Los personajes y el universo de Harry Potter pertenecen a J. K. Rowling, pero la historia es mía y no admito plagios ni copias.

Esta historia tiene dos partes. La continuación se llama 'El nido de la serpiente'y ya está publicada también.

Si prefieres leer en Wattpad, también encontrarás "En las fauces de la serpiente" ahí.

*Advertencia: en esta historia hay contenido sexual*


Capítulo Uno

Vuelta a Hogwarts


Voldemort había sido derrotado. Se perdieron muchas vidas durante los años que duró la guerra, pero por fin el mundo mágico era totalmente libre.

Todos sus seguidores, los mortífagos, terminaron presos en Azkaban o pudiendo volver a sus vidas normales si demostraron estar arrepentidos por lo que hicieron, como en el caso de la familia Malfoy.

Pero aquellos que no fueron a Azkaban sufrieron el castigo de tener que participar en la reconstrucción de Hogwarts después de la batalla final.

La mayoría perdieron casi todas sus posesiones, aunque los Malfoy pudieron conservar su mansión y a Lucius le ofrecieron trabajo en el ministerio, pero ya no tenía nada que ver con lo que hacía anteriormente.

Era un simple subordinado, un empleado más que obedecía las órdenes de su superior y jamás volvería a recuperar su estatus ni su poder.

Draco Malfoy pasó dos meses recorriendo los terrenos del castillo con sus padres y otros mortífagos arrepentidos. Replantaron los árboles, reconstruyeron las estatuas, las paredes y las puertas destrozadas.

Y sin utilizar la magia, claro. Sino no sería un castigo.

Debido a esto, su odio a todo lo relacionado con los muggles creció.

Sus valiosas manos habían tenido que cargar con piedras como si él fuera un patético squib, y eso jamás se lo perdonaría al nuevo ministro de magia, Arthur Weasley.

Un traidor a la sangre como ministro de magia, lo nunca visto.

Cada vez que se lo imaginaba en el despacho principal del ministerio de magia le daban arcadas, pero lo que más asco le daba era tener que volver de nuevo a Hogwarts ese uno de septiembre.

Por culpa de la guerra ningún estudiante había podido acabar el curso, y todos estaban obligados a repetirlo.

Tendría que volver a compartir clases con los malditos Weasleys, su archienemigo Potter... y la asquerosa sangre sucia de Granger.

Aunque no se lo había contado a nadie, a veces tenía pesadillas donde escuchaba sus desgarradores gritos y la risa de Bellatrix mientras la torturaba en el frío suelo de la mansión de sus padres.

Esos chillidos llenos de dolor se le habían quedado grabados a fuego en la memoria, y dudaba mucho que fuera capaz de olvidarlos algún día.


Draco resopló y terminó de llenar su baúl con todos los libros que necesitaría, en dos días salía el tren a Hogwarts y mejor tenerlo todo preparado con tiempo.

Ya había cumplido dieciocho años y no le apetecía nada volver al colegio, pero necesitaba terminar sus estudios para poder empezar a buscar trabajo en el mundo mágico.

Su madre, Narcissa, entró en su habitación y se acercó a la jaula donde descansaba su búho real, Dark.

Llevaba una copia del periódico "El Profeta" en la mano.

Draco, ¿adivinas a quién han elegido como el nuevo jefe de la casa Slytherin?— preguntó ella, levantando una ceja.

Draco la miró fijamente unos segundos y después negó con la cabeza.

Al estúpido de Slughorn. Es ridículo gruñó su madre, lanzando el periódico sobre la cama de su hijo.

Ahora mismo prefiero estar solo, madre respondió él secamente.

Narcissa apretó los labios y salió de la habitación sin decir nada, cerrando la puerta con un golpe fuerte.

Draco suspiró y se acercó a la ventana, abriéndola de par en par, y el húmedo aire nocturno de Inglaterra le golpeó en la cara.

La relación con sus progenitores no había vuelto a ser la misma tras la guerra, ya no confiaba en ellos.

Por su culpa tenía la maldita marca tenebrosa en el brazo, recordatorio de lo que había tenido que hacer para salvar su pellejo y el de sus padres.

Pero no, ya no volvería a hacer nada más por ellos.

En cuanto terminara el curso, se iría de casa y empezaría su nueva vida lejos de lo que quedaba de su familia.

Draco se sentó en su escritorio, sacó un pequeño trozo de pergamino y escribió un par de líneas.

Te espero el lunes a las 10:30 en el andén 9 y 3/4, Goyle. No llegues tarde.
Malfoy

Abrió la jaula de Dark y le enganchó el pergamino en una de las patas.

Llévaselo a Greg, preciosa— susurró mientras acariciaba las plumas de su cuello.

El búho le picó suavemente en la mano y emprendió el vuelo, sumiéndose en el oscuro bosque que rodeaba la mansión de los Malfoy.


Dos días después, Draco empujaba con fastidio el carrito donde llevaba su baúl y la jaula de Dark.

Su búho siempre prefería ir hasta Hogwarts volando, seguro que cuando Draco llegara a su cuarto ella ya estaría allí esperándolo.

Hizo una mueca de desagrado al caminar entre los muggles, y se acercó a la pared que conectaba aquella estación de tren del centro de Londres con el andén mágico, donde tenía que coger el expreso de Hogwarts.

Se aseguró de que nadie le observaba y cruzó la pared con rapidez.

Apareció en el andén 9 y 3/4, ya había bastantes estudiantes por allí subiendo al tren y despidiéndose de sus familias.

Draco había preferido ir solo, Narcissa insistió varias veces en acompañarlo pero él se negó rotundamente.

Desde su segundo año no había dejado que nadie fuera con él, no lo necesitaba y menos ahora que ya era mayor de edad y se había vuelto más solitario, si es que eso era posible.

Esperó hasta que el reloj que colgaba en la pared marcó las 10:30 y, tras un bufido, se subió al tren.

Draco Malfoy no esperaba a nadie y ese no iba a ser el primer día que lo hiciera.

Caminó por el pasillo hasta el final del todo, le gustaba sentarse en los últimos compartimentos para no tener que aguantar el paso de los ruidosos estudiantes de primer curso.

Draco esbozó una sonrisa al encontrar el último compartimento de todos vacío, entró y se sentó junto a la ventana.

Sacó de su macuto uno de sus libros sobre la vida secreta de Salazar Slytherin, abriéndolo por donde lo había dejado marcado la noche anterior.

Diez minutos después, cuando estaba totalmente sumergido en la lectura, la puerta de su compartimento se abrió.

Levantó su mirada, de un azul hielo tan claro que parecía ser gris, para encontrarse con unos ojos castaños que le observaban con cautela.

—Lo siento, pensaba que estaba libre— dijo Hermione en voz baja.

Draco dejó de respirar al verla.

Había cambiado mucho, ese último año ella no había ido a Hogwarts porque se estuvo dedicando a buscar los Horrocruxes con sus queridos Potter y Weasley, y él apenas la había visto de refilón cuando los retuvieron en su casa y durante la batalla de Hogwarts.

Pero ahora la tenía delante, y todavía estaba vestida con ropa informal.

La recorrió con la mirada, deteniéndose un momento en el pequeño escote que tenía su camisa, y se detuvo de nuevo en las caderas marcadas por los vaqueros apretados que llevaba.

Volvió a subir hasta su rostro y la miró entrecerrando los ojos, pudo ver que ella se sentía incómoda y saber que todavía la intimidaba le hizo sonreír.

Tenía delante a una de las magas que había ayudado a destruir al señor tenebroso, pero se seguía poniendo nerviosa en su presencia.

Pues está ocupado, Granger— respondió, sin apartar la vista.

Ella abrió los ojos, sorprendida, y tardó unos segundos en responder.

—¿Granger?— repitió, confundida.

Draco levantó una ceja.

—¿Prefieres que te siga llamando sangre sucia?— preguntó, arrastrando las palabras con desprecio.

Ella tragó saliva y desvió la mirada.

No, prefiero Granger— murmuró antes de cerrar la puerta de nuevo.

Draco se dejó caer sobre el respaldo del asiento y frunció el ceño.

Al verla había sentido una punzada en la entrepierna y la sangre había aumentado su temperatura corporal, lo que no era buena señal.

¿Le parecía atractiva la sangre sucia? Eso no era posible.

No, seguro que simplemente se debía a que llevaba muchos meses sin sexo y el cuerpo le estaba pidiendo un poco de acción.

Pensó en Millicent Bulstrode, su compañera de Slytherin.

El curso pasado se la había tirado unas cuantas veces antes de que las cosas se pusieran demasiado jodidas en el castillo, junto a un par de chicas de Ravenclaw que siempre estaban suspirando por él y adoraban sus aires de superioridad.

Las dos Ravenclaw serían difíciles de buscar y además a lo mejor tenían novio y ya no estaban interesadas en un poco de sexo sin compromiso, o tal vez no querían tener nada que ver con un ex-mortífago.

Él necesitaba algo que fuera rápido y para eso era mejor Millicent.

Seguramente la vería en el Gran Comedor y podría insinuarle que se perdieran un poco por el castillo...o tal vez se lo diría ella, siempre estaba dispuesta a pasar un buen rato con él.

Volvió a concentrarse en su libro para dejar de pensar en Hermione y en la reacción que ella había provocado en su cuerpo.

Cuando faltaba solo un minuto para las once, hora a la que arrancaba el tren, la puerta volvió a abrirse.

Por ella entraron Gregory, Blaise, Pansy y Theo con las caras algo sudadas, señal de que habían llegado corriendo.

Los últimos, como siempre— gruñó Draco con molestia.

Sus cuatro amigos ocuparon el resto de asientos

—Lo siento, Draco. Se me ha hecho tarde— dijo Gregory, que se había sentado a su lado.

Draco murmuró una maldición en voz baja y cerró el libro, con sus amigos ahí no iba a poder concentrarse en la lectura.

Se escuchó el silbido del tren y las bebidas que habían dejado Pansy y Theo en la mesa se derramaron un poco cuando se puso en marcha.

—Otra vez aquí juntos— murmuró Pansy, emocionada.

—Bueno... no estamos todos— respondió Theo.

Todos guardaron silencio un momento, recordando a su amigo Crabbe que falleció poco antes de la batalla contra Voldemort, por culpa de haber usado un hechizo que era demasiado complicado para él.

Draco frunció el ceño y apretó los puños sobre la mesa al pensar en Crabbe, hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—Él se lo buscó— dijo con voz dura.

Nadie se atrevió a contestarle.


Una hora después, los cinco se habían cambiado de ropa y vestían sus uniformes de Slytherin.

Draco apoyó la cabeza en una de sus manos, mientras miraba por la ventana con aire ausente.

Sus pensamientos volaron de nuevo hasta Hermione y se maldijo interiormente por ello.

Necesitaba a Millicent cuanto antes, seguro que después de estar con ella dejaría de pensar en la mejor amiga del maldito de Potter... el gran salvador del mundo mágico al que todo el mundo idolatraba más que nunca.