El orfanato Kamome, anteriormente conocido como la mansión Yugi, era un lugar donde ningún niño desearía ir, porque si estabas ahí sólo podía significar una cosa: que habían perdido lo más importante en la etapa de la niñez. A sus padres. Por desgracia, hay niños que no tienen más opción que quedar ahí, hasta que alguien más les adopté.
Aunque eso no suena nada mal, no es algo que se le pueda desear a nadie.
Estaba siendo acompañada por Tsukasa Yugi, el rector del orfanato, quien me enseñaba las instalaciones de lo que sería mi nuevo hogar de ahora en adelante.
Sí, soy huérfana; mis padres murieron en un accidente automovilístico hace unos días.
Los pasillos cubrían metros y metros de terreno, llenos de puertas que son las habitaciones de los niños. Me encontraba en el segundo piso de la casona, Tsukasa me estaba guiando a mi habitación.
Las puertas eran blancas con toques dorados junto a una manecilla de cristal. Un enorme tapete escarlata caminaba debajo de mis pies, perfectamente limpia. Ya para éstas alturas me habían mostrado todo lo necesario de la casa no obstante es tan grande que apenas podía recordar dónde estaban las escaleras, sin mencionar que todas las puertas eran iguales. Era imposible memorizar todo el lugar con un solo recorrido.
El rector, de lo que llevo conociéndolo, es un hombre bastante serio y con una voz profunda que te congelaba la sangre de una sola palabra. Su cabello era castaño y estaba enmarañado, siempre cubierto por un sombrero gakuran con una insignia en el centro. Sus ojos eran ámbar y sus pupilas siempre estaban contraídas. A simple vista se podría decir que tendría unos cincuenta pegando a los sesenta, aún no lo tenía claro.
Una sonora campanada se hizo presente, los niños empezaron a acudir a su llamado saliendo de sus habitaciones. Había jóvenes de todas las edades corriendo por el pasillo, excepto cuando se acercaban a nosotros, seguro estaba prohibido correr y no querían ser regañados por Tsukasa. A pesar del insistente sonido, el rector Yugi, no se detuvo por nada del mundo hasta llegar al fondo del pasillo.
Había dos puertas divididas por un enorme retrato de alguien casi idéntico al rector Yugi, con la diferencia que el personaje de la pintura llevaba el uniforme gakuran completo, Tsukasa solo llevaba el sombrero, y en cambio, traía un uniforme estilo shosei.
Aunque no le di mayor importancia, seguramente era el retrato del rector cuando era más joven.
El castaño se detuvo delante de la puerta izquierda, sacó una llave y la abrió. Por fin, después de esa larga caminata estaba en mi alcoba. Los ojos ámbar del mayor se posaron en mi mirada escarlata con una sonrisa.
──Está será tu habitación de ahora en adelante ──advirtió alegre, para invitarme a pasar ──. Lo lamento, no pudimos encontrarte una compañera. Todos ya tienen sus compañeros asignados, así que me temo que te quedarás sola un tiempo.
Realmente no me importaba estar sola, de hecho, no sería diferente a lo normal. Yo solía estar sola todo el tiempo en casa, papá y mamá trabajaban mucho para cuidar de mí. Por lo que siempre terminaba sola todos los días después de clases, ellos siempre llegaban a la casa alrededor de las dos de la tarde y volvían a trabajar hasta las seis. Un horario pesado, pero tenía la suerte de, aunque sea, pasar las noches con ellos.
──No se preocupe señor Yugi. No tengo problema con eso ──sostuve con fuerza al conejo rosa que traía en mis brazos y entre a la habitación. Detrás de mí venía Tsukasa, quien traía mi equipaje ──. Gracias por el recorrido. Aunque me temo que...
──Es muy grande la casa, ya lo sé, no te preocupes por nada. Te asignaremos a una niña que duerma cerca para que te ayude está primera semana, ¿okey?
Yo asentí, incapaz de decir ni una sola palabra. Estaba impactada por lo hermosa que era mi habitación.
No era muy grande mas era sumamente adorable. Tenía un armario blanco fuera de los cuatro metros que mencioné anteriormente, las perillas eran de cristal haciendo juego con la puerta principal. Tenía un escritorio blanco con una silla tejida del mismo color. Junto a la única ventana estaba la cama individual con una cabecera blanca que elevaba el colchón unos cuantos centímetros. Las paredes eran blancas con decoración en los extremos, cerca del techo. La ventana de un metro, centrada en la pared, daba una vista al patio trasero; adornada por un par de cortinas rosadas. En una de las esquinas había un lindo espejo, de cuerpo completo, que hacía juego con la pureza de los demás muebles.
──Está bastante callada señorita Yashiro. ¿No le gustó la habitación? ──Preguntó Tsukasa con un timbre de preocupación de su tono. ──Si gusta puedo buscar otra habitación disponible, que sea más grande y que tenga una compañera.
