¿Recuerdan que hace un tiempo dije que el one shot TakeMikey smut, era el más largo que había escrito? Pues me retracto; este escrito lo acaba de destronar completamente.

Tan largo me quedó, al menos para mi gusto, que me decidí por dividirlo en dos partes para no hacer de la lectura algo tedioso. Todavía no concluí la segunda, pero no me falta mucho más; en fin, espero que esto sea de su agrado.

Este one shot BajiFuyu, o intento de, en realidad es parte de todo un capítulo, de un longfic post apocalíptico de Tokyo Revengers que nunca publiqué ni pienso hacerlo. Obviamente le cambié muchísimas cosas, más de las hubiese querido; agregue algunas, descarté otras tantas; tuve que adaptarlo a la trama de un único capítulo. Pero en el longfic, varias de estas escenas narradas acá, ocurren.

No sé si esto en realidad se pueda clasificar como un BajiFuyu en sí, pero la intención de adaptarlo como tal estuvo (¿ tenía muchas ganas de publicar esta parte de ellos en el fic.

Sin más, los dejo con esta cosa extraña. Y disculpen de antemano cualquier falta, no fue beteado.

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Sostenía el arma con la mayor firmeza que sus dedos le brindaban, no dudó en halar del gatillo cuando una de aquellas cosas se abalanzó hacia él. La criatura pálida cayó inerte a su derecha, un agujero de bala en lo que debía de ser su cráneo, del que brotaba un líquido azabache semejante a la sangre.

Matsuno Chifuyu quería vomitar. Contuvo la bilis en su esófago con el mayor esfuerzo.

El octavo puñetazo que recibió su rostro aquella tarde, hace cuatro eternos años, le había dejado inconsciente. Cuando despertó, pocas horas después, lo primero que llenó su campo de visión, fue un largo rastro escarlata que se ramificaba por toda la ciudad, como el afluente de un río rojizo; que más tarde comprendió, estaba conformado por la sangre de todos los que conocía. No pudo contener el vómito apenas olfateó el olor metálico propio de la sustancia, la sangre le descomponía con facilidad.

Intentó procesar en aquel milisegundo lo que estaba observando, el sendero escarlata que llenaba las calles y aceras a su alrededor.

Lo segundo que pudo notar, fue una multitud de personas corriendo hacia él, o más bien en dirección contraria. Cientos de personas huían aterrorizadas de algo o alguien, y Chifuyu imaginó apenas vio a los ciudadanos huyendo sin siquiera voltear, que aquello de lo que querían escapar era responsable de los rastros sanguinolentos repartidos por las calles. Sintió miedo los primeros segundos, porque se encontraba desorientado, lejos de casa, y cercano a algo que hacía correr a las personas.

Luego del miedo, vino el terror.

El cielo fue lo tercero que miró. Un extraño objeto negro perturbaba el azul claro sobre él, un objeto largo y de forma ovalada, sin una pizca de otro color que no fuese el negro absoluto. Matsuno se quedó observándolo por lo que le parecieron horas eternas, hasta que finalmente cayó en la cuenta de que allí, sobre él y la ciudad, no había un único óvalo flotando. Pudo contar diez al menos, pero estaba seguro de que había muchos más; y, se percató, continuaban apareciendo cada vez más.

Parecían emerger del mismísimo aire. Casi como si arribaran del propio espacio exterior.

Pero lo que le hizo que Matsuno se uniera a la multitud aterrorizada, que comenzara a correr con las piernas temblando y los nervios floreciendo en su piel no fueron los gigantescos óvalos penumbrosos ejerciendo sombra encima de ellos. Sino lo que vio venir de la esquina.

Aquello no era humano, con quince años lo supo perfectamente. Esa cosa, de largas extremidades semejantes a las patas de un cuadrúpedo, no caminaba en el suelo como los animales normales; ese monstruo de carne pálida y cara sin ojos ni nariz, se deslizaba por las paredes únicamente adhiriendo sus extremidades al concreto, sin verse afectada en lo más mínimo por la gravedad. Por un breve instante le recordó a una araña, pero mucho más amorfa y espeluznante.

Chifuyu sólo vio uno que se abalanzaba hacia él. La señora de la esquina, sintió las dentaduras de dos de esas cosas.

