Disclaimer: Naruto y sus personajes pertenecen a Masashi Kishimoto y asociados.


¡Hola! Sí, sé que tengo dos Sasuhinas más por continuar ^^u, pero mi lema siempre ha sido que cuando llega la inspiración no hay que rechazarla :P Aprovechando la tremenda química que me genera esta pareja haré un fic que pretende ser misterioso y poco convencional. Es un Universo Alterno y estará ambientado en plena pandemia porque me viene perfecta para la trama, así que advierto que si el tema del Covid-19 te afecta mucho o si has perdido algún ser querido por culpa de este maldito virus, te recomiendo que no leas esta historia ya que tal vez puede afectar tu sensibilidad.

Quien me haya leído antes también sabe que soy alguien muy abierto a críticas, de modo que pueden darlas con toda confianza ;)

Por último quiero darle muchísimas gracias a Adriana por la gentileza de permitirme usar su último dibujo como portada a este fic. Ha sido muy grato conversar contigo estos últimos días ^^. Si alguien quiere ver sus hermosos dibujos sasuhina puede buscarla en tumblr bajo su nombre artístico: Adori-san.


Pandemia


Aunque no deja que nadie más vea el sufrimiento que lo carcome por dentro, Sasuke está completamente destrozado. Sus mejillas no lucen los rastros de las incontables lágrimas que ha derramado en solitario, pero su cara igualmente lucía demacrada. Hoy se realiza el funeral de Hinata, la mujer con la que se casaría apenas terminase la pandemia de Covid-19 que asolaba al mundo entero.

La persona que se había transformado en su razón de existencia, ya no estaría nunca más junto a él. Nunca más. Cuanto dolía aceptar esa realidad ineludible. Cuanto dolía asimilar que todo lo que soñó se desmoronó como un castillo de arena azotado por las crueles olas del destino. Incluso ahora seguía sin poder creerlo, deseando con todas sus fuerzas que esto fuera sólo una pesadilla de la cual pronto despertaría. La etapa de negación seguía corriendo fuertemente a través de cada una de sus entrañas.

El maldito coronavirus tenía una tasa de mortalidad muy baja, e incluso menor al 0% entre jóvenes, pero su amada fue abandonada por la suerte y cayó entre las desgraciadas víctimas fatales. Lamentablemente, Hinata tenía un corazón más débil que el común de la gente; una herencia directa de su madre, quien falleció por deficiencias cardíacas en la plenitud de su vida.

Ni siquiera hubo la posibilidad de brindarle una despedida digna en un velorio, puesto que, para evitar contagios, éstos estaban prohibidos. De hecho, el ataúd estaba estrictamente sellado, por lo que Sasuke ni siquiera pudo ver su rostro para otorgarle el último adiós.

De por sí los funerales solían ser sombríos, pero el de Hinata lo era incluso más. Por culpa de la estricta cuarentena, la cual no permitía más asistentes, sólo diez personas pudieron acompañarla en su viaje final hacia el descanso eterno. Pese a que las mascarillas ocultaban las caras hasta casi tocar los ojos, eran éstos los que mostraban el agobiador dolor. Bien erguido a pesar de su congoja, Uchiha le echó una solapada mirada a Hanabi, quien estaba tan destrozada como él. Aunque era una chica muy orgullosa, de sus ojos caían incontables lágrimas que no era capaz de controlar. En cambio su padre Hiashi contrastaba con ella, dado que se veía sobrio y poco afectado por fuera, aunque Sasuke decidió no juzgarlo por ello; últimamente Hinata y él habían mejorado mucho su relación y sabía que muchas veces el dolor se guardaba por dentro como si fuese un martirio.

Por su gran orgullo Uchiha intentó contener sus lamentos, pero estar ante el féretro que pronto descansaría en las entrañas de la tierra igualmente le sonsacó un par de inevitables lágrimas. ¿Por qué el mundo se llevaba a la persona con más luz y bondad que lo habitaba? ¿Por qué demonios Hinata se había contagiado con el virus? ¿Cómo fue? ¿Cómo pasó? No podía entenderlo puesto que ambos habían seguido la cuarentena a rajatabla, sin siquiera salir de sus respectivos hogares.