──Me encanta...
──Lamento tener que entregarle un cuarto de servicio, es solo que nos estamos quedando un poco apretados últimamente, por eso adorne personalmente el lugar. ──El rector continuó hablando, ignorando el comentario anterior. ──Para que no se sintiera mal por eso. Aunque si se siente incómoda, puedo buscar y...
──¡Me encanta! ──Una sonrisa se formó en mi rostro mientras tomaba la grande mano del castaño. ──Es perfecta. No necesito más, en serio.
──¿Está segura? Pareciera que no le gustó. ──Los nervios del mayor empezaban a irse, su postura lo delataba.
──Por supuesto. En serio no tiene idea de lo agradecida que estoy. ──Mis ojos recorrieron toda la habitación, una vez más, con una sonrisa. ──Creo que me gustará estar aquí...
──¡Me alegra que te guste! ──Ahora era Tsukasa el que sonreía de oreja a oreja. Depositó la valija sobre la cama y volvió a la puerta. ──Mi trabajo aquí terminó. Cualquier cosa estaré en el tercer piso, en mi oficina. En un rato vendrá la chica que te ayudará durante esta semana, te llevará a la cena. ──Llevó la mano a su sombrero y lo acomodo, haciendo una breve pausa, para proseguir ──: Puedes comenzar a instalarte. Espero que te la pases muy bien aquí, niña.
──Muchas gracias rector Yugi. Es usted muy amable.
Una punzada en su pecho se hizo presente sin embargo eso no la detuvo de dar una reverencia de despedida a su superior.
Está seria mi nueva realidad, realmente estaba pasando. Había perdido a mis padres en un accidente, el día anterior había asistido a su funeral completamente sola y hasta ahora empezaba a caer en cuenta de que ésto era real. Ahora soy huérfana.
Tsukasa salió cerrando la puerta detrás de él. Miré a mi conejo rosa, Mokke, y lo abrace para calmar mis ganas de llorar; funcionó, igual que siempre. Dejé a Mokke en la silla del escritorio y con lo anterior en mente empecé a guardar la poca ropa que me habían permitido llevar. Un vestido color crema con detalles marrones y un juego de falda y blusa. Los dejé colgados en una varilla que tenía cinco ganchos, volví a la maleta y tomé mi ropa interior para acomodarla en uno de los cajones del vestidor.
Prácticamente había terminado. Me senté en la cama con Mokke en brazos y miré con atención el jardín. En el fondo había un imponente laberinto verde, circular, que llamaba mucho su atención. Examinando más esa área a su lado pude encontrar una pequeña zona sin rostro de mano de obra, perfecto.
Empecé a pensar las posibilidades de lo que podía hacer con ese pequeño pedazo, claro, si antes conseguía permiso de trabajar ahí. Una de las cosas que más disfrutaba era la cuidar jardines, me encantaba plantar flores de todas clases y después preparar infusiones. Me recordaba mucho cuando vivía con mis padres.
Por fin, su mente volvía a estar fría, sin rastro de emociones que atropellaran mi sonrisa.
Justo a tiempo, porque alguien llamaba a su puerta. Salí de la cama de un brincó y camine con torpeza a la puerta para atender el llamado. Abrí la puerta agitada para encontrarme con una hermosa chica de cabellos y enormes ojos índigo. Me sonrió dulcemente, mi corazón salió disparado en ese momento. Era tan adorable como mi habitación. No pude evitar sonreír, era muy pegadiza esa sonrisa suya.
──¡Hola, me llamo Akane Aoi! Es un gusto conocerte ──saludó llena de energía. Su voz era igual de adorable que su aspecto. Vaya envidia. ──Seré tu guía por está semana de aclimatación. Espero que nos llevemos bien.
Su pálida mano se extendió hasta tomar la mía. Me tomó de sorpresa, tanto que tarde un par de segundos en devolver el saludo.
──El gusto es mío, Aoi. Yo soy Yashiro Nene, acabó de llegar ──solté una risa nerviosa en un intento de calmar mi corazón. Su mano seguía tomando la mía.
──¡Me alegra conocerte, Nene! Eres muy linda. No puedo esperar para que seamos amigas ──soltó mi mano para empezar a asomarse al interior de mi alcoba, sigilosamente, pero, igual lo noté.
──¿Gustas pasar? Así podremos hablar mejor. ──A la chica se le iluminaron los ojos ante mi invitación.
──¿En serio?
──¡Por supuesto! Pasa ya.
Abrí la puerta completamente, en un gesto de hacerla sentir bienvenida. Ella asintió y entro con rapidez.
Aoi empezó a dar vueltas analizando el lugar con determinación. Sin decir nada, el silencio era tan incómodo. Por lo que le ofrecí tomar asiento en dónde gustase.
