Dosis de vida fugaz

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Shingeki no kyojin es propiedad de Hajime Isayama.

Esta historia participa en "Casa de Blanco y Negro 2.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".

Condición: Narrador en tercera persona.


Se encontraban en un punto perdido entre el infierno y el paraíso.

Se trataba de una antigua base militar de Marley. Allí no quedaba más que el recuero de una guerra pasada y unos mapas que poco revelaban sobre el enemigo. El cañón que estaba apostado en la entrada se veía oxidado y apuntaba al horizonte, en el punto exacto donde el mar se unía con el cielo.

Más allá del agua cristalina, se hallaba su hogar, circundado por tres murallas. Había crecido en el distrito de Shiganshina —el más expuesto a la amezana exterior— y, gracias a su labor como soldado, conocía la vida en las tres murallas. Pero ninguna se comparaba al avance tecnológico de Marley. Aquella base abandonada era la prueba de ello.

«Si queremos derrotarlos, debemos conocerlos primero», dijo antes de marcharse. Un grupo numeroso era más difícil de camuflar; lo mejor era desplazarse en solitario. Lo único que necesitaba era su bolsa de provisiones —en donde escondía la fotografía que le había legado su padre— y su poder de titán para defenderse. Se movía por la noche, cuando la oscuridad cubría sus pasos; en el día, descansaba en la copa de los árboles y se guarecía en algún riachuelo.

Él fue el primero en llegar.

Los titanes se estaban desplazando hacia el oeste —seguían buscando el paraíso—, por lo que el camino no le presentó más dificultades que el hambre y la sed.

Se dejó caer en la única silla que allí había. Estaba cubierta de polvo, pero le dio el descanso anhelado a su espalda. «¿Cuándo fue la última vez que dormí en una cama?» No lo recordaba. Su contacto con la civilización era escaso, le bastaba observar para recabar información.

Las horas transcurrieron con normalidad, una detrás de la otra; cuando el sol se adormecía sobre el mar, el capitán Levi apareció con su capa arlequín ondeando al viento.

—Pensé que no vendrías.

—Por un momento, pensé en no hacerlo —contestó con sinceridad. Permaneció de pie en la puerta—. Sobre todo, después de ver los cadáveres que has dejado.

Se había esforzado en hacerlo parecer un ataque de titanes hambrientos, pero Levi Ackerman no era un soldado crédulo. Cuando cerraba los ojos, evocaba la grotesca escena: cuerpos desmembrados y el sabor metálico de la sangre inundándole el paladar.

«Hice lo necesario para seguir con mi misión.»

—Me vieron —respondió Eren—. Iban a delatarme con Marley. No podía permitir que me descubrieran.

—Eran personas inocentes, Eren. Al igual que tu madre. —Su sola mención hizo que se pusiera abruptamente de pie. Los años habían transcurrido, pero su recuerdo lo abrigaba por las noches—. ¿Qué pensaría ella si viera lo mismo que yo? Lo que hiciste fue una carnicería.

—¡Mi madre murió devorada por un titán! —masculló—. Por uno que fue creado por Marley. Ellos han hecho de Paradis una carnicería durante cien años. Cuando el Titán Acorazado rompió la puerta de la muralla María, murieron más inocentes.

Levi lo observó con una mueca de repugnancia.

—¿Dónde ha quedado tu humanidad?

—Estoy luchando por ella —contestó con férrea convicción—. ¿Has venido a juzgarme?

El capitán se masajeó la cien, como si estuviera conteniendo su enojo, y dejó caer la capa en el respaldo de la silla. Deslizó el dedo índice por la superficie de la pequeña mesa y arrugó el ceño al ver el polvo grisáceo que la cubría. Su expresión fue similar a cuando se encontraban en la cabaña y habían olvidado limpiar todos los rincones.

Eren Jaeger no sabía que le dolía más si su silencio o su mirada. Sus ojos eran dos cuchillos que se le clavaban en el alma. Eran tan parecidos a los de Mikasa, pero ella nunca lo había observado con semejante desprecio.

—He venido a darte una última oportunidad. Regresa conmigo a Paradis.

—No puedo abandonar mi misión. Estoy tan cerca de Marley y de sus secretos —masculló. Al ver que Levi se mantenía fijo en su posición, lo desafió—: ¿Qué sucederá si no quiero volver? No me encuentro bajo tu mando, no puedes castigarme.

—Si no quieres volver, esta será la última vez que nos veamos.

Sonrió de medio lado.

—No puedes abandonarme, Levi —dijo mientras se acercaba. El otro no retrocedió—. Soy el único que conoce tu verdadero ser, el único que conoce tus sueños y debilidades. —Otro paso más. Estaba tan cerca que podía rozarlo—. Conozco cada cicatriz de tu cuerpo y los puntos exactos que te hacen explotar de placer.