Nunca olvidó aquella escena. La mujer tendida en el suelo, viva y agonizando, desgarrando su garganta a gritos mientras las dos criaturas a su alrededor, empleaban como brazos dos de sus extremidades para abrirle sin esfuerzo el pecho. Nunca olvidó cómo trituraban los órganos con sus hileras de largos dientes negruzcos, semejantes a los del tiburón.

Matsuno Chifuyu corrió. Desde aquel entonces vivió huyendo, hasta que Baji lo encontró.

Tiempo después se desenvolvió la verdad a sus ojos, y lo que parecía sacado de una película de ciencia ficción cobró vida en la realidad: por lo que hablaban las autoridades, la Tierra sufría una llamada «invasión extraterrestre». Seres de un planeta con el que los científicos habían jurado tener contacto, de pronto atravesaron la atmósfera terrestre y descendieron sobre ellos. Al principio se había creído que se trataba de una visita amistosa y no letal, hasta que una de las criaturas despedazó a los primeros científicos.

Ahí había comenzado todo.

Luego, como un dominó espacial, más y más de los óvalos que se revelaron como sus naves, aparecieron en el cielo del planeta. Más humanos fueron asesinados por las criaturas, más terror sembró la llamada «invasión» en las personas, y más dudas al respecto dejaba el gobierno. El nombre del planeta nunca fue revelado, así como tampoco alguna estrategia militar para combatir aquellas cosas.

A Chifuyu le importaron muy poco tales nimiedades.

Permaneció junto a Baji durante meses, y su otro amigo de nombre Kazutora. Los tres se cuidaron la espalda entre sí, vivieron desplazándose de escondite a escondite, rezándole a un dios inexistente para que los aliens no los encontraran. Hasta que tiempo después, otro grupo de sobrevivientes al igual que ellos, les ofreció refugio y seguridad a cambio de que prestaran sus vidas para combatir. Los tres estuvieron de acuerdo en aceptar, porque más tarde un arma en mano les facilitó enormemente la tarea de la supervivencia.

Y ahora, tres años después, aquí estaba. Peleando, disparando, dispuesto a vivir.

El poco elaborado plan de Keisuke Baji para robar y recolectar las provisiones de un supermercado abandonado no había marchado nada bien, porque el mercado estaba en el centro de la ciudad, y porque aquellas cosas eran mucho más astutas de lo que habían pensado. Los extraterrestres de cara pálida los habían encontrado, y el camión que transportaría la mercancía se había atrasado una media hora.

Tenían treinta minutos para sobrevivir.

Uno de los aliens se deslizó por la pared de su izquierda hacia él, Chifuyu le disparó a la cabeza y la criatura se desprendió, cayendo sobre una pila de latas rotas. También había adquirido una buena puntería, con el pasar de los años y un buen entrenamiento.

Estaba en las góndolas de las latas y las pastas, rodeado de no menos de seis extraterrestres. Baji estaba un poco lejos que él, en la sección de los lácteos; por el radio le había informado que también estaba en bastantes problemas.

—Baji-san ¿te encuentras bien? —preguntó por el aparato.

—Sigo vivo, ¿y tú? —respondió Keisuke, con la estática como compañera de fondo.

—Sigo vivo —coincidió el rubio.

Otra de las criaturas arremetió contra él, esta vez dando saltos semejantes a los de un canguro. Matsuno disparó, la bala le impactó en la zona amorfa que probablemente era su abdomen, pero la criatura no se detuvo. Saltó sobre él, Chifuyu disparó una segunda vez en el aire pero de nuevo falló, y el alien cayó justo sobre su cabeza.

Con dos de sus extremidades tan largas como brazos, le rodeó la cabeza con una alarmante fuerza. Matsuno intentó apuntar el arma al cuerpo de la criatura, pero ésta le arrebató de un golpe la metralleta antes de siquiera poder moverla. Comenzó a ejercer presión sobre su cráneo, el rubio sintió el dolor de cabeza perforarle el cráneo con violencia; tomó un pequeño puñal del estuche en su cinturón y lo clavó en el vientre del alien. No lo hizo detenerse.

Sintió tres dedos rodearle cada tobillo, y agujas filosas clavarse de pronto en la carne de sus pantorrillas. El rubio chilló del dolor, sabía lo que esas cosas estaban por hacerle; después de todo, no era la primera vez que lo mordían en las piernas. Pero sí la primera que ni siquiera podía defenderse.