Sus grandes ojos se centraron en los míos y en un gesto gentil ella accedió a sentarse en mi cama sin vacilar.
──Tú cuarto es adorable, Nene. Pero hay algo que no comprendo... ¿Por qué no tienes compañera?
──No había ninguna disponible ──comenté indiferente.
No me importaba estar sola, ya estaba acostumbrada, aunque no estaría nada mal un poco de compañía de vez en cuando.
──¿No te sientes un poco sola? Haz perdido a tus padres hace poco, ¿no? ──Su tono de preocupación era más que evidente. Era tan lindo escuchar palabras de consuelo. ──Debes estar sintiéndote sola...
──Un poco pero creo que debe ser el shock. ¿Sabes? Es algo raro, de un día para el otro fui huérfana ──solté una sonrisa nostálgica.
Aoi miró al suelo en silencio.
Había olvidado por completo que ella también era huérfana. Tal vez fui un poco insensible, no lo sé, nunca me llegaron a decir cómo actuar cuando alguien tenía una perdida así de significativa.
Siempre que alguien fallecía en la familia, mis padres me alejaban de todo eso, mientras ellos iban a dar las condolencias. Nunca lo hicieron por hacer mal, simplemente no querían que su hija se enfrentará a la cruda realidad: Todos, alguna vez, moriremos.
──Lo sé, yo soy huérfana igual que tú ──escupió hecha un nudo de emociones. Su rostro era un libro abierto. ──Sé que es difícil y doloroso... es por eso que quiero que sepas: Quiero ser tu amiga y de ahora en adelante puedes confiar en mí. Te daré todo mi apoyo.
──Aoi... ¡Muchas gracias! ──Mis ojos ardían de alegría.
Sus ojos índigos me miraron con amor y no puede evitar lanzarme a sus brazos. Estaba tan feliz que realmente me fue imposible no abrazarla. Claro que la tomé por sorpresa, tardó en corresponder pero solo fueron uno o dos segundos.
Enseguida nos separamos, ambas con una sonrisa sincera.
Aoi tomó mis manos. ──Me agradas. Tú serás mi mejor amiga, Nene.
Asentí amablemente.
La idea de tener una mejor amiga, iluminó mi mundo. Puede que haya perdido a mis padres pero después de ésto, creo que nunca más me sentiré sola.
Platicamos entre unos veinte a treinta minutos sin parar, estábamos bastante ansiosas de conocernos la una a la otra. Me platicó por qué no nos permiten traer nuestros objetos personales, todo se debe a qué tenemos que mantener uniforme al orfanato, así ningún niño se sentiría menos o más. Me contó la rutina de entre semana, escuela durante las mañanas y en la tarde actividades extra curriculares. Me dijo todo sobre los clubs para los niños de Kamome. Compartimos nuestros gustos...
¡A ambas nos gusta la jardinería!
Estábamos tan entretenidas hablando que esos minutos parecieron tan solo segundos.
Ahora la campana estaba sonando. Eso significaba que era hora de la cena.
Aoi salió de la cama con un saltito y se dirigió a la puerta, yo la seguí ansiosa por el hambre que tenía para esas horas. Eran cercas de las seis de la tarde.
En el pasillo se podían ver a todos los jóvenes saliendo de sus alcobas para ir a cenar. Los niños y las niñas iban con ropa de diario sin embargo sus cabellos ya estaban completamente alborotados.
De repente, pude sentir una mirada inminente detrás de mí espalda. Por supuesto, no pude evitar detenerme para ver quién era. No había nadie. Seguí caminando pero la sensación de ser perseguida estaba presente. La incomodidad aumentaba con cada paso, lo sentía tan cerca. Me detuve una última vez, y no sé por qué, miré al retrato del rector.
No había nadie. Solo la mirada ámbar del retrato.
Aoi notó mi ausencia en su lado, por lo que se detuvo unos metros delante de mí. Seguro debe pensar que estoy actuando raro mas no puedo evitarlo, puedo asegurar que alguien nos seguía.
──¿Está todo bien, Nene? Te ves pálida. ──Se acercó a mí con notoria preocupación. La miré y después a nuestro alrededor, ya no había nadie en el pasillo. ──¿Nene...?
──Oh, estoy bien. Seguro fue mi imaginación ──reí ante mi loquera del momento, el ceño de Aoi se relajó.
──¿Qué pasó? ¿Viste algo?
──Te lo juro que sentí que nos seguían ──solté una carcajada ──. Ya no importa, sigamos caminando. Llegaremos tarde a cenar.
Retomé el camino y Aoi detrás de mí, ella también reía, pero, hubo un momento dónde quedó pensativa. Aunque no mencionó nada. Solo caminamos al comedor, bromeando con lo que sucedió anteriormente.
Seguro fue mi imaginación...
