ℋ𝒶́𝒷𝓁𝒶𝓂𝑒 𝒹𝑒 𝒶𝓂𝑜𝓇
• Capítulo uno •
"Las enfermedades más peligrosas son aquellas que nos hacen creer que estamos sanos".
—Delirium, Lauren Oliver.
Despertó más temprano esa mañana, para ver por última vez el hermoso espectáculo de los dos grandes soles aparecer en el horizonte. Siempre había disfrutado mirar cómo el cielo comenzaba a mezclar sus colores hasta hacerse uno, anunciando una nueva jornada para los habitantes del planeta. Recordaba haberlo hecho desde que era una niña, en compañía de su madre, mientras su pequeña mano se aferraba a la de ella con mucha fuerza. Conservaba recuerdos de muchos amaneceres al lado de su madre; de cómo ella la besaba en la frente para despertarla a tiempo y de sus brazos cargándola mientras subían por la colina al lado de su pequeña casa hecha de piedra para poder disfrutar juntas del nacimiento del nuevo día. Resultaba extraño cómo era capaz de acordarse de esos detalles mas sin embargo no podía recordar el rostro que le sonría mientras la llevaba en sus brazos. Era solo una mancha borrosa, a veces solo un destello de luz, pero jamás había sido capaz de armar su rostro; y aun así, Gine sabía que su madre le sonreía.
Ella estaba maldita, como el segundo rey.
Se lo dijeron miles de veces; como una grabadora que ha dejado de funcionar: "Tu madre estaba maldita". Por eso se comportaba de ese modo tan singular y hacía cosas desagradables como besarla en la frente, cargarla en sus brazos y salir a ver el amanecer. Gine lo sabía y aún así no podía evitar hacer lo mismo de vez en cuando, en las pocas ocasiones en que podía escabullirse del dormitorio compartido, cuidadosa de que nadie más la viera. Se preguntaba si ella estaba maldita también. Siempre había temido estarlo, o haberlo heredado de su madre. Su sangre estaba contaminada y la posibilidad de ser igual a ella la atormentaba. Estar maldita, como su madre y el rey de las historias, era el miedo más grande de Gine.
—Recuerda que no le debes contar a nadie sobre esto —llevó el dedo indice derecho hasta su boca, en un gesto que le indicaba que debía guardar silencio—, será nuestro secreto, ¿sí, mi pequeña Gine?
Gine se abrazó a sí misma mientras subía y bajaba sus manos sobre la piel expuesta de sus brazos, en un intento de disminuir el frío, empero lo que más deseaba era poder hacer desaparecer ese recuerdo. No importaba cuan fría fuera la mañana, lo que no podía soportar eran sus memorias que llegaban de pronto para torturarla. Sabía que en pocos minutos el frío desaparecería; en el momento en que los dos astros eran totalmente visibles en el firmamento, el planeta Vegeta regresaba a su calidez habitual, dejando las bajas temperaturas exclusivamente para la noche silenciosa. Sin embargo, los recuerdos no lo harían...
...al menos no hasta que la intervinieran, para sacar la contaminación de su sangre hasta que estuviera libre y fuera del alcance de la enfermedad.
Cuando recibiera la cura.
Entre tanto, Gine estaba obligada a soportarlos de día y de noche, incluso mientras dormía, cuando se colaban para convertir sus sueños en pesadillas. Envidiaba el sueño tranquilo de sus compañeras, sin recuerdos tristes que las atormentaran ni insomnio, aquellas que ya no estaban expuestas a la enfermedad más grave de todas: el amor.
Su madre, a pesar de ser una guerrera Saiyajin y poseer un nivel de poder más arriba del promedio entre los soldados de clase baja, había sido débil ante la enfermedad. La intervinieron en tres ocasiones, y después de averiguar que la tercera vez había sido un fracaso, el rey Vegeta III decidió que ella era un peligro para el balance y bienestar de la sociedad que con tanto esfuerzo habían construido desde la llegara de Vegeta I al planeta, así que dictó que sería encarcelada en las criptas ubicadas en la zona muerta del planeta hasta el final de sus días. Gine aún recordaba el día que irrumpieron en su pequeño hogar para llevarse a su madre. Recordaba los gritos, el llanto, la sangre... y las últimas palabras que le dijo antes de que desapareciera de su vista: "Solo hay una cosa que jamás podrán arrebatarte".
—Te amo —de cuclillas frente a Gine, su madre la sujetó por ambos hombros—, no vayas a olvidarlo nunca. Eso es lo único que jamás podrán arrebatarte.
Tenía nueve años cuando aquello sucedió y ocho meses después recibió la noticia sobre su muerte. A su madre la había matado el amor, un sentimiento tan letal y abrumador, que la consumió por dentro hasta hacer que ella misma se quitara la vida. Desde aquella época, se recordaba esperado ansiosamente cumplir dieciocho años y ser apta para integrarse a un escuadrón e iniciar su vida como soldado activo del ejército del rey Vegeta, yendo a misiones a diferentes planetas, sirviendo al crecimiento y fortaleza de su raza. Y secretamente, para que le permitieran ver a su madre otra vez, empero después de su fallecimiento, lo único que Gine quería era poder librarse de la enfermedad. Mantenía la esperanza de que, a diferencia de su madre, ella si pudiera curarse con una dosis.
Gine sintió las lágrimas caer por sus mejilla y rápidamente las limpió con el dorso de sus manos. Los recuerdos siempre provocaban esa reacción en ella y lo detestaba. El llanto era una cosa más de la que deseaba deshacerse. Le asustaba pensar que alguien la viera y pensara que estaba enferma de amor, como su madre; aun cuando no podía ser intervenida aún, la sociedad esperaba que no se contagiara antes del día programado para administrar la primera dosis. Los contagiados son más difíciles de curar y existe la posibilidad de que haya efectos secundarios, como la disminución de nivel de poder, parálisis o ceguera; impedimentos para desarrollar una vida plena como guerrero Saiyajin.
Estaba harta de sentir, de llorar, de casi palpar la enfermedad con sus propias manos, de encontrarse tentada a visitar ese maldito lugar donde contemplaba los amaneceres con su madre, de su recuerdo, y de lo que le había obsequiado. Gine quería que se lo quitaran, no podía esperar para deshacerse del amor que su madre le había profesado. Quería vivir sana y libre. Y quería que los demás dejaran de apuntarla con el dedo mientras susurraban cosas sin despegar la mirada de ella. Suicidio. Maldita. Renegada.
Gine suspiró profundamente, con la vista fija en los dos soles que ahora iluminaban por completo el planeta, volvió a enjugar sus lágrimas y finalmente se alejó de ese lugar, con la promesa de nunca volver.