Al principio de su relación, era Levi quien tenía el control de la situación. «Eres joven e inexperto. No es amor sino admiración y curiosidad», le dijo cuando se besaron por primera vez. Un golpe en las costillas le había enseñado a no invadir su espacio personal. Pero una semana después estaban compartiendo la cama. Levi le había enseñado cómo tocar y dónde hacerlo, y le había impuesto sus propias reglas.

Pero ahora, encontrándose lejos de las murallas y siendo solamente Levi y Eren, sin títulos y sin historia, era él quien decidía cuándo y cómo hacerlo.

Desde que había abrazado su poder de titán, ya no se contentaba con lo que Levi le entregaba. Quería, necesitaba, tomar todo de él. Siempre terminaban envueltos en jadeos y nombres susurrados a media voz. «Eren, no te detengas», le decía cuando estaba por llegar a su punto sin retorno y le clavaba las uñas en la espalda. Su éxtasis era doloroso y, al mismo tiempo, lo más placentero de su existencia.

—Ya no eres el mocoso imprudente de las murallas.

«Soy mucho más poderoso.»

—Pero tus sentimientos siguen intactos —contestó. Sus dedos delinearon su mandíbula y se deslizaron hasta su pecho—. De lo contrario, no habrías venido.

—Ya sabes cuál es mi condición para continuar con esto. —Nunca se habían molestado en ponerle un nombre. Les bastaba con lo que sentían—. Regresa a Paradis y planearemos juntos el ataque contra Marley.

Acalló su plegaria con un beso. Levi entreabrió sus labios para recibir su lengua impúdica. «Ya veremos quién convence a quien», pensó con satisfacción. El capitán enredó sus dedos en su cabello —mucho más largo desde su último encuentro— y lo atrajo más hacia su boca. Eren obedeció a su demanda mientras sus manos luchaban por quitarle el uniforme.

Lo atrapó entre su cuerpo y la pared. A Levi Ackerman poco le importó que el lugar no estuviera impoluto cuando sus dedos se recrearon en su cadera. Como acto instintivo, separó las piernas, entregándole el control sobre él. Gimió cuando Eren lo tomó con la mano, acunando su erección palpitante.

Eso le encantaba de él. Aunque su rostro fuera una máscara de frialdad, su cuerpo lo delataba. Siempre estaba húmedo y dispuesto para recibirlo. Disfrutaba de su reencuentro porque, cuando sus cuerpos danzaban al compás del otro, el mundo a su alrededor desaparecía.

—Dime lo qué quieres y te lo daré.

—No soy de los que ruegan, mocoso. Ya lo sabes —masculló. Sus párpados caían pesados; echó la cabeza hacia atrás. Descendió por su torso, besando cada retazo de piel que quedaba expuesta, hasta llegar a la fuente de su placer—. Hazlo.

Sus ojos se acero se clavaron una vez más en él. Levi elevó sus caderas y Eren no tuvo otra opción más que engullirlo por completo. Su miembro, tan cercano e íntimo, era algo a lo que no podía resistirse. «Ruégame», pensó. Las ansias iban creciendo en él. Lo recorrió con la punta de la lengua, desde abajo hacia arriba y viceversa. Levi intensificó su agarre, haciendo que el cuero cabelludo le latiera.

—Hazlo ya, Jaeger —ordenó a mitad de un jadeo—. Hace un año que no sé nada de ti. Un maldito año sin tener... esto. —Lo empujó con las palmas de las manos, haciendo que Eren liberara su miembro reluciente de saliva. Levi tomó sus dedos y los llevó hasta sus labios, succionándolos con ahínco—. Demuéstrame que sigues siendo mío.

«Y tú, ¿alguna vez fuiste mío?»

Cuando se volvieron uno, deseó que el tiempo se congelara, que la guerra desapareciera y que solamente fueran ellos dos. Nada más que Eren y Levi. Sin el constante miedo de perderse de un momento para el otro.

Pero el mundo era un lugar cruel y no le concedió su petición.

Levi se durmió a su lado, agotado por el placer compartido. Su respiración se volvió lenta y profunda, mientras su brazo se aferraba a su cintura. Eren lo observó en silencio, grabándose a fuego esa última imagen. Tenía la espalda cubierta de mordidas, medialunas violáceas que irrumpían su nívea piel.

«El sexo con Levi siempre es bueno, pero hoy fue diferente —pensó. Se deshizo de su brazo y se incorporó, buscando su ropa—. Como si supiera que era una despedida.»

Eren Jaeger ya había hecho su elección antes que el capitán lo pusiera contra la espada y la pared. Sabía cuál era su misión en el mundo y no iba a detenerse hasta que se cumpliera. Incluso, si implicaba dejarlo a él atrás.

Se marchó antes que llegara el amanecer.