Para ellos, un día normal como el de cualquier otra persona podía resultar aburrido. El impala era su hogar, la única constante que había estado siempre en su vida. Sam no recordaba haber tenido una casa hasta que se separó de su familia, pero Dean era otra cosa. Él lo había tenido y había reemplazado todo por ese auto y su hermano. Era todo lo que les quedaba al final de la partida.

Mientras Dean conducía, Sam leía el periódico esperando encontrar alguna noticia que pudiera interesarles. Hacía mucho que no tenían ni una pista de su padre y tal como él les había enseñado, el negocio familiar era eso. Así que no podían quedarse quietos.

—Deberíamos ver esto —Sam le señaló a Dean una nota. Él intercaló la mirada entre la carretera y la noticia— hay siete personas desaparecidas y ahora, encontraron a un hombre sin corazón y sin hígado.

—¿Hígado? Entiendo que hay monstruos que comen corazones, pero ¿hígado?

Sam se encogió de hombros. Él no tenía idea sobre ello y si Dean no lo conocía, él que hacía poco había retomado la caza, mucho menos. Pero iban a averiguarlo.

Llegaron al poblado y alquilaron una habitación en un motel de mala muerte donde se cambiaron y tomaron sus nuevas identidades como los agentes Mustaine y McGovney. Sam discutió en el camino por qué no podía ser el Mustaine, pero Dean no iba a ceder al guitarrista.

—A mí me queda mejor. Tengo cara de Mustaine —dijo mostrando una sonrisa confiada mientras caminaban hacia la comisaria a pedir informes—. Agente Mustaine y él es mi compañero el agente McGovney —Sam quería hacer un gesto, pero se contuvo sacando su placa y enseñándosela al comisario— estamos aquí por las desapariciones y el último caso.

—¿El FBI en un pueblito como el nuestro? —dijo con sorpresa cuando vio a los dos agentes.

—Son muchas personas —respondió Sam.

El comisario, un hombre de unos cuarenta años, caviló moviendo la cabeza. Lo cierto es que era él y otro policía los que estaban a cargo de sus habitantes. La ayuda de la ciudad no llegaba siempre y rápido, así que si el F.B.I. había ido a auxiliarlos, él no era quién para rechazar.

Los hizo esperar y trajo el archivo de aquel caso. Las victimas desaparecidas y el último que había aparecido mutilado.

—El cuerpo todavía está en la morgue —dijo el comisario. El forense debía llegar el día de hoy —explicó.

Sam de manera inmediata pidió si podía inspeccionarlo él antes de que llegara el forense. Dean levantó las fotos de las víctimas y se quedó un instante viéndolas.

—¿Por qué cree que está todo relacionado? —preguntó Dean sosteniendo la foto de una muchacha de unos diecisiete años más o menos.

—Es un pueblo pequeño, nos conocemos todos. La gente no desaparecer porque sí —fue toda la explicación que le dio.

Había personas de varias edades por lo que no llegaba a encontrar un patrón en ello, tampoco en el hecho de que había de ambos sexos y sólo uno había aparecido muerto. Aunque como dijo el comisario, tampoco había razón para que desaparecieran. Precisamente la vida en los pueblos era mucho más tranquila que en la ciudad y escapaban a cadenas de desapariciones como esas… en teoría. Dean y Sam sabían que, aunque no era común que las personas lo hicieran, los monstruos aprovechaban poblaciones donde pasar desapercibidos, así como también entornos. Aunque no entendía de hacerlo de manera tan numérico en el mismo lugar ¡era obvio que iba a llamar la atención!


—Esta es la morgue —dijo permitiéndoles entrar a una habitación que estaba en el subsuelo. Había un freezer con tres cubículos para almacenar los cuerpos, nada más. El comisario llamó a una chica que trabajaba ahí a que le mostraran el cuerpo a los agentes. La presentó de manera rápida y luego, él se fue de aquel lugar.