Se retorció e intentó soltarse del agarre, tan sólo sintió cómo los dientes de dos extraterrestres se enterraban más bajo su piel, pero no detuvo el forcejeo. Clavó el cuchillo una y otra vez sobre cualquier parte del cuerpo de la criatura, accesible para él; sintió por un momento que la presión sobre sus huesos disminuía. Pensó en dispararle con la pequeña pistola que llevaba en la cintura; pero ya sabía que la bala le atravesaría la carne como mantequilla, al alien y a Chifuyu.

Con la pequeña diferencia de que a él sí lo mataría.

Clavó el puñal unas cuantas veces en los comienzos de las extremidades sujetas a él, si su fisionomía era remotamente similar, ahí deberían de estar lo que funcionaban como articulaciones. Y si lo lastimaba en esa zona tal vez lo soltaría; no sabía si la criatura realmente tenía articulaciones, pero su plan no falló. El extraterrestre chilló y aflojó su agarre, hasta que finalmente se desprendió por completo de él y cayó a su lado, un líquido negruzco brotaba de las heridas a sus costados, probablemente su sangre.

Chifuyu se tomó dos milisegundos para parpadear y llenar sus pulmones de valioso oxígeno, aquella cosa le estaba obstruyendo la respiración al presionar también su nariz y boca.

El dolor en sus piernas lo regresó con violencia a la realidad, tenía a dos de los aliens pálidos clavándole los dientes por debajo de las rodillas, y sujetándolo de los tobillos. No dudó en tomar el arma en su cintura y disparar a sus cabezas, ambas criaturas se separaron de él y se desplomaron inertes a sus lados habiéndose llevado entre sus dientes pequeños trozos de piel suya. Se puso de pie con mucho esfuerzo, todavía quedaban dos más.

Uno de ellos emitió un chillido agudo que le hizo querer cubrirse los oídos, el otro apenas gruñó. Matsuno sabía lo que significaba.

Ambos se abalanzaron hacia él al mismo tiempo, el rubio disparó pero la bala impactó en el abdomen de uno de ellos, no se detuvieron. El de la herida de bala le arrebató el arma de un manotazo y le propinó un golpe en el costado derecho, que hizo que Chifuyu fuese arrojado hacia la pared . Sintió sus huesos absorber la fuerza del impacto y los nervios comenzar a arder; esto le dolería mañana.

Intentó incorporarse de nuevo, pero la segunda criatura lo rodeó del cuello con sus tres dedos y lo arrojó hacia arriba con fuerza inhumana, su espalda se estrelló contra el techo y los músculos se sintieron como ácido. El golpe contra el suelo también le hizo arder el cuerpo; escupió unas cuantas gotas de sangre, que en escasos segundos una de esas cosas se bebió con su lengua plateada. Maldijo, no tenía idea de dónde habían ido a parar sus armas, y el puñal seguía clavado en el alien que casi le reventó el cerebro.

—¡Chifuyu, ¿sigues vivo? No escucho tu arma pero sí unos golpes! —escuchó la voz de Baji por el radio, seguida de unos cuantos disparos y gruñidos.

Chifuyu hizo un esfuerzo por hablar, la voz se le quedó atorada en la garganta.

—¡Maldición, dime algo, Chifuyu!

Uno de los extraterrestres le arrebató el radio del cinturón, lo arrojó al suelo y saltó dos veces sobre él, haciéndolo añicos con lo que parecían sus pies, amorfos y pálidos. La voz de Keisuke desapareció junto con la estática.

Ahora sí estaba en problemas.

Con las extremidades pesadas como plomo se incorporó de nuevo, hacía su mayor esfuerzo para mantenerse de pie, sentía la mente liviana y los músculos como fuego. Escupió otro rastro de sangre, tan sólo respirar le dolía como el demonio; si por esta clase de cosas recibiera alguna paga, habría aprovechado para pedirle un buen aumento a Mikey. Uno de los seres chilló, cercano a él.

Contrario a la creencia popular de que aquellas cosas se dedicaban a cazar y alimentarse únicamente, Chifuyu junto a Baji y Kazutora habían descubierto que no se limitaban a ello. Torturaban humanos, jugaban con ellos como si de un deporte se tratase, les arrancaban la esperanza de la supervivencia y les restregaban entre gruñidos, que no tenían la menor esperanza frente a ellos.