Finalmente el momento de depositar el ataúd en su nuevo aposento llegó. Y sólo entonces el joven de cabellos morenos tomó conciencia total de lo que estaba sucediendo: los restos de Hinata descendían por el foso que ahora le serviría de perpetua morada. Una semana atrás estaba llena de sueños y ahora, en cambio, era un frío cadáver incapaz de cumplirlos.

Tantas cosas les quedaban por vivir juntos. Tantas cosas por hacer...

Uchiha nuevamente quedaba solo, abandonado, muerto en vida, hundido en el más profundo y terrible dolor. Había perdido a la mujer que tanto amaba; una terrible muerte que ella no se merecía.


Poco más de dos semanas han transcurrido desde que el último Uchiha se apartó totalmente del mundo. Sus amigos Suigetsu y Karin intentaron brindarle apoyo, pero él los rechazó de manera tajante dado que no deseaba tener a nadie cerca. Desde la muerte de su amada, la triste soledad le había brindado su amistad. Esa era la única compañía con la que deseaba estar.

Se refugió en la hermosa casa que sería el hogar de ambos una vez que contrajeran el vínculo matrimonial. El feliz plan de ambos era habitarla cuando adquirieran el sagrado sacramento que ya nunca podría concretarse. La construcción —que tenía una sección de concreto y otra de roble— estaba en las afueras de la ciudad, ubicada en una parcela que tenía una linda vista hacia un cristalino lago y el hermoso bosque de coníferas adyacente. Allí tenían la ilusión de disfrutar sin responsabilidades sus primeros años de casados, para después procrear un par de hijos o tres inclusive.

«Qué bonito será cuando vivamos juntos en nuestra casa, Sasuke. Ya no puedo esperar para estar contigo»

Las palabras de su amada sobre lo encantador del nuevo hogar acudieron a su mente. Después lágrimas, una tras otra, nacían sin control. Recuerdos lo golpeaban en marejadas sucesivas; la voz de Hinata y el bello fluir de su sonrisa aparecía en sus pensamientos como una epifanía de sufrimiento.

Vacío. Eso era lo que sentía ahora: un infinito y horrible vacío.


La lluvia castigaba al suelo como si hubiese cometido algún grave pecado. Una sombría noche de tormenta que Sasuke ni siquiera notó. ¿Era lunes, miércoles o sábado? Daba exactamente igual. Desde la muerte de su amada, para él todos los días eran igual de grises. En su vida ya no existían los colores: la penumbra lo dominaba todo. ¿Cuanto tiempo más estaría así? Sabía que no podía seguir del mismo modo eternamente, pero las fuerzas le faltaban. Y el natural deseo de salir adelante se iba extinguiendo como la llama de una vela agonizante. ¿Para qué seguir viviendo cuando la mujer que tanto amas ya no está a tu lado? ¿Para qué? Su corazón latía sin ningún sentido, como un reloj que está puesto a una hora equivocada.

Todo carecía de sentido; la vida, el mundo, las mañanas, las tardes y las noches...

Salió de la cama taciturno, como todos los días. La depresión le hacía dormir más de lo normal, por lo que ya ni siquiera le importaba la tardía hora a la que se levantaba. En poco más de tres semanas desde la muerte de Hinata, nada había cambiado un ápice. El dolor seguía como una maldita estaca que en vez de aflojar se adentraba aún más en su pecho. Veinticuatro días de soledad cargaba sobre sus hombros. Tendría que alzar la cabeza por su orgullo, pero ni siquiera por éste encontraba las fuerzas para hacerlo. Su enorme amor propio no era motivo suficiente para levantarse, si ella, la mujer que amaba, ya no estaba su lado.

—¿Por qué me abandonaste, Hinata? —acercándose a la ventana de su cuarto, desplazó las cortinas e intentó mirar las estrellas. Lo único que vio fue la lluvia repiqueteando contra el cristal del vidrio, deslizándose en diferentes hebras líquidas divergentes. Sólo entonces tomó conciencia de que había una tormenta —. Maldición, te extraño... ¡Te extraño tanto! —cayendo sobre sus rodillas dio un feroz puñetazo al tablado suelo, mientras sus dientes intentaban trizarse los unos contra los otros.

Entre lágrimas y doloridos suspiros caminó hacia la sala de estar, fijándose en el escritorio de caoba que había trasladado desde su casa. Meditabundo, decidió prender su computadora después de mucho tiempo. Antes de que todo en su vida se volviera oscuridad, había estado trabajando en un importante proyecto concerniente a su profesión. Quizá si volvía a laborar en él podría apagar, aunque fuera un poco, el incendio de aflicción que lo consumía por dentro. Sin embargo, lo primero que hizo el inicio de Windows fue darle una bofetada de sentires. De fondo de pantalla había una imagen de Hinata sonriendo junto a él; una hermosa fotografía tomada cuando habían ido al parque más popular de su ciudad, el cual tenía esculturas de dinosaurios a tamaño real. Modelos de Triceratops, Brachiosaurus y Diplodocus destacaban allí, pero sin duda el que más llamaba la atención era el popular Tyrannosaurus rex. Tanto para él como para su amada ese día había resultado inolvidable, por lo que nuevas lágrimas afloraron en sus ojos. Ni siquiera prender su computador podía alejarlo del dolor de la muerte. Apretando sus labios sin darse cuenta, miró fijamente el teclado un largo rato sin querer apreciar la foto que le recordaba esa felicidad extinguida. Esa felicidad que nunca más tendría.

Nunca más.

Dando un suspiro pensó en cambiar la fotografía, pero finalmente retractó su idea. No podía huir eternamente de la realidad; tenía que afrontarla de una vez por todas: Hinata siempre estaría con él a modo de recuerdos. No quería transformar esas memorias en triste amargura. No. Debía comenzar a superar el dolor para poder hablar de la mujer que tanto amó sin que un llanto silencioso brotara siempre desde sus ojos. A ella no le hubiera gustado verlo sufriendo así. Hinata era alegría, era amor, era bondad. Ella era mucho más que un sinónimo de dolor, por lo que debía vencer a éste y luchar con todas sus fuerzas. De pronto cerró su puño mientras un largo suspiro acudía a su pecho: sería una ardua tarea lograrlo, pero tenía que hacerlo.

Echó otro vistazo al ordenador sobre su escritorio, comprobando que no tenía cabeza para seguir con su proyecto. Poseído por alguna clase de masoquismo, abrió su Facebook para buscar el perfil de Hinata, encontrándolo fácilmente a través del buscador. De manera inercial también se fijó en la ventana de chat; la última conexión de su amada señalaba tres días antes de su muerte: veintisiete días atrás. La red social cargó rápidamente la página perteneciente a su prometida; entonces se metió a su perfil para ver las bellas fotografías y recuerdos que habían forjado juntos.

Fotos. En todas sonriendo. En todas disfrutando de la alegría. En todas juntos. Pasó un tiempo revisando aquellos recuerdos, pero no quiso más guerra. No podía seguirse torturando por hoy. Suficiente masoquismo había detonado ya. Volvería a acostarse para que el mundo de los sueños lo ayudara a salir del infierno tétrico en que había caído. Ese averno que, de alguna irónica manera, seguía llamándose vida.

Se dispuso a cerrar la sesión en Facebook: llevó la flecha al lugar indicado para ello, aunque, de súbito, algo lo sorprendió al punto de abrir sus ojos al límite de lo fisiológicamente posible. Parpadeó repetidas veces para eliminar el espejismo que habían creado sus caprichosos ojos, pero su propósito no resultó. Por un momento, pensó que derramar tantas lágrimas durante estos días habían afectado su visión o que estaba comenzando a volverse loco, pues era imposible que fuera verídico lo que sus azabaches ojos observaban.

«Sasuke...»

Esa fue la palabra que había leído en el chat y jamás imaginó que leer su nombre podría provocar tal trastorno de sensaciones en su alma. Lo peor es que no supo de qué emociones se trataba; era una mezcla de todas ellas. Una amalgama extraña que nunca en su vida había experimentado. Estaba absolutamente descolocado, impactado por quien le había escrito. Por eso miró fijamente la ventana de chat y parpadeó una y otra vez para borrar cualquier margen de error. Cual carrusel ocular, repasó las letras de la persona que proclamaba su nombre.

¡Es que era imposible! ¡No podía ser cierto de ningún modo!

Y sin embargo, lo era. Lo era por más que no lo creyera. Finalmente, ante la claridad de lo evidente, tuvo que aceptar que no estaba soñando.

El nombre de quien le habló pertenecía a su pareja; la mujer fallecida que tanto amó y que seguía amando...

Hinata...


Continuará.