamaría tarde que temprano para recordarle lo ingrata que era.
—Mina, no me hables de falta de tiempo porque la semana pasada me eché la siesta en el supermercado —espetó Usagi de mal humor.
Menos mal que no mencionó la mancha de vómito o sus cejas sin depilar...
—¿En el aparcamiento?
—¡Claro que no, en el pasillo de los cereales! ¿Sabías que podemos dormir parados aunque sea unos segundos? Tu sistema se apaga y ¡pum! —tronó los dedos.
Minako se echó a reír a carcajadas. Pobrecilla.
—Lo siento… debes estar agotada con la bebé.
—Y la casa, y las tareas de ChibiUsa… y las juntas de madres que son una pesadilla. Pero ya ves, no me quejo y hasta te llamo de vez en cuándo.
—Tu fuiste la que sacó el tema… Está bien, me rindo —levantó Minako las manos.
Usagi se quedó conforme con eso, pero no quedó ahí la cosa:
—Mina, por si no te habías dado cuenta, la próxima semana es Navidad —le soltó su hermana sin tapujos, para que Minako no le cortara la llamada con el primer pretexto que se le ocurriera como siempre —. Y sé que tu vida es la aventura de Indiana Jones comparada con la mía, donde lo más emocionante que me pasó últimamente fue encontrar una oferta en pañales al 2x1 esta mañana. Pero por favor, ¿podrías considerar venir y acordarte de nosotros este año? Mamá quiere verte. Todos queremos verte.
Minako detuvo su caminata, se tomó de las agarraderas y suspiró profundamente.
—Usa, están a punto de hacerme socia. No sé si tomarme vacaciones justo ahora sea lo más prudente —se excusó. Al menos ahora tenía un motivo real, aunque poco creíble.
—No has tomado vacaciones en mil años… ¡Y si eres jefa mayor razón para tomarlas cuando quieras! Además tampoco conocemos a ése hombre con el que sales, que ya parece mito urbano. O imaginario.
—¡No es imaginario! —aclaró ofendida —. Es… sólo que no estoy lista para presentárselos.
Usagi se dio golpecitos con la mano en la frente.
—¿Y cuándo sí lo estarás? —preguntó, antes de poder refrenarse.
—Mis prioridades son distintas a las tuyas, y a las de mamá. No tengo prisa por formalizar con él. Yo no soy como ustedes —se defendió seria —. Yo soy…
—Como papá —completó de mala gana, aunque sonrió. Minako le devolvió la sonrisa — Y papá estaría orgulloso de ti si te viera siendo la excelente abogada que eres, independiente y brillante. Pero no creo que le encantara que vivieras tan apartada de tu familia, y encima en fechas tan importantes…
Minako suspiró profundamente. No es que no quisiera ver a su familia, los amaba a todos… pero extrañaba mucho a su padre y las Navidades sin él no volvieron a ser lo mismo. Se le rompía el corazón de ver la silla principal vacía y que su voz no resonara con los villancicos que le encantaba cantar a todo volumen. Minako era la más apegada a él y sufrió mucho su partida, hace tres años por luchar contra el cáncer. Además en ésa casa ya a nadie le importaba la cantidad de casos que ganaba o sus grandes logros personales como haber comprado su propio auto o el apartamento. Allí sólo era la tía soltera y demasiado ocupada que daba los buenos regalos a sus sobrinas, y eso la incomodaba. Tampoco aguantaba mucho a Mamoru, que siempre trataba de presentarle un amigo. Tal vez no sería mala idea llevar a Ace, aunque no le encantara del todo presentarlo como su novio. Aunque eso es lo que era, en teoría…
En la práctica, sentía como que su vida estaba fragmentada en pedazos que había perdido, y que otros no habían logrado completar. O algo así. Era extraño de explicar.
—Está bien, haré lo posible por ausentarme de la oficina un par de días —cedió Minako. A Usagi se le iluminó el rostro y aplaudió como niñita —. Pero no depende al cien por ciento de mí, así que no te lo pongo por escrito. Te avisaré.
—¡Gracias, Mina! —Ella le sonrió en réplica.
—Tengo que irme. Saijo quiere ir a cenar hoy, y ni siquiera sé qué ponerme. El lugar es muy emperifollado. Es extraño. Él no suele hacer éstas cosas, pero insistió mucho. Fue a visitar a sus padres el fin de semana y regresó de un raro… sólo espero que no sea nada malo.
Usagi se quedó atenta escuchando.
—En fin, la cosa es que debo ir a bañarme…
—¡ESPERA! —le gritó Usagi para que no cortara la llamada —. ¿Dices que nunca hace estas cosas?
—Ajá —confirmó Minako, sin entender a qué iba.
—Y fue a visitar a sus padres… y anda raro, ¿como nervioso?
—Creo que sí. Supongo —frunció el entrecejo. La verdad no se había puesto a analizar su actitud.
—¡Madre mía! ¡Se va a declarar! —gritó Usagi a todo pulmón. Luego se tapó la boca arrepentida. La bebé afortunadamente no se despertó. Usagi continuó con voz baja, pero llena de euforia y felicidad contenidas —. ¡Lo hará, estoy segura! ¡Por fin, gracias a Dios! ¡Milagro de Navidad!
Minako estaba perdida. Su hermana estaba loca hablando de milagros y...
—¿Declarar qué, tonta? Yo no llevo su declaración de impuestos. No soy contador...
—¡Tonta! Como se ve que no eres nada romántica —la regañó, haciéndola callar de a una —. Te estoy hablando de una propuesta. ¡Matrimonio! ¡Va a pedirte que te cases con él! —chilló.
Minako palideció, su estómago se encogió en nudos y en cuestiones de segundo se le vino la imagen a la cabeza de Saijo arrodillándose en medio del restaurante, mientras un cuarteto de violín lo acompañaba y ella se llevaba la boca a las manos, "sorprendida", y cuando decía que sí, todos a su alrededor aplaudían y los felicitaban.
Qué diablos...
—No, no puede ser —gimió Minako horrorizada volviendo a la realidad, pero Usagi pensó que sólo estaba en shock por la emoción. Incluso lamentó haberle arruinado la hermosa sorpresa que él claramente había preparado con tanta devoción. La charla con sus padres claramente había sido la cereza del pastel. Les había pedido su aprobación.
Antes de cortar la mareó con un montón de consejos: que se pusiera un vestido sobrio pero a la vez sexy, de preferencia negro o blanco para que le resaltaran sus ojos. Sería la foto con la que rememoraría ése momento toda su vida. También que se pusiera máscara de pestañas a prueba de agua para no arruinarse el rostro con las lágrimas y que no comiera demasiado, no fuera a ser que le cayera mal la comida por aquéllo de los nervios. Por supuesto, le exigió que le enviara muchas fotos y más de la seguramente hermosa joya que llevaría a partir de mañana en su dedo anular. Ya estaba ansiosa por conocer y abrazar en Navidad a su futuro cuñado, para así desearles la mejor de las felicidades...
Minako sólo entendió la mitad de la cháchara. No parecía que le acabaran de relatar lo que sería una historia de amor, si no un relato de terror. De ésos que te hacen tener pesadillas por meses y dormir con la luz encendida.
Aun así, no tuvo el coraje de inventarle a Saijo que estaba enferma o algo así. Porque ni siquiera estaba segura de querer decirle que no, pero tampoco que sí. No podía culparlo, llevaban mucho juntos aunque no pensó jamás en ésa posibilidad. De modo que con la mente atrofiada y el corazón hecho un lío, se puso un vestido negro con mangas de encaje, el mejor que tenía para una ocasión así. Se alació el pelo y usó maquillaje y perfumes suaves. Estaba lista… o al menos de dientes para afuera.
Cuando llegó al Lune empezaron a cumplirse una serie de eventos desafortunados y malos presentimientos que no apuntaban a nada bueno:
—El señor Ace no ha llegado, pero puedo ofrecerle una mesa de los gabinetes —se disculpó el mozo —. Lo siento mucho, señorita… solemos darles quince minutos de tolerancia a la reserva, pero hoy estamos llenos por la época. Su mesa ya fue ocupada.
Minako torció sus labios, pintados de rosa-naranjado. Su aspecto impoluto contrastaba con la furia de su rostro. ¡Ya eran las ocho y cuarto y no había llegado!
—Que sea gabinete, entonces —espetó. Qué maravilla estar mirando a la pared tapizada cuando su novio empiece a hablar de sus profundos planes y amorosos sentimientos…
Pero ahí no acabó la cosa. Saijo llegó incluso mucho después, cuando ella ya se había terminado una copa de rosé completa. Llegó haciendo bromas sobre un tipo de la firma que no conocía y le entretuvo mucho rato, y no se inmutó en decirle lo guapa que se veía ésa noche. De hecho, él no lucía precisamente prolijo como siempre. Estaba algo sudoroso, y la loción que detestaba se había mezclado con cerveza. También parecía que hacía mucho se había deshecho de la corbata. ¿Es que venía del bar deportivo por mirar el fútbol con sus colegas? ¿Precisamente hoy? ¡Habría que ver lo poco considerado que era!
Todo empeoró cuando les tomaron la orden.
—Quiero el rib eye con salsa de ciruela, patatas, todo eso. Tú también quieres eso, ¿verdad? —preguntó. Minako no le miró, sólo se dirigió al mesero —. Ah, y un whisky doble sin hielo.
¿Y la champaña para celebrar…?
—Yo comeré la ensalada mediterránea —pidió en voz baja, entregando su menú y recargándose en el respaldo del asiento. El chico asintió y se retiró.
—¿Desde cuándo eres vegetariana, Minako? —preguntó Saijo con mofa sacudiendo la cabeza.
—No lo soy.
—Pues parece. Un día de éstos te saldrán orejas de conejo —bromeó, sin causar la menor gracia en ella.
—Y a ti un día de éstos te dará un infarto —le devolvió con mala leche. No llegaba a entender por qué estaba tan enojada. Si porque a ella le había llevado horas alistarse y él parecía salido de un antro, o acababa de reparar en que no tenía ni la menor idea de lo que le gustaba comer o no.
No importa, se dijo varias veces. Él es un excelente abogado, guapo y divertido —o le parecía hasta ahora —y seguramente si era buen amante, también sería un buen esposo. Lo que no entendía era por qué no sentía las mariposas de la anticipación, la felicidad de la que tanto hablaba su hermana y ésas cosas. Vamos, que ni siquiera tenía ganas de acostarse con él hoy. ¿Por qué? ¿Por qué habían cambiado tan rápido las cosas en tan poco tiempo? ¿O es que más bien ella no las quiso ver hasta ahora…?
—Minako —le sonrió Saijo y extendió su mano para tomarla. Minako suspiró y la cogió —. Desde hace años tú eres mi amuleto de la suerte en la firma. Eres la chica más astuta, sexy y genial que he conocido. Y no sé que haría sin ti. No sería nadie.
Minako recobró el tono de las mejillas, y en su pecho, su corazón empezó a bombear frenético. Se miraron a los ojos con… bueno, no sabía si con amor, pero con intensidad podría decirse que sí.
—Saijo… —murmuró mostrándose agradecida.
—Y lo único que deseo es que podamos seguir así por muchos años —continuó. Oh, ahí venía el discurso que tanto esperaba, aunque no dejaba de ser algo ambiguo y flojo —. Hemos pasado muchas cosas juntos, y por eso hay algo que quiero preguntarte...
—¿El qué? —completó Minako anhelante, y reteniendo la respiración.
—Bueno, algo que haría que todo cambiara radicalmente. Para bien, espero. Pero antes de usarlo tú primero deberías verlo…
Los ojos de Minako volaron a la mesa. Una caja pequeña de terciopelo negro apareció ahí como por arte de magia. ¿Cómo sería? ¿Le quedaría bien? ¿Sería de buen gusto o tendría que pedirle que lo cambiara en la joyería así como ya le diría que dejase de usar ése perfume tan feo?
—Ábrelo —le pidió con una de sus irresistibles sonrisas.
Minako dudó.
—¿Yo? —Él asintió —¿No vas a…?
—¿A qué? —preguntó sin dejar de sonreír.
A arrodillarse. O a cantarle algo. O recitarle un poema. O… decirle que la ama. O...
—Pues… bueno, a ver —accedió, cortando sus pensamientos.
Y allí, debajo de los candelabros y envueltos en la música de Chopin, acababa de llegar su comida con el servicial mesero que les deseó «¡Buen provecho, señores!». Justo en el momento en el que la caja reveló lo que guardaba en su interior, y sus ojos azules se abrieron como platos.
—¡Debe ser una maldita broma!
Fue lo único que consiguió decir, o gritar más bien, antes de que todo el restaurante se le quedara mirando como si estuviera chiflada.
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Notas:
¡Holaaa! :D Oficialmente doy inaugurada la temporada navideña (yujuuu!) y ya me conocen, soy una ridícula de las historias con esta temática. *-*. Ya venía pensando en esta y en esta ocasión trataré de recrear algo diferente, con el cliché que les gusta y conocen. Un poquillo de humor, romance y drama pero con un tinte sobrenatural también. Sí, sobrenatural. Es pronto para que puedan notarlo, pero sólo esperen el próximo capítulo y lo entenderán mejor.
N/A: Saijo Ace para quien no lo conozca es la pareja oficial de Minako en el manga de Codename-Sailor V, búsquenlo en google para apreciarlo mejor, aunque como ya habrán notado, no será el galán de ésta historia.
Empiezo desde ahorita porque luego me empantano y la idea es que todo noviembre y diciembre tengan fic para leer. uwu
No me dejen colgada, denme su opinión aunque sé que tengo otras historias pendientes :')