Más de una vez, los tres habían sido testigos de cómo los aliens, cazando en grupos, lastimaban a los humanos a golpes o arañazos, o incluso mordidas; antes de finalmente alimentarse de ellos. Se asemejaba a una cacería deportiva, se burlaban de la víctima un poco antes de quitarle la vida.

Bien, Chifuyu difería en la parte de la esperanza. Él había matado a muchos, había estado en situaciones peores. Esto no era diferente.

El golpe de la extremidad del extraterrestre vino por la izquierda, Matsuno lo bloqueó con el brazo, cada pedazo de músculo vociferó de dolor al recibir el golpe sobrehumano. Un segundo impacto llegó a su costado izquierdo, y de nuevo lo hizo volar por los aires, aterrizó sobre una góndola de paquetes de arroz, esta vez fue su pecho el que sintió el impacto reverberar en él.

Sintió estática entremezclada con el dolor repartirse por la mitad izquierda de su abdomen, probablemente tenía un par de costillas rotas, pero nada que Hakkai no pudiese sanarle más tarde.

Uno de los aliens cayó sobre él, Matsuno sintió algo partirse en su columna vertebral y un grito escapó de sus fauces. La criatura ejerció presión sobre las vértebras con lo que el rubio supuso eran sus piernas —o lo que funcionaban como tales—, el dolor y el ardor le perforaron la carne; sintió que le arrancaban los huesos del cuerpo sin piedad. Aquella cosa le estaba doblando la espalda, y lo partiría en dos si no se detenía.

Entre la agonía miró a su alrededor, buscó con los ojos algo con lo que pudiera defenderse, no encontró la metralleta ni el puñal, pero a menos de un metro pudo vislumbrar un pequeño brillo a la luz pálida del mercado, comprendió de inmediato lo que era. Extendió la mano para intentar tomar la pistola, los nervios le gritaron y se sintió como ácido por todo su cuerpo; hoy estaba siendo un mal día.

Insultó a Baji mentalmente, le arreglaría las ideas a golpes cuando regresaran al refugio.

Pero antes, tenía que salir de ahí. Ambos tenían que salir de ahí, vivos.

Alcanzó con los dedos la pistola, la criatura ejerció más presión sobre su columna y Chifuyu gritó, sus dedos estrujaron de dolor el arma por un momento. Cuando sintió un pequeño instante de lucidez entre la agonía, apuntó la pistola a la cosa sobre su espalda y disparó. El estrépito del arma cerca de su oído sólo fue opacado por la sensación de liviandad en su cuerpo, el peso encima de él se deshizo como espuma de pronto. Si tenía suerte, le había disparado a la cabeza y lo había matado al fin.

Pero la suerte no era algo en lo que fuese un fiel creyente. Chifuyu rodó un par de veces, las suficientes para ver al animal retorcerse, y llevar a su rostro lo que parecían funcionar como las manos. Líquido negro brotaba de su boca, manchándole el cuerpo y el suelo a su alrededor, el rubio no tenía que ser un prodigio para descubrir que le había disparado directamente en la boca. Esbozó una sonrisa al escuchar los chillidos suaves del animal, como si se había quedado sin voz.

Con que ahí estaba la fuente de sus sonidos. Lo anotaría para la próxima.

Apuntó con dificultad al cráneo del alien y disparó, el ser cayó al suelo y los ruidos inhumanos cesaron. Recordó que todavía quedaba uno vivo, lo buscó a su alrededor con la mirada y su mano temblando con el arma apuntando, pero no lo encontró, no parecía estar cerca, y si lo estaba había elegido un magistral escondite. Maldijo por lo bajo y dejó de pensar por un momento, se había golpeado la cabeza con una lata al estrellarse contra la góndola.

Miró sus piernas, el líquido rojo brotaba de las mordidas en sus pantorrillas y un par de hematomas se podían ver alrededor de las marcas de dientes. Mala idea haber vestido pantalones cortos ese día; juraba que si se quitaba las botas, se encontraría con más hematomas en sus tobillos. Escupió por tercera vez unas cuantas gotas de sangre, el sabor metálico en las encías comenzaba a provocarle náuseas también.

Escuchó un chirrido metálico encima de él, miró hacia arriba y abrió los ojos como platos. Sobre la góndola destrozada de alimentos, el alien que todavía no había exterminado se sostenía como un arácnido de unas cuantas repisas arrancadas, repartiendo el equilibrio en sus cuatro extremidades. Matsuno respiró con dificultad, intentó pensar en cómo haría para dispararle a aquella cosa desde ahí abajo, para olvidar la posibilidad de que tal vez, alguna costilla le hubiera perforado un pulmón.

Apuntó con el arma a una de las extremidades y jaló del gatillo.

Se escuchó un clic vacío, la bala no salió.

—Mierda —murmuró, disparó una cuantas veces más, pero de nuevo ninguna bala salió disparada.

Debería haberle hecho caso a Takemichi, debería haber revisado sus municiones antes de salir.

El extraterrestre rugió con furia y saltó hacia él, Matsuno cerró los ojos esperando un impacto y el dolor de las mordidas, que nunca llegaron. En su lugar, escuchó un estrépito conocido a su izquierda, y el sonido de peso muerto en el suelo a la derecha; abrió los ojos y dejó escapar el aire contenido en sus pulmones. La criatura estaba muerta a su lado, con un enorme agujero en el costado del cráneo, el piso se manchaba de su sangre negra.

Volteó a ver quién le había salvado la vida, esbozó una pequeña sonrisa, los dientes manchados de rojo, hilillos del líquido tibio escurriendo por sus comisuras.

—Siempre salvándome, Baji-san —suspiró.

Keisuke tenía una escopeta en sus manos, la metralleta colgaba de su cintura gracias a la correa enrollada en su torso. Tenía salpicaduras del líquido negro en su rostro, y unos cuantos rastros pequeños de rojo; magulladuras y unos pocos hematomas le adornaban el rostro también. Aún así, tenía una sonrisa pintada, como si ni siquiera le hubieran tocado.

—Siempre salvándote el culo, Chifuyu —gruñó—. Nunca cambiarás.

—Me disculpo de antemano entonces —bromeó.

Dejó la escopeta colgar de la correa en el torso y se abalanzó hacia él, rodeó su hombro con el brazo de Matsuno y enrolló el suyo en la pequeña cintura del rubio, permitiéndole depositar parte de su equilibrio en él. Matsuno se levantó con la ayuda de Baji, sintió plomo en sus piernas y hierro en sus fauces, ácido en los músculos y una oleada de dolor enrollarse en todo su cuerpo. Maldición, sí que le habían dado una pequeña paliza.

La próxima tomaría más cuidados.

—¿Por qué no recibo señal de tu radio? —cuestionó el pelinegro, cargando a su compañero hacia la entrada del supermercado.

Chifuyu tosió y escupió sangre por cuarta vez.

—Una de esas cosas lo destrozó —respondió—. Pensé que moriría ahí mismo. Aquí, en este lugar.

—No lo harás —lo interrumpió Keisuke—, ni tú ni yo moriremos aquí. Tienes que volver para alimentar a Peke J, y yo tengo que cumplirle mi promesa a mamá. Si muero aquí, me dará una paliza en el Más Allá —bromeó a lo último, y ambos rieron con esfuerzo.

Chifuyu andaba con la ayuda de Keisuke, pero sabía que él también estaba cansado. Unos finos hilos rojos brotaban de su antebrazo izquierdo, cuya mano se mantenía firme sobre la escopeta colgando del mismo lado. Perfiló como pudo cada pequeña parte de él, de su rostro y su cuerpo; el mentón cuadrado y los pómulos firmes, su piel blanca y los labios finos, que la mayoría de las veces tenían una sonrisa juguetona dibujada. El cuello fino y blanco, y la piel que se extendía más allá de la ropa negra, que vestía ese día.

Lo conocía de memoria. Física e internamente.

Si manifestara que no tenía sentimientos hacia Baji habría mentido. Llevaba casi dos años completamente enamorado de él, y menos de uno que ambos habían comenzado a salir de forma oficial; si es que en aquel caos se podía «salir» con alguien. Pero a Chifuyu no le importaba el caos, no le importaba el mundo desplomándose a su alrededor y el cielo en llamas, si con ello podía tomar la mano de Baji y sentir el calor de su piel sobre la suya propia.