Laureen los llevó al cubículo y lo abrió. Ella sólo se encargaba del funeral. Lo cierto es que en el poblado no había muchos especialistas. El médico les había dado un parte rápido, sin mayores análisis debido a su falta de especialización en la técnica forense, constató la falta de órganos y el rigor mortis del cuerpo. Llevaba unas siete horas muerto cuando lo encontraron. Sam se acercó a examinar el cuerpo al detalle mientras Laureen iba explicándole algunas cosas.

Dean, por su lado salió a observar los alrededores. Le resultaba extraño que pudiera haber alguien ahí que se dedicara a matar. Era un pueblo que no debía tener más de doscientas personas, ¿por qué no ir a un lugar más poblado donde pasara desapercibido? Caminó alejándose de la morgue. Dean tenía la extraña sensación de que iba a encontrar algo, lo que sea que pudiera indicarles qué clase de monstruo era al que se estaba enfrentando. Se detuvo de golpe cuando sintió un clic detrás suyo y levantó las manos: lo estaban apuntando.

—No queremos a los federales en nuestros asuntos —dijo un hombre.

—No deberían tener asuntos que nos interesen —se burló él y estaba dispuesto a voltear y golpearlos cuando una cuerda le golpeó el cuello y soltó una descarga eléctrica. Dean gritó antes de caer al suelo convulsionando por el shock eléctrico.

Los dos hombres que estaban tras él, lo cargaron.

—¡Dean! —gritó Sam al salir de la morgue después de escuchar un ruido fuera. Corrió y vio que se estaban llevando a su hermano. La desesperación lo hizo correr rápido, llamando a los gritos a su hermano intentando que al escuchar su voz, reaccionara. Pero ni aun así lo consiguió.

El auto arrancó y Sam siguió corriendo detrás. Se palpó los bolsillos: Dean tenía las llaves del impala. Ante los gritos de Sam, Laureen lo siguió y cansada, logró alcanzarlo. Apenas él la vio, la tomó de los hombros, agitado, se atropelló al hablar:

—Auto… auto. Necesito un vehículo —dijo rápido, sin darse tiempo a respirar adecuadamente.


Estaba adolorido y todo le dolía. Dean se levantó con un quejido profundo y gutural, sobándose el cuello y mirando a su alrededor: estaba en una jaula. No era alta, apenas podía estar sentado y con las piernas flexionadas.

—¿Qué carajos es esto? —dijo aferrándose a uno de los barrotes y agitándolo. Ninguno se movía y no tenía ninguna de sus armas encima.

Estaba jodido.


Era de noche y no habían logrado seguir el rastro del auto. Sam estaba frustrado y sumamente nervioso. Su hermano estaba inconsciente cuando se lo llevaron y eso, reducía mucho las posibilidades de Dean de defenderse.

Laureen todavía lo acompañaba. Le prestó su auto y estuvo con él todo el camino, hasta cuando llegaron a aquel punto sin salida donde se acababa el camino. Sam se había bajado del auto, revolviéndose el cabello y pateando el suelo por la bronca. No lo había alcanzado. Había hecho todo y no lo había alcanzado. ¿Qué querían aquellos hombres con su hermano?

—Tranquilo. Lo hallaremos —le dijo Laureen dándole una botella de agua.

—Gracias —respondió sin entusiasmo y sonrió de medio lado destapando la botella y bebiendo un trago—. Cuéntame todos los detalles de los otros casos. Donde vivían los desaparecidos, qué había cerca del difunto. Incluso, si sabes algo de aquellos dos que se llevaron a Dean. Cualquier cosa, incluso, si parece insignificante, me servirá.

Sam tenía que guardar las esperanzas como fuera. La única persona con la que contaba Dean para salir con vida era él y no iba a fallarle ahora.

Ella comenzó a relatarle todo lo que le pidió, intentando recordar cada mínimo detalle de todo cuando golpearon la puerta. Se disculpó y fue a abrir. Sam no le prestó atención hasta que escuchó que habían encontrado a otro de los desaparecidos sin órganos en la ruta.

Sam brincó del asiento casi volteando la botella de agua y corriendo a la puerta, con el miedo en la punta de los dedos.

—¿Dónde está? —dijo de manera autoritaria.

—Lo llevaré —dijo el oficial y salieron en la patrulla a la escena.

—No creo que sea él —dijo Laureen intentando calmar a Sam al verlo tan nervioso. Lo entendía, pero quería darle un poco de ánimo esperando, de verdad, no fuera Dean el recién encontrado.

Los minutos fueron eternos y aunque no estaban lejos, Sam sintió como si hubiesen ido de Alaska a Argentina.


Dean estaba luchando con los barrotes de su jaula. Estaba vieja y oxidada y podría darte tétanos de cortarte con ese metal, pero de que resistía, resistía. Él revisó a su alrededor y no vio a nadie. No había una sola persona a pesar de que había varias jaulas iguales a la de él en aquel lugar. Se sacó la bota derecha y metió la mano en ella sacando una pequeña navaja de unos cinco centímetros que escondía debajo de la plantilla. Aún mirando por encima de su hombro de vez en cuando, la metió dentro de la cerradura y empezó a moverla para abrirla. Una vez que lo consiguió y un chirrido horrible sonó en la habitación, salió, poniéndose la bota de nuevo y caminando por la habitación.

—Servirá —dijo encontrando un tubo de hierro y tomándolo como arma. Llegó al final, donde había una habitación con puertas gruesas y pesadas, además, tenían una cerradura extraña, como de timón. Dean la giró y volvió a mirar lentamente detrás de sí, esperando que nadie llegara. Al abrir la puerta, sintió el frío golpeándole la cara: era un frigorífico y dentro, no había carne ni conservas, sino cuerpos dispuestos en varias camillas con distintas incisiones en el cuerpo, tal y como la que habían visto en la morgue. Leyó algunas etiquetas que había sobre los cadáveres. Corazón, hígado, riñones. Algunos tenían varios órganos marcados, otros tan sólo uno o dos.

—Hijos de perra —masculló apretando con rabia el tubo entre sus manos: estaba con traficantes de órganos.

—¿Por qué dejaste la puerta abierta? —oyó una voz afuera y entonces, se preparó, esperando detrás de la puerta, aprovechó el factor sorpresa para darle con el tubo en la cara con todas sus fuerzas antes de que entrara. El tipo rodó en el suelo quejándose del dolor, escupiendo un diente y sosteniendo su nariz que chorreaba sangre. Dean estaba seguro de habérsela quebrado.

Se apresuró a agarrar el arma que traía en la cintura y atacó al otro que estaba en la puerta. El tipo era rápido y a pesar del shock anterior, supo defenderse, quitándole el tubo a Dean. El cazador lo esquivó agachándose y cargó el arma disparándole en la pierna. Al verlo caer, se sintió aliviado y sonrió pensando que todo había terminado. Ahora sólo debía salir de ahí y encontrar a Sam.

—No sé quién mierda seas, pero no te irás tan fácil —dijo una voz detrás de él y sintió el clic del arma— arroja el arma.

La victoria se le había esfumado entre los dedos en un santiamén. Nunca pensó que hubiera una tercera persona que estuviera involucrada en ello. Así, se dio vuelta lentamente como le pidió él y quedaron de frente: Dean reconoció el atuendo que vestía, era el médico del pueblo. Se rio, era tan obvio que jamás se le hubiese ocurrido pensar que era él.

—Sabía que no tenía que traer a un agente, pero en cuanto lo mencionaron, los compradores enloquecieron al pensar que iban a tener una porción de la justicia en sus manos —le contó sin dejar de apuntarle.

—¿Qué hace con todo esto?

—Lo que el cliente quiera. Comerlo, usarlo para trasplante, disecarlo. No me importa una vez sale de mi heladera —se encogió de hombros— al suelo. Las manos en la cabeza.

De mala gana, Dean aceptó. Se tomó su tiempo, había visto un palo en el suelo y pensaba usarlo. Se agachó y apoyó su rodilla en la punta, levantándolo rápidamente y haciendo distraer al médico. Aprovechó para tomarlo y golpearle la mano. El médico, en su afán de no soltar el arma, disparó al aire.


—¿Escucharon eso? —preguntó Sam habiendo oído el sonido de un arma no muy lejos de donde estaban. Sin pensarlo, el cazador corrió a donde lo había sentido. A lo lejos, veía la luz de una ventana.

—Espera, ¡Sam! —gritó Laureen e intentó seguirle el paso con el oficial, pero era mucho más rápido que ellos.


Lo único que tenia para defenderse era un palo: eso era todo. Dean corrió hacia la puerta del frigorífico, donde había quedado su arma tirada. Pero el médico disparó casi rozándole el brazo, tirándose al suelo para evitar que le diera de nuevo se arrastró detrás de un contenedor y se resguardó tras de sí. No tenía muchas opciones para atacar. Con su situación, sólo podía hacer una pelea mano a mano, pero debía quitarle el arma y con el palo no lo iba a conseguir. Dean se quejó molesto y cansado y buscó en su bolsillo: la navaja. La sacó y la abrió, asomándose para hacer puntería y darle justo en la cara. La lanzó y tras eso, sintió un disparó junto al estallido de un vidrio.

El doctor cayó al suelo con una herida de bala en el hombro. La puerta se abrió y vio entrar a Sam y el alivio recorrió su cuerpo al ver a su hermano con bien.

—Entiendo a los monstruos. Te juro que sí. Pero los humanos están locos —se descargó al ver a Sam. Su hermano menor estiró su mano y lo ayudó a ponerse de pie y lo abrazó. Ambos necesitaban ese abrazo que los hizo sentir seguros de nuevo: todo estaría bien a partir de ahora.


—En una hora llegaran los oficiales de la ciudad y se los llevaran —dijo el policía del pueblo, orgulloso de tener a tres hombres capturados. Las desapariciones y las muertes extrañas pararían al fin y después de eso, tal vez tuviese algún reconocimiento de la ciudad. Al menos, eso esperaba él.

Sam le agradeció por la ayuda y vio salir a Dean de la estación con un enorme sándwich que apenas si le entraba en la boca. Rodó los ojos y sonrió. Estaba con su hermano y eso era lo único que importaba.

—¿Se irán ya? —preguntó Laureen a ambos, pero se quedó mirando a Sam. Él asintió y miró al piso y luego, a ella.

—Sí, tenemos trabajo todavía —le explicó él. Ella estiró su mano y abrochó el segundo botón de su camisa.

—Sería lindo si se pudieran quedar un poco más —susurró con un toque coqueto sin despegar su mano de la camisa de Sam. Este se agachó y la besó.

Dean levantó el pulgar atragantado con el sándwich y se hizo a un lado dejando que los dos se despidieran.

—Podemos quedarnos un poco —le dijo Dean al verlo llegar al auto. Su hermano miró por encima de su hombro y suspiró.

—Sólo será más difícil — dijo y saludó a la distancia levantando la mano antes de entrar al auto, su hogar.

Dean soltó la mitad del sándwich, sacudió las manos y encendió el auto, puso el mismo cassette de Metallica de siempre y emprendieron viaje por la carretera.


¡Hola, gente linda! Lo sé, hoy hice un maratón de escritura de varios fandoms. Estoy de madrugada todavía, pero no me voy a dormir hasta que termine este fic. El prompt era cantado para ellos "Los humanos son aún más terroríficos", lo leí y supe que era el que tenía que usar con estos muchachos sí o sí, así que aqui lo ven.

En esta ocasión es para el fictober grupal, donde sólo había que elegir un promtp y escribir al respecto.

Espero lo disfrutaran.

¡Un abrazo!