No había sido amor a primera vista lo que experimentaron, más bien Matsuno había tenido el presentimiento de que Baji le caería mal. Cuando lo había conocido, cuando lo salvó de ser devorado por los aliens, también lo había visto darle una buena golpiza a otro ser humano; le había roto la nariz y dejado con el labio partido, entre tantas otras heridas. Matsuno le tuvo miedo por unos cuantos días, hasta que descubrió que aquel chico se llamaba Kazutora Hanemiya, y era en realidad uno de sus mejores amigos.

Comprendió más tarde, que Keisuke Baji era todo un mundo por descubrir. Golpeaba a la gente cuando tenía hambre o estaba aburrido, retaba constantemente a sus amigos a que pelearan con él; al final del día, sólo dos de ellos eran capaces de derrotarlo. Pese a aquello, Baji era mucho más que dos puños sedientos de carne blanda, Chifuyu se había dado cuenta con el pasar del tiempo.

Una vez, antes de haberse enamorado hasta los huesos del pelinegro, él mismo le había dicho que aquellos chicos eran su más preciado tesoro y que tenía que protegerlos a toda costa, incluso si su propia vida estaba en el tablero. Ese mismo día decidió jugar al ahorcado con Kazutora y Mikey; al final, Hanemiya y Baji acabaron con unos cuantos hematomas en el cuello que prevalecieron ahí por días.

Dos años después, cuando finalmente había decidido confesarle lo que había desarrollado por él, con el miedo a sus golpes burbujeando en la piel, Baji le dijo que le correspondía. Chifuyu nunca olvidó la expresión de confusión y felicidad en su precioso rostro, los besos que utilizaron como lenguaje esa noche y las que les siguieron; el sentimiento de electricidad recorriéndole los huesos mientras la piel de Baji se unía a la suya. Nunca había sabido que el amor correspondido se sentía así de electrificante y maravilloso.

Desde entonces, no se separaron jamás.

Matsuno aprovechaba cada oportunidad que tenía para memorizar los centímetros del físico de Baji, como este preciso instante en el que prácticamente estaban abrazados, con un poco de sangre y heridas de por medio. Le cabía la posibilidad de hacer una misión en algún momento, de la que no regresaría; y no quería morir sin recordar el rostro y la voz del hombre al que amaba.

Keisuke lo depositó en el suelo con cuidado, detrás de la caja registradora.

—¿En dónde te duele? —preguntó, escrutando las piernas del rubio, vio las mordidas y contuvo el miedo entre los dientes. Chifuyu tenía muchas cicatrices de esa índole, sobreviviría a aquello.

—En todas partes —suspiró—. ¿Tú estás herido?

—Estoy bien —respondió, palpó el costado derecho de Matsuno y él hizo una mueca, una descarga de dolor le recorrió el torso—. ¿Te duele aquí? —el rubio asintió, y Keisuke continuó palpando esta vez en el costado izquierdo— Probablemente tengas al menos dos costillas rotas. No te preocupes, los chicos ya vienen. Hakkai te revisará.

—Estoy bien.

Keisuke dejó escapar una pequeña risa.

—Te ves como la mierda —confesó—. ¿Y tu arma?

—Una de esas cosas me la quitó, no sé dónde está.

—De acuerdo, cuando vengan los chicos ellos la buscarán.

Esperaron unos cuantos minutos, hasta que escucharon el rugido lejano de un motor y un estrépito semejante a una pared desplomándose. Ambos supieron qué significaba. De la misma forma de antes, Baji ayudó a Chifuyu a ponerse de pie, y de forma errática ambos caminaron hacia la entrada del supermercado, tropezando de tanto en tanto con alguna que otra lata o paquete de comida. Matsuno extrañaba el yakisoba, ese lugar se lo había recordado.

—Baji, estoy afuera —la voy de Draken vibró en el radio— . ¿Chifuyu está contigo? No recibo señal de su radio.

—Está conmigo, su radio se destruyó —respondió el pelinegro.

Caminó con Chifuyu al exterior, fuera del mercado, y aspiraron el aire fresco por primera vez en lo que les parecieron horas, ambos se sentían cansados del olor a sangre en el ambiente. Allí los esperaba un camión de color blanco, con pegatinas rojas y negras adornando la parte trasera, y unas cuantas abolladuras en la delantera y la puerta del conductor.

Tres personas estaban de pie fuera del camión, con las armas en manos, Baji sólo reconoció a Draken, ni el chico de las trenzas rubias y negras, ni el rubio de anteojos a su lado le eran familiares.

—¡Chifuyu! —Hakkai emergió de adentro de la caja del camión y corrió hacia él, Mitsuya y Smiley salieron tras él, traían una camilla de tela— ¡Por dios, te ves espantoso!

—Se ha visto peor, va a estar bien —agregó Keisuke.

Mitsuya y Nahoya colocaron a Chifuyu en la camilla improvisada, mientras el menor de los hermanos Shiba palpaba su abdomen con el mayor de los cuidados. Sintió la familiar oleada de dolor y ardor desenvolverse sobre sus huesos cuando la mano del enfermero lo tocó; maldijo por lo bajo, odiaba sentirse así.

—Tienes dos costillas rotas, y tu respiración es irregular —diagnosticó Hakkai, y Matsuno escupió sangre de nuevo—. Probablemente alguna perforó tu estómago o un pulmón, o ambos. Te llevaremos al refugio.

Souta Kawata emergió del camión también, junto a otros chicos que no alcanzó a distinguir con claridad, y se dedicó a darle atención médica a Baji. Chifuyu se sintió más tranquilo, mientras era transportado con cuidado al camión. Distinguió a unos cuantos de sus compañeros entrar y salir del mercado con las provisiones que habían ido a recolectar; pudo ver en el cielo cómo permanecían los óvalos negruzcos sobre ellos. Observando, vigilando. Observándolos a ellos.

No pudo evitar pensar en el instante, en el que la humanidad se fue al carajo. Donde todo se desplomó, y las bases que habían construído por milenios para una sociedad estable, se deshicieron como espuma.

Miró uno a uno los malditos óvalos, habría deseado plantar una bomba en cada uno y volarlos con sus tripulantes dentro. Pero estaban tan alto, eran tan inalcanzables…

Los miró de nuevo, uno por uno. El cúmulo de odio que sentía hacia ellos se desenrolló en las esquinas de su alma; realmente tenía la fantasía de destruir aquellas cosas. Ni siquiera tenía idea de cómo hacían las criaturas para bajar a la Tierra, mientras sus transportes permanecían en lo alto.

Ninguno nunca había bajado. Y si lo había hecho, no se supo jamás.

Los miró por tercera vez, uno a uno como un torcido patrón. Se imaginó con un lanzamisiles poderoso, arrojando proyectiles a los horribles óvalos que proyectaban sombras sobre ellos. Quería escupirles por haberle arrebatado la vida normal que llevaba antes.

Los observó de nuevo.

Un momento.

Aquello que se desprendió de una de las naves, la cosa blanca…

¿Era una telaraña?

—¡Rindou, a un lado! —el grito del mayor de los Haitani lo haló a la Tierra y la realidad.

La telaraña cayó directamente sobre el chico rubio de anteojos, de pie junto a Draken y el camión, Chifuyu pudo observar bien la escena. La extraña red era mucho más grande que una telaraña terrestre, del tamaño ideal para atrapar a un ser humano. Era pálida, como las telarañas comunes, pero se veía más dura y gruesa.

Los gritos desgarradores de Rindou Haitani le perforaron los oídos, vislumbró sombras movilizándose de un lado al otro. Gritos, chillidos y estrépitos en la lejanía lo rodearon; Chifuyu sintió su cuerpo golpear algo duro y frío, enfundado en un trozo de tela gruesa, supo que la camilla había caído pero no tenía idea en dónde. Había luz solar, pudo discernir, y los ruidos se escuchaban con la misma claridad del aire libre.

Su cuerpo de pronto se sintió ligero, su mente también. Una pequeña descarga eléctrica le recorrió desde la nuca y todo el cráneo por un momento, las heridas no parecían doler y la sensación de fuego en sus músculos se había disipado. Se preguntó por un segundo si acaso iba a morir; pero qué idiota, claro que iba a morir. Con una costilla atravesada en alguno de sus órganos no tenía muchas posibilidades.

Antes de cerrar los ojos y verse abrazado por la oscuridad, reprodujo el rostro de Baji frente a él una vez más.

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Espero que esto les haya gustado. No tengo una fecha específica de cuándo se publicará la segunda parte, pero estimo que pronto